viernes, 17 de agosto de 2012

Ahora y siempre en Marte – José Luis Velarde


El Hombre Ilustrado se estremeció la noche del cinco de junio del año 2012. En su mano derecha los tatuajes comenzaron a moverse para contar una historia. La nave espacial se aproximó a la superficie azafranada de Marte y las brujas de Macbeth redoblaron hechizos. Los marcianos surgieron de Ylla; la ciudad construida en las inmediaciones de una montaña pedregosa. Eran delgados y llevaban máscaras de oro y bronce. Estaban ahí para atestiguar la llegada de un hombre esperado durante milenios. Fobos y Deimos reflejaban la luz menguante del atardecer y el viento la retorcía hasta crear fantasmas y remolinos de polvo. Barcos de tonalidades azules iban sobre la arena para instalarse en los muelles de la metrópoli ajedrezada. Los hoteles repletos no desalentaban a la concurrencia que arribaba sin cesar instalándose en campamentos extendidos bajo las estrellas multiplicadas en el horizonte.
En el kiosco de salchichas de Elma y Sam se apretujaban las tripulaciones de las diversas naves enviadas al cuarto planeta del Sistema Solar en los años de la conquista. Los antiguos colonizadores se mezclaban con los expedicionarios de otras épocas y con personajes nacidos a razón de mil palabras diarias. Muchos de los congregados éramos lectores. Lo supe al reflejarme en la pared de un edificio marciano de plateada textura y columnas de cristal. Me vi como el adolescente que acababa de descubrir los libros de Ray Bradbury. Los tendones y mis huesos revolucionados ahuyentaban la torpeza habitual de los sesenta años.
La caravana de un circo iba por la avenida principal y pude recordar su visita a mi pueblo ubicado en el noreste de México. Me uní a los niños que marchaban tras la banda para aplaudir la música surgida de tambores y trompetas de hojalata recién pulida. Desfilaban las maquinarias de la alegría encabezadas por Montag, Stendahl, Truffaut y Pikes. Una legión de hombres morenos vestía zoot suits color helado de crema. La multitud gritó al reconocer a Poe, Dickens y Mortajosaurio. El revuelo fue mayúsculo cuando apareció Bodoni, el chatarrero, que había materializado el sueño de construir una verdadera nave espacial con los desechos del patio. Sobre el cohete iba la familia jubilosa al adentrarse en la festividad marciana.
Una pantalla gigante se iluminó con una frase de Bradbury: “Hay cosas peores que quemar libros, una de ellas es no leerlos.”
—¿Iremos por ellos esta noche? —susurró una voz amenazadora como el rugido de un león.
—¿Es tiempo de eliminar a los fantasmas? —dijo un enano.
La respuesta de G. M. Dark llegó pausada para desconcertar a La Bruja del Polvo, el Esqueleto y Tom Fury.
—No será hoy.
Los ejércitos ocultos en los límites de las sombras se pronunciaron incómodos.
Un murmullo furioso emergió de los quemadores de libros.
El descontento se intensificó entre los lectores fallidos.
Las computadoras que los acompañaban trazaron cálculos voraces como fieras mecánicas.
—Las estadísticas son favorables —dijo el asesor de un político terrestre—. Ellos no son tan fuertes.
—Aguardaremos —respondió G. M. Dark con voz incapaz de ocultar la rabia—. Hoy podríamos perder la guerra. Son demasiados para emprender un combate frontal.
—Pero las estadísticas nunca mienten…
—Aguardaremos, tarde o temprano pasará la euforia. Los encontraremos vulnerables cualquier noche en que el insomnio los ablande. Es cuestión de paciencia dejar paso a los miedos y al olvido omnipotente. Ellos harán su labor hasta carcomerlos solitarios. No les quepa duda de nuestro triunfo. Disfrútenlo cuando llegue.
G. M. Dark alzó un brazo y asomaron huesos por la bocamanga del traje oscuro como los alrededores.
El Moby Dick se alzó en dirección opuesta a la nave que descendía sobre la superficie azafranada de Marte.
Las brujas de Macbeth redoblaron hechizos y los marcianos aplaudimos al ver a Bradbury descender del cohete.
La noche era infinita como los millones de estrellas desparramadas alrededor de nosotros.
En algún lugar de la Tierra, quizá en las inmediaciones de un pueblo pequeño, el Hombre Ilustrado cerró la mano en cuya palma acababa de contarse una historia marciana.

Sobre el autor:
José Luis Velarde

2 comentarios:

Iacob Shilenuss dijo...

Me gusta.

Iacob

Maestro dijo...

Un ejercicio de nostalgia.
Gracias
José Luis