viernes, 30 de septiembre de 2011

Ausencia – Hernán Dardes


Esa mañana amaneció así, abrazada a la sábana, envuelta sobre sí misma y con los puños tensos aferrándose a uno de los bordes del manto. El silencioso despertador sobre su mesa de luz le recordó los beneficios de los días feriados. Se desperezó lentamente, mientras colándose por las hendijas de la ventana, tenues rayos de sol dibujaban un pentagrama sobre el respaldo del robusto sillón de cuero. Tras un último bostezo se incorporó, se calzó las pantuflas rosas y cerrándose el camisón cruzando sus brazos al frente, salió del dormitorio.
En la cocina la sutil claridad la invitó a obviar las luces; ni siquiera intentó abrir las ventanas. Encendió la hornalla. Buscó la pava, la llenó de agua y la colocó sobre la azul llama que parecía estar reclamándola. Abrió el aparador y el avasallante aroma del café le ahorró la decisión y le impuso el desayuno. Bajó entonces el frasco con el café y junto a él, el del azúcar. Hurgó luego en la bolsa del pan y eligió minuciosamente una de las flautas. Finalmente se decidió, y sobre el aún frío mármol de la mesada, la rebanó en rodajas medianas. Muy finas se queman, demasiado anchas no llegan a ser crocantes, solía repetir a quién pudiese, refiriéndose al pan tostado como un arte supremo. Encendió otra hornalla al mínimo, y puso a calentar el tostador. El agudo zumbido del vapor le recordó retirar el agua del fuego. En la heladera la esperaba un frasco de mermelada y un pan de manteca al que situó cercano al fuego para ablandarlo. Ni bien lo hizo, se dirigió al baño.
Apresuradamente orinó, lavo sus dientes, y con abundante agua tibia terminó por despejar su vista de la espesa huella de la noche. Sólo se tomo algo de tiempo para, frente al espejo brillante, revisar su rostro con cierta resignación. En la cocina el calor que se desprendía del tostador reveló que ya estaba a punto. Acomodó con cuidado las rodajas de pan, y en dos tandas colmó un plato de tostadas. Buscó dos tazas, y sobre un filtro acomodado prolijamente en un embudo, descargó buena parte del café. Acercó una vez más la pava al fuego. En apenas un instante la retiró y la volcó sobre el café. Por un momento cerró los ojos y aspiró el intenso aroma que de allí se desprendió. Suspendió el procedimiento, abrió los ojos y suspiró profundamente.
Continuó sirviendo el café intercambiando el colador de una taza a otra; de manera alternada llevando una paridad casi perfecta como si se tratase ésta de una condición indispensable para el éxito del preparado. Retiró el embudo con sumo cuidado y agregó dos colmadas cucharadas de azúcar a cada taza. Las revolvió pausadamente procurando no golpear los bordes de las tazas para no hacer ruido. Abrió el pan de manteca, untó varias de las tostadas y limpió el cuchillo. Con la mermelada cubrió el resto de las tostadas, y en una ("solo una, no más") mezcló el dulce con la manteca.
Sobre una desgastada bandeja de madera, acomodó con prolijidad las dos tazas, el plato y dos servilletas de papel. Despacio caminó hasta el dormitorio y ayudándose con la rodilla abrió la puerta. Apoyó la bandeja sobre la cama mientras unas gotas de café que se derramaron sobre las servilletas se transformaban rápidamente en gruesas manchas oscuras. Se sentó en el sillón de cuero negro y tomó la primera de las tostadas con manteca, a la que mordió con fuerza. Atrajo una de las tazas y probó con un breve sorbo. Y así, en esa lenta rutina de punzante silencio a medialuz, ofreció su desayuno. Porque a pesar de la cama vacía, de la abultada almohada en el lado derecho y el velador apagado a su frente, ella sabía que en esas sábanas retorcidas, en el intenso aroma del café y en esas crujientes tostadas rebalsadas de dulce, él aún estaba allí.

Sobre el autor: Hernán Dardes

Entenado – Sergio Gaut vel Hartman


—¿Cómo que soy adoptado? ¿Esperaron cuarenta y nueve años para decírmelo?
—Era una situación delicada —dijo el padre retorciéndose las manos—. Y eso no es todo.
—¿No es todo? ¿Y qué más hay?
—Hay más —dijo la madre—: no sos humano; sos un androide.
—¿Cómo? ¿Qué significa eso?
—Significa —dijo el padre— que nos estamos poniendo viejos y ya no tenemos paciencia para soportar a un vago insulso que se pasa todo el santo día jugando con la computadora. Uno que no trabaja, que no tiene intenciones de armar un hogar, que no es capaz de sentir afecto...
—Significa —dijo la madre— que hemos madurado, que ya pasó el tiempo de jugar al hogar feliz con un hijo artificial.
—¿Entonces?
—Entonces —dijeron la madre y el padre a dúo— es hora de que te vayas por donde viniste. —El padre contempló un bello reloj de pie que marcaba las cinco en punto de la tarde y agregó—: el señor Dick, tu creador, lo más parecido a un progenitor que uno como vos podría haber tenido, está a punto de llegar.

Sobre el autor: Sergio Gaut vel Hartman

El remate - Javier López


El hombre con la cara llena de cicatrices llamó a la puerta.
El escritor le abrió, algo inquieto ante el aspecto del individuo con el que había contactado días antes, mediante un anuncio en el periódico y una conversación telefónica. Pero no había duda de que era él. No esperaba a nadie más, y había llegado a la hora acordada.
—¿Dónde hago el trabajo? —dijo con un acento que le pareció extranjero.
—Está... está ahí, en mi habitación. Pero ahora mi mujer descansa y...
—Eso no tiene nada que ver. Mejor así, si duerme.
El asesino entró sin más preámbulos en la habitación, sacó una 9 mm. de debajo de la chaqueta y le descerrajó dos disparos a la mujer que yacía en la cama.
—Ahora está gravemente herida —y un tercer disparo en la sién la remató—. Y ahora, muerta.
—¿Pero... pero qué hace, malnacido, asesino, bestia?
—Usted me contrató para que la rematara, y eso he hecho. Así que págueme si no quiere tener problemas.
—¡Canalla! Era mi novela la que tenía que rematar, que está ahí sobre el escritorio. ¡Ha matado a mi mujer! Voy a llamar a la...
—¡Càllese! Novela, morena... ¡Qué sé yo! Estos móviles se escuchan fatal. Me contrató para rematarla y eso hice. Y déme ya la pasta, que me estoy poniendo nervioso...

Sobre el autor: Javier López

Preludio - Armando Azeglio



Fantaseaba con el encuentro de su cuerpo desnudo detrás de una ropa interior en tela camuflada, como la que usan los soldados. La imaginaba en un estudio fotográfico. Dentro de un cubo de acrílico transparente y enamorada de mí. La imaginaba presa de una furia animal similar a la de los caballos desbocados. Queriendo escapar. Nos imaginaba en medio a un furor que fungiera de puente, de salmodia, de alabanza a ese impuso vital que los comunes mortales suelen llamar sexo. Conjeturaba un poder capaz de trasformar un simple zapallo en una carroza mágica. Me figuré su consejero, su crítico enojado, su dulce mentor. No entendía el significado y la influencia de todo eso en mi vida, ni pretendía hacerlo. Entré a la habitación; detecté un rastro de miedo en su voz cuando pronunció aquellas tres palabras que se abrían paso entre la aceptación y el rechazo.
—Antes de hacerlo —dijo—, tenés que pagarme.
Dinero. Sentí pena de mi mismo. Pensé en Van Gogh y en aquella, su famosa oreja amputada.

Sobre el autor: Armando Azeglio

El agujero negro - Andrés Terzaghi



En mi adolescencia tuve un amigo cuya madre (que gozaba de ciertos privilegios bioestéticos) tenía en su poder un agujero negro. Ella trabajaba como costurera y dio su mal paso cuando, por culpa de la miserable paga no pudo comprarse el práctico sostén para sus agujas, de modo que tuvo que ingeniarse uno hecho con un recorte de tela negra y lo rellenó con un pedazo de espuma de poliuretano extraída de su propia almohada lo cual le causó en lo sucesivo, tortícolis, insomnio, lucubraciones y molestos pedidos conyugales a su marido. No satisfecho el honor marital, constantemente sofrenadas las minucias de dulces mimos e íntimos acercamientos por la áspera negativa del macho y, teniendo siempre presente el diario sacrificio que ella debía enfrentar para mantener a la familia, fue acumulando amantes, muchos y variopintos, furtivos deslices placenteros pero no menos justificables.
Sin embargo, este no es el tema en cuestión.
Mi amigo un día me llevó a conocer su casa. Yo muy en el fondo albergaba la ilusión de conocer metódicamente el femenino aparato genitor del cual había aflorado a este insólito mundo compuesto por sólitas superficialidades, pero me contuve en comunicárselo, no quería desanimarlo en su rol de hijo o acaso ello representaba un halago, jamás lo sabré.
Me hizo pasar al taller de costura. Desafortunadamente la ausencia de su madre enquició mi moral y transparente sentimiento de camaradería.
Llamó mi atención verlo colocando objetos debajo de una pila de cosas de todo tipo: libros, revistas, una lata de durazno vacía, ollas, cajones, etc. cuidadosamente levantó la pila y puso un cuadro sobre el cual la apoyó procurando que no se derrumbara. Coronando la totémica trastería estaba el agujero negro de su madre. A los pocos segundos vi cómo lo que tocaba inmediatamente al agujero desaparecía cayendo sobre el siguiente objeto, tragándose poco a poco la pila de cosas, razón que explicaba el continuo accionar de mi amigo en su entusiasta reposición. Al momento comprendí por qué su casa estaba algo vacía, el agujero negro estaba tragándose todas las cosas. La provisión de objetos debía ser celosamente sostenida. Si por accidente el agujero negro caía y tocaba el piso, posiblemente su casa se convertiría en un hoyo tenebroso lo cual no significaba demasiada diferencia con respecto su estado actual.
Comenzaba a faltarme el aire. Él me explicó (un poco enfadado por mi torpeza y quisquillosidad) que era completamente natural. El agujero se tragaba el aire, por lo tanto era necesario tener la casa ventilada, ventanas y puertas bien abiertas por donde pasaban: el aire, la luz y los amantes de su progenitora.
En lo que atañe a la luz, su caprichoso comportamiento semejaba al de una diáfana corriente de agua dirigiéndose hacia el centro del agujero, como abismándose en ese oscuro y esponjoso embudo.
Decepcionado por la ausencia materna y por esa rareza decidí regresar a mi casa; la diestra imaginación me ayudaría a concretar virtualmente lo no realizado.
Al año volví a ser invitado por mi amigo. La casa, esta vez, ostentaba su normal mobiliario, los típicos productos del consumismo estúpido que debe a la común salud de los ciudadanos que se dignan en creerse incluidos en el círculo de la economía; la luz y el aire se repartían armónicamente en el espacio llenando la atmósfera familiar de una sutil impresión de progreso, bienestar y deseos atendidos.
No esperé demasiado en preguntarle a qué se debía el cambio. Me contó que su madre había hecho otro agujero pero con tela blanca. El flamante agujero blanco comenzó a devolver todas las cosas que el otro (el agujero negro) había absorbido, incluso, el agujero negro había desaparecido absorbiéndose en sí mismo y reaparecido saliendo por el agujero blanco. Entonces le pregunté qué hicieron con este último. Como era indestructible y además no servía para clavar en él las agujas y alfileres puesto que hacía desaparecer todo lo que lo tocara, mi madre lo donó a la ciencia.
No satisfecho del todo giré la interpelación hacia el otro objeto en cuestión, el agujero blanco. Me dijo que no lo puede usar porque cuando lo hace, la aguja se desclava y cae. No sirve para la costurería. Aunque esto no significa nada porque el agujero blanco ha abastecido de muchas cosas a la familia, beneficios materiales que el trabajo textil no cumple.

Veinte alumnos - Arantza Ruiz de Mendarozqueta



Me levanto pesadamente del suelo y me arrodillo sobre los rasposos ladrillos que lo forman. Mis manos, cubiertas de lodo y el resto de mis brazos, frotados y sucios. Pero no soy el único encerrado en aquella húmeda y oscura jaula, porque otros diecinueve niños se encuentran también allí. Nos miramos las caras, aterrorizados. De repente, se empiezan a oír pasos acercándose a la jaula. Todos escondemos el rostro entre las manos y contenemos la respiración. Sabemos quién nos va a venir a visitar, y tenemos miedo. Es el que maneja nuestro destino. Los pasos se acercan cada vez más. A continuación, una puerta rechina y se cierra fuertemente tras nosotros. Un hombre ríe por lo bajo y escupe el suelo. Cierro los ojos y deseo con todas mis fuerzas que el Oficial no decida llevarme a mí. Pero, repentinamente y a pesar de mis deseos, el hombre comienza a tirar de mi camiseta sucia para que me ponga de pie y lo acompañe. Le obedezco. A continuación, susurra unas palabras en mi oído…
—… los Trópicos y los Círculos Polares. Usted, Florencia, ¿podría explicarme de qué trata este texto?
Un escalofrío recorre mi cuerpo y activa el regreso de mi atención. El profesor de Geografía ha finalizado la lectura y ha comenzado a hacer preguntas. Mejor leo algo del texto por las dudas me pregunte a mí.

El tiempo es un capricho que nos imponemos – Ricardo Germán Giorno


La encontró de improviso, no la buscaba.
—¿Dónde vas? —dijo el gato.
—A casa de mamá —dijo ella—. Hace mucho que no la veo. Me exige, me exige, y no se da cuenta de que yo también soy vieja, que me cuesta salir de mi casa.
—Te llevo —dijo el gato mirando la hora en el celular—. Tengo tiempo. Paso a buscar a mi esposa a las diecisiete.
—¿En serio? —ella lo abrazó y le dio un beso en la mejilla—. Qué lindo que sos, gatito.
En Nazca y Jonte, subieron al Fiat Punto de él, y enfilaron para Juan B. Justo. El tránsito caótico de la Buenos Aires moderna los atrapó.
—En esta avenida siempre el mismo quilombo —dijo ella.
El gato la miró: no había cambiado mucho. Le dio cosa no poder verle el pelo lacio, castaño brillante de antaño. Y el vaquero le escondía aquellas rodillas que a él tanto le gustaban.
De pronto, la cantidad de autos disminuyó.
—Che —dijo ella—, no me acuerdo de que Juan B. Justo mantenga el empedrado.
—Tenés razón, había empedrado en la época en que éramos novios. ¡Uy, mirá un Gordini! Y que bien mantenido, parece nuevo. Siglos sin ver uno.
Empezaron a toparse con autos que se fabricaban en su juventud. ¡Un Di Tela! —decía él— ¡Un Rambler! —señalaba ella.
La palanca de cambios se mudó al volante. El gato se miró: vestía un Lee gastado, mocasines doble suela de Los Angelitos, una Lacoste y, lo mejor de todo, la panza había volado.
Se atrevió a mirarla: un enterizo de corderoy con minifalda infartante, mocasines de Guido, aquel pelo castaño brillante en una melena con vida propia. La eterna sonrisa, el rojo atado de jockey en la mano y esas rodillas amadas, rematando los muslos firmes, diferentes a otros muslos, pero perfectos para el gato.
Liberada del cinturón de seguridad, ella se recostó contra el hombro de él. Y él se acordó de la primera vez: todavía no eran novios, se había armado un bailongo de improviso, y alguien puso Here, thehere and everywhere. Él la sacó. La abrazó, entonces ella cerró los ojos, apoyó la cabeza en el hombro de él, y flotaron acunados por Paul.
La ciudad se hizo más baja, los duplex desaparecieron. El gato manejaba una vez más aquel milquinientos de su padre.
¿Qué decir en ese momento? Él dejó que ella hablara, subyugado por la energía de la magia que los envolvía. Paralizado por la experiencia de volver a vivir un amor que había superado cuarenta años.
¿Era verdad todo esto? ¡Y qué carajo le importaba! Sólo sabía que sucedía y de que era maravilloso.
Por fin llegaron a Salguero y Güemes: la casa de la madre de ella. El barrio se le presentó igual a aquellos años.
—¿Qué fecha es hoy? —dijo él.
Ella dejó de sonreir.
—Once de diciembre de mil novecientos sesenta y ocho —dijo, los ojos abiertos, como expectantes.
—Ah, entonces es el día que debo preguntarte algo.
—¿Qué? —Ella le acarició la cara— ¿Qué querés preguntarme?
¿Qué decirle? El gato se sentía de nuevo un adolescente. Las mismas mariposas en el estómago antes de tirársele a una mina. Aunque la que tenía enfrente no era cualquier mina, no señor.
—¿Querés ser mi novia? —dijo por fin, avergonzado de ser tan pelotudo.
La sonrisa de ella volvió.
—Sí —y le dio un tierno beso en los labios—. Para mí nunca nos peleamos, ¿Sabés, gato? Sólo dejamos de estar uno al lado del otro.
—Es cierto, yo…
Ella le apoyó un dedo en la boca, para callarlo.
—Aún sin vernos, aún lejos, aún con otras parejas, siempre que escuchaba a Los Beatles, era tu novia, gato.
Se bajó y cerró la puerta.
Quedó pensativa.
Abrió la puerta. Entró, apoyó la rodilla en el asiento, y le dio otro beso, aún más tierno que el anterior.
Cerró la puerta.
El gato sintió un sacudón, cerró los ojos.
Cuando los abrió, ella pasaba delante del auto. El pelo rubio recogido en una graciosa colita de caballo. Los vaqueros ajustados, el andar elegante. Se dio vuelta antes de entrar a la casa y le envió un beso.
A él se le encendió el pecho en una llamarada renovadora, única, tan única como ella. Como ahora estaba ella.
El gato puso primera, gozosamente otra vez en el dos mil nueve.
Antes de doblar por Güemes se dio cuenta de que el viaje en el tiempo era posible. No se necesitaban costosas maquinarias, ni energías increíbles, ni ridículas teorías. Sólo bastaban dos corazones latiendo al unísono.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

El fin del mundo revisitado – Sergio Gaut vel Hartman


El sacerdote maya sonrió socarronamente. —Así que el Cordero —dijo—, es el único que puede abrir uno a uno los sellos de un libro inaccesible para todos los demás.
—En efecto —aceptó el gigantón que había pedido la entrevista—. Eso dicen los cristianos.
—Bien; comeré guiso de cordero. ¿Los cuatro primeros sellos originan a los jinetes del Apocalipsis y los sellos cinco y seis originan cataclismos?
—Exacto.
—¡Ridículo! Esta gente no tiene noción de lo que es un verdadero show. Entre el sexto sello y el séptimo renace la esperanza con la promesa de que ciento cuarenta y cuatro mil serán los elegidos. Suenan las trompetas, etcétera, etcétera y el libro concluye con la visión final de la Nueva Jerusalém. ¡Estupideces!
—¿Tiene una versión mejor?
—¡Claro! Nosotros sostenemos que el cosmos está compuesto por trece cielos en capas, superpuestos y cada uno de ellos está presidido por un dios llamado Oxlahuntikú. Bajo la tierra hay otros nueve cielos, también en capas, controlados por los dioses llamados Bolontikú. Sabemos que el 21 de diciembre de 2012, cuando finalice el decimotercer ciclo B'ak'tun en la cuenta larga del calendario maya, tendrá lugar un cambio importante en el orden mundial, el fin del mundo, tal como lo conocemos.
—Interesante. ¿Y qué tal si le digo que dos días antes se producirá el Ragnarök, la batalla del fin del mundo?
—¿No me diga? ¿Y quienes se enfrentarán en esa batalla?
—Esta batalla será entre los Æsir, o Ases, liderados por Odín, y los jotuns liderados por Loki. No sólo los dioses, gigantes, y monstruos perecerán en esta conflagración apocalíptica, sino que fenecerá la especie humana y casi todo en el universo será destruido.
De pronto se oyó el golpe de unos nudillos en la puerta y un fantasmal personaje, ataviado con un largo lienzo blanco, ingresó a la sala.
—Soy Mahomed Ibn Shaprud Kemal Abdel a-Lamin. Vengo a informarles que los islámicos tenemos una versión levemente diferente de estos asuntos, y les garantizo que prevalecerá sobre las de ustedes.
El sacerdote maya y el chamán vikingo contemplaron perplejos al recién llegado. —¿Cómo es eso? —preguntaron al unísono.
—Al Mahdi, El Elegido, vencerá a Al Dachal, El Mal en Persona, dando lugar a una época de esplendor, una edad dorada similar a los mil años de paz que proclama la fe cristiana y señala el Apocalipsis, pero de verdad, no como metáfora. Las masas, subestimadas y dominadas, tomarán el poder mundial y controlarán las riquezas. La justicia será respetada, los caminos se volverán seguros y las bendiciones se derramarán sobre el planeta. Los árboles darán abundantes frutos y la atmósfera de la Tierra será fragante, luego de que Alá le revele los tesoros de la Tierra a los seguidores del Islam. Todo esto sucederá cuando ustedes no sean más que polvo olvidado.
El musulmán quedó en silencio, disfrutando la incapacidad de los otros para refutar sus palabras. Ese fue el momento aprovechado por un personaje que había permanecido en silencio, hundido en un sillón y sosteniendo un habano en una mano y una copa de brandy en la otra.
—¡Chiquillos, chiquillos! ¿Acaso imaginan que el Padre Celestial, mi jefe, iba a pasar por alto esos detalles? ¿Creen que armamos todo este proyecto para que se venga abajo porque ustedes son unos ineptos? Nononó. Fantaseen todo lo que quieran; el mundo no se termina.
—¿Quién es usted? —gritaron el maya, el vikingo y el musulmán.
—¿Yo? Yo soy Salomón Vendersky, un comerciante de Corrientes y Pasteur, pero como el negocio no iba muy bien me ofrecí —y fui aceptado— para llevar aquí abajo algunos asuntos de arriba —concluyó señalando el techo.

El hombre imaginado - Guillermo Fernando Rossini


Sentada en el jardín, con una taza de té en la mano, mira cómo el sol empieza a dibujar formas en el aire fresco de la mañana. Ella también está dibujando: el bosquejo del hombre perfecto para su corazón incompleto. Los trazos iniciales son necesidades corporizadas, idealización de caracteres y rasgos; no hay todavía un aspecto físico del engendro. No tiene en mente un rostro definido para agregarle, sólo un borroso e indefinido collage de caras imaginadas. Poco a poco, va incorporando virtudes y defectos de amigos y amores pasados: todo se acopla perfectamente y el bálsamo está cada vez más cerca de emulsionar. Se entrega al juego (tal vez necesario en una soledad prolongada) y descubre que el sol ya pasó la altura de los pinos y que dejó de dibujar con sus rayos.
La atmósfera del parque es un poco más cálida ahora y la mujer bebe su té despacio, cierra los ojos y su engendro aparece en la oscuridad de sus párpados. Se ve a sí misma caminando junto a él y también ve cómo entran a un departamento oscuro, cómo la noche se estira hasta la mañana, cómo se prolonga incansablemente el placer de los amantes.
Abre los ojos y el ensueño deja paso a una sospecha feroz: recuerda la frialdad del otro lado de la cama, la falta de perfume de piel, de un ronquido suave. El fantasma inventado, entonces, se esfuma de su cabeza y se despedaza en las sombras, volviendo cada parte a su origen real.
Yo, hombre, amigo, amante imposible, me levanto de la cama y siento que mi desaparición es inexorable: el corredor que lleva hasta el baño está inmerso en una bruma extraña. Otra vez la certeza de haber sido construido por un corazón solitario. Igual, siento la necesidad de ir hacia el lugar de la evanescencia total (que puede ser no más allá de la puerta del oscuro departamento). Camino y el espejo me devuelve una imagen borrosa, un rostro apenas definido; llego a la cocina perdiendo pedazos de memoria en el trayecto. Me aferro a mis recuerdos porque son la única manera de no olvidar quién soy, de percibirme real, pero la tarea me resulta imposible. En la mesa, que parece flotar en el aire, hay una taza de té humeante. Ya no veo mis brazos ni mis piernas, pero llego hasta el borde de la taza e intento ver mi reflejo en el líquido oscuro: no veo imagen alguna, pero ese mar caliente se agranda cada vez más y me absorbe.
La mujer se levanta y apoya la taza a medio tomar en el piso. Dubitativa, siente que tiene que comprobar algo en su dormitorio. No se acuerda bien de su corazón vacío. Golpea la taza con el pie y ésta se despedaza: mira los restos esparcidos con cierta preocupación, pero no le da demasiada importancia. Develar el secreto del hombre real o imaginario es más importante que recoger pedazos de una taza rota. Entra en la casa cuando el sol está bien alto; no hay demasiadas sombras alrededor.
No sé bien dónde estoy, pero una nueva soledad empieza a dibujarme de nuevo. Ya no estoy en la mañana fresca de un jardín ni en los pedazos de una taza de té destrozada. Descubrí que mi muerte es el olvido. Y mi renacer es la soledad.
El sol se escapa y las sombras son cada vez más largas. En el jardín de una casa de las afueras de la ciudad, se escucha el llanto de una mujer.
Parece provenir de una habitación.

Pizarro, el vampiro – Luciano Doti


Conforme avanzaba por esos países vírgenes de presencia aria, su corazón se iba convenciendo de que su destino lo llamaba; de que un futuro grandioso y diferente a todo lo que hubiera imaginado hasta entonces lo aguardaba tras esas montañas. Por eso no dudó en invertir sus haciendas en la aventura, porque estaba convencido de que nada de lo que pudiera pasar sería contrario a lo que tenía que pasar. Enfrentaría lo que tuviera que enfrentar, y moriría cuando tuviera que morir. O no, quizás no moriría nunca. Éste era un pensamiento omnipotente, excesivamente pretencioso, pero el aire del lugar le había proporcionado un influjo vital tan poderoso, que la idea le parecia posible. Nada lo detendría.
Al ver que se trataba de un imperio lo que se abocaba a conquistar ordenó preparar todo meticulosamente, con la precisión que tal tarea requería, pero sin miedo; algo en su interior le decía que triunfarían, dado que ese adelantado lo lideraba él, y él vencería.
Las leyendas de Europa central sobre las maneras de convertirse en vampiro invocan una que se ajusta sobradamente a este caso: un hombre que en vida cometió gran cantidad de asesinatos, segando vidas inocentes, y que luego el mismo muere violentamente, está llamado a convertirse en un no muerto. No siempre, pero sí son altas sus posibilidades.
Francisco Pizarro había nacido en un hogar de clase media de la época, pero como hijo natural de un hidalgo; o sea de concepción pecaminosa según las estrictas normas católicas de entonces. Sin embargo, logró ingresar en la Armada española y obtener una posición, en parte ayudado por su primo segundo, Hernán Cortés, conquistador de México.
Divide y reinarás, dice un refrán latino, y Pizarro se enfrentó a la facción incaica de Atahualpa, el Inca, con la ayuda de uno de los hermanos de éste. Luego pagó ese favor contrayendo matrimonio con una de sus hijas, a la cual cristianizaron bajo el nombre de Inés. Pero el cristianismo nunca fue total, si aún hoy no lo es del todo en Sudamérica, mucho menos lo era en el siglo XVI. En secreto, Pizarro bebió sangre de sus enemigos para fortalecerce, lo hizo al mismo tiempo que invocaba la protección de dioses andinos, pretendiendo que por estar en su geográfia estos lo ayudaran. Habrá sido con la ayuda de esos dioses, o no; pero logró consolidar su poder en el antiguo imperio del Tawantinsuyo. En público se aseguraba que la Fe católica no tuviera competencia; en privado, su esposa Inés lo sumergía en un bacanal de lujuria y paganismo. Ese sincretismo cristiano-pagano fue su perdición o su ascención a otro estadío.
A los rituales andinos y la lujuria desenfrenada se sumó la codicia. Almagro, uno de sus oficiales, quiso su tajada, desmesurada a su criterio. Pizarro no estaba dispuesto a compartir tamaña porción del botín con un hombre rudo y analfabeto. Se enfrentarón y triunfó Pizarro; su instinto no fallaba, se había vuelto imbatible. Esa noche, mientras celebraba la victoria, Pizarro no dudó cuando la idea de tornarse inmortal le atravesó una vez más la mente. No lo entendió así el hijo de Almagro, que reagrupó las tropas de su padre y terminó dándole "muerte" al líder, con una estocada en el cuello.
Pizarro no se había equivocado cuando juzgó que la muerte verdadera no podría alcanzarlo. Había nacido fuera de las normas eclesiales y practicado el paganismo, había derramado la sangre de mucha gente inocente y había "muerto" como humano de manera violenta. Su alma no se elevó, y su corazón siguió latiendo lentamente, con el ritmo cansino de un cuerpo que está condenado a penar por el mundo, vagando en busca de esa sangre que ya no derramaría, sino que bebería hasta la última gota.
A partir de entonces, la tradición oral lo relata en diferentes partes de América: la Buenos Aires de Rosas, la Nueva Orleans decimonónica tardía y quién sabe dónde más... Ninguna de esas leyendas narra su muerte definitiva.

Acerca del autor: Luciano Doti

Días de berzas y azares - Juan Antonio Fernández Madrigal


Ante las berzas, el corazón del soldado presto a caer roto frente al abismo. Ante la semilla que no explota, el corazón del soldado dispuesto a absorber la onda expansiva sin perder la compostura. Ante las berzas, el soldado descompuesto.
La Reina espera en su Torre de piedra, sola, sola ahora, y muestra la frialdad cardíaca que la caracteriza mientras el soldado se acerca a preguntarle por qué. El soldado que una vez ya se acercó y fue despachado con burdas misivas, incomprensible, vuelve, quiere él por poco tiempo, a probar la fuerza de su armadura contra el plato de berzas repleto.
El Rey hace su movimiento.
La Reina espera y no dice nada, pues es siempre el Soldado el que dice nada y todo y eso no cambiará.
Pero el soldado ha cambiado y la Reina quizás sí o quizás no o quizás no importe, aunque seguramente da igual. El soldado se acerca a la Torre, pero al menos cabe pensar que sus motivos son tan secretos que sería mejor no descifrarlos.
El Rey se acerca.
Cuando el corazón cayó roto, mucho cayó roto, no sólo el corazón. Ahora el camino se ha alargado detrás del soldado, repleto de encrucijadas, ataques, evasivas, estrategias sor-teadas, y el soldado ya no piensa en la Torre, sino en otra torre de un material más blanco, y entonces, os preguntaréis, ¿cuál es el porqué del soldado?
El porqué del soldado es muy simple: tiene que ver con la escasez de olvido y con la permanencia de las berzas y con la remanencia de ciertas dudas.
El porqué del soldado es muy extraño: tiene que ver con el miedo a él y con la chispa adecuada y con la necesidad pero también el deseo.
El porqué del soldado es como todos los porqués: sólo es.
La Reina espera en su Torre mientras el soldado se acerca, pero es extraño, porque el sendero que sigue el soldado quizás se vuelva a bifurcar justo antes de llegar y se aleje. O quizás no. El soldado no quiere ser juzgado por aplicar el azar.
El sendero del soldado se llama Renuncia, pero también Frío y Sensatez.
Una vez el sendero del soldado se internó en la Torre para preguntar por qué. La Re-ina le acompañó hasta la puerta después de guardar mucho silencio y le hizo esperar. La or-den que dio desde la penumbra fue oída y el Caballero atravesó el corazón del soldado con su sable oxidado cuya superficie era ella.
Una vez el soldado no se había puesto la armadura y su corazón fue rajado limpia-mente.
Una vez el soldado asió con sus propias manos la espada e intentó hacerse uno con ella y lo consiguió y se transformó en junco.
Una vez el soldado comenzó a aprender a ser junco y a doblarse.
Una vez el soldado sólo era un soldado.
Ahora el soldado es Rey.
El Rey es el que ahora espera.

La corriente - Rolando Revagliatti


Una anciana baja al pavimento y vuelve a subir a la vereda, sosteniéndose en un Ford Falcon bordó estacionado sobre J. A. Pacheco de Melo (y casi avenida Pueyrredón). El semáforo está descompuesto. Muchos taxis ocupados. Otra anciana, aferrada a una mujer con anteojos ahumados, cruza Pacheco de Melo, y recién entonces la primera, la amedrentada, emprende el esfuerzo superior de cruzar, más bien descuajeringándose.
Hoy, en análisis, me quedé en el repaso sustancioso y pormenorizado de mis padecimientos físicos. Y en que ayer conocí al médico de la familia de Susy, especialista en huesos. Le llevé las radiografías de espalda y rodilla derecha que me saqué a fines de septiembre por indicación del traumatólogo de la obra social, quien, además, determinara tratamiento kinésico en base a masajes, onda corta, ultrasonido, lámpara y ejercicios. Me preocupa la rodilla: molesta tanto al subir escaleras. Lo de la espalda es ya crónico, estoy resignado, hace media vida que me duele en ciertas posiciones y cuando escribo a máquina. El tratamiento kinésico resultó un paliativo, y exclusivamente para la rodilla. Pero desde hace dos semanas está la rodilla como antes de haberlo comenzado. Por otra parte, este médico le otorgó trascendencia a los vestigios de sangre detectados en la orina. En el examen de la rodilla localizó la movilidad excesiva de la rótula, me explicó la función de los ligamentos, confirmó que las radiografías no evidencian lesión, y encomendó placas de ambas rodillas con piernas flexionadas. Aseguró que no hay nada definitivo que pueda hacerse, ni por la espalda ni por la rodilla. Está al acecho un proceso de artrosis. Y él considera que la rótula podría, alguna vez, fisurarse.
A mi analista le hablé del Genozim. Y de la muestra de semen que el viernes llevé al laboratorio por prescripción del andrólogo, a propósito de la escasa movilidad de mis espermatozoides. Y claro, cuando oí “escasa movilidad de mis espermatozoides”, me resonó “excesiva movilidad de la rótula”. Me siento raro no tomando el Genozim. Percibía ternura por ese remedio escrupulosamente ingerido durante meses, junto con uno de los tres (Control K, Holomagnesio y Vegestabil) ordenados por el nuevo cardiólogo (extrasistolia ventricular cumpliendo un lustro).
He bebido té de boldo (el cardiólogo me prohibió el café, el té común, el mate), y estoy con hambre. Me rondan ideas e ideítas, algunas sugerentes, ¿en cuál incursionar? ¿En la que abriría con un introito reflexivo sobre el enturbiamiento de algunos de nuestros mejores recuerdos? ¿En la concerniente a la ingratitud, a las bruscas o paulatinas desvinculaciones que nos inferimos irresponsablemente los unos a los otros? El caso de Jorge en el setenta y cinco (¡diez años ya!), o el de Ramón en el sesenta y tres. Y la disolución, la pulverización. Con mujeres con las que salí me quedó un sedimento...
He pedido un sandwich de pan negro, de crudo y queso, a un mozo zombie de esta confitería Alabama. Empecé garabateando en verde, pero la Edding 1700 agotó su tinta y la sigo en azul con una Sylvapen. Mi consumición en esta sentada ascenderá a un austral con treinta, según los tickets. Se sorteó la lotería de Navidad y no parece que nos hayamos favorecido Susy y yo con nuestras participaciones. Pasó una muchacha ofreciendo Curitas y ahora invaden el local chicos mendigando. Me solazo con el tarjetón de un instituto de investigaciones agropecuarias y bromatológicas recibido por nosotros para la ex-propietaria de nuestra casa. Al lado de un dibujito con personajes aureolados, reza: “¡Paz y Bien! Con la confianza plena en el Amor Providente del Señor y en la intercesión omnipotente de la Santísima Virgen, ruego a Ud. y familia ante el Niño Dios, encareciéndole al Salvador del Mundo los colme de sus mayores Gracias durante 1986. ¡Que Dios les Prodigue sus Prístinas Bendiciones!” Y firma un otro señor cuyo apellido nombra al instituto. Hum... Pergeñar las características probables de alguien capaz de redactar en serio o disponer la impresión con su clisé comercial de eso, supone un tránsito peligrosísimo y por ello fascinante, por los desfiladeros de lo írrito (para expresarlo con intriga).
Redondear, redondear la crónica antes de que la corriente me abandone. Pienso en esta materia prima, en estos enunciados. Pienso en la novela que planeo. Y especulo, también, organizando un relato con esta recortada información: En una aldea siciliana, Enzo Gennaro Basunca es agraviado por dos amigos, hermanos entre sí. Jura vendetta. Ofensores y familia desaparecen sin dejar rastros. Dos décadas después, Enzo se entera de que esa familia reside en la capital de una provincia norteña. Llega a esa ciudad, los descubre, y asesina a cinco integrantes. Es condenado a cadena perpetua. E indultado, tras cuarenta y seis años en la cárcel, excelente conducta y precaria salud. Viaja a Buenos Aires para visitar a su único hijo vivo, su nuera, nietos, bisnietos y tataranietos. Y en un hospitalito de Gerli muere, antes de cumplir los cien. Fin. Desde dónde el planteo, allí hay una historia; seca, brindarla económica; toquecitos para clima, alguna línea de diálogo, y tal vez un título a obtener del remate.
Fin, fin. Dejaré en la mesa una cifra en billetes y monedas que incluirá propina, me levantaré, le haré un gesto al mozo y me iré cantando, remando, sin dolor, transportado por mis ensoñaciones, plausible, sagrado, y también yo atravesaré J. A. Pacheco de Melo, reafirmando imprescriptibles condiciones, de prisa.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Sincerando la historia – Sergio Gaut vel Hartman


—Hace tiempo que no hablamos —dijo Victoria moviendo el dedo en círculos sobre el apoyabrazos del sillón.
—¿Tenemos algo más que decirnos? —Bruno dejó el libro a un costado. Llevaban casados más de veinte años—. Creo que ya nos dijimos todo lo que había que decir.
—Nunca te dije que sos un idiota, por ejemplo.
—Es cierto —respondió Bruno soltando el aire—; nunca lo dijiste. ¿Y eso? ¿Creíste que era sagaz e inteligente y se te acaba de ocurrir que no lo soy?
—Se me acaba de ocurrir. Pero tal vez lo supe siempre.
—A mí me ocurre lo mismo. Creo que siempre supe que sos una histérica insoportable y manipuladora, aunque sólo en este instante me atrevo a concederme la libertad de expresarlo.
—¡Qué pomposo! —Victoria se levantó del sillón y cruzó la habitación en dos zancadas para alcanzar el bar y servirse un vaso de vodka que bebió de un trago.
—¿Desde cuándo tomás así?
—Desde ahora; siempre quise hacerlo y no me atrevía.
—Hay que atreverse —suspiró Bruno. Parecía que se iba a hundir en su asiento, pero en lugar de ello se levantó de un salto, se lanzó sobre Victoria y le descargó el puño en la mandíbula. La mujer cayó hacia atrás y su espalda golpeó sordamente contra el bargueño. No obstante, en lugar de mostrar dolor, en el rostro le brotó una franca sonrisa. Acto seguido, la mano abrió un cajón del mueble del que extrajo una Bersa Thunder 380. Victoria disparó tres veces y Bruno, con el asombro pintado en la cara, cayó hacia atrás.
—Ciertamente, ahora sí tenemos algo de qué hablar: de tu funeral, pero lamentablemente será un monólogo, otra vez, como siempre.

Victoria lingüística – Héctor Ranea


Fuimos con mi mujer al cine a ver una de horror. La verdad, al poco de empezar estábamos aburridos como mejillones en la bajamar de agosto. Un embole lleno de monstruos de pacotilla, momias, gatos que saltan en la oscuridad, tipos con podadoras, tenazas, todos los lugares comunes del género en un rejunte espantoso. Entonces, se me hizo una laguna en la sabiola y le pregunté a mi amada
—¿Che, existe el verbo horrorecer? ¿Sabés que no me acuerdo?
—¡Querido! ¿Cómo va a existir semejante burrada!
—Habría que inventarlo.
Para esto, el tonito de las contestaciones me había levantado la menesunda y hablaba medio en voz alta, por lo que escuchábamos las protestas y chistidos de lechuzones de los arrabales de los espectadores. Como la película era bastante oscura, no veíamos casi nada de ellos, por lo que agradecí así no nos reconocían a la salida.
Para esto, unos zombis habían tomado control de una estación espacial china y los estaban despellejando del balero para sacarles el cerebro a todos los astronautas. Volví a la carga:
—¿En serio que no existe? La verdad… ¿Cómo se diría que algo te horrorece?
—¡Puaj! ¡Es asqueroso! Suena como el tujes.
—¿Y, pero cómo se dice? ¿Acaso no existe: “me horroriza”?
—¡Sos más bruto que un fleje de cama turca! ¿Qué tiene que ver?
La gente estaba molesta, realmente. Para colmo, en un raro momento de luminosidad en la película, alcancé a ver a dos que me miraban con un odio que parecía que les hacía brillar los ojos. Si las miradas matasen, nos estaban asando.
La película, totalmente previsible y tonta, finalmente acaba en una orgía de sangre, sudor y lágrimas, por no decir también semen, como corresponde a esas cosas de poca monta.
El asunto es que, cuando encendieron las luces, los otros espectadores se nos vinieron al humo, suponía yo, para increparnos duramente nuestro comportamiento. Cuando vimos que eran monstruos, zombis, momias y vampiros nos quedamos de una pieza. Ahí mi mujer me dijo:
—Tengo que admitir que tenías razón. Esta situación me horrorece u horrorifica, que me gusta un poco más.
Ni qué contar lo que le contesté. A esa altura del partido no valió la pena.

Héctor Ranea

El futuro puede esperar - Xavier Blanco


En la oscuridad, auscultaba las conversaciones cruzadas que recorrían el vagón, las risas adolescentes, el llanto de un bebé, el respirar pausado de un anciano. Extraña sensación, como si dormitara en su ataúd investigando las charlas que susurra el silencio del velatorio. Le costaba enfrentarse a su nueva realidad. Abrió los ojos, intentando descubrir los rostros que escondían aquellas voces, aquellas risas, aquellos lloros... Miraba. Todo era nuevo para él. Era difícil saber las horas que llevaba allí sentado, ¿dos, tres, toda la mañana?... Tantos años con el reloj parado, el alba y el ocaso, dormir y existir, no había tenido tiempo para mucho más. Sólo para llorar. Ahora podía elegir y bajarse en la parada que quisiera, ¿debe ser eso la libertad? – se interrogó; una mueca cruzó sus labios. Se sentía ridículo con aquel gorro verde, pero hacía frío. Esa ciudad ya no era la suya, la extrañaba. Podía descender en ninguna parte, y desde allí iniciar su camino hacia ningún sitio, escudriñando su no futuro. Tenía todo el tiempo del mundo para hacer nada. Ahora era dueño de su destino, podía imaginar lo que quisiera, incluso atar una soga a su cuello o disparar el gatillo. El tren se paró, y aquel sonido metálico volvió a martillar en su cerebro, recordándole las veces que la reja de su celda se había cerrado tras sus pasos, cuatro veces al día durante los últimos veinte años. Ese sonido le volvía loco, le empequeñecía. Reparó en la anciana de cabellos panocha, en el adolescente espigado, en la mujer que había sentada a su lado… olía su perfume. Cómo había cambiado el mundo. Cerró los ojos y volvió a meterse en su ataúd. Se cerraron las puertas del tren. El futuro podía esperar.

© Xavier Blanco 2011.
Tomado del blog: Caleidoscopio
http://xavierblanco.blogspot.com/

sábado, 24 de septiembre de 2011

Cielo de Julio – Diana Sánchez


A Julio le dolía el pecho. El costado, le dolía. Se fue acurrucando como un chico largo y flaco de ojos enormes y dientes chiquitos, prisioneros de tanto tabaco.
Yo sabía que era el final, pero no me atrevía a tocarlo. El estiró su mano y solo entonces le rocé apenas la punta de los dedos. Un estremecimiento me recorrió la espalda.
Llovía en la tarde de París y las gotas a las que Julio les había dedicado un merecido aplastamiento, se pegaron al vidrio para llorar conmigo hasta que la luna se desplomó sobre su ventana.
Ya en el cementerio, alguien me preguntó por él. Tenía una voz joven. Sensual. La mujer estaba vestida con harapos, aunque su andar era elegante. En la mano de La Maga, temblaban los jazmines.
Me di vuelta para mirarla hasta que se volvió pequeña. Lejana.
En ese momento, el llanto inconfundible de Rocamadour atravesó la mañana. Entonces, busqué una piedrita y en un dibujo imaginario, la fui empujando con la punta del zapato en un intento de llegar al cielo de la rayuela. Allí, donde Julio, estará esperando.


Acerca de la autora:
Diana Sánchez

La imaginación al poder – Héctor Ranea


—¿Se da cuenta de lo que me pide?
—Sí; tengo que filmar una documental y elegí el tema de un poeta. Quiero saber qué le pasa a un poeta por la cabeza cuando escribe un poema.
—Eso es fácil, hombre. Ruido. Es difícil filmar eso.
—Lo dice con sarcasmo.
—Más o menos.
—¿Y qué si tengo la tecnología para entrar en su cerebro y filmar cómo se consume el azúcar en cada parte?
—Esa es buena. ¿Puede hacer eso? ¿Aunque no tome azúcar?
—Sigue sarcástico…
—Lo que sucede es que no creo que pueda. No debe haber parte del cerebro que no haga algo. Está la parte que debe reaccionar porque hay que mover algo. Está la parte que se mueve porque está escribiendo lo que dice pensar pero también la que piensa ¿por qué escribiré eso si no es lo que quiero escribir?
—Pero…
—Está la parte que quiere sacudirse del poema escrito o escribiéndose. ¿Es raro? No me interrumpa. Cuando eso pasa pierdo el poema y la realidad está interrumpiendo todo el tiempo.
—¿Y la inspiración?
—Eso. ¿Y la inspiración? Yo no sé lo que es eso. Sé lo que es sacudirse un poema ya escrito de encima porque sé que no escribí lo que tenía encima, dentro de mí, alrededor de mí.
—¿Lo que se imaginó?
—Lo que evoqué con la mente de aquello que imaginé pero fui incapaz de pasar al papel.
—¿Entonces por qué sigue?
— Porque estoy esperando que venga otra oleada de imaginación para poder lograrlo, aunque sepa que no lo lograré y así, como quien espera que el mar deje de hacer olas pero deseando que no lo haga.
—Sonríe. Pero no entiendo.
—Lo bueno de ser poeta —me dijo— es que uno sabe que no necesita entender todo.
Ahora me resigné a filmar qué hace el cerebro cuando uno contesta preguntas en un programa televisivo de preguntones y respondedores.

Héctor Ranea

Advertencias en la parte posterior de un paquete de cigarrillos - Lili Mendoza


Fumar produce cáncer de pulmón, nótese la imagen donde se compara —a la izquierda— el pulmón de un fumador con un pulmón sano, asumimos propiedad de alguien sano también. Fumar produce enfermedades cardiovasculares. La imagen tamaño escala muestra a un hombre joven, digamos de unos treinta a cuarenta y cinco años, tumbado en lo que sólo puede ser un quirófano, con el pecho desnudo, un electrodo huérfano justo debajo de la tetilla derecha mientras cuatro brazos le atienden en lo que podemos asumir es una situación de emergencia. El par de brazos que está al fondo son al parecer propiedad de una mujer y como todos los fumadores son la aberración
remanente del pasado chovinista, asumiremos que ésta es enfermera porque sería imposible, imagínese usted, que una mujer sea doctor. Dios nos agarre confesados. No, el doctor es el de los antebrazos fuertes, peludos y anchos. La enfermera aplica una máscara de oxígeno al paciente. Asumimos que el paciente es fumador. Lo sabemos porque su imagen está en el parte posterior de un paquete de cigarrillos, porque qué más haría el pobre luego de trabajar doce horas en la licorería de los judíos, sin tomarse un trago, sin falsear un número, mes tras mes redondeando el mundo, sin codiciar los nalgones de la secretaria, sin incapacitarse un solo día. Fumar es nocivo para la salud y produce cáncer, Manolo, cáncer. Todo cigarrillo es nocivo para la salud y por Dios no vender a menores. Te conocemos bien Manolo porque tu imagen está en la parte posterior de un paquete de cigarrillos, porque qué más harías la riqueza de otro sin ponerle un dedo encima a ese culo glorioso, día tras día y a salario mínimo. Qué más te queda que salir a tu noche fría, envuelto en tu gabardina mientras te iluminas la cara con resplandor
de mechero, tu cara naranja acentuada, tus ojos más negros, más hondos, más tú ahora que aspiras profundo y exhalas uno a uno tus miedos, ahora que te sale el alma por nariz y boca.

Lili Mendoza

Tomado del libro Corazón de Charol A-go-gó con autorización de la autora.

La fiesta – Héctor Gomis


Yo tenía un gato gris, un delgado y elegante gato gris. Lo quería con locura, probablemente más que a la mayoría de las personas de mi entorno. Nunca le puse nombre, simplemente lo llamaba “gato”. Era el único gato en mi vida, así que no tenía que distinguirlo de otros. Así era, simplemente “gato”, el único gato en mi vida, ¿para qué ponerle nombre?
También tenía una mujer. Se llamaba Lucia, pero yo la llamaba guapa. La llamaba así porque era guapa, porque era guapa y porque era mía, como el gato.
Ni mi guapa ni mi gato eran míos en propiedad. Los dos eran míos porque querían serlo, como yo de ellos. Y dejarían de serlo cuando ellos quisieran. Si mi guapa quisiera dejar de serlo, cogería las maletas y me abandonaría dando un portazo, y si mi gato quisiera ser el gato de otro, o quizá el gato de nadie, simplemente saldría por la ventana y se iría sin despedirse, ese era nuestro trato, esa era toda mi vida.
Por lo demás, nada considerable poseía, algunos objetos inútiles, una sólida reputación que no me sirvió para nada de provecho, bastante dinero ahorrado que jamás disfruté, y un puñado de conocidos que nunca fueron más que eso, conocidos.
He descubierto en estos días que estoy desapareciendo. Tener consciencia de un hecho así te hace replantearte toda tu vida. He comprobado que realmente no voy a echar de menos demasiadas cosas, quizá lo más triste de esta situación es darme cuenta de que el noventa por ciento de mi vida me la podría haber ahorrado, reuniones con gente que detestaba, conversaciones absurdas, personas intrascendentes, sexo maquinal y aburrido con desconocidas, trabajos rutinarios…, tiempo perdido, irremediablemente perdido, estúpidamente perdido.
Desde que empecé a desaparecer hablo en pasado sobre los seres que quiero, aunque sigan aquí, a mi lado, ya los siento muy lejos. Los veo todos los días por casa, pasando junto a mí, hablándome, pero al mirarlos tengo la sensación de estar observando una antigua película casera. Ahora entiendo a mi madre cuando, al poco de morir mi padre, pasaba las horas con sus viejas fotos, evocando lo feliz que un día fue. A mi me ocurre lo mismo, no puedo reprimir las ganas de observar a Lucia. Disfruto de su presencia y al tiempo sufro cada vez que la veo, como un bello recuerdo que ya nunca volveré a vivir. Con mi gato es distinto, creo que ha sido el primero en darse cuenta de que ya no estoy con ellos. Hace días que no se me acerca, ni me lo encuentro en la puerta esperando mi llegada, ya no busca mi regazo cuando hace frío, ni acude a mis llamadas. Su actitud me duele, pero la entiendo, desde luego la prefiero a la de mi mujer, ella sigue empeñada en mantener mi presencia. Siempre fue una mujer muy obstinada y no se resiste a perderme, aunque de sobra sabe que eso ya es imposible, hace mucho que empecé a difuminarme y ahora soy una pálida imagen de lo que fui, en pocos días ya no quedará nada de mí, solo el triste muñeco que es mi envoltorio.
Con la perspectiva que da mi situación, he comprendido que cualquier intento por evitar mi desaparición es inútil, inútil y doloroso. Solo espero que mi mujer lo entienda más pronto que tarde y sea capaz de sobrellevarlo lo mejor posible. Yo ya lo he aceptado, con tristeza pero serenidad, y, al fin y al cabo, puedo estar orgulloso de algo, mi mujer nunca se fue dando un portazo, ni mi gato quiso ser el gato de nadie más, al menos eso lo hice bien.
Ahora solamente me queda una cosa por hacer, seguir el consejo que un viejo amigo me dio e irme antes de que acabe la fiesta, porque no hay nada más triste que ser el último en marcharse de una fiesta y ver que ya no queda nadie a tu alrededor.

Tomado del blog: Un cuento a la semana

Malos humos - Sergio Gaut vel Hartman & Javier López


La ley antitabaco resultó absolutamente restrictiva. Nadie podía fumar en un espacio cerrado. Ni siquiera en la propia casa. Podía haber peligro de que uno tuviera hijos pequeños y los envenenara con el humo de los cigarrillos. E, incluso, de no tenerlos, que recibiera la visita de algún sobrinito o niño pequeño. Y el gobierno bien es sabido que se preocupa sobremanera por la salud de los ciudadanos.
Cuando Umberto leyó la noticia en los periódicos no quiso creerla. Y tampoco cuando escuchó en los telediarios la advertencia:

Desde hoy, tres de enero, no se podrá fumar en espacios cerrados, ni aun en la propia vivienda. La nueva ley así lo establece y, aunque todavía no se hayan fijado las sanciones por incumplirla, el gobierno asegura que serán duras y ejemplarizantes

Umberto, que en ese momento iba a echar mano al paquete de tabaco, se retrajo y lo dejó. Pero, pensándolo bien, ¿quién podría enterarse de que fumaba en su propio hogar?
Así que tomó un cigarrillo y el mechero que estaba encima de la mesa. Hizo ademán de encenderlo, pero en ese momento escuchó pasos en el descansillo de la planta cuarta, donde vivía, y lo volvió a dejar.
¿Y si lo encendía en el salón y recibía una visita justo en ese instante? Lo pensó mejor y recorrió mentalmente las distintas estancias de la casa. La cocina quedaba demasiado cerca de la puerta del piso, con lo que el olor de tabaco rubio podía trascender en el momento que alguien llamara a la puerta y él abriera. El salón ya lo había descartado. El dormitorio sería un buen lugar, pero ya de por sí no tenía costumbre de fumar en esa pieza de la casa. De hecho, era la única que respetaba. Así que la única habitación que quedaba era... el baño. Allí desde luego nadie podía verlo, estaba lejos de la puerta de entrada y, además, tenía un servicio con ducha para invitados. De manera que si alguien lo visitaba, podría ofrecérselo y nadie tendría que entrar en su baño.
Se encerró y tomó algunas precauciones, como poner gel de ducha en el lavabo y abrir el grifo con todo su caudal. Así la espuma transmitía el olor del gel y enmascaraba un poco el del tabaco. Luego, cuando terminara, echaría ambientador para disimularlo aún más.
Acercó el mechero a la punta del cigarrillo. Aspiró con fuerza, deleitándose más que nunca, ya no sólo con el sabor, sino también con el aroma del tabaco rubio. "Ahhhh, qué placer", se escuchó decir a sí mismo.
Pero cuando apuraba la tercera calada, pudo oír una sirena sonando encima de su cabeza. "Un detector de humos", pensó. “¿Quién demonios...?”
No había pasado un segundo, cuando escuchó violentos golpes en la puerta de la calle. No era un aviso. La derribaron con la misma furia con la que derribaron la del baño, y aterrado pudo ver a tres hombres uniformados y con rifles de asalto que se habían metido en su casa. Lo llamaron por su nombre y apellidos, le leyeron los párrafos operativos de la ley, y antes de que pudiera reaccionar, lo ejecutaron disparándole varias ráfagas de balas.
En pocos meses la ley surtió efecto. El noventa y nueve por ciento de los ciudadanos abandonó el mal hábito de fumar. Del otro uno por ciento, jamás se volvió a saber.

Sobre los autores:  Sergio Gaut vel Hartman y Javier López

La silla de don Pablo - Samanta Ortega Ramos


Don Pablo vive en una pequeña casa de madera sobre el río. Y con ‘sobre el río’ me refiero a sobre el río. Sólo una reducida parte de su casa tiene por debajo tierra firme. La otra es como suelen llamarla sus dos hijas 'el muelle'.
Don Pablo hace rato que no sale de su casa. Dice que no tiene razones suficientes para hacerlo. Tita, la menor, preocupada, comienza a visitarlo con frecuencia. Buscando cualquier excusa lo saca a dar un paseo, pero él pone su condición, que sea de la mano y que antes le explique el por qué de esa curiosa y repentina necesidad. “Necesito que me acompañes al pueblo a buscar una medicina, no quiero ir sola, me aburro”. O “que me ayudes con la compra, que sólo tengo dos manos”. Pero eso funciona hasta que don Pablo le dice que ya está grandecita para depender tanto de él. Que lo deje en paz.
Don Pablo hace meses que no se mueve de su silla, la de la cabecera de una mesa ovalada para seis personas. Allí habían comido, además de su esposa (a la que ahora lleva en un portarretratos con la última foto que pudo tomarle) y sus hijas, las visitas diarias que recibían siempre con mucho gusto, incluyendo a los que ahora son sus yernos. “Papá, no puedes seguir así, todo el día sentado. ¿No ves que el piso está cediendo?” Pero Tita no puede convencerlo de salir y empieza a suplicarle. Él insiste con firmeza que no tiene intenciones de moverse, que no encuentra una buena razón para hacerlo. Tampoco quiere cambiar de silla y hasta duerme en ella. Tita llega a la desesperación. Así fue como a su hermana mayor se le ocurrió lo de la silla de ruedas. No le dan opción y lo empujan hasta que quedan agotadas: “Ves que hace bien tomar un poco de aire”, le dicen intentando convencerlo una vez más, pero para don Pablo es absurdo: “Es la última vez que me faltan al respeto de esta forma”.
Y dicho y hecho.
Siguiendo el consejo de su marido, Tita deja pasar una semana antes de volver a visitarlo. Cuando entra a la casita se encuentra con lo que más temía: un agujero en el piso de madera y la corriente de un río que no descansa.
A don Pablo lo encontraron aferrado a su silla dos pueblos más allá.


Sobre la autora: Samanta Ortega Ramos

jueves, 22 de septiembre de 2011

Saut de chat, en avant - Lili Mendoza


Bertilda, mi secretaria, corre a la cafetería y mete cincuenta centavos en la máquina de café. Los cincuenta centavos son de ella, el café es para mí.
Bertilda, la llamo y viene. Bertilda, le digo, y ella hace; igual que el centurión del Evangelio con Jesús, con una palabra basta. Bertilda corre café en mano y lo coloca sobre mi escritorio. Vete temprano Bertilda, pero siempre te quedas. Bertilda ¿cuántos cafés me has pagado? Ninguno señor y tecleas como pianista de concierto. Confirma si el estilista puede atenderme.
Manda a buscar las calificaciones del Matías. Lo apuntas. Me voy por las noches - hasta mañana -
pensando que sigues allí, con los mismos zapatos que hace tres años calzaste para tu entrevista y tu odio me llega en marejadas, espumoso y altivo y sé que un día saltarás de tu jaula para comerme vivo, en pedazos.

Lili Mendoza

Tomado de Corazón de Charol A-go-gó con autorización de la autora

Vacío – Luciano Doti


La noche es el territorio de la libertad, una dimensión donde reina el libre albedrío. El silencio, un agujero negro en la oscuridad. Noche silenciosa, sólo el viento sopla en la ventana haciendo vibrar los vidrios de la misma. El viento suele ser un invitado habitual en este horario, o quizás también lo sea durante el día, es sólo que durante la noche es cuando prestamos más atención a estos sonidos. Sonidos que cuando niño nos resultaban aterradores, pero luego en la adolescencia se convirtieron en compañeros indivorciables de nuestras veladas. Compañeros de nuestros sueños despiertos, de nuestra ansiedad y desolación. A mí me resulta imposible imaginarme mi vida sin estos nocturnos desvaríos, sin la literatura que brota de lo profundo de la noche como torrente de agua que viene a regar un desierto.
Vacío, en la noche se siente el vacío, en la calma que se apodera de todo y que se encuentra en todo. El escritor esta al acecho. Va desgranando de su mente las letras que darán forma a su nueva creación. La hoja se va colmando de caracteres que germinan cual semillas, entonces el vacío ya no es tan vacío y el desierto luce un poco menos desierto.
¡Mentira!, es sólo un truco del artista, que ha hecho ver algo donde no hay nada. Se evapora la ilusión por su condición evanescente, y donde parecía haber algo, ahora ha quedado un hueco donde se desarrolla un pensamiento. El caos diurno aguarda, vendrá del Este, mañana volverá la rutina. ¡Prisionero! ¡Atrapado en lo cotidiano! ¿Cuándo escapare de este estadío? Por suerte aún es de noche, y la luna me da libertad.
Al correr la cortina la luz de neón se filtra a través de la persiana americana. Quedan algunas horas antes de que el día le gane a la noche. ¿Y qué es la noche? Es uno sobre la cama escribiendo sobre un cuaderno. Son las horas consumidas sin apuro con la tele como único testigo y el volumen bajito para que no nos delate; para que los otros habitantes de la casa no se enteren que allí hay alguien que no duerme, que hace un culto del insomnio, que disfruta cada segundo de ese territorio, quizás el único que los hombres hemos sabido conquistar para nosotros. Es el horario que escapa al castigo divino de trabajar para ganarse el pan con el sudor de la frente. En la noche la manzana puede ser mordida sin culpas y sin reprimendas. Si no hay culpa no hay reprimenda, ya que esta última es sólo un estado de la mente a raíz de lo que hemos aprendido en la vida. Todo queda almacenado en la mente, aun cuando no pensamos en algo, ese algo forma parte de nuestra estructura mental y no nos abandona; a menos que uno se entregue a la libertad del arte y el sueño.
Hay una lombriz que cuando cae el sol se convierte en serpiente, y un gato que, bajo el influjo de la luna, se vuelve tigre. Son los desvaríos de un mismo ser. Andan por el jardín, parece que durante la noche alcanzan su mayor potencial; sino como se explica semejante transformación, de dos animales tan inofensivos en otros tan salvajes. No deja de llamarme la atención como desafían el peligro sin detenerse, son dignos de admiración. Fuertes, ágiles, tienen la contextura física de los seres que son libres, que no se detienen a pensar en esto o aquello. Sin esos prejuicios éticos y morales que aprendemos durante el día y nos oprimen. Entonces, la noche es un proceso de desaprendizaje, una ceremonia donde se rinde culto a la libertad. Uno es uno mismo sin presiones de ningún tipo, sin distinciones de jerarquías o clases sociales, porque estamos solos con nosotros mismos. Se trata de ser como los animales salvajes, sólo existen, la mente no les pesa, tienen su propio nirvana. Una vez que uno ha desaprendido todo lo que molesta, queda un espacio vacío, que se llena con lo que nosotros queremos. Eso dura lo que dura la noche. Cuando el sol comienza a despuntar, el tigre vuelve a ser gato, y la serpiente, ya como lombriz, se escabulle bajo la tierra en una actitud cobarde, justo en el mismo momento en que el escritor deja de soñar.

Luciano Doti

Tomado de: http://www.letrasdehorror.blogspot.com/

De la familia de los Cesaropulos: informe etnográfico - Gonzalo Santos


El lenguaje es un instrumento mágico. Para comunicarse con los otros, los jd lo utilizan solamente en situaciones excepcionales; para pensar, su uso está terminantemente prohibido y, en su lugar, tienen que utilizar imágenes, sonidos inarticulados y la memoria corporal —los caciques aseguran que el pensamiento verbal puede detectarse con facilidad, porque se manifiesta sutilmente en ciertas expresiones faciales. Entre ellos la palabra tiene mala fama (…).
(…) Como era de esperarse, esta etnia de la familia de los Cesaropulos ha desarrollado un sistema gestual muy complejo, con una gramática muy intrincada, a través del cual puede ser dicho casi todo. Incluso, pueden mantenerse discusiones filosóficas, que implican una serie rítmica de movimientos parecidos a un baile de jazz, aunque nadie aún se ha puesto de acuerdo para establecer definitivamente los pasos canónicos.
En cuanto a las distancias, éstas merecen un capítulo aparte. Por el momento, sólo diremos que, para los jd, situarse a veinte centímetros del interlocutor-corporal es radicalmente distinto —y tiene un significado totalmente diferente— que pararse a veintiún centímetros, lo que, por cierto, se considera una invitación a la pelea (…).
(…) Asimismo, hay que decir que las palabras han aniquilado generaciones enteras de jd, que no supieron cómo utilizarlas. Ellos consideran que lo gestual es menos peligroso, que lo gestual construye subjetividades menos propensas a la guerra, al crimen, a la violencia, a la ira, al amor; que el sonido inarticulado es más genuino que las palabras prefabricadas. No lo dicen así, pero lo dan a entender. Y si se me permite un juicio de valor, creo que es una lástima que vivan en Marte. La Tierra se hubiera sentido más serena con huéspedes así. Ellos dicen que la Tierra ha muerto de migraña; no por lo que explican nuestros científicos (…).

Gonzalo Santos

martes, 20 de septiembre de 2011

El escondite - Flor Marina Yánez


Teresa mira de reojo, una vez más, la taza tirada en el piso. Está rota. La taza de cerámica china, o ¿tailandesa? la rompió ella. No miró, nunca mira, pasa corriendo siempre, como una tromba, eso dice la tía y tiene razón. No es como Julita o como Armandito, que son menores pero más compuestos. Por qué los llevaron a vivir con la abuela. Por qué sólo ella se quedó allí. Espanta los pensamientos con un estornudo y trata de concentrarse en una salida. Empuja los ojos lejos de los destrozos y observa alrededor buscando algún resquicio para esconder la falta, mientras piensa en una excusa válida que haga más ligero el previsible castigo. Tal vez si sale al patio y la entierra en los platanales. O la mete en el horno viejo, el que no se abre hace años, porque huele a ratón muerto. Tiene que apurarse, los niños vienen de visita y les encanta armar cuentos a conveniencia; cuentos incompletos como los pedazos que se esmera en contar uno, dos, tres, cuatro, falta ese trozo de asa, dónde está.
De todos modos se darían cuenta. ¿Quién se atrevería a pegar una taza de cerámica china esperando que los demás no lo noten?
Agarra un pedacito y se entristece de pronto. Quizás un chino en algún lugar de China diseñó esa taza y luego otro chino la hizo y quizá no le pagaron bien a ese chino que tiene una familia como la de ella, pobre, pero más pobre; una familia que no puede permitirse tener tazas, ni siquiera chinas. Porque hay en el mundo gente más pobre que ellos, según la abuela, aunque la tía no crea que son pobres. A la tía le gustan sus tazas finas, sus pañuelos de seda y sus lámparas de cristal de bacarat.
Ahora la taza está rota, la favorita, ella la rompió y vuelve a mirar alrededor sin ubicar un túnel de escape. ¡Qué difícil puede resultar esconder una simple taza rota! Tal vez eso pasó con sus padres, rompieron algo tan grande y tan difícil de ocultar que tuvieron que esconderse ellos y la dejaron sola para encargarse de este desorden, para tratar de pegar los pedazos de una familia que es como esa taza para la que no encuentra escondite. Quizás ellos encontraron el túnel. Habrá que comenzar a excavar.

Los clónicos - Ricardo Giorno


—Un resplandor en la nariz —dijo el clónico—, replantea el hecho de la precognición asistida.
Lo vi cómo bajaba por sí mismo de la línea de producción. Pulsé SEARCH en la consola de seguridad. Miré hacia la línea, pero no, el anterior y el posterior permanecían en sus lugares. El resultado me tranquilizó: sin problemas por ese lado. Y la búsqueda negativa de anomalías en la consola alcanzó para controlarme.
Y entonces, como si fuera poco, el clónico se arrancó de un tirón los conectores.
—Mis ojos reflejaron su pánico —declamó levantando las manos—, y el rayo de la razón rellenó ausencias.
Copié en la consola de mantenimiento el número grabado sobre su pecho y pulsé SUPR.
—¡Gracias a san Asimov —grité—, los jefazos instalaron la autodestrucción precoz! Una pequeña parte de mi se sintió avergonzada de la euforia destructiva de la mayor parte de mí.
El pobre clónico ya resultaba un charco parduzco sembrado aquí y allá por componentes cuánticos. Ordené que esos componentes se guardasen para posterior estudio. Y en cuanto a la parte netamente biológica, supervisé a los roboperarios mientras la devolvían al caldero.
Ahora me esperaba un mes movido. Uniéndose a dos filósofos, tres músicos y cuatro matemáticos, el clónico había resultado ser el tercer poeta de la semana. Qué difícil la vida del operario: somos el último tornillo de ensamblaje.
Seguro que ahora la culpara la iba a tener yo.

Alegato - Hernán Dardes


No soy un vampiro. Tal vez parezca absurda la aclaración, pero para comprender mi enunciado, ustedes deberán primero saber que no me reflejo en los espejos. Nunca le encontré una explicación aunque tampoco me importó demasiado. Tal vez haya gente muy vanidosa a la que esta condición le resulte inimaginable pero no es mi caso. Tampoco la situación conlleva demasiadas complicaciones en la vida diaria A afeitarse, peinarse o hacer el nudo de una corbata uno se acostumbra; es cuestión de insistencia y repetición. Supongo que como con los ciegos y con los sordos, la falta de una condición aumenta la capacidad en otros aspectos sensoriales y prácticos. Honestamente nunca me detuve a meditarlo demasiado. Así son las cosas, me sé desenvolver sin verme reflejado en plano alguno y con eso me basta. Pero lo que verdaderamente me preocupa es que me confundan con un vampiro.
Cada persona que conozco significa ceder a una serie de pruebas y aclaraciones que me resultan agotadoras. El agua bendita apenas me moja y poco más. Los platos a la provenzal suelen ser mis preferidos, y no me afectan para nada las semillas de mostaza. He mordido cuellos pero no más que el resto de los mortales en ocasiones de intimidad. Mi rutina es bastante monótona; me acuesto relativamente temprano, leo algunas revistas para ayudar a conciliar el sueño y reposo en un cómodo sommier. Me levanto temprano y las luces del alba suelen entusiasmarme a la hora de encarar las tareas diarias. No bebo sangre. Sí un poco de vino, pero como no soy religioso, descreo de la posibilidad de que mi bodega albergue la esencia líquida de algún tipo de salvador de la humanidad. He visto murciélagos y los he espantado asqueado sin sentir el menor tipo de empatía. Es más, me compré un ahuyentador ultrasónico para no volver a topármelos. Para ser más explícito: ver a Ozzy Osbourne morder a uno de ellos me produjo un éxtasis jamás alcanzado. Nunca me gustaron las películas de Bela Lugosi y de chico odiaba el tono grave de la voz Narciso Ibañez Menta. Transilvania no me entusiasma como destino turísticos, y lo que me espanta en los templos no son los símbolos cristianos sino los párrocos que presiden las ceremonias. Es cierto, es probable que muera si me clavan una estaca en el corazón, pero no me negarán que lo mismo le ocurriría a la mayoría de la gente que se regodea presumida con su propia imagen en cuanto sitio se ven reflejados. En definitiva: no soy un vampiro. Ni siquiera esos vampiros modernos, con los ojos delineados y en extremo sensibles, a los que uno supone que para espantarlos basta con esparcir un puñado de ajo deshidratado.
Pero la vida moderna hace un culto de la imagen, y por consiguiente no hay lugar al que acuda en el que no me tope con un espejo. Y desde ya, con alguien atento a notar la ausencia de mi imagen en ellos, lo que casi siempre deriva en un escándalo. Por suerte mis colmillos prolongados y mi histrionismo a la hora de las morisquetas me ayuda a espantar a las personas alborotadas. Confieso que he utilizado este método para despejar a los competidores en las tiendas durante las épocas de oferta, pero no me gusta abusar. Además mi gran amiga Eli Bathory me ha dicho que esas actitudes no ayudan para nada a limpiar mi consideración pública. Por ese motivo me he medido en mis últimas apariciones y me he comportado como el más normal de los humanos con capacidad de reflexión. Así que he tomado la decisión de ignorar de aquí en más cualquier tipo de apreciación que surja cuando alguien perciba mi condición, y si noto que la situación se me va de las manos, me introduzco en el dichoso espejo y adiós a los necios. Porque si bien esto es algo que no aclaré en un principio, lo cierto es que no me reflejo en los espejos, pero lo que sí poseo es la capacidad de atravesarlos. Característica que tal vez requiera de una explicación tanto o más amplia que la presente, pero de la que voy a desistir. Porque si hay algo que nos distingue a quienes habitamos el mundo interior de los espejos, es el fastidio de tener que andar dando explicaciones por todo.

Tomado de: http://hernandardes.blogspot.com/

Secreto de confesión - Fernando Puga


Papá suele estar muy ocupado. Sobre todo con la pila de mensajes que se amontonan en su escritorio día tras día. Una tarde de domingo en que lo noté relajado y dispuesto a conversar, aproveché para hacerle la pregunta:
—Señor mío, digame: ¿cómo fue que creó este mundo nuestro?
—No sé cómo lo hice. Fue de casualidad— contestó distraído.
—¿Y eso de que tardó seis días, que primero fue la luz y todo lo demás, y que al séptimo descansó?
—¡Eso no es cierto!. Se me ocurrió después para que mis colegas no me pidieran más explicaciones. Viste que existen muchas fórmulas que pretenden tener la precisa y yo, si pretendía callar las otras voces, tenía que inventarme una para convencer a todos de que ésa es la única válida. La prueba sería que yo lo conseguí.
—Pero entonces… ¿cómo fue?— exclamé sorprendido.
—Voy a confesarte la verdad. No tengo idea de cómo pude lograrlo. Yo sólo descansaba en medio del jardín de los cielos, balanceándome perezosamente sobre la hermosa hamaca paraguaya que me regaló Tupá, y de repente se me dio por parpadear. Ipso facto el mundo estaba ahí, delante de mis ojos. Yo creo que fue un milagro. No encuentro otra respuesta. Esto te lo digo a vos porque sos mi hijo, pero no me deschaves.
—Quédese tranquilo, mi dulce Señor, mi boca está sellada. Pero imagino que a pesar de lo azaroso del evento, estará muy conforme con el resultado— dije, orgulloso de mi herencia y queriendo halagarlo.
—No vayas a creer, hijo mío— agregó, fastidiado—. No sabés el trabajo que me da mantenerlo en condiciones. ¿O es que no lo notaste cuando estuviste visitándolo?
Acto seguido, volvió a parpadear.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Ludópata - Fernando Puga


Harto de dar vueltas en círculo mientras la espera, se detiene un momento y busca en el bolsillo. Piensa. “Si se lo digo, me va a dejar. No hay duda. El orgullo le impedirá considerar cualquier otra alternativa. ¿Y de qué voy a vivir si me abandona? Si no se lo digo tengo que seguir con la mentira y la tensión que eso apareja ya me está enfermando. Ma’ sí, que decida el azar”.
Y ahí va la moneda girando en el aire, ajena a toda especulación. Y al caer lo hace de canto y rueda hasta hundirse en el hilo de agua barrosa que corre junto al cordón de la vereda.
—¡Qué mala suerte!— rezonga en voz alta—.
—¿Qué pasa mi amor? ¿Por qué mala suerte?— pregunta ella que acaba de llegar a la cita y lo encuentra arrodillado hurgando en el charco.
—Nada, nada. Después te cuento— dice él mordiéndose los labios—. Vamos de una vez— agrega mientras se incorpora—. A propósito: ¿no habrás olvidado el cheque, verdad?

El que ríe al último... - Angélica Santa Olaya


Todos querían su parcela en la luna. Brasileños, argentinos, chilenos... nadie podía, ni debía quedarse atrás. Pronto también salvadoreños, venezolanos, cubanos, mexicanos y colombianos -todos ellos con verdaderas razones para querer exiliarse- rompieron sus alcancías para reunir 51 dólares para comprar un título de propiedad y un pasaporte a la luna. Cuando todos los compradores, centro y sudamericanos, estuvieron en el camino celeste para ocupar su propiedad, el american way of life extendió sus tentáculos y se dispuso a ocupar las tierras abandonadas en menos de lo que un tonto llegó a la luna. El american way of life, por fin, se convertía en un sueño de todos.

Tres o cuatro pasos de ocho – Héctor Ranea


El taita da un paso para atrás con la gamba sinistra, así la naifa se le viene casi encima y el le apoya el pecho contra los de la mina que se aprieta para no caerse, después, claro, la empuja suavemente, caminando por los pasos que ella perdió al caer. Caminan los dos, ella de espaldas, el de frente pero se planta a los dos, ella se columpia para un lado, para el otro. Dibuja un ocho con las caderas, las rodillas que se mecen rozando las del taita y con los pies el ocho se hace cinta de luces y de sombras que gozan en el quieto paso del hombre que la lleva. La mano en la espalda es para que llore en su hombro y deje llevar su mano al corazón desde la espalda, donde deberían haber quedado las alas. La música, eventualmente, termina.
Todo vuelve a la quietud, el tipo al vaso de vino, la mujer a su cigarrillo. El bandoneón a una sonrisa cerrada que se abrirá en el próximo tango.

El profesional – Ricardo Giorno


—Bonitos zapatos —le dije.
—Gracias, me los regaló mi mamá. Ayer fue mi cumpleaños.
—Ah, bueno, muchas felicidades entonces, aunque sean atrasadas.
—Gracias, ¿quiere un cafecito?
—No, muy amable —yo deseaba terminar rápido—. ¿Tiene escalera?
—Aaaaay... no —me dijo y apretó los labios—. Qué contratiempo, ¿no se arregla con un banquito?
—No, tiene que ser una escalera.
—Mi tía Pocha tiene una. Pero vive a diez cuadras de aquí.
—Es muy lejos para ir caminando —dije pensativo en voz alta—. Y en el auto no entra.
—¿Está seguro que con un banquito no se arregla?
—No quiero ofenderla pero —le respondí alzando el mentón—, ¿quién es el profesional?
—Usted lo es, lo sé muy bien —se dio vuelta y se llevó las manos a los costados de la cabeza — ¡Estoy desesperada!
Confieso que sentí un poco de pena. Giró hacia mí: ojos dilatados y marcas húmedas a su alrededor.
—Estoy pensado en que le voy a aceptar ese cafecito, nomás —le dije como para cortarle el llanto.
—Sí, claro —y vi esperanza en sus ojos.
Marchó hacia la cocina. Me quedé solo en el living. Desde allí le grité:
—Seguro que ni tiene sábanas viejas ni un pliego grande de plástico.
—Sí, eso tengo de sobra.
Entró al comedor con una bandeja blanca de plástico donde una taza blanca humeaba. Al costado de ella, una cucharita dentro de una azucarera también blanca.
—No le puse azúcar porque no sé cuánto le pone usted.
—Bueno, muy gentil.
Tomé la cucharita y vertí dos medidas de azúcar. Probé el café.
—Está muy rico, la felicito.
—Gracias —y se fue para la cocina.
Me senté saboreando mi café. Ella volvió restregándose las manos en los costados de la falda.
—¿Pensó lo del banquito?
—¿Tiene guías telefónicas?
—Sí, tengo. Dos comunes y la amarilla que está sin uso.
—Creo que con eso llego —le contesté, y sus ojos danzaron en una mezcla de alivio y aprehensión—. ¿Adonde puedo cambiarme?
—En el baño. Venga que lo acompaño.
Una vez en el baño, lo primero que vi fue un pesado velador de bronce. Estaba en el piso, al lado del bidet. Sufrí un escalofrío. Por lo demás era un baño común y corriente, quizá un poco viejo.
Cuando salí, el banquito me esperaba colocado en posición: delante del placard de la habitación principal. Al entrar, pegué un vistazo a la cama matrimonial. Al seguir mi vista, ella se sonrojó.
—¿Y las guías? —pregunté.
—Ay, qué torpe. Ya mismo se las traigo.
—No se olvide de las sábanas y del plástico.
—Están debajo de la cama —me dijo desde otra parte del departamento.
Saqué las sábanas y el plástico. Corrí la cama todo lo que pude. Coloqué primero las sábanas en el suelo. Luego tomé el plástico y lo acerqué lo máximo posible del zócalo para que cubriese las sábanas. Entonces, ella llegó con las tres guías telefónicas. Se me ocurrió algo en ese momento:
—¿Tiene diarios?
—Sí, ya le traigo —marchó de prisa volviendo con varios de ellos.
Envolví las guías con el papel de diario y a éste lo sujeté firme con cinta de embalar. Así formé un bloque que se asentaba sólidamente en el banquito. Las guías sueltas resultarían peligrosas si tenía que hacer un movimiento brusco.
—¡Qué inteligente! —me aduló divertida, sus ojos chispeaban.
—Soy un profesional, no es la primera vez.
—Pero lo fue para mí.
Volví a ver aprehensión en sus ojos.
—Tampoco es para amargarse —traté de darle ánimos—, la situación resultó incontrolable. Sólo debo realizar un pequeño toque final.
—¿Quiere otro cafecito? —dijo mirando hacia afuera. Me di cuenta de que quería cambiar el rumbo de la conversación.
—No, gracias —me subí a las guías apoyadas en el banquito—. Voy a iniciar mi trabajo.
Probé hacer unos movimientos y la invención respondió bastante bien.
—Bueno, lo dejo solo —me dijo y se marchó.
Abrí las puertas superiores del placard y bajé la masa. Para mí, siempre será la masa.
No trabajaría mucho con ella. La deposité en el medio del plástico, que plegué cuidadosamente, tratando que no se me formasen falsos dobleces. Luego de una sencilla inspección, fui poniéndole encima las sábanas, asegurándolas cada tanto con cinta de embalar. Al fin tomó la forma requerida. Tanteé el peso y me pareció el apropiado. Me recordé que había dejado el auto a media cuadra pero me pareció que no tendría problemas. El departamento permanecía silencioso.
—¡Terminé!
—Enseguida voy —me contestó de un lugar cercano.
Cuando la vi me di cuenta de que había llorado.
—¿Cuánto es?
—Lo que habíamos convenido.
Ya tenía el dinero preparado en el bolsillo de la falda. Fui de nuevo al baño a cambiarme. Por suerte había sido uno de los pocos trabajos en que no me manché. Cuando salí, ella todavía estaba en el mismo lugar.
—Lo acompaño hasta la puerta —dijo sin mirarme a los ojos.
Cargué la masa a mis hombros. Y ella me condujo hasta la puerta de salida, aunque yo conocía el camino.
—Adiós, Gerardo —dijo de improviso, mirando la masa, mientras lloraba.
Cerró la puerta de golpe, dejándome a solas en el palier, a la espera el ascensor.

viernes, 16 de septiembre de 2011

No nos dejes caer en la tentación… - Fernando Andrés Puga


Entraré. Respiraré hondo y entraré. Descartaré los escrúpulos que obstruyen la puerta y entraré. Sé que estás del otro lado y aguardas mi llegada. Tú con tus enamoradas del muro, con tus helechos de tiempos en que el hombre apenas si se erguía, con tus altos pinos repletos de nidos de chimangos que vuelan en círculo en busca de alimento, sabes que finalmente juntaré coraje y dándole la espalda a tanta fiebre que se atropella en mis venas, entraré. Y una vez dentro, recorreré tus sendas de hojarasca bordeadas de celestes nomeolvides.
Ya estoy aquí y en tu interior se huele la mañana luminosa, llena de fértiles presagios.
De pronto frente a mí se planta un diminuto habitante de tu jardín secreto. Pregunta qué hago aquí, de dónde vengo. Me dice que aún estoy a tiempo de volver sobre mis pasos, pero que no demore porque en breve se cerrará la puerta. Agrega que ya no habrá remedio; que me enredaré en la tela que tejes sin descanso y me irás consumiendo lentamente con tus labios de fuego. Y será cierto.
Soy otro viejo pino, inmóvil en tu vergel insaciable.


Fernando Puga