lunes, 9 de abril de 2012

Animula, vágula, blándula - Daniel Frini


Pequeña alma, errante y encantadora
Invitada y compañera del cuerpo
Que pronto partirás a lugares
Oscuros, fríos, brumosos.
El fin de todas tus bromas

Adriano

Y La Voz señaló la minúscula luz, lejana en la oscuridad total, como una estrella, y dijo:
―Ve.
La pequeña alma dejó el vórtice donde miles y millones de otras almas se enredaban y desenredaban y cambiaban de colores invisibles en la tiniebla y se perdían en gritos insonoros y se unían y desunían como amebas. Ella voló hacia el sol lejanísimo.

Un viento de aire llenó los pulmones del recién nacido en un dolor insoportable que estalló en un llanto. La madre, atravesado el suplicio, lloró en una alegría infinita cuando tuvo a su hijo en brazos.
Fueron demasiados tanta luz, tanto ruido, tanto aire, tanta vida.
El niño murió dos días después.

La pequeña alma volvió al vórtice.
Días, años o milenios después la Voz señaló el brillo remoto y ordenó:
―Ve.

El niño tenía apenas un año. El agua de la pileta de natación lo llamó, juguetona y brillante. Desde el fondo miró, curioso, el sol que jugaba deformado allá arriba. Luego aspiró y el sol se diluyó en convulsiones y la noche.

Otra vez el vórtice y un tiempo que bien podría haber corrido hacia atrás, la Voz señaló el destello distante y susurró:
―Ve.

La pequeña creyó que su padre levantaba las manos hacia el parabrisas para jugar, y rió intentando hacer palmas. El inmenso camión, descontrolado, cambió de carril. La niña no entendió la explosión, ni la sangre, ni los filos cortantes de metal retorcido.
Antes de cualquier dolor, todo se apagó.

Una vez más la pequeña alma volvió al vórtice. La eternidad duró lo que dura un segundo y la Voz habló: ―Ve.

Los soldados habían atacado la aldea hacía seis días. Nadie sobrevivió, salvo el niño que en un principio quedó sentado en el suelo de tierra seca, al lado del cadáver de su madre. Luego vino el sueño, después el hambre y más tarde la sed. El sueño pareció un juego; el hambre trajo el llanto y la sed lo llevó, finalmente, a las sombras.

Apenas la pequeña alma volvió, la Voz tronó:
―¡Yeta! ¡Mufa!¡Me agarro el huevo izquierdo! ¡Vos sos el problema! ¡Jettatore!


Acerca del autor Daniel Frini

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