jueves, 25 de julio de 2013

Heridas en las manos - Raquel Sequeiro


Había ocho sillas. 4 estaban pegadas a la pared, cinco atornilladas al piso y 8 flotando en el aire. Había ocho sillas, como en el juego de las sillas, siempre faltan sillas, de modo tal, me invento algunas, aunque, en realidad, el total del total de las 8 sillas sean ocho sillas. Las atornilladas no sirven y las flotantes tampoco. En total tenemos ocho sillas para jugar al asesino y ocho manos con guante para robarle al ladrón.
Ha quedado una y me veo amordazado como un cabrón. La sangre me chorrea de un corte en la mandíbula. Tengo rotos los huesos de las manos y un par de balazos en las rodillas. Lo veo pasearse por la habitación. El muy hijo de puta coge una de las sillas que flotan.
—Se acabó la fiesta —dice. Pero la fiesta se acabó hace rato, cuando terminó de cantar la soprano y quedó el último jugador sentado en la última silla. Observo el ir y venir del taladro. Me perforará un pie. Me está quitando el zapato. Me está gustando esto, piensa. El silencio. El miedo. El sudor que se escurre entre la sangre. El olor a mierda. Arranca una de las sillas atornilladas. ¿Dónde dejaron las sillas que sobraban?, pregunta una niña. Sé que en la otra habitación hay siete sillas. Sé cuantos eran los comensales y cuantos los comidos. No quiero que me agujeree el pie. ¡Mía!, grita. Oigo risas. La soprano rubia podría romper los vasos, los cristales. Le conozco. Desde hace tanto.. Me sirve un vaso con whisky, me seca la boca con una servilleta de paño blanco, con curiosidad, con efervescencia, diría que con deleite.
—Sí, señor, encontraron todos los trozos en el ático, cuidadosamente atados; sí, señor, yo lo vi, señor policía. Yo sabía que no era bueno, señor policía. Me quedé como un sarmiento podrido.
Mi mente mentía todo el tiempo. Escribí un rotulador y cogió otra silla, arrancó otro asiento, mordisqueó con los dientes un trozo de mi dedo. ¿El escalpelo? : ¡Lo lanzó contra la pared! ¡Yo lo vi, su señoría, yo lo vi!
Por el contrario, me encontraba todavía en aquella habitación luminosa y vacía. Tenía 28 años, apenas entendía nada sobre las alteraciones de la conciencia. Creí encontrar respuestas en los libros de psicología. Creí saber lo que era un psicópata, un sociópata, un desquiciado, un histérico, un neurótico y un narcisista. Enarbolé mi carta como un loco delante de sus narices. Había ganado el juego de las sillas, y 5 estaban flotando y 4 ancladas al suelo, tal y como había pronosticado. En mis días de universidad, cuando me encerraba durante días para estudiar y ver la televisión, mientras me tragaba todos aquellos programas sobre muertes estúpidas, sobre casos horrendos, canibalismo y cosas así, meditaba ampliamente en el sentido de la existencia del ser humano, me perdía en todas las ramas del conocimiento, cavilaba en extremo y no dejaba descansar la mente. Tanto es así que dormía de pie y vestido. (He de decir que esto último es mentira). Hacer levitar las sillas era uno de mis trucos predilectos, para lo otro no necesité más que un martillo y unos clavos. Por supuesto, las patas de las sillas terminaban en un hermoso disco -como el disco solar de Hathor o el escudo de la infernales valquirias-. Atrajo mi atención un movimiento. Me había dormido y frente a mí aparecieron las 8 sillas. Todas las 8 —contando la mía, eran 9—. Se me infectaron. Daba igual lo que dijeran, que mis manos se recuperarían, que me coserían el dedo que no se había comido. Alguien me dio un osito. Abracé el osito muy fuerte. Me puse nervioso, verdaderamente nervioso. Cuando suceden estas cosas no te imaginas en una silla ni en ninguna otra parte. Me hice amigo de un criminólogo en seguida. Puede que suene extraño, pero yo utilizo una katana, no los encierro, no me dedico a hablar con ellos. Sólo, recuerdo que, en esa habitación, las heridas en las manos, los agujeros en mis piernas y toda esa sangre; que tuvieron que transfundir de otra bolsa a mis venas; todos esos golpes: el cráneo hundido, el pómulo derecho casi destrozado, la mandíbula.

Sobre la autora: Raquel Sequeiro