domingo, 25 de diciembre de 2011

Costumbre amorosa de los gigantes - Daniel Frini


Cuando un gigante decide proponerle casamiento a su novia, le ofrece una primorosa caja de madera de incienso rojo, más o menos del tamaño de sus manos y le dice, con voz quebrada: 
―¿Te quieres casar conmigo? 
Ella la toma y exclama: 
―¡Ay! ¡Por supuesto, mi vida! ¡Gracias, mi amor! ¡Qué hermosa! 
Temblorosa y con gran expectativa, la gigante abre la cajita y encuentra, sobre terciopelo azul ―color que entre esta raza simboliza fidelidad— un humano atado de pies y manos, su boca amordazada y un terror indecible en su mirada. Alrededor de su cuello, anudado un hilo ―hilo para los gigantes, gruesa cuerda para los humanos— de oro y plata. 
 En una ceremonia muy emotiva, la mujer se inclina sobre la cajita y el gigante ata el cordel en la nuca de su amada, cuidando de que quede adecuadamente flojo. A continuación, ella se levanta de golpe y el hilo se tensa. El humano pendula sobre el pecho sonrojado, se contorsiona, encoje y estira sus piernas varias veces, gira apenas su cabeza a un lado y otro buscando una bocanada de aire que no está, completamente ajeno al beso con que los novios sellan su compromiso. Luego muere. 
La novia llevará el cadáver del hombre en su cuello hasta el casamiento, más o menos un año más tarde. El olor a putrefacción se considera de buen augurio y es motivo de orgullo para las gigantes, debido a que indica su condición de mujer comprometida en matrimonio. Después de la boda, será el marido quien quite el colgante y lo guardarán, juntos, dentro de algún libro de poemas que él le habrá regalado durante el noviazgo.
Unos doscientos años después, el esposo habrá muerto. 
Un día cualquiera, su viuda estará sola ―los hijos también se habrán ido y verá a los nietos una o dos veces por año— y sumida en la nostalgia tomará el viejo libro, lo abrirá con temor respetuoso y encontrará el pequeño esqueleto casi formando parte de las páginas. Dejará caer una lágrima, más o menos donde el humano tenía su corazón. Ella creerá, por un segundo, sentir de nuevo el olor tan amado a carne putrefacta.

Acerca del autor: Daniel Frini   

3 comentarios:

Juan Manuel Valitutti dijo...

Hermoso. Casi te sugeriría escribir una serie de cuentos que retraten las costumbres de los gigantes; como una suerte de cosmología.

Daniel Frini dijo...

Gracias, Juan Manuel. ¿Sabés que esa es la idea? Una serie de relatos que "cuenten" la relación entre gigantes y humanos, pero a partir de las costumbres de los primeros. Veremos qué sale.

Rosie-Posie Chubb-Baggins of Pincup dijo...

Sí, por favor, Frini, ¡queremos más!
Espero que no me inviten a participar de ninguna de las ceremonias de Gigantaria.