jueves, 7 de abril de 2011

El aprendiz - Gladis Lopez Riquert


En el patio, las últimas luces se empecinaban en detenerse antes del tilo. Detrás de su copa se escondía el sol todos los días. Y, en esa media hora final que anticipaba la noche, doña Giulia terminaba de barrer el patio, regar las plantas, retirar alguna ropa de las dos sogas que atravesaban el fondo…
Las sogas. Dos sogas. Dos eran mucho, a decir verdad. A veces las miraba… y se animaba a recordarlas sin un solo centímetro vacío, abarrotadas de ropa. Era como si las prendas se unieran de manos por los broches de madera. Pero eso era antes, cuando le andaban iluminando la vida los hijos y los nietos. Y ahora… ahora a doña Giulia se le había quedado la casa vacía.
—¡Quieta vieja! —apareció la voz—. ¡Quedate quieta!
—¡Quién sos vos, por dónde entraste! —gritó segura y severa Doña Giulia, que tenía setenta y cinco años y ahora apretaba la escoba contra su pecho—. ¡Qué querés acá!
—Dame la plata, vieja. Eso quiero. Así que portate bien. Calladita, y no te pasa nada.
En aquel muchacho enclenque y sucio Doña Giulia adivinó el revólver, la poca experiencia en usarlo, el miedo en su tembloroso brazo libre. Optó por bajar el tono, hablar pausado.
—¿Vos estás loco? —dijo—. ¿De dónde pensás que voy a sacar plata? Todavía no cobré la jubilación.
—Ustedes los viejos siempre dicen que no tienen. Pero tienen. Entrá a la casa.
—Esperate, pibe, esperate. Primero, no me grites. Desde que enterré al Fabrizio, nadie más me gritó…
—Dejate de joder y entrá.
En medio del patio, doña Giulia descarga el peso de su cuerpo sobre la escoba, como afirmando su decisión.
—Mirá, pibe: si vos querés, entra y revisá. Pero no me rompas nada, tengo muchos recuerdos…
—¡Viste, vieja! —grita el muchacho acercándosele—. ¡Ya aflojás, tenés cosas!
—Ma no, querido. Mis recuerdos no valen plata, son chucherías.
La vieja entra lentamente a la casa por la puerta de la cocina. La sigue el muchacho, que cierra después de pasar y grita:
—¡Dónde está!
—¿Qué cosa?
—La plata, vieja. Dame la plata que no te quiero pegar.
Doña Giulia enciende la luz, y por primera vez lo estudia de cerca: no tiene mucho más de quince años, pelo corto, un arito en una oreja y dos hermosos ojos azules.
—¿Qué mirás, vieja?
—¿Cuántos años tenés, vos? Sabés que sos parecido a mi hijo más chico, el Mario, cuando tenía tu edad.
Se sobresalta el muchacho. Y dice:
—¿Tu hijo vive acá?
—No, quedate tranquilo. Él está muy lejos. Vive en Italia, en Módena. Los tres hijos se me fueron. Ahora estoy sola en este país donde trabajé tanto.
Y de golpe la cara del muchacho aflojó la expresión… y hasta el voseo desapareció con la pregunta:
—¿Y usted por qué no se fue? ¿No quiere irse?
—Ay, Dios —exclama doña Giulia mientras se sienta en la silla de paja junto a la mesa—. ¿Sabés una cosa? Yo hace cincuenta años que quiero irme. El Fabrizio siempre lo prometía, sobre todo después de cada paliza.
—¿Era su marido el Fabrizio ese?
—Sí, claro. Pero se murió hace veinte años. Siempre decía: “Cuando volvamos…”. Pero nunca se pudo volver. Después me quedé sola para terminar de criar a los hijos. Y cuando ya estaban grandes, aparece en este país la misma miseria que yo pasé allá, cuando me vine.
—¿Y sus hijos no la ayudan? —pregunta el muchacho mientras se sienta en una banqueta.
—Vos estás loco, pibe. Mis hijos siempre me ayudaron. Pero hace muy poco que se fueron y están ahorrando.
—¿Y usted de qué vive?
—De qué voy a vivir: de la pensión que pude conseguir por el Fabrizio. Cobro ochocientos pesos por mes y la caja pami. Hoy es martes. El viernes cobro.
—Yo tampoco tengo trabajo —confiesa de pronto el muchacho.
Doña Giulia decide mirarlo bien de frente.
—¿Y qué sabés hacer vos, además de robar?
El joven levanta la cabeza y mira a la anciana a los ojos con un esbozo de sonrisa:
—No doña, yo no sé robar. Mire a donde entré. Pero está muy difícil todo…
—¿Y vos comiste hoy? —lo interrumpe la mujer.
—No, pero lo que me preocupa es mi hijo, ¿Sabe Doña? Yo tengo un pibe de un año con la Loli…
Doña Giulia baja la mirada.
Ella también, mucho, muchísimo tiempo atrás, la había pasado mal, muy mal. ¿Cómo olvidarlo? Hay cosas que quedan adentro de una, piensa, para siempre quedan. Ella y el Frabrizio, recién bajados del barco, cuando no hablaban más que dos o tres palabras de español, habían pasado hambre. Hambre y frío y miedo.
Y entonces doña Giulia se levanta despacio, pasa por delante del muchacho, y olvidando el revólver y recordando el hambre, abre la vieja alacena.

Gladis López Riquert
Publicado en Acomodando palabras

2 comentarios:

Silvia D Imperio dijo...

Lo leí tres veces, y las tres veces me conmueve tanto... Sos una gran pintora de la pobreza. Y también de la humanidad que, aún en medio de la pobreza, resiste.

Silvia D Imperio dijo...

Felicitaciones...