sábado, 13 de agosto de 2011

La Zoila, pasión de multitudes – Héctor Ranea


—¡Anís! —pidió Rogers, el pulpero de Colonia Braseada que ocasionalmente visitaba a su cuñado Filiberto, en Boca Río.
Mientras el mozo le traía el pedido, Rogers confirmó a los integrantes de la mesa, el Tuerto Maza, el Horizonte Gilbert, el Machacado Juarriz y su cuñado (aunque no se le conocían hermanas al mencionado), el Regurgitado, que en el infame pueblo de donde salió, donde había dejado hijos, hacienda y mujer (pero no a la hermana de Filiberto) todos habían votado por pagar el diezmo a los extranjeros.
—¿Y en qué consiste ese diezmo por sus pagos? —preguntó ingenuo el Tuerto.
—¿No vas a saber vos, nada menos que vos! —rió el Horizonte, arrastrando a la risa al resto, incluso algunos vecinos de mesa, ahí, en Boca Río.
—No le conteste, amigo, se apresuró el Machacado. Míreme cómo me dejaron los verdes cuando me retobé después del insulto aquel del verano. —Mostró su dolida humanidad en la que aún se registraban dolores tatuados por la tortura como cosidos para siempre a su cabeza.
—El hombre está susceptible, por lo que veo —dijo el mozo. —Mejor métase un buen anís, como el señor allá —señaló a Rogers —y si no, le puedo recomendar ginebra de la buena con dos cubitos de hielo de licor de Curazao.
—¿Diánde sacarán tanto frío como para hacer cubitos de licor? —preguntó al vacío Horizonte Gilbert, siempre un poco despistado. Nadie le contestó, pero todos miraron el hielo azul derritiéndose en la transparencia viscosa de la ginebra.
—Seguro que todos están pensando en la Zoila —el mozo tiró esas palabras como quien tira a la mesa el ancho de espadas o como quien saca la tercera Torre Blanca de las narices del Rey Negro. A partir de ese momento el silencio abarcó toda la ciudad. Ni el flujo de gases a través del abdomen de las moscas makalitas podía escucharse. Toda Boca Río estaba expectante. El mozo esbozó una sonrisa. —Todos piensan en ella. ¡Subversivos! Saben que no está permitido pensar en la nueva mujer de Seis Manos.
Nadie quería pensar en Seis Manos. Estaba prohibido. Una treta más del mozo para pescarlos en pensamientos impuros.
—¿No quieren pensar, eh? Los denuncio igual. Mis poderes telepáticos leen aún aquello en que no quieren pensar. Y están haciendo un esfuerzo para pensar en la Zoila para no pensar en Seis Manos. ¿Saben lo que hacen los hexalimbos con sus mujeres? ¿Qué se creen que hacen, sotretas? ¿Creen que las usan para probar las armas? ¿Creen que tienen sólo seis manos? ¡No me hagan reír! Bellacos, cobardes, rastreros. Ustedes las han vendido como si fueran cosas y después las sueñan como si fueran santas. ¡Tomen su hielito azul, anestésico edulcorado para zombis como ustedes, que no supieron defender este planeta y lo lloran como si fuera todavía suyo! ¡Lloren! La Zoila, señores puercos, imbéciles, será la madre de todas las generaciones futuras de hexalimbos terrosos. Una forma nueva de vida en este planeta que ustedes casi destruyen y sin remedio entregaron.
Dicho esto, el mozo emitió unos gases verdes que adormecieron a todos, incluido el clon de Rogers. Al amanecer todos habrían olvidado lo que el mozo les había dicho y tendrían una leve erección al recordar a la Zoila, pero tan pasajera que apenas podrían recordarla cinco minutos después.

2 comentarios:

Patricia Nasello dijo...

Sabés que a pesar del tono irónico de tu cuento me lo tomo en serio y me da un miedo loco de que pueda concretarse así o peor?

Me salen unas felicitaciones medio tiritadas, pero de corazón.

Un abrazo, Héctor

Ogui dijo...

Gracias, Patricia! Como siempre, uno también escribe desde sus propios miedos, no importa cuánto sarcasmo emplee para ocultarlos.