lunes, 18 de julio de 2011

La muchacha a la que vi tres veces – Hernán Dardes


Estaba sentado a la vera del río cuando sentí sus brazos deslizarse por mi cuello. Tibios, largos, interminables. Me iban rodeando de a poco, envolviéndome como una serpiente piadosa que se demoraba en su último estrujón. Al fin de cuentas una serpiente era mucho más probable que cualquier otro ser entre la vegetación tupida que ocultaba el paso del agua, pero sin embargo yo nunca sentí miedo. Y sí la sentí a ella respirar débilmente en mi cuello cautivo entre sus brazos. Sentí su calidez, y me dejé abrazar lentamente, sin voltearme, conteniendo la respiración y la ansiedad por descubrir su rostro. Me levanté; nos levantamos. Creo que pasamos horas contemplando el río, oyendo el débil sonido del paso del agua. En una tarde que duró muchas tardes, caminamos en silencio, nos besamos sin tocarnos, nos miramos hasta perforarnos los ojos. Creo que hasta volamos, al menos yo tuve la sensación de flotar por sobre el leve oleaje que mojaba la orilla. Ella fue hada y fue sirena. Yo sentí que así debía ser siempre, que mi vida era esa tarde de otoño, que en esa aparición estaba el sentido de todo. Ella me rodeó también con sus ojos, bailó para mí, me cantó al oído las sesenta y nueve canciones de amor de Stephin Merritt. Nos leímos poemas de libros etéreos que se corporizaban en sus manos y se esfumaban cuando su voz recitaba cada último verso. Y leímos mil veces “Rayuela”, en todos lo órdenes posibles y entramos al libro y fuimos la novela. Crucé el río haciendo equilibrio en el vacío, siguiendo el camino de un invisible hilo de acero, y ella me rescató de mis pasos en falso, saltando desde un imposible trapecio, bajo la forma de la Marion de Wenders. Y ese río escondido, fue entonces el Sena y también el Spree, al menos por esa tarde. Cada hoja que las ramas nos ofrendaban caía inundando el aire de canciones, y el espacio albergaba infinidad de melodías. Se despidió como vino. Deshaciéndose detrás de mí, desatando mi cuello de sus brazos interminables, dejando una estela tibia en cada tramo de piel liberado en su adiós. Esa tarde fue la primera vez que la vi.

La segunda ocurrió en circunstancias más cruentas. Porque en esa mañana tormentosa la única duda de mi destino estaba entre las olas rompiendo furiosas contra los murallones de la costanera y las ruedas de los camiones que atravesaban la avenida. Apareció como si me viniera siguiendo desde siempre, como una sombra que en su soberbia osaba ponerse a la par mía. No me atreví a voltearme, pero la repentina seguridad que me invadió no hizo otra cosa que entregar mi mano a la suya, y dejarme guiar como un infante aferrado a una soga deshilachada. No hubo música ni palabras en el segundo encuentro, sino un saludable y placentero silencio que borró la tormenta encerrada en mis entrañas, y que se correspondía en los rayos atronadores que caían en donde el río se mezclaba con la bruma espesa. Vació el aire de mis pulmones y les devolvió el brío con un hálito de brisa marina. Caminamos por el asfalto resbaladizo, haciendo equilibrio entre los vehículos apresurados que nos atravesaban como fantasmas. Nos suicidamos una veintena de veces y resucitamos juntos, más veces de las que morimos. Me quitó la piel, recorrió los ondulados caminos de mis músculos con la yema suave de sus dedos; sanó heridas que yo creía ya sanadas, y me la devolvió suave y rejuvenecida. Me rescató de mil abismos a los que me invitó a saltar, y en los que me acompañó en cada caída. Nos ahogamos en todos los ríos y los mares. Juntos nadamos la muerte y respiramos la vida. Cubrió mi rostro con barro y me moldeó de cientos de formas diferentes, hasta que sus trabajosos dedos consiguieron cincelar una sonrisa. Recortó de mi memoria unos cuantos sinsabores crueles, y abrió desde mis ojos un camino de luz que se fundía en el horizonte con un arco iris de colores desconocidos. Supe que se había ido cuando mi mano se sintió suelta y confiada, y los briosos rayos de un improbable sol en despedida dibujaban una sinuosa línea rojiza sobre las aguas de un río que de a poco, recuperaba su calma.

La última vez que la vi fue hace apenas unos minutos. Mientras yo empezaba a garabatear este relato, se sentó a mi lado y me habló del universo y sus misterios. De hechizos, de cierto milagros e imponderables. De trazados férreos, y sus secretas y privilegiadas excepciones. Creo que también dijo algo sobre la magia. Tomó el cuaderno en el que yo escribía y lo aferró contra su pecho. Hizo a un lado mi lapicera, y con una sonrisa sublime, me aconsejó entonces olvidarme del relato. Me sugirió dejar de lado la idea de dar testimonio de esas tardes a la vera de aquellos ríos opuestos. Si no me equivoco, en sus exhortaciones suplicantes, recurrió a la palabra inconveniencia. Pero mi oficio de escritor mediocre torna imposible el descarte de una historia que mi pobre inventiva jamás conseguiría imaginar. Así que ustedes lectores sabrán comprenderme, pero tuve que matarla.

Tomado de: http://hernandardes.blogspot.com/

1 comentario:

Patricia Nasello dijo...

Ha sido un gusto leerte, Hernán