martes, 18 de octubre de 2011

Betsa, Vicky, y todas las otras estúpidas - Maximiliano Provenzani


No me pagan por historias como esta. Las historias que me dan de comer son pura mierda. Si buscan historias ejemplares, epifanías, masturbación semántica, altruismo, o historias de amor sin amor y sin historia, hablen con los editores. Esos son los hijos de puta más perfectos que conozco. Ni una horda de putitas quinceañeras drogadictas vividoras podría llegar a ser tan perjudicial para un cagaletras como el criterio de un editor. Vayan con ellos. No van a tener ningún reparo en ofrecerles bandejas repletas de mierda. Toneladas de mierda. Mierda a montones. Mierda que rebalsa. Mierda espesa y mierda babosa. Mierda líquida, sólida y gaseosa. Mierda de todo tipo. Satisfacción asegurada para el distinguido gusto del consumidor. Abran los ojos, cierren la boca. Hay mierda para todos. Felicidades.
Pero hoy no van a tener la satisfacción de verme arrastrar por esa esquina, hoy no van a degustar mis deposiciones. Para eso vuelvan el martes. Existen momentos en los cuales hay que ceder, prostituirse, y conformar al otro. Para esta detestable faena yo elegí los martes. Lo aprendí de Betsa. La primera vez que cogimos, apenas terminamos el segundo polvo, se tomó un vaso de agua, se tapó las tetas con la sábana y en un claro abuso de confianza empezó a hablarme de mí. Tenía una voz horrorosa, insoportable, pero tenía un culo tan perfecto y voraz que cuando te la cogías te hacía sentir que existía un significado único de la vida, y estaba ahí adentro. Nunca volví a ver algo así. Era hipnótico y adictivo. Si no me dormí después de acabar y me quedé escuchándola con atención fue por pura lascivia, quería seguir visitando ese culo tantas veces como me fuera posible.
—Tenés que mentir. Todos mienten. Tu problema es que creés que tu verdad es más interesante que las otras. Y la realidad es que a nadie le importa un carajo de nada. La sinceridad no te va a llevar a ninguna parte, olvidate —me dijo mientras estiraba la pierna derecha hacia el techo y se miraba las uñas mal pintadas—. Para fracasados estamos todos los demás, los que tenemos que laburar todo el día porque no servimos para otra cosa. Vos no tenés que laburar, solamente tenés mentir un poco más. ¿Qué vas a hacer? ¿Seguir con la queja vacía de todos los días? Por ese camino lo único que vas a conseguir es cogerte alguna idiota como yo de vez en cuando.
—No es un mal plan. —No se me ocurrió qué otra cosa decirle, no estaba en un momento reflexivo. Me miró con odio. Se dio vuelta y se durmió. Me senté en una silla, la observé largo rato; los pies, las piernas, la espalda, el cuello, las orejas, el castaño oscuro de las raíces que asomaban entre el rubio artificial. Después me puse a mirar por la ventana.
Nadie me hablaba con tanta franqueza y lucidez como Betsa. No era loca ni prostituta. Ni borracha ni drogadicta. Era rosarina, tenía veintitrés años y trabajaba como empleada en una farmacia. Estuvimos juntos casi seis meses. No voy a hablar de amor, porque no lo hubo. Sería fácil decir que nos enamoramos, que nos quisimos hasta enfermarnos, que crecimos como individuos el uno junto al otro, y que la fatalidad del destino nos separó injustamente. Pero para eso hablen con los editores. Entre Betsa y yo no sucedió nada de eso. Como la mayoría de los bichos egoístas que andan dando vueltas por ahí, los dos dejamos que las cosas nos pasaran de costado y fuimos perdiendo interés en la relación. Se fue sin devolverme las llaves. Nunca volvió de sorpresa a prepararme la cena. Lo que más extraño, además del sexo y las conversaciones nocturnas, son los alplax y los rivotriles que traía escondidos en la cartera cada vez que me visitaba. Sin duda ella perdió mucho menos que yo.
Después de Betsa llegaron muchas otras, como ella misma había predicho. Pero la más estúpida de todas fue Vicky. Tal vez debido a una neurosis de abandono o simplemente por idiotez congénita, estaba convencida de que a mí me encantaba cumplir sus pedidos triviales. “Escribime algo”, me decía como si yo no tuviera otra cosa mejor que hacer que revolverme en esa mierda. La mujer es un medio, no un fin. Pero ella ni lo sabía ni lo imaginaba. No cedí ni me traicioné, sólo la estafé. Durante un par de meses transcribí algunos versos de Benedetti sobre servilletas de papel, agregaba alguna dedicatoria cursi, a veces más cursi que el mismo poema, y se las entregaba puntualmente, todos los martes, junto con una cajita de fósforos. Leer y quemar, era la consigna. Vicky leía, quemaba, y sonreía. Un día me sorprendió.
—Yo sé que vos no me escribís las cosas que me querés hacer creer que me escribís.
—Aja —le di espacio para que se explayara.
—Pero no me importa. Porque el esfuerzo es el mismo. Me pone contenta que te tomes ese trabajo para hacerme sentir bien.
—Ok —contesté. Me paré y me vestí. Nunca más la vi. Nunca más la llamé, ni nunca más le atendí el teléfono. Demasiadas cosas tenía yo en mi cabeza como para tener que tolerar a una persona así de conformista. Ni siquiera tenía el culo de Betsa. Ni cerca.

Tomado de: http://cuentochino.wordpress.com/

1 comentario:

Hernán Dardes dijo...

Me gustó. Me queda la duda de si Vicky supo que los versos eran de Benedeti, o si su descubrimiento se limitó a saber que te eran ajenos. Pero así como contás las cosas, no me atrevería a pedirte que vuelvas a averiguarlo.