Nunca lo ves - Ricardo Germán Giorno
Susurrando al sangrante llamado, la mano cayó una y otra vez. Siguiendo al descargante impulso, la otra mano llevó el tibio premio a la sedienta boca. Bebí, bebí y bebí. ... Hasta embriagarme. Una vez satisfecho, me abracé con ahínco a los amados demonios. Fue un abrazo de alegría, entre camaradas que saben que han cumplido con el deber. Les mostré la obra. Me elogiaron con desinteresada intención. Al ver esos rostros conocidos, los invité a beber. No quedaba mucho. Mucho se había desperdiciado, pero me agradecieron. Eran amigos. Me acompañaron en las amargas horas de martirio, antes de mostrarme la ancestral sabiduría.
Quedé solo. La vida trastocada de golpe. El enorme peso, desplazado. La novel levedad atacando desde arriba. Pasé largas horas analizando la púrpura obra. Cuando los párpados me pesaron, hubo algo que desencajó sobre el resto: la mano tallada en piedra. En piedra gris. En la soledad gris en que las inútiles horas aguardan. La mano no tendría que estar en esta obra. La piedra gris no debía manchar el rojo compuesto. Levanté la roca. La grisácea mano me atrapó, muerta como estaba.
Corrientes sobrenaturales circularon entre los tres componentes de la escena. Llamé a mis amigos, los demonios. Los maldije. Les grité. Los insulté. No dieron señales de vida. La mano de piedra gris comenzó a reptar sobre mí. Lento. Atenazándome los huesos con el dolor de la fría roca. Gris. Caí de rodillas. De rodillas ante la obra. La mano me apretó el cuello. El cuello prisionero respiró oscuridad frente a ella. Caí. No fui leve. Caí. No sentía nada. Caí. La cabeza golpeó el suelo. Por fin la mano dejó de apretarme. Giré mirando al techo, y no había techo. Estaban ellos, los demonios, los amigos. Me llamaron. Fui.
Al girar hacia abajo me veo con los dedos tejidos en el cuello. Frente a la obra. La mano de piedra gris, por fin cubierta de rojo.
Enfermo terminal - Néstor Darío Figueiras
Es una gran suerte que la biblioteca tenga tantos rincones ocultos. La multitud infinita de estanterías y libros establece una arquitectura adecuadamente recóndita y laberíntica. (Los libros son como ladrillos.) Papel impreso y madera barnizada (ambos elementos gastados, sumidos en una vejez exclusivamente bibliotecaria), generan el ámbito necesariamente sobrecogedor y a la vez cálido; casi hogareño, diría yo. Nosotros anhelamos el reencuentro con esa sensación "hogar-calor-seres amados", perdida para siempre... Nos contentamos con simulacros endebles e inanimados, como lo es esta falsa Hermandad que nos une, carente de todo afecto real, y cuya única razón de existir es la supervivencia.
Simulacros endebles... son como monedas falsas. A veces creo notar en los ojos tras los libros el mismo dolor. Sobre todo durante la tarde, cuando la sala de lectura está llena de estudiantes adolescentes. (¡Ah! ¡Cuán deseables son las jóvenes bajo sus uniformes grises y rojos! Deseables y dignas de lástima, con esa pretensión de independencia ilusoria, con ese ímpetu vital y arrogante con el que mascan chicle sin parar… No saben que viven de monedas falsas.)
Sólo el ardor de la tierra alivia la pena. Es bien sabido por todos que nuestra comunión con la tierra es imprescindible.
La penumbra eterna es otra ventaja. Es maravilloso observar como todas las cosas van fundiéndose en un mismo color dentro de una biblioteca. Aún los seres vivos van adquiriendo ese tono marrón parduzco con el paso de los días. Y también las ropas se impregnan con un resplandor mortecino y castaño. He tapado las ventanas con estantes repletos de tomos que no figuran en los catálogos. La luz agoniza aquí.
El punto es que mi empleo como bibliotecario me permite sobrellevar mi padecimiento bastante bien. Mi vagar insomne entre los anaqueles desde donde me vigilan los lomos raídos se ha transformado en una rutina aceptada por el instinto.
En algunas ocasiones hojeo detenidamente los libros, releo por enésima vez los comentarios equívocos de Paulo Erzambre acerca de los mitos del Draken, las leyendas de los drugos y su versión torpe e inexacta de la epopeya del llamado Uzannur. (Tan sólo lo hago para reírme, nadie ha conocido al terrible Draken como nosotros lo conocemos.) A veces escudriño los volúmenes tras alguna pista de Adravis, la garra irresistible que mora bajo los lechos de los hombres. (Determinar la amenaza de los peligros potenciales es uno de los deberes de todo miembro de la Hermandad. Sospechamos que el ataque de la garra es mortal, según consta en ciertos manuscritos hallados en Lotrán, ciudad donde se esconden los lívaros.) Y así van transcurriendo las lentas horas diurnas...
Ocasionalmente, y alentado por la oscuridad precoz de las tardes de invierno, cruzo la avenida corriendo en dirección a la catedral. Allí la luz es aún más escasa que en la biblioteca, lo que me permite permanecer sentado entre los fieles desesperados una o dos horas, escuchando fascinado los susurros incomprensibles. Todo sigue en su sitio... La cruz, el altar... Todo eterno y muerto... El polvo milenario cubre a los santos de piedra. Me estremece pensar que todo sigue igual a lo largo de los siglos y que yo no, yo que debiera ser inmutable.
Admito que la curiosidad me llevó a adoptar esa manía insanamente religiosa de visitar el templo: me han comentado que la imagen de la virgen ha llorado lágrimas de sangre; y deseo ver tal manifestación de poder lívaro. (Seguramente es una de sus proyecciones transanímicas.) Al salir de la iglesia, ya entrada la noche, saludo a las gárgolas que descansan en los capiteles de la fachada, y vuelvo a la seguridad cálida de la biblioteca.
En fin, me he resignado a mi destino. Me he habituado a quedarme solo entre los libros durante las noches, cuando los otros se despiertan y se van. La debilidad provocada por la falta de sueño me impide salir a cazar como lo hacen los demás. La Hermandad aún no me ha desahuciado, aunque también es bien sabido por todos que un vampiro que padece de insomnio está condenado al ostracismo, y finalmente a la muerte. Y ahora descubro que lo que he deseado innumerables veces me asusta.
En tanto duran las rondas de caza, limpio las decenas de ataúdes que se hallan en el secreto y profundo subsuelo de la biblioteca con un afán propio de un ama de casa. No reconocen mi labor, pero continúo con esa tarea puntillosamente para combatir cierto sentimiento de inutilidad que me deprime, aunque creo que por eso la Hermandad aún no me ha desahuciado. Soy un sirviente sumiso y eficiente.
Y luego satisfago mis apetitos varios. Ocasionalmente hay alguna estudiante que se extravía en los corredores más oscuros buscando libros de medicina. Ocultarla hasta la medianoche es tan simple...
Sobre el autor: Néstor Darío Figueiras
En el andén – Héctor Ranea
El changarín estaba cansado. Otra vez lo habían atacado los vermes pari, una cepa indestructible de vampiros microscópicos. Me rezongaba
—¿Me dice usted para qué carajo los crearon?
—No se sabe, en realidad —traté de contestarle, pero antes de que terminara de pronunciar la última palabra, él a mí
—¡Las pelotas que no se sabe! ¡Lo dicen en todos lados! ¡Lo hicieron los del gobierno para sacarnos el hígado! —le salía espuma por la comisura de los labios—. ¡A mí me atacan al menos dos veces por trimestre! ¡Son peor que los de impuestos!
—Hay quienes aseguran que son extraterrestres. Por ejemplo —señalé— está el estudio del Doctor Bros del Instituto médico de Lomas…
—¡Pamplinas! Ya me estoy oliendo que a usted le gusta este gobierno. Ya lo olía medio nauseabundo.
—Perdón por mi olor —le dije— es por el ataque del varanus bubático, esa forma de…
—¡Ya lo sé! ¡Mi hija tiene de eso! El novio no logra acercársele, lo cual agradezco, pues está infectado con el bacitracio epiforúnculo y es más contagioso que la peste en camiseta… —Su voz se notaba un poco sombría.
—¿Hay alguna esperanza?
—¿Qué quiere que le diga? Si así quieren remediar la evasión impositiva…
—¿En serio que usted no cree en la hipótesis de que sean extraterrestres? ¿No le parece medio como demasiado que hayan armado todos estos nuevos microorganismos? ¿Le parece que no nos hubieran invadido los yankis, con todo lo que ahora tienen ellos de estas pestes, si hubieran sido los nuestros?
—¿En serio que a los yankis se les pegaron estos bichos?
—Ni que lo diga. Están en todos lados. Esos vampiros que lo atacan no tienen precedente en la historia de este planeta. Son alienígenas, seguro.
—Para mí los diseñaron con nanotecnología para hacer que los ingenuos como usted piensen que son extraterrestres.
—Insisto; ¿no le parece estúpido que el gobierno quiera que esté más débil y trabaje menos si quisieran que pague más?
—Estos vampiros cuando me dejan exangüe se van a los bancos y vomitan casi toda la sangre. Lo que quieren es nuestra sangre, ¿es posible que no lo vea? Usted es un tipo preparado, oiga. No puede ser tan ingenuo. Despierte.
Estornudé. El moco era absurdamente verde.
—¿Ve? Está fabricando dólares líquidos. Después va a un hospital y los agentes recaudadores le sacan moco y sangre y los transforman en dólares en el centro de inmunología genética que tienen en la Ceca.
—¡Carajo que está informado! Lástima que esté loco como un tomate. Sufre de alucinaciones por el ataque de esos murciélagos. Tome esta pastilla con un poco de agua buena —le acerqué un comprimido azul— y recobrará la razón.
—¡Agua buena! ¿De dónde viene usted? ¡Me parece que es usted el extraterrestre! ¿De dónde saca un habitante de esta puta ciudad un poco de agua que no esté enferma? ¿Me dice?
No había modo de convencerlo. Era uno de los más pertinaces que me había tocado entrevistar, pero eso me ponía muy feliz, a pesar de mi bubatiasis inducida por nuestros médicos. Con gente así, nuestra invasión sería un éxito en menos de un año más.
Sobre el autor: Héctor Ranea
El Ardid (Infierno 8) - Jesús Ademir Morales Rojas
K y Virgilio transitan dificultosamente a través del Infierno. De pronto aparece a su paso Dite, la laberíntica y temible ciudad de los demonios. Para seguir su marcha, es preciso atravesarla. No hay rodeos posibles. Toca Virgilio al portón. Abren. Habla entonces, Virgilio con los demonios. Estos, de pronto niegan con la cabeza. Cierran insolentes, en la cara del poeta. Virgilio vuelve al lado de K, pálido de rabia. Se consterna K, pero Virgilio lo tranquiliza: pronto arribará un enviado de lo alto para atender su percance, y permitirles seguir. Se sientan en una roca a esperar. Pero pasa el tiempo y no llega nadie. K no deja de mirar afligido al cielo, suspirando, y Virgilio se agobia de tedio, mientras hace garabatos con una rama en la arena calcinada. Pronto K, no puede más: se decide. Propone una estrategia a Virgilio, un ardid para ingresar a Dite. Llamará uno de los poetas en la puerta delantera y poco después otro en la posterior. Mientras los demonios atiendan confundidos, y dejen desguarnecida una de las entradas, para acudir a la otra, será el momento preciso de adentrarse subrepticiamente allí. Virgilio está de acuerdo y se frota las manos lleno de contento. Proceden como lo habían planeado. Virgilio llama en la puerta principal y se oculta. Abren los demonios y se asoman. K en ese instante llama a la otra puerta. Los demonios se apresuran allá, dejando libre el paso. K regresa corriendo al lado de Virgilio y ambos entran apresuradamente a Dite. Cierran ambas puertas sin demora. Golpean entonces los demonios indignados. K y Virgilio ríen y se felicitan como un par de cómplices. Pero justo en ese momento, escuchan grandes pesos siendo arrastrados. Sorprendidos por completo, nos pueden hacer ya nada. Los demonios han clausurado con rocas enormes, por fuera, ambas entradas.
De esta manera K y Virgilio quedaron atrapados en el laberinto del Infierno, para toda la eternidad.
Sobre el autor: Jesús Ademir Morales Rojas
Pizarro, el vampiro – Luciano Doti
Conforme avanzaba por esos países vírgenes de presencia aria, su corazón se iba convenciendo de que su destino lo llamaba; de que un futuro grandioso y diferente a todo lo que hubiera imaginado hasta entonces lo aguardaba tras esas montañas. Por eso no dudó en invertir sus haciendas en la aventura, porque estaba convencido de que nada de lo que pudiera pasar sería contrario a lo que tenía que pasar. Enfrentaría lo que tuviera que enfrentar, y moriría cuando tuviera que morir. O no, quizás no moriría nunca. Éste era un pensamiento omnipotente, excesivamente pretencioso, pero el aire del lugar le había proporcionado un influjo vital tan poderoso, que la idea le parecia posible. Nada lo detendría.
Al ver que se trataba de un imperio lo que se abocaba a conquistar ordenó preparar todo meticulosamente, con la precisión que tal tarea requería, pero sin miedo; algo en su interior le decía que triunfarían, dado que ese adelantado lo lideraba él, y él vencería.
Las leyendas de Europa central sobre las maneras de convertirse en vampiro invocan una que se ajusta sobradamente a este caso: un hombre que en vida cometió gran cantidad de asesinatos, segando vidas inocentes, y que luego el mismo muere violentamente, está llamado a convertirse en un no muerto. No siempre, pero sí son altas sus posibilidades.
Francisco Pizarro había nacido en un hogar de clase media de la época, pero como hijo natural de un hidalgo; o sea de concepción pecaminosa según las estrictas normas católicas de entonces. Sin embargo, logró ingresar en la Armada española y obtener una posición, en parte ayudado por su primo segundo, Hernán Cortés, conquistador de México.
Divide y reinarás, dice un refrán latino, y Pizarro se enfrentó a la facción incaica de Atahualpa, el Inca, con la ayuda de uno de los hermanos de éste. Luego pagó ese favor contrayendo matrimonio con una de sus hijas, a la cual cristianizaron bajo el nombre de Inés. Pero el cristianismo nunca fue total, si aún hoy no lo es del todo en Sudamérica, mucho menos lo era en el siglo XVI. En secreto, Pizarro bebió sangre de sus enemigos para fortalecerce, lo hizo al mismo tiempo que invocaba la protección de dioses andinos, pretendiendo que por estar en su geográfia estos lo ayudaran. Habrá sido con la ayuda de esos dioses, o no; pero logró consolidar su poder en el antiguo imperio del Tawantinsuyo. En público se aseguraba que la Fe católica no tuviera competencia; en privado, su esposa Inés lo sumergía en un bacanal de lujuria y paganismo. Ese sincretismo cristiano-pagano fue su perdición o su ascención a otro estadío.
A los rituales andinos y la lujuria desenfrenada se sumó la codicia. Almagro, uno de sus oficiales, quiso su tajada, desmesurada a su criterio. Pizarro no estaba dispuesto a compartir tamaña porción del botín con un hombre rudo y analfabeto. Se enfrentarón y triunfó Pizarro; su instinto no fallaba, se había vuelto imbatible. Esa noche, mientras celebraba la victoria, Pizarro no dudó cuando la idea de tornarse inmortal le atravesó una vez más la mente. No lo entendió así el hijo de Almagro, que reagrupó las tropas de su padre y terminó dándole "muerte" al líder, con una estocada en el cuello.
Pizarro no se había equivocado cuando juzgó que la muerte verdadera no podría alcanzarlo. Había nacido fuera de las normas eclesiales y practicado el paganismo, había derramado la sangre de mucha gente inocente y había "muerto" como humano de manera violenta. Su alma no se elevó, y su corazón siguió latiendo lentamente, con el ritmo cansino de un cuerpo que está condenado a penar por el mundo, vagando en busca de esa sangre que ya no derramaría, sino que bebería hasta la última gota.
A partir de entonces, la tradición oral lo relata en diferentes partes de América: la Buenos Aires de Rosas, la Nueva Orleans decimonónica tardía y quién sabe dónde más... Ninguna de esas leyendas narra su muerte definitiva.
Tomado de: http://www.letrasdehorror.blogspot.com/
Cabildo abierto – Héctor Ranea
Nada como un buen edificio viejo para albergar murciélagos. Infaltables compañeros de las noches en el cabildo, cuando baja un poco el sol salen a comerse mosquitos, bichitos de luz (sí; esos que parecen hechos de una mezcla de acetato y gutapercha) y sabandijas varias.
—No. ¿Quién le dijo eso? No conozco murciélagos vegetarianos. No. Pero bueno. Paciencia. Es lo que hay. No viven en el cabildo. No se vaya a creer. Lo usan de albergue transitorio. Cuando se dejan llevar por la orgía de moscos y comienza a salir el sol, pillándolos lejos de su morada habitual, les molesta la luz y, como conocen el territorio, vuelan al albergue que tienen más cercano. Y; sí. Cerca de dos mil, tres mil por noche. Se los escucha rascarse unos a otros, despiojándose. Y; ¡Claro que tienen piojos, pulgas, de todo! Se sacan restos de piel, pero entre ellos. Es muy tierna la escena. Son animalitos realmente muy sociables. Se cuidan los embarazos, regurgitan a veces (¡Ay si lo sabré, cómo tengo que limpiar esos pequeños vómitos!) para que coman las preñadas que no pueden volar mucho.
¿Sabe que son casi ciegos? Sí señor. Cazan por el eco. Una maravilla. Se acercan a la presa sin ser escuchados hasta cuando ya es muy tarde. El chillido que lanzan es muy peculiar. Una vez estuvo un físico que me explicó, pero no entendí mucho. El tipo estaba entusiasmado; yo le noté algo raro, como un bulto atrás de la campera. En fin. No viene al caso. La cuestión se puso mala cuando las señoras que venían a la misa tempranito empezaron a quejarse por los ruidos que hacen los bichos al copular. Y. Imagínese, quinientas, mil parejas copulando, menudo despelote arman: ¿No cree?
Entonces el intendente llamó al exterminador murcielaguicida. El gordo vino con su parafernalia (era muy eficiente) para ahuyentarlos pero nada de lo que hizo (y mire que hizo cosas, ¡eh!) dio resultado. La persistencia de los quirópteros se hizo sentir. Tal parece, además, que tenían mal carácter cuando se los atacaba. Y ocurrió lo que tenía que ocurrir. Llamaron a un exorcista de los de ellos y se pudrió todo. Evacuó al pueblo en un periquete. ¿Cómo adivinó? Sí, era ese investigador con el bulto atrás… sí ése. Bueno. Lo dicho. Se fueron todos.
¿Tiene para fumar? Pasa que en esta etapa, al transformarme en murciélago me dan ganas de tirarme dentro un poco de humo. No sé. No. Nunca me había dado por fumar, no señor. Perdón: no; Señor murciélago…
Sobre el autor: Héctor Ranea
Exterminios 1 – Ildiko Valeria Nassr
Me he propuesto matar a uno por día.
Esto fue hace una semana y lo voy cumpliendo. Llevo un diario en el que detallo las circunstancias y algunos detalles.
Anoto, además, algunos datos en mi celular. También he sacado algunas fotos, pero los detalles se pierden porque la resolución de mi cámara no es buena.
Casi todos los asesinatos son en mi cama. He decidido no cambiar ni lavar las sábanas. Me gustan las manchas de sangre sobre ellas. Y el olor, es agradable.
Quisiera elevar la cantidad de muertes por día. Me siento frenética y uno por día, me parece insuficiente. No voy a lograr exterminarlos nunca. Sin embargo, debo colocar cámaras para monitorear, porque encontré algunos cadáveres en el baño y en el living.
Mi afán de terminar con ellos es tan grande que temo enfermar.
El asesinato está ejerciendo presión psicológica en mí y ellos siguen reproduciéndose incesantemente.
El contravendedor - Javier López
Le tengo bien tomada la hora. Así que si a las 3:45 de la tarde suena el teléfono, como ocurre ahora, puedo estar seguro de que se trata de una llamada comercial.
Ayer preparé cuidadosamente una grabación en el contestador, y ya estaba deseando usarla.
Descuelgo el auricular para asegurarme, para escuchar la presentación del vendedor. Y no me equivocaba.
—Buenas tardes, señor Ramírez. Mi nombre es Gaudelino José del Rosario Villanueva, y le llamaba para ofrecerle...
En ese momento hice sonar la grabación:
—Señor o señora comercial: mi nombre es Miguel Ramírez. Si lo que desea es vender telefonía, ya tengo móvil y estoy tan descontento como lo estaría con el suyo. Si desea ofrecerme una conexión a internet, también tengo y va fatal, pero sabiendo que todas son iguales de malas, no me interesa cambiar de compañía. Si trata de vender seguros, estoy seguro de que no me interesan. Y de otros tipos de venta, ni hablemos. Así que puede ahorrarse continuar e invertir su tiempo en otro cliente. Gracias y que tenga buena tarde.
Sobre el autor: Javier López
Congelado en el tiempo (Círculo 4) - Carlos Daminsky
Cyberpunk esotek
Las visiones del tecnotarot Inflamaron mis ojos espurios y la conciencia matricial quedó definitivamente corrupta. La iconografía obsoleta se fundía en ríos de lava mercuriales que descendían hacia turbios abismos. Los rayos de energía caótica atravesaban la bóveda artificial mientras yo arrancaba bruscamente los lazos formados por cartílagos semiorgánicos.
Zomtecnolpisis total
Alazne se dio cuenta que el virus Zom había roto el control de su cuerpo reconvertido y ahora, se disponía a acabar con su sistema linfático a través de la metástasis bioartificial. En aquellos momentos tuvo visiones: moléculas azuladas formaban un nuevo mar que le brindaba sus tranquilas aguas. No un cuerpo transhumano, sino uno de carne y hueso. Así que inició el camino de la involución, engañada aunque sabiéndolo.
Simbología neoalquímica
En este atanor concentro todas las tablas con los códigos encriptados de Tagotis. La transformación es un cambio necesario para superar la catástrofe biocelular que acecha a toda forma de vida desde que alguien perturbó una ancestral caverna en la que las advertencias pintadas a la entrada no sirvieron para nada. El mal de la locura aguardaba en la profundidad, entre las tinieblas. Dispuesto a activar el virus.
Y yo me pregunto, ¿me servirán todos estos símbolos? Puede... La alquimia es la llave para la puerta de atrás en caso de catástrofe, sus códices guardan el secreto para contrarrestar una pandemia apocalíptica.
Figurado
Figurado por algún ente informático, mi nacimiento es una monotonía de rutinas que me llevan al parto a través de las rendijas de una carcasa metálica por las que salgo casi como plástico inyectado. Desnudo. Condenado de antemano.
Cabeza seca
Cabeza seca y exprimida por todos los mamones, que me diseccionaron y me instalaron electrodos para chupar de mi sistema neuronal. Pero no sabían que en aquellas ideas está codificado hacia atrás las órdenes para abrir el cielo sintético-divino de unas cosas que están hambrientas de cadenas de realidad cuántica, pues sus boca afiladas comen ahora, antes y después; a la vez, cualquier estructura que se les oponga.
Tan solo hace falta que alguien encuentre esa Idea entre el laberinto de mi cerebro y le de a la tecla de aceptar. No hay prisa. Después, nos vamos a reír un rato.
Anatema impositivo
Silencio de silicato. Las posibilidades se reducen a una pantalla blanca, que de vez en cuando se ilumina con las instrucciones y las leyes. Muy de vez en cuando... No hay párpados, ni ojos. Fueron sustituidos por lentes con diafragmas. Silencio de mierda...
Diablock
Diablock, diablock. El nanopacto fue sellado por estas venas decadentes y por este cuerpo de carne-b. Bafometo, cornudo sintético, fue testigo con su presencia holointegral. Y bien sabías que mi ego de vanidad sería la grieta de ataque entre el hielo. Otro esclavo metabolizado.
Demanufacturado
Esta máquina. Este mundo. Esta línea de montaje. Este silencio humano. Este ruido de chasquidos. Esta marca. Este prototipo. Este fósil. Esta conciencia colmena. Estas palabras muertas.
Locura y círculo
Cuatro palabras en mi limitado vocabulario. Dos de ellas ya se han corrompido. Ante mí un círculo. Dos palabras en mi obsoleto vocabulario. Una de ellas se ha disgregado. Ante mí un círculo. Una palabra en mi arcaico vocabulario, y ya se me ha olvidado. Ante mí un círculo y el mismo, refractario del exoesqueleto blindado.
Marca
Hielo inducido que quema en este frío espacio de conciencia-icono en pruebas. Espero una marca para abrir el puzzle, cuanto antes, de todas estas permutaciones que amenazan con colpasarme. Pero el contador del reloj me induce a la conclusión de fallo colateral. Última marca: 101 años.
No hay caos. No hay orden
No hay caos, no hay orden. Así que no tengo ningún modelo, ni referencia. Solamente algo que me ayuda en el simulacro para que pueda obtener un yo idealizado entre las líneas demostrativas de esta soledad de formas perdidas.
No puedo borrarme aunque lo intente, así que me quedaré con el flujo de preguntas que al rebotar, dan un intento de forma aunque errónea, de lo que hay en cualquier dirección vectorial.
Eso es lo que queda, una realidad jaula.
À la recherche de la virginité perdue – Daniel Frini
Ocurrió hace más de cincuenta años.
En su vida perdió otras cosas: el reloj de su padre, la medallita milagrosa que le dejó su madre, pero que antes había sido de su abuela. Perdió dos maridos: Manuel, que cayó bajo las ruedas del tren y Bienvenido, que se fue con la muchachita que trabajaba en el almacén de los alemanes. Perdió el título de la bóveda de la familia en el Cementerio Mayor; y luego lo encontró en una caja arrumbada en el altillo, pero ya era tarde, porque al finado lo enterraron en el pueblito. Cada vez que perdió sus llaves, sus documentos, el pasaje de colectivo para ir a visitar la tumba, la libretita donde está anotado el número de teléfono de la Jacinta; cada vez le pareció estar buscándola, como a un objeto querido, como a una reliquia.
Aún la busca.
Recuerda que al principio intuía saber dónde podía haber quedado, pero los años confunden lugares, caras y escenas.
La abuela Chola le decía, de niña, “Si buscás otra cosa, seguro va a aparecer”; sin embargo, no.
Pucha. A esta altura ya ni se acuerda como era.
Conurbano - Miguel Dorelo
La observaba pasar desde hacia casi una semana.
Ella cumplía con su rutina todas las tardecitas, al trote durante parte del trayecto y luego acelerando el paso hasta terminar su recorrido justo en el puente donde realizaba sus ejercicios y elongaciones finales. Luego, a paso firme se alejaba cruzando la ruta y él la miraba hasta que su figura joven y esbelta se perdía detrás de una hilera de árboles que formaban un pequeño monte interrumpido abruptamente por las obras de un nuevo barrio en construcción.
De unos quince o dieciséis años, o quizás algo más, lucía hermosa y saludable enfundada en su equipo de gimnasia gris plata con vivos rojos que hacía resaltar su piel bronceada y su largo pelo rubio.
Él era de contextura más bien grande y poco propensa a cualquier tipo de actividad física a juzgar por su abultado vientre, aparentando por lo menos el doble de edad que ella; digamos que no era precisamente el tipo de hombre en el que una jovencita como ella se fijaría. Ciertamente, jamás había desviado en lo más mínimo su mirada cuando pasaba a su lado, como si él formase naturalmente parte del paisaje de aquél lugar del suburbano bonaerense tanto como algunas de las viejas fábricas abandonadas que se herrumbraban añorando épocas de bonanza ya pasadas.
Cuando ambos coincidían unos segundos en tiempo y espacio, él inspiraba muy hondo no queriendo desaprovechar ni uno solo de sus aromas, esa mezcla afrodisíaca de sudor y lavanda.
Quizás lo haya decido el primer día, o el tercero, no importa demasiado. A lo mejor fue luego de una mala noche de aún peores pensamientos; o simplemente fuera parte de su naturaleza.
La esperó unos dos mil metros más allá de donde solía sentarse para verla pasar, justo donde la sombra de los árboles en complicidad con la penumbra del atardecer conformaría el escenario ideal para sus planes.
Si no hubiese gritado. Todo habría sido distinto si no hubiese gritado tanto. Después de todo ella habría obtenido lo que todas las muñequitas como ella buscan y quieren. Y seguramente hasta lo hubiese gozado.
Tiene los ojos más hermosos que he visto, pensó al verlos tan de cerca, tan abiertos, tan celestes…ya tan sin brillo.
Extraído de: http://lacuentoteca.blogspot.com/
En huelga - María del Pilar Jorge
—¿Dónde te metiste, desgraciada? Claro, seguro que te fuiste a pasear y estás vaya a saber dónde, paveando, mirando vidrieras. ¿Estará con otro? Es capaz… ¡Mujer tenías que ser! El escritor se levantó del asiento y dejó encendida la computadora. La pantalla del monitor estaba tan en blanco como su mente, y era culpa de ella, por supuesto. Sin ella, se sentía incapaz de escribir dos líneas; su única inspiración era su cuerpo incitante y esa mirada dulce con que lo contemplaba, mientras le murmuraba palabras suaves. La necesitaba y, precisamente por eso, la amaba y la odiaba, al mismo tiempo. Aunque la buscó en todos los espejos, no logró presentir su reflejo. Tampoco alcanzó a escuchar el fluir de su voz en ningún lugar de la casa. Sin embargo, la Musa aún estaba allí, riendo en silencio. Cansada de darle ideas para sus cuentos e historias, sin recibir siquiera una sonrisa, una palabra amable, una expresión de cariño o reconocimiento, había resuelto declararse en huelga. Huelga de ideas fugaces, de frases geniales, de palabras no pronunciadas. —Ya vas a volver ¡Sin mí no existís! —El escritor seguía mascullando su bronca. La musa, en su otro espacio, después de cubrirse con un velo, bajo el que también ocultó la notebook de última generación que se acababa de comprar, atravesó el vidrio de la ventana y desapareció.
El último de los titiriteros - Javier Arnau
El último marionetista dejó la existencia tal como la había encontrado; paneles grises y rojos cercaban la idiosincrasia de su porvenir entre revueltas de metálicos acordes y fanfarrias. En un futuro inmediato, sería reemplazado por el más novedoso invento entre lo más selecto de la bohemia de la ciudad: teatros individuales, proyecciones de sus corazones. Ya no había lugar para los pequeños titiriteros, la sociedad no dejaba lugar en su seno a mentes inquietas, almas errantes, fantasías vagabundas. Todos debían bailar con los acordes que sonaran entre la eterna melodía de un planeta que los acogía como una molestia más, como una infección que acabaría pasando.
El último de los proyeccionistas abandonó sus enseres a la vera de la vida, los descendientes de los extintos acróbatas celebraron su anual reunión para dar gracias al mundo que les había permitido seguir con vida. Actores, funambulistas, tramoyistas, caricatos, histriones, dramaturgos,... todos abandonaron haciendo mutis por el foro su anterior actitud, y el teatro de los sueños comunales echó el telón, tal vez por última vez, sobre el vuelo melancólico de pequeñas esperanzas individuales. Y los títeres tomaron el control, mientras el último marionetista cortaba todos los hilos que le unían a su realidad, y envolvía su engolada voz entre algodones antes de guardarla bajo llave en la caja junto a su anterior naturaleza, vía muerta hacia ningún sitio.
Sueño de Barrilete - Guillermo Vidal

¡No ves que va la luna…y un coro de astronautas..!, sonaba en el fondo una balada entumecida.
—¡Esto fue para vos, desde la más porteña de las ondas radiales, para vos allá arriba! Aulló el locutor y le sacudió la modorra de golpe.
—¡Aquí San Borombom, ¿Berutti, tenemos problemas? —sonó severa la voz del operador en tierra.
—Aquí la Gardel, no comprendo.
—Llevamos media hora tratando de comunicarnos.
—Me eché una siestita, estaba filtrado.
—¡Te dije! —se sumó otro.
—¿Novedades?—continuo inmutable el operador.
—La tierra es redonda, pero no perfecta, se achata en los polos.
Se escucharon las risotadas de fondo.
—Seguí durmiendo —cortó el operador.
Quedaba un buen rato para volver a pasar encima de la base. Aun con tantas voces estaba solo ahí arriba, tironeado como un barrilete entre la tierra y el cielo. No se podía considerar compañía dos destartalados satélites yanquis o a los restos del ruso que no alcanzó la atmosfera superior con vida; ambas potencias quedaron exhaustas y con pocos recursos después de la breve pero terrible guerra nuclear del 62, el resultado: ganaron la carrera espacial y era el primer hombre en dar la vuelta completa a la tierra en el espacio. También ayudó la instalación de una base alien en San Fernando, después del bullicio del arribo quedó más que claro que estaban hartos de dar vueltas y salir en fotos borrosas de diarios de última línea. Prefirieron el Sur porque les ponían menos condiciones que en el primer mundo y estaban libres de radioactividad, también les ofrecían algunas ventajas, como una asistencia tecnológica moderada, nada de platos voladores; en lo demás no se metían. “Por ahora” decía su viejo sentencioso.
Mientras completaba la segunda vuelta observó el cielo cubierto de estrellas y apuntó al azar con el dedo.
—Yo te nombro, Celia y a estas dos, Clarita y Matu, los melli; tenía muchos otros nombres en la cabeza, pero le sobraban estrellas.
Le quedaba un rato mas antes del descenso, volvió a poner la radio a todo lo que da, que se escuchara hasta en la luna, estaba en la Gardel pero él prefería a Ruben Juarez y sin dudar estableció comunicación con la tierra.
—Hola San Borombom, necesito un favor…
Contrajuego - Sergio Gaut vel Hartman

Harto ya de la cháchara de su mujer, Gustavo buscó el control remoto con la vista, lo hallo sobre la mesa ratona, lo tomó con firmeza y apretó el botón rojo. No ocurrió nada. Tamara siguió hablando como si él no la hubiera desactivado. ¿Qué pasa?, se preguntó; esto debería funcionar. La miró boquiabierto y ella se dio cuenta.
—¿Te ocurre algo, amor?
—No, es decir… sí. Hace casi un año sustituimos a las mujeres por similoides, una línea de criaturas biónicas que lanzó al mercado la Hommen Inc. ¿Se agotaron las pilas del control remoto que no te puedo apagar?
—¡Ay, tontito. Eso es lo que les hicimos creer. El CCF…
—¿CCF?
—Comando de Contraespionaje Femenino. El CCF detectó la maniobra de los hombres con suficiente antelación y los sustituyó a todos por simuloides de la Femmen SAC.
—Pero yo… yo siempre… siempre apretaba el botón rojo y…
—Era necesario guardar las apariencias, bebé, por lo menos hasta que el reemplazo fuera completo. —Tamara sacó el control remoto del bolsillo y lo apretó con convicción, suspirando emocionada.
Baby H. P. - Juan José Arreola

Señora ama de casa: convierta usted en fuerza motriz la vitalidad de sus niños. Ya tenemos a la venta el maravilloso Baby H.P., un aparato que está llamado a revolucionar la economía hogareña. El Baby H.P. es una estructura de metal muy resistente y ligera que se adapta con perfección al delicado cuerpo infantil, mediante cómodos cinturones, pulseras, anillos y broches. Las ramificaciones de este esqueleto suplementario recogen cada uno de los movimientos del niño, haciéndolos converger en una botellita de Leyden que puede colocarse en la espalda o en el pecho, según necesidad. Una aguja indicadora señala el momento en que la botella está llena. Entonces usted, señora, debe desprenderla y enchufarla en un depósito especial, para que se descargue automáticamente. Este depósito puede colocarse en cualquier rincón de la casa, y representa una preciosa alcancía de electricidad disponible en todo momento para fines de alumbrado y calefacción, así como para impulsar alguno de los innumerables artefactos que invaden ahora los hogares. De hoy en adelante usted verá con otros ojos el agobiante ajetreo de sus hijos. Y ni siquiera perderá la paciencia ante una rabieta convulsiva, pensando en que es una fuente generosa de energía. El pataleo de un niño de pecho durante las veinticuatro horas del día se transforma, gracias al Baby H.P., en unos inútiles segundos de tromba licuadora, o en quince minutos de música radiofónica. Las familias numerosas pueden satisfacer todas sus demandas de electricidad instalando un Baby H.P. en cada uno de sus vástagos, y hasta realizar un pequeño y lucrativo negocio, trasmitiendo a los vecinos un poco de la energía sobrante. En los grandes edificios de departamentos pueden suplirse satisfactoriamente las fallas del servicio público, enlazando todos los depósitos familiares. El Baby H.P. no causa ningún trastorno físico ni psíquico en los niños, porque no cohíbe ni trastorna sus movimientos. Por el contrario, algunos médicos opinan que contribuye al desarrollo armonioso de su cuerpo. Y por lo que toca a su espíritu, puede despertarse la ambición individual de las criaturas, otorgándoles pequeñas recompensas cuando sobrepasen sus récords habituales. Para este fin se recomiendan las golosinas azucaradas, que devuelven con creces su valor. Mientras más calorías se añadan a la dieta del niño, más kilovatios se economizan en el contador eléctrico. Los niños deben tener puesto día y noche su lucrativo H.P. Es importante que lo lleven siempre a la escuela, para que no se pierdan las horas preciosas del recreo, de las que ellos vuelven con el acumulador rebosante de energía. Los rumores acerca de que algunos niños mueren electrocutados por la corriente que ellos mismos generan son completamente irresponsables. Lo mismo debe decirse sobre el temor supersticioso de que las criaturas provistas de un Baby H.P. atraen rayos y centellas. Ningún accidente de esta naturaleza puede ocurrir, sobre todo si se siguen al pie de la letra las indicaciones contenidas en los folletos explicativos que se obsequian en cada aparato. El Baby H.P. está disponible en las buenas tiendas en distintos tamaños, modelos y precios. Es un aparato moderno, durable y digno de confianza, y todas sus coyunturas son extensibles. Lleva la garantía de fabricación de la casa J. P. Mansfield & Sons, de Atlanta, Ill.
Encuentros - Carmen Carrillo

El delgadísimo cuerpo de color índigo yacía sobre el campo. De la cabeza brotaba algo nauseabundo. Algo que parecía ser un cerebro se derretía lentamente en el interior del abultado cráneo fracturado y emergía de éste transformado en una especie de baba violácea y maloliente. (Tal vez no hubiera sido necesario liquidarlo), se repetía una y otra vez al mirar lo que había hecho. (Era necesario. Dejarlo ir sería fallarle a quienes me acogieron como si fuera uno de ellos), pensaba después, sin lograr desembarazarse de aquel sentimiento de culpa. Sólo salió de su perturbación cuando el característico sonido de una nave le anunció que debía retirarse. Sus larguísimas piernas azuladas lo llevaron hasta la nave de sólo tres zancadas. Subió, se ajustó el turbante y regresó a la base libre de remordimientos pues, a final de cuentas, no era su culpa que aquel con quien creció en su planeta de origen se hubiera convertido al cristianismo al emigrar a la Tierra, sabiendo que el único dios verdadero es Alá.
Evolución natural – Gilda Manso
En aquel momento pensé —y sigo pensando— que el destino me eligió por las decisiones que tomé. Por dos decisiones en especial: ser veterinaria y parir en mi casa. La primera me permitiría hacer las cosas de la manera más idónea posible, y la segunda evitaría el escándalo. Eso tuvo en cuenta el destino, o Dios, no sé, cuando determinó que mi hijo sería un mono. Mi hijo nacido de mí, quiero decir. Engendrado por mí y por mi marido.
Cuando Rafael nació, mi marido y la partera se desmayaron. Yo estuve a punto, pero logré mantenerme consciente por mi hijo. Que estaba ahí, recién salido de mi cuerpo, y era un mono. Entonces Rafael se prendió a mi teta y nada más me importó.
Una vez pasada la sorpresa inicial —y fue un inicio que duró mucho tiempo- mi marido y yo debatimos sobre qué debíamos hacer; para empezar, convencer a la partera de que tenía que guardar el secreto: pasara lo que pasara, atraer a la prensa sería algo malo. La partera, por fortuna, también lo entendió así, y juró no decir nada. Nos consta que cumplió: la prensa siguió ocupándose de algún romance famoso e intrascendente, y nadie vino a golpear nuestra puerta. Por otra parte, a los vecinos y a los parientes les dijimos que Rafael nació muerto; no nos costó fingir dolor, ya que llorábamos en serio cuando hablábamos de nuestro hijo fallecido; llorábamos de culpa, y luego colgábamos el teléfono y abrazábamos y besábamos a Rafael, no humano pero vivo.
Rafael se quedaría con nosotros. Eso decidimos. Cuando la gente empezó a preguntar de dónde había salido ese mono, dijimos que había sido abandonado por su madre (culpa, llanto) y que por el momento estaba a mi cargo. Así pasaron un par de años.
Un tiempo después empezamos a notar que había algo que no andaba bien. Rafael era un hijo dulce, inquieto y alegre, pero cada tanto caía en pozos depresivos, cada vez con más frecuencia. Comía poco, dormía mucho, se sentaba frente a la ventana y miraba a lo lejos, y lo lejos era la pared de la casa de enfrente. Y lo peor de todo, lo que más nos destrozaba, era que ni él sabía qué le pasaba. Doler y no saber el motivo convierte al dolor en tortura. Entonces sumé dos más dos, y el resultado fue que Rafael era nuestro hijo pero también era un mono. Mi marido y yo no dudamos: había que hacer un viaje.
Rafael cambió de ánimo apenas llegamos a la selva. Miró a lo lejos y la mirada fue realmente lejana; no le alcanzaban los sentidos para llenarse de cosas. Corrió y gritó de alegría, mordió una fruta que encontró en el suelo, se trepó a un árbol, se cayó, se volvió a trepar. Nunca había visto a mi hijo tan feliz.
Los monos llegaron al rato, convocados por los gritos de Rafael. Él los miró con sorpresa y temor, y luego corrió y se abrazó a mi pierna. Los monos se acercaron con cautela y lo olieron. Rafael, al ver que nada malo pasaba, le tocó la cabeza al más cercano. El mono hizo lo mismo con Rafael. Rafael me miró.
—Andá, nosotros nos quedamos acá —le dije. Rafael soltó mi pierna y siguió a su nueva manada; en el camino se dio vuelta, quería vernos.
—Estamos acá, hijo —agregó mi marido.
Rafael, más tranquilo, se fue con los monos.
Ese día dejamos todo y nos mudamos a la selva.
Sobre la autora: Gilda Manso
Reclamos – Héctor Ranea
—Vengo a hacer un reclamo, señora
—Para eso estoy, diga.
—Ustedes venden espejos fallados, pero fallados en forma fatal, digo.
—¿Cuánto hace que compró nuestros espejos?
—Veinte años
—Fuera de garantía, lo siento.
—No pude hacer otra cosa. A los tres años de comprarlo se me rompió.
—¿Y por qué no hizo el reclamo? Para ese entonces sí tenía garantía, señor.
—Es que me trajo la desgracia.
—Bueno. Eso son siete años, señor. Todo el mundo lo sabe.
—Ahí viene la falla, señora mía. Me trajo diecisiete años de desgracia. Me encarcelaron por cosas que no hice. Me largaron recién. Por eso reclamo. Ese espejo vino fallado.
—Mire. Yo que usted no movería un dedo. Éste suyo vendría a ser el reclamo número diecisiete del día…
—Comprendo. Mejor me retiro. A propósito ¿qué tiene que hacer esta noche?
—Bailo como desnudista en el club “Los diecisiete tragos”. ¿Quiere venir?
—No; gracias. Mejor puteo a lo que me queda de mi puto espejo.
—Buenas noches, señor.
—Buenas…
Sobre el autor: Héctor Ranea
Pum para abajo – Sergio Gaut vel Hartman
—La producción de ficciones ha descendido de un modo alarmante —dijo Pedro Fanguan revisando las estadísticas proporcionadas por el IMF. Levantó la vista e interrogó a Carmen Sosa de Tab, la promotora de 50 a 150 palabras.
—¿Qué se yo? —se atajó Carmen—. A mí no me acuse. Yo no vivo en la cabeza de los escritores.
—Debería.
—¿Debería?
—Debería, si quisiera hacer bien su trabajo, si no fuera una inútil con todas las letras.
—¿Qué letras?
—La “i”, la “ene”, la “u”, la “te”, la otra "i" y la “ele”.
—Se olvida del tilde.
—La tilde. ¿Se da cuenta?
—No, la verdad que no. ¿De qué estamos hablando?
—Antes, hablábamos de que producción de ficciones ha descendido de un modo alarmante. Ahora de que usted es una inútil con todas las letras.
—¿Qué letras?
—¿No le digo? Ni siquiera se da cuenta.
—¿De qué?
—Usted me irrita.
—Póngase talco boricado; es muy bueno.
—No es esa clase de irritación.
—¿Ah, no?
—¿Sabe qué, Carmen?
—No.
—Haga de cuenta que no le dije nada.
—¿Nada de qué?
—De que la producción de ficciones —dijo Pedro tratando de mantener la calma, aunque eso era perfectamente imposible— ha descendido de un modo alarmante.
—¿Hasta qué nivel descendió?
—Hasta el quinto infierno. —Pero casi de inmediato, Pedro se tapó la boca—. ¿Ve lo que me hace decir?
—No lo veo, pero lo oigo.
—Perdóneme, Carmen, olvidé que usted es ciega.
—No es nada, señor; estoy acostumbrada.
—¿Y se puede saber cómo llegó a trabajar de promotora de 50 a 150 palabras?
—Paso las yemas de los dedos por la superficie de los libros. Puedo distinguir perfectamente las letras.
—¡Qué notable! Me recuerda a un detective ciego que hacía eso. Leí el libro hace años, pero me olvidé del título, el nombre del personaje y el autor.
—Duncan Maclain, de Baynard H. Kendrick; tal vez la novela sea Reservations for Death o Blind Man's Bluff.
—No creo; no me suena.
—No le suena porque usted es sordo y acaba de bajar el volumen del audífono.
—¿Y usted cómo sabe eso si no me ve? —Pedro Fanguan estaba estupefacto. ¿Había subestimado las capacidades de Carmen Sosa de Tab?
—Soy alumna de Aleida Grababe.
—¿En serio?
Aleida Grababe era la única detective de la Federal que podía presumir de una entrada en el Libro Guinness. Ciega y sordomuda, carecía de brazos y piernas; era negra, judía y lesbiana. En su niñez había sido violada por el Batallón 611 de artillería en pleno, luego de diecinueve días de maniobras en Pampa del Viento. Aleida andaba en un carrito por las calles de Buenos Aires, colmadas de asesinos. Nunca había podido resolver un solo caso.
—En serio, ¿por qué habría de mentirle?
—No lo sé. ¿Para facturar una microficción más, tal vez? Una es mejor que ninguna. Sube el promedio y usted cobra algo de plata.
—¿Cuánto voy a cobrar?
—¿Por esta porquería? Veamos: tiene quinientas catorce palabras; a un euro con veinte la palabra le tocan seiscientos dieciocho euros, moneda más o menos.
—No está mal. ¿Escribimos otro?
—Dele.
Sobre el autor: Sergio Gaut vel Hartman
Promoción editorial – Patricia Kieffer, Héctor Ranea & Javier López
La colección Atmósfera estaba teniendo éxito. Era natural, porque el editor Heartman había reunido a casi un centenar de nuevos y no tan nuevos talentos para mostrar al público lo mejor de su producción.
Eran libros bien presentados, con llamativas cubiertas y textos rigurosamente seleccionados. Y, sin embargo, Heartman pensaba que la promoción estaba siendo insuficiente, y que aquellos libros deberían estar más a la vista del público.
Así que decidió probar en una librería cercana para proponer al librero, un viejo conocido, nuevas estrategias de marketing. No sólo bastaba con tener buena literatura. Había que saber venderla.
Escogió el lugar mejor ubicado e iluminado y con más posibilidades de llamar la atención del público.
—Probemos aquí —dijo al librero, señalando el lugar adecuado.
—Es un buen sitio. Pero habitualmente coloco aquí los textos religiosos, biblias y vidas de santos.
—No es problema —Heartman siguió mirando con fijeza la mesa expositora y los anaqueles, sin prestar mayor atención al librero, tal era su concentración.
Por la noche el librero echó la persiana de su negocio con todos los ejemplares publicados hasta el momento por Atmósfera en esa ubicación privilegiada. Pero no tuvo en cuenta apartar los volúmenes religiosos, y las “Confesiones del hermano Ceniciento”, escritas por algún monje del siglo V dc. en el monasterio de San Álvaro del Tobillo, compartían escenario con las Ficciones Atmosféricas.
Cuando la librería abrió sus puertas al día siguiente, iba a ocurrir algo que ni el propio Heartman hubiera previsto. Desde el momento en que se recibieron las primeras visitas y los volúmenes comenzaron a ser el centro de las miradas, los libros parecieron tomar vida propia e hicieron gala de una sensualidad inusitada. Al poco de abrirse el negocio, y dado que la afluencia de público era cada vez mayor y el calor empezó a ir en aumento, ayudado también por los focos que recaían directamente sobre las cubiertas de los libros, éstos comenzaron a desprenderse de sus sobrecubiertas y la sensualidad se transformó en marcado erotismo.
Algunos libros comenzaron a abrir sus páginas a la vista de todos, mostrando su verdad desnuda, dejando a un lado su pudor natural y ofreciendo mensajes que, misteriosamente, no habían sido impresos:
“Estas páginas se abren para que usted, querido lector, se introduzca en ellas y goce con esta vibrante experiencia".
No quedó ni un libro de la colección por vender, en solo una mañana. Heartman se sintió feliz cuando acudió por la noche para comentar con el librero cómo habían ido las ventas. Y, aunque el librero no quiso narrar lo que realmente allí había ocurrido por temor a que lo tomase por loco —él mismo dudaba de que todo lo que había visto fuera totalmente cierto—, tenía una prueba irrefutable de que algo fuera de lo normal había ocurrido en su librería: las “Confesiones del hermano Ceniciento”, que llevaban años sin venderse, se habían agotado ese mismo día y había solicitudes de nuevos ejemplares. Lo más curioso fue que los compradores eran consumidores habituales de literatura erótica.
Sobre los autores: Patricia Kieffer, Héctor Ranea y Javier López
Recordando cuentos – Alvaro Ruiz de Mendarozqueta
Hay cuentos e historias inolvidables. Tengo libros prendidos en la memoria que marcaron mi vida. Con Poe descubrí a los cuentos de terror, y también estuvo Bradbury y Sturgeon. Encontré el placer de leer un libro de un tirón, sin parar, quizás fue uno de Fowler Wright. Ballard y algo de Aldiss. Más o menos para la misma época vino el ABC –Arlt, Borges y Bioy, Cortázar-; recuerdo a El Jorobadito, insólita lectura en aquel pobre colegio secundario. La sorpresa de La Invención de Morel como una novela fantástica igual o mejor que cualquier otra.
Años más tarde, como en otra remembranza, como en otro festejo de la falsa idea de que lo pasado fue mejor, añorando esos libros idos, empecé a releer alguno. Craso error: me encontré que si bien recordaba las historias y, en parte, sólo en parte, volvían los recuerdos de los mismos –imaginados- escenarios y personajes, varios de ellos no me produjeron el mismo placer original. Surgió la pregunta, aunque cuando uno piensa no tiene forma de pregunta, sobre cómo sabía que no me producía el mismo placer. Concluí que lo que sentía mientras leía no podía compararse con el recuerdo que tenía de aquella primera lectura. De la primera lectura quedaban retazos en forma de recuerdos y el placer de la lectura eran pedazos del placer o una forma de placer. Quedaba eso más que lo que recordaba de la historia. Hice el ejercicio y escribí lo que recordaba de El Hombre Ilustrado y no llegué a dos páginas. Entonces cómo es que para mí es el más hermoso libro de mis doce años. ¿Acaso mi biblioteca entra en unas pocas páginas que creo recordar? ¿Adónde se fueron esos libros?
Es claro que dejé de releer a aquellos libros que había leído: unas pocas desilusiones bastaron para suspender la empresa. Prefería y prefiero quedarme con aquellos recuerdos sobre esas bellas obras. Entonces pensé en inducir a mis hijos a leer esas mismas historias y reproducir en ellos el mismo placer que los autores vertieron en mí. Tuve más fracasos que éxitos y los éxitos estuvieron de la mano de la lectura, en voz alta, de algunos cuentos de Bradbury. Les leí ese en que los niños de una familia tenían una habitación con pantallas tridimensionales en donde se proyectaba una pradera africana con leones, tan real que al final los leones se comían a los niños. A mis hijos les gustó. Mucho más les gustó cuando leí ese en que unos niños, pioneros en Venus si mal no recuerdo, encierran en un armario a otro niño durante los únicos diez minutos al año en que sale el sol en ese mundo y en ese cuento. ¿Han visto más crueldad que esa?, ¿han visto una representación más cabal de la famosa crueldad de la infancia que la de ese cuento? Cuando se lo leía a mis hijos pude, sólo en ese cuento, saber que era idéntico a mis recuerdos sobre él.
Asistí luego a talleres de lectura y a lugares en donde se leían o se contaban cuentos y en parte reviví la experiencia; si bien no fue como en los difusos recuerdos de mi infancia cuando me leían cuentos, al menos traté de reproducir en mí lo que vi en las caras de mis hijos cuando les leí cuentos. Hasta que encontré una solución, onerosa por cierto, pero a la que accedí hace muy poco generando una importante deuda bancaria. Instalé, en una habitación de mi casa, una serie de proyectores holográficos y pantallas y equipos de sonido. Todo eso junto a un poderoso computador de última generación que contiene la biblioteca virtual que compré. Los proyectores generan las imágenes tridimensionales de los autores de la mayoría de los libros que leen, mejor dicho relatan como en la mejor tradición oral, a los libros de su autoría. Las voces y las cadencias son las originales por lo que Rayuela tiene la ‘r’ gutural y afrancesada de Cortázar y El Jorobadito tiene una voz que desconocía. Borges inicia todo cuento con un ‘perdone mi ignorancia’ lo que me parece, al menos, un exceso del marketing.
Me siento y enciendo el equipo, selecciono algunos libros del catálogo, trato de concentrarme porque las novelas son muy difíciles de seguir por la concentración que requieren y con Los Siete Locos tuve algunos problemas y lo peor es que me aburrí. No me decido con cuál libro seguir y prefiero irme a ver televisión pero se me ocurre que podría ir y elegir un libro clásico, uno de papel e irme a leerlo a la cama con una ginebra como apoyo logístico. Me levanto –pensando en El Aleph- y me dirijo a la consola para apagar el equipo. Borges y Ballard, y Bradbury con Bioy –es que voy por la B- me dicen que no, que de ningún modo, que no puedo irme todavía, que mis recuerdos no son relevantes, que lo que vale es la literatura y que ella son ellos, que los que hacen literatura son ellos en este momento y que mejor no me vaya que apenas han empezado. Me siento y ellos sonríen y es Bradbury el que comienza a leer un cuento sobre un señor que posee una habitación de juegos y pantallas en dónde varios escritores famosos –sus imágenes- se reúnen en un lugar que parece una sabana africana, y leen sus cuentos e historias y le dicen al dueño de casa que mejor se quede allí, quietito, escuchando.
Me quedo allí con mucho miedo, pero me quedo.
Sobre el autor: Álvaro Ruiz de Mendarozqueta
La playa del fin del mundo – Esteban Moscarda & Javier López
Ése era uno de los primeros días de aquel año en el que por fin pude hacer lo que más me gustaba: pasear, descalzo, por la orilla de la playa arenosa e inmensa que tantas veces me había dedicado a recorrer. Lucía el sol de finales de mayo, no tan agobiante como el de julio, en el que además las playas están llenas de turistas y de niños que juegan en la orilla. Entonces, en esa época, prefiero pasear por los jardines de la ciudad.
Siempre me había resultado curioso el pantalán hecho de troncos de madera (al menos, eso me parecía) que podía verse en la distancia. Recuerdo haberme propuesto muchas veces llegar hasta él. Me gustaba porque parecía adentrarse bastante en el mar, y estaba seguro de que sería un buen sitio para sentarme, descansar, tomar el sol y encender un cigarrillo, antes de hacer el camino de regreso a casa. Pero, al igual que la línea del horizonte, el pantalán parecía moverse siempre la misma distancia que yo recorría, y a la vista seguía igual de lejos cuando llevaba una hora de caminata que en el momento en que la había comenzado.
Me desesperé. Un día subí en mi todo terreno y, como poseído por una locura absurda, emprendí una carrera impaciente por alcanzar esa meta escapista. Sin embargo, el resultado fue el mismo: a medida que me acercaba, el maldito malecón parecía reírse de mí a la distancia, alejándose más rápidamente de lo que mi camioneta podía andar.
Pero no me cansé, nunca, y esa fue mi perdición. Dediqué toda mi vida a la empresa fútil de llegar, de pasar esos palos desnudos en el horizonte. Y así me hice viejo y mi cuerpo perdió toda firmeza y mi alma toda determinación.
Y un buen día lo alcancé. Al final parecía que todos mis días habían valido la pena. La justificación de una vida tal vez desperdiciada pero que ya no importaba.
La estructura estaba semiderruida, llenas de óxido sus partes metálicas, y era tan antigua que sus constructores seguramente no vieron el siglo pasado. Un muelle inconcluso, bello pero inútil.
Lo primero que hice fue llorar. Lo segundo, dar el paso posterior, pasar ese límite hasta ahora infranqueable.
Más allá, como imaginarán, no había nada. Mejor dicho, en una playa infinita de dunas irregulares y un mar oscuro y tranquilo estaba la Muerte, mi muerte. El final de todo, el final del universo para mí.
Me desnudé entonces y con paso tranquilo me adentré en el mar, mirando, claro está, el muelle. Esta vez desde un punto de vista totalmente novedoso...
Sobre los autores: Esteban Moscarda y Javier López
Montería – Patricia Nasello
Nuestra tragedia comenzó tres meses atrás, el día del santo patrono, cuando las jaurías aumentaron su ferocidad. Antes sólo debíamos cuidar a los niños, dejarlos en la calle sin custodia era exponerlos a una amenaza fatal, pero ahora sólo los adultos jóvenes y sanos pueden aventurarse fuera de sus hogares, en grupo y armados. Llevamos noventa y cuatro días de un espanto al que nadie sabe cómo nombrar.
Nuestras bajas son numerosas, tanto por enfrentamiento directo como por el colapso del sistema: es difícil conseguir remedios y pronto comenzará a matarnos el hambre. Nosotros también matamos, pero allí donde cae uno de ellos, parece que dos, cinco, diez, brotaran en su lugar.
Los más viejos afirman que hubo un tiempo en que las dos especies convivimos en paz. Flaco consuelo nos ofrece el conocimiento.
Este sitio nos ha debilitado hasta ponernos al borde del exterminio. El enemigo, cada vez más numeroso, patrulla nuestras calles sin descanso.
Tomado del blog Esta que ves
Sobre la autora: Patricia Nasello
Planos superpuestos – Sergio Gaut vel Hartman
Se abrió la puerta y vislumbré una figura de pesadilla que avanzaba hacia mí blandiendo una enorme cuchilla de carnicero.
—¡Corten! Va de nuevo. Un poco más de saña, Martín, sos un asesino demente. Y vos, Diego, estás saliendo del sueño, de una pesadilla, y tu rostro debe reflejar el desconcierto de caer en otra, aún más terrible. ¿Entendieron? ¡Acción!
Se abrió la puerta y vislumbré una figura de pesadilla que avanzaba hacia mí blandiendo una enorme cuchilla de carnicero. La cara del asesino, fundida como cera sobrecalentada, chorreaba sobre mi cuerpo de un modo obsceno. Traté de animarme contemplando el resplandor de los focos, y la mujer de la peluca roja que debía entrar para salvarme antes de que el asesino consumara su acto, pero no vi nada.
—¿Qué estás buscando, idiota? Esto no es un set de filmación y tampoco una simple pesadilla de la que uno puede despertarse. —Alzó la cuchilla y la hundió en mi pecho. Caí de la cama y empecé a desangrarme.
Sobre el autor: Sergio Gaut vel Hartman
Dicotomía – Rafael Blanco Vázquez
Había una vez un perro.
Era un perro muy cariñoso que hacía muchas monadas a sus dueños.
Pero de vez en cuando hacía otras cosas propias de perros, y sus dueños se las afeaban, y él agachaba las orejas y fingía que lloraba y su llanto era real sin dejar de ser falso.
Hacía esas cosas adrede. Justo antes de hacerlas pensaba si no sería mejor no hacerlas, pero siempre decidía que no le apetecía aguantarse.
A veces pensaba, con cerebro perruno, que cualquier día sus dueños se hartaban y lo ponían de patitas en la calle.
Pero era un perro muy observador.
Cuando sus dueños se enojaban con él y él hacía eso que tan bien controlaba con ojos y orejas, los escuchaba haciendo como que no:
—Pobre, si no es más que un perro.
Y él entonces comprendía que tenía carta blanca.
Además, pensaba, si sus dueños no soportasen las cosas de los perros tendrían gato.
Y así fluían los días y las noches, sin más preocupación.
Porque incluso si por esas cosas de la vida a sus dueños les daba un día por abandonarlo (todo el mundo tiene algo impredecible, hasta él se sorprendía a sí mismo a veces), él sabía perfectamente que su actitud no tendría nada que ver con eso.
Acerca del autor:
Rafael Blanco Vázquez
Esquina Center – Mario Cesar Lamique
Miro la esquina y no puedo evitar el recordarte, la encuentro muy parecida a vos, pero en otras cosas, ya que en varios aspectos se diferencian, la esquina, por ejemplo, no se va.
Veo los movimientos repetidos, ensayados, aprendidos, aquí vengo todas la tardes a esperar tu regreso con injustificada esperanza pero lo que sale a mi encuentro es esta ya conocida oscuridad que de apoco cambia la fisonomía del lugar, gana terreno, viene cliente, saluda y la compra se concreta; “venì que esta es mi oficina y la otra esquina, es el salón probador”
Miro las caras conocidas, las risas estridentes, los empujones amistosos y la seriedad repentina cuando un auto pasa muy despacio.
Lo que logro recordar de vos de cuando no eras ausencia se parece mucho a esta esquina, o a esa desazón que veo en ella.
La esquina no te conoce, los que ahora la recorren tampoco, un patrullero pasa pero ni mira, todo está bajo control, pensarán.
Hoy en la esquina hay inquietud, caminata nerviosa y pocos clientes, los empujones no se muestran tan amigables, la palabra “buchón” se escuchó, creo que fue lo único que oí, en cuanto a palabras, porque sonidos no faltaron y el disparo intentó acallarlos a todos, en segundos quedaron la soledad del muerto y mis recuerdos, nada más.
La policía viene y pregunta, nadie sabe que pasó, nadie contesta, comienzo a mirar para otro lado sin dejar de pensar en que hoy tampoco habrá reencuentro en esta esquina que se parece mucho a vos, pero claro que en otras cosas, en otras ausencias.
Rumores - Néstor Darío Figueiras

Sonó el teléfono. No hay onomatopeya apropiada para figurar ese maldito pitido burbujeante. Insulté a destajo al inocente aparato de plástico y bajé el volumen del televisor. Crucé el living en cuatro zancadas y levanté el tubo:
—¿Hola?
—Buenos días, señor. Mi nombre es Lara. Le hablo del Consejo de Defensa. Estamos realizando una encuesta. Solamente necesitamos cinco minutitos de su tiempo ¿Sería tan amable de responder las preguntas?
La voz era dulce y sensual. Estudiadamente sexy. Eso me enojó aún más. Hay que ver lo que se atreven a hacer estos call centers. Me han hablado de cientos de engendros biomecánicos que chorrean hormonas y mascan alucinógenos, y hacen mil llamadas diarias. Pero eso no es más que pura habladuría. Esa voz seductora tenía que pertenecer a una mujer de carne y hueso.
—No tengo los cinco minutitos. Y no me interesa participar de ninguna encuesta. Adi...
—¡Bebé! Tu nombre es Roberto Uberni, ¿no? ¿Puedo llamarte Roby? ¡No te me pongas así! Sólo te hago unas preguntitas y después te cuento las chanchaditas que hago por ahí, dulce.
Me tomó desprevenido. Su voz era muy sugerente. Paladeaba cada palabra de una forma estremecedora. Inevitablemente algo ardió dentro de mí. Me había enganchado.
—Bue-e-no, supongo que puedo contestar algunas preguntas...
—Así me gusta, bombón. —Me llenó el oído con una risa suculenta, una escala ascendente de sonidos brillantes que terminó con un dejo de jadeo, y retomó el tono impersonal y formal—. Empecemos. De uno a diez, ¿qué puntaje le daría al sabor de VitaSorbi, la golosina nutritiva?
VitaSorbi. Fabulosa. Decían que la barrita grumosa y dulce que todos chupábamos era, entre otras cosas, un concentrado hormonal que el gobierno suministraba para aumentar la fertilidad en la población. Ese era un rumor infundado, a lo sumo una versión extraoficial. En realidad VitaSorbi no era más que una sabrosa golosina afrodisíaca.
—Diez. Es muy rica.
—¿Cuándo fue la última vez que estuvo enfermo?
—No lo recuerdo.
—¿Es heterosexual?
—Sí.
—¿Cuántas veces a la semana tiene relaciones sexuales?
—Eh... tres... No. Tres no. Cuatro. Sí. Cuatro veces por semana. —Obviamente, exageré un poco.
—¿Se masturba?
—¿Eh? ¿Tienen relevancia estadística mis hábitos sexuales?
—Roby, no te enojes —volvió a hablarme tentadoramente, con susurros lentos y húmedos—. Es que me calienta saber si sos un semental... Imaginarte en acción me excita, bombón... ¿Podemos continuar?
—Eh...sí. Claro... —Una erección incipiente prometía descoserme el pantalón.
—No me contestó si se masturba. —Había cambiado nuevamente a la voz neutra.
—Pues sí. Ocasionalmente.
—¿Tiene hijos?
—No que yo sepa...
Ninguna pregunta para recabar datos personales. Según me contaron, nos espían constantemente y lo saben todo acerca de todos. Pero no hay que creer todo lo que se dice por ahí.
—¿Cuál de estas tres problemáticas le parece más acuciante: la presunta amenaza de una nueva guerra con los kexubianos, la escasez de alimentos, o la creciente epidemia de SEI?
—¿Hay una epidemia de SEI? Tengo entendido que sólo fueron algunos casos aislados. Lo de la escasez de alimentos es una patraña descarada de la oposición. Las golosinas se consiguen fácilmente en cualquier kiosco. VitaSorbi, CalciBuma, FosfoCrocks... De modo que me parece que la posible guerra con los kexubianos es lo más grave. Pero si ya le pateamos el trasero una vez, ¿por qué no dos?
¡Epidemia de SEI! ¿Quién podía tragarse tal camelo? No conocía a nadie que padeciera el Síndrome de Esterilidad Inducida.
—Una última preguntita, Roby, ¿estarías dispuesto a colaborar con el gobierno en esta guerra fácil que te ofrece la oportunidad de transformarte en un héroe, envidiado por los hombres, codiciado por las mujeres? Yo te codiciaría. Es más, te deseo ahora... Ay, bebé, estoy tan caliente, cuantas ganas que tengo de verte para...
Y entre los gritos roncos de mi paroxismo orgásmico dije que sí, que estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de que ella siguiera en la línea, contándome entre jadeos y gemidos sus fantasías eróticas.
Al día siguiente los comandos me sacaron a la rastra de mi casa.
Ahora estoy enchufado a esta máquina que acelera mi metabolismo y cataliza todos mis procesos vitales. Es una especie de jaula-cama que me inmoviliza. Las llamamos jaumas. La jauma potencia mis dotes viriles y estimula mi libido. Me han convertido en un semental.
En este cubil estrecho veo la guerra por televisión, aunque, cuando se dedican a mostrar las calles vacías de la ciudad durante horas, prefiero girar la cabeza para no ver. Me atiborran de VitaSorbi, FosfoCrocks, CalciBuma y otras golosinas estupendas que nunca había encontrado en los kioscos. Y dos veces al día viene Lara, mascando alucinógenos y chorreando hormonas. Me monta con frenesí cada vez. Sus servomotores chirrían con pasión y me llama "Roby" con esa voz maravillosamente sexy que me enardece. Luego se dirige a la Incubadora, llevándose los óvulos fecundados en su vientre de metal y plástico. Tengo la certidumbre de que algún día mis hijos serán soldados valerosos que le patearán el trasero a los espantosos kexubianos. Y podré verlos por televisión, triunfantes, enarbolando nuestra bandera.
Lara me ha dicho que se escucha un nuevo rumor en los barracones: los alienígenas han fumigado todo el planeta. Me ha dicho que cada vez somos menos hombres, que la semilla humana está muriendo. Pero cuesta creerlo. Si hay decenas de miles de cubiles como éste que trabajan día y noche...
Néstor Darío Figueiras
Devoción - Claudia Sánchez

Hace un par de meses llegó al monasterio, el monje que estábamos esperando. Su aspecto era corriente pero muy carismático. Había amabilidad en sus palabras y en su mirada, sus gestos eran pausados sin ser solemnes. No había mentido cuando dijo que poseía el don de lenguas: pasaba la mayor parte del tiempo susurrando oraciones ininteligibles.
Una noche, el tono monocorde de sus plegarias había cambiado. Parecía estar con alguien en su habitación, contigua a la mía. Si bien no comprendía qué decía, su tono hacía suponer que pasaba por un tormento. Pensando que tal vez estaba enfermo, fui a su cuarto y divisé la puerta entreabierta. No pude evitar mirar a través de ella.
Sentada en el suelo, con las piernas cruzadas, semidesnuda, encerrada en una especie de triángulo de luz, se encontraba una mujer –ahora lo notaba- realizando un rito extraño que iba subiendo de tono e intensidad conforme sus manos unidas en plegaria subían desde su vientre hasta su cabeza con movimientos sinuosos.
Yo caí de rodillas, hipnotizado. De pronto pude entender lo que decía. El momento del despertar de su Kundalini había llegado. Y el de mi iluminación.
Desde entonces, todas las noches me instruye en el tantra y durante el día oramos en lenguas. Tal fervor hizo que nuestro superior solicitara otro monje al monasterio vecino. La estamos esperando.
Claudia Sánchez
Una noche, el tono monocorde de sus plegarias había cambiado. Parecía estar con alguien en su habitación, contigua a la mía. Si bien no comprendía qué decía, su tono hacía suponer que pasaba por un tormento. Pensando que tal vez estaba enfermo, fui a su cuarto y divisé la puerta entreabierta. No pude evitar mirar a través de ella.
Sentada en el suelo, con las piernas cruzadas, semidesnuda, encerrada en una especie de triángulo de luz, se encontraba una mujer –ahora lo notaba- realizando un rito extraño que iba subiendo de tono e intensidad conforme sus manos unidas en plegaria subían desde su vientre hasta su cabeza con movimientos sinuosos.
Yo caí de rodillas, hipnotizado. De pronto pude entender lo que decía. El momento del despertar de su Kundalini había llegado. Y el de mi iluminación.
Desde entonces, todas las noches me instruye en el tantra y durante el día oramos en lenguas. Tal fervor hizo que nuestro superior solicitara otro monje al monasterio vecino. La estamos esperando.
Claudia Sánchez
A gusto – Hernán Dardes

Se sabe oír del frío aterrador que congela las paredes de las casas. Del aire saturado que agobia a los desprevenidos pulmones. De inviernos desérticos y veranos agobiantes. De espesas nubes que descienden hasta las más altas ramas de los árboles a robarse los nidos de los pájaros. Suele hablarse por allí de un intenso e incesante crujir de ventanas por las noches. De soledad, desolación, y aburrimiento.
Hay quienes afirman, desde su experto razonamiento, que el lugar es inhabitable. Hablan de aromas pestilentes, del rumor permanente del viento arrasando los resecos terraplenes. De los lacerantes rayos de sol en las tardes de Enero. Hasta de líquidos insalubres que fluyen en recónditos manantiales. Ciertos hombres, adentrados en vacilantes investigaciones, sostienen que es total la ausencia de niños y manifiestan sobre un lejano canto de ronda que parece recordarlos. Y cuentan también sobre perros que aúllan como lobos, y de felinos que lo recorren sosteniéndose solo sobre sus dos patas traseras. De pavorosas aves con picos puntiagudos y miradas inquietantes.http://www.blogger.com/img/blank.gif
No son pocos los que sustentan teorías sobre un pueblo fantasma, y que relatan historias de bandoleros, de duelos y ajustes de cuentas. Se dice además de un anciano desgarbado, que solía recorrer los campos ayudado por un bastón hecho con una rama seca y que una noche desapareció sin dejar rastros. De su compañera fiel, que esperándolo, quedó fundida en una roca donde aún hoy descansa.
Me encanta oír esas historias. Me fascina la pasión con que las cuentan. Me intrigan los rostros aterrados de quienes se atreven a lo más oscuro, a lo más fantástico. Relatos encendidos, a veces hasta arengas amenazantes se suceden sin fin, dejando en cada oído el implacable rastro del espanto. Gozo enormemente oyéndolos, imaginando al osado que se atreva a dar un paso más hacia el enigma. Yo mientras tanto, los espero aquí, sintiéndome tan a gusto.
Hernán Dardes
Tomado de: http://hernandardes.blogspot.com/
Un murciélago ahí – Héctor Ranea

–¡A ver Pérez si escribís uno de demonios sin murciélagos! –gritó el Editor compilador. –¡Me cansaste! ¿Por qué siempre metés los murciélagos? ¿No tenés otras alimañas, acaso? ¿Cucarachas? (No, dejá, con Kafka que se nos adelantó mejor dejá tranquilas a las cucas) ¿Serpientes? (No, dejá que con el Génesis ya tenemos para rato). ¡Inventate algo, loco! ¡Acabala con los quirópteros!
–¡Pero diantres! ¡Son los animales ideales! Hieden como desodorante en descomposición, salen de noche, fuman… las tienen todas para ser animales del Averno.
–Antes de meter otro murciélago en tus cuentos, metételos bien en el…
Entra la secretaria y los dos hacen mutis. Saben que a ese nivel si se les escapa un ex abrupto a la secretaria se le amustian las tetas, así que se cuidan bien de decir cosas soeces porque disfrutan imaginándoselas desnudas.
–Veré qué hago –dijo el escritor mientras salía refunfuñando en un dialecto conocido como escritor versus editor.
Al rato, le manda un boceto del cuento al editor por e-mail. Y se escucha desde la oficina del editor el grito: ¡Pérez! Seguido de una serie tan feroz de improperios que no sólo se amustiaron los senos de la secretaria, sino que se cayeron las gafas de la supernumeraria telefónica, se reventó la máquina de café y dos o tres vidrios de la ventana a la calle se oscurecieron dejando ver la imagen llorosa de un santo. Imposible decir todo porque parecían los improperios mezclados, encadenados, trenzados entre sí, repiqueteados como una danza de tap con boleadoras pampa y un gorjeo de cuervos de lata escupiendo tabaco fermentado en tambores redoblantes. Desató mil infiernos y cada uno de ellos era más impresionante que los de Bosch. Convirtió computadoras en felinos color azucena desvaída, copas en kriss malayos listos para usarse. Transmutó con su grito el café en peces flotantes de gutapercha barata. Los testículos de los asistentes de redacción quedaron reducidos a bolas de boj que flotaban en el aire cada vez más denso de la oficina. Las dentaduras reales de los vecinos del piso de arriba se hicieron polvos verdes que bañaron la ciudad y realizó el milagro de hacer que los bondis se transformaran en celacantos violetas, en submarinos amarillos. En breve, las puteadas del Editor transformaron a la ciudad en el Infierno tan temido.
A Pérez le llegó un e-mail:
–Te aumento el salario, botija. Te me cruzás a Montevideo y la seguimos. Con vos como antiexorcista me estoy llenando de ciudades y lo estamos dejando al quía de arriba sin ganas de jugar al TEG.
Héctor Ranea
Di end is comin - Daniel Frini

Los dados giran en el aire dando volteretas.
Se muerde los nudillos viendo cómo el primero cae sobre la pana verde y rebota hacia adelante y ligeramente a la derecha. El segundo dado parece clavarse y se diría que pega un respingo hacia atrás. Unas vueltas más y se detienen prácticamente a la vez. Él y el otro miran la mesa con aprehensión. Un dado muestra un tres; el otro, un dos.
―¡Ah! —grita el que arrojó los dados, mientras se golpea la frente.
―¡Ja! —se sonríe el otro, mientras se echa hacia atrás y se arrellana en su sillón.
El primer misil impactó a unos tres kilómetros al norte de Makka Al-Mukarrama, el noveno día del mes de du-l-hiyya, el último día de la hajj; cuando unos dos millones y medio de peregrinos se despedían de la Kaaba.
El segundo misil cayó muy cerca del Hakótel Hama'araví, obliteró Yerushaláyim y mató a más de quinientas mil personas.
―Me toca a mí —dice el otro. Recoge los dados y los mete en el cubilete. Agita, mientras cierra los ojos. Parece rezar. En un movimiento brusco, gira el vaso y lo deja caer, boca abajo, sobre la mesa. Lo levanta lentamente. Un dado indica un cinco; el otro, un uno.
―¡Sí! —grita el que arrojó, ahora, los dados.
―¡No! —grita el primero.
El tercer misil destruyó New York, el cuarto impactó en Berlin. En tres días, casi las cuatro quintas partes de la humanidad habían muerto. Doce días después la nube radioactiva había cubierto la totalidad del planeta.
―Un cuatro, un cuatro… —ruega el primero, mientras prepara el tiro.
―Me parece que, como siempre, te gano —dice el otro.
Los dados vuelan y caen. Un dos. Un tres.
―¡No puede ser! —grita el que tiró.
―¡Sí! ¡Otra vez! ¡Tomá! ¡Gané!—grita el otro.
Veinte días más tarde, el inmenso mecanismo enviado por el G-7; y por cuyo control se desató la guerra, sin nadie que gobierne su entrada en órbita, impactó en el sol y liberó su carga. La explosión de Supernova fue, prácticamente, inmediata.
―¿Jugamos otro?—dice El Caído ―Ya te gané tres seguidos.
―Dale ―dice Dios ―. Esto no puede quedar así.
—Te cedo el honor.
―Bueno —contesta Dios, mientras agita el cubilete.
Una eternidad después, suspira, arroja los dados y dice
―¡Hágase la luz!
Daniel Frini
Loca - Raquel Barbieri

La loca es tan sucia como hermosa, y vive escondida bajo su fachada maloliente de mujer extraviada y alejada del mundo de los hombres buenos.
Algunos la llaman "la loca de la vuelta", como si viviera a la vuelta de la casa de alguien. Otros dicen que es "la loca de la plaza", porque ella pasa muchas horas en ese lugar que parece regalarle una cuota de felicidad que nadie más puede comprender, a menos que transite una dimensión compatible con la de la desventurada.
Casi todos se creen con más derecho que ella a estar en la plaza, planean formas de sacarla de ahí, piden que la vengan a buscar del Moyano, así la dopan y vive como una planta que no jode. Intentan espantarla como si fuera una mosca que merodea la zona del asado, una cucaracha en la sopa de un bar berreta, un bicho que se metió en el oído, una piedrita en el zapato.
Y la tipa no se le acerca a nadie, no grita, no conversa, no pide y no brama.
En algún momento de su día, la loca transita por el cuadrado de pasto y árboles llamado plaza, sitio sagrado que los vecinos veneran, en donde hay bancos habilitados para sentarnos (supuestamente) todos, seamos locos o del bando de la cordura, porque... que yo sepa, para sentarse a tomar aire no hay que presentar certificado alguno.
Un banco en una plaza es un reposo, un sosiego, un lugar para mi loca. Y mi loca tiene tanto derecho a descansar, a tomar sol y perderse en su malambo de ideas provenientes de dendritas malamente conectadas a unas neuronas bastante apagadas, quemadas por la mala alimentación, la falta de instrucción y la carencia de amor humano.
La loca no tiene vuelta y a esta altura, mejor que no la tenga, porque sabría que se burlan de ella y hoy lo ignora.
La loca molesta, los inquieta... les recuerda que la cordura puede perderse en menos tiempo del imaginado, y tienen temor de estar observando el espejo de un futuro cercano.
La loca... ni se sabe el nombre.
Por allí anda vagando, musitando alguna palabreja en gerigonza, exhibiendo su pobre cuerpo maltratado por la calle y el destino.
Y los chicos le huyen, las madres la esquivan, los hombres no la consideran hembra, salvo un par de mendigos que andan por la estación y se sirven de ella y ella, de ellos. A ellos les muestra sus bellas y redondas tetas sucias.
Y los otros, los normales, no ven el Maná que brota debajo de la mugre de mi loca, el Maná que sabe a rancio por falta de higiene.
Sólo los animales la buscan sin segundas intenciones. Los gatos se le aproximan de a poquito, sinuosamente, ronronean en su idioma gatuno unas lindas frases de empatía hacia la mujer solitaria que los acaricia sin temor, ya que ella será despreciable para los humanos, pero para los felinos es una amiga constante. Y los perros le saltan encima moviendo la cola y chupeteándola torpemente, así como son ellos, que no calculan su peso y se avalanzan llenos de un amor descontrolado de colas en movimientos circulares y sonidos cómicos que encienden la sonrisa de esta mujer que subsiste de milagro.
Y entre gatos y perros que comparten su sol, ella come lo que encuentra, lo que alguien le da esporádicamente y lo que en algún tacho se ve como un manjar.
Ella, que no está cuerda pero es buena... que de cuerda sólo tiene la que sostiene sus harapos cochambrosos, se ríe de todo, no sabe leer, ni contar, ni ganarse la vida... ni coser, ni bordar, pero sabe abrir la puerta para ir a jugar.
Raquel Barbieri
Extraído de Despertar de la Crisálida
Cara rota - Fernando Puga

I
Dale, reíte nomás. ¿Qué te creés? ¿Que es un cuento? No flaco. Cuando me agaché para levantar la moneda que cayó de mi bolsillo tropecé y rodé por la alcantarilla. Esa de la esquina, la que está sin tapa hace más de un mes. La que dicen que se afanaron los pibes de la otra cuadra, los de la casa tomada ¿viste? ¡No sabés el golpe que me di! El asunto es que estuve un buen rato atontado ahí abajo y empezó a llover. Fuerte llovía. Claro, el agua empezó a caer a chorros por la boca de la alcantarilla y eso me despertó. Traía basura el agua. Mucha basura. Y caía directamente sobre mi cara. Para ser más precisos sobre mi nariz y mi boca entreabierta. Y vos sabés lo que es la basura en las calles de Bs. As. ¡Un olor, hermano! Entre podrido y tóxico. ¡Un espanto! Empecé a sentir arcadas y vomité. Como estaba boca arriba el vómito se desparramaba sobre mi cara y chorreaba hacia mi pecho. Casi no podía moverme y volví a desmayarme, supongo que por el asco. Por suerte la basura terminó por tapar la alcantarilla. Dejó de entrar agua y lo que seguramente empezó a ser un problema para los que habitan la superficie, fue un alivio para nosotros, los recluidos bajo tierra, los que inmóviles entre plástico, cartón y excrementos sentimos el cosquilleo en la piel que producen las ratas con sus pasos cortos y los pequeños mordiscos de esos incisivos que nunca detienen su crecimiento.
El caso es que paró la lluvia. Y cuando el barrendero pasó a destapar los desagües me vio. Creo que pensó que estaba muerto porque ¡pegó un alarido! Me sacaron entre varios y me llevó la ambulancia.
Y ya está. Eso es todo. Así que reíte nomás. Pero es la verdad. Ese y no otro es el motivo por el que mi cara ya no es cara, sino un pozo hondo por donde se puede ver hasta el hueso.
II
El pobre hombre caminaba distraído por la vereda y tropezó. Algo se le había caído del bolsillo y al agacharse para recogerlo realizó un torpe movimiento que lo hizo aterrizar. Quiso levantarse apoyando la mano por detrás de su cuerpo, sin notar que estaba junto al cordón, al lado de la alcantarilla. Que la alcantarilla no tenía tapa y que su mano no encontraría dónde apoyarse. Que caería por el hueco vaya uno a saber hasta qué profundidades.
A continuación se largó una de esas lluvias que inundan la ciudad y el agua arrastró toda la basura urbana hasta el desagüe. Se obstruyó y ocultó la presencia del pobre hombre que allí tuvo que permanecer hasta que la tormenta amainara.
Al cabo de unas horas pasó el barrendero y al verlo en el hueco, mojado y sucio, semiinconsciente, llamó a la ambulancia para retirarlo y trasladarlo al hospital.
Cuando lo sacaron despedía un olor nauseabundo, como de letrina de calabozo. Al darlo vuelta se pudo ver su cara. Roída por las ratas apenas parecía humana.
Fernando Puga
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