jueves, 16 de mayo de 2013

El diario de la mañana – Guillermo Vidal


Le gustaba leer las noticias en voz alta, mientras tomaba el café en la mesa habitual. Los parroquianos y en especial los de paso, recibían con sorpresa y hasta se molestaban con la intromisión, después de todo el diario de cada uno decía lo mismo. Pero se fue imponiendo su el tono reflexivo, apasionado, que imprimía a la lectura. En pocas semanas el bar bullía de clientes y la barra además de las mesas se llenaban de gente ávida de escuchar las noticias en oleadas sonoras que habían vibrar el cuerpo hasta alcanzar las circunvalaciones del cerebro en la corteza prefrontal y despertar una cresta desconocida, con un mensaje antiguo escondido, porque estaba allí hace tiempo, y emergía arrastrando resaca de los primeros homínidos. No podía ser reducido a palabras, en ningún idioma conocido. Paso del bar a los restaurantes, los kioscos, shoppings y supermercados; en las colas de los bancos, en los cines con las luces prendidas, finalmente en las calles y en las plazas, como si ya no hubiera nada que ocultar, siempre había alguien leyendo las noticias y la gente arremolinada escuchando, esperando una señal de largada. Nadie puede precisar cuál fue pero las multitudes en un acuerdo tácito se pusieron en camino y abandonaron las ciudades, en todo el mundo, arrastrando en carros de supermercado, o lo que pudieran carga en las manos, sus posesiones. Ni autos, ni celulares, ni aparato electrónico de ningún tipo fue activado o puesto en movimiento. —Al fin puedo leer el diario tranquilo —dijo Jorge sentado como siempre en la mesa de la ventana, con la voz profunda de siempre y un tono ligeramente jocoso entre líneas.

Acerca del autor:  Guillermo Vidal

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