lunes, 30 de abril de 2012

Cambio de planes – Sergio Gaut vel Hartman


Ary pensó comprarle unos pendientes a su amada Ferdinanda, pero la joyería estaba cerrada.
—¡Maldición! —exclamó el fontanero golpeando el puño contra la palma.
—¿Qué hace? —dijo la palma—. ¿Por qué me pega?
—¡Estoy furioso!
—¿Y qué culpa tengo yo?
—Perdóneme. No quise hacerle daño.
—Está bien. —La palma contempló a Ary de hito en hito—. Acabo de advertir que usted es una persona importuna, pesada, insistente y pedigüeña.
—Se equivoca. Si me ha mirado con atención, habrá advertido que estoy hecho de una sola pieza, como esos caballos negros, sin manchas ni pelos de otro color.
—¡No me diga! —La palma giró sobre sí misma y fijó la vista en un punto para acertar el tiro del final—. Si no miente, abandone a Ferdinanda y enamórese de mí. Si lo hace, podrá cambiar su vida de un modo notable.
Ary reflexionó largamente, y terminó zanjando el asunto con una pregunta aguda.
—¿A usted le gustan los pendientes?
—¡Ay! —gritó la palma—. No, no me gustan. Mis hojas son muy delicadas. ¿No se da cuenta de que podrían desgarrarse?
—Bien, bien. —El fontanero analizó las ventajas de noviar con una criatura del reino vegetal y lo que ahorraría en entradas de cine, cenas en bistrós, pendientes y regalos varios, sin olvidar que sería muy difícil que le fuera infiel—. ¿Qué opina acerca de tener hijos conmigo?
—He tenido palmitos en varias oportunidades —dijo la palma señalando una pila de latas—. Pero podría tener más.
—Me encanta la idea —dijo Ary—. Me compraré una furgoneta y venderé nuestros retoños en los supermercados chinos.

domingo, 29 de abril de 2012

Cabeza abajo – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


—Se cree que los navegantes vikingos —dijo el profesor Sandoz Val iniciando su disertación en el aula magma del volcán Edna— pudieron ver espejismos de inversión en las aguas heladas del Ártico, lo que les daba visión de objetos lejanos invertidos. Esto habría acicateado su curiosidad natural y, con la valentía que los caracterizaba, zarparon a buscar esas montañas invertidas, a las que llamaron Sadit Revni. Lógicamente viajaron en drakkars invertidos y pusieron todas sus otras zarandajas patas arriba. Entre esas cosas (y litros y litros de hidromiel mediante) se pasaron para el otro lado del mundo, lo que les permitió inventar el mundo reversible o reversguord, lo que algunos eruditos rúnicos, como Georg Lewis Burges, terminarían designando como rëvøersgûrðum, en directa alusión a un concepto del futhark antiguo que alude a los viajes realizados a cabeza descalza. Los vikingos volvieron a Europa, porque nunca se acostumbraron a vivir como invertidos, de tan machos que eran, pero dejaron buenas cosas, una de ellas, un par de instrucciones sobre cómo hacer el formato de lo que se escribe para que no parezca escrito en runas y mucho menos un escrito arruinado.
En este punto, los estudiantes, picados por un enjambre de moscas tsé-tsé, que nadie pudo explicar qué hacía ahí, estaban tan dormidos que el húngaro puso el aula en cuarentena, cerró con llave y se la obsequió al bedel, Analecto Alazheimer. Los estudiantes se fueron secando como camiseta de esparto, y nadie hizo ningún reclamo porque con temas como la superpoblación y la desocupación sin resolver no es cosa de andar tirando leña al fuego.

Morir no puede ser tan difícil - Fernando Andrés Puga


A los siete metí los dedos en el enchufe. Quería saber qué era la electricidad. Tenía zapatos con suela de goma.
A los quince tomé una hojita de afeitar. Con ella hice un tajito en cada una de mis muñecas y me metí en la bañadera llena para ver cómo el agua tibia se iba tiñendo de rojo. No resultaron heridas muy profundas.
A los treinta y dos hice girar el tambor y luego apoyé el revólver en mi sien. Gané la apuesta.
A los cuarenta y pico dejé abierta la llave de gas de la cocina y me senté a escribir en la mesa del comedor diario. La señora que viene a limpiar dos veces por semana me encontró adormecido sobre la computadora. Me sirvió una gran taza de café recién hecho. Olía bien.
Algunos años después, no recuerdo con exactitud cuántos, vacié un frasco de píldoras que encontré en el botiquín del baño de la casa de mi hermana, un invierno en que fui a visitarla por su cumpleaños. Estaban vencidas.
Hoy, a punto de cumplir los ochenta, estoy considerando la posibilidad de quitarme el respirador. ¿Cómo se sentirá la falta total de aire?

Acerca del autorr: Fernando Puga

Peluquería eggpunk – Héctor Ranea


—¡Zarpado!, gritó Ferdinando Egguno—. ¡Me tuvo una hora en la peluquería, me dio charla como para llenar diez mil maples de huevos de korok y no me hizo un carajo en la capocha! ¡Peor aún, me cobró como si fuera Humpty Dumpty!
—Es que usted, señor mío, tiene la cabeza de huevo sin pelo más perfecta que vi. Y muy buena conversación.
—¡Carajo, devuélvame la mosca!
—Mejor venga la próxima vez y le pinto un regio jopo y bigotes. Ahora no porque tengo otro cliente logosófico.
—¡Pero, pero! ¡Esto es digno de salir en La Presión! ¡Yo me quejo y usted va a parar a la frigittoria dei Fratelli Uova Sode en tiempo récord, diga! ¡Devuélvame la mosca!
—Mire, trabajo yo hice sobre su cáscara. ¿Lo que hablé no vale un Cosme, acaso?
—¡Qué Cosme ni que cuatro por cuatro! ¡Vamos, la mosca!
—¡Agente, Egguno me está robando!
El agente Humty Dumpty se calzó al huevo entre sus pañoletas, a pesar de sus gritos destemplados y lo llevó a la sucursal de El Huevo Tirano para ser frito.
—¡Cualquier día te devuelvo la mosca! —dijo una vez dentro el peluquero. Y se tragó al volátil Cosme en menos tiempo que un camaleón hambriento.

Acerca de los autores: Héctor Ranea 

viernes, 27 de abril de 2012

El camino - Xavier Blanco


El camino era largo, angosto y lleno de repechos. Eso no era lo peor: no existían mapas, ni guías, acaso algún libro que de poco servía. Eso sí, había consejos, recomendaciones, reparos, todos sabían algo del camino.
Al principio transitabas por una senda plana, rodeada de paisajes bucólicos, llenos de besos y de ternura. Luego, más pronto que tarde, todo cambiaba, y el camino se bifurcaba una y otra vez, de forma inesperada, y se convertía en un laberinto infinito, ciclópeo. La llanura se transformaba en páramo, el páramo en cumbre y la cumbre en precipicio. Otras veces la metamorfosis era tal, que el valle dejaba paso a tierras ásperas y desérticas o a lagos inmensos de aguas tranquilas que olían a primavera. Así un día y otro, ése era el camino.
El camino había creado sus propias criaturas. Se iniciaba sólo, pero pronto te veías caminando en compañía, algunas intrascendentes, superficiales, superfluas, que en el primer cruce desaparecían. Otras permanecían a tu lado, algunas, las menos, te acompañaban hasta el final del recorrido. Era pródigo en amores, en grandes pasiones, en desengaños, en alegrías y en tristezas.
Estaba lleno de peligros: la ira, la envidia, la avaricia, o la soberbia, sobrevolaban día y noche el camino. Era mejor hacerlo armado de paciencia. El camino era Pandora. Para unos se transformaba en una fiesta, en un jolgorio, en una romería. Para otros el camino se convertía en su Gólgota personal. Unos lo hacían a pie, descalzos y harapientos, otros bajo palio, seguidos de una corte de aduladores. Cosas del camino.
Mientras reflexionaba sobre lo ya andado, se advirtió caminando sus últimos metros antes del final. Dejó caer su talega cargada de recuerdos y se sentó en un pedrusco, de formas apuradas,  moldeado por el tiempo. Detrás el abismo, convertido en un caprichoso eco, gritaba su nombre. Fijó su vista en el horizonte y, desde esa atalaya privilegiada, observó el azul del cielo. De pronto, el cosmos empezó a cambiar de color, como si de un círculo cromático se tratara. Los colores del arco iris se fundieron en uno sólo y un blanco inmenso, que cegaba sus ojos, le impedía cualquier visión. Cerró los párpados dejando caer su cuerpo suavemente por el precipicio, y como si de una película se tratara, se encontró frente a frente con su vida.

Acerca del autor:
Xavier Blanco

Los límites de la paciencia – Héctor Ranea


—Me doy cuenta de que me he quedado sin paciencia. Sí, señor. Tal vez sea la vejez o es que nunca me equiparon con ella. Pero cada vez tengo menos y por eso será que ya no escribo novelas.
—¿Le resulta difícil describir lo que cada personaje va pensando, o es que resulta tedioso inventar tramas que se entrelacen en una mayor?
—A decir verdad, esas novelas con corte clásico me aburren. Nunca intentaría escribir algo así. Me gustan otras novelas, aunque no tan desestructuradas, claro. Alguna trama tiene que haber.
—Es que a veces, a los personajes, hay que darles contexto, espesor, calidez.
—Eso. Personajes. Me tienen podrido.
—Es que sin personajes, ¿qué haría una novela? No imagino siquiera el más desequilibrado Joyce sin personajes. ¿Recuerda la escena de Buck Mulligan afeitándose?
—Es que antes a los personajes me gustaba enseñarles cómo debían actuar. Pero en estos días, no sé... los veo distraídos, desobedecen. Incluso los que, como usted, quieren darme una mano me revientan la paciencia. Discúlpeme si lo borro. Adiós. No es nada personal.
—¡Qué lástima! ¡Y yo que creí que era el comienzo de una linda amistad!

Cien golpes en la espalda – Héctor Gomis


Ahora mismo está a mi lado. Dulce y sumisa como un animalillo, siempre cariñosa, siempre dispuesta y complaciente. Me mira con sus grandes ojos verdes, y por momentos consigue que me olvide de todo. Eso lo hace muy bien, siempre ha sido así. Está sentada en el suelo, enroscada entre mis piernas y frotando su nariz contra mi rodilla. Sólo lleva unas pequeñas braguitas blancas. Desde mi posición puedo ver su elástico cuerpo adolescente. Veo como encoge y estira sus largas piernas, despacio, muy despacio. Veo como su respiración hace elevar y descender sus pequeños pechos, Veo su nuca sobre mis muslos, entregada a mí, dócil y vencida. Huele a aire fresco, a pelo limpio y a sexo. Me excita, lo hace hasta nublar mi entendimiento. Ella lo sabe. Lo sabe y lo utiliza contra mí.

He intentado alejarme de ella. Lo he intentado por todos los medios, pero siempre vuelvo a su lado. Dominado por el deseo, vencido por el sabor de su cuerpo. Hoy ha vuelto a hacerlo. Se presentó en mi casa de noche, con la ropa sucia y el pelo revuelto. Sus enormes ojos suplicaron mi perdón. No me dijo nada, no hacía falta. Había vuelto a traer la oscuridad a mi vida. Cuando me vio coger el cinturón, sonrió, se desnudó despacio y se humilló ante mí. A cuatro patas en el suelo, aguantó su castigo sin quejarse. Fui brutal como siempre. Descargue cien golpes en su espalda mientras le dedicaba los insultos más crueles. Fue brutal, brutal e inútil. Al terminar la dejé en el suelo. Enroscada como un gato. Inerte. Después me desnudé e hicimos el amor. Mientras yo lamía sus heridas, ella me juraba no volverlo a hacer. Por un momento la creí, o tal vez creí que la creía, o seguramente sabía que me engañaba, pero ya no me importaba. Ya ha dejado de importarme lo que haga. Por monstruoso que me pueda parecer, por abominable que sea lo que hace, la amo, o tal vez sólo la deseo, pero si es así, la deseo de una forma terrible. De una forma absorbente, ilógica, inhumana. A ella le ocurre lo mismo. Por eso se presta a mis estúpidos castigos. Por eso deja que engañe a mi conciencia con la ilusión de que puedo corregirla. Como si se pudiera borrar los impulsos de un animal, como si pudiera curarla a fuerza de golpes.

Ahora estoy acariciando su espalda. Mis dedos recorren las señales de su castigo. Ella ronronea. Sabe que ha vencido otra vez. Sabe que mañana volveré a dejarla entrar en mi casa, y que volveré castigarla por sus pecados, y que volveremos a hacer el amor como dos animales, ajenos a todo, envilecidos y salvajes. Y yo se que antes de que todo eso ocurra, ella volverá a matar, y la muerte de otro inocente caerá sobre mi conciencia. Lo volverá a hacer porque su instinto se lo ordena, y yo no haré nada para impedirlo, tan solo rezaré para que alguien le pare los pies y acabe con esta oscuridad que me envuelve.

Responso - Daniel Frini


Ha muerto de muerte natural, en su casa y en su cama; rodeado de quienes lo amaron y estuvieron a su lado durante toda su vida.
Fue feliz, afortunado y triunfó en los negocios. Tuvo padres amorosos y la mejor infancia. Le tocó vivir años de paz y prosperidad. Fue querido por sus amigos y admirado por sus pares. Tuvo una esposa amantísima, que le dio excelentes hijos. Estuvieron juntos, con adoración y ternura, y no se recuerda que hayan vivido momentos malos. La respetó y cuidó; y también lo hizo con sus hijos, que fueron extraordinarios y jamás le dieron motivos para enojarse. Fueron su más grande motivo de orgullo.
Viajó por el mundo entero. Conoció las mejores personas y se empapó de cultura e historia —lo que siempre le encantó— y conoció los más asombrosos lugares.
Llegó a cumplir ochenta y cuatro años. Toda su vida se aburrió soberanamente. Ha muerto de hastío. De cansancio. De asco.

Acerca del autor:
Daniel Frini

miércoles, 25 de abril de 2012

El viaje - Ada Inés Lerner



“Y morir es algo distinto
de lo que muchos supusieron
y de mejor augurio”
"Hojas de hierba" - W. Whitman

Querida hija:
Como te anticipé, tu papá y yo hemos decidido acompañarnos en este tránsito. A tiempo regresamos ahora que él decide abandonar el hacha. Busco protección bajo antiguos retazos de sombra de los árboles mientras me acompañan el gorrión, el pino, la mariposa, la caléndula, los sauces, la abeja, y el río, la naturaleza en una aparente calma me avisa que existo, camina a mi lado, acaricia el aire.
Un titilar de lágrimas y siento la necesidad de despedirme.
Al regresar a la casa, quedamos deslumbrados por la oscuridad que araña recuerdos que se esfuman, recuerdos que siempre mienten un poco. Papá frunce el ceño por el arrullo del viento y de las olas que rompen sobre la playa pero no se inquieta cuando advierte que el canoero ya se acerca, siempre dijo que "el asombro sólo demora la fatalidad".
En la certeza de nuestro final papá le entrega la tanza y los anzuelos y define la orilla para partir.
Caronte guía la canoa por el lago hasta perdemos en el horizonte.
Te envía todo su cariño:
Mamá.

Acerca de la autora:
Ada Inés Lerner

¿Vida eterna? - Alejandro Domínguez


Lo recuerdo como su hubiera sido ayer. Absolutamente todo lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Es difícil organizar temporalmente mis recuerdos en la condición en la que me encuentro. Ahora todo es un solo instante, una gran masa de acontecimientos, un compuesto indivisible de sentimientos.
Me es imposible saber que fue lo me hizo llegar a este estado. Pudo haber sido un payaso, un accidente de motocicleta, la vejez, ¿era ya viejo?, o acaso ¿habrá sido el fin de la humanidad? No hay manera de saberlo. Estoy condenado a pasar la eternidad viviendo toda mi vida de nuevo en un solo instante, cada instante. Es realmente confuso, nada tiene sentido.
Esperen, ahora lo recuerdo:
Había fuego, un incendio, gritos, llantos, corrí entre las llamas y lo tomé, mi ropa en fuego, humo, rompí la ventana, arrojé al bebé hacia los bomberos, yo ya no logré salir. Fui un héroe.
Bueno, ahí decidí ser un héroe. Esta es una de las historias que inventé para hacer que la espera eterna sea un poco menos insoportable. Tengo millones de ellas pero empiezo a temer que mi imaginación se está agotando, mis historias son cada vez más simples y monótonas.

Finalmente las historias se me agotaron, no lo creía posible pero alcance el punto donde la imaginación no puede crear nada nuevo. La última historia que se me ocurrió y la única en la que ahora puedo pensar es la siguiente: nunca viví.

Acerca del autor:
Alejandro Domínguez

Me quiere, no me quiere… - Beatriz Olleta


Y sí, para mí que me tira onda. ¿Por qué, si no, vivo así de intensa esta hora juntos? ¿Por qué, si no, me dispara sus preguntas mirándome directo a los ojos, quitando todas las barreras? Me siento recómoda con él. No me juzga, me escucha… y es tan tan lindo.
Sí, seguro que me tira onda, ¿no? Aunque tal vez es así con todas. ¿Por qué me creo especial? ¡Qué bronca! Siempre me pasa lo mismo. Cuando alguien me gusta, no puedo leer más las señales y me pongo tan nerviosa que tampoco puedo dar señales yo.
¡Qué desastre tantos años al pedo, por favor! Y qué lindo que es, y me juego que también es supertierno en la cama.
Hay que ver que tengo mala suerte con los hombres: o con ex en el medio, o que no saben lo que quieren, o simplemente pelotudos. Pero él es diferente. Por algo nos vemos todas las semanas. Porque él tampoco puede estar sin mí.
Y sí, la próxima vez le digo algo. Así no puedo seguir. Me mata el suspenso. Ya ni sé de qué huevada estoy hablando con él, ni respiro casi. Cierto: hoy decidí hablar del trabajo, pero no puedo dejar de pensar en él, tan concentrado frente a mí. Tan serio y con esa chispa en sus ojos celestes. ¿Estará él también buscando coraje para confesarme su amor?
Mira el reloj. Se me pasa volando el tiempo con él, con toda su atención en mí. Yo la próxima le digo, ya no aguanto más estas mariposas.
Bueno, hora de despedirnos. Esos ojos. ¡Por favor! No tiene derecho a estar tan bueno.
―Ok, Cecilia, acordate: la semana que viene tengo que cobrarte cien pesos, porque la obra social ya no te cubre la terapia.
―Gracias, Gabriel. Buena semana.
La próxima le digo, para mí que me tira onda. Seguro que sí.

Nada es circo - Xavier Blanco


Dicen que llegó el Circo. Todos esperan ansiosos sentados al borde del acantilado: nadie sabe cuándo lo hizo, nadie sabe cómo. No hay carteles, ni fanfarria, ni siquiera estridente megafonía. No avisaron, no lo publicitaron. En la lejanía deambulan las risas de los payasos, huyen los látigos perseguidos por el espectro de los leones, se percibe el chirriar de los trapecios. Sobrevuelan las jaulas buscando a sus moradores. La sombra de la carpa, suspendida en el vacío, permanece inmóvil, hermética, sin puertas ni ventanas por donde penetre el aire. No se escuchan los gritos de asombro, ni las risas, ni siquiera el aplauso enfervorecido del público. Todo es nada, sólo etéreas evidencias.
Nadie escuchó la música. Nunca se encendieron las bombillas. Permanecen desocupadas las jaulas. Huyeron las sombras. Los conejos corren detrás de las chisteras. Planean los trapecios. Aletean solícitos los látigos. Ruge el viento y llueven cuchillos de soledades. ¿Dónde está el Circo? Nunca llegó, no permaneció, se ha ido. No queda nada, sólo el cero de los matemáticos, el vacío de los filósofos, el infinito oscuro de los astrónomos. No hay respuestas. La nada es una ficción; nadie puede pensar lo que no es, lo que no existe. Tal vez esto es una entelequia, quizás una invención, puede que sólo sea apariencia.
Por si alguien me pregunta, yo quiero dejar constancia escrita de mi respuesta -son diez palabras insignificantes, muy poco para un mundo saturado de complejidades-: yo sólo deseo que haya algo en vez de nada. Los demás siguen pensando que ahí, en el vacío, hay un Circo. ¿La verdad? Nadie sabe nada de nadie.

© Xavier Blanco 2012.
Tomado del blog Caleidoscopio

lunes, 23 de abril de 2012

Nicolás Copérnico, médico en Heilsberg - Carlos Barbarito


Madera de sándalo rojo, manzanilla en vinagre, díctamo y sanguinaria, cuerno de unicornio, jacinto rojo y zafiros, madera de cedro, esponja armenia, azafrán, un escarabajo, canela, perlas, esmeralda, un corazón de venado reducido a pulpa, corteza de limón. Virutas de marfil. Lagarto cocido en aceite de oliva. Lombrices lavadas en vino. Espolones de gallo. Orina de asno. Espodumena. Azúcar. Oro. Un hombre de ojos grandes y oscuros y mandíbula cuadrada, de labios fruncidos, con el gesto propio de quien está a la defensiva, cerca de una pequeña ventana en un pequeño castillo fronterizo —piedra sobre piedra con muro y foso—, copia antiguos ingredientes en el margen de una página de Euclides. Módica afición de alguien que, cuando llegue la noche, como tantas otras noches, se negará a hacer la más mínima anotación sobre el cielo. En la mesa o en algún cajón o estante, una traducción latina de epístolas de un oscuro bizantino, rutinarias y triviales, y un esbozo de su idea del Universo. Sólo hará imprimir el primero.

(Con autorización del autor. Tomado de: “Materia desnuda”)

Ni olvido… - Fernando Andrés Puga


Descolgó la ropa; estaba a punto de largarse a llover. La dejó en el cesto. ¿Alguien la planchará alguna vez?, se preguntó. Bajo el techito del lavadero, no olvidó dejar alimento para el gato en la vieja lata de dulce de membrillo y sin poder evitarlo, olió las aromáticas que ella había plantado en la vieja maceta de cemento poco antes de desaparecer. Luego puso llave y candado a la puerta de la azotea y bajó la escalera. Ya en la cocina, cerró el gas y se aseguró de que todos los aparatos quedaran desenchufados. Las viejas persianas del patio fueron trabadas con cuidado; también la ventana que da a la calle y la puerta del pasillo. Se detuvo un instante en el centro del living y miró a su alrededor, pensando si faltaba algo. ¡Ah, sí! El agua. ¿Por qué no cerrar la llave de paso? Quién sabe cuándo volverá a abrirse una canilla… Muy bien; parece que está todo listo. La casa ya podrá descansar y curar sus heridas, pensó para sí. Se inclinó, asió la valija, que no era pesada, y salió a la calle. Desde la cornisa resquebrajada, un maullido le recordó que tenía un lugar al que volver cuando por fin la encontrara. Afuera, la lluvia y algún rayo de sol en el poniente. Hacia allá se dirigieron sus pasos.

Acerca del autor: Fernando Puga

domingo, 22 de abril de 2012

El huevo de la planta – Héctor Ranea


Esto de refutar todo tan sencillamente como decir: “es tan cierto como que en Bolodivernia las plantas ponen huevos”, me está cansando. Días atrás refuté a un pastor acerca de la vida sexual de las avispas, ¡sus aliadas en la lucha contra los lobos! Ni él sabía de sus ciclos. Francamente, estoy lleno de que las leidis de Mayonesia me franqueen la entrada a sus corazones por el precio de una estampilla con la Esfinge Franco Bollo como anverso y goma laca de pésimo gusto a huevo de planta en el reverso, creyendo así que me conquistaron o me pueden hacer prisionero de sus telas y comerme al primer hervor.
Y no sólo eso. Los lobos de este planeta invasor ni siquiera son carnívoros, las avispas no tienen celo y las plantas que ponen huevos están siempre estreñidas por el frío. Así no hay dieta que pueda durar, porque no hay peor cosa que los huevos congelados, como decía un maestro cocinero que nos dio las primeras lecciones sobre cómo combatir la invasión de huevos con rigor gastronómico.
Así que: Bolodivernia, my ass! La refutación seguirá siendo la mejor conversación mientras comamos huevos de plantas, que tienen bajo nivel de colesterol, ¡qué caramba!

Acerca de los autores: Héctor Ranea

Las piedras del deseo – Diana Sánchez


Albina tiraba piedras al mar. Con cada piedra iba un deseo atado, escondido. Iba un deseo por demás, deseado.
De noche Albina volvía a la playa, se sentaba en la orilla y miraba el cielo inundado de estrellas. El cielo patagónico, provocativo de estrellas. Ancho, único. Interminable.
Pasaban los días. Los deseos no se cumplían. Albina seguía tirando piedras al mar con esperanza. Con ansiedad. Con rabia. Ella siguió, durante años, tirando piedras al mar con desesperación.
Una mañana muy temprano bajó a la playa. Como de costumbre, buscó una piedra; no la halló. Arrodillada, enterró las uñas en la arena húmeda, sin resultados. Corrió detrás de un perro, tal vez podría darle una pista. El perro entró al agua jugueteando con las olas.
Caminó y caminó sobre los médanos, hurgueteando debajo de los tamariscos. No había piedras. Albina se sobresaltó, ¿acaso, sería ella la culpable?
El sol impiadoso, caía a pique en el mediodía. Haciéndose sombra con la mano, Albina observó el mar. Los rayos solares parecían hundirse en él y atravesarlo. Creyó ver una luz más allá, en lo profundo. Entonces, como un llamado, Albina se sacó los zapatos, el vestido y se internó en el agua siguiendo la huella que dejaba el sol. Encontró, por fin una grieta.
Dudó al principio, pero poseída por el deseo, decidió internarse.
Su cuerpo bailaba en el espacio, resbalaba, inclinándose a uno y otro lado, rozando las paredes azuladas y gelatinosas. Al fin, cayó de rodillas. Tenía las manos agrietadas, el pelo enredado en la boca y los ojos ardientes de sal. Logró arrastrarse, hasta que  pudo verlas.
Y allí estaban. Allí estaban las piedras arrojadas al mar por ella. Unas, apiladas en filas altísimas, otras, desparramadas mezclándose con los corales, los erizos. Allí estaban las piedras, en ese rincón del universo, en ese espacio sin tiempo. Albina se acercó y tomó una en sus manos. De pronto, una corriente helada la hizo estremecer. Los peces nadaban desesperados entrechocándose. De diferentes tamaños y colores, iban hacia ella como un torrente, como en un aluvión. Albina logró subir a la superficie.
La playa estaba lejos. Más acá, una isla. Ella nadó hasta alcanzar la orilla. Agotada, logró aferrarse a las raíces de una palmera descuartizada hasta que, en un esfuerzo último, se arrastró sobre el barro.
Allí permaneció de espaldas al cielo. Albina pudo sentir el pulso de una vida desconocida retumbando desde sus entrañas. Allí encontró lo que había estado pidiendo durante tanto tiempo. Los deseos cubiertos por un rocío dorado, la esperaban. Se fue acercando con cuidado a cada uno de ellos. Los acarició, los probó, los hizo suyos mientras un dolor dulce atravesaba su cuerpo.
La noche intensa, plena de fragancias oscuras, sorprendió a Albina buscando una piedra para arrojar al mar. Ahora, su deseo más ferviente era volver.
La luna amarillenta, ajena, iluminaba aquella vieja y conocida playa lejana… Inalcanzable.

Acerca de la autora:
Diana Sánchez

Aún no he llegado a mi futuro - Arantza Ruiz de Mendarozqueta


Era un mediodía de muchísimo calor. El semáforo estaba roto, y era muy difícil que los autos se detuvieran. Mi padre y mi madre estaban sentados en el cordón de la vereda muy tranquilamente, mientras yo me encontraba pidiendo limosna en la otra esquina. Hacía mucho tiempo que éramos pobres, sin ropa para el invierno ni cama para dormir. Pero había dejado de interesarme por el aspecto, ya que cuando la  situación es tan desesperante deja de importar cómo te veas. Ese día me desperté con los ruidos de los autos. Mis padres me mandaron a la esquina, a limpiar vidrios. Me levanté, me calcé las alpargatas agujereadas, sacudí la tierra de mi remera, y salí bajo el quemante sol, llevando el limpiavidrios y un balde lleno de agua jabonosa. Mientras caminaba, empecé a fijarme en las ropas y el aspecto que tenía la gente de mí alrededor. Noté que muchos volvían del trabajo. Caminaban muriéndose de calor bajo el sol y con mucho cansancio parecido al que, en ese momento, sentía yo. Luego vi, en una esquina, un grupo de chicos que jugaban al fútbol y unas niñas que saltaban la cuerda, alegres y felices. Los observé, miré de nuevo a la gente que volvía del trabajo, y me miré a mí mismo. “Mi aspecto no difiere del de aquellos niños”, pensé. “Después de todo, yo también soy un niño, pero… Me siento tan cansado y tan frustrado como aquella gente trabajadora”. Y de repente comprendí que, siendo niño, debería estar jugando como los que estaban en la esquina, y no trabajando duro, tomando el lugar de mis padres, que holgazaneaban sentados en el cordón de la vereda. “Yo no debería estar trabajando tan duro… Para eso falta mucho…” Y triste, pensé: “Aún no he llegado a mi futuro…” Seguí caminando.

Acerca de la autora: Arantza Ruiz de Mendarozqueta

jueves, 19 de abril de 2012

Vocación religiosa – Raquel Barbieri


El hermano Pepe había entrado a la orden cuando era aún un adolescente, casi un púber que espantado de lo que eran sus padres, vio un salvoconducto hacia la libertad dentro del claustro. No tuvo mucho que pensar; no tenía tiempo para seguir pensando dentro de la pocilga en donde transcurría imaginando cómo sería tener unos padres cariñosos y una comida preparada con esmero.
Lo peor de todo es que nadie en su casa objetó su elección. Su padre, en la embriaguez acostumbrada, se arrastraba babeando hacia la botella de turno. La veía turbia, y entonces olfateaba haciendo el mismo ruido del perro anhelante antes de hincar las fauces en la presa. Creo que ni se enteró qué pretendía el hijo. Y la madre, harta de soportar al borracho perdido que vomitaba una vida de fracasos, se iba cada tarde, previo acicalamiento precario, a encontrarse con algún tipo que no emanara alcohol. Mientras no fuera alcohólico, el estómago le daba para cualquiera que le hiciera olvidar su vida. Y en esa casa sucia, llena de hedores rancios y sin música; en ese agujero parecido a una caja de zapatos berreta, nacía la idea de Pepe… del hermano Pepe que se unió a los benedictinos por desesperación y terminó siendo el abad principal cincuenta años más tarde.

La autora: Raquel Barbieri

Sala de espera - Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


—Disculpe que la moleste, pero esa señora que acaba de pasar llegó bastante después que yo.
La secretaria miró el monitor.
—Es la señora de la B, señor. Usted, Zapiola, está último.
—Pero me dieron turno; yo pensé que…
—Acá se atiende por orden alfabético. No se preocupe, la doctora pronto lo atenderá a usted. Sólo faltan tres.
En efecto, Zapiola observó que en el tiempo que tardó en este diálogo, la paciente B salió con evidentes signos de haber sido atendida por la doctora, así que volvió a su asiento, mientras pasaba uno de la M. Pero pronto se hizo evidente que con este la duración sería mucho mayor. Miró las paredes y vio la gran lista de doctores que atendían ese día y tomó una decisión. Se levantó y volvió con la secretaria.
—¿Y no podrían atenderme ninguno de esos doctores? Estoy un poco retrasado.
—Es que son veganos.
—¡Ah! —dijo Zapiola y volvió a su asiento. Pero cuando había dado tres pasos, volvió sobre la secretaria—. ¿Usted se refiere a que son veganos del planeta Úpsilon, Vega?
—No, señor. Son vegetarianos puros. Ni siquiera ahuyentan animales de tanto respeto que tienen por ellos.
—Pero entonces a mí no me importa. Es más: ¡soy vegano! Me convierto en ultra-vegano. Hágame el favor y que me atiendan, que se me hace tarde.
—No creo que su caso deba ser atendido por un vegano, pero si insiste; déjeme controlar todo. A propósito: ¿su obra social le paga atención por veganos?
—Nunca supe que hubiera discriminación al respecto —dijo Zapiola—. Déjeme controlar. —Tomó el comunicador y verificó que no tenía restricción alguna y le comentó a la secretaria el consentimiento de la obra social. Ella sonrió y a él se le vino un repentino enamoramiento que casi no escuchó lo que dijo ella:
—Déme unos instantes y lo llamo.
—Todas las veces que quieras. ¡Oh! Perdón, que quiera.
La secretaria bajó la vista ruborizada con una media sonrisa que se insinuaba en su rostro joven.
Zapiola no quería volver, pero tampoco convertirse en un cargoso, así que dio unas vueltas hasta que lo llamaron.
—Al consultorio 314 —dijo la secretaria.
Zapiola subió al tercer piso. La puerta del consultorio estaba abierta. Al asomarse vio al doctor Drúcula, porque ese debía ser el nombre del facultativo, según rezaba el aparatoso cartel con la bienvenida.
—En realidad, no lo esperaba —dijo el doctor, que debía pesar unos ciento ochenta kilos como mínimo y a quien seguramente lo habían entrado por la ventana—. Ya me ve; estaba comiendo mi tentempié de la media mañana —agregó señalando su plato lleno de ensalada—. ¿Quiere un poco? —El tal tentempié era un conjunto de simulacros de quesos sintéticos sin grasa, manteca vegetal y bebidas hipocalóricas.
El desconcierto de Zapiola no le pasó inadvertido. En efecto, vestido con esa capa negra de forro rojo, el atuendo de los doctores, pero con una cantidad de tela factible de tapizar un museo de cera o por lo menos convertirse en telón de un teatro de regular tamaño, no parecía ser el tipo de doctor que andaba buscando, sobre todo por su condición de vegano incondicional.
—No estoy seguro —dijo Zapiola— de estar bien encaminado.
—Sí. Lo sé. Usted piensa que mi condición no se condice con mi profesión. Lamentablemente, así lo piensan algunos en el sindicato y quieren expulsarme.
El doctor Drúcula se emocionó, empezó con un leve sollozo pero finalmente lloró sin frenos, cosa que prácticamente espantó a Zapiola, quien ni siquiera había pasado del umbral. Miró para todos lados para escapar sin ser visto, pero la necesidad de que lo atendieran fue mayor. Al entrar comprendió parte de su error. El acceso de llanto del doctor Drúcula fue seguido de una diarrea de magma verduzco que excedía los límites de sus pantalones de raso negro.
—¡Qué asco! —atinó a decir Zapiola.
—Efectivamente. Tengo estas diarreas con bastante frecuencia.
—¡Voy a quejarme al sindicato! —El paciente sólo deseaba huir de aquel lugar.
—¡No! ¡Por lo que más quiera! Me dejarían morir de hambre. Necesito mis ensaladas de rúcula, de lechuga, mis sopas de arvejas.
—Pero por lo visto —dijo no sin sorna Zapiola— esa sopita no le sienta bien, doctor.
—Mire —dijo Drúcula sacando una nota del primer cajón de su escritorio—, acá tengo el nombramiento, firmado por el mismísimo Bela Lugosi.
—El mismo que ahora lo quiere expulsar, presumo.
—Ustedes los humanos siempre tan sarcásticos. Pero al final, por una razón u otra, caen a que les hagan una sangría con expectativas de lograr la eternidad. Vea Zapiola —dijo mirando el monitor— la vida es una tómbola. Yo le puedo sacar esa sangre y usted por sorteo o licitación ganar la eternidad y convertirse en uno de nosotros.
—Por lo que más quiera, no en uno de ustedes: ¡veganos asquerosos!
Drúcula rió de buena gana. El aliento a albahaca llenó el consultorio provocándole arcadas a Zapiola.
—¿Usted creyó que lo atenderíamos con el lujo de las propagandas? —Miró de nuevo su monitor—. ¿No leyó hasta qué nivel de vampirismo puede llegar con lo que paga su obra social? ¡Tiene ambiciones, m’hijito!
Zapiola se sintió desnudo y asqueado por esa visión de magmas verdes, aroma a albahaca y pilas de rúcula a medio masticar que llenaban ese consultorio infecto—. Mire don Zapiola —agregó el doctor Drúcula—, lo mejor que puede hacer es dejarse por mí o irse a vivir con los werewolves. Ésos les podrán devolver las esperanzas de eternidad que lo carcomen.
Zapiola miró al patético Drúcula. Suspiró imperceptiblemente y se desnudó el cuello, mientras caminaba hacia el galeno que lo esperaba con su teatral capa de fondo rojo con una punta en cada mano; parecía la entrada al infierno. Ya vería cómo los convencía a los werewolves a que lo aceptaran a pesar de la sangre verde y de estar enamorado de una secretaria más que humana.

Acerca de los autores
Héctor Ranea
Sergio Gaut vel Hartman

martes, 17 de abril de 2012

Experiencia gourmet – Héctor Ranea


Se despertó sobresaltado, como viniendo de una pesadilla. Hizo memoria, soñó, efectivamente, que moría de hambre y, en realidad, estaba desesperado de hambre. Trató de abrir el ataúd para salir y le costó mover la tapa, sin contar que moverse en ese estrecho espacio le resultaba siempre bastante incómodo.
Tenía que comer urgente. Sangre, claro.
Por suerte, esta vez la cripta la había ubicado cerca del banco de sangre así que no tendría demasiados problemas, pero al salir notó que las cosas habían cambiado y que, horror de los horrores, no había banco de sangre. Dio varias vueltas pero finalmente entró en la sección hematología. Pidió sangre de manera tan perentoria que el enfermero se la trajo, pensando que sería para mirarla.
El vampiro tomó la exigua bolsa de plástico y miró interrogativamente al joven.
—¿Esto es sangre?
—En realidad, concentrado de glóbulos rojos, Don.
—¿Qué quiere decirme con eso?
—¿Con Don? No sé… se suele…
—NO; con concentrado de glóbulos. ¿Como el concentrado de tomates?
—No precisamente, pero sí que se mezclan varios donantes.
—¡Y yo que creía haberlo visto todo! ¿Y qué pasó con el querido plasma?
—Y… qué sé yo, Don. Lo usan para otra cosa.
—¿Y esto cuánto cuesta? —dijo sin disimular el asco.
—Bueno… no está en venta… es para pacientes de emergencias, ¿vio?
—¿Y yo que soy?
—Este… eso lo tiene que determinar un médico, un doctor.
—Soy doctor. Doctor en lo que quiera. De Maguncia traigo doctorados en Leyes, en Geología, en Física de Cuerpos Sólidos. De Praga soy doctor en Letras, en Gramática sefaradí, en Urbanística, en Tratamiento de Ruinas. Soy Doctor en Medicina de Harvard, de Connecticut y de Madrid, sin contar Göthesbug y Moscú. Soy Doctor en Artes plásticas de Samarkanda, de Roma, de Nápoles… ¡Vamos, soy Doctor del mundo! —el vampiro, en su vehemencia, había tomado color casi verde.
—Pero tiene que ser un Doctor acreditado en este Hospital, Don…
—¡Basta! ¡Dejémonos de sandeces! Tráigame cuatro de estas bolsas… mejor cinco.
—¿Cinco! Son como para dos pacientes.
—Son para mí, envuélvalas así nomás. No necesito papel de regalo.
—¿Para usted? —el empleado ya estaba notando el color verdoso del interlocutor y lo dijo con tono preocupado.
La postura de Drácula no daba lugar a equívocos. El enfermero fue al banco y volvió con las cinco bolsas. El Conde las tomó y se fue.
En la paz de la plaza, esa noche se dedicó a la bebida. Pero al hincar los dientes acanalados, la primera succión le produjo mareo por la cantidad de oxígeno, pero para peor le taponó los canales, por lo que tuvo que beberse la sangre lamiendo la bolsa, como un perro.
Humillado, le abrió con los dientes un tajo y se la terminó de beber a la primera bolsa casi sin saborearla. Y pensó: “¡Ah, los tiempos en que el plasma daba el sabor a la sangre!” —y prosiguió: “¡Ese sabor a chistorra de primera que caracterizaba al grupo A Rh: negativo! ¡Y esos tonos de chorizo que daba el 0 positivo! ¡Todo perdido! ¡Qué dolor!” Mientras esto cavilaba, bebía la tercera bolsa a la que había arrancado sus tres mangueras.
Un pensamiento le dio de lleno en la cabeza, mientras eso hacía. Estaba sorbiendo sangre de demasiadas personas. Se incorporó dejando salpicar dos gotas que mancharon su capote negro con tono escarlata oscuro. “¡Caramba! Estoy conteniendo tanta gente que esta noche puedo tener sus sueños o pesadillas. Me puedo indigestar de sus pensamientos, porque además es gente que quiere hacer el bien, no como mis víctimas que intentan salvarse de mi mordida”.
Fue al bar de la esquina, pidió dos botellas de coñac que usaría para diluir la sangre. El mozo a esa hora ya casi sin clientes, no podía creer que vinieran con semejante pedido pero era mejor acceder. El patrón lo hubiera hecho. Eligió dos botellas cerradas y se las llevó al vampiro. Al dejarlas sobre la mesa, le preguntó:
—¿Las va a tomar solo?
—No necesito compañía, a menos que se ofrezca voluntario para darme sangre.
El mozo se rió de la ocurrencia y se fue. Pero al verlo beber le entró un sudor frío a correr por la espalda. El bebedor estaba completamente loco. Nadie bebía así.
Drácula terminó las dos botellas y a los gritos le pidió dos de cachaça. El mozo se las estaba llegando cuando lo escucha canturrear:
—No me queda más vino / no me gusta el alcohol / no tengo más tu sangre / amada mía / no me dejes así.
Y dijo para sí: “Mal cantor el quía, pero mejor le llevo la cachaça, no vaya a ser que me saque la sangre. Lo veo mal; está por caerse.
Drácula bebió el aguardiente de un trago y comenzó a descontrolarse morfológicamente. De pronto, una urgencia de volar lo convirtió en murciélago ante los ojos espantados del mozo, quien se escondió tras la barra, pero el Conde se contuvo hipando. Se acercó al mozo, le pagó y se fue.
—Con esto le di una lección a los que donaron la sangre —dijo al mozo que no entendió palabra porque lo dijo en dialecto rumano del oeste.
Se internó en la noche, a veces murciélago, a veces ángel negro, a veces él, a veces una escoba voladora. Incontrolado por sus múltiples poderes bajo la sujeción de los donantes, el Conde había perdido el papelito donde había anotado la dirección de la cripta.
A la mañana siguiente, encontraron bolsas de transfusión a medio llenar, un par de botellas de cachaça barata, los restos de una tela negra manchada de escarlata y de un cordón de zapato muy antiguo.
El vecino que lo encontró en el rellano de su tienda, aseguró que cuando él llegó, había voces que salían de las bolsas, pero después nadie escuchó más nada. Al vecino lo internaron en un psiquiátrico. Se recupera bien.
—Un par de transfusiones y quedará como nuevo —dicen los médicos satisfechos.

El autor: Héctor Ranea

Rememorando buenos viejos tiempos – Sergio Gaut vel Hartman


Fuimos presentados por Aquiles Papathanasio en un bar de Chivilcoy; el mundo es chico. Conversamos animadamente sobre cría de faisanes, estampillas y Messi. Fue inevitable, por lo tanto, que al mencionar al más hábil me sintiera en la obligación de confesarme.
—Siempre fui torpe. A los siete años, por ejemplo, me rompí un brazo jugando al ajedrez.
—¡No me diga! Se cayó del caballo.
—Le estoy hablando en serio. —Detuve a Aquiles con un gesto y miré a Pedro con atención; era casi imposible, pero el medio siglo transcurrido no había disipado la expresión maligna que aquel individuo ostentaba en la niñez—. En realidad no me rompí el brazo; me lo rompieron. El otro no soportó que mi peón rey coronara y me golpeó con tanta energía que me quebró el cúbito y el radio al mismo tiempo.
—¡Bromea!
—Dígame una cosa, Pedro. ¿Dónde vivía usted en 1953?
—¿Está loco? ¿Cómo quiere que recuerde eso?
—Haga memoria.
—¿En 1953? —Pedro contrajo las facciones y entrecerró los ojos—. En Flores, me parece.
—Bacacay al 3300.
—¡Sí! ¿Cómo lo supo?
—Porque vos fuiste el hijo de puta que me rompió el brazo.
—Tranquilo —dijo Aquiles. Pero yo no estaba tranquilo, y Pedro tampoco.
—¿Ah, sí? ¡Y ahora te voy a romper la cara, pelotudo! —Pedro saltó hacia delante apuntándome con un puño que hacía honor a su nombre. Pero yo confesé ser torpe, no idiota. Cincuenta años enseñan algunas cosas, y una de las cosas que aprendí es que cuando me encuentro con alguien llamado Pedro tengo que estar preparado. Mi disparo llegó a su frente antes de que su mano alcanzara mi nariz.

Acerca del autor: Sergio Gaut vel Hartman

domingo, 15 de abril de 2012

Biografia prometida - Mario César Lamique


1

—En tu biografía lo voy a poner —dije.
—¿Vas escribir mi biografía?... siempre quise conocer quién lo iba a hacer —dijo ella.
Cada uno con su cuerpo a cuestas, después del cumpleaños las acompañé a tomar un taxi; una vez perdió algo en uno y lo intenta recuperar.
El viento enrojecía los rostros de ella y de su amiga; sabe que no salió del todo abrigada pero le gusta la ropa que se puso... ¡taxi! (acompaño el gesto con el grito), les digo adiós, que lleguen bien, pero no les digo que me siento solo.

2

Está en un tren —movimiento continuo— confiado en que lo llevará a algún lugar. En medio de personas que están a punto de bajar, recuerda cada una de sus palabras y espera estar a fuera para escribir que una tarde, hace tiempo, le pareció ver su futuro y se escapó hacia él; escribir que por esperar se olvidó de tomar decisiones, escribir que ayer se miró al espejo y al no reconocerse, se saludó.

3

Abajo también es noche, y hace más frío. Abro la puerta del ascensor y mi amiga abre la puerta de la calle, con el paso apurado, la mano tratando de cerrar bien el tapado y ruidos de tacos en una noche sin ruidos.
En el cumpleaños, uno de los invitados contó un secreto, pero nadie se dio cuenta; en el cumpleaños de su amiga le prometí escribir su biografía, y aquí estoy.
“También estamos locos, pero la nuestra es una locura más barroca "(sic).
Se contaron historias de otros cumpleaños, de las mismas tortas y abuelas que las saben hacer; se contó que hubo quién regaló una caja, hermosa dijeron, totalmente vacía, y esa caja sin ser abierta fue regalada a otra persona que sin abrirla, también la regaló, esa persona a otra, y esa a otra, hasta que se perdió el rastro, lo cual no hace circular la historia de la caja, hermosa, dijeron, completamente vacía, que nadie abrió, hasta lo que se pudo saber.
Ella regaló bombones, porque es lo que le hubiese gustado recibir de ser su cumpleaños.
Paso acelerado para dejar antes de caminar, mano que se extiende; los taxis llegan cuando no tienen que llegar, o no lo hacen nunca. Pero no les dije nada sobre la soledad.

4

" Y después....
la noche enorme en el cristal
y tu fatiga de vivir
y mi deseo de lucha.
(Homero Manzi)

5

Siguieron contando anécdotas de otros cumpleaños, contaron que alguien —nadie quiso decir quién— escribió una historia y la regaló en un cumpleaños y la persona que la recibió le cambió el final y la volvió a regalar, esta vez a una amiga que le sacó varios diálogos y le agregó un personaje que se enamora de una fotografía, después de hacer estos arreglos se la regaló a un amigo que le puso recuerdos propios e investigaciones históricas para luego volverla a regalar a otra persona —nadie quiso decir a quién— que haciendo sólo cambios de fechas y nombres, escribió su autobiografía.
"¿Cuánto hace que nací?, es solamente un detalle, no lo pongas".
No me dijo en que barrio vive, lo único que sé es que su casa está enfrente de una plaza, a dos cuadras de una estación de tren y a media cuadra de una panadería.

6

Salgo del tren —movimiento continuo— sol de frente en la cara, como dato estadístico recuerdo su forma agazapada de estar sentada, como dato relevante anoto que algún día piensa comprender a su madre, y dejar de recordar.

7

" Que escribas mi biografía no quiere decir que sepas quién soy" (sic).

¿Qué significa apócrifo? – Sergio Gaut vel Hartman



Una mujer cuyo hermano había muerto se aproximó a Jesús y se postró ante él.
—Hijo de David, ten piedad de mí —dijo. Los discípulos se enojaron por la osadía de la mujer y reprobaron su actitud. Pero Jesús los contempló con el ceño fruncido y tomándola del brazo se fue con ella al jardín donde estaba la tumba. Ambos permanecieron de pie ante el sepulcro. Jesús miraba atentamente la piedra, como si se propusiera taladrarla con el fuego que emitían sus ojos. La mujer observaba alternativamente la tumba y al rabí, sin comprender demasiado lo que estaba ocurriendo. Transcurrieron unos minutos y de pronto se oyó un grito aterrador desde la tumba. Jesús dio dos pasos, acercándose a la piedra que cerraba la tumba, la hizo rodar a un costado y entró a la cámara donde estaba el joven. A continuación extendió su brazo, le tomó la mano y lo levantó. El joven, tras mirar atentamente a Jesús, se enamoró de él y le suplicó que le permitiera quedarse a su lado. Jesús asintió y salieron de la tumba, ante la mirada atónita de la hermana del resucitado y fueron a la casa del joven, que era muy rico. Al cabo de seis días durante los cuales nadie supo nada de ellos, Jesús dio una orden a sus discípulos para que vistiesen al joven sólo con un lienzo de lino. Estuvo con él toda la noche para completar la enseñanza de los misterios del Reino de Dios. Luego el Maestro se marchó del otro lado del Jordán y no volvieron a verse nunca más.

Acerca del autor:

El viaje - Nicolás Llanquihuen



En el libro viejo, ese donde robé tantas historias, aquellas primeras aventuras donde me imaginé cazando pájaros de tres alas, robustos y con aguijones venenosos, ahí quedó la mejor historia para contar. Mientras la escribía, estaba esa chica rubia que se sentaba con la guitarra y cantaba algunas canciones al estilo Celeste Carballo y fumaba como loca. Me acuerdo de eso, los mates en el living, luego el vino a temperatura. Luego la cama. O aquellos capítulos que empecé a pensar en el vagón sucio, lleno de tierra que nos trasladaba al pulmón del mundo, a la belleza sobrenatural en plena naturaleza, la manifestación viva y no evangelizada afortunadamente del paraíso, donde San Antonio parecía esa ciudad dispersa, perdida entre siglo y siglo, con gente que camina entre el polvo y la nada.
Con razón refulge el viento, llevándose las cosas para la periferia (¿no era todo periferia?) del conglomerado atado entre dos tiempos, como una suerte de linchamiento inconcluso o frustrado.
Dejó un rastro, sí. Pero cuarenta y cinco minutos son tiempo suficiente para limpiar las fosas de tanta mugre sin siglos. Algunos pibes juegan a la pelota, el sol se cae de a poco, y asimila todo lo que circunda su luz poderosa, y la víspera de la noche se torna impaciente.
El cementerio de hierro perdura, le gana a ese tiempo invisible y obsecuente a dos siglos, señal de la ciudad perdida, inmaculada. La estación del paraje de Comallo ya eran sus pies de barro, humo, estufa y chimenea. Pilcaniyeu, las piernas desinhibidas, el camino a Bariloche, esa amante cruel que se fue con otro, que se dejó tentar por el bolsillo del empresario, que nos abandonó, y donde el tren pierde ganas, se queda, se inmuta, y yace petrificado frente al lago.
Te digo que escribía donde podía, que lo hacía en los baños del tren, en ese comedor que se volvía la fiesta del vino, del porro y la música comunitaria mientras la noche se perdía por Valcheta y nosotros nos perdíamos en plena Línea Sur con Sabina, con los Beatles, con Silvio. Ahí escribía mis frases que después compartía con cualquier porteña de esas que aparecían siempre entre los vagones.
—¿Vos también vas para El Bolsón?, mirá qué bien.
Sí, pero verás que si los movimientos pendulares del tren coordinaran con la música loca que percibo, todo sería perfecto. Sin compás, el viento sólo silba.
Che, ¿tomamos unos mates antes de Pilcaniyeu?
¿Y qué pensás del pulmón patagónico, ese que se alimenta de tierra y piquillín? Ahora parece una especie de bolsa de gérmenes, como un órgano fundido, incómodo, viejo y desgastado.
Como este tren lleno de mugre.
Como este tren que no es la usina de sueños.
Encima con canciones sin compás.
Pará (encima con canciones sin compás).
Sí, y el trajín patológico del que vos hablás está todavía ajeno a las miserias del suelo, abandonado a su suerte.
¡Bendita tierra!. Con tu polvareda y tu asma, te respiro con flagelo.
¡Ja! ¡La tierra de los gérmenes y los sueños! ¡Y yo me siento la fiebre misma!

Sobre el autor: Nicolás Llanquihuen




viernes, 13 de abril de 2012

IQ - Claudio G. del Castillo


El doctor Asimov miraba perplejo a su interlocutor. Se resistía a creer que el maletero del aeropuerto al que acababa de llegar tuviese un coeficiente intelectual superior al suyo.
“Pero si este hombre no debe de tener el noveno grado vencido, y yo he publicado miles de páginas que abarcan todas las ramas de la ciencia. ¡Y escribí la Saga de la Fundación, qué diantres!”
Sin embargo, en la discusión que habían sostenido referente a la propina, el otro lo había apabullado con sus respuestas agudas y unas observaciones poco menos que geniales.
“Es imposible, a menos que se trate de… un robot.”
A Asimov se le ocurrió una idea, digna de su estratosférico IQ. Por primera vez leyó el nombre de su “enemigo” en la credencial que portaba y le dijo:
–Mi estimado John, le agradecería que me acompañara hasta ese escáner de rayos X.
–¿Puedo saber para qué? –preguntó John.
–Verá, es que soy antropólogo, y querría comparar mi informe cráneo con el suyo. ¿Le han dicho que tiene un bello hueso frontal?
–Imagino que ahora sí tendré mi propina.
–Y más, mucho más. Tenga, un adelanto.
El rostro del maletero reflejaba incomodidad, pero aceptó.
Y el escáner reveló que era dueño de un cerebro positrónico de lujo. El doctor Asimov, quiero decir.

7 12 27 31 32 44 - Daniel Sánchez Bonet


Pagar de una vez la hipoteca, hacer ese viaje soñado lejos de la rutina aplastante del día a día o simplemente vivir mejor, sin sentir la soga de fin de mes… Antes de marcar la edad de su hijita pequeña -el ojito derecho de la familia-, el pobre Armando se secó la frente y dio una profunda calada a su imponente cigarrillo casero. Después, con las demás casillas siguió el mismo ritual: secarse la frente, calar el cigarro y marcar. Marcar la edad de su otro hijo –al que nunca falló cuando había que llevarlo a entrenar-, marcar el día de la boda con su mujer –para él, lo más importante de su vida-, marcar la edad que tenían los dos cuando se casaron –apenas se llevaban un año-. Secarse la frente, calar el cigarro y marcar. Marcar, por fin, el último número y con él, retar con valentía y a pecho descubierto a la diosa fortuna…
Armando sólo fallo seis números, pero su sueño -aquel que llevaba 44 años esperando- seguía intacto.

Tomado del blog Microrrelatos a peso

Agencia matrimonial – Héctor Ranea


Llegó con cierta esperanza, pero al ver el nombre del gerente estuvo a punto de recular: Dr. Ácula, rezaba el transparente en el vidrio. No le gustó, tal vez por alguna asociación que no alcanzaba a identificar. Entró y encontró un hombre pálido besando en el cuello a una mujer en éxtasis.
—En unos minutos estoy con usted —le dijo el tipo, sacándole la boca del cuello a la paciente.
Ella no entendía qué podía hacer un beso en el cuello para resolver sus problemas matrimoniales y sólo se quedó para ver la expresión de placer que la mujer besada estaba experimentando. Por lo que había leído, casi se podría decir que estaba teniendo un orgasmo, pero “eso es imposible en una oficina”, se reaseguró.
—No entiendo cómo un tratamiento físico puede ayudar a mi matrimonio, señor Ácula —dijo la joven después de haberle explicado someramente su caso y que la otra hubiera abandonado el lugar tomándose el cuello y aún sacudiéndose levemente el placer.
—¡Mi querida señora! A veces los problemas en la pareja tienen solución por el lado de la psicología, otras, por el costado de las ciencias médicas. En su caso, aún sin conocerlo detalladamente, me atrevo a decirle que el segundo es el caso. Usted experimentará algo que querrá transmitirle a su marido y él querrá quedarse con usted para siempre una vez que lo haya probado.
—Bien; si usted lo dice, Doctor —y, pensando en la otra, se colocó en posición sacándose la bufanda. Ácula se acercó temblando de placer anticipado. Con tantos problemas matrimoniales de estos mortales, tenía un éxito clamoroso y pingües beneficios sanguinarios.


Acerca del autor

La tercera guerra mundial - Víctor Lorenzo Cinca


Al fin, el secreto ocultado con mayor recelo por el gobierno se filtra en la prensa y se convierte en noticia. En la única noticia posible. Los titulares de las portadas de los diarios de todo el mundo, en edición especial de tarde, son fríamente aterradores. Un meteorito chocará inevitablemente contra la tierra. Inevitablemente.

Así pues, no hay salvación. El impacto está previsto dieciocho días más tarde, a las tres y media de la madrugada, hora internacional. El planeta entero, conocedor de su destino por primera vez en la historia y apremiado por la prisa, se dispone a saciar impunemente ―la justicia es demasiado lenta, ya se sabe― sus más bajos instintos. El caos se apodera de las calles: se cometen violaciones, robos, agresiones... el pillaje, el vandalismo y el desenfreno reinan en la ciudad, y las autoridades no pueden controlar la situación, en parte porque la policía y el ejército están involucrados en la mayoría de esos actos criminales.

Cuatro días después, se filtra otra noticia en la prensa. Más sorprendente que la primera, si cabe. Se ha descubierto un trasbordador espacial, proyecto militar de la NASA de alto secreto, con capacidad para mil personas, preparado para realizar un viaje hacia la estación espacial MIS-2, o sea, el único lugar a salvo de la catástrofe. Los países, desbordados por la situación e incapaces de racionalizar el problema, se aferran a ello como a un clavo ardiendo y se organizan militarmente para conseguir esas mil plazas. Ese día da inicio la tercera guerra mundial, la única confrontación bélica con fecha de caducidad, con día y hora límites, pues al mundo tan sólo le quedan dos semanas. Resurge de nuevo el patriotismo y las oficinas nacionales de alistamiento no dan abasto. Se trata, únicamente, de exterminar a todos los demás, y después ya se verá, se supone que a exterminarse entre ellos, entre los vencedores, hasta que sólo queden mil.

Al cabo de doce días, a tan sólo dos del impacto, el trasbordador espacial despega de la base y se eleva dejando tras de sí un mundo desolado, totalmente arrasado, aniquilado en poco más de diez días, sin rastro de vida. Lamentablemente, y pese a todos los esfuerzos, en el interior de la nave han quedado todavía algunos asientos vacíos, algunas plazas desocupadas.


Tomado de Realidades para Lelos

Acerca del autor:
Víctor Lorenzo Cinca

miércoles, 11 de abril de 2012

Las lunas perdidas – Héctor Ranea


—Ciertamente. Se sufre con cosas así. Claro que sí.
El que hablaba era mi profesor dilecto. En cierto sentido, sus clases tenían un dejo de nostalgia, pero en este tema se ponía realmente triste, a pesar de todo el andamiaje teórico que desplegaba en el desarrollo de las soluciones a las ecuaciones más aproximadas para describir el fenómeno central en sus conferencias: las lunas perdidas.
Se llamaba Oram Fastijeyan y enseñaba dinámica de cuerpos errabundos. Y sus investigaciones se relacionaban con el tema de las lunas desaparecidas, porque él sostenía que estas eran objetos que vagaban por el espacio, se instalaban un tiempo en un planeta, pero en órbitas inestables, de modo que, en un lapso finito, podrían escapar de nuevo.
Al profesor le había tocado vivir una infancia, allá en su planeta, en la que varias lunas de ese tipo se instalaron casi simultáneamente siguiendo esa dinámica. Creció con tantas lunas que el cielo casi parecía sin estrellas. Y comenzó la Universidad con ellas como mudos testigos, dirían los poetas.
Un día, parece, se enamoró de una aspirante a astronauta que fue en viaje de honor a todas esas lunas, con tal mala suerte que cuando estaba en la luna Estigia, la nave se averió y durante la reparación la inestabilidad separó definitivamente a ese luna del planeta. Mi profesor perdió a su amada, el planeta a su luna.
Urgente, el entonces joven Oram fue destinado a la nave de rescate, que llegó hasta acá sin haber jamás podido encontrar a su amada, a su Luna.
Por eso, mientras desarrolla sus ecuaciones, sus estudios de inestabilidad, su cálculo de evolución de objetos errabundos, el profesor Fastijeyan, llora.

Héctor Ranea

Navaja de Ockham - Cristian Mitelman


No imaginan que el hombre muerto en la habitación contigua vio mi rostro en el momento en que la navaja le incordiaba el pecho. La explicación es compleja y se revierte al pasado: lo frecuenté en la juventud, seguí sus andanzas, conocí ciertos secretos; sé que traicionó vilmente a una mujer. Yo amaba a esa mujer.
Frente a la iniquidad del mundo, me hice sacerdote. El destino volvió a presentármelo en este convento.
Una pelea que tuvo con un fraile fue la ocasión que esperé durante años. Esa noche toqué la puerta de su claustro; no vio en mí al enemigo de horas atrás. Dejó que entrara. Minutos después, lo maté con obscena impunidad.
Al otro día comenzaron las indagaciones. Comprendí que más de un monje (por causas diversas) deseaba hacer lo que yo hice. Dejé escapar una teoría que satisfizo los ánimos: la explicación más simple siempre es la más adecuada. Me creyeron. Todos tenían motivos para desear esas palabras.
El monje que el día anterior había mantenido la discusión con mi velado enemigo fue llevado por la soldadesca. No sé qué será de él. Acaso lo cuelguen en uno de los nogales que convergen en la gran vía del Norte.
Ahora debo seguir ahondando la teoría de la sencillez. Comienzo a derribar siglos de escolástica y silogismo. Acaso de este modo surjan siempre las ideas.

Acerca del autor:
Cristian Mitelman

lunes, 9 de abril de 2012

Melancolía - Rafael Blanco Vázquez


—¿Tiene algún libro de James M. Cain?
—Caballero, esto es una zapatería.
—¿Y eso le impide tener libros de James M. Cain?
—Caballero, no tengo tiempo.
—¿Se está usted muriendo?
—No, ¿por qué?
—Tiene mala cara.
—Hace mucho calor en esta tienda.
—Salgamos afuera y fumemos un cigarrillo.
—Está bien. ¿Cómo se llama usted?
—José Mauricio.
—Yo me llamo Dominga.
—¿Me regala un cigarrillo, Dominga?
—Lo que haga falta.
—Qué lindo es fumar. Lástima que haya tenido que dejarlo, pero últimamente me sentaba realmente mal.
—¿Y por qué fuma ahora?
—La vi a usted y me entraron unas ganas súbitas, irreprimibles.
—Es lo más bonito que me han dicho nunca.
—Puedo decirle cosas aún más bonitas.
—¿Por ejemplo?
—No se me ocurre nada.
—¿Quién es usted, ser misterioso?
—José Mauricio Bermejo, agente de seguros, para servirla a usted. Los lunes ceno con unos amigos maricones, luego charlamos y tomamos caipiroskas, los martes voy a mi bar favorito, los miércoles juego al fútbol con unos amigos machotes, luego cenamos y bebemos whisky, los jueves vuelvo a mi bar favorito, los viernes suelo practicar sexo con alguna noviecita, a veces también los domingos, para aplacar la melancolía, y los sábados me aburro mortalmente. Hábleme de usted.
—Dominga Lavandeira, dependienta en una tienda de zapatos, antigua camarera, para aplacarlo a usted. Los lunes escucho cantautores, los martes pop británico, los miércoles voy al gimnasio, los jueves salgo con mis amigas, los viernes dejo que el azar decida por mí y los fines de semana escucho flamenco-jazz.
—Na te debo.
—Na te pío.
—Me voy de tu vera, orvíame ya.
—Que he pagao con oro tus carnes morenas.
—No maldigas, paya, que estamos en paz.
—Canta usté muy bien.
—La vida es tediosa, Dominga. Nietzsche decía que la madre del desenfreno no es la alegría sino la ausencia de alegría. Y sin embargo yo tengo ganas de todo menos de desenfreno. Me encantaría follármela a usted y que me pidiera perdón justo al llegar al orgasmo. “Perdón, José Mauricio”. Yo la acariciaría y la besaría y dejaría mi orgasmo para más tarde. Y usted me pediría perdón por haberme pedido perdón.
—Es verdad que eso no es desenfreno.
—Ni de lejos.
—Pero cumple la misma función: aplacar momentáneamente la melancolía. Somos dos seres melancólicos, José Mauricio.
—¿Me acaba usted de besar?
—Perdón, José Mauricio.

Acerca del autor:
Rafael Blanco Vázquez

Animula, vágula, blándula - Daniel Frini


Pequeña alma, errante y encantadora
Invitada y compañera del cuerpo
Que pronto partirás a lugares
Oscuros, fríos, brumosos.
El fin de todas tus bromas

Adriano

Y La Voz señaló la minúscula luz, lejana en la oscuridad total, como una estrella, y dijo:
―Ve.
La pequeña alma dejó el vórtice donde miles y millones de otras almas se enredaban y desenredaban y cambiaban de colores invisibles en la tiniebla y se perdían en gritos insonoros y se unían y desunían como amebas. Ella voló hacia el sol lejanísimo.

Un viento de aire llenó los pulmones del recién nacido en un dolor insoportable que estalló en un llanto. La madre, atravesado el suplicio, lloró en una alegría infinita cuando tuvo a su hijo en brazos.
Fueron demasiados tanta luz, tanto ruido, tanto aire, tanta vida.
El niño murió dos días después.

La pequeña alma volvió al vórtice.
Días, años o milenios después la Voz señaló el brillo remoto y ordenó:
―Ve.

El niño tenía apenas un año. El agua de la pileta de natación lo llamó, juguetona y brillante. Desde el fondo miró, curioso, el sol que jugaba deformado allá arriba. Luego aspiró y el sol se diluyó en convulsiones y la noche.

Otra vez el vórtice y un tiempo que bien podría haber corrido hacia atrás, la Voz señaló el destello distante y susurró:
―Ve.

La pequeña creyó que su padre levantaba las manos hacia el parabrisas para jugar, y rió intentando hacer palmas. El inmenso camión, descontrolado, cambió de carril. La niña no entendió la explosión, ni la sangre, ni los filos cortantes de metal retorcido.
Antes de cualquier dolor, todo se apagó.

Una vez más la pequeña alma volvió al vórtice. La eternidad duró lo que dura un segundo y la Voz habló: ―Ve.

Los soldados habían atacado la aldea hacía seis días. Nadie sobrevivió, salvo el niño que en un principio quedó sentado en el suelo de tierra seca, al lado del cadáver de su madre. Luego vino el sueño, después el hambre y más tarde la sed. El sueño pareció un juego; el hambre trajo el llanto y la sed lo llevó, finalmente, a las sombras.

Apenas la pequeña alma volvió, la Voz tronó:
―¡Yeta! ¡Mufa!¡Me agarro el huevo izquierdo! ¡Vos sos el problema! ¡Jettatore!


Acerca del autor Daniel Frini

sábado, 7 de abril de 2012

Manos, las de ella, las de él - Flor Marina Yánez


Supo que era Él desde el primer día en que sus ojos se cruzaron. Ella jugaba a la rayuela en plena calle y él la atrapó antes de que el traspié que provocaron sus ojos negros se convirtiese en sangre y mugre. Lo amó con fidelidad y en silencio cuando la pubertad abrió los botones de sus senos. Sufrió su indiferencia, padeció la distancia que la separaba de su cuerpo y día tras día tejió la red con la que poco a poco lo aproximaría a su lecho. Lo conoció íntimamente en la soledad de sus ardores insomnes, impregnó de su olor cada el pensamiento, recorrió una y mil veces en la soledad de su cuarto, el túnel que separaba a sus manos, las de él, del fruto del placer anhelado. La noche de bodas no fue entonces sino la continuación de las fantasías que la habían convertido en mujer. Él, que poco entendía de asuntos metafísicos, se apartó con brusquedad del lecho maldiciendo aquellas manos invisibles, que le habían robado la inocencia a su pequeña y le dejaban a cambio esa mujer usada y mentirosa que estaba a punto de dejar

Epitafio - José A. García González


En mi pasión desmedida por recorrer cementerios, para admirar su arquitectura, para fotografiar la innumerable sucesión de lápidas en ascenso hacia la colina, he encontrado muchas cosas. Algunas sorprendentes e inauditas, otras sumamente desagradables, y hasta indignas para los mismos muertos. Mi peregrinar por los camposantos comenzó el día que agoté la bibliografía sobre el tema y noté que, a pesar de todo cuanto se había escrito sobre la muerte, los muertos, su destino y la transmigración de las almas, se sabe realmente muy poco acerca de lo esencial del tema. Nunca nadie escribió sobre los motivos para morir. Soy conciente que esto llamará la atención de muchos, pero creo fervientemente que si el hombre muere no lo hace porque ese sea su destino final, el regalo de Ilúvatar, ni el don del más allá. Al contrario. Si el hombre muere es por su propia decisión. La misma puede ser culpa del fastidio, cansancio, aburrimiento, enfermedad, ignorancia, religión (casi todos sinónimos de ésta última, lo sé). Pero no está escrito en el destino de la especie el que la vida deba, irremediablemente, poseer un punto final. Y la respuesta a ese motivo oculto de por qué deciden los hombres morir, no tengo dudas al respecto, se encuentra en los epitafios de sus tumbas. Pero no en cualquier epitafio, no, por supuesto que no. Hay que saber decodificar esos mensajes cifrados que poco tienen de azar, de humor y de frase hecha, aunque así quieran disimularlo. Es casi un arte extinto el de los epitafios, que la frivolidad de los jardines de paz, el mármol en desuso por su alto precio, y las placas de bronce que no son de bronce, han perjudicado enormemente. Los pocos cultores de éste arte que aún persisten, saben que el epitafio es el último gesto de su personalidad; la demostración de que han sido ellos y no cualquier otro quien ha caminado sus pasos, disfrutado de sus placeres y vivido su vida. Pero pocos lo saben, o lo creen así. Y esas lápidas y tumbas cada vez más despojadas facilitan mi labor de búsqueda. El último milenio se conforma con el nombre y un par de fechas, nada más. En los entierros del pasado se encuentran las verdaderas fuentes de la sabiduría. Una de las cuales creo haber descubierto el día que penetré por última vez en el olvidado rincón del oeste del cementerio del monte y, entre pantanos y malezas, encontré el panteón de los pensadores de antaño. Una ruina que en las antiguas guías de viajes solía cambiar de ubicación siguiendo las modas veraniegas, pero que, era sabido, se hallaría en un sitio puntual. Lamentablemente, de todas las lápidas allí reunidas, sólo unas pocas eran legibles. Y de esas, algunas estaban escritas en caracteres incomprensibles, o en otro idioma. Sólo una lo estaba en español, labrada en una roca con grandes caracteres romanos como los de antaño. En ella encontré la clave de todo. Esas simples palabras le dieron un nuevo sentido a mi existencia. Porque si alguien puede decir de sí mismo que Amaba tanto soñar que un día ya no quiso despertar, ¿qué nos queda para nosotros más que abandonar nuestras cadenas y pesares para correr, con desesperación o no, en pos de algo que soñar con tanta dedicación? ¿Qué nos queda?
Nada.

Tomado del blog: Proyecto Azúcar

jueves, 5 de abril de 2012

La noche de un personaje - Mario César Lamique


Hace quince minutos que la estoy mirando, podría decir también que hace media hora o tres cuartos de hora o una hora o media vida, nunca calculo bien el tiempo mientras miro. La duración de una mirada no se mide con un reloj.
Comienzo a pensar en las miradas de las demás personas que están en el lugar, me pregunto si se fijarán en mí y si por mi manera de mirar se habrán dado cuenta de que soy un personaje, sólo un personaje de ficción que mira de forma obcecada a la mujer de la otra mesa que insiste en permanecer de espaldas.
La mesera no deja de sonreírme mientras le pido un cortado, tengo ganas de preguntarle si por un chiste que le contaron esta tarde y recién ahora lo entendió o es parte de su contrato el mostrar sus dientes a la clientela.
Cuando la miro el tiempo va hacia otro lado, se escapa, se retoba, se cierra atrás como equipo que quiere cuidar el resultado.
Vuelve la mesera con su insoportable sonrisa, quizás le paso algo divertidísimo en el viaje desde la barra hasta aquí.
Hace más de quince minutos que estoy mirándola y sigue de espaldas, bebe minuciosamente y seguro que tiene la mirada perdida como recordando o no pudiendo dejar de hacerlo... es posible que haya venido a olvidar, como yo, no es que piense que se pueda olvidar así no más, en realidad vine a recordar bajo protesta.
Norma tenía tantas cosas parecidas a mí y yo encantado con esas coincidencias comencé a rechazar todo lo que hacía o decía sin que yo lo compartiera, le dije bien en la cara que era una egoísta, porque no pensaba solamente en mí...En sus ojos había un presagio, que puede descifrar justo cuando se cumplió.
Norma vivía apurada por llegar —¿a dónde?— tenía mucho miedo a quedarse sola, haciendo todo lo necesario para estarlo, creo que eso fue lo primero que nos unió.
Hace más de media hora que la estoy mirando, veo formarse con su transpiración mares en su cuello; con mis ojos hago fuerza para que se dé vuelta y lo único que consigo es que todos giren sus cabezas y me miren entre sorprendidos y ofuscados mientras ella, ajena, sigue de espaldas y probablemente tratando de olvidar, como yo.
Norma tenía mucho miedo a quedarse sola aunque ese era su lugar de lucha. En sus ojos había un presagio que se cumplió.
Hace más de tres cuartos de hora que la estoy mirando y aprendí de memoria sus movimientos, que los cumple siguiendo un riguroso ciclo, si la música estuviera más baja podría escuchar el sonido de su respiración.
En el esfuerzo por olvidar recuerdo los detalles más nimios que nunca pensé que podía recordar, camperas, gestos, colectivos, caminatas y cada parte de su rostro, surcos, lunares y el recorrido de sus lágrimas cuando repetía situaciones y derrotas como si lo disfrutara.
Hace más de media vida que la estoy mirando y todavía no terminé de inventar su rostro, únicamente la pude imaginar pensando algo terrible y luego ver sus intentos para que eso no suceda en realidad. Miro mi cortado y no tengo ganas de terminarlo, revuelo los miedos que la gobernaban —y seguramente la siguen gobernando— a Norma y no sé la mujer de la otra mesa, que no sé si está dándome la espalda o está de frente a algo que no logro ver...
Entran dos policías y piden documentos, el "por favor" con el que terminan la frase está dicho con el tono menos amable que escuché en mi vida y en todos los libros de ficción donde trabajé.
Les doy mi carnet de "Personaje de ficción literaria" lo miran, le dan vuelta y me lo devuelven. Los personajes no somos bien vistos, hoy en el lugar de estar tratando inútilmente de olvidar tendría que estar trabajando en alguna novela, pero no está nada fácil el conseguir trabajo, tengo un proyecto de tener un papel en una obra sobre un jugador de fútbol que fue vendido a los cinco años a Tanzania y llegó a jugar en la selección de ese país, no creo que sea un éxito pero algo es algo, igual yo no me desespero ni mucho menos busco trabajar en el exterior. Un amigo mío acepto participar en un libro de S. King, pobre no sabe que lo espera una muerte segura.
La mujer parece no tener documentación encima, los policías le dicen que los tiene que acompañar. Sin pensarlo salto de la silla y golpeo a uno de ellos que tambalea pero no cae, el otro intenta sacar su revólver, me tiro sobre él y lo desarmo, el primero me agarra por atrás del pelo y me apunta en la cabeza. Desde esa posición puedo ver como su compañero se lleva a la mujer de espalda a mí. Me pregunté por qué no me arrestaban, con la ilusión de estar en el mismo patrullero y descubrir el presagio que seguramente escondían esos ojos; "a nadie le importan los personajes" —me contestó.
Pago y la mesera se sigue sonriendo, algunos me dijeron que la vida les sonríe (así como la mesera).
Salgo y no sólo no olvidé a Norma, ahora sumo recuerdos que acabo de sembrar...
Hace quince minutos que estoy esperando el colectivo, podría decir que media hora o tres cuartos de hora o media vida, nunca calculo bien el tiempo cuando espero.

Al otro lado del espejo – Xavier Blanco


A Elisa no le gusta la oscuridad. Ella sabe que esos alaridos que la arañan se esconden ahí, detrás del espejo. Siempre regresan, como insectos que corroen la podredumbre, con sus carcajadas funestas y sus fauces desdentadas. Agazapada entre las sábanas, sus ojos desorbitados sólo son capaces de reconocer su tenue anatomía reflejada en el cristal de la ventana. Necesita chillar, pero el terror paraliza el fluir de sus venas y su garganta se sofoca atenazada por el puño frío del pánico. Gritan sus ojos. Extinguida, esconde su contorno frágil en ese ataúd de los sueños y solloza el silencio de la noche. Intenta dormir pero sólo llora.

Con el amanecer, el miedo huye, se desvanece en el aire. El sol de la mañana chispea en sus ojos. Las volutas de polvo revolotean risueñas y lloviznan caramelos. Con el día llegan esos señores de bata blanca y pastillas azules: “¿han venido esta noche?”, preguntan. Ella niega con la cabeza mientras esconde sus brazos lacerados por la larva del desasosiego. Puede que hoy le quiten las correas y consiga tocar la hierba.

A media tarde deambula cabizbaja por el patio. El ocaso trepida en su dermis. La negrura acecha agazapada tras el horizonte. Ésa que araña su cuerpo y ahoga su garganta, ésa que regresa siempre. Elisa retorna a su habitación perseguida por el aliento de la noche, que resopla en su cuello. Una soledad prepotente cerca su contorno, como si la bolsa amniótica de la existencia se hubiera roto hecha añicos. No quiere dormir. Abre el ventanal. Corta el cordón umbilical que le une a la vida y, retando a la ley de la gravedad, se arroja al vacío. Mientras su cuerpo peregrina por el acantilado de la muerte, su voz diminuta repite sincopada: “están ahí, detrás del espejo”. Queda extendida, garabateada en el asfalto. Yo la vi caer, pero aquí nadie sabe de nadie.

© Xavier Blanco 2012

Tomado del blog Caleidoscopio