miércoles, 3 de agosto de 2011

Caracol - Fernando Puga


Esa babosa se esconde. Si rozas su cuerpo húmedo se contrae instantáneamente y se guarda en su casa calcárea. Lento se arrastra el caracol sobre la hoja. Mastica con calma, sin prisa, sin pausa. ¿Cuándo se irrita el caracol? Soy un caracol. Me transformé de a poco, sin darme cuenta. Aminoré el paso, cada vez levanté menos el pie al caminar, hasta terminar arrastrando las suelas que se deshicieron y dejaron al aire las medias que se deshilacharon y dejaron finalmente la planta desnuda reptando sobre el piso. Después me encorvé. Primero fue la cabeza que se inclinó hasta quedar paralela al suelo, lo que provocó choque con paredes, postes y cualquier otro objeto que se atraviese en mi camino. Tuve que aprender a mirar hacia arriba tratando de anticipar esos golpes. El esfuerzo de dirigir constantemente las pupilas hacia el borde superior de los globos oculares terminó por estirarlos y saltaron del hueco en que están insertos. También se tensaron los músculos y nervios que los sostienen formando unos pequeños tentáculos, finos como antenas o espinas, desde cuyos extremos los ojos pasean y logran detectar cualquier obstáculo. Si los tocas se retraen de inmediato y se guardan en la cavidad, ése es su modo de protegerse. Mi columna vertebral se curvó hacia adelante hasta tal punto que la parte superior de mi cabeza se topó con las rodillas. Me transformé en una pelota sólo interrumpida por los pies, para apoyarme, y las antenas sensoriales para ir abriendo camino. Lo que se dice un caracol. Y así voy. Repto tranquilo, me alimento con hojas. Apenas entro en contacto con otros seres. Enrollado como estoy me siento resguardado de todo peligro. A veces, cuando duermo, se me presentan imágenes difusas que me remiten a un pasado que apenas recuerdo; cada vez son más esporádicas y menos nítidas. Últimamente me han crecido unos extraños pelos duros sobre el lomo. Parecen púas. ¿Estaré convirtiéndome en puerco espín?

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