Te amaré cuando esté muerto - Guillermo Vidal


Embebido en sangre derramó sobre la calzada el último recuerdo de su vida. No le quedaba aliento para confiar en otras vidas, siendo esta tan amarga, volver a ella de cualquier manera le resultaba una locura.

Apresar el viento, construir contra la corriente, atar cabos donde crecía el sinsentido fue nada más que el comienzo de la desventura. Todo ese ramillete de flores inconclusas en un florero sin agua, ni futuro; vertió sin rumbo y sin mirar atrás guardó todo lo que tenía en una misma bolsa, poco más que fantasías. De todo aquello sin embargo rescataba la mañana que despertó bajo la parra y las brevas recientes sirviéndole de almohada, el olor del café, sin embargo, y las tostadas.

De volutas de humo que de a poco lo cercaban en este último instante destilaba figuras, rescató los nombres y las calles, el olor del zaguán, el río bajo el puente chico y el tren en el fondo, con sus promesas. Finalmente lo tomó y luego el transbordo y otras naves que vinieron llevándoselo lejos de sus pesares y disgustos para morir en un mundo ajeno, en una calle que podría ser cualquiera de un suburbio de la peor ciudad de la tierra. Tanto correr para alejarse y al final nunca pudo escapar lo suficiente como para cortar el lazo de amor que los unía, ni el dolor en que hundía las raíces su envejecida alma, ¡Ah la tierra! y sintió el sabor de su propia sangre en la boca y las piedras de su casa en el sendero al molino de agua, pasto agreste, y humus como ninguno en el universo conocido, que se le escapaba de las manos sin remedio, construyendo sin él su propio futuro.

Sobre el autor: Guillermo Vidal