sábado, 10 de marzo de 2012

Afuera brilla la luz - José Antonio Parisi


La expresión más elevada de la felicidad o la desgracia es muy a menudo el silencio.
Los amantes se comprenden mejor cuando callan.
ANTÓN CHÉJOV


El hombre sueña con un animal enorme e indefinido en la noche. También con una mujer de torso desnudo, que cubre los pechos con las manos.
Desea despertarse, pero lo retiene esa persistencia opresora de las pesadillas.
Logra abrir los ojos y los deja tiesos. La sábana corrida, la mejilla aplastada contra el cotín. La oscuridad de la pieza le evoca la penumbra que había imaginado y le cuesta reconocerse en su cuarto del hotelucho familiar. Su cuerpo todavía tenso y alerta, la mano palpa la base del herrumbrado velador cuello de cisne, y lo enciende.
Había echado una siesta pesada, extensa y profunda; de esas que se dan pocas veces y que siempre se recuerdan. Esas siestas que se le piden prestadas a la muerte.
Se sienta en la orilla de la cama, las plantas de los pies en el frío del mosaico. El tuco aceitoso del mediodía le arde en el estómago. Busca un cigarrillo en la mesa de luz. Fuma y exhala un arroyito de humo gris. Con los dedos se quita las lagañas, y enfila hacia la puerta despegando apenas sus plantas del piso. Estira los brazos abiertos, arquea la espalda, y modera un bostezo. Afuera se viene el agua. La panza de unos nubarrones infinitos hace de telón a su tristeza. Evoca a sus dos hijitos, lejos, en aquel pueblo caduco, renunciado de ferrocarril y de todo destino afortunado. Y aquel día en la terminal de Retiro, cuando su mujer histéricamente se subió con ellos al colectivo para llevárselos de Buenos Aires. Pucha si había sido alevosa ella: lo culpó de la pérdida de su puesto en la fábrica. Si la fábrica se fue al Brasil, a él qué culpa le cabía.
Chasquea los labios, cierra la puerta y le da la espalda al recuerdo. Hay que aguantárselas.
Se enjuaga la cara en la palangana, y en la hornalla de la garrafa pone el agua para el mate. Le gusta hacer las cosas con tiempo, y se cambia aunque no tenga que irse ya al trabajo. Vigilador nocturno, conchabo vacío que tanto le costó conseguir y que consiste en hacer nada: la postrada contemplación nostálgica y perturbadora de una oficina en horas de desolación.
Se ceba los primeros mates, que ha cambiado a dulces —bastante hiel hay en su vida como para agregarle de a sorbos—. Y contempla sus manos con pena: tan luego a él, se le han puesto tersas aquellas garras de metalúrgico.

A través del tabique de Durlock le llegan voces apagadas. Ya ha sucedido un par de veces: es la pareja del cuarto de al lado sofocando el principio de una pelea. Pronto vendrán los gritos, y después la biaba y el silencio. Al día siguiente a esa mujer de ojos almendrados, la vergüenza le hará bajar la frente para ocultar una marca. El tipo no. Él sostendrá los hombros anchos, el mentón erguido, como si nadie supiese lo que es.
Pero hoy, hay algo más. Hay más que gritos, biaba y silencio: la vecina le entra a su pieza como un tornado, y se planta temblorosa dos pasos adentro. Lágrimas implorantes en la mirada convulsa. El torso desnudo, los pechos ocultos entre las manos manchadas con sangre.
¿¡Qué anda pasando!? Él deja el mate y va al ropero, cubre a la mujer con un toallón limpio. La hace sentar en la única silla, y le enjuaga las manos con agua fresca de la jarra. Sale al patio, los demás inquilinos alborotados en chisme, ahogan el umbral de la otra pieza. Él se abre paso. En el suelo, a los berridos como un marrano —quién te ha visto, y quién te ve—, el tipo con la cabeza rota y la plancha volcada. El cable alrededor del cuello ha sido un intento inútil de ella: el cerdo respira bien. El hombre busca en el armario un abrigo y una blusa. Vuelve a su cuarto por entre los curiosos, que lo siguen con la mirada y él entorna la puerta. Le entrega la ropa a la mujer, y se pone la campera marrón de vigilador. Fuera, un rayo parte la noche, y el chaparrón dispersa a aquellos entrometidos.
Los dos parados en el vano de la puerta de la pieza con la vista en las agujas de la lluvia, que caen fuertes y rebotan en el patio. Aquel velador cuello de cisne encendido difumina las sombras de sus siluetas en las baldosas mojadas. Él con un brazo rodea a la mujer por el hombro, y se largan a cruzar el patio en busca del zaguán y la calle. La luz del farol brilla en los adoquines y en el follaje húmedo de los paraísos. La pareja se aprieta bajo el aguacero, y en carrerita ligera se pierde en la bruma de la noche.
¡Cuánto ha sucedido! Y, sin embargo todavía, no se han dicho una palabra.

1 comentario:

HUGO JESUS MION dijo...

Un excelente relato, con pinceladas certeras sobre la psicología de los personajes, en una trama que pasa de abúlica a vertiginosa en segundos, y muestra un drama demasiado cotidiano.