miércoles, 22 de junio de 2011

Rumores - Néstor Darío Figueiras


Sonó el teléfono. No hay onomatopeya apropiada para figurar ese maldito pitido burbujeante. Insulté a destajo al inocente aparato de plástico y bajé el volumen del televisor. Crucé el living en cuatro zancadas y levanté el tubo:
—¿Hola?
—Buenos días, señor. Mi nombre es Lara. Le hablo del Consejo de Defensa. Estamos realizando una encuesta. Solamente necesitamos cinco minutitos de su tiempo ¿Sería tan amable de responder las preguntas?
La voz era dulce y sensual. Estudiadamente sexy. Eso me enojó aún más. Hay que ver lo que se atreven a hacer estos call centers. Me han hablado de cientos de engendros biomecánicos que chorrean hormonas y mascan alucinógenos, y hacen mil llamadas diarias. Pero eso no es más que pura habladuría. Esa voz seductora tenía que pertenecer a una mujer de carne y hueso.
—No tengo los cinco minutitos. Y no me interesa participar de ninguna encuesta. Adi...
—¡Bebé! Tu nombre es Roberto Uberni, ¿no? ¿Puedo llamarte Roby? ¡No te me pongas así! Sólo te hago unas preguntitas y después te cuento las chanchaditas que hago por ahí, dulce.
Me tomó desprevenido. Su voz era muy sugerente. Paladeaba cada palabra de una forma estremecedora. Inevitablemente algo ardió dentro de mí. Me había enganchado.
—Bue-e-no, supongo que puedo contestar algunas preguntas...
—Así me gusta, bombón. —Me llenó el oído con una risa suculenta, una escala ascendente de sonidos brillantes que terminó con un dejo de jadeo, y retomó el tono impersonal y formal—. Empecemos. De uno a diez, ¿qué puntaje le daría al sabor de VitaSorbi, la golosina nutritiva?
VitaSorbi. Fabulosa. Decían que la barrita grumosa y dulce que todos chupábamos era, entre otras cosas, un concentrado hormonal que el gobierno suministraba para aumentar la fertilidad en la población. Ese era un rumor infundado, a lo sumo una versión extraoficial. En realidad VitaSorbi no era más que una sabrosa golosina afrodisíaca.
—Diez. Es muy rica.
—¿Cuándo fue la última vez que estuvo enfermo?
—No lo recuerdo.
—¿Es heterosexual?
—Sí.
—¿Cuántas veces a la semana tiene relaciones sexuales?
—Eh... tres... No. Tres no. Cuatro. Sí. Cuatro veces por semana. —Obviamente, exageré un poco.
—¿Se masturba?
—¿Eh? ¿Tienen relevancia estadística mis hábitos sexuales?
—Roby, no te enojes —volvió a hablarme tentadoramente, con susurros lentos y húmedos—. Es que me calienta saber si sos un semental... Imaginarte en acción me excita, bombón... ¿Podemos continuar?
—Eh...sí. Claro... —Una erección incipiente prometía descoserme el pantalón.
—No me contestó si se masturba. —Había cambiado nuevamente a la voz neutra.
—Pues sí. Ocasionalmente.
—¿Tiene hijos?
—No que yo sepa...
Ninguna pregunta para recabar datos personales. Según me contaron, nos espían constantemente y lo saben todo acerca de todos. Pero no hay que creer todo lo que se dice por ahí.
—¿Cuál de estas tres problemáticas le parece más acuciante: la presunta amenaza de una nueva guerra con los kexubianos, la escasez de alimentos, o la creciente epidemia de SEI?
—¿Hay una epidemia de SEI? Tengo entendido que sólo fueron algunos casos aislados. Lo de la escasez de alimentos es una patraña descarada de la oposición. Las golosinas se consiguen fácilmente en cualquier kiosco. VitaSorbi, CalciBuma, FosfoCrocks... De modo que me parece que la posible guerra con los kexubianos es lo más grave. Pero si ya le pateamos el trasero una vez, ¿por qué no dos?
¡Epidemia de SEI! ¿Quién podía tragarse tal camelo? No conocía a nadie que padeciera el Síndrome de Esterilidad Inducida.
—Una última preguntita, Roby, ¿estarías dispuesto a colaborar con el gobierno en esta guerra fácil que te ofrece la oportunidad de transformarte en un héroe, envidiado por los hombres, codiciado por las mujeres? Yo te codiciaría. Es más, te deseo ahora... Ay, bebé, estoy tan caliente, cuantas ganas que tengo de verte para...
Y entre los gritos roncos de mi paroxismo orgásmico dije que sí, que estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de que ella siguiera en la línea, contándome entre jadeos y gemidos sus fantasías eróticas.
Al día siguiente los comandos me sacaron a la rastra de mi casa.

Ahora estoy enchufado a esta máquina que acelera mi metabolismo y cataliza todos mis procesos vitales. Es una especie de jaula-cama que me inmoviliza. Las llamamos jaumas. La jauma potencia mis dotes viriles y estimula mi libido. Me han convertido en un semental.
En este cubil estrecho veo la guerra por televisión, aunque, cuando se dedican a mostrar las calles vacías de la ciudad durante horas, prefiero girar la cabeza para no ver. Me atiborran de VitaSorbi, FosfoCrocks, CalciBuma y otras golosinas estupendas que nunca había encontrado en los kioscos. Y dos veces al día viene Lara, mascando alucinógenos y chorreando hormonas. Me monta con frenesí cada vez. Sus servomotores chirrían con pasión y me llama "Roby" con esa voz maravillosamente sexy que me enardece. Luego se dirige a la Incubadora, llevándose los óvulos fecundados en su vientre de metal y plástico. Tengo la certidumbre de que algún día mis hijos serán soldados valerosos que le patearán el trasero a los espantosos kexubianos. Y podré verlos por televisión, triunfantes, enarbolando nuestra bandera.
Lara me ha dicho que se escucha un nuevo rumor en los barracones: los alienígenas han fumigado todo el planeta. Me ha dicho que cada vez somos menos hombres, que la semilla humana está muriendo. Pero cuesta creerlo. Si hay decenas de miles de cubiles como éste que trabajan día y noche...

Néstor Darío Figueiras

3 comentarios:

Ana Silvia Mazía dijo...

Néstor:
Tremendo, amargamente gracioso. Casi perfecto. Pero me dan ganas de salir corriendo y gritando...

Patricia Nasello dijo...

Un humor que es humor, que luego se vuelve extraño y por último horroroso
Buenísimo, Néstor

nestordarius dijo...

Gracias, Ana y Patricia. Un abrazo ;-)