martes, 2 de abril de 2013

Un ombú - José Luis Velarde


Rasca la costra empedernida en la rodilla derecha. Aparece pus ambarina. Oprime cuanto puede hasta marearse por el efluvio pestilente. Otra lastimadura en el cuerpo adolorido de tanto ir y venir sin rumbo. Atisba la pampa desierta y encuentra más yermo el corazón vacío. Camina por una hendidura reseca del terreno que le recuerda el cauce de un arroyo y le protege del viento helado de julio. Se detiene para observar el cielo donde el sol apenas asoma entre las nubes sempiternas. El horizonte ambiguo y gris no ofrece buenos puntos de referencia. La noche anterior maldijo no saber gran cosa de las estrellas. La Cruz del Sur siempre fue más una canción de Barocela que mapa celestial. Le fastidian las piernas y se desploma en la tierra amarillenta. Una yarará de cabeza triangular pasa muy cerca. El bicho acomete sin que él intente alejarse. El espanto se agotó dos o tres meses antes de viajar a Santa Rosa. Los dientes de la víbora no penetran la piel de las botas. El hombre no puede retenerla y ve cómo se escabulle en una grieta del arroyo interminable.
La luz vespertina se agota
Muchas veces se preguntó si acompañaba a su mujer como personaje de una obra destinada al éxito incomprensible. El retrógrado actor que aparece en las telenovelas para sugerir a la esposa fastidiada que un viaje al corazón de la pampa puede reinstalar las emociones descompuestas.
Se frota el cabello y descubre instantáneas del camino silencioso.
La sonrisa tibia de ambos. Una polaroid que nadie toma para inmortalizar la ruta. Las manos resecas rehuyéndose entre la distante cercanía de los asientos contiguos. En Luján estuvo a punto de subir a un ómnibus que fuera a cualquier parte. No lo hizo, pero la primera noche abordó una bicicleta que lo condujo al oeste. El suave descenso y la luz de la luna en su cuarto menguante. La cena romántica en el hotel sin caballero. La ciudad percibida en la segunda noche como una luz difusa hasta que el hombre sólo pudo atestiguar luciérnagas. El manubrio quebrado y la rodilla azotada entre las piedras. La marcha cada vez más difícil y la indiferencia del regreso. Se retrata al racionar el agua más por instinto que por prevenir la deshidratación. Sabe que en otro momento pudo volver. Sonríe al saberse tan incongruente como el ombú que se levanta muy cerca sin frutos y sin leña. Quisiera celebrar el descubrimiento con una fotografía. Una instantánea condenada a emborronarse por el transcurrir de los años.
El frío le dificulta respirar.
El cansancio, el sueño.
El hombre triste ni siquiera busca refugio bajo el follaje del árbol agitado por el viento hasta producir palabras intensas como silbidos que sólo escuchan los fantasmas.


Acerca del autor:  José Luis Velarde

2 comentarios:

Sergio Gaut vel Hartman dijo...

Muy interesante indagación. Los reflejos de la prosa de Quiroga y un tinte ballardiano le otorgan un especial realce a este texto de Velarde. Lo disfruté y lo recomiendo.

JL dijo...

Agradezco mucho los comentarios.
Un abrazo.