lunes, 18 de julio de 2011

Homicidio en ocasión de desnudez – Héctor Ranea


Desesperado, salí del baño como estaba; a decir verdad, no muy vestido. Encima, no tengo una figura agraciada, de modo que, en la calle, mis desnudeces no fueron celebradas con aplausos sino más bien con horror y frases que denostaban mi condición. Inútil fue decirles qué había pasado, de modo que seguí corriendo hasta encontrar un policía, que resultó mujer y que me miró con cara de pocos amigos.
—Hay un muerto en mi baño, oficial —le dije casi sin poder respirar.
—¿Cómo murió? —me dijo mirando sin disimulo mis partes bajas.
—Creo que yo lo maté.
—¿Cree? —dijo sacando su arma reglamentaria—. Acompáñeme a la Comisaría.
—Pero… ¿Y el muerto?
—No nos necesita —dijo (y tenía cierta lógica)—. Usted quedará encerrado hasta que se sepa qué le pasó.
—Pero fue involuntario. No quise matarlo —dije.
—Todos dicen lo mismo —contestó con una media sonrisa—. Vamos.
De pronto, mi capacidad de moverme se anuló, quedé congelado en el vidrio.
—¡Venga!
—No puedo. Estoy congelado. Debe ser el miedo.
No necesité decir más. Ella disparó tres veces. El espejo estalló en millones de pedazos. Algunas esquirlas, incluso, la lastimaron levemente.
Cuando me encontraron en el baño de mi casa, desnudo y muerto de tres tiros de pistola de la policía, ella no pudo explicarlo y de nada sirvieron en su defensa todos los testigos que aseguraron ver pasar un espejo por la calle.

5 comentarios:

Hernán Dardes dijo...

Ah! Qué sería de la literatura sin los espejos. Magnífico.

Patricia Nasello dijo...

E X T R A O R D I N A R I O!!!!

Rosa dijo...

Que bueno!!! El muerto profeta.

Saludos desde el aire

Ogui dijo...

¡Gracias, amigos y amigas! Es cierto que los espejos brindan posibilidades de muy variado tenor aunque al mismo efecto...

César Socorro dijo...

Un micro genial. Un final extraordinario. Gracias por esta delicatessen.