miércoles, 31 de agosto de 2011

Sombra - Adriana Alarco de Zadra


Me desperté tarde ese domingo porque en invierno de noche, a menos que sea de luna llena, no existo para el mundo. Observé por la ventana el sol que entraba a raudales mientras preparaba el café cuando me di cuenta de que una sombra me seguía al otro lado de la mesa. Era una sombra sólida y brillaba contra la pared, por los anaqueles de colores. Extrañada y enojada por tal persecución cogí la tijera de trozar el pollo y separé la sombra que me seguía. La corté al borde y dio un salto hacia atrás. De pronto caí en cuenta de que todo era tan irreal que podía pertenecer a un sueño. Me despertaría luego, como una sonámbula, en la cocina. Continuaría mi vida deslizándome por las paredes, arrastrándome por los suelos teñida de negro, como cualquier sombra digna que se respete y todo resultaría otra vez normal en este mundo de sombras en el que vivo…


Adriana Alarco de Zadra

Los caballeros juran a menudo – Héctor Ranea


A Alexandra Jamieson Barreiro

—¡Me estáis tomando el Real pelo o qué? —dijo la Hermana Caramelo Muy Grande al Caballero Azul Tercio—. ¡No existe nada de todo lo que nos acabas de contar, vamos! Rata inmunda, con estas porquerías me estáis tratando de engañar. ¡Cómo me gustaría ser la Reina de Corazones para podarte la cabeza so estólido!
—Mi Señora, os lo juro por el lomo de mi caballo, lo que dije es verdad. Todo es absoluta y completamente cierto —dijo el Caballero en su descargo—. Lo siento si no he sido convincente, pero el mundo ahí afuera es tal como os lo describo. No digo más que la verdad, creedme, por favor.
—¡Eres un idiota! ¿Cómo es eso de que los Caballeros ahora juran sobre los lomos de sus caballos y no sobre las manos de sus madres? ¡Tú eres un Caballero falso, puedo aseguraros eso! —dijo la Hermana Caramelo Muy Grande dando vuelta su boca y apuntando con su Pulgar del Real Pie a los Gentilhombres que estaban atrás del asiento de la Princesa, a la izquierda de la Hermana Caramelo Muy Grande. Después de esta Real Imprecación, se escuchó un grito muy fuerte que llenó la Sala de Audiencias.
—¿Comprendéis lo que digo? —preguntó desesperado en extremo, con su armadura echándose a la retranca oprimiéndole el pecho como un tubo de dentífrico, todo el Caballero temblando como una gallina frente al zorro.
—¿Cómo habrá sido que obtuvisteis el título de Caballero?, me pregunto —dijo la Cabeza Flotante del Maestro y Contralor de la Audiencia. —Usted me parece una pluma sacudida por una tormenta: así como sopla el viento se tuerce la rama… o algo así —terminó (en realidad, fue su cabeza) entre confusiones y jadeos.
—¿Escuchasteis ese gruñido tremebundo? —preguntó el Caballero aterrorizado, apuntando con su único dedo izquierdo hacia arriba—. Este es el final, como os lo advertí; ¡pero no me creísteis! Ésta es una de esas… cosas que el mundo horrendo que os describí nos está trayendo.
Mientras, esos gritos endemoniados hacían temblar la construcción cada vez que se oían, pero el último de todos puso a la gente en alerta, evidentemente tiesos de terror.
—¿Veis Mi Señora? Lo que dije es verdad. Hay otro mundo ¡y es muy diferente del nuestro!
Ahora era la Hermana Caramelo Muy Grande la que temblaba y lloriqueaba: —¿Y qué se supone que harán con nosotros? ¡Dime, Caballero Azul o juro que os mataré con mis propias manos! Juro que lo haré antes que esperar que esos personajes extraños nos maten a todos.
—Ojalá lo supiera Mi Señora. No conozco ese mundo, sólo lo he vislumbrado como a través de una bola de cristal. Mis conocimientos de ese maldito mundo vienen de pispear y ojear acá y allá. ¡Perdonadme si no tengo otras respuestas, por favor!
Esas fueron sus últimas palabras. Un pico gigante lo tomó y lo hizo desaparecer de al lado de la Hermana Caramelo Muy Grande. En un instante, lo único que quedó en el aire fueron sus gritos y juramentos. Después, esas palabras sólo fueron truenos en las orejas de los Gentilhombres y de La Hermana Caramelo Muy Grande, que ahora sudaba copiosamente como una jirafa azul en verano.
—¿Es este tipito suficiente para ti, Madre? —dijo Gran Bicho Samsa.
—¡Vamos, hijo! ¡Puedes apostarle que no! ¡Por el amor del cielo! No es suficiente ni para mí ni para nadie ¡Por favor! —Dijo Mamá Bicho.
El Gran Bicho Samsa miró por más comida y: ¡ahí estaban todos esos tipitos! Había una multitud de gente pequeña en los arbustos que hizo que el Gran Bicho Samsa se recordara a sí mismo, unas semanas atrás, antes de la Metamorfosis. Había más tipitos que los que su pico podía alcanzar de modo que dijo:
—¡Madre, he aquí nuestra cena! Por favor llama a Padre Bicho a comer también. —Y comenzó a picotear cazando los Gentilhombres del Rey y los caballos del Rey (aunque a decir verdad, eran de la Princesa).
Estas fueron las consecuencias de la Metamorfosis y, por supuesto, del apetito de los bichos.

Héctor Ranea

Metafísica de la muerte de una araña - Marcelo Parra


El celular suena a las cuatro de la mañana. Me informan que se ha disparado la alarma en mi negocio. Preocupado, imagino persianas reventadas, patrulleros y, para exagerar, escena del crimen. Llego en quince minutos. Nada. Todo silencio en un barrio que no es para andar distraído en la madrugada. Ya dentro, cada cosa en su lugar. Estoy llamando a la empresa de seguridad para informar, cuando la veo.
Una pequeña araña ha construido su tela frente al detector infrarrojo de movimientos, provocando así el evento. Sin pensarlo, tomo el Raid y rocío la zona. A continuación, con una escoba limpio todo vestigio de araña y tela. Me voy a casa puteando.
Ya en mi cama, me desvela la suerte de la araña. Ha muerto por obstruir el ojo electrónico de un señor que no desea que le roben. ¿Que conciencia puede tener del motivo mediato de su fin?. A ver, vamos, el bicho teje su tela donde cree que atrapará alguna mosca, y así sobrevivir. Con su karma provoca una sucesión de sucesos que terminan con su trágica muerte. ¿Sabe por qué murió? Y vos ¿qué pensás de tu muerte?, ¿por qué morimos? Quizás corramos la misma suerte. Tal vez provoquemos la cadena de fenómenos que nos llevará al fin en el momento exacto en que nos sentamos en el inodoro, hacemos el amor, o tomamos una copa de vino.
El Raid puede tomar entonces la forma de cáncer, guerra, o simplemente una maceta mal colocada por la señora del décimo piso. Las causas inmediatas pueden ser infinitas. El motivo último (siempre en fuga) acaso sea que estemos interfiriendo con el ojo, o vaya a saber qué cuernos, de algún ignoto ser, (tan ignoto como lo somos para la araña), de los motivos del cual no pienso hacerme cargo.

Inspirado en un cuento de Giselle Aronson:
http://quimicamenteimpuro.blogspot.com/2011/07/desalojo-giselle-aronson.html

Fundido – José Antonio Parisi


Se sueña desvalido y minúsculo parado bajo la llovizna, a cuatro pasos de los tablones macizos y herreteados de un portal gigante, propio de una fortificación del medioevo, que amenaza con venírsele encima de un momento a otro. Cada fleje de hierro, en su remate curvo y redondeado como el pistilo de una flor, le representa una sonrisa de gozoso desprecio. Él se nota perplejo y desmadejado, y a sus pies se deshacen en la humedad, ruinosos libros y papeles de un itinerario ajeno.
Su cuerpo se agita en la cama. El brazo se le resbala por el borde del colchón y el cachorro le lame la mano, y lo despierta. Mira el reloj. ¡Las ocho y veinte! ¡Y el despertador que falló! Salta al escritorio, alocadamente selecciona papeles que rodean el monitor; retira volúmenes de la biblioteca —uno, dos, tres, cuatro—, lleva todo acunado en los brazos y se larga por la escalera. Va a manotear el picaporte de la puerta de calle, y se le derrumba la torre de erudición que sostenía. En afán de reconstruirla, se zambulle en el desastre.
—¿Adónde vas en calzoncillos, Alejandro? —dice una voz familiar con tono de alerta.
—Debo rendir la última materia —dice de rodillas, recogiendo acelerado lo que se le ha caído—. Hoy me recibo, hoy me recibiría…
—¡Ja, ja! Vivís con atraso, Alejandro: si desde esta mañana sos médico. La siesta en que te hundiste te ha desorientado.

lunes, 29 de agosto de 2011

No le pidas peras al olmo – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


—Espera —dijo Martín Miguel Sánchez de Torrevieja cuando pasaron delante de un árbol de aspecto estrafalario que parecía a punto de caer sobre el camino. Detuvo el auto y se bajó. Alicia Belaúnde, la famosa flebóloga argentina que acompañaba al torero en su viaje a través de las estepas kazajas, también se bajó.
—¿Qué viste de raro?
—Es un olmo —dijo Martín Miguel—, y de sus ramas cuelgan peras.
—No son peras —dijo Alicia—, son barbillas.
—En España serían barbillas; en tu país, mentones. Aquí parecen ser peras.
—Un olmo kazajo que da peras, ¿con o sin barba?
El torero rodeó el árbol y comentó, furioso.
—¿Qué carajo se le puede pedir a un olmo? Nada, ni peras porque siempre tienen peros. Encima la pera la tienen siempre afeitada porque hasta las barbillas se afeitan. No hay caso. Los olmos son egoístas con nosotros, pero cuando nadie los ve, se intercambian manzanas, duraznos y, lo he visto, créeme, patatas. ¿No son turros?
Alicia rió a carcajadas a escuchar la expresión, tan porteña, en labios de Martín Miguel. Eso era lo que más la excitaba del torero: tenía una capacidad innata para enfrentar a un miura o a un olmo kazajo con el mismo coraje, y también para hablar lunfardo o uzbeco, tai y bajo marciano.
—¿Se puede saber qué hacen rodeándome como perros a punto de mear? —inquirió el árbol. Por el tono se advirtió que estaba enfadado.
—Perdón —dijo el torero—. Nos sorprendió ver que de sus ramas cuelgan peras.
—Y más arriba está el resto de las cabezas —replicó el árbol, con la mayor causticidad—. ¿Me van a denunciar? ¿Pretenden que los de la Ley y el Orden me arresten y una corte internacional me juzgue como criminal de guerra?
—¿Denunciar? ¿Juzgar? ¿Condenar? —Alicia se puso un dedo en la boca y empezó a chuparlo—. Tu follaje me ha dado una idea y lo mínimo que podemos hacer es agradecerte, ¿verdad, amor?
Una luz de picardía brotó de los ojos del torero. —No importa si el árbol da peras o turrones; lo que importa es su filosofía.
El olmo asintió, satisfecho. Esos turistas le caían bien. Los dejaría hacer lo suyo y luego trabajaría sobre ellos para incorporarlos a su colección. Que los chacales se ocuparan del resto; a él, como buen olmo, solo le importaban las peras.

Héctor Ranea
Sergio Gaut vel Hartman

El profesor y la tarea - Carlos Feinstein


La voz del profesor resonó en el amplio salón.
Los mitos urbanos son colecciones de historias que trasmiten ciertos valores o bien moralejas que representan los deseos colectivos insatisfechos de las sociedades de los grandes y pequeños centros urbanos. En su mayoría son historias cuyos finales tienen niveles llamativos de crueldad, pero aún así, concebidos para satisfacer necesidades reales. Por ejemplo, aunque los fantasmas de las historias están confundidos, son torpes, desagradables y producen miedo, demuestran que existe la vida en el más allá, generando una prueba que actúa como un paliativo al miedo natural de cualquier ser consciente hacia la muerte. Seamos claros, los fantasmas no existen y por lo tanto no hacen autostop en la carreteras, Gardel no canta cada vez mejor, está tan muerto como Elvis, no hay cocodrilos en los desagües, Walt Disney no está congelado, los ruidos al pasar un disco al revés no son mensajes satánicos. Así que la tarea para este semestre en el estudio de estos mitos con especial énfasis en…..
Disculpe profesor por interrumpirlo, pero tiene que comprender que es el único mito urbano es usted. Ya está muerto y soy el único alumno en el salón, ya que nadie más vendría de madrugada a este horrible lugar.
No se haga el estúpido, la gente no ve fantasmas, porque no existen. Es muy fácil demostrar el error en su razonamiento: su percepción de mi persona implica claramente que yo estoy vivo.
Razonamiento equivocado, profe; yo también estoy muerto. —Y procedí a desaparecer usando el viejo truco de la nube de chispas y mucho humo.

Recital poético - David Vivancos Allepuz


Lo había encumbrado a lo más alto de las artes y de las letras la forma más pura de expresión del sentimiento, la poesía sin palabras, de la cual él era maestro y apóstol y yo ferviente admirador. Dispuso los folios inmaculados en el atril y dio comienzo a la lectura muda de sus versos no escritos. Al final del recital, tras tres cuartos de hora de vívidas emociones provocadas por lo que de sus silentes labios nunca llegó a salir, los asistentes no pudimos reprimir los aplausos, sinceros, sentidos y entusiasmados. Yo lo hice con los brazos cruzados sobre el pecho, otros prefirieron hacerlo con las manos en los bolsillos. También vi a un par de espectadores con las manos detrás de la espalda en la primera fila. El silencio de la espontánea ovación fue atronador. Los más descarados (no diré los más arrebatados porque todos estábamos subyugados por lo que no habíamos escuchado) nos acercamos a la tarima para que nos firmase su antología. Quise que me la dedicara personalmente y por eso silencié mi nombre. Yo mismo le ofrecí para ello el bolígrafo sin tinta que siempre llevaba en el bolsillo interior de mi americana. Escribió una rima, muy breve, deslizándolo con pausa por la primera página de su libro en blanco y sin título. Me devolvió el poemario y el bolígrafo sin decir nada, lógicamente. La belleza de la dedicatoria que no acerté a leer me hizo llorar, arrobado. Ninguna lágrima cayó de mis ojos secos y conmovidos.

Destiempo – Piera Pallavicini


Ella siempre me ha querido, lo sé. A veces le costaba demostrarlo y creía que con una buena comida yo me percataría.  Por las mañanas yo leía el periódico en la terraza y ella aparecía radiante, con un café cargado y alguna que otra vez con un pastelito de acompañante. A media mañana, a eso de las doce, me daban ganas de conversarle. Los temas me daban igual,  aunque porqué negar que siempre he querido contarle mis sueños de la noche anterior o simplemente comentar un reportaje que haya visto en el discovery channel. Sin embargo, justo a esa hora ella no podía saber de mí. Presidía una reunión de actividades solidarias todas las mañanas, y las realizaban en nuestra casa, por lo que debía transformarse en la brillante anfitriona que es. A veces yo le hacía “hola” con una seña como ésta. O le guiñaba un ojo aún sabiendo que lo ignoraría. Entonces, resignado, me iba a leer. 
A la hora de almuerzo ella aparecía con una rica comida que, aunque era preparada por la nana, ponía sobre la mesa con cara de “mira lo que hice para ti”. Pero como yo no podía ver las noticias en otro horario (justo a la hora de almuerzo debía chequear si habían novedades) mi mujer comprendía que era mi trabajo y por ende, mi obligación. Entonces ella cuchareaba la sopa con desgano y me miraba (lo sabía porque a veces la miraba de reojo).
Cuando terminaba el noticiero, yo me volteaba velozmente ya que la extrañaba tanto. Pero me encontraba con la silla vacía y un café helado. Ella dormía plácidamente la siesta cuando yo me iba al canal catorce a trabajar. Después no se qué planes desarrollaba (no tenía mucho tiempo para preguntárselo).
Al volver a casa, a eso de las nueve, me tenía una rica cena en el microondas en el cual pegaba una nota que decía “lo hice para ti”. Y mi rostro esbozaba una sonrisa, aún sabiendo que era mentira. Entonces, comprendía que debía haberse ido a la casa de su hermana a cuidar al pobre Pepe que está tan enfermo. Yo la admiraba por eso y aceptaba el porqué de sus siestas. 
¡Qué desgracia que después del postre a mí me daban unas ganas desesperantes de conversarle! Entonces hablaba solo o llamaba a algún amigo, y le contaba mis anécdotas del día y lo que tenía planeado para el siguiente. 
Cuando me ponía pijama yo siempre pensaba en ella, quizá por eso nunca me ponía el de color café (mi mujer simplemente lo odiaba). En la televisión encontraba invariablemente una película. A veces me entretenía viendo unos films de acción pero me decía a mi mismo “¿Qué te diría Laura si estuviera aquí?”. Entonces, comprensivo, cambiaba el canal y dejaba alguna película romántica o  un programa de esos que te ríes de lo poco graciosos que son, pero que a ella le gustan tanto. Cuando mis ojos comenzaban a resbalar de sueño, ponía su canal preferido. “Así cuando llegue va a estar contenta”. Le acomodaba bien su almohada, doblaba las frazadas, encendía la lamparita de su velador y le dejaba un vaso grande de agua.
En la mañana yo despertaba y ansioso me volteaba para saludarla, pero ella ya no estaba. La televisión en el canal de deportes ¡Qué bien! Entonces me duchaba y me iba a la terraza a leer el diario. En eso aparecía ella…radiante, con un café cargado y una que otra vez con un pastelito acompañante. Ella entendía que yo debía leer las noticias, por eso se retiraba discretamente, esperando que a media mañana me dieran ganas de conversarle y le fuera a guiñar el ojo por la ventana.

Piera Pallavicini Jiménez

sábado, 27 de agosto de 2011

Karma - Marcelo Parra


Sueña con matar lentamente en una mañana tranquila. Con parsimonia ordenar los instrumentos de tortura, clasificarlos según su uso y oportunidad. Con ojo experto inspeccionar el territorio. Todo cuenta: el viento, la temperatura, la hora del ataque. Y el mayor placer: elegir cuidadosamente a su víctima, (aunque nunca se sabe, puede haber sorpresas). En ese paraíso ensoñado, estudiar con paciencia las costumbres, las recorridos, las rutinas de sus presas. Lo cautiva su pasividad, el engaño inesperado. Sueña con alcanzar esa serenidad tan ausente aquí. Tender la trampa, apoderarse del trofeo, someterlo a su voluntad suprema; si, en calma, respirando lentamente, de buen humor. No como ahora, cuando es tan oscuro el calabozo, cuando los guardias vienen por él para llevarlo a la horca. El verdugo silba, espera paciente. La cuerda, sin misericordia, lo atrapa, lo sofoca, el tirón lo levanta brutalmente fuera de la vida. Su última visión queda fijada en esa tranquila mañana de pesca.

jueves, 25 de agosto de 2011

Condimento para pizzas - Marisa Dittler


Hoy tiré a la basura ese condimento para pizza que me diste, no porque te haya olvidado, sólo porque se rompió el frasco y había olor a mierda.
Mierda… me quedo pensando.
A la mierda… sigo pensando, mientras tengo cuidado de no cortarme con los pedacitos de vidrio que se meten hasta debajo de la heladera, pero ahí ni pienso limpiar.
Hasta que me mude no limpio, ni ahí, ni debajo de la mesa de luz, ni las ventanas del lado de afuera, ni arriba del botiquín del baño… no limpio una mierda. Mierda! En eso estaba. Guardé un frasco con condimentos que nunca usé, ni siquiera cuando estábamos juntos.
“Por qué no te metés el frasco en el orto, que te cocine tu vieja” pensé. Todo esto mientras te decía con cara de feliz cumpleaños “gracias, amor”.
Nunca lo usé la verdad, y me importa un pedo usar condimentos.
Con la sal me alcanza y me sobra.
Guardé el frasco durante… no sé cuántos años. Estaba ahí, en la mesada, perdido entre las ollas y sartenes, entre el aceite y eso que se usa para cortar con formitas a la zanahoria y al huevo que ni sé cómo se llama.
Barrer todo a la puta madre, vidrios y ese maldito condimento con olor a mierda.
Mierda… si, es una mierda. Tenerte en mi cabeza todavía y no saber por qué. ¿Por qué? Si lo único que me quedó de vos es este frasco, que ya ni es frasco. Ahora es un montón de pedazos que lastiman si los toco.
Por eso no los toco. Junto con la escoba y lo tiro a la mierda.
A vos te tiro a la mierda.
Hoy te tiro a la mierda.
¿Por qué el frasco no se partió en mil partes antes? Hubiese sido más fácil.

Tomado del blog: http://porsuerteorebeldia.blogspot.com/

Las delicias de la causalidad – Sergio Gaut vel Hartman


Iba caminando por la calle Florida y tropecé con uno que pedía limosna. Metí la mano en el bolsillo y encontré ciento veinticinco pesos. Se los di.
—Gracias —dijo el ciego—. Pero ¿no es demasiado?
—Es dinero falso —respondí. En la base nos enseñaron a ser sinceros.
—Bueno —dijo entonces el ciego—, yo no soy ciego, en rigor a la verdad. Esto es una pantalla para encubrir las actividades que realizo.
—Yo ni siquiera soy humano —repliqué—. Pero al reclutarnos para esta invasión nos dijeron que nos comportáramos educadamente y que diéramos limosna, si nos pedían.
—¡Yo también soy un invasor extraterrestre! —dijo el ciego, entusiasmado por la coincidencia.
—¿Sí? ¿De dónde?
—Del cuarto mundo de Tau Ceti. ¿Usted?
—Del tercer mundo de Tau Ceti.
—Pero mire qué casualidad. Somos vecinos y nunca nos vimos.
—Es que yo soy muy reacio a ir a las reuniones de consorcio del sistema.
—A mí me pasa lo mismo.

El espejo nunca fue afecto a las mentiras – José Luis Vasconcelos


Estás ahí, fumando. Enciendes una cerilla, tu rostro se ilumina. Mientras la llama acaricia un poco la soledad del cuarto, acaricias resignadamente tu rostro, antes tan suave y donde la vida tatúa a cada instante una nueva línea de expresión.
Recuerdas tu cintura de avispa, tus pechos pequeños que vigorosamente empujaban al viento y las manos de él sobre tus nalgas, apretándolas.
Sabes que el espejo nunca fue afecto a las mentiras.
Estás cierta que las sombras no tienen nada que ocultar y muerdes tus labios porque la vida se deshace de ti. La cerilla se apaga, quema las yemas de tus dedos.
Estás sola, los años ya no danzan para ti. Tienes cólicos, quizás los últimos; haces una mueca de asco, de fastidio y sabes que él llegará a la media noche, con su aliento de alcohólico y frotará su triste miembro sobre uno de tus glúteos y después dormirá con la bocaza abierta... la muerte ronca a tu lado.
Y a todo esto, piensas, de qué sirvió ser la reina de la prepa. Y el vestido de boda tan caro. Y la envidia de tus amigas cuando te vieron del brazo de este maldito calvo que supura rencores y que encima golpea de vez en cuando a tus hijos, tan parecidos a él.
Aplastas el cigarro sobre el cenicero, igual que el tiempo lo hace contigo.
Cuál es la diferencia...

martes, 23 de agosto de 2011

Juego de cabezas - Gabriela Colombo


Los primeros meses descansé en un canasto de mimbre que crujía al menor movimiento. Desde aquel podio blanco, apoyado sobre patas de hierro y repleto de moños de seda, me exhibían todos los días. Habían organizado un entretenimiento en el que participaban cientos de cabezas. Los contendientes surgían sorpresivamente por encima de las paredes de mimbre para observarme y, en cuanto detectaban que estaba alerta, se daba inicio al show el que, dependiendo del caso, podía ser musical o silencioso. La consigna consistía en hacer muecas, cantar, hablar, mecerme o reír; los ganadores serían aquellos que obtuvieran cualquiera de mis siguientes señales: una sonrisa —aunque sólo fuese un esbozo de ella— o la calma de mi llanto. Con suerte, si el jurado lo permitía, me sacaban a pasear un rato.
De niño adoraba ser el centro de atención y mantuve esa costumbre hasta mis últimos días.
Dejé de ser un ciudadano común, curiosamente, un año en el que me interesé por algunas cuestiones que surgían de la multiplicación de números pares: bailaba el 2x4 como ninguno, descansaba en una 2x2 y manejaba una 4x4. Ese mismo año, cumplí los cuarenta y con un poco de suerte, contactos y carisma me convertí en líder de una sociedad. Por una década mi nombre estuvo en boca de todos y con un solo chasquido de dedos logré que muchos de mis sueños se hicieran realidad.
No quedó nada pendiente en el tintero de mi vida, disfruté del poder y de los más variados placeres. A veces, hasta resulta gracioso e irónico pensar que un tipo, simple como yo, se fuera a eternizar en enciclopedias y libros de historia.
Hoy es un día agitado menos para los que me rodean; es mi último día. A mi alrededor hay un gran despliegue de seguridad. Parece que un nuevo show está por comenzar. Por lo menos el escenario está montado. Yo permanezco inmóvil y atento.
De repente las cabezas comienzan a surgir y me miran curiosas; hay un grupo, el de las más jóvenes y tensas, que aparecen con ojos grandes, hacen alguna mueca o ríen y se marchan. Están también las melodramáticas que gritan, me sacuden y lloran aunque la mayoría son cabezas pasivas que muy serias se asoman y sin mover ningún músculo facial se retiran. Hay cabezas que lucen grandes anteojos negros, otras se esconden detrás de cámaras fotográficas, hay un par que son de televisión. Son cientos y el desfile parece de nunca a acabar. Muchas de ellas ni las conozco. El juego me divierte tanto como en mi infancia, aunque no comprendo bien cuál es el objetivo porque no me puedo mover y tampoco veo ningún jurado.
Sigo mirando la pared brillante de caoba que me rodea a la espera de que algún demorado se acerque y haga algo interesante… Hace un rato que no se asoma nadie. Todo terminó. Me aburro y pienso en lo que está por llegar. Las voces se alejan, juego a calificar los tipos de cabezas en función a los sonidos que se escuchan. La última cabeza me mira y cierra la caja. No viene nadie más, sé perfectamente lo que sigue…Es la hora.
Allá voy: un pestañeo de oscuridad, miles de cabezas y voces girando en un ruidoso tubo de colores. Mis células reciben el impacto de infinidad de memorias y sensaciones. Tiemblo y río por las cosquillas que me produce la súbita caída libre, permanezco un instante de eternidad flotando en una leve cama de niebla, hasta que se me tapan los oídos y subo a gran velocidad. Me transformo en una bola sin extremidades; la luz me envuelve para hacer el balance de esta vida.
Grito un ¡Noo! con toda mi alma, el ¡NO! rebota en cada placa de mis dulces memorias y produce un eco que se expande hasta el infinito. No es lo que quiero, pero lo cierto es que estoy volviendo. No hay opción. Seguiré y seguiré volviendo.
Caigo a una velocidad inexplicable que desfigura mi cara y me impide abrir los ojos. Mi piel cansada se despega y me carcome el frío. Un remolino cargado de gente y situaciones, que opté por ignorar, deliberadamente se despliega frente a mi cara. Siento el hambre, la desolación, la pena y la injusticia circular por mis venas. Soy succionado con fuerza y cuando el tubo se esfuma vuelvo a sentir la calma. En esa paz recapacito, descanso.
Me quedo flotando por un tiempo en aguas serenas. Una tarde, abro los ojos y decido salir a verlos: son unas siete cabezas con gorros y barbijos. Aparecen por encima de una pared de acrílico transparente; peso un kilo cien, a mis pies hay un cartel con un moño rosa que dice “Manuela”.
Una sola cabeza permanece siempre a mi lado, lleva el gorro más bonito, sus ojos destellan ternura, una de sus manos acaricia mi cuerpo y la otra juega con mis pies.
Cierro los ojos. Estoy juntando energía. Finalmente decido tomar partido en ésta, mi nueva vida.

Gabriela Colombo

Antes de morir - Rafael Blanco Vázquez


Yo estaba muy borracho.
Me echaron del bar a patadas.
Me quedé dormido en el suelo, hecho un despojo, con la cara llena de sangre.
Una mujer que pasaba por allí me reanimó. Me dijo:
—No puedo con usted, pesa usted mucho. Haga un esfuerzo por levantarse y vayamos a mi casa.
Una vez allí, sin perder un segundo, me preparó un baño de agua caliente. Me desnudó. Me avergonzó oler tan mal, pero ella actuó como si nada. Me enjabonó de la cabeza a los pies. Nunca una mujer me había tocado así, sin ningún reparo. Era maravillosa. Me lavó los huevos como si me lavara los brazos, pero sabiendo que eran los huevos. Me vomité encima. Sin hacer la menor mueca, me limpió los vómitos y me dijo:
—No se preocupe. Son cosas que pasan.
Lloré. Lloré como nunca había llorado. Lágrimas como berenjenas. Ella se puso a cantar:

Ay, agua del canto
Se escapa por las grietas de mi quebranto
Yo miro por ellas
La lumbre de los rayos y las centellas

—Eso es de Juan Perro —alcancé a decir.
—Así es.
Cuando empecé a sentirme mejor, me ayudó a salir de la bañera. Me secó, me peinó, me perfumó, me vistió con ropa de hombre. Se me puso cara de ganador. Me entraron hasta ganas de fumarme un puro.
Fuimos a la cocina, tomamos café sin hablar, me ofreció cigarrillos que acepté, le ofrecí sonrisas que aceptó. Lamenté decirle:
—Tengo mucho sueño. Necesito dormir.
Se levantó de su silla y me llevó a la cama. Me arropó, me cantó:

Duerme zagal
No tengas miedo del frío
Con las ramitas del campo baldío
Encenderé un hogar

No llores más
Que los demonios se han ido
Pero quizá volverán si haces ruido
Y nos encontrarán

Eso también era de Juan Perro.


Acerca del autor: 

Volver - Ana Vidal


Abro los ojos al despertar, estoy en una estancia amplia, blanca y luminosa, tumbada en una cama pero no me duele nada. Debo estar muerta -pienso- tengo un vago recuerdo de una punzada en el estómago, de dolores de cabeza y piernas cansadas, pero en mi chequeo nada de eso aparece.
Muerta ¿y ahora qué? -me pregunto. Entra alguien en la estancia, una mujer agradable de pelo descolorido que me sonríe y se acerca a mí, me acaricia la cabeza sin decir nada y le pregunto ¿dónde estoy? ¿qué ha pasado?. Ella me mira con preocupación y cuando me contesta no entiendo nada, habla muy raro. Se va y vuelve con más gente que me habla, un chico joven, tampoco le entiendo, ni al hombre mayor que también trata de decir algo. Yo les sigo preguntando pero todos hablan entre sí y parece que no me entienden. Me hacen señas pero me cansa esta situación, me falta el aire.
La siguiente vez que abro los ojos hay una mujer a mi lado, su pelo es luz y habla muy pausadamente, pero no la entiendo y niego con la cabeza, me habla otra vez, parece que lo hace diferente pero con el mismo resultado. No entiendo nada -le digo gesticulando, entonces veo brillar sus ojos. Se va y vuelve con algo que coloca en mis oídos, y de ahí salen sonidos familiares, parece una conversación pero algo me impide comprender, falta algo y no sé qué es. Miro suplicante a la mujer de luz, asiento, porque entiendo que hemos avanzado y con la mano me tranquiliza.
Día a día voy cogiendo fuerzas, aunque aún me canso mucho y a veces me falta el aire y me desmayo ¿quién me está cuidando y por qué? ¿quién soy? ¿dónde estoy?
Días después trato de caminar, mis piernas no van muy bien, también noto que les falta aire. Y lo que siento es que en el agua me siento bien, cuando me lavan y cae agua sobre mi, me siento en paz y me dan igual todas las preguntas que se agolpan en mi cabeza.
Cuando ya estoy mejor, vuelve la mujer de luz y me lleva con ella en un vehículo. De pronto noto un olor familiar y debe ser que ella sabe porque me mira mucho y sonríe. Por fin para, y lo que veo me dan ganas de correr, aunque no puedo.
Estoy en casa, camino, camino, camino, nado, nado, respiro por fin y mi cuerpo pálido y cansado se llena de escamas.

domingo, 21 de agosto de 2011

Bootstrap, una leyenda - Christian Lisboa


Cada vez que tiraba del cordón de uno de sus zapatos, Felipe se elevaba veinte centímetros. Los primeros tirones sólo le llevaron sobre los arbustos del jardín, pero de pronto se encontró frente a frente con el gavilán que acechaba a los pollos desde la rama más alta del cedro. Entonces se asustó. Miró hacia abajo, y ya estaba a unos cinco metros sobre el techo de su casa. Imaginó a su madre buscándolo, yendo de una a otra habitación con el cuaderno en la mano, diciendo: “¿Hiciste tus deberes?”. Y no pudo dejar de reír con esa idea, que le hizo olvidar el miedo. Se dio cuenta de que podía controlar la dirección del ascenso tirando más o menos del cordón izquierdo o el derecho, y esto le dio algo de seguridad. Estuvo practicando en ello hasta que de pronto se vio envuelto en una neblina espesa que no le permitía ver. Sólo cuando estuvo sobre ella comprendió que se trataba de una nube. Las montañas eran como islas en un mar de nubes, y Felipe seguía subiendo. Le costaba respirar, y tenía mucho frío. Más frío que aquella vez que nevó sobre su casa, mucho más. Y continuaba, más y más arriba. Aunque dejaba de tirar de los cordones, no paraba de ascender, un niño solitario en un cielo cada vez más oscuro, con un fondo de estrellas más brillantes que todas las luces de la ciudad. No supo cuántas horas o días estuvo viajando de esa forma, hasta que comenzó a acercarse a una luz blanca muy potente, como un gran farol. El gran círculo blanco crecía y llenaba todo el espacio, y de pronto sintió que caía velozmente hacia otra tierra, rodeado de colinas oscuras de bordes puntiagudos. Comprendió que debía tirar de sus cordones con fuerza para disminuir la velocidad de la caída, y es así como Felipe llegó a la superficie de la luna, en el centro del Mar de la Tranquilidad. Y allí lo encontró David Scott, por lo que propuso cambiar el nombre del lugar a “Mar de Felipe”. Pero esa es otra historia.


Acerca del autor:
Christian Lisboa

Mirando el cielo - Guillermo Rossini


En la oficina las cosas estaban tranquilas. Ya había pasado la hora de la locura y tenía tiempo para relajarse, tomar café y descansar de las corridas bancarias. Prendió la computadora y leyó rápidamente las últimas noticias: accidente aéreo, choques, nuevo ministro de Salud, horarios de los partidos del fin de semana. Un recuadro, con un mapa, indicaba en su título que era la última versión del EarthMap, un mapa virtual tomado desde los satélites que circunvalaban el planeta. Entró en el link y empezó a buscar direcciones conocidas: la casa de sus padres, su colegio secundario, el club de sus amores... Todo se veía con una nitidez asombrosa. Llevó el zoom hasta el límite y, por ejemplo, en la casa paterna pudo ver hasta las cortinas de la habitación que había sido su cuarto. Su madre las había conservado y todavía se veían allí puestas. Miró la fecha en el ángulo inferior izquierdo del mapa y era la de hacía dos meses. Se quedó pensando un momento, mirando fijo el monitor y escribió en el campo de “búsqueda” la dirección de la casa donde había vivido hacía un tiempo. Acercó la imagen. La casa no había cambiado en nada: se veía el jardín con sus árboles y flores tal cual la recordaba. Se recordó a sí mismo cortando el césped, jugando con Reina, la perra de la familia o lavando el auto en una tarde de verano. No había nostalgia. Simplemente recuerdos de otra etapa de su vida. Antes de cerrar el programa, fijó la vista en una mancha que aparecía sobre la parte delantera de la casa, en el jardín. Trató de acercar más la imagen, pero no pudo.
Después de un tiempo volvió a entrar en el mapa y a buscar su ex casa. Esa mancha le había quedado dando vueltas en la cabeza.
Ahora, la mancha tenía forma humana. Masculina. Estaba acostada en el pasto, mirando hacia arriba.

El jardín estaba impecable. Terminó de recortar las malezas con una tijera especial y estudió el resultado con el detenimiento propio de un cirujano que acaba de realizar una cirugía plástica. Satisfecho, enrolló el cable de la podadora y guardó los elementos de jardinería en la bolsa correspondiente. Su mujer apareció en el porche con un vaso de agua en una mano y una pastilla en la otra.
–Es la hora, Juan-. La mujer se acercó y le puso la píldora en la boca. Juan tragó el remedio con un largo sorbo de agua y le devolvió el vaso. Ella entró en la casa y él miró el cielo; el sol estaba muy fuerte. Caminó dos pasos y se desplomó. Apenas pudo girar sobre sí mismo y quedar mirando las nubes; un extraño sopor lo invadió. Mientras cerraba los ojos, creyó ver un destello plateado allá arriba, entre los cúmulos.
Soñó que estaba frente a un monitor de computadora, mirando un mapa de su propia casa, y se veía a sí mismo recostado en el pasto, mirando el cielo.

Pensando - Rafael Blanco Vázquez


—Pienso que de Cronenberg mi preferida es “La zona muerta”, de Peckinpah “La huida” y de Coppola “El padrino” (1 y 2). A veces las películas digamos menos personales son las mejores.
—Pienso que, en cada caso, a la que tú dices yo le añado una de las digamos más personales: “Crash” (Cronenberg), “Quiero la cabeza de Alfredo García” (Peckinpah) y “Apocalypse Now” (Coppola). Se trata, pienso, de una dicotomía interesante.
—Pues yo el otro día pensé algo y luego se me olvidó.
—Yo pienso que me voy a pedir un zumo de naranja natural.
—Y yo, porque pienso que me hace falta una buena dosis de vitamina C.
—¿No pensáis vosotros que Stephen King ha tenido pero que mucha suerte con sus adaptaciones cinematográficas?
—Yo no.
—Yo sí. Me encantan “Carrie” de Brian De Palma, “Christine, el coche asesino” de John Carpenter, “Cujo” y “Los ojos del gato” de Lewis Teague, la mencionada “La zona muerta”.
—¿Y qué me dices de “El resplandor” de Stanley Kubrick?
—No me gusta.
—Pues a mí sí.
—Pues a mí no.
—Pues a mí sí.
—Cuando digo que Stephen King ha tenido suerte es porque pienso que todas son las mejores de las estupendas filmografías de sus directores respectivos.
—Un aplauso para él y otro para ti.
—¿Y para ellos qué?
—¿Lewis Teague tiene una estupenda filmografía?
—Lewis Teague no.
—¿Entonces?
—Pero sólo tiene dos pelis buenas, las citadas.
—Chúpate ésa que viene tiesa.
—Las cosas como son, ahí te ha dado para el pelo.
—Pues a mí sigue sin gustarme “El resplandor”. Claro que a mí tampoco me gusta el fútbol.
—Pues yo pienso que me voy a ir a mi casa a hacerme unas patatas fritas con huevo.
—Tú ya te estás callando.
—Está bien. ¿Puedo pensar que vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero que muero porque no muero?
—Eso sí.
—Yo lo que pienso es que lo que tenéis que hacer es leer a Stephen King. Tanto hablar tanto hablar sobre sus adaptaciones.
—Uy qué pereza, pienso.
—Pues yo pienso que me encantan las palabras abedul y albiñoca.
—¿Alguien de aquí piensa que en Madrid no hay playa?
—Yo no.
—Pues yo sí.
—Yo pienso que de aquí a diez minutos todos los presentes me vais a comer a mí tol pijote. Y los huevos, además.
—Estaba yo pensando.
—A ver.
—Quien piense que yo he leído a Schopenhauer que levante la mano. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, ya me he perdido.
—Pienso que lo mejor será que hagas la pregunta al revés.
—Tienes razón. Quien piense que yo no he leído a Schopenhauer que levante la mano. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, oye, ¿tú no levantaste la mano antes?
—Así no vale.
—Es que este tío es un tramposo. Qué coraje me da, joer.
—Más coraje me da a mí la palabra pileta.
—Es fea de cojones.
—Yo pienso que por las razones que sea Robert Bierman dirigió una película maravillosa, “Besos de vampiro”, y luego nunca más se supo. Y que algo parecido le pasó a Joseph Minion, guionista de “Besos de vampiro” y de “¡Jo, qué noche!”
—Pues yo pienso que “¡Jo, qué noche!” la dirigió Scorsese.
—Pues yo pienso que no.
—No os peleéis, chicos, lo consulto en Internet. Sí, la dirigió Scorsese.
—Pues yo sigo pensando que no.
—Y Robert Bierman ha dirigido tres películas más.
—No se ha enterado ni él.
—¿Cómo no se va a enterar? A veces tienes unas cosas.
—¿Por qué es tan pobre la filmografía de Robert Harmon, director de la increíble “Carretera al infierno”? ¿La habéis visto?
—No.
—¿No habéis visto “Carretera al infierno”?
—No.
—¿No habéis visto “Carretera al infierno”?
—No.
—Yo sí.
—Qué sé yo, tronco, a lo mejor Robert Harmon, Robert Bierman y Joseph Minion no tenían nada más que decir. Robert Mitchum sólo dirigió una película.
—Y mi madre sólo tuvo un hijo.
—Qué manía con la cantidad.
—Es que la tengo pequeña.
—Que si hay que hacer carrera, que si el síndrome del escritor bartleby.
—Es que la tengo pequeña.
—La maldita diosa cantidad.
—Es que la tengo pequeña.
—¿Cómo de pequeña?
—Como la de mi hermana.
—Pobre.
—Sí, mi pene es un clítoris atrofiado.
—Qué marrón, tron.
—Pienso que tampoco es tan grave.
—Más grave me parece a mí lo de la palabra nosotros.
—¿Qué le pasa a la palabra nosotros?
—Que me parece horrorosa.
—No sé, a lo mejor es que nosotros la utilizamos mal.
—Chicos, ¿os habéis enterado de lo de Martín?
—No.
—Que una editorial le quiere publicar sus “Pensamientos”.
—Pues vaya una cosa. Así cualquiera. Es como si alguien publicase mis “Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones”.
—Y no sabéis lo mejor.
—No.
—Que se lo está pensando.


Acerca del autor:
Rafael Blanco Vázquez

sábado, 20 de agosto de 2011

¿Son necesarias las religiones? – Héctor Ranea


—¿Me pregunta justo a mí eso? —le dije a la encuestadora.
—Para eso me pagan, señor —me respondió casi riendo.
—¿Si son necesarias las religiones? —me quedé pensativo. Ella me registraba como un analista.
—Mire. Por culpa de las religiones estoy casi acabado —le contesté—. Así que útiles, lo que se dice útiles… para mí, todo lo contrario. Todo empezó con esas promesas que uno hace a los santos o la virgen de que si me podía encamar con Adelma, visitaría todas las islas del mundo. Y encima, lo logré. ¿Se da cuenta?— La mujer me miraba absorta: había dicho algo que la tildó—. Me pude acostar con ella, así que empecé a visitar todas las islas, de mayor a menor. Años estuve. ¡Años! Y todo por la existencia de la religión, mecachendié. Usted dirá que es una superstición, pero vaya a contar en el rincón de los amigos que no fue capaz de cumplir una promesa… ¡Vaya!
—Me parece que exagera señor —dijo la muchacha y amagó con irse.
—No se vaya —le pedí—. Le cuento.
Ella dejó sus cosas y se sentó a desgano, haciendo rebotar el resorte de su columna.
—Al principio visité Australia, Groenlandia… después empecé con cada vez más chicas. ¿Sabe cuántas hay? ¡Miles, centenares de miles! Pero después de ver esta que le contaré hasta usted dejaría de hacer esas muecas que hace y se acojonaría. Porque no es como ir a las Galápagos, donde uno puede compartir unos tragos y sonrisas con turistas de muy buen espíritu, dispuestas a compartir. No. Esa isla era tenebrosa. No figuraba en el mapa que me dieron los del Departamento de Promesas Religiosas Poco Comunes y el cartel estaba roto o ilegible. No había nadie en la isla. Así que me bajé del barquito, lo amarré y me fui a una casita vacía. Ahí lo encontré. ¡Qué julepe me di, oiga! Era más feo que pegarle a la madre, le digo. ¡Qué bicho de porquería! Y encima, faldero. No me lo podía sacar de encima. Cada vez que escupía, le salía una llama por las fauces (que olían a seis cementerios hacinados y a cielo abierto) y si tosía para qué decirlo. No se me despegaba. Peor que un gato viudo.
La chica reía. Seguí:
—No se ría. No sabe lo que fue dormir ahí. De hecho, tuve que hacerlo porque no podía navegar de noche por esos lugares. El coso ese no se quería ir. Al fin lo eché, pero fue peor, porque lloraba como si con la cola le estuvieran haciendo salchichas en vivo. Tremendo el ulular, vea. Y cuando entró en la cama me pinchó todo. Harto, me puse a hacer solitarios con un mazo de tarot que me trajo pésima suerte, hasta que se durmió. A la mañana me fui. Cuando llegué a una isla civilizada, entre martinis, margaritas, caipirinhas y rones conté lo sucedido. Un viejo tuerto me señaló su ojo baldío: “Él me hizo esto. Tuvo usted suerte, después de todo.” Me dejó sin palabras el tuerto. Al final me dijo: “Usted acaba de visitar la Isla del dragón de Incomodo.”
—¡Usted es un tarado! —Me espetó la virginal encuestadora—. ¿Para esto me hizo perder tiempo? —se levantó furiosa refunfuñando vaya uno a saber cuántas cosas sobre mi madre, mi padre… en fin. Lo de siempre, cada vez que cuento esto. ¿Pero será posible que nadie me crea? En eso estaba cuando la chica de la encuesta volvió para pegarme una bofetada estruendosa.
—¡Encima mi madre se llama Adelma, así que usted debe ser mi padre! ¡Mi padre es un tarado! —gritó con conmovedora angustia, como si con sus entrañas alguien estuviera haciendo estofado.

viernes, 19 de agosto de 2011

Un hombre libre - Pedro M. Alonso Da Silva


El prisionero número 65044 fue sacado a culatazos del barracón por dos soldados, para ser llevado en presencia del comandante del campo. Cruzaron el patio por el que deambulaban decenas de cuerpos sin alma, enfundados en mugrientas bandas claroscuras, hasta llegar a las dependencias del oficial. Los soldados cerraron la puerta del despacho al salir, dejándolos a solas.
–¿Sabes por qué te he mandado llamar?
–No, señor–. Respondió el prisionero con una sonrisa relajada en sus labios.
–Vengo observándote desde hace semanas…– dijo mientras tamborileaba con sus dedos sobre la funda de cuero de unos prismáticos. –…y hay algo que no alcanzo a comprender.
El oficial se levantó de su escritorio y se situó frente a su interlocutor que permanecía de pie. El prisionero le mantuvo la mirada sin ningún atisbo de tensión en sus facciones.
–¿De qué se trata, señ…? –un puño enguantado se estrelló contra su boca, derribándole al suelo.
–Se trata de esa puta sonrisa judía con la que desafías a mis hombres a diario–. Se aproximó a la ventana desde la que acostumbraba a observar el patio. – ¡Mírales! Ellos no sonríen. ¿Es que acaso trabajas menos que ellos? ¿Tu ración de comida es mayor? ¿Es más cómoda tu litera?
–No, señor… –Hizo una pausa para limpiarse con la manga ennegrecida de la chaqueta, la sangre que le brotaba de los labios.– …me obligan a trabajar doce horas al día, a comer dos raciones de sopa aguada y a compartir las tablas de mi litera con otros quince compañeros de barracón… –El oficial alemán, sin dejar de mirar por la ventana, estiró su mano derecha hasta la funda donde portaba una Luger semiautomática. –…me han separado de mi familia, me han robado todos mis bienes, me maltratan y me humillan a cada momento, han acotado con alambradas el espacio por el que puedo moverme... –Al soltar el seguro, la pistola emitió un leve chasquido metálico. –…mi propia vida está en sus manos. Y aún así sonrío, porque mientras siga consciente, soy libre de decidir de qué forma me afectan las experiencias que vivo. Eso, por más que lo intenten, señor, nadie me lo puede arrebatar.
El eco del disparo se propagó por todo el campo de concentración. El comandante observó la pistola que empuñaba y se cuestionó acerca de su grado de libertad. Trató de convencerse de que las palabras de aquel judío no le habían afectado en absoluto.

Onírica vigilia - Fernando Puga


Siempre creí que uno soñaba alternativas. Cosas que no suceden en la vida real, concreción de fantasías imposibles de realizar, experiencias que sirven para descongestionar el inconsciente. Pero de un tiempo a esta parte algo extraño me sucede. Sueño con lo que me pasa. No es que sueñe con algo y luego ocurra en la realidad, como una premonición o algo así. No. Lo que sueño es nada más que lo que acontece diariamente. A ver si me explico: me levanto temprano, desayuno, saco el auto, voy a la oficina, hago mis tareas laborales, paro para almorzar, continúo con lo que tengo que hacer, cuando llega la hora salgo del trabajo, vuelvo a casa, me acomodo, ceno en familia, miro algo en la televisión, me acuesto con mi esposa y me duermo. Inmediatamente empieza el sueño: me levanto temprano, desayuno, saco el auto, voy a la oficina, hago mis tareas laborales, paro para almorzar, continúo con lo que tengo que hacer, cuando llega la hora salgo del trabajo, vuelvo a casa, me acomodo, ceno en familia, miro algo de televisión, me acuesto con mi esposa y me duermo.
¿Se dan cuenta? Exactamente igual. Y no sólo en líneas generales, sino cada detalle. No quiero abrumarlos, pero es que no me lo creo. Si estuve a punto de chocar, lo mismo sucede en el sueño; si tuve alguna pelea por más insignificante que haya sido, vuelve a repetirse tal cual en el sueño. ¿No les parece anormal? La noche en la que hacemos el amor, lo mismo vuelve a suceder en el sueño, con la misma intensidad, con el mismo placer, con la misma premura o con la misma indiferencia, según la ocasión.
Estoy preocupado. ¿Es que no tengo fantasías? ¿Cuándo se terminaron y por qué? ¿Lo que me está pasando significa que estoy pleno o por el contrario que estoy completamente vacío?
Sé que a muchos les sucede, y a mí también en otros tiempos, que al despertar no recuerdan nada de lo que han soñado. No es raro, incluso se puede decir que es lo más habitual. Yo hace tiempo que no tengo una noche así. Mi vida se duplica cotidianamente. Primero a la luz del día, después a la luz de la noche.
Últimamente he notado que no distingo una cosa de la otra. Ahora mismo, ¿duermo o estoy despierto? Acá, en esta cama de hospital, ¿estoy muriendo o me recupero por segunda vez luego de haber vaciado el frasco?

Obstrucción - Marcelo Parra


Alberto estaciona el auto frente al Banco Provincia. Milagro encontrar lugar a esta hora, tres menos diez. Apurado sonríe al comprobar que sólo tiene que cruzar Independencia y listo. Baja mirando primero el reloj y luego, indiferente, a la florista sentada como siempre en el banquito. Espera la luz verde y camina. Mejor dicho, su mente lo proyecta hacia delante con normalidad, pero al cabo de un segundo descubre que está parado en el mismo sitio. Pensando vagamente en distracciones y estrés, vuelve a intentarlo. Ahora sí, vamos, se dice. Pero no, todavía seguimos aquí, en la misma baldosa. Advierte que no ha podido avanzar pese a querer hacerlo. Va por un tercer intento pero ahora la luz roja se lo impide. Nervioso, prende un cigarrillo mientras mira de reojo a la florista. Siente que la vieja chusma lo ha observado y que, por algún motivo, tiene que justificar su presencia allí, de modo que saca un peine del bolsillo y la mira con sonrisa social. Luz verde. A su lado un hombre comienza a caminar, pero él no, está clavado al piso. Preocupado, retrocede hasta la puerta de la farmacia, se pasa la mano por el pelo, gira y arremete con decisión hacia la avenida, pero de pronto al llegar al cordón, efectúa una brusca curva de noventa grados, para terminar parado frente a la florista, que lo mira con ojos vacíos. Tembloroso, alcanza a murmurar: Una docena de gladiolos, por favor. Toma las flores al tiempo que encara en ángulo algo abierto hacia la esquina pero, al asomarse al pavimento, su impulso se detiene como si una nube de algodón lo retuviera. Qué pasa, se dice, mientras lo imposible penetra lentamente en su conciencia. Se queda parado ahí, mira absorto la avenida sin saber qué hacer, cuando ve a Gloria, la muchacha del kiosco frente a su oficina. Presiente que es su oportunidad, así que ofreciéndole los gladiolos, le dice:
-Buen día, Gloria, ¿podría darme la mano para cruzar?, digo, si no es molestia.
-Cómo no, Alberto –se sonroja la mujer.
Tomada de la mano, la inesperada pareja inicia la marcha. Gloria siente que está arrastrando un peso muerto, ya que el hombre no se ha movido de su lugar.
-Vamos, Alberto, ¿qué pasa?
-No sé, no puedo.
-No me diga que le da miedo tontito -dice ella zalamera-. Venga conmigo.
Tira del brazo pero no logra mover al tipo que está plantado en su sitio. Lo toma con energía. Planta un pie contra el cordón y se abalanza hacia atrás de golpe, sólo para resbalar y caer despatarrada sobre la acera, mientras un ciclista le arroja un silbidito entre las piernas. Enojada, se recompone, le tira los gladiolos por la cabeza y se marcha mascullando maldiciones. Un atónito Alberto la observa sin abrir la boca. Ahora, furioso, se para en el cordón dando patadas y golpes a un imaginario rival que no lo deja avanzar.
-¿Por qué no me dejás cruzar la calle, hijo de puta? Dejame, cabrón de mierda y la puta que te parió!
Se acerca un policía con calma pero con una mano en el arma le pregunta:
-Eh, ¿qué pasa, jefe?
-Es que este desgraciado no me deja ir al banco.
-¿Quién, señor? Yo no veo a nadie.
-Yo tampoco, eso es lo peor.
-Caballero, haga el favor de circular.
-¿Ah, sí? ¿Qué se cree que quiero hacer? ¡No me deja! Mire.

Alberto repite sus vanos esfuerzos por cruzar Independencia. Lo único que el agente ve es a un desquiciado de pie frente a la calle que no hace nada pero sufre terriblemente. El policía lo mira cada vez con más desconfianza, al fin se acerca por detrás.
-Mira, gil, si te seguís haciendo el pelotudo te llevo preso.
-¿Pero no ve que no me deja?
Mirando al cana que a su espalda lo juna feo, da un paso, dos, tres por la avenida.
Sorprendido grita:
-¡Ah!, ahora me dejás, conchu...
La frase la interrumpe un colectivo que, prolijamente, lo aplasta. El policía habla por la radio:
-Atención central, tengo un suicidio: masculino, mediana edad. Necesito una ambulancia. Sin apuro.
La florista mira la escena con una sonrisita, se agacha junto al cadáver y le susurra:
-Hay ciertas fronteras que no se deben cruzar.
Los gladiolos, nunca más apropiados, sobre el pavimento, junto al cuerpo.

La otra - Isabel María González


Estimados lectores, creo que ha llegado el momento de descubriros mi gran secreto.
Todo empezó un buen día en el que me dirigí al espejo decidida a enfrentarme con mi reflejo definitivamente. Llevaba bastante tiempo esquivándolo, ignorando las llamaditas que me hacía cada día cuando me acercaba a él en las horas del aseo. Yo le conocía bien y sabía que no era un reflejo como los demás, que no le bastaba con informarme objetivamente acerca de mi aspecto físico, del paso del tiempo y de alguna que otra mueca enquistada ya en mis gestos. Este no, este tenía que ser profundo y desalmado, preguntarme de dónde vengo y adónde voy, qué quiero hacer con mi vida y que si voy a conformarme con ésto o con lo otro, etc. Ya me había hecho algo parecido en el pasado, llevándome sus reflexiones a algunas decisiones poco afortunadas, así que ya no era miedo lo que le tenía sino que le había perdido del todo el respeto.
Era un 27 de noviembre y acababa de cumplir 49 años, uno de esos días grises y otoñales por fuera y por dentro. Me coloqué frente a él con chulería y a sus preguntas, respondí que quería dedicarme a escribir, pero que no estaba dispuesta a cambiar mi vida demasiado. No soportaría la fama y la popularidad de mis éxitos, concurso por aquí, certamen por allá, ... Así que esta vez fui yo quién le hizo una propuesta : Yo escribiría tranquilamente lo que me apeteciese, sin normas, ni frases de comienzo establecidas, ni temas, y él se dedicaría a los concursos, las firmas de libros, las presentaciones, los premios...etc.
Y así fue. Han pasado siete meses y las dos escribimos por nuestra cuenta y riesgo. Ella vive en Madrid, yo en Barcelona, ambas hemos llegado a tener entidad propia sin interferencias. Tan sólo de vez en cuando se produce alguna que otra confusión, seguimos compartiendo el nombre. Mi casa es ahora una casa sin espejos.
Os cuento esta breve historia para que sepáis que no era yo la Isabel González que firmaba libros en el stand 107 de la Feria del libro de Madrid de 2010 como escritora seleccionada para la antología de Clara Obligado "Por favor sea breve 2": Era "Ella", “ La Otra”.


Acerca de la autora:
Isabel María González

miércoles, 17 de agosto de 2011

Sincericidio – Sergio Gaut vel Hartman


La mujer entró a la casa sigilosamente, pero cuando encendió la luz vio que el marido estaba sentado a la mesa, delante de un plato vacío y con cara de pocos amigos.
—¿Me demoré un poco, verdad? —dijo ella.
—Bastante —dijo él.
—¿Estás enojado?
—¿Qué te parece?
—Tenés razón; soy una porquería.
—Si vos lo decís… A confesión de partes, relevo de pruebas.
—Me estoy viendo con otro persona, Felipe Agustín; no puedo seguir ocultándotelo. No soy una persona de las que puede sostener una mentira eternamente.
—¿Otro hombre?
—No, una mujer. Me veo con Isabella.
—¿La dominicana? ¿La negra?
—Con ella. Sos repugnantemente racista, ¿sabés?
—Lo sé. Y machista. Aceptaría que me cambies por otro hombre, pero por una mujer…
—Me lo imaginé. Pero tenía que ser sincera con vos…
—Pero eso no es lo peor, guacha de mierda, basura del orto, ¡puta reputa, y la concha de tu madre!
—¿Vas a empezar con los insultos? Yo fui sincera con vos.
—Y yo voy a ser sincero con vos. Tu actitud me jode más de lo que te podés imaginar.
—Lo siento.
—Lo sentís. Laura Inés de la Garza siente en el alma meterle los cuernos a su marido con un sorete negro y feo.
—Sí, lo siento. No me dejaste alternativa. Tiene un límite lo que una mujer puede soportarle a un bruto fascista, ignorante y maltratador.
—Eso incluye que no me hayas dejado la comida preparada, ¿no es cierto?

La cortina de humo - Javier López


Lo primero que llamaba la atención al llegar al paraje eran los peces muertos flotando sobre el río. Millares de peces a los que la falta de oxígeno había convertido en balizas flotantes.
El color del agua delataba la presencia de metales pesados y altamente contaminantes. A lo lejos podía verse el origen del desastre: seis enormes chimeneas arrojaban diariamente a la atmósfera centenares de metros cúbicos de un humo espeso y maloliente.
Y eran los vertidos de esa industria los que habían llegado hasta el río y producían los estragos que yo estaba viendo. La masa vegetal que rodeaba el cauce estaba decolorada. Troncos de árboles muertos se apilaban en los alrededores, pudriéndose junto al resto de la vegetación.
Pero lo que más llamativo resultaba era ver la actitud de aquellas personas, pobladores del lugar infesto.
Los hombres pescaban en las orillas del río, junto a sus canastas, en las que se podían ver bocadillos, bebidas y tabaco. Los niños jugaban alrededor, e incluso algunos se bañaban y se sumergían hasta la cabeza, recogiendo tras cada chapuzón restos de aquella inmundicia. Y las mujeres charlaban mientras vigilaban a los niños. Pero todo parecía estar bien. Ellas tomaban el sol y también alguna se bañaba.
¿Cómo —me pregunté— podía aquella gente estar allí como si no pasara nada, conviviendo con el veneno que fluía mezclado con el agua?
Años después, cuando las autoridades tomaron cartas en el asunto y la noticia se hizo pública a través de los medios de comunicación, pude conocer la respuesta. La planta química había estado tapando sus vertidos bajo una cortina de humo: el humo tóxico de aquellas infernales chimeneas, que había producido en la población una visión alterada de la realidad.

Javier López

Road movie – María Pía Danielsen


Agosto
El mago: ¿Te espera?
Ángel sin alas: No.
El mago: ¿Podemos caminar juntos a la par?
Ángel sin alas: Dale.

Septiembre
El mago: ¿Miras hacia atrás? ¿Te busca?
Ángel sin alas: Me distrajo el ruido del viento entre las hojas. Miraba un olmo. No, no me busca.
El mago: Es tiempo de desechar las hojas marchitas. Mira, tengo un collar de luces para tu cuello, aros de flores, pulseras de caracoles. Te sientan muy bien.

Octubre
El mago: ¿Te hago reír? Debes saber que mi magia está rendida a tus pies.
Ángel sin alas: Sorprendes, asombras y veo estrellas caer a mi paso.
El mago: ¿Es que vas a mirarme alguna vez?
Ángel sin alas: Tienes mis ojos, ya diste vuelta el disfraz.

Tomado de: http://elhuecodetrasdelaspalabras.blogspot.com/

María Pía Danielsen

Las cosas que pasan cuando rechazan a un escritor - Héctor Ranea


Bueno, dijo el escritor en ciernes cuando ella lo rechazó diciendo que lo suyo no podía ser, que lo que él creía de ellos era sólo de él, que fantaseaba, que tenía manías intolerables.
El escritor se fue pateando un tacho de tomates vacío, perdiéndose en el horizonte oscuro de la noche muerta. Como llovía, el tacho se fue llenando con agua y ésta dio lugar al homúnculo que estaba latente en una semilla de jitomate. Éste le espetó al escritor:
—¡Te podés dejar de joderme a patadas, por favor? ¡Acá se sufre, sabés?
El escritor, aturdido por ese vozarrón que salía de una lata supuestamente vacía, se acercó y asomó la nariz por el abollado agujero.
—¿Te parece, patear así a un ser diminuto, indefenso y tierno como yo?
—¿Tierno? ¿No será tuerto?
—No, tontito. Vení que afuera te mojás demasiado.
—No quepo.
—Siempre hay lugar para uno más.
—¿Usted es colectivero?
—Nene. Soy una nena. Vení que te reduzco y pasamos la noche rodando en esta lata.
Dicho y hecho: lo redujo usando la fórmula del increíble hombre menguante y pasaron la noche. Pero el homúnculo era un mentiroso compulsivo.
A la mañana, abandonado y con olor a jitomate podrido, el escritor no sabía si ir a la sala de primeros auxilios del hospital San Rosqueta o escribir esa experiencia. Se decidió por esto último (en el fondo era escritor) y tomar unas pastillas de un nuevo antibiótico por las dudas se infectaran las heridas del filo de la lata.

Comunidades ictícolas - Ada Inés Lerner


Frente a los hechos que son de dominio público la Organización de Delfines de Este Lado emitió el COMUNICADO N° 1:

a) promover la reubicación de nuestros asociados y sus familias en peceras de agua mineral saborizadas.
b) Por ser responsables de la catástrofe los humanoides que nos exterminan para su provecho deberán proveernos de lo necesario para nuestra subsistencia, divertimento, prosperidad y procreación responsable.
c) De hecho nos adherimos a las decisiones que se pronuncien desde las Cámaras de nuestros compañeros y vecinos de la comunidad, así provengan de mares, ríos, lagunas, lagos a saber: todo aquel espécimen acuático vertebrado de cuerpo alargado cubierto de escamas, respiración branquial, generación ovípara y con extremidades en forma de aletas aptas para la natación.
d) Una vez que se den a conocer públicamente las decisiones de las Cámaras de Minotauros y Sirenas y sólo de ser necesario emitiremos nuestra posición política.
e) Reglaméntese. 
f) Publíquese 
g) Archívese.

Ada Inés Lerner

lunes, 15 de agosto de 2011

Días de peste - Cristian Mitelman


Vivo en el bosque. Entierro los cadáveres de los hombres comidos por la peste. El otro día encontré a una mujer con un niño. El niño estaba muerto, pero ella lo sostenía contra el pecho. Quería amamantarlo. Colocó su pezón en la boca helada y comenzó a canturrear en un idioma cuyas palabras desconozco. Le quité el niño y chilló. Si el mundo permitía una escena tan absurda, ¿por qué impediría lo que hice con la joven? No se resistió a mi peso. Sé que todo el tiempo estuvo mirando el cuerpo del hijo. La dejé cuando el sol caía. De esto han pasado varias lunas.
 Toco mis axilas. Me han brotado los primeros golondrinos y la fiebre comienza a escalar el cuerpo. ¿Quién es la joven? ¿Por qué me observa desde el umbral de la choza? Su imagen se desvanece. Me angustia saber que en el corazón de este yermo nadie habrá de enterrarme.

Vermut con Tata - José Antonio Parisi


Yo no conocí a mis abuelos varones. Por la vía de las circunstancias, el lugar vacante lo ocupó un tío de mi papá a quien llamé “Tata”, de común llevaba un pañuelo anudado al cuello. En casa y al amparo de la galería, los domingos Tata servía el vermut para los dos, para él y para mí; mi papá trabajaba, eran épocas de estrecheces.  En el vaso chico que me correspondía, él  dejaba caer una débil mancha de fernet y lo llenaba de soda,  y perforaba la espuma con un chorrito de Cinzano. Apenas si Tata ensuciaba la soda, pero para mí ese era el orgullo de mi vermut. Picábamos un poco de queso y él, que había sido hombre de montar, me charlaba de caballos, a reconocer los distintos pelajes, y  el que más me gustaba era el tobiano.  Me contaba de autos, de Fangio, de Gálvez. En la baraja, me enseñó a jugar a la Escoba y al Chinchón;  y me habilitó a mentir, sólo en el trance del Truco. En la conversación, mechaba líneas sobre el carácter  que hace a un hombre verdadero.   Me regaló un cuchillito con cabo de plata para comer asado.
Un domingo escuchamos un estruendo y un posterior griterío entrando por el zaguán.  Tata, en mangas de camisa, se calzó el chambergo y salió a la calle. Yo, detrás de él. Dos tipos habían chocado sus autos en la esquina y finteaban sobre el empedrado para agarrarse a trompadas —en aquel entonces, un choque necesariamente suponía imponer razones a los tortazos—;  rápido, los curiosos les habían hecho rueda y alentaban el combate. Tata cruzó sus espaldas en el entrevero apartando a los rivales; con una mirada de reproche y sin levantar la voz, les preguntó si no les daba vergüenza agravar el entuerto. Ellos, de gritonearse pasaron a cuchichear sus rezongos cada uno por su lado, y a regañadientes intercambiaron sus datos antes de irse. Por siempre, guardé en mi memoria el modo en que Tata acomodó aquel asunto.
Un día se enfermó mal, acusó dolor en el pecho. “Cardíaco” escuché que decían. En aquellos años, quien sufría del corazón estaba condenado. A quedarse inmóvil mandaban los médicos,  y con buen abrigo; de remedio, sólo alguna píldora ingenua. La vida de Tata distaba mucho de estarse quieto, y el fin le llegó más temprano que tarde: yo no había cumplido los diez años. Fue la primera vez que vi la cara a la muerte.

Todavía conservo aquel cuchillito, y en cada vaso de vermut que honro va una gota de la esencia de aquel hombre: mi Tata.


José Antonio Parisi

Amores juveniles – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


—¡Hernández! —exclamé al verlo—. ¿Qué está haciendo, por Dios! ¿Perdió el trabajo? —agregué antes de advertir que estaba jubilado, como yo.
—¡Sh! ¡Cállese! Después le explico.
Así empezó mi diálogo con Joaquín Hernández Solvay, ex compañero de rugby en el SIC y colega en la División Materiales Nucleares Inestables en la Agencia Internacional de Energía Nuclear. Un maestro de maestros, casi un genio, al que ahora me había encontrado vendiendo fruslerías en un colectivo, bondi, para los conocedores. Era intolerable. Me acurruqué en el asiento y esperé a que hiciera su trabajo. ¿Por qué vender baratijas si estaba jubilado? ¿No le alcanzaba?
Al cabo de un rato, hizo ademán de que bajaría, por lo que me bajé con él, aunque no pude hacerlo con su presteza y agilidad y debí esperar a que el micro se detuviese, ante la mirada poco gentil de todos los que querían llegar cuanto antes a sus casas.
Estábamos cerca del puente sobre la avenida Santa Fe de la Vera Cruz, cerca del hipódromo. Algo me hizo maliciar que su nuevo trabajo tenía que ver con los nobles cuadrúpedos.
—¿Los pingos? Nada que ver —me dijo cuando se lo pregunté—; esto lo hago más por vergüenza que otra cosa, ¿sabés?
Nunca me había tuteado en el trabajo. Éramos como hielo y aceite. Él un témpano, yo una jarrita del líquido. Había quienes lo comparaban con Fermi; así nos trataba, como un caballero que siempre iba de punta en blanco al trabajo, alguien que dirigía el procedimiento que se siguiera ese día con la mayor escrupulosidad y no permitía el más mínimo gesto amistoso que pudiera poner en peligro el experimento, de modo que nadie reía siquiera en su presencia. Al tutearme me sacaba de mi esquema. De todas formas, con tantos años pasados desde que nos jubiláramos, cualquier cosa podía suceder. Incluso que me tuteara.
—¿Me creerías si te digo que lo que me trajo a esto fue una noche de eventual desenfreno sexual?
Le creí, claro que le creí. Un hecho como ese puede romper los esquemas en los que has vivido siempre. Pregunté por los detalles.
—Lo usual, Bermúdez, lo usual. Conocí a una jovencita, treinta y cinco, no más; se declaró enamorada de mí, como la de la película de Woody Allen, ¿la viste?
—No, no me gusta Woody Allen.
—No importa. Le hice saber que yo no estaba a la altura de la situación. No por mi altura, claro —se ruborizó un poco porque era algo petiso— sino por el asunto de la edad. Podría haber sido su abuelo, o casi. Imaginate. Pero ella decía que estaba tan enamorada de mí; mi experiencia, mi sabiduría, mi inteligencia. Su sueño era ser amada por un tipo como yo. Y para mí era el sueño del pibe hecho realidad.
—¿Y eso qué tiene que ver con su situación actual?
—Tuteame, nomás, ya no estamos en la Agencia. Tiene que ver. Lo que pasa es que soy muy vergonzoso y no supe cómo entrar a una farmacia y comprar un par de profilácticos y un blíster de Viagra.
Lo miré interrogante.
—Y, claro… sin esas pastillitas azules… —me dijo con media sonrisa.
—Pero de todos modos… no entiendo…
—Anduve dándole vueltas a una farmacia. Entré y justo conmigo se meten dos señoras mayores. Me hice el tonto un largo rato hasta que el segundo dependiente entró a sospechar, me encaró y tuve que comprar cualquier cosa… un par de cepillos de dientes, compré.
—Sigo en ayunas.
—Fui a otra farmacia. Y me pasó algo parecido. Recorrí más de ciento diez farmacias. Me llené de tubos de dentífrico, cepillos e hilos dentales. Me gasté dos meses de jubilación.
—¿Y la señorita? —pregunté desconsolado.
—Se cansó de esperarme, supongo. Habrá pensado cualquier cosa y se mandó a mudar. ¿Recordás lo que dice el tango? Amores de estudiante…
—…flores de un día son —asentí.
—No, Bermúdez, me esperó como cinco días. Nunca conseguí el Viagra.
Cuando nos separamos, ya me había encajado seis cepillos, tres tubos de pasta con flúor, un enjuague y dos unidades de hilo dental. Al menos por dos años no necesitaría volver a entrar a una farmacia, pero ayudar a un amigo a salir del pozo no tiene precio. La mañana pintaba lindo para jugar al ajedrez en el Botánico y después de perder tres o cuatro partidas, darle de comer a las palomas. A mí no se me hubiera ocurrido entrar a una farmacia a comprar Viagra.

Héctor RaneaSergio Gaut vel Hartman

Una negociación peculiar - Sergio Gaut vel Hartman


Cuando llegó al lugar donde había estacionado la máquina del tiempo, Benjamín Cohen encontró a un hombre bajo y robusto, armado hasta los dientes, que husmeaba todo con el ceño fruncido.
—¿Qué hace? —preguntó usando el bajo mongol del siglo XIII que había aprendido mediante sugestión hipnótica.
—¿Para qué sirve? —repreguntó el guerrero.
—Para viajar por el tiempo. ¿Y usted es…?
—Temüdyin. ¿Me conoce? Yo a usted no lo conozco, aunque eso no me impedirá clavar su cabeza, separada del cuerpo, en una pica.
—Lo sé —dijo Benjamín—. Pero no le temo. La información que le traigo podría serle muy útil.
—¿Ah, sí? ¿Qué clase de información?
—No invada China. A la larga la perderá. Mire a Occidente. Esos pueblos bárbaros no pueden ofrecer una resistencia seria a sus ejércitos de arqueros montados. Especialmente ataque a los germanos, ¿lo recordará? A los germanos.
—¿Y usted que obtendrá con eso?
—No lo entendería aunque se lo explicara. Eso sí: esto tiene un precio.
El mongol frunció el ceño. —¿Dinero? ¿Mujeres?
—No —replicó Cohen—. Es otra cosa. ¿Ustedes no estaban buscando una buena religión monoteísta para salir del cerril paganismo en el que están inmersos? Yo le ofrezco una buena, a cambio de la información que le acabo de dar.

Sergio Gaut vel Hartman

Pozo de zorro - Walter Böhmer


El pozo olía a orines, raspaba la garganta como si tomase un trago de ácido, ese líquido se mezclaba con el agua y la tierra formando una masa oscura y hedionda que tomaba su borceguí como una negra mano salida de las entrañas de un infierno apagado. Revisó el fusil por sexta vez en diez minutos, estaba cargado y sin seguro, presto a disparar. Pero los FAL se trababan, no importaba cuantas veces lo revise, lo desarme y lo limpie, a varios compañeros se les había trabado al momento de la verdad. Hacia tanto frío que casi había perdido la sensibilidad de los dedos de las manos, cada vez que espiaba por sobre el límite del pozo de zorro el viento le chocaba la cara con miles de hojas de afeitar que le cortaban la piel. Esa noche parecía que el frío se había intensificado casi al punto de congelación, su compañero de hoyo ya estaba empezando a despedir olor, no se había animado a sacarlo de ahí y dejarlo a un costado, tenía miedo de recibir algún disparo en el momento de sacarlo, pero mucho más a tener que cargar el cadáver de la persona con la cual se había reído tanto cuando cavaban ese pozo, Mauricio Silveyra lo miraba con su solo ojo blancuzco, una bala le había desarmado el lado derecho de la cara y llevado consigo uno de los ojos.

―¿Soldado Silveyra?― escuchó que gritaban a lo lejos.

Espió pero no alcanzó a ver nada, aunque sabía que no estaba loco, que había oído que llamaban a su compañero, empezaba a dudar de todo. Esforzó la vista, pero la oscuridad era tal que no veía a veinte centímetros, solo algunas figuras que pasaban de lado a otro como fantasmas asustados.

―Silveyraaaa― volvió a oír. Levantó aún más la cabeza, creyó ver algo. Venían a buscarlo seguro, a llevarse el cuerpo y dejarlo solo ahí en ese pozo, pero no. Ojalá lo hubiesen hecho.

Una mano se le cerró en el tobillo y apretó con fuerza, el corazón le dio un vuelco subiendo hasta la garganta y se le heló la sangre. Bajó la vista y vio la mano de Silveyra atenazando su pierna y el solo ojo acusándolo. El cadáver abrió la boca y desprendió un grito lejano.

―Silveryraaaa.

Era como si gritase otra persona a lo lejos, pero él lo estaba viendo, el cadáver gritaba su propio nombre. Una luz lo cegó de repente y otra mano lo aferró de los hombros, el miedo lo venció y sus piernas no resistieron más cayendo pesadamente sobre el barro hediondo. Malvinas le dejó muchas marcas, se fue a vivir al norte donde nunca más sentiría frío, vendió las armas que tenía su viejo y comió sin remordimientos, pero no podía alejarse, vender y engullir el grito ahogado de su compañero de pozo.


Tomado de Apología de los miedos

La cola - Héctor Ranea


La señora estaba diciendo, justo cuando me sumé a la cola
–Esto lo hacen a propósito, para generar malestar. Yo lo viví. ¿O se creen que viví todo este tiempo en la heladera?
Claro; la cola era algo excesiva y al calor del verano sin sombra más que la de algunas chauchas de un árbol exótico, no se estaba muy cómodo. Me saqué el sombrero y en la pelada del señor que estaba detrás de mí me acomodé el pelo. Él se dio cuenta y me pidió perdón porque ya tenía eritema de tanto Sol, pero le comenté que no me preocupaba el color de mi pelo, que total conocía de memoria.
–Claro –me dijo – a ustedes no les importa andar con el pelo rojo.
–¿Cómo dice? ¿Cómo que rojo?
–Vaya y compruébelo por usted mismo –asintió desde adelante una mujer con tono cómplice con el pelado.
Como ya había escuchado algunas conversaciones extrañas, me encogí de hombros y les dije algo como que lo miraba luego en el auto. No iba a perder mi lugar en la cola con ese truco avieso. A lo cual ellos sólo respondieron mirándome en dirección al pelo con ojos bastante desorbitados.
¿Qué conversaciones me habrían hecho dudar? Bueno, enumero algunas. Sea por ejemplo aquélla de la señorita de ojos color ojo de perro siberiano con la de la señorita mayor en conjunto de Ban-Lon, a saber:
–Yo tengo que ir a trabajar, así que espero que ese jubilado por fin se muera. Si los del banco tienen un catre para los que mueren en las colas. ¡Que lo usen!
Sea por ejemplo la de una señora de atrás que no identifiqué, a saber: –Ahora dicen que van a entrar los cacos a asaltar estas colas. Están controladas por los del Gobierno, ¿saben? Y entonces eso que recaudan de mala manera, lo usan después para la campaña. ¿O se creen que viví al pedo dentro de una heladera, yo?
Mientras tanto, la cola avanzaba; poco, pero avanzaba y un niño se acercó con una cesta vendiendo queso y embutidos. Todas decían (el pelado callaba):
–Esto es dañino para la salud, nene. Salí de acá.
Cuando en realidad, todos querían comerse un poco de esos quesos. Quise comprarle un embutido con jamón y grasa fina, pero justo me tocó el turno de pagar mis cuentas. Como todo el tiempo había estado mirando los significados numéricos de los sueños, le pregunté al chaparrito que me cobraba qué podía jugarle a la cola, al queso y al niño.
–Mire. Acá se juega en serio. No se tome a la joda los números de los sueños porque además de cobrarle sus cuentas deberé cobrarle una tasa de risa extra. No está permitido reír, acá. ¿No ve que lo filmamos?
En efecto: debí pagar triplicada la tasa retributiva de la risa. Le jugué al 47, el muerto. Le jugué también al 972, que creí que era el culo. Pero no. No salió. La risa no tiene número, aparentemente.
Salí de la cola y no va que se murió el de la pelada. Pensé, para mis adentros:
–¡Qué suerte que tienen algunos!
De más está decir que no salió el 972 y cuando pasé a cobrar por el muerto, al día siguiente, el chaparrito me dijo:
–¡No, muñeco! Al muerto se lo llevaron ayer a la tarde. Con el calor que hacía, si te lo guardaba jedía. Andá a comer otra cosa, pelandrún y pintate el pelo de otro color que se te nota demasiado que sos de la nonagésima séptima invasión marciana. ¡Fracasado! –me espetó.

Héctor Ranea

sábado, 13 de agosto de 2011

Los Ojos Grises - José Fernández del Vallado


El piso se quedaba en buhardilla y la cama era una rinconera de estuco adosada a la pared. Era un verano de días sofocantes y noches sin estrellas. Despertaba cansado, encogido de través junto a Alicia.
Sentado en la cafetería “El Brocal” recogía la mosquita que había caído en el café cuando ella cruzó. Pasó caminando deprisa, el labio mordido, un collar de perlas grises y un matorral de cabello azabache sujeto con un pañuelo verde. Se detuvo un instante y siguió caminando. Pagué, me levanté y la seguí.
Aquel día descubrí que trabajaba en la peluquería “afro” que había en la esquina de la Calle Mesón de Paredes con Embajadores, y se llamaba Belice.
En aquella época yo tenía un pequeño negocio de restauración en el centro. Aparte de trabajar catorce horas diarias, comprar, servir a los clientes y yacer de forma desganada con Alicia, sosteniendo un amor insostenible, no hacía nada relevante, excepto emborracharme y vomitar amaneceres.
Desde entonces, cada día, yo estaba sobre las diez sentado en el bar El Brocal para verla pasar al otro lado de la cristalera con el cigarrillo en la boca y la mirada perdida.
Un día Alicia quiso hacerse un peinado, le sugerí la peluquería “afro,” me dijo que ir sola le daba vergüenza. Esperaba que lo dijera.
Entramos, nos envolvió un perfume denso. El mismo aroma desprendía Belice cuando me acomodé a su lado. Por primera vez, cohibido, la miré a los ojos: Eran torbellinos de pasión de un gris intenso.
Trabajaba tarareando una melodía que repetía sin cesar.
Belice era de un país de África, no recuerdo cuál. Hay tantos, todos tan pobres y desdichados...
Desde aquel día cambié de peluquería, me cortaba el pelo Belice.
Siempre pensaba en decírselo; en invitarla a salir, y la palabra nunca brotó de mis labios.
En Semana Santa, en Madrid, a todos les da por viajar y Alicia no era excepción. ¿La echaba de menos? No, para qué mentir. Tenía el colchón para mí y, además, a Belice.
Luego Alicia regresaba y cuando le hacía el amor pensaba en Belice; tras el trabajo salía, tomaba una copa en un bar y me quedaba observando fijamente a las chicas, y cualquiera de ellas, o todas, se convertían en Belice; caminaba y oía la melodía de Belice; comía y Belice estaba acomodada a mi lado; me duchaba con Belice...
De pronto nada importaba sino estar al lado de Belice. Empecé a necesitar ir todas las semanas a la peluquería, para cortarme el cabello y sentir las manos de Belice, el aliento de Belice, el sudor de Belice, la sonrisa de Belice, hasta que acabé sin cuero cabelludo y rapado, sin embargo, eso tampoco me importó.
Un día desperté y descubrí, primero con estupor y a continuación con regocijo, que Alicia había desaparecido y en su lugar olía a Belice. Giré sobre el colchón y todo estaba blanco y limpio. Se abrió la puerta y Belice entró portando una bandeja con el desayuno, la depositó a mi lado, me acarició la cabeza y dijo:
—Desayunas y luego te vas a la peluquería. Te espero.
Aprendí a vivir en armonía. Estaba con ella a todas horas. Me bañaba, me daba el desayuno, la comida, la cena, hasta que dejó de llamarse Belice y pasó a ser la celadora de un hospital, y yo me recuperé de la enfermedad.
Volví a mi barrio. Encontré la buhardilla conservada y pagada; nunca supe por quién; no volví a ver a Alicia.
Vagué sin rumbo hasta que comprendí que sólo me sustentaba un deseo: Volver a ver a Belice. No supe a quién recurrir ni qué hacer hasta que alguien me dijo lo de la ONG en África.
Estuve en muchos países y tropecé cincuenta, cien veces, con Belice. Nada más verla corría a ella, la tomaba de las manos, se giraba y me encontraba con unos ojos negros como simas, que me miraban gentiles o furiosos, y no eran nunca los de ella.
Desalentado y sin saber qué hacer terminé por recurrir a un chamán. Cuando supo que buscaba a una persona me pidió un objeto de su pertenencia. Le di el collar de perlas que me había regalado. Una vez que el collar estuvo en sus manos, se le volvieron los ojos en blanco, experimentó una sacudida, volvió a mirarme y preguntó:
—¿Tiene los ojos grises, como las perlas del collar, verdad?
Asentí. La expresión de su semblante cambió, echó la cabeza hacia atrás, gorjeó, me volvió a mirar y preguntó:
—¿Cantaba?
Ilusionado, asentí de nuevo.
Su boca se abrió y de su voz nació una melodía y finalizó. Cerró los puños y proclamó:
—Es Dahomey, un cántico de adoración y ayuda a los espíritus.
Prosiguió:
— Si tiene ojos grises es porque nació entre las perlas grises del Níger. Es un alma resucitada por un hechicero y vaga con una razón: robar el corazón de quienes enamora. No vuelvas a ella. Está poseída, funde el collar, es su corazón.
Tomándome por un brazo, siguió:
—Escúchame. Sólo dos clases de hombre tienen los ojos grises. Unos, los mercenarios blancos que asesinan, y otros, los "kikongo nzambi. 1 " Suelen ser mujeres y hombres de aspecto saludable que vagan por el mundo.
Sonrió y me invitó a que lo siguiera hasta el oscuro interior de la choza, se dio la vuelta con un tarro, y me dijo:
—Aquí hay diez mil novecientas cincuenta semillas obtenidas de una planta para que la magia del vudú sea blanca y tenga efectos apacibles que oculten tu enfermedad. No dejes de tomar una un solo día de tu vida y vivirás feliz durante los treinta años que te duren. Si se te acaban y sigues con vida, mejor será que mueras o vuelvas a buscarme. Seguiré estando aquí, siempre ha sido así.
Regresé a España, abrí un negocio, me casé con una joven gitana y fui muy dichoso, pero nunca le conté mi secreto. Al segundo año tuvimos una hija.
Sus ojos son grises.

NOTA 1: Kikongo nzambi: zombi