Pelea sangrienta – Gabriela Baade & Sergio Gaut vel Hartman


—Lo único que pido es que vuelva el invierno —dijo Lapidaria Stonehenge apantallándose con el extremo de un ala de DC-100 siniestrado que encontró sobre la mesa.
—¿Le parece? —Freeze Laponia, cuya temperatura corporal nunca subía de los 27 grados, temía quedar encallado en el invierno como un crucero que se acerca demasiado a la isla de Topo Giglio, en el Extremorráneo Oriental. Está de más decir que prefería el verano, aunque de cualquier modo no se calentaba por nada.
—Yo propongo una pelea entre el tigre y el petión —dijo Lew Vladimir Jughashvili, quien jamás le prestaba atención a lo que decían los otros dos—. La última vez que vi una tendría unos cinco años; mi papá le apostó al petión y mi mamá al tigre. Vieran la prestancia de aquellos guerreros, la sangre se derramaba sin mezquindades, líquida, roja y ferrosa sobre la arena. Las apuestas corrían y de pronto un silbato inoportuno cortó el griterío que clamaba por más sangre. Cinco canas montados en un mismo monopatín irrumpieron en la estancia y derribaron el cerco perimetral. No pude ver cómo terminó la contienda.
—Yo apoyo la moción de que se haga la pelea —dijo Lapidaria—, pero en invierno.
—Que se haga ahora —refutó Freeze.
Y así siguieron discutiendo, por horas y horas, tomando mate de orégano y comiendo los deliciosos bizcochos confeccionados con la grasa abdominal que el cirujano Hermenegildo Hezkalpelo les regalaba todas las semanas. La especialidad del doctor Hezkalpelo eran las fajas gástricas y la especialidad de Lapidaria los bizcochos de grasa horneados en frío.
A eso de las cinco, cuando ya clareaba, el tigre y el petión, tras negociar un acuerdo de división de bienes, se metieron por la claraboya y se los comieron a los tres.

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