jueves, 10 de enero de 2013

Y palos en las ruedas – Sergio Gaut vel Hartman & María Ester Correa


—¿Quién puso estas piedras en el camino? —exclama Dorival de Entex cuando su corcel se encabrita, cortando la rauda carrera que el noble caballero ha emprendido para rescatar a la virginal princesa Maya de las garras del sádico hechicero Malibour.
—¡Nosotros! —replican a coro los despreciables septillizos Dutebard—. Si Maya no puede ser nuestra, que no sea de nadie.
—¡Será mía! —Dorival saca la espada corta cabezas y cercena las de los siete, pero vuelven a crecer como las de la hidra. Como advierte que es inútil seguir descabezando, azuza al noble animal, pisotea a los Dutebard y sigue su marcha con el cuerpo salpicado de fluidos fosforescentes que iluminan su camino. El hechicero, ahora convertido en dragón, se interpone en su camino hacia la torre. Expele bocanadas de fuego y lava, y la armadura de Dorival se desintegra. Está exhausto, a punto de ser vencido. Malibour se dispone a rematarlo cuando el caballo revela su verdadera identidad: es el súper mago David Cooperfield que ha logrado pasar a una dimensión paralela gracias a su enorme talento.
—¡Yo los voy a salvar! —exclama el equino—. ¡Toma esta pócima secreta! —Las crines y patas del caballo ahora son alas. Maya se lanza al vacío y cae en los brazos de Dorival. Vuelan. Dejan atrás el infierno. David Cooperfield clausura el universo y trae a Dorival y Maya al nuestro. Los amantes ahora viven en una pensión del Bajo Flores, y a pesar de que no están demasiado acostumbrados a ser pobres, son felices trabajando en el súper del chino Ho Ling. Maya es cajera y Dorival repositor. El mago bueno solo les retiene el setenta por ciento de sus ingresos para amortizar el viaje interdimensional.


Acerca de los autores:

2 comentarios:

maryjuly dijo...

Me encantó ser parte de este cuento. Me he sentido muy cómoda escribiendo con un maestro como Sergio. Lo cierto es que me ayuda a reirme de la vida.

Sergio Gaut vel Hartman dijo...

Y a mí... Muy buena compañera de cuento, María Ester. Y ya verán que no es el único, ni será el último.