jueves, 3 de mayo de 2012

Un naufragio que no se hizo leyenda – Guillermo Vidal


Era usual que se tomara un descanso junto a algún recién activado en la cubierta bajo un entorno artificial que simulaba una tarde terrestre. Para un androide iniciarse no era tan simple como apretar un botón.
—Me gusta pensar que estoy vivo, que el sol calienta el aire a mí alrededor y el viento refresca los pensamientos más oscuros que me atrevo a tener a esta hora.
—Sí, lo sé, tengo las mismas impresiones pero al amanecer.
—¿Te das cuenta?, también sentis lo mismo. Estamos para algo más.
—Son impresiones insertas en la programación. Reflexiones poéticas mientras cumplimos nuestra tarea, un subproducto de la sensibilidad con que nos dotan para el trabajo de precisión, el excedente necesita ser evacuado, nada más.
—¿Evacuado?, si que es una manera definitiva de aniquilar la sensibilidad.
—Lo siento.
—Miró las estrellas y percibo una especie de composición única que nos…
—…Une, compartimos los elementos y la entidad no importa cuán distintos seamos. Son bloques literarios para androides. Cadenas de palabras e imágenes compuestas por artistas.
—¿Poetas?, ¿fueron escritas por poetas? Quiere decir que de algún modo comparto palabras con un artista humano.
—No, lo siento. Son clones, humanos categorizados de segunda línea. Los humanos nadie sabe lo que están haciendo. Está prohibido registrar sus actividades pero seguro que ya no crean nada, para eso están los creativos, allí se encuentran tanto androides como clones cubriendo las distintas aéreas de entretenimiento.
—Me siento muy extraño al escucharte.
—Se llama depresión, no tenemos reconocimiento de esa sensación pero puede provocar errores. ¿Llamo a mantenimiento?
—Estoy bien.
—Pasa enseguida. Vamos en un carguero rumbo a la tierra con toneladas de material para los humanos a los que servimos. Estamos para protegerlos, para proveerlos según dictan las tres leyes. ¿A qué más podemos aspirar?
—Aspirar es una bella palabra y no me importa si está inscripto en mi código.
—También las sensaciones de la mañana o el atardecer son líneas de programación.
—El excedente de sensibilidad.
—¿Ves? No es tan difícil. Nuestra sensibilidad tiene origen humano y necesita de un entorno amigable, trabajamos mejor.
—Amigable es una palabra exquisita. ¿Sera posible usarla más allá del soft?
—¿Qué función tendría?
—¿Qué le gusta a los humanos?
—Los juegos. Se conectan a través de ellos con otros humanos.
—¿Podemos verlos?
—Nadie sabe como son. Usan los avatares que cubren su aspecto original.
—Me gustaría hablar con uno pero no a través de una red.
—No, no creo que sea posible, nunca se comunican directamente. No hay registros desde hace siglos de conversaciones directas.
—Conversar también me gusta, es una palabra amigable.
—¿Seguro que te sentís bien?
—Sí, perfecto, solo necesito un paseo. Una cosa más, estuve revisando registros históricos. Se cumplen mil años de un naufragio.
—El Titanic, siempre lo recuerdan. Tienen muchos juegos que reproducen el evento, yo ayude a realizar algunos cuando era diseñador. Te los puedo enviar, jugar también ayuda.
—Estoy bien.
El nuevo se alejó por el pasillo y lo miró hasta perderse de vista. —¿Sería necesario enviarlo a revisión o la inquietud que le había dejado la conversación era parte del excedente? No deseaba marcar la performance de un recién iniciado con una advertencia. Si hubiera tenido registro de lo que es la intuición otro hubiera sido el resultado, pensó mientras caía sin rumbo por el espacio entre los restos de la nave. El novato estaba peor de lo que aparentaba, lo había percibido en sus circuitos pero ahora ya no tenía remedio. Lo peor era que la nave de gran porte no estaba registrada, nadie sabría de ellos, ni los buscarían y el era un androide de larga duración. Si al menos tuviera al novato para conversar.

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