Constante - Gilda Manso


El gato es el mismo. El gato no cambia. El gato es lo único que me salvó, hasta ahora, del suicidio.
Esto que me pasa me pasa desde hace algunas semanas, y es aterrador: cada día me despierto en una vida distinta. Parece que funciona así: me voy a dormir, y a la mañana siguiente me despierto en otro lugar, en otra época, con otras personas, con otra vida presente y pasada. Yo sigo siendo la misma, no cambia ni mi edad, ni mi cuerpo, ni mi cara. Soy yo en vidas diferentes cada día. Yo y mi gato, siempre blanco y negro, siempre gordo, siempre él. Puede parecer una tontería, pero no saben lo tranquilizador que resulta tener la compañía del mismo ser vivo todo el tiempo en medio de esta locura. El gato es la constante que me ayuda a no enloquecer, como decía Faraday en Lost.
En esto de las vidas diarias me tocaron cosas terribles y cosas maravillosas, pero siempre estresantes, incomprensibles, angustiantes. Una vez me desperté en un albergue para gente sin casa; no pude dejar de llorar en todo el día, por mí y por los demás. Otra vez me despertó un llamado de un hospital, era una enfermera que me dijo que a una tal Juliana Valdivieso se le había adelantado el parto y me necesitaban con urgencia; tuve que decirle que estaba muy enferma, que llamen a otra obstetra. Un día fui bailarina, y todo fue fantástico. Otro día fui boxeadora, Dios mío; por suerte me tocó un día de entrenamiento y no de pelea. Ayer me despertó un hombre, me daba besos en el cuello. Marcos. Pronto entendí que era mi marido, qué locura. Quiso tener sexo, pero le dije que me sentía mal. En esa vida, Marcos y yo tenemos dos hijos: un nene de diez años que juega todo el día en la computadora, y una pibita insoportable de cinco años, que llora, patalea y grita todo el tiempo y por cualquier cosa. Marcos es ingeniero y yo soy ama de casa. Anoche me fui a dormir aburrida y agotada física, mental y emocionalmente.
Hoy me desperté en la misma cama. Marcos estaba a mi lado. “Mi hija” abrió la puerta del dormitorio gritando que por qué nadie le había preparado la leche chocolatada. Me levanté, me puse una bata floreada y horrible, le preparé la leche a la nena, agarré al gato y sin dejar de acariciarlo me aovillé con él en un sofá.
Nunca sentí tanto miedo.

2 comentarios:

Cybrghost dijo...

Me alegro de ver también por aquí un relato que ya me gustó cuando lo leí en el blog.

El Titán dijo...

muy bueno: yo para mi libro escribí algo similar.