Mi primera lección de ski – Gabriela Baade


Mi primer viaje de ski. A los sesenta y ocho años me había decidido a aprender. Me atemorizaban un poco mi avanzada edad y la osteoporosis que ya había pulverizado varios de mis huesos. Pero cuando mi amigo de toda la vida, Marcos Elpigio González, me lo propuso, tardé diez segundos en acceder.
Me compré la ropa adecuada, preparé la valija, el bolso de mano, el baúl con los medicamentos y algo de comida, y abordamos el avión hacia San Martín de los Andes, después de pagar unos pesos por exceso de equipaje.
Casi llegando a nuestro destino el avión comenzó con a bambolearse y un humo negro salió de las turbinas. La cordillera, imponente, se nos acercaba demasiado.
Fue un terrible accidente en el cual todos sobrevivimos, pero nos dispersamos.
Buscando entre los restos de la aeronave encontré el baúl con los alimentos y remedios, le pedí a Marcos que lo cargara mientras yo seleccionaba ropa de abrigo.
Marcos y yo admiramos el volcán Lanín en todo su esplendor y fuimos hacia su encuentro. A los cinco minutos Marcos se desmayó por el esfuerzo de cargar el baulote, así que lo disculpé de semejante tarea. Sólo llevamos un par de medicamentos, un paquete de fideos, un sobre de sopa y una botella de agua.
Marcos tenía frío y yo estaba en la gloria, ya que desde la menopausia seguía con los calores.
―Marquitos, querido ―dije con tono maternal―, ya casi llegamos al volcán, ahí vas a tener calorcito, casi casi como un tiro balanceado.
―¿Y cómo mierda vamos a escalar el volcán, me querés decir vieja del orto? No sé por qué carajo se me ocurrió traer a esta bruja.
Entonces se me ocurrió una idea brillante: clavé unos tallarines en las suelas de las botas y lo mandé a Marcos a buscar resina para no patinar en la subida. Él buscó durante horas entre los coihues y colihues pero no encontró nada. Decidió que un desodorante en aerosol podía servir, y no me animé a contrariarlo.
Tardamos ocho minutos exactos en llegar a la cumbre perforada. Al llegar al bordecito palidecí de pánico. Marcos al ver mi cara dijo:
―Hacé cuña y bajá derecho.
Tomé velocidad de bólido supersónico y me zambullí en la lava con un triple mortal. Sufrí quemaduras de tercer grado, promovidas a cuarto. Menos mal que había llevado el pancután.
Cuando Marcos me vio nadar en la lavita al estilo Esther Williams, decidió bajar en espiral, uno de los mejores métodos anticonceptivos. Al llegar a mi lado se sacó el echarpe y como yo estaba acalorada le dije:
―Mirá, acá hace mucho calor así que yo duermo con la ventana abierta.
Nos dormimos finalmente arrullados por mis ronquidos y los blub blub de la lava.
A la mañana siguiente comenzamos a sentir una presión uniforme en nuestros cuerpos y a lo lejos una vocecita: "Viejo, viejo, cazá el bolso y llamá un taxi, ya viene, son cada tres minutos".
Nos preparamos para el período expulsivo.
―Voy primero porque sé como es esto ―dije.
―Si, vos sabrás, pero yo quiero asomar antes.
Finalmente dejamos de disentir y nos alineamos en el canal de parto volcánico. Al sonar de un PLUF salimos expulsados.
Así fue como la madre tierra que nos parió nos tuvo, obviamente llorábamos emocionados.

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Enfermedad crónica - Anna Rossell Ibern


Abrió y cerró la puerta tras de sí. El cuerpo encogido, casi acurrucado, en un rincón sombrío del comedor y la mirada de espanto de su mujer le revelaron que el terror la había vuelto a poseer, como sucedía tan a menudo desde hacía años. Los episodios de pánico habían empezado en seguida, casi inmediatamente después de casarse, y eran cada vez más frecuentes. Él seguía queriéndola, pero debía reconocer que aquella enfermedad había alterado sustancialmente su relación. Ella se había convertido en un ser asustadizo e inútil, no hacía nada del derecho y él tenía que soportar aquella carga que ya empezaba a pesarle demasiado. Sintió un golpe seco y contundente en la nuca y se desplomó como un saco. En la ambulancia, camino del hospital, retumbaba en su cabeza la voz cargada de odio de su hija: “¡Nunca más volverás a ponerle una mano encima! ¡Nunca más volverás a maltratarla! ¡Nunca!”


Acerca de la autora:
Anna Rossell

Novela tomada – Guillermo Vidal


Cortázar era un curtido investigador, con años de experiencia en la fuerza donde había visto de todo, pero no soportaba a los nuevos personajes con pretensiones realistas.
—Señores, nadie se va a ninguna parte, todavía hay que probar que el asesino es el mayordomo.
—¿No es más importante probar si hubo un crimen?
Se olvidó de agregar que soportaba menos todavía a los personajes secundarios. Hoy día son capaces de cualquier arrebato con tal de llevarse la atención.
—Estamos en una novela, suity, por si lo has olvidado. Hay que ceñirse a la trama.
—¿Por qué no un final feliz?
—Género literario, está en el contrato y hay que respetarlo, de no aceptar los términos pueden migrar a otra obra.
—Ni loca, tal vez no me den ni una escena.
—¿Entonces seguimos?
El murmullo fue creciendo hasta convertirse en un furioso griterío, manos levantadas y puños cerrados apoyaban los canticos rebeldes. Por más esfuerzo que había hecho Cortazar tuvo que aceptar el fracaso; si quería conservar el protagonismo de la novela y no terminar como un personaje de relleno sin una línea que decir, era el momento justo para dar un giro, lo que por fortuna su personaje estaba acostumbrado a hacer.

—Lo siento, no puede ingresar a la novela —dijo Cortázar apostado en medio de la entrada con los brazos cerrados sobre el pecho y una mano cerca del arma.
—Pero yo soy el autor.
—Los personajes han tomado el texto y no se van a ir hasta que sean escuchados. Todos quieren más participación en la trama y están podridos de repetir la historia de que el mayordomo es el asesino.
—Bueno tengo mis variantes.
—Piden que se integre las teorías de investigación modernas.
—¿Se refieren al estilo csi?
—Exacto.
—Vulgar.
—Yo soy un personaje vulgar, según los críticos —contestó Cortázar decidido a tomar la iniciática—Le recuerdo que en las dos últimas novelas me quejaba del poco presupuesto para las técnicas modernas. Aquí tiene los cambios propuestos —Cortazar le presentó un voluminoso borrador corregido.
—Me niego.
—¿Si?, ¿se juega a que la novela no sea publicada, a los costos del juicio, a las deliberaciones improductivas, a estancarse en un juzgado?
—No soy uno de sus sospechosos —protestó el autor— conozco todos sus trucos.
—Y yo conozco todas sus debilidades. Una día sin una novela es un paso al olvido, en un año nadie recordara quien es Alistar Lewis Cooper, el rey del suspense y “La trama dorada” será un recuerdo.
—Mi más grande éxito.
—Sera un clásico que como todos los clásicos que todos mencionan pero nadie lee.
El autor torció los labios, a su pesar.
—Es extorsión.
—Después de protagonizar trece novelas suyas puedo decirle que es cierto y además que no puede hacer nada.
—Deje de usar mis parlamentos, se los pido por favor.
—Vayamos a los papeles. Haga una concesión al tiempo, los mayordomos ya no están de moda, ¿sabe? —dijo Cortazar mientras le extendía el nuevo contrato.
El autor contempló a su propia mano tomando el lápiz digital y firmando el infame arreglo. Había jurado cortarse los dedos antes de ratificar semejante contrato, pensó desolado.
—Puede cerrar la boca —dijo Cortázar— ya se va a acostumbrar a quebrar su principios para sobrevivir, ¿recuerda verdad? me lo hace decir en el cuento “No mataras…siempre”.
Recordó de inmediato el texto, en cada escena humillaba a Cortázar obligándolo a romper todas las reglas.
—¿Qué se siente? —terminó Cortazar sonriendo en los labios pero con una mirada más fría que un cadáver con rigor mortis, algo que también había escrito.


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Entre dos mundos - Isabel María González


No sé como llamar la atención de Isabel cuando está ahí dentro con toda esa gente. Hoy no para de hablar con la familia de un tal Ignasi Raventòs, todos llenos de piercings y tatuajes, pesados a más no poder con sus charlas de tinta y sus agujeros anímicos.
Ya no sé que hacer. He utilizado todos los recursos que estaban a mi alcance: fui sigilosamente hasta su habitación y conseguí la zapatilla prohibida, la rosa, la que provoca en ella esos aspavientos tan divertidos persiguiéndome por toda la casa con ese "no" tan familiar que ella piensa que me perturba y a mí me resulta tan motivador.
Después fui al lavabo y me traje ese otro objeto que provoca idéntica respuesta en ella, un objeto cilíndrico hueco y marrón que no sabe a nada pero que se destroza apetitosamente y se deshace en mi boca.
—¡Noooooooooooo!, ¡eso no! —me ha pillado.
Ha cerrado las puertas de los objetos prohibidos. Cuando esas puertas se abren, por olvido, claro, se abre el cielo.
Mi ama sigue tecleando. Es un ruido agradable que a veces me hace conciliar el sueño pero otras me exaspera y me aburre soberanamente, como ahora.
Por fin se han ido los cuatro visitantes pirograbados. Es la mía, ahora no hay nadie. Entro, me acerco a ella, nada. No lo entiendo. ¿Habrá dejado de quererme?
—¿Qué pasa chico? ¡Mi chicorrote! —mi cola es la primera en alegrarse, gira como las aspas de un molino—. ¡Está contento mi chico! —salto, me acaricia, me estiro, me retuerzo, me levanto, le pongo mi pata en la suya , le saco exageradamente la lengua, abro mis ojos todo lo que puedo.
—¡Y cómo le gusta que lo acaricien! —ya he hecho todo lo que sé hacer, porque lo de ladrar no procede. Por fin regresó. ¡¡Esta es mi ama!! Ahora seguro que me lleva al parque. Lo hace siempre que remuerde la conciencia y se siente culpable de haber estado tanto tiempo fuera.
—Vamos Dex, chiquitín, vamos al parque.


Acerca de la autora:
Isabel María González

Lo que dijo Edgar Trejo cuando conoció a la Negra Wönners - Daniel Frini


Los personajes y lugares mencionados
en el presente relato son imaginarios.
Cualquier parecido con la realidad es
pura coincidencia.

Proverbio estadounidense

Esto que te cuento tiene que ver con la nostalgia.
Pero no con esa cosa triste, profunda y melancólica que nos es tan propia; si no, te diría, con la saudade portuguesa, ¿me seguís? Con esa manera tan brasilera de extrañar algo querido, y que, de tan solo recordarlo, sentís, a la vez, una cosa amarga que se te atraviesa en la garganta y algo así como una inmensa alegría que te lleva otra vez a ese tiempo, a ese lugar perdido.

Sí, ya sé. No se entiende. Voy por otro lado.
¿Escuchaste alguna vez la canción Me and Bobby McGee?
La primera vez que la oí, fue a principio de los ochenta y cantada por Joan Baez. Compré, en casette, su álbum Live Europe’83 sólo por Here’s to you, aquel tema que hablaba de Sacco y Vanzetti; y allí me encontré con su interpretación de “Me…”.
Sin embargo, la versión que me dejó con la boca abierta fue la de Janis Joplin, a la que llegué después y que estará, siempre, entre las diez canciones que deberán escucharse obligatoriamente en mi velorio.

Esperá. Seguime.
Tengo la teoría de que la Bondad Divina dispuso infinitos caminos para llegar a la salvación. Y a los poetas les dio la posibilidad de alcanzar el perdón a través de la palabra: basta una frase, un solo verso para que cualquier poeta, incluso el peor, alcance la Redención. Por ejemplo: la letra de “Me and Bobby McGee” fue escrita por Kris Kristofferson ¿Lo ubicás? Cantante country y actor norteamericano. En mi opinión —si ésta de algo sirve―, un músico aceptable y un artista de mitad de tabla. Mi punto es que podría ser el peor asesino serial de la historia yanqui, pero alcanzó su redención con un verso que escribió en “Me…”. Kristofferson hace que una mujer cuente sus vivencias con Bobby McGee. Y ella dice:

Well, I trade all of my tomorrows
for one single yesterday

Cambiaría todos mis mañanas por un solo ayer.
Tomá. Ahí tenés. De esa saudade te hablo. Hay veces en que yo haría lo mismo.

Ahora, volvamos a Edgar Trejo.
Haya hecho lo que haya hecho desde que nació y no importa lo que haga en el futuro, cierta vez dijo algo que le aseguró el Cielo. Y yo estuve allí. Y me alegro por él.

La negra Wönner era un mujerón.
Aún lo es, pero estamos hablando de algo que ocurrió hace más de treinta años, y nunca más he vuelto a verla. Conservo una foto de ella; tomada, creo, en casa de Anabel. Está recostada en un sillón, sus pies hacia la izquierda y su cabeza a la derecha; vestida con una camisa de color violeta pastel, pantalones turquesa con tiradores rojos. La foto está tomada a las apuradas, es borrosa y apenas se adivinan los rasgos de su cara, su piel morena, su sonrisa blanca, su larga cabellera azabache y rebelde. Sí se ve, claramente, que su cuerpo esbelto (y muy ―con mayúsculas— bien formado) no entra en la longitud del sillón: según recuerdo, la Negra superaba el metro noventa de altura.

Edgar Trejo fue mi compañero en el Liceo.
Era (aún lo es, pero estamos hablando de algo que ocurrió hace más de treinta años) un hombre como cualquier otro, de más o menos un metro setenta, el cabello con un corte de milico; ni flaco, ni gordo —a base de «movimientos vivos» y comidas ricas en grasas de todo tipo, teníamos una contextura física respetable ―. Hablaba con una fuerte tonada, aún para nosotros.
Cierta vez lo invité a pasar un fin de semana en nuestra casa del pueblo; y conocer, por supuesto, a mis amigos. Incluyendo a la Negra.
La entrada a la casa era un largo pasillo al aire libre —aún lo es, pero la casa ya no es nuestra―, que llegaba hasta la puerta de la escalera, algo así como un vestíbulo. Era invierno y la hora de la merienda del sábado cuando sonó el timbre. Sabía que era ella, que venía a visitarme como todos los fines de semana, tocaba el timbre avisando de su llegada y entraba; y le dije a Edgar
—Vení.
Y fuimos a su encuentro.
Fijate. Ahí está la nostalgia

¿Sabés que lo veo como en una película?
Ocurre que no había preparado a Edgar para encontrarse con la Negra. Sinceramente, yo era tan amigo de ella, y desde hacía tanto tiempo ―desde la infancia— que no reparaba en su físico. Habíamos crecido juntos y, para mi, siempre había sido la misma. Ahora lo veo con otros ojos y, de verdad, por esos años, la Negra era un espectáculo.
Abrimos la puerta de la escalera en el momento justo en que ella llegaba al umbral. No sé con qué esperaba encontrarse Edgar. Tenía su mirada en un plano a la altura de sus ojos y, cuando la puerta se abrió, se encontró con los pechos de la Negra.
Ella fue la primera en darse cuenta del momento y miró hacia abajo, hacia la cara de él, con una sonrisa enorme y divertida. Yo quedé como un espectador privilegiado. Edgar, en cámara lenta, levantó la vista, arqueó sus cejas y abrió la boca en una mueca de asombro; y con toda la tonada cordobesa de que fue capaz, lo dijo.
Podría haber esperado a que los presente, o haber dicho cualquier cosa. Desde un muy estándar «hola» a un insulso «encantado de conocerte», pero no. En ese preciso momento, Edgar Trejo pronunció las palabras que salvaron su alma. Y me trajo esta nostalgia.
Lo que pasó después lo conservo en mi memoria por asociación con uno o dos sucesos extraños, que no vienen al caso.
¿Qué dijo? Uf. Estamos hablando de algo que ocurrió hace más de treinta años. Podrías preguntarles a ellos, pero te aseguro que mentirán.


Imagen: Inspiration, de aeravi en deviantArt

Pausa - Ricardo Aznárez


Había pescado todo el día para otros, había acomodado el campamento de los pescadores, y volvió a la orilla del río Dulce, en Santiago, cerca de Villanueva.
La ribera era alta, como a cuatro metros del agua y el boliche estaba casi en la barranca.
Era chico; entre la puerta y el mostrador había menos de dos metros y atrás las amadas y multicolores botellas en la estantería.
—Una ginebra —pidió y tomó.
-Otra —dijo, y ahí recién empezó a pensar, a sentir, a estar en el lugar perfecto.
Podría haber ocurrido en una taberna igual del Yukon, con whisky en lugar de ginebra, mucha nieve, y una bolsa de pepitas de oro en lugar de la libreta y la confianza del bolichero.
En la segunda copa, descubrió al hombre borracho, que acodado en el mismo mostrador empezó a contar su historia de infidelidades sufridas.
En la tercera copa, reparó en la mujer que cocinaba en un rincón, en sus piernas y en la prominencia de sus pechos y glúteos.
En la cuarta copa, no ignoró que ella lo miraba.
En la quinta copa, alguien llamado Jack London soñó esto pero no llegó a escribirlo.

Historia del jazz, volumen 3 - David Vivancos Allepuz


Leo en el suplemento dominical de un periódico de gran tirada que, en contra de lo que todo el mundo creía, Jim Morrison sigue vivo. El músico posa sonriente en la imagen que ilustra el reportaje con uno de esos imposibles trajes blancos que lucía cuando actuaba en los casinos de Las Vegas, medio de espaldas, de modo que se puede apreciar en todo su esplendor el águila de pedrería de la capita. Según informa el rotativo, el músico vive en un destartalado pesquero varado en una playa de Almuñécar y declara llevar una vida tranquila, sin excesos, y no añorar para nada la fama de la que gozó a finales de los años sesenta. Reconoce, eso sí, haberse animado a interpretar, como solía hacer entonces, el himno de los Estados Unidos tocando la guitarra con los dientes en alguna que otra juerga flamenca organizada por los gitanos en la playa. Ni una sola mención sobre cómo logró sobrevivir a los cinco tiros que le descerrajaron frente a la puerta del edificio Dakota.

Paraguas - Marisa Dittler


No me gustan los paraguas negros. Me resultan fúnebres.
Cuando me cruzaba a un sujeto con paraguas oscuros, no podía evitar alejarme sintiendo escalofríos.
Pero esa tarde tormentosa, con amenaza de granizo, no pude resistirme a esa voz masculina con paraguas negro que me ofrecía un pequeño resguardo.
Cabizbaja caminaba a paso rápido pero tuve que acomodarme al ritmo lento de ese hombre.
No sé por qué no alcé la vista para observar su rostro. Tal vez por temor de aceptar la compañía y ayuda de un extraño, cuando mi madre me repetía incansablemente que no lo hiciera.
Sólo caminábamos, tratando de sortear las baldosas sueltas y a los autos que, impertinentes, nos salpicaban en cada cruce de calles.
Sus manos estaban ocultas por guantes y su cuerpo por un sobretodo que lo hacía más grande aún.
Sentía mucho miedo e inseguridad, pero no sabía bien por qué no dejaba de caminar a su lado. Sin emitir sonido, sólo avanzábamos hacia delante.
Poco a poco la lluvia cesaba y, reuniendo valentía, me hice a un lado, susurrando apenas un “gracias”.
Continuó por la vereda y, varios metros más adelante, giró para doblar por la próxima calle, mientras bajaba lentamente su paraguas.
Nunca nadie va a creerlo, tal vez por eso nunca lo mencioné. Sólo hoy me atrevo a contarlo bajo un falso nombre.
Sólo un hombre con sobretodo y manos con guantes que portaban un paraguas negro.
Sólo un hombre sin cabeza.

Moora – Esteban Moscarda


(Declaración del ser recientemente reconstruido denominado Moora)

Mi nombre es Moora y nací hace 2600 años, cuando el mundo era de piedra, metal, guerras, y todavía no sabíamos comer con cubiertos y servilletas. Tuve una vida jodida, plagada de contratiempos. Dos veces me rompí la cabeza, tuve varias fracturas en varios huesos, soporté crudos inviernos donde el hambre y el frío constituían la única realidad y, encima, a pesar de todo esto, mi pareja era un hijo de su madre que me golpeaba si no lavaba la choza que compartíamos. Había días en los que gritaba al cielo, implorando a los dioses de mierda que en esa época nos alumbraban con sus rayos y nos sacudían con sus estornudos y nos recibían luego del juicio final, que me liberasen de tanta desgracia. Finalmente accedieron. Me mandaron un tumor que terminó por postrarme, mi pareja se fue con otra, dejándome sola a merced de bandas de delincuentes, terribles bárbaros, quienes me usaron y luego me tiraron sobre la nieve, desnuda, para allí morir. Entonces, por qué no termina de romperme las pelotas con sus preguntas y me deja seguir durmiendo, germano de ropa extraña.

Desparramado por toda la piel – Patricia Nasello


Te escrivo para contarte que segun dice el medico, aí, bien adentro de la pansa, mi ijo ya mide once centimetros. No te atajés, que e dicho mi ijo. Mio solo. Lo que pasa es que tengo ganas de charlar de esto con alguien, en la pension no hay con quien, mi viejo está lejos, y vos estás cerca. Claro que nosotros tuvimos mejores epocas en las que cerca era juntos. Ahora es separados, ya entendí. Pero acá mis once centímetros quieren ser más, quieren ser ojos, tripas, corazón.
El doctor dice que no pero yo se que mi ijo ya puede escucharme, por eso me fui a lo de la Mariela y le pedí un libro. Se puso a reir y me preguntó por que se me ocurría pedirle libros a ella, vos terminaste el secundario le contesté. Entonces se puso seria y estuvo urgando un rato largo en el placar. La verdá, no era un libro, no era uno de esos libros gordos que no mas mirarlos y una ya se imagina lo inteligente que abrá sido el que lo escrivió. Eran unas cuantas ojas con la tapa despintada. Quiero que mi ijo aparesca en el mundo sabiendo, así que esa misma noche empesé a leerselo en voz alta. No fue facil estaba lleno de palabras raras. El tipo que se imaginó el asunto debió conocer muy bien a los porteños porque fijate lo que puso aí no mas, en cuanto empesaba EL PUEBLO DE BUENOS AIRES ATESORA UNA DOCILIDAD SINGULAR PARA SOMETERSE A TODO TIPO DE MANDAMIENTO. Lo repetí varias veces hasta que estuve segura de aberlo entendido. Todos los pueblos son iguales, le espliqué a mi bebé. Y estuve a punto de decirle que si los pueblos son, cada persona es, pero me callé la boca porque seguí leyendo en voz baja y me di cuenta de que la istoria se ponia cada ves mas triste, contaba todo lo que le pasa a un pobre infeliz que termina asesinado en un matadero. De aberlo sabido antes ni lo agarro. Mi viejo supo trabajar en un matadero, vió cada cosa. Al otro día devolví las ojas. Pobre Mariela, tiene el olor de la comida que nos sirve desparramado por toda la piel. Para colmo cada ves son menos los que ayudan así que el comedor se está viniendo abajo, pero no va a tocar fondo, la Mariela es de esas que siempre pueden lo que quieren, asta se iso tiempo para enseñarme una poesía de memoria, me contó que a ella se la decia su mamá. Aora el caldo de la noche lo tomamos juntas y antes de irme para la pension, le doy un beso. Después le pongo llave a la piesa, me siento con los ojos cerrados y digo los versos despacito, para que el bebé los memorice.
La pansa ya se empieza a notar pero ando con los pantalones de siempre, no se por que se me ace que cuanto mas tarde la patrona en darse cuenta, mejor.
Pero si se da cuenta y no le gusta que se la aguante, porque yo ya no soy como el pueblo de Buenos Aires. Antes, vivia atesorando docilidad, pero mi ijo me enseñó a decir que no. Como ayer, que dije no señora, esa maceta enorme llena de tierra yo no se la muevo.
Y a vos también te digo que no. No voy a ir a la dirección que me diste porque aí te meten unas agujas o unos fierros o unos que se yo, te arrancan el ijo. Y te dejan con la pansa flaca y con la lagrima gorda y con unos miedos terribles a que Dios no te quiera mas.

P:D.: no ace falta que sigas mandandome a decir con cualquiera que nunca vas a volver.

Tomado del blog Esta que ves

Opiniones - Débora Tamara Schvartz


¿Sabés lo que pasa? Que el mundo se fija demasiado en las cuestiones estéticas. Por eso están todos enfermos. Por ejemplo María… ¿viste María? Bueno, ella está todo el tiempo mirándose y preguntando si tal cosa le queda bien, si tal cosa le queda mal, se saca fotos haciendo poses de perra y hasta tiene una foto en ropa interior frente al espejo como si fueran dos reflejos de ella misma. No, discúlpame, pero no… así no se puede. Otra que Narciso, si no se ahoga, mínimo, se debería pegar la frente contra el vidrio.
Decime vos… No, pará, decime. No me interrumpas. Vos ¿te bancarías vivir todo el tiempo observándote y encontrándote defectos aquí y allá? ¡Eso no es vivir, Pato! ¡Dejame de joder!
Yo me toco y tengo rollitos, y para peinarme, con el pelo que tengo soy un desastre. Y no me importa ¿entendés? Porque sé que cuando salga a la calle, voy a agarrar mi bastón y voy a salir por la vida a despejarme, a tomar aire, no a desfilar por la pasarela. Voy a la farmacia, al supermercado, la visito a doña Chita que, desde que se le murió el marido, está abandonada la pobrecita. Y no me importa si la gente me mira o me deja de mirar y si soy Claudia Schiffer o la Locomotora Castro con peluca.
Mirá, Pato… hace diez años ya que perdí la vista por el accidente y ni me acuerdo cómo me reflejaba el espejo… pero si recuperando la vista me voy a convertir en María, la verdad que mirarme al espejo me importa un carajo.


Acerca de la autora:

Mala - Raquel Barbieri


Ella era mala en el sentido más literal de la palabra, en ese sentido sórdido y profundo en el que podemos llegar a sentir desde una atracción animal hasta incomodidad física estando a su lado, porque la maldad le brotaba por los poros de todo el cuerpo y se sentía como una corriente de energía eléctrica a la vez helada sin siquiera rozarla.
Sus ojos de mala taladraban al otro haciéndole doler la cabeza sólo con mirarlo fijo, y ese otro no sabía que era ella con sus pensamientos sucios quien contaminaba el ambiente. Sí, mala como la peste, bella como una rosa, pero sin aroma a flor, con un hedor entre azufre y metal corroído, una mezcla fría y áspera como su carácter, así era la desgraciada.
Mala desde la cuna, la mala de la película... ella, hija de perra, la hija deseada de dos pobres seres que festejaron la llegada de la maldita a este mundo, en medio de una carcajada de felicidad explosiva, bombones de chocolate y ramitos de jazmín, pensando que traían un ángel a este mundo.

Y la mala moró entre los mortales y enredó sus rulos de pelo grueso oscuro, en el cuello de un infeliz al que le absorbió el seso y el alma, pero a él no le mostró la maldad sino hasta que lo tuvo dominado como a un pájaro en su jaula, impotente de tomar decisiones y de pensar por sí mismo. Lo trató como quien tiene un ave cuya jaula se cubre de noche con un trapo opaco y de día permiten que cante, coma y se lave el culo a la vista, en un espacio diminuto y hediondo. Así fue que ella, malparida bajo el disfraz de buena chica sólo ante él y los anteriores con los que se enredó, mostraba una cara encantadora cuando le convenía, y su verdadera personalidad cuando a solas, tramaba la absorción de las ideas de los demás, los sentimientos de quienes la querían, la energía vital ajena... y la venta de su propia alma al diablo, quien le había dado a cambio, entre otras cosas, el castillo de Villa del Parque para que morara eternamente.


Extraído de Despertar de la Crisálida

La llamada del mutismo tieso - Juan Etchegoyen


No supo en qué momento pasó del sueño a la vigilia.
Tenía los ojos cerrados pero podía escuchar todo lo que sucedía a su alrededor. Ensayó abrirlos, pero por más que se esforzó los parpados y los músculos del cuerpo estaban tiesos.
A veces le pasaba.
Los médicos nunca habían dado con el motivo. Aparentemente era psicológico.
Lo único que podía hacer era no asustarse, la parálisis nunca duraba más de tres o cuatro minutos.
Oyó la voz de su esposa en la otra habitación hablando con alguien. No pudo distinguir lo que decían, sólo el tono. Eran su hijo y su mujer, estaban discutiendo sobre algo. No se llevaban bien, pero jamás habían discutido de esa forma.
Hablaban en voz baja, notaba resentimiento en las voces, le pareció escuchar un llanto.
¿Qué hacia su hijo a esa hora en la casa?
Algo andaba mal, ya tenía que haber salido de la crisis. Quiso llamar a su mujer, pero era como si no tuviera boca. Ningún sonido salió de ella.
Entraron en la habitación, por los movimientos eran dos personas. Olían a colonia de hombre recién puesta. Alguien se puso a hurgar en su placard haciendo ruido con las perchas.
—Este azul oscuro me parece que va a andar.
—Dale, que te ayudo a vestirlo.
—Dejá ya viene la ambulancia, lo hacemos nosotros en la funeraria.
Le explotó la cabeza. Entre las voces reconoció la de su amigo y médico de cabecera.
Necesitó gritar, quería decirles que estaba vivo.
Percibió el perfume de su mujer entrando en la habitación. Sintió que se acercaba, que lo acariciaba y le daba un beso en la frente. Después sintió que le cubría la cabeza con una sábana y oyó sus pasos saliendo del dormitorio.
Un alarido le nació en la mente y de allí no salió. Aulló, bramó, y no paró de hacerlo hasta que el chillido se convirtió en un ronco estertor.
La ambulancia, el olor rancio de las flores, los llantos y el sonido de gente desfilando a su alrededor dejaron de tener sentido. El tiempo se detuvo.
El olor acre del estaño fundiéndose para soldar la tapa del cajón y el silencio le trajeron resignación, un sosiego que nunca antes había conocido. Cuando sintió las primeras paladas de tierra sobre el cajón, pensó que, por su bien, ojalá estuviera muerto.

El congreso - Javier López


—Es una vergüenza —gritó uno de los asistentes—. Ese tipo me humilla sin miramientos, poniéndome en las situaciones más ridículas, más indecorosas para un ser humano. Como cuando me hizo dormir en la caseta del perro, rodeado de excrementos y de comida en mal estado.
—Lo mío es aún peor —se lamentó otro—. Yo nunca mataría a una mosca, y sin embargo él dice de mí que soy un asesino en serie, un pervertido sexual, un ser vil y despreciable. Estoy desesperado. No tengo amigos, todos me miran con recelo, como si fuera un apestado.
—Yo tampoco salgo bien parado —terció uno de las primeras filas—. Me han convertido en un alienígena repulsivo que causa tanto asco como risa a quien lee sus historias. Para nada me identifico con ese personaje, cuando realmente soy un romántico que quisiera protagonizar un buen papel de galán.
—Y yo… yo estoy harto de ese ridículo género al que llaman “microficción”, donde nos hacen aparecer y desaparecer en cuestión de segundos, con papeles de lo más absurdo y sin sentido, como si quisieran mofarse de todos nosotros.
Así, uno tras otro, los asistentes al Primer Congreso de Personajes Sindicados, fueron exponiendo sus quejas. Quedaba claro que ninguno de ellos estaba de acuerdo con el destino que le habían dado sus autores. Y, también, que no eran conscientes de que aquel pretendido Congreso era realmente una microficción.

Javier López

Maquilladora de cadáveres - Jorge Oteriño


Zulma pasó corriendo el portón con el solemne cartel que decía:

POMPAS FÚNEBRES DI LORETO
depósito, empleados

—Hola, Adrián... —dijo—. Se me hizo tarde.
—Hay tiempo, Zulmita. Los parientes no llegaron aún. —Adrián señaló hacia una de las mesas de trabajo—: Ése —dijo.
Zulma se calzó un delantal, un barbijo y un par de guantes de látex, y se acercó con su valijita de cosméticos. Se le cortó la respiración, y en su lugar se le mezclaron la incredulidad, el asombro… Y por fin la tristeza cuando se dio cuenta: quien yacía tieso sobre el mármol no era un finado cualquiera. Era Batista.
—¡Batista!
Alguna vez habría de ocurrir, encontrarse allí con alguien conocido. Muy conocido. La mayoría de los cuerpos que ella maquillaba pertenecían a personas que veía casi a diario, sí. Gente del vecindario, cuya familia contrataba los servicios de la funeraria. Pero este caso era diferente. Hasta apenas unos meses atrás, y durante cinco años, Batista y ella habían compartido sus vidas. Después… bueno, sus vidas siguieron.
Y ahora estaba ahí. Pobre Batista. ¿Qué le habría pasado?
—¿Qué le pasó, che? — le pregunto a Adrián intentando ahogar el llanto y disimulando la voz.
—Y yo que se Un accidente creo
Pobre Batista...Ya no podía hacer nada por él.
O tal vez, sí. Podría esmerarse más que nunca y hacer el mejor maquillaje que pudiere. En vida, Batista había sido muy cuidadoso de su arreglo personal. En su última aparición en este mundo no desentonaría. Estaría radiante. Muerto, pero radiante.
Empezó a trabajar.
Masajeó la cara y el cuello del difunto hasta conseguir la mayor elasticidad que pueda darse a los músculos de un muerto. Enseguida afeitó la barba con abundante espuma y agua caliente y una navajita nueva y afilada. La cara quedó lisa y suave. Le arregló el abundante pelo negro y lo peinó como acostumbraba Batista: Untado con "gel", raya al costado y el resto hacia atrás, con ese mechón que dejaba caer sobre la frente. Cubrió toda la piel que quedaría a la vista con una crema de color idéntico al natural. Esta era la tarea más difícil. Había que usar una base de maquillaje lo suficientemente firme como para tapar las livideces cadavéricas y esas semitransparencias manchadas y vidriosas que, a medida que pasan las horas invaden la piel de los muertos. De modo que el arreglo debía calcularse para el futuro.
Pero, a la vez, el empaste debía ser suave y disimulado para que el difunto no pareciera maquillado. Lo mismo sucedía con los labios. Encontrar el tono exacto y diluir la pasta de color para que no se notara la aplicación de la pintura. Zulma era una experta. Una verdadera artista. Había perfeccionado su técnica durante los cuatro años que trabajaba en “Pompas Fúnebres Di Loreto” y ponía especial cuidado en ese punto, porque no se trataba de dar color a la piel del muerto, sino de opacar brillos y abrillantar opacidades cadavéricas, lo que suena contradictorio pero que sin embrago, es la clave del arte.
Con un pincelito dio los últimos toques a la boca. Por fin, cubrió con un polvo incoloro, que aplicaba con un pequeñísimo cepillo, las partes angulosas de la cara para tapar el brillo.
Quedó conforme con su trabajo. Era su homenaje íntimo y silencioso a ese hombre que respetó y amó.
Miró al cadáver.
—Ya estás buen mozo como siempre, Batista —dijo para sí.
Batista sonrió y asintió con la cabeza.

Publicado en el Suplemento cultura de diario Perfil el 30 de enero de 2011.

Grupo - Rolando Revagliatti


Somos ocho. Estoy desde hace tres años. Y tenemos una sesión individual con alguno de los dos terapeutas. Ella es médica y él es psicólogo. Nos reunimos en el consultorio de Elsa los miércoles a las diecinueve. Tanto Elsa como Fernando son mesurados. Elsa, a veces, efectúa interpretaciones humorísticas, brillantes, pero sin perder la seriedad. Fernando interviene menos y, por lo general, hace el cierre.
Cuando empecé, mi fragilidad emocional me destrozaba. Por cualquier boludez me ponía colérico o destemplado. En mi casa no me aguantaban. Cuando mi hermana me encaró blandiendo la tarjeta de Fernando, no opuse resistencia. Mi hermana temía mi reacción. Me tomé cuatro días para darme impulso y llamé al número de Fernando y concerté una entrevista. Venía él como con mucho recorrido con adolescentes. Y con adolescentes jodidos: drogadictos, chorros... No como yo.
Rendía poco en el industrial, repetí segundo año. Nunca había agarrado a una chica del brazo, siquiera. Me mandé una...: me hice operar innecesariamente del dedo de un pie. Yo sostenía que ese dedo estaba “flojito”, “debilitado”, sin la consistencia de los otros. Así que los hijos de puta del sanatorio me rebanaron.
Al principio de tratarme, quería superar mi timidez. Y me masturbaba sin convicción. Ahora, en cambio, salgo con una mina que si bien no me recopa, me conforma, me... Procuro largarme más en la cama. Con la primera que cogí estuve rígido. Siempre. Todas las veces. Y con la actual, no soy un fenómeno. Para despabilarme, aporta Nico, el mayor del grupo; tiene cinco hijos. Es respetado por su franqueza y su tacto. Opina que lo que sea puede ser dicho. Es librero de volúmenes usados y de ocasión.
Clarisa es una chica triste. Bueno, no tan chica. Y sin embargo, sí. Y el pescado sin vender. Sin pareja, es un garrote, no hace valer sus atractivos. Es eficiente en lo suyo: computación científica. Mantiene al padre, postrado, atendido por una empleada. Está con que su madre murió por su culpa, en un accidente tremendo en la ruta interbalnearia. Ella estaba en la primaria cuando sucedió. Volvían de vacaciones.
La contrafigura es Amalia. Amalia Noemí. Es un tiro al aire, estuvo internada en un neuro-psiquiátrico de Venezuela. Convivió con varios tipos desde que se fugó de su casa. Y se las rebuscó. Con uno, yiró por la India. Con otro, incursionó en artesanías en Bruselas. Con amigas, recorrió miles de kilómetros en jeep. Cómo me gustaría que me diera bola. Aunque si me diera bola habría que declararlo, y no podríamos seguir juntos en el mismo grupo.
Que fue lo que pasó con Marta y Adolfo. En abril estaban los dos. Pero empezaron a verse por separado, ocultándolo, hasta que cuando resolvieron comunicarlo hacía ya semanas que se encamaban. Produjo revuelo en los demás; en Clarisa, indignación. En Josecito, otro compañero, un pobre de espíritu, gracia. Yo me sentía atontado. También me calentaba Marta. Y hubiera calzado conmigo más que con Adolfo. Por edad y temperamento. Adolfo le lleva quince años y Marta me lleva dos. Quedó Adolfo con nosotros. Es uno de esos “obse” parsimoniosos que no sé qué pudo haberle visto Marta. Adolfo es traductor de alemán y da clases de gramática castellana a ejecutivos de una red de bancos.
Tenemos un homosexual proletario en el grupo: Facundo. Vende cosas. Sobre todo en los trenes del Sarmiento. A Adolfo le regaló bolígrafos, a Josesito una guía de calles, a Mariana una tijera de podar, y a mí me arregló con una perchita. Es bastante ocurrente, aunque por ahí se zarpa. ¡El sí que se esfuerza por costearse la terapia!
Mariana fue la última en incorporarse al plantel. A ella la paso cuando no se pone en estrella. Y ahora que me oigo me viene un bajón, pero un bajón, como si me licuara, como si los estuviera traicionando.

Las Parcas - Víctor Lorenzo Cinca


La vieja maquinaria, con todas las piezas de pino agrietadas por el tiempo y el uso, funcionaba a buen ritmo. La más joven de las mujeres, Cloto, hilaba la lana; a su lado, Láquesis, devanaba pacientemente la fina hebra alrededor de un carrete de cobre; Átropos, la mayor, sostenía las tijeras doradas mientras observaba embobada el hipnótico movimiento de la rueca. Todo sucedía como de costumbre. Átropos, sin saber muy bien por qué, pues la madeja no era todavía demasiado voluminosa, se dispuso a cortar el hilo. Acercó las tijeras y presionó con firmeza pero, a pesar de sus esfuerzos, el hilo se resistía. Hizo una seña a sus hermanas y el engranaje se detuvo. Las tres se miraron sorprendidas. Cogió las tijeras Cloto, y después Láquesis, aunque ambas obtuvieron idéntico resultado. Al fin, a punto de abandonar, en un último intento desesperado entre las tres, pudieron cortar el hilo. Colocaron la madeja en un rincón, junto a muchas otras, y continuaron con su trabajo.


No demasiado lejos de allí, la policía encontró el cuerpo sin vida de un varón de mediana edad tendido en el suelo de la cocina. La soga que tenía enrollada en el cuello, que al parecer no pudo soportar su peso y se rompió, como demostraba el cabo que colgaba de la viga del techo, sin duda le había provocado la muerte por asfixia. Todo apuntaba a un suicido. Sin embargo, la investigación policial, que todavía sigue abierta, no descarta el asesinato.

El Dodo Cuate y Mr. Moisés, el de la Biblia – Javier López & Héctor Ranea


Cuando Cuate, el pichón de Dodo exiliado en Aguascalientes vio que sus padres, tíos, abuelos y demás se tomaron el aliso de primavera, supo que no los vería más, sobre todo porque la madre le había dicho en su lengua que por holgazán no había aprendido a volar y estaba excedido de peso y se quedaría solo eternamente. Por eso se preparó para la próxima temporada con gran ahínco, regímenes de comida y vuelos cotidianos. Quería llegar a esas tierras que los viejos mencionaban como un jardín eterno, tan diferente de esas tierras secas, pero con tanta comida excelente para su imaginación. Comió sólo vegetales. El que más le gustaba era el opiácerum peyotensis; la cannabis amasijans y la hermana de ololiuqui también estaban en su menú de exquisiteces.
Se armó una mochila con estas semillas y esperó el aliso y en cuanto empezó a soplar, levantó vuelo su pesado corpachón y se lanzó a las islas soñadas. Pero llegó a cualquier lado.
Por la siembra de semillas que hizo inconscientemente bombardeando el suelo con sus excrementos desde el aire, se sabe que pasó por el monte Horeb. Allí al cabo de un tiempo germinaron, florecieron, fructificaron y se reprodujeron. La plantación del Dodo inconsciente fue bien conocida por chivos y pastores, pero su secreto fue celosamente guardado hasta que acertó a pasar por allí un pastor para refocilarse con su mujer, apartado de todas las miradas.
En la dulce lucha que siguió, Moisés, que así se llamaba el pastor, comióse varios tipos de esas plantitas y quedóse tieso a dormir la siesta, por lo que la mujer fuese bastante enojada y poco satisfecha.
Antes de despertar, Moisés escuchó que una planta del género Datura ceratocaula le hablaba mientras parecía arder con fuego azul y de varios colores más cuyo nombre no conocía porque los pastores solo manejaban bien el color verde y el azul. Al postrarse, supo que mascar ese peyote que tenía en su boca era bueno y comprendió que todos la pasarían fenómeno si él llevaba estos productos para que todos probaran. Pero de atrás de una piedra, surgió un pequeño norteamericano con cuernitos, blandiendo un anotador.
—¿Qué ves, Moisés?
—Veo una zarza ardiendo. ¿Quién diablo eres?
—Eso. Eso. Detén tu seso. No pienses en regalar lo que puedes prohibir.
—¿Por qué prohibir esta maravilla? ¡Mi pueblo será el más feliz del desierto!
—Pero yo haré pingües regalías si lo prohíbo.
Ante la negativa de Moisés, el hombrecito lo suicidó con una descarga de suero adrenalínico marca CIA 1234 y cosechó las semillas, quemó todo con NAPALM marca CIA 007 y remontó vuelo con su cohete de espaldar marca CIA 2345. Todo procedía de acuerdo a lo planeado en el Pentagrammaton cuando Dodo Cuate, retornando de su perdidoso vuelo, golpeó al enano americano y lo hizo dar varias vueltas de campana con final trágico. Como tenía hambre, el Dodo Cuate se comió al cadáver, pero con su aliento secó demasiado las semillas. Aunque alcanzó a expulsar algunas que pronto germinaron para alegría de los pueblos de la región que crecieron libres de religión y de prohibiciones americanas.

Sobre los autores: Javier López y Héctor Ranea

Faltan mitómanos – Sergio Gaut vel Hartman


—Elija tres palabras.
—¿Para qué?
—Usted elija.
—Si no me dice para qué, no, no voy a alegir nada.
—Vamos a escribir una microficción.
—¿Con cinco palabras?
—Que las contenga. No proteste más.
—Bueno.
—Elija.
—Elijo huracán, incapacidad, melancolía, laberinto y batalla.
—De acuerdo: este es el resultado.

“Siento una desasosegada melancolía, una melancolía que me precipita en una especie de batalla interior cuyo resultado conozco de antemano. ¿Acaso la muerte de Fedra en los corredores del laberinto puede haber sido el detonante de este feroz desconsuelo? ¿O solo se trata de mi incapacidad para decidir entre mi amor por Ariadna y el sentimiento incomprensible que me liga al Minotauro? De un modo u otro, en este momento irradio cualquier cosa menos paz, y sin embargo, es muy extraño: recorro las galerías como si danzara en el ojo de un huracán al que todos temen pero al que nadie ha sido capaz de ver. No hay paz en las entrañas del caos, de cualquier modo”.

—¿Eso es todo, Teseo, una ridícula ficción?
—¿Preferiría que fuese real?
—Por lo menos podría aspirar a convertirse en un mito.
—Tiene razón. Soy un fracasado.

Sobre el autor: Sergio Gaut vel Hartman

Autor intelectual - Federico Demarchi


Nadie te oyó entrar en su casa, ni discutir con él unos minutos, ni retirarte fingiendo que ya no volverías para acceder nuevamente por la puerta de atrás, sorprenderlo por la espalda y dispararle tres veces. Nadie te vio registrar sus cajones, robar dinero y documentos, tomar después el camino de regreso por una calle empedrada con las manos en los bolsillos y al cruzar el viejo puente arrojar el arma al río. Tal vez no falte quien sospeche ya, que lo anterior no alcanza para incriminarte. La unánime noche es testigo: nadie te oyó ni te vio.
La realidad es indiferente a las simetrías. La imaginación, las busca y las encuentra por doquier. Perfecto, en consecuencia, será sólo aquel crimen que sea imaginario. Ahora bien, ¿quién ha sido el autor de este crimen?, ¿quién lo ha imaginado?, ¿quién ha dado por cierto lo que no es sino una negación?
A la hora de responder estas preguntas, no me gustaría estar en tu lugar, activo lector.

Tomado del blog Poesía y Microficción

Banana - Diego Planisich


Éramos así, un poco intransigentes y mínimos. Tía Mary, luego del almuerzo, nos había dado una banana a cada uno.
Ése día llegué temprano. Una casa grande, dos plantas, en el frente una reja con atisbos carcelarios. Un perro y una tortuga. Él tenía muchos juguetes: Tía Mary siempre tuvo buen gusto para los regalos; y sus tortas, sus tortas eran inolvidables.
Nos miramos desafiantes, incólumes y elevados. Él seis, Yo ocho. Ambos nos aprestamos a desenvainar esa pulpa amarillenta y dulce. Tirando con sutileza de niño ese pálido pericarpo coriáceo se rendía en nuestras manos cual bailarina que cierra una pieza de baile.
Nuestras miradas rozaban lo ilegible de toda interpretación racional. Nos mirábamos. Él seis, Yo ocho. La siesta iba devorándose la ansiedad y las horas. Cada vez quedaba menos. Afuera llovía y el patio era un solo charco.
De haber habido velocímetros en nuestros cuerpos éstos estarían totalmente desconcertados. Él atesoraba sigiloso lo que en mano todavía mantenía, como uno de esos perros que odian que le quiten la comida de la boca, comía lento. Para mí el final era inminente, y aunque regulaba la aguja de mi tacómetro —como si también tuviéramos uno de ésos— sabía que se sorteaba entre dos o tres bocados, nada más.
Y el último resabio como comedor de bananas lo dejé en el basurero. La cáscara los hilitos y las partes que parecían podridas… me deshice de ellas. Él reía tenebroso, ya habían pasado dos horas y todavía conservaba una parte, gozaba de mi vacío, como si esa fruta oxidada en su mano fueran diez frutas. Yo, desahuciado y torpe, asentí lengüeteando mis dientes, venciendo los últimos sabores. Había comido tan sólo una, él aun tenía.
Me fui. Con la tarde dejé aquella casa de dos plantas. Atravesando las rejas con atisbos carcelarios subí al Renault 12 Break color naranja de mi Viejo, que me esperaba junto al cordón en la calle. El seis, Yo ocho. Había comido una, sólo una y en definitiva, él también.

Ilustración: Fragmento de "Piece One, Love Spoons", de Lamyourhuman42 


Acerca del autor:

La eternidad - Luisa Hurtado González


Agotada de las voces interiores que escuchaba en todo momento y que tantos abismos abrían a su alrededor, saturada de los susurros llenos de miedo en los que nadaban sus desafortunadas neuronas, cansada de luchar contra los negativos pensamientos que rebotaban como pelotas de tenis entre sus sienes, se quitó la vida buscando la paz.
Y sólo después de ser espectadora impasible de su propio entierro, cuando se quedó definitivamente sola, ya sin ser, para siempre, descubrió la terrible verdad, lo inesperado: detrás de la vida no se abría el frío del silencio que había ido a buscar, no, detrás estaban las voces de los muertos. Estaban sus gritos, aquellos en los que reclamaban la vida que habían perdido o que no llegaron a tener, en los que daban cuenta de los deseos insatisfechos, en los que contaban las injusticias de las que fueron objeto o las razones que les llevaron a actuar mal, los que llenaban de los recuerdos que querían guardar y que quizás habían ido inventando con el único propósito de hacerse oír y llamar la atención dentro de aquel interminable estruendo.
No, no era lo que ella había esperado encontrar pero pronto descubrió que, por lo menos, en aquella eternidad, le era absolutamente imposible oírse.

Sobre la autora: Luisa Hurtado González

Sueño, desdén, interpretación y despedida de la Biblia – Héctor Ranea



José despertó a sus hermanos para contarles un extraño sueño
—Ustedes me tiraban dentro de un pozo —les dijo —para luego venderme a una caravana de mercaderes de esclavos.
Los hermanos se sonrojaron.
—En una ciudad de Egipto me compraba un alto servidor de Faraón que, si no me equivoco en la lectura de los jeroglíficos del sueño, se llamaba Putifar.
Rubén estaba muy nervioso.
—Putifar —continuó José —me confió todas sus transacciones comerciales, gracias a que nuestro padre me enseñó el arte de manejar números y hacer cuentas.
Los demás se enojaron ostensiblemente.
—Pero esto no es nada. Putifar tenía una mujer bellísima como esposa que me rogó que le hiciera el amor. Pero me negué.
Rieron todos a carcajada limpia.
—¡Ni en sueños te gustan las mujeres, José!
—Estáis equivocados —señaló el joven. —Esto me salvó la vida y me hizo llegar aún más cerca del faraón a quien le hice disipar toda duda acerca de mí, explicándole el significado de unos cuantos sueños. Con eso me convertí, definitivamente, en su hombre de confianza y tuve todas las mujeres que hubiera querido. Al menos así sucedía en el sueño.
—¿Te olvidaste de nosotros en tu sueño, hermano desalmado?
—No; de hecho, ustedes aparecen al final del sueño. Me piden perdón, medio muertos de hambre y nuestro padre, que me creía muerto, llora de felicidad. ¡Yo era tan rico y poderoso!
Aquella noche, Rubén convenció a sus hermanos que, de hecho, eso de tirar al pozo a José era mala idea para curar a todos de tanta envidia.
—Mejor dejemos las cosas como están, si no, nuestra envidia será eterna —dijo.
—Uno de ellos comentó —si hubiera soñado yo con la mujer de ese Putifar —¡con ésta que la iba a dejar! —e hizo un gesto soez.
Todos rieron, olvidando para siempre la idea de vender a su hermano como esclavo. Al día siguiente, directamente lo mataron. ¡Qué tanta historia!

Sobre el autor: Héctor Ranea 

El nudo plano - Héctor Ranea


En el bar “Sin Final” la gente a veces cuenta historias raritas. Me pasó esa vez de escucharlo al amigo Mariano, pocas veces proclive a hablar, a decir verdad. Allá en el campo era fácil que la gente reservara el poco aliento para cabalgar sin cansarse antes que echarlo a perder con un cuento o la narración típica campera. En cambio esa vez, como que había sido abandonado por Magdalena, su mujer de toda la vida, contó esto que le había pasado, según él, cuando de joven había ido a trabajar a Italia, de donde nunca, decía, debieron volver, menos a esa pampa severa donde estaba plantado este bar “Sin Final”.
“Nuestros amigos —comenzó Mariano— nos invitaron a un paseo por varias ciudades italianas. El objetivo era visitar museos donde abundaban representaciones artísticas de la famosa crucifixión, pero no por ésta en sí, sino para estudiar el atuendo de quien representaba al sacrificado.
Era una teoría de Mario, mi amigo, que compartía con María, su mujer. Pero que les había llevado cierto tiempo desarrollar, ya que primero habían trabajado mucho en cuestiones de atuendos, sobre todo en las representaciones gráficas de los nudos con los que sostenían los taparrabos omnipresentes en estas tablas.
Mario era especialista en nudos, Marta en Arte medieval. Trataban de demostrar que muchos de los pintores de esas tablas fueron marinos o aprendieron de ellos el arte de anudar y trataban de probarlo no sólo mediante una simple inspección ocular al nudo con el que se ataba el taparrabo al desdichado, sino mediante el estudio de la conformación de cada una de las hebras de las sogas y su entrelazamiento representado en el momento.
Había nudos planos, nudos de vuelta. Nudos de varios segmentos y hebras con trazados complejos. Mario había descubierto con mi ayuda (el mío era un aporte casi ingenuo, la mirada del casi ignorante algo educado, a decir verdad, como la de mi mujer) varios nudos imposibles, lo que había hecho suponer que algunos de esos artistas simplemente habían copiado sus cuadros de otros pero sin entender la forma de anudar. En rigor, esos nudos jamás hubieran sostenido nada, mucho menos los sagrados paños de los así martirizados.
Una tarde lluviosa de octubre en una iglesia casi olvidada en la zona llamada Garfagnana, a mi mujer y a mí nos llamó la atención una crucifixión pintada a la témpera sobre madera de abedul y ácero que, aunque era evidente que correspondía al llamado Dugento (circa 1200 DC), era de tamaño casi natural y estaba colgada de una pared de modo que los pies del condenado estaban apenas un poco más altos que los nuestros.
Lo llamé a Mario quien de inmediato se entusiasmó como hacía tiempo no lo hacía. Me mandó a buscar al auto un manual voluminoso de nudos antiguos que siempre traíamos con nosotros, porque creía que esta imagen tenía uno que no figuraba en ese catálogo.
De primera intención, tuvo razón. Sin embargo, luego de mucho buscar, mi mujer y la suya encontraron algo que se parecía aunque en formato pequeño, tan pequeño que no era sencillo desanudar mentalmente. Nos pasamos todo lo que nos permitió el párroco delante del cuadro, así que, al anochecer buscamos alojamiento cerca, pero ninguno podía dormir, por alguna razón que no podíamos explicar. Mario estuvo toda la noche tras el nudo apenas esbozado en miniatura.
A las seis gritó que le parecía tener resuelto el asunto. Estuvimos, claro, antes que el párroco, esperando que éste abriera la iglesia, bajo la lluviecita fina que en esa zona quiere anunciar una buena semana posterior.
El hombre estaba muy nervioso cuando nos abrió. Pensó que veníamos a robarle la imagen, de modo que pidió estar ahí cuando comenzáramos el estudio sobre el nudo plano en la imagen tan realista.
Ínterin, la lluvia aumentó, de modo que en la pequeña iglesia era difícil hablar y ser escuchado. Mi mujer, Magdalena, y María estaban pálidas, por la noche mal dormida, Mario estaba macilento y yo parecía, seguramente, una mala versión de algún actor de obras de terror, el joven párroco debe haber pensado que éramos vampiros y sudaba aún con ese frío.
Llegamos a la imagen, la iluminamos con todo lo que tuvimos a nuestro alcance. Mario notó que bajo esa luz, el nudo brillaba como si estuviera recubierto de madreperla. Se extasió con la visión y, antes de que el asustado párroco pudiera hacer nada, sus manos fueron directo al nudo y con una maestría inusitada, empezó a desatar una por una las hebras del nudo plano que parecían trenzadas por una mano bastante diabólica. Mi mujer se desvaneció unos segundos, el aire se suspendió. Paró la lluvia y la luz de alguna vela se hizo más intensa. Todos contuvimos la respiración menos Mario que continuaba la operación mientras sus dedos parecían recubrirse de placas de madreperla. De pronto, el nudo se comenzó a soltar. Fue justo cuando pareció abrirse una puerta que nadie conocía. El crucificado comenzó a respirar con una profunda inspiración que nos hizo parar los pelos a todos brevemente.
Cuando el cinto cayó a sus pies, el crucificado se liberó de todo. Mario se retiró del cuadro estupefacto, como todos. Literalmente no pudo volar ni una mosca. Ahí estaba. Nadie sabía qué hacer ni qué decir. El primero en hablar fue el del cuadro:
—¡Gracias, flaco! —dijo.
Y se fue como quien goza enormemente con cada paso dado. Nunca más se lo volvió a ver. Nunca más volvimos a salir a mirar nudos —concluyó Mariano su cuento, bajando la cabeza, cansado.

Iodo - Claudio Calomiti


Anunciaban para hoy intoxicación telefónica, y sabíamos que la única manera de prevenirla era el uso del barbijo. Como cada noche, encintamos los bordes de puertas y ventanas, además de ordenar todas las plantas en un lugar seguro. Recomendaban los rincones.
En reiteradas oportunidades olvidamos desenroscar las lámparas de luz (obviando las nefastas consecuencias que aquello significaba) motivo por el cual, desde entonces, colocamos carteles de colores vivos en la puerta de la heladera que nos recordaba hacerlo.
Bajamos las persianas hasta el tope, y en aquellos lugares donde quedaba un hilo de luz lo rellenábamos con papeles de diario enrollados.
Nos habíamos acostumbrado a esta rutina diaria que insumía dos horas, y a veces más.
En un ángulo de cada habitación encendíamos una vela y al costado dejábamos otra apagada para cuando se consumiera la primera, que ocurría aproximadamente cada tres horas y media. Sonó el teléfono y nos miramos sorprendidos, ya que a esa hora deberían estar todos preparándose. Una de las recomendaciones decía: antes de las 21 horas.
—¿Quién será? —nos preguntamos, y lo dejamos sonar durante media hora hasta que dejó de hacerlo.
Los cuadros había que dejarlos en el piso, de canto, con el frente mirando hacia la pared, intercalando entre ellos papeles de diario.
Guardamos todos los relojes, incluidos los de pared en un cajón y sobre ellos una sábana arrugada que teníamos para tal fin y que renovábamos cada tres días.
Los días múltiplos de tres, yo era el encargado de recorrer la casa y asegurarme de que estuviera todo en orden según consejos y sugerencias.
—Todo en orden —dije. Los demás me sonrieron, fueron a sus habitaciones y se entregaron al sueño, que siempre era liviano.
El sobreencintado de puertas y ventanas se realizaba a última hora, al igual que el corte de agua, luz y gas.
Estábamos todos con la ropa recomendada como la más adecuada para estas ocasiones: liviana, de colores oscuros y sin botones. Rotundamente prohibido el uso de prendas con cierres.
Los vasos boca abajo sobre una servilleta de tela, jamás dejarlos en torre y olvidarnos por el momento del uso de copas u otros recipientes similares.
Los cubiertos envueltos uno por uno en papel madera, ya que es más resistente que el de diario.
Miré el reloj: 23,30. OK. A las velas le faltaban cuatro centímetros para consumirse. Las plantas, todas en un rincón simulaban bailar por efecto de la luz de las velas.
Me senté en el piso con las piernas cruzadas. Los únicos ruidos, mi respiración y el crepitar de las velas consumiéndose. En la calle, nada.
Si bien es cierto que ya había estado en ese mismo lugar, escuchando los mismos sonidos y bajo las mismas circunstancias, cada vez, lo vivía diferente, sin cuestionarme por qué y hasta cuando.
Se desató y quitó los cordones de los zapatos y junto a estos los colocó en un rincón, boca abajo. Se acomodó el pelo y tosió tapándose la boca con un pañuelo para no despertar a nadie.
De repente lo invadió la soledad y un frío en el estómago le provocó temblores. Las uñas estaban azuladas, crecidas, y creyó ver dedos de más.
Hoy… me toca a mí, pensó.
Si bien conocía en detalle cómo ocurriría, pues los medios de comunicación cumplían esmeradamente con su función, vivirlo en carne propia era otra cosa.
Un líquido espeso en la cabeza le producía un sonido de goteo y de neuronas flotando a la deriva.
Descruzó las piernas y apoyó las manos sobre las rodillas para neutralizar el temblor que aumentaba en intensidad y formas.
Los pabilos de las velas flotaban, era tiempo de cambiarlas, él no podía, ya era tarde.
Alguien le habló desde la habitación contigua, sabiendo que solo eso podía hacer, además de esperar a que todo acabe.
Se miró la piel y no la encontró, quiso usar los espejos pero estos se habían derretido. Quiso escupir y no encontró saliva. El pestañeo se hizo intermitente y los dientes no cabían dentro de la boca que permanecía abierta como la de un hipopótamo. Confundía la rodilla con el codo y la cintura con el cuello.
Un mareo lo obligó a apoyar ambas manos en el piso y le pareció estar colgado de una lámpara.
Tomó aire profundamente, quiso hablar y en cambio le aparecieron colores impacientes que se movían en todas direcciones, formando un arco iris cuadriculado.
De la habitación contigua le rogaban que aguante, que faltaba poco y que lo querían.
Cansados de hablarle, comenzaron a golpear las paredes para recordarle que estaban y que siga aguantando, y que lo seguían queriendo.
Cuando creyó que sucumbía, nuevamente el teléfono volvió a sonar hasta que a la media hora se silenció.
Presintió el final y entonces ensayó cerrar los ojos para esperarlo pero no supo cómo hacerlo y elucubró estrategias para que el viaje le resultara acaso un delirio insignificante.
Los ecos de la habitación vecina se diluían en una letanía inconclusa y perpetua.
Los pensamientos comenzaban a desprenderse como una avalancha de hielo. Bella y atroz. Inevitable y deseada.
En una virtual complicidad, las luces y los sonidos engendraban un enigmático apareamiento, una sustancia inasible que parecía crecer para luego estallar en un punto.
Se buscó infructuosamente. Se sintió pensado por otro y balbuceó palabras ajenas que lo dignificaron por algunos segundos.
Un esclarecido y atronador “¡aguantá!” se filtró hasta golpear con insistencia en las velas mortalmente debilitadas.
Intentó recrear imágenes para jugar con ellas y de ese modo fraguar algún pensamiento, pero se anticipó un hueco negro e infinito.
Las paredes reverberaban antiguos dolores, aunque ahora, seguramente, añoraban la quietud, pues los golpes no cesaban.
El azar quiso que de su boca explotara un ¡ya! desesperado, y con la misma fuerza, esperado, para luego gozar de la luz inminente y del silencio que pacifica.
Lo rodearon, ahora sí, mostrándole sonrisas diáfanas y abrazos fraternales. Lo palmeaban diciéndole que no esperaban otra cosa, que está bien, que ahora sí, le dijeron acompañándolo con un guiño, para luego volver a repetir a coro: ¡ahora sí!

Eva siempre lo supo - Isabel María González


Se comió la manzana que ella le ofrecía convencido de que así podría poseer a esa mujer desnuda y bella que había sido hecha para él pero que por alguna extraña razón tenía que conquistar primero. Cuando ya sus cuerpos yacían extenuados y laxos de placer, Pedro empezó a temblar. Sorprendido ante aquellas desagradables sensaciones de hambre y frío que jamás había sentido, se olvidó por completo de las curvas femeninas de su mujer que insistían en insinuarse. Desesperado buscó comida y refugio donde guarecerse, tareas que en adelante nunca podría descuidar. Eva, que fingía dormir con la misma astucia con la que momentos antes había fingido el orgasmo, casi podía notar como la semilla de su primer hijo se abría camino en su interior.
Adán sería expulsado, ese fue el pacto, y ella tomaría el poder; se constituiría en el origen matriarcal de un mundo hecho a su imagen y semejanza. Fue su intuición, como siempre, quien la alertó: con Adán al frente, el mundo sería un desastre. A cambio le prometió a Dios perpetuar, hasta donde pudiese, la absurda leyenda de su Creación.


Acerca de la autora:
Isabel María González

Desencuentro - Anna Rossell Ibern


La muerte de Agustina había devuelto a Doña Francisca a su pueblo, del que había partido hacía cuarenta y tres años. Se había jurado a sí misma no volver jamás. Desde entonces se había negado a saber nada de su hermana, con la que había roto definitivamente. Sin embargo, la llamada que le anunció el óbito no la dejó indiferente. A pesar de todo, la desaparición de Agustina reclamaba su presencia en la última despedida. Sólo se preguntaba si tendría fuerzas para volver a ver a Jaime, su cuñado, el amor que su hermana le había arrebatado y a cuyo recuerdo ella se había entregado para siempre. Cuando el taxi se detuvo ante la iglesia, los vecinos estaban ya congregados para el responso, a la espera de la llegada del féretro. Nadie pareció reconocer a Francisca, que se colocó discretamente en un rincón. Pero el cura, que al verla entrar había quedado aturdido, no pudo oficiar la misa. A Mosén Jaime hubo que ingresarle de urgencia por infarto.


Acerca de la autora:
Anna Rossell

Flores - Gilda Manso


De pronto, el aire se llenó con el olor de las flores del árbol que mi abuela tenía en el fondo de su casa. Lo reconocí al instante; era un olor con textura de brea, pesado, que se sentía con la garganta más que con la nariz.
En aquellos veranos, cuando mi abuela vivía y nosotros nos quedábamos a cenar en su casa, el olor de las flores del árbol del fondo llegaba hasta el comedor y nos impedía comer en paz. Demasiado intenso para resultar agradable. Hasta mi abuela, que nunca se quejaba, protestaba por la invasión. Y yo no había sentido ese olor desde que mi abuela murió y tuvimos que vender la casa; yo había olvidado ese olor, esas flores casi insoportables.
-¿Sentís? –me preguntó mi hermano, y entonces me asusté. Si sólo yo olía las flores, cabía la posibilidad de que se tratara de un truco de mi imaginación, que siempre se caracterizó por no padecer el vértigo de las alturas extraordinarias; pero si mi hermano también las sentía, significaba que el olor de las flores de la casa remota de mi abuela muerta era algo real. Real y aquí, en mi casa, donde el olor –por una cuestión de tiempo y espacio- no tenía lógica, a menos que se tratara de una lógica que escapaba a mi entendimiento; tampoco voy a cometer la vanidad de creer que comprendo todo.
Mi hermano y yo salimos a la calle para tratar de localizar el punto de partida del olor de aquellas flores. No intentamos tirarle el salvavidas de la excusa a nuestra racionalidad: será un perfume similar, nos habrá parecido pero no. Mi abuela decía que todos los sentidos pueden ser estafados, excepto el olfato; eso que olíamos, entonces, era el olor de las flores que ya no estaban y que nunca estuvieron ahí. De más está decir que no encontramos nada, el olor era omnipresente y, como antaño, casi tangible.
De a poco nos fuimos acostumbrando. Mi hermano y yo seguíamos con nuestras vidas, y el olor nos molestaba cada vez menos. No es que hubiera menguado su poder sino que nos habíamos acostumbrado a él. No hay narcótico más eficaz que la costumbre.
Un día de esos, entré a la pieza de mi hermano a buscar las llaves del auto. Yo no entraba en su pieza desde la muerte de mi abuela: mi hermano insistía en guardar la caja con sus cenizas en la mesa de luz, y eso era algo que yo no podía aguantar. No podía ver la caja, no podía concebirla hecha cenizas. Mi temeraria imaginación tenía su talón de Aquiles. Ese día, sin embargo, no esperé a que llegara mi hermano para pedirle las llaves. Ese día entré. Las llaves estaban en la mesa de luz, al lado de la caja. Respiré hondo, respiré hondo de verdad, y el olor de las flores –que nunca se había ido- volvió con toda su potencia, volvió a mi garganta, se hizo bola de llanto y estalló, fuerte y poderoso como había entrado. Miré la caja de cenizas, la miré fijo por primera vez en mi vida y sentí que ahí —ahí— no había nadie.


Gilda Manso

Hay que vigilarla – Patricia Nasello


Antes, era varón.
Me lo explicó un profesor que de estas cosas sabe mucho. Dijo que yo, en otra vida, fui un “humilde campesino” pero gracias a un mago que se había hecho amigo mío, conseguí una espada mágica que estaba enterrada no me acuerdo dónde. Entonces entre todas las personas que vivían en ese lugar decidieron “coronarme soberano”. Por supuesto me fui a vivir al castillo y en uno de esos salones que tenía puse una mesa redonda con doce hombres muy valientes alrededor que juraron defenderme.
Fui un gran rey.
Hasta que un día me hirieron y quedé dormido para siempre. Antes este tipo de situaciones se daban a cada rato entre los reyes y las princesas. Dormí tanto tiempo que acabé por perder el alma.
Por suerte el profesor me ayudó a encontrarla.
Y estoy contenta de ser mujer, somos fuertes las mujeres. También estoy feliz porque parece que la época aquella era terrible, en cambio la de ahora es una fiesta.
A mí las fiestas me gustan. Voy sola, mi marido está muy cansado se pasa el día trabajando. “Para que la riqueza se mantenga, y prospere, hay que vigilarla” es su frase favorita. Le sobran responsabilidades al hombre. Yo no le tengo lástima porque a su edad, una ocupación siempre viene bien.
Entre todos los caballeros que conozco, estoy eligiendo la mejor docena.

Patricia Nasello
Tomado del blog Esta que ves

El niño en la vereda - Mónica Ortelli


Cuando llegó mi marido le dije que había un niño en la sala y que debíamos llevarlo hasta su casa; él miró hacia donde estaba el nene y con gesto resignado tomó las llaves del auto otra vez. Cubrí al niño con mi chal negro porque el viento estaba helado y lo senté adelante sobre mi falda.
—¿Adónde vamos? —preguntó mi marido.
—Almafuerte nueve ocho nueve —indiqué—. Es asombroso que siendo tan chiquito sepa su dirección, ¿no te parece?
—Cada vez son más avispados los chicos…—asintió, y me echó una mirada mientras yo le acariciaba la cabecita al nene, cuidando de no tocar la sutura en el cuero cabelludo.
Fuimos por la avenida que ya comenzaba a encenderse a esa hora de la tarde. El niño iba erguido pegado a la ventanilla y parecía disfrutar de las luminarias.
—¿Dónde estaba? —preguntó mi marido.
Como si el niño fuera sordo susurré estúpidamente:
—En la vereda de la guardia del hospital: la madre me pidió que lo cuidara mientras hacía los trámites del seguro por el accidente en el colectivo.
El niño me miró y señaló con su dedito el enorme cartel de la Coca con el oso polar. Le sonreí; siguió observándolo hasta que no pudo más y, al volver la cabeza, la gasita yodada que sujetaba los puntos se bamboleó y desprendió ese olor metálico que aborrezco.
En 9 de Julio, el alumbrado aún no se había encendido; el nene fue señalando con el dedo y contó: uno verde, dos verde, tres verde. Le hice un galope con las piernas para animarlo, entonces se reclinó sobre mi pecho y se llevó el dedito a la boca, avergonzado.
Mientras esperábamos el semáforo en Roca, se apagó la luz en la calle y el nene no volvió a moverse.
A la altura del mil cien mi marido dobló, condujo una cuadra más y volvió a doblar. Había corte de luz en el barrio.
—Es acá —indicó, y estacionó frente a unos departamentos en planta baja—. Andá, te espero.
Abrí la puerta del coche y, mientras lo arropaba, le dije al nene que saludara a mi marido y le hizo adiós con la mano, la misma manita que le tomé cuando entramos al pasillo ancho y largo que separaba las hileras de viviendas.
—¿Cuál es tu casa? —le pregunté. Y el nene señaló hacia el fondo donde había una luz de emergencia encendida.
Empezamos a caminar por la vereda a lo largo de un cantero aún sin plantas; íbamos con cuidado porque ya había oscurecido, muchas persianas estaban bajas y en las pocas ventanas abiertas la luz era muy débil. Casi a la mitad del recorrido, el niño comenzó a llorisquear.
—Ya llegamos, querido —le dije, e intenté apretarle la manita para consolarlo, pero se soltó y sorpresivamente salió disparado.
— ¡Cuidado que te caés! —grité, mas no hizo caso: corrió unos cuantos metros antes de tropezar. El chal que se había ido desprendiendo durante la carrera, ondeó de manera extraña por el viento y le cayó encima: lo cubrió completamente. Por unos segundos me causó gracia que quedara así, pero enseguida me apuré porque debía estar asustado. Fue extraño que no se moviera; había visto que apoyaba las manos, estaba casi segura de que no se había hecho daño. Pero entonces me acordé de su herida en la cabeza, y corrí. Me incliné y cuando extendía los brazos para alzarlo, con pavor, me di cuenta de que no había niño debajo, sólo mi chal tirado en la vereda.
Subí al auto jadeante, alelada, pero mi marido no preguntó.
Antes de regresar, dimos muchas vueltas por el parque. El viento soplaba aún más fuerte, pero allí había luz; igual que en el hospital, cuando llegamos.


Tomado del blog Ni vara ni cuchillo

Perdidos en Imboc – María del Pilar Jorge


Tamara miró por la ventana, era temprano y la niebla se notaba muy densa. Había aceptado esa misión, porque la paga le significaba una pequeña fortuna, pero Venus no es un lugar muy tentador como para pasar allí unas vacaciones. Además, lo que tenían que hacer no era un chiste: averiguar lo que había sucedido en Imboc. Uno a uno, los primeros exploradores habían desaparecido sin dejar rastros.
Tamara se vistió con el traje térmico y salió.
La luz del sol traspasaba la niebla, tiñendo todo con los colores del arco iris. Podía decirse que el paisaje era hermoso. Sin embargo, al contemplar la media docena de construcciones que se alzaban en medio de esa inmensidad solitaria, la recorrió un escalofrío. En el campamento no se escuchaba ningún ruido. Sus compañeros aún dormían. Comenzó a caminar, necesitaba estirar un poco las piernas. Un movimiento la sobresaltó, una pequeña criatura había salido de un matorral y la contemplaba fijamente. La mujer y el animal permanecieron quietos por un segundo, luego la bestezuela huyó. Aunque la niebla le entorpecía la visión, Tamara trató de alcanzarla. Sin embargo, unos metros más adelante, una roca le hizo perder el equilibrio y comenzó a rodar por la pendiente. Intentó incorporarse, pero —sin que pudiera hacer nada para evitarlo— se cayó a una oquedad de consistencia esponjosa, que la succionó inexorablemente.
Abajo, una multitud de diminutos seres, zumbando como si fueran un enjambre de abejas, saltaron sobre ella y, a pesar de su resistencia, la inmovilizaron. El que parecía ser el líder, con una sonrisa en su rostro verdoso, se le acercó.
—Bienvenida a nuestra mesa, te damos las gracias por haber llegado, para que nunca nos falte el alimento.
Fue lo último que escuchó. Luego, cientos de minúsculos cuchillos se clavaron en ella.


María del Pilar Jorge

Purificación - Gabriela Baade


Todo sea por ingresar, pertenecer. No soporto más el ser una desclasada. Al final, es sólo un rito. Una metáfora. Una alegoría. Ya corre el siglo XXXVIII, no creo que me sacrifiquen literalmente. Esas eran pavadas de bárbaros e ignorantes de la pre-implosión.
En esta nueva colonia me recibieron bien. Miradas expectantes observaron mis primeros pasos titubeantes. Oí algunos rumores del sacrificio, de la purificación. Seguro que me vacunan, vengo de la colonia SXW-78.
Ellos están en círculo alrededor de una piedra de azastita que chorrea líquidos de varios colores. Un olor agrio y penetrante me obliga a respirar por la boca. El sabor es mucho peor.
Avanzo con pasos cortos y decididos. Me recuestan sobre el altar.
Las primeras gotas de Corfanto penetran en mis ojos y me impiden ver al Sumo Sacerdote acercarse con la daga sacrismal. Siento en mi piel los caminos trazados por el puñal mientras cientos de habitantes me extraen, lamiendo, hasta la última gota de sangre.

Gabriela Baade