Qué pasó en realidad (3) - Gilda Manso


Le decían “El flautista”; el apodo se debía a su arma, un escopetín delgado pero temible, que llevaba siempre consigo. Supo ser guerrero feroz, luchando para el bando que más le conviniese.
Ese día se presentó ante el gobernador.
-Me dijeron que tiene un problemita con unos inmigrantes. Puedo encargarme de ellos por una buena suma de dinero.
El gobernador no dudó; los inmigrantes eran como ratas, llegaban de otros países, se instalaban en baldíos y arrasaban con todo. Y la gente se quejaba. La gente no lo reelegiría a menos que lograra detener a esos bastardos despatriados. Entonces le prometió a El flautista una buena recompensa y dejó todo en sus manos.
El flautista fue baldío por baldío, escopetín en mano y munición de sobra. La masacre fue asquerosa. Luego se dirigió a la oficina del gobernador y reclamó su dinero. El gobernador quiso darle la mitad. El flautista no aceptó. El gobernador dijo que nunca habían hablado de un precio exacto, y que si sabía que pediría tanto, habría dicho que no. El flautista contestó que los inmigrantes ya estaban muertos o gravemente heridos. El gobernador le ordenó que saliera de su oficina de inmediato.
El flautista salió a la calle: si él no había dicho qué precio tenía su trabajo, el gobernador no había dicho a cuáles inmigrantes había que matar. Tampoco había dicho que debía indultar a los nativos (pero) descendientes de los viejos inmigrantes. El flautista recargó su escopetín y le disparó en la cabeza a cada persona que no tuviera rasgos aborígenes. Y lo hizo hasta que recordó que el abuelo del gobernador había sido polaco.
El flautista, entonces, guardó una bala.

Gilda Manso

Valores invaluables – Nanim Rekacz


La caja de zapatos guardaba en su interior una figurita abrillantada, un cepillo azul de plástico, un rulo rubio atado con una cinta azul, un boleto de colectivo capicúa, una servilleta de papel de un bar, una diadema.
La figurita se había caído del libro de una compañera de primaria, era un incunable, inaccesible al presupuesto de sus padres. La guardaba con culpa.
El cepillo, él único recuerdo de su abuelo fallecido casi desconocido y olvidado en un hospital. Le inspiraba tristeza.
El boleto, cuyas cifras sumadas daban 5… D… D de Damián, su amor imposible adolescente, memorias del amor puro.
La servilleta… de ese bar donde con los ojos en los ojos, dijo sí, y fue a hacer el amor por primera vez. Y única vez con ese hombre que se fue.
El rulo, de su hijo nacido de esa primera y única vez, le traía toda la ternura.
La diadema, un obsequio de su madre, quien la había llevado en su boda, mientras ella era apenas un germen en su vientre. Gloria y agradecimiento.
El incendio hizo cenizas los tesoros fundamentales de Mariana. Nada de eso podía ser cubierto por el seguro. Lloraba, inconsolable, abrazada a su hijo, que le decía que todo iba a estar bien. Que empezarían de nuevo. Que lo importante era estar vivos.

Nanim Rekacz

Punto y aparte - Walter Böhmer


Hoy no estoy seguro, y esa inseguridad trabaja en mi cerebro con la seguridad de un automóvil alemán. ¿Quién se llevó mi seguridad? Seguro que esa seguridad que me falta saltó el día que me sentí inseguro ante sus ojos. No me animé a saltar a sus brazos, con la seguridad de que me recibiría sonriente. Inseguro, indefenso, inexperto. En mi interior habita hoy la inseguridad, hiberna tranquila, pero expectante, esperando que intente el intento de intentar saltar.

Y ahora, ¿cómo hacer para recuperar mi seguridad? ¿Estará escondida y segura de la inseguridad que me persigue? Que me deja indefenso a las defensas que ahora atacan como una guitarra eléctrica desafinando desde los altos parlantes que bajaron para que la altitud los alcance. Y alcanza con el bostezo indiferente, ese que se robó mi seguridad y la lanzó al sótano donde hiberna hasta que la despierte mi primavera.

La veo ahí, desde el primer escalón de la escalera que no es eléctrica como la guitarra, esa que me obliga a dar el primer paso inseguro para buscar mi seguridad, esa que mi inexperiencia dejó escapar y rodearme de inseguridad. Ni como el perro que se quita el agua, ni las grandes sacudidas me vuelven las fuerzas; me tiemblan las piernas, los pies y las rodillas. Golpean al son del corazón, sin ton ni son, interminables escalones que llevan a la oscuridad de la cueva donde hiberna mi seguridad. Inseguro, doy el primer paso, tiemblo y yerro al primero. Ruedo, golpeo por todos lados, de costado y de arriba, espaldas y cabeza rebotan. Caigo a un lado de mi seguridad, estiro mi mano y dejo de respirar mientras mi tacto intacto se conecta con ella y vuelve a mi cuando me interno en su invierno.

Ahora estamos juntos, estoy seguro de mi seguridad, tan seguro como sé que no despertare de mi coma, mi punto y coma. Mi punto y aparte.


Tomado de Apología de los miedos

Nuevo viaje a Citeres - Héctor Ranea


El paquebote de lujo se desplazaba majestuoso por las aguas negras del Mediterráneo. En él viajábamos desde hacía dos días, desde Barcelona a Génova, de Génova hacía Amalfi, cruzaríamos el estrecho de Scilla y Caribdis para enfilar a la isla del amor.
Mi mujer, flamante esposa, me había instado a ahorrar el dinero ganado en la construcción de dos casas en Barcelona para hacer este viaje a la isla del amor y la sensualidad. Y ahí estábamos, gozando de un tiempo excepcional, un estupendo mar, maravillosos atardeceres y mejor comida y bebida.
Poco después de pasar Messina, se desató la peste y no hubo forma de volver. Era una epidemia rara. El capitán nos convocó ante los primeros casos para informarnos que no tenían abordo forma de curarlas, sí de aliviar los malestares, pero la cura sería recién al tocar puerto, y Estambul quedaba aún a dos días de navegación, de modo que iríamos estudiando la evolución de la enfermedad.
Al parecer, era rarísima, pero no mortal. Una comida pudo hacer que este desaguisado se desatase. Puede que nuestra intención inicial al iniciar el viaje haya sido el romance, pero esta peste nos arruinó, al menos el traslado, en parte la cuestión romántica.
Esta peste se manifestaba de manera inequívoca en tanto en las mujeres provocaba flatos hediondos y sonoros (en decibeles, el equivalente a un automóvil a alta velocidad) y en los hombres en erecciones involuntarias y, al decir de Henry Miller, personales, es decir, irresistiblemente sensibles y urgentemente deliciosas.
Todo esto constituía un cuadro por demás patético, dado que las flatulencias hediondas abundaban y los hombres insatisfechos se paseaban como animales sin paz, tratando de encontrar maneras naturales de satisfacer esas erecciones.
Por las primeras doce horas, el capitán pudo proveer de medicinas tranquilizantes a los pasajeros para ahorrarles el bochorno, pero con las damas aún el carbón era insuficiente para moderar sus sonoridades y, hay que decirlo, dejaba inequívocos rastros negros pulverizados. Y resolvían menos aún el espantoso hedor de las mismas.
Se trató de aislarlas a todas ellas pero, luego de desvanecimientos por el olor y de los aullidos de los hombres solitarios, debieron dejarlas salir. Para colmo, ese pretendido aislamiento produjo un fenómeno nuevo, la sincronización de los flatos. Si bien ésta no era perfecta, era evidente que la mayoría de las mujeres que habían compartido el toalet por esas horas, habían traspasado algún marcador y, como suele pasar con comunidades de mujeres que sincronizan su ciclo menstrual, habían sincronizado esta aparatosa ventosidad.
Al convertirse en colectiva, la peste se hizo insoportable. El capitán había encontrado una manera de disimular, al menos en parte, el batuque de los vientres femeninos, sonando la sirena acomodándose al reloj interno provisto por el contacto.
El médico concluyó que era hormonal, pero poco decía esto de encontrar una manera de curarlo. Esa sola sugerencia debió haber bastado para iniciar algo en su mente y por eso, pensamos todos, se encerró en el hospital de abordo para encontrarla. En realidad, se vino a saber que él estaba atacado de la fiebre del balano y se satisfacía con una enfermera que, extrañamente, no tenía esa propensión al flato estentóreo.
Mientras tanto, mi mujer y yo tratábamos de pasar lo mejor posible el trance, yo con los oídos tapados, ella con la mejor disposición para satisfacerme, pero no era sencillo. La peste, además de haber hecho estragos, estaba mutando y ahora para los hombres el problema no sólo pasaba por la erección descontrolada sino también por una tendencia inusual a despertar sus tendencias homosexuales, lo cual puso nervioso al capitán, sobre todo.
Este nuevo aspecto comenzó a desarrollarse poco antes de atracar en Estambul, por lo cual el capitán debió recurrir al encierro de los pasajeros con semejante virus mutante y él tomar una medicina especial. Obviamente, la indignación crecía en todos quienes viajábamos por el paquebote, pensando en los juicios a la compañía que nos transportaba si salíamos con vida de Turquía dado nuestro comportamiento oprobioso.
Cuando bajamos en Estambul, nos enteramos que nuestra enfermedad ya había llegado a todos los rincones del mundo, al parecer, transportada por una gaviota que tocó nuestro barco en el momento de sincronización de los disparos escatológicos de las damas o alguna eyaculación ex – vientre de algún caballero onanista. El volátil había infectado poblaciones enteras de peces y de ahí pasó a todo el Mediterráneo. Por lo que alcanzamos a entender, ya era una pandemia peor que el SARS, peor que el dengue, peor que la recesión económica y la fiebre amarilla juntas.
Quedamos detenidos en Estambul en un hotel bastante bueno. Sirven poco de comer, pero al menos a los caballeros nos dan atención higiénica de calidad con nuestra tendencia eréctil. Las señoras ahora se quejan porque comenzó otra mutación en el virus y ellas también están sintiendo un picor especial en salvas sean sus partes íntimas. Los que podemos acudimos en su auxilio, pero otros están demasiado atacados por la mutación a la homosexualidad como para atender a sus esposas.
Todo parece provenir, según entiendo por lo que dicen en el canal italiano de televisión, de cierta partida de pastillas cuya fórmula trabaja como una molécula que libera a óxidos nitrosos que salió mal, horriblemente mal, y liberó los gases en las mujeres y potenció el efecto en los varones.
Siempre tuve mis fantasías con esto del viaje a Citeres. Pero esto se lleva las palmas de las cosas raras que me pudieron pasar. Finalmente, como con casi todos los virus normales, a la semana el organismo controló la situación y volvimos a la normalidad. Me di cuenta porque esa mañana pude escuchar completa la versión de Moby Dick, con Bonham en los tambores, sin interrupciones flatulentas.

Héctor Ranea

Navidad prometedora - Carlos Suchowolski


—Escogeré a los más tiernitos… —magulló abandonando la cama.
Afuera nevaba y el sol aún no había comenzado a brillar. Se calzó el pantalón rojo, las botas rojas rematadas de blanco, luego el abrigo del mismo color con ribetes y por fin el gorro típico, de punta caída a causa del pesado pompom. No había razón alguna para cambiar de vestuario sino todo lo contrario, era para llevarlo especialmente en esta ocasión. Y salió a preparar el trineo.
Por fin, al volver a casa en busca del par de gafas de sol que no se le había ocurrido llevar consigo en un primer momento, pero que de repente pensó que le podrían ser muy útiles, descubrió en en una esquina de la puerta, el “¡Qué tengas un buen día, mi querido gordinflón!”
—¡Maldita! —exclamó sonriendo evocadoramente. Pero debía darse prisa e ir hacia la noche antes de que saliera el sol. Una vez que volviera de la cacería, se dijo mientras iba y venía, limpiaría con alcohol etílico ese mensaje escrito con un dedo mojado en su propia sangre por la vampira de la noche pasada.

Atreverse - Patricia Kieffer


Amanecía. El discípulo y el maestro estaban al pie de una montaña.
El maestro era de pocas palabras y no solía dar explicaciones. Tomó un pañuelo y vendó los ojos del muchacho. Luego lo guió ladera arriba. Al cabo de un tiempo, se detuvieron.
—Escucha Fang —dijo el anciano—: hoy deberás pasar una importante prueba. Frente a ti hay una tabla de madera de cinco metros de largo. Párate sobre ella y extiende los brazos a los lados.
El joven lo hizo y se detuvo a esperar nuevas instrucciones.
—Camina en esa posición hasta llegar al final del tablón. A tu alrededor hay un colchón de hierba tapizada de pequeñas flores. No debes pisarlas, así que cuida el equilibrio para no caer. Hazlo ya.
Fang comenzó a avanzar por la delgada tabla que cedía bajo su peso. En minutos, el sensible tacto de sus pies le indicó que había llegado al final del recorrido.
—¡Bien muchacho! Has logrado superar la primera parte. Ahora escucha con atención: gira en el mismo lugar y sácate la venda de los ojos.
Cuando Fang abrió los ojos sintió el más terrible miedo de su corta vida. Bajo sus pies, el mundo se hundía en un profundo precipicio de piedras afiladas. Al otro lado, el maestro lo observaba con una amplia sonrisa en su rostro. Entre ambos se extendía una delgada tabla de bambú... ¡sobre la cual acababa de cruzar el abismo! El asombro se transformó en incredulidad y desesperación. La voz del maestro lo hizo reaccionar:
—Lo has logrado una vez ¡Puedes hacerlo nuevamente! Ven.
—Maestro... Yo... ¡No puedo! ¡Caeré al vacío!... No puedo cruzar...

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Zuperpoderes - Javier López


—Abuelo, mira qué regalo de Reyes te traemos —dijo uno de los nietos, extendiendo su mano con un paquete medio deshecho, en el que un pijama azul con una Z en el pecho, hecha con tiras rojas de cinta aislante, apenas quedaba envuelto por el papel de regalo.
—Pero hijos —contestó a sus nietos— ¡si hoy es 28 de diciembre!
—Ay, abuelo, que ya no sabes ni el día en que vivimos. Es 6 de enero. ¡Pobre!
El abuelo, por no quitar la ilusión a los tres zagales, se enfundó el pijama azul con la Z luciendo en la parte delantera del pecho.
—¿Z? —preguntó.
—Zupermán, abuelo. Zupermán —respondió jocosamente uno de ellos.
El abuelo, por seguir la corriente a sus tres nietecitos, se subió al pretil de la ventana y elevó sus brazos por encima de la cabeza.
—Tengo zuperpoderes, puedo volaaaaaar —y saltó al vacío ante la mirada atónita de los nietos.
—Abuelo, que era una brom...
—Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhh... —se escuchó al abuelo en caída libre.
Cuando se asomaron a la ventana, vieron al abuelo suspendido de una cuerda elástica a la altura de la planta baja. Se desprendió del arnés, que cuidadosamente había preparado la noche anterior con el vecino del tercero, que para eso era un jubilado que había trabajado en efectos especiales en televisión. Liberando el mosquetón y dando un saltito de unos centímetros, tomó contacto con el firme de la calle.
Esos pequeños mozalbetes recordarían para siempre la broma del abuelo, que había descubierto la trama de sus nietos con la suficiente antelación para que ellos tomaran una lección que nunca pudieron olvidar.

Javier López

El desierto de Soom - Clark Ashton Smith


Se dice que el desierto de Soom se extiende en un extremo del mundo, de difícil situación geográfica, entre tierras casi desconocidas y otras inimaginables. Los viajeros le tienen miedo porque sus arenas desérticas y movedizas no tienen oasis; además, cuenta la leyenda que allí habitaban horrores indescriptibles. En este sentido, existen numerosos relatos, cada cual distinto. Algunos dicen que no es ni visible, ni audible, y otros dicen que se trata de una mera quimera de muchas cabezas, cuernos y rabos, y una lengua cuyo sonido es semejante al tañido de las campanas en auditorios abovedados durante algún funeral solemne. Todas las caravanas y aventureros solitarios que regresaron de Soom contaban relatos extraños; otros ni pudieron regresar siquiera, y hubo incluso quien se volvió completamente loco a causa del terror y el vértigo provocados por un espacio infinito y vacío... En efecto, eran muchos los relatos que existían en torno a un ser que espiaba furtivamente, o a todo un ejército de mil diablos; se hablaba de algo que se escondía aguardando detrás de las dunas movedizas, o de algo que rugía y susurraba desde la arena o desde el viento, o se mueve invisible en un silencio opresor, o cae desde el aire como un insecto aplastante, o bosteza abriéndose como un pozo repentinamente ante los pies del viajero.

Pero hace mucho tiempo existió una pareja de amantes que llegaron al desierto de Soom y cruzaron las estériles arenas. Desconocían la existencia del mal por aquellos parajes, y como habían encontrado un acogedor edén en sus respectivos ojos, es posible que no se dieran cuenta de que atravesaban un desierto. Y entre todos los que se atrevieron a pisar la temible desolación fueron los únicos que no regresaron con una nueva historia sobre algo terrible, sobre algún horror que los hubiera seguido o espiado, algo visible o invisible, audible o inaudible. Para ellos no hubo ni quimeras de múltiples cabezas, ni pozos bostezantes, ni insectos monstruosos. Además, nunca pudieron comprender las historias que les relataron caminantes menos afortunados.

http://grupoheliconia.blogspot.com/2011/01/clark-ashton-smith.html

Refugiado - Ada Inés Lerner


Confundidos por el polvo del desierto sus ojos como barcos muertos ya no distinguen el borde del abismo, ni el sendero escarpado, ni esa piedra antigua del animal rastrero que sobrevive casi como él mismo. Huye porque si, ya no pregunta por la libertad posible, no busca la fuente para su sed ni responde por los dioses que lo aturden con su silencio. En el miedo secular que lo inunda, intuye que la sinrazón puede o no estar en la sabana amarillenta y estéril o más allá de una frontera cualquiera, no importa dónde, para él será igual. No oye los gemidos ni los gritos a su alrededor. Su cuerpo es un pájaro pesado y torpe, no recuerda en qué árbol perdió su nido; sólo puede seguir y seguir y tropezar con esqueletos de bestias; no puede caer derrumbado y tampoco puede detener el paso para conmoverse, menos a yacer en paz: el niño que aún gime de sed sobre sus hombros lacerados le exige seguir errando peregrino. Cuando cae, sus huellas ya estaban borradas.

Tomado del blog: http://decuentosypoemas.blogspot.com/

El grito – Ildiko Valeria Nassr


Fue en medio de ese recuerdo cuando escuchó el grito.
Distraída, la mujer trató de identificar el lugar de donde provenía.
Frente al altar, el novio había desaparecido. O, al menos, eso supuso ella. La novia había gritado y todos los demás, en silencio.
No supo de qué se trataba y le preguntó a la anciana que estaba a su lado. Entendió menos.
Luces extrañas circulaban por la iglesia. Hubiera preferido morir. O quedarse absorta en los recuerdos de la tarde pasada con ese hombre, cuyo nombre no quiso saber. Un hombre fuera de este mundo, se le antojó, casi como una epifanía.
Descubrió cierto parecido entre su amante ocasional y el novio, pero todos los hombres se parecen. Al pensar eso, se tranquilizó.
El grito y las luces la instalaron de nuevo en el presente.
Todos como petrificados al reconocer una extraña criatura en ese novio ejemplar. Miró con mayor atención al altar y divisó el monstruo cerca de la novia.
La transformación había sido rápida y repentina.
El barullo comenzó y los comentarios de los invitados y familiares. Todos aterrados. La mujer comprendió, entonces, que siempre se ocultan cosas cuando uno se casa.

Ruidos pesados en el vecindario – Nanim Rekacz


La escuché llegar antes de que transitara frente a mi puerta. La camioneta, con un par de parlantes encima, recorría despacio el barrio. Era la hora de la siesta, pero eso no parecía importarle. Yo estaba regando el jardín, y ya por la esquina empecé a distinguir qué decía la voz de imitador de locutor, que estiraba las vocales y vociferaba como si no supiera que, además, sus palabras serían reproducidas con amplificadores.

–Graaaaaaaaaaaaaan pelea, esta noche, se enfrentaraaaaaaaaaan, en lucha pareja, el Iiiiiiiiindio Huincacheo, el puño implacable de Mendooooza, con Ráaaafaga Beniiiiiiiiiiiiiitez, nokeador de Tucumáaaaaaaaaaan. ¡No se lo pieeeeeerdan! ¡En el Salón Vecinal de Villa Esperaaaanza, a las veinte hoooooras! ¡¡Será un combate i-nol-vi-daaaa-ble!

Se interrumpíó un instante la voz del anunciador y en un enganche preciso, contundente, como un cross a la mandíbula, o a la boca del estómago, o a la conciencia, o a la memoria emotiva, se escuchó aquella canción espléndida de Carlos Toro, con música de Manolo de la Calva, popularizada aquí por Ataque 77, justo en el estribillo, donde dice:

Resistiré para seguir viviendo,
soportaré los golpes y jamás me rendiré
y aunque los sueños se me rompan en pedazos
resistiré, resistiré.

–No se olviden, –volvió la grabación del anunciado– esta noooooche, la úuuuuuultima pelea del aaaaaño, en el Salón Vecinal, el Iiiiiiiindio Huincaleo y Ráaaaafaga Beniiiiiiiiiiiitez, dos pesos pesados que harán temblar el riiiiiing!

La camioneta se alejaba, reapareció la música…

Resistiré para seguir viviendo
me volveré de hierro
para endurecer la piel
y aunque los vientos de la vida soplen fuerte
soy como el junco que se dobla
pero siempre sigue en pie
.

Y se perdió a lo lejos…

Seguramente en un rato volverán a pasar –pensé.

Y me preparé para resistir.

Lápidas - Gabriela Baade


Delfina tenía flaco hasta el nombre. Nos caía mal. No por flaca ni por nada. Nos caía mal y punto.
Con los pibes, al volver de la escuela después de aplastar hormigas todo el camino, nos juntábamos en la vereda de la granja, en una esquina de ese barrio de mierda. Barrio callado. Los únicos que metíamos un poco de ruido éramos nosotros, “La barra de la pollería”.
Delfina siempre nos andaba diciendo que no sabíamos tratar a los animales. Porque los insectos, nos dijo una vez, son animales. ¿Qué le importaba a ésa?
El Pedro sabía que a mí, en el fondo, la flaca me gustaba.
Delfina nos miraba de costado, raro nos miraba. Parecía que nos buscaba. Ella pasaba por la esquina en la que nosotros parábamos cuando volvía del colegio o de la profesora de piano, danza o inglés. Podría haber dado una vuelta más grande, pero se ve que ella quería pasar por ahí. Capaz que yo le gustaba también. O el Pedro.
Parecía buena. Linda. Como larga. Pelo lacio. Pecas. Ojos oscuros, redondos. Pero tenía la mirada escondida.
Una vez se vino a la esquina con una moneda de cincuenta.
—¿Qué querés?
—La paloma —la flaca estiró la mano pinchuda y nos mostró la moneda.
—Rajá, esqueleto —le dijo Pedro—. Y cuidate del viento.
—Dejen tranquilo al pobre animal, no les hizo nada —la flaca seguía con el brazo estirado y mostrando la moneda.
—Está muerta —levanté la paloma de una pata y la sacudí—. ¿Ves?
—La quiero enterrar.
—Dejá de joder.
—Me da pena.
—Ay, Patas de Fosforito tiene pena de la paloma muerta —dijo uno de la barra, y los otros pibes le hicieron coro.
A mí me gustaba la flaca. Y cuando se ponía triste, me gustaba más.
—Ta’ bien —le dije con una enorme sonrisa—. Tomá, flaca —le ofrecí la paloma—. Para mañana te tengo otro muerto. Si querés. Digo.


Al día siguiente, la flaca Delfina apareció con más plata.
—Hola Pedro. Y, ¿dónde está mi muerto?
Sonreía raro, se pasaba la lengua por los dientes.
—¿Qué muerto? —dijo Pedro.
—Él me prometió —la flaca me señaló con la pera y estiró la mano huesuda mostrando un billete—. Traje dos pesos.
—Hoy no hay muerto, vení mañana.
—¿Me prometés, Pedro?
Turra la flaca: le hizo una de esas sonrisas que a mí me partían la cabeza.
—Sí, flaca. Rajá.
No había vuelta que darle: a Pedro le caía mal.
—¿Qué agarramos, Pedro? —dije viendo cómo se alejaba esa bolsa de huesos. No le podía fallar a Delfina. Y yo, yo quería verle otra vez esa sonrisa.
—Nada —Pedro estaba serio—. Yo no mato bichos. La paloma se murió solita. Largá.
—Dale, Pedro. Un gorrión. ¿Qué hace un gorrión? Joden los gorriones.
—No mato bichos, te dije.
Volví a mi casa puteando bajito. De una patada tiré una bolsa de basura y una botella de plástico al medio de la calle. En la zanja vacía, a mitad de cuadra, encontré un sapo aplastado. Seco. Chato.
Algo es algo, pensé. Lo cacé como si fuese una figu y lo guardé en la mochila.
Pasé por la puerta de la casa de la flaca Delfina, las ventanas estaban cerradas. Me asomé por la reja para cogotear el fondo. Oí cantar bajito. Era Delfina:
—Nadie sabe dónde vive. Nadie en la casa lo vio. Pero todos escuchamos al sapito glo.. glo... glo...
Pero esta flaca es medio bruja, pensé. Y me puse a cantar:
—El sapo vivía en la calle, y un auto lo reventó. Nadie en la casa lo veía, porque lo tenía yo.
Entre carcajadas llamé:
—¡Delfina! Acá tengo tu muerto.
Silencio. Aplasté unas cuantas hormigas. Negras y culonas. De esas que muerden.
Delfina abrió la puerta de rejas del costado y me invitó a pasar.
Fuimos para el fondo. Yo la seguí marcándole las piernas flacas, la pollera corta del vestido floreado. Ella, cada tanto, se daba vuelta y me miraba mordiéndose un mechón de pelo.
—Yo acá tengo mi cementerio de animales —Delfina hizo un arco con el brazo, la palma al cielo: señalaba una zona con la tierra removida, bien húmeda y bien negra. Un círculo desparejo de baldosas blancas separaba ese sector del resto del jardín—. ¿Me trajiste algo?
—Algo —dije despacio—. Un sapo-tarjeta —riendo le mostré el bicho, plano como una milanesa.
La flaca puso cara de asco.
—No me sirve.
Pegó media vuelta, y de una casilla que había en el fondo, cerca de su jardín de paz, trajo una especie de valijita como de colegio, o de médico. Sacó una caja de fósforos diferente: larga y fina, como ella. La abrió. Los fósforos parecían fideos. Sacó uno, lo encendió. Y se puso a quemar, vivas y de a una, a las hormigas negras que cruzaban sus baldosas. Las hormigas se encogían, se hacían bolita y largaban un ruido sordo, un chasquido.
—Las muy putas saben muy bien que por acá no se pasa. Las que vienen huelen la carne muerta de éstas, y se arrepienten.
Sacó de su maletín una palita de metal, la clavó en la tierra recién removida, y escarbó, y desenterró la paloma que yo le había dado horas antes. La paloma, pobre. Partida al medio con la panza vacía y negra de tierra. Noté que el borde de la palita le había quebrado una pata. En una caja de bombones Bonafide, estaban las tripas que ella se puso a caranchear con una pinza de las cejas.
—¿Mirá? Son como nosotros: corazón, pulmón, intestino.
Erizaban la tierra más seca pequeños montículos, coronados con cruces hechas con palitos y piolín.
—¿Ves esos papeles en las crucecitas? —dijo Delfina—. Abajo del nombre del animal enterrado, puse qué le hice.
Vi. Leí.
—¿Sabés qué me encantaría? —ella se restregaba las manos—. Un gato. O un perro. Medio muertos. Los corto. Y les veo el corazón cuando se apaga.

De dragones familiares – Carlos Barbarito


El primer Barbarito, afirman miembros de mi familia, fue atacado por un dragón. Otros, también dentro del círculo familiar, sostienen que se trató de un simple perro, eso sí: muy bravo. No hay acuerdo al respecto; tampoco sobre el lugar del hecho: cerca del monte Ventoux, en el sur de Francia, sostienen los del lado chic de los Barbarito; otros, menos snobs, ubican el suceso en algún pueblito de la costa del Tirreno. Tampoco hay acuerdo con la fecha, un auténtico delirio que va desde el siglo XV hasta el siglo XIX. Cada reunión familiar es objeto de enconadas disputas al respecto.
Recuerdo una navidad, en los sesenta, cuando se enfrentaron dos primos de mi abuelo paterno; uno hablaba de una lucha endiablada, terrible, con espada, seguida del triunfo del fundador del linaje; otro de una derrota –eso sí, luego de feroz resistencia– con la consiguiente devoración y masticación del monstruo. Uno de los primos amenazó al otro, al calor de la discusión, con un tenedor que había sobre la mesa. No pasó de allí. Fue un momento lamentable pero revelador de las firmes convicciones que, sobre asuntos trascendentales como éste, tienen mis familiares.

Qué pasó en realidad (2) - Gilda Manso


La mujer de su padre notaba que ella, al crecer, se convertía en una chica hermosa. La mujer de su padre, por celos, perversidad, o vaya uno a saber qué, no podía tolerarlo; la sangre le hervía al ver a su hijastra linda, graciosa, querida (además, querida), inteligente, buena persona.
La mujer, entonces, decidió destruir la luz.
-¿Ves que no servís para nada? Quién te va a querer a vos. Fea, boluda y torpe, sos. Tu papá no te quiere, te tiene lástima. No, no me mires así, es la verdad. Ahora salís con que querés ser guardabosques. No me hagas reír, por favor. Guardabosques, con lo estúpida que sos. Lo más probable es que incendies medio bosque o mates a un venado. ¡O que te coma un jabalí! Aunque ahí nos harías un favor, a tu padre y a mí. Tomá este vestido, levantale el dobladillo, que es para lo único que servís.
Uno puede pensar que la chica era estúpida en serio; que uno, en su lugar, le pondría los puntos a esa hija de puta, pero la cosa era así día tras día, año tras año, hasta que la autoestima de la chica llegó a valer nada. O casi nada, porque en vez de suicidarse, la chica –o su inconsciente, sabio inconsciente- optó por aislar la mente. La madrastra la trataba mal, y la chica parecía no escucharla. Parecía de verdad tonta, o parecía dormida. Con los ojos abiertos, pero dormida. Allá, muy adentro, dormida.
Pasó el tiempo, como siempre. La chica se volvía cada vez más bella, cada vez más encerrada, cada vez más durmiente. Lo único que hacía era coser; la madrastra le traía trabajo y cobraba la plata que le correspondía a la chica.
-¿Para qué querés plata, si no sabés ni salir a la calle? Salís de casa y te perdés, seguro.
Un día (siempre hay un día) ella sintió dolor. Se clavó una aguja y le dolió. Un dolor mínimo para la mayoría, pero ella, tengamos en cuenta, estaba dormida. Y el dolor a veces no es sólo dolor; el dolor a veces es como un despertador que suena a las seis de la mañana, o como una señal de que hay algo fuera de lugar. Y mientras ella se chupaba el dedo, recordó –como un cross a la mandíbula- a su mamá hablándole; ella era muy chiquita, y su mamá le decía qué linda nena sos, qué inteligente; te amamos, Aurora. Y las palabras del recuerdo se insertaron en ella como si fueran bendiciones de hada madrina, y entonces sintió terror, porque se vio despierta. Luego vino la certeza de que necesitaba ayuda, pero que nadie vendría a rescatarla; en primer lugar, porque casi nadie sabía de su existencia, y en segundo lugar, porque ella no estaba cautiva.
Y pensó que no sabía si podría ser, algún día, guardabosques; de verdad no sabía cómo se cuida un bosque. También pensó que así nunca iba a saberlo, porque esa casa no era un bosque.
Entonces, como primera acción de su flamante vigilia, salió a la calle.

Ilustración: "Textura sin querer" de Saurio (en formato modificado)

Karen - Samanta Ortega Ramos


Ya estoy en casa, dice Ignacio. Karen, su hija, tiene el delantal puesto. ¿Estás cocinando?, pregunta sorprendido. Sí, la comida que más te gusta, responde con ojos grandes, que brillan. ¿Y tu madre?, Ignacio se afloja la corbata. En su habitación, creo. Karen espera unos segundos antes de volver a hablar. ¿Entonces, me llevarás mañana al cine y luego a cenar? Karenita, te dije que tengo planes con tu madre. Le acaricia la cara.
Ignacio entra en la habitación. Todo pasa muy rápido. Su mujer está cubierta con el edredón y es verano. Se acerca, le destapa la cara para besarla. Tiene los ojos abiertos. Quita poco a poco el edredón, descubre el cuerpo teñido de rojo. El centro del pecho tiene una grieta profunda. Ignacio la coge en sus brazos unos instantes gritando, pierde el equilibrio. Tambaleándose por el pasillo va dejando huellas de sus manos ensangrentadas.
En el comedor, Karen ya tiene la mesa puesta para los dos. Los platos servidos. Ignacio la sorprende encendiendo la vela que está en el centro de la mesa. Al apagar la cerilla, Karen le sonríe.


Sobre la autora: Samanta Ortega Ramos

Para que ningún amo se sienta incompleto - Mara Gena


Entre la una y la una y cuarto de la tarde, de todas las tardes, escucho el mismo alboroto. Como es previsible en una de esas oportunidades me asomé por la ventana y traté de descubrir qué lo causaba. Una mujer mayor con una peluca de color ladrillo colocada sinceramente a manera de cabello, se sienta en el umbral de su casa junto a una cachuza perra maltesa. Y allí ambas esperan.

Da vuelta la esquina un transeúnte con cara de estar ensimismado calculando el ángulo de rotación de la Tierra. La perra que segundos antes parecía poseer la inmortalidad de un animal embalsamado de repente revienta. Como si fuera una piñata, explota en ladridos álgidos, ríspidos, irritantes y al hombre se le escapa un saltito y se le desmadra el jopo. Luego viene la reprimenda. Una voz rajada de aguda hipocresía dice: “Pórtese bien, mala”. Y en eso consiste su diversión: prolongar la espera hasta que caiga otra víctima.

Que a lo largo del tiempo el perro va absorbiendo involuntaria e inexorablemente la personalidad de su dueño no es ningún descubrimiento. ¿Pero alguien ha sospechado qué extrañas y secretas complicidades entablan mascota y amo para darse una panzada?

He estado observando algunos casos en los que se repiten ciertos entretenimientos rituales. Por ejemplo dentro de los perros de moda tenemos que los dueños de rottweiler insisten en hacerlos correr a su ritmo, a pesar de que éstos prefieren detenerse a olfatear árboles o partes más aromáticas y recreativas en otros perros. Los yorkshire –ya lo sabemos– son el accesorio perfecto para la rubia de leopardo y plataformas y la dupla alcanza la gloria estacionando la 4x4 y comprando frapuccinos. Los golden retriever prefieren el combo. Estos perros se sienten muy a gusto andando junto a la familia próspera de hijos rubios. Perros más exóticos como los weimaraner requieren ser combinados con personas modernas y jugueras Philippe Starck.
En la exacerbada proliferación de caniches mini toy vemos que los señores maduros de camisa desabotonada y bronceado regio han gustado siempre de los diminutivos pero hasta la actualidad no se sentían totalmente justificados para usarlos.

Y finalmente, dentro de lo que podríamos catalogar como un divertimento masivo, están los hombres que pasean sus perros a medianoche. Que esperan inexpresivamente junto los canteros mientras la mascota hace sus necesidades. ¿Por qué sienten la necesidad de hacerlo a esas horas? ¿De qué escapan todas esas caras blanquecinas que apenas parpadean ante la potente luz de los autos?

El caso del perro de mi abuela, un pequinés llamado Manucho, no es indiferente al enigmático juego. Este ejemplar poseía una personalidad propia e impermeable que mi abuela adoraba de forma inexplicable. Un amigo solía llamarlo “el perro en fascículos” porque su aspecto estaba tan maltrecho que lo único lógico era suponer que varias de sus partes jamás habían llegado. El animal presentaba unos ojos en constante putrefacción y a veces lanzaba gases lentos y mohosos que podían llegar a demoler la coherencia. En suma, era repugnante. Sin embargo, esto le confería una ventaja imprevista. El can se hacía invisible. Y si por casualidad alguien posaba los ojos sobre su lomo, los retiraba ráudamente, como si se los hubiera quemado con algo espantoso. Luego con un poco de suerte y algo de esfuerzo podría mantener esa imagen lejos de su mente –al menos durante las horas de vigilia. En el peor de los casos necesitaba de un exorcismo.

Lo cierto es que este pequinés, en realidad, era un estratega consumado y un auténtico artista de la catalepsia. La mayor parte del tiempo parecía estar en coma. Por eso cuando los incautos se deslizaban confiadamente por el pasillo recién lustrado, Manucho hacía maquinal uso del elemento sorpresa y atacaba.

Aún recuerdo la ocasión durante unas vacaciones de verano. Yo jugaba en el patio de atrás cuando escuché una voz masculina que parecía estar hirviendo en las cuerdas vocales. Corrí hacia adelante de la casa y me encontré con esa expresión imborrable en la cara del sodero correntino. La indefinible tensión en su labio superior que se debatía entre grito escarpado o el derrumbe de risa, mientras parapetado detrás de los cajones de soda, repetía: “Me ha agarrado los garrones. Me ha agarrado los garrones”.

Por años mi abuela siguió contando la anécdota, tratando de imitar esa tonada que nunca le salía igual. Cada vez que finalizaba su risa era tan caudalosa que se había transformado en lágrimas.

Esto antes no pasaba - Saurio


―¡Ey! ¡Hola!
― ¿Uh?
― ¡Hola! ¿Qué te pasa? ¿Te colgaste?
― N… no exactamente… ando medio lento…desde hace tiempo que estoy así… ¿Sabías que me agarré un virus jodido, no?
― No, che. ¿Muy jodido?
― ¡Ufff! Me tuvieron que formatear todo.
― ¡Chaaaa! ¿Y tenías backup?
― Esa fue la otra joda, que el último backup era del año anterior. Decí que el médico pudo recuperar algunos archivos de mi cerebro y de Internet que si no estaba frito... pero igual hay dos o tres meses de mi vida de los que no recuerdo nada de nada.
― ¡Uh!
― Sí, un embole. Aparentemente estuve hackeado en esos meses porque hice cosas rarísimas. Mirá, decime, ¿para qué carajo me hice instalar un par extra de brazos?
― ¿Para rascarte el culo a cuatro manos?
― Dale, jodé, jodé. Ya te va a pasar a vos…
― Bue, sí, uno nunca sabe pero, te voy a decir, yo hago vida sana: me backapeo todas las noches, no cojo si no tengo antivirus, antispyware y cortafuegos actualizados y, por sobre todas las cosas, uso Linux.
― ¡Sos un aburrido!
― ¡Ah, claro, porque vos la estás pasando bomba!
― Ta’ bien, tá’ bien, perdoná…Tenés razón, tendría que cambiarme a Linux. Lo que me frena es que es la primera vez en mi vida que tengo Windows original y me da cosa… Aunque, la verdad, con los Windows truchos andaba mejor…
― ¿Viste?
― Bue, perdoname pero tengo que ponerme a laburar de nuevo. Esta joda me dejó lleno de deudas y si la cosa sigue así voy a tener que venderle mis clones a un prostíbulo.
― ¡Eh, pará! No tenés por qué caer tan bajo. ¿Necesitás plata?
― No, no, gracias, es de puro quejoso… pero, la verdad, a veces me pregunto si valió la pena hacerse digitalizar. Antes la gente se moría definitivamente y no tenían que preocuparse por todas estas cosas.

Escenarios – Héctor Ranea


Ella tiene una costumbre especial en verano. Cuando riega, a la tarde, de espaldas al Sol, pone la flor del regador en ducha o neblina y pronto aparecen seis, siete colibríes que se disputan las zonas de agua llovida. Los pájaros iridiscentes se mezclan con las gotas tornasoladas que la luz fabrica de plumas de su misma especie y se transforman en lluvia o la lluvia se transforma en pájaros. El agua en aves, las aves en agua. Todo mientras danzan con un trino especial de hojas que reciben agua, de tierra mojada.
Yo los miro aparecer, desaparecer, deshacerse en luz, brotar de la sombra de la lluvia interceptando la luz mojada de la ducha y en el calor de las tardes no sé si ella riega las plantas, si hechiza a los colibríes o me hechiza a mí. Los hechiza sin duda, y de tal modo que cantan y su canto es en son de lluvia, de una alegría en forma de respiración de agua en agua, de luz en luz, de cuerpos que se deshacen en luz, de luz que se corporiza en sus cuerpos diminutos. En la sonrisa de la dueña del agua y de la lluvia.
Algo llega a las flores que no es sólo agua, que brota también de las mismas plantas, como si los colibríes hubiesen sido transformados en dioses diminutos de la fertilidad. Entonces las flores mutan sus colores para asemejarse a pájaros que vuelan en pos del agua, que se transforma a su vez en materia de flores, de pájaros.
No quiero escribir nada para no arruinar la escena, pero son esos momentos inefables en los que sé que amo esa mano que sostiene la lluvia, que amo esa sonrisa que atrae los pájaros a la brisa del agua, a la lluvia suave, a la niebla de agua que danza.

Una vez más – Pablo Moreiras


La tarde se repite, inconclusa, laberíntica, espiral, renovada, interminable. La tarde y tu rostro. La tarde y tu cielo. La tarde y tus hojas. La tarde y sus ojos. La tarde y tú acá adentro, entre mis manos y mi pecho, la escarlata luz de vuestro sueño, de vuestra inquina, de vuestra esperanza ocupando el presente y mi vacío. La tarde y tú como amantes de un fuego marchito, de una estepa baldía, dueñas de un horizonte que no se alcanza, que no se acaba, que no perece cristalizado en mis pupilas, hombre de provincias, hombre pobre que aspira a la inmortalidad de la tarde, al ideal imposible de tus labios, tú que no habrás de existir nunca, y que no morirás sin embargo, hasta que este corazón lo haga, hasta que estos dedos no bailen, hasta que esta tarde interminable no nos lleve arrastrados por su penúltimo sueño.
La tarde se repite, una vez más, tan sólo es eso.

Tomado de: http://sevendepoesia.blogspot.com/


Acerca del autor:

La historia de tu vida - Rita Vicencio


Salió a la calle, sin rumbo fijo. La noche era calurosa y el sudor hacía que la ropa se le pegara. Estaba harto del mundo, y harto de sí mismo. Se sentía vacío, reseco. Paró junto a una máquina de sodas y depositó una moneda. Nada. La máquina estaba vacía y se tragó su moneda. Soltó una maldición y siguió su camino. Más allá, las luces de neon de un bar lo llamaron. Entró y pidió una cerveza.
–Invítame un trago y te cuento la historia de tu vida –le susurró una voz femenina al oído.
Volteó y vio a una chica delgada de labios negros y cabellos rojos, vestida de forma extravagante.
–¿Cómo has dicho?
–Invítame un trago y te cuento la historia de tu vida –repitió.

La frase era tan surrealista que no se le ocurrió otra cosa que señalarle una silla, pedir otra cerveza y empezar a escuchar.

Ella habló. Habló largamente de las cosas más tristes y oscuras de la vida. Habló con una voz ronca, susurrante. Él sólo interrumpía para pedir más cervezas, y la noche corrió como un río de alcohol y palabras donde él se dejó llevar, flotando hacia la inconsciencia.

No llegó a escuchar cuando ella habló del hombre sudoroso que salió a la calle y perdió una moneda en la máquina de sodas, mucho menos de la chica del pelo rojo, y jamás se enteró de cuándo ella habló del colapso alcohólico que sufrió el hombre en el bar.


Tomado del blog: http://saborajenjo.blogspot.com/

DEFCON 1 - Claudio G. del Castillo


–¡Hip! ¡Hiiip!...
–Señor presidente, ¿es usted?
–¿Sí?... ¿Aló?...
–¡Señor presidente!
–Sí, hola, hola. El presidente norteamericano a la escucha. ¿Qué desea?
–Le habla el coronel Bates, del NORAD, señor.
–Ya lo sé; tengo identificador de llamadas, ¿o qué creía?
–Necesito autorización inmediata para declarar DEFCON 1, señor. Esto no es un simulacro. Necesaria autorización para DEFCON 1, ¡ASAP!
–¿Ahora qué pasó? ¿Es que no puedo irme de vacaciones sin que arruinen de mala manera un rascacielos, o engalanen con pelos y tripas las alambradas de la Zona Verde? ¡Por Dios!
–Señor presidente, los radares de vigilancia del SAC lo han confirmado: los rusos lanzaron una andanada de sus Topol-M con cabezas nucleares múltiples. Aún no hemos precisado dónde, pero en diez minutos tocarán el suelo de los Estados Unidos de América.
–¿Y qué quiere que haga? ¿No les aprobé aquel presupuesto para un escudo? ¡Despliéguenlo entonces y comprueben de una vez si resiste o no! A que resiste, ¿va? Quejicas
–¡El Escudo Antimisiles no es…! El escudo no estará operativo hasta el año próximo, señor. Actualmente procurar la intercepción de los Topol-M sería una quimera. La única alternativa: dé usted su consentimiento para ripostar con nuestros ICBM en pleno. Batiremos cada palmo del territorio ruso antes que los cabrones vacíen sus silos.
–¡Juaj! “Ripostar”, dice el hombre. “Batiremos cada palmo”, dice.
–¡Señor, sí, señor!
–Pues resulta, Bates, que atendiendo a una invitación del Primer Ministro, me encuentro de visita en el Kremlin. ¡Impresionantes las cúpulas de la catedral de San Basilio…! ¿Considera descabellado reproducir ese elemento arquitectónico bulboso en el Pentágono?
–¿Está solicitando en código su extracción de la zona hostil, señor presidente? Si afirmativo, despídase de mí con el más ecuánime “Adiós, Don Pepito” de que sea capaz, e ipso facto congelamos el tema Bin Laden y despachamos hacia allá un comando Delta. El mejor.
–¡Ni extracción ni el mismísimo Al-Qaeda en su salsa, coronel! No hablaría tan barato si estuviera en esta cena de recibimiento; con caviar, Voronov y todo lo que le cuelga;En fin, ¿cuál era su pedido?, ¿DEFCON 1? Concedido. Eso sí, de poco le valdrá pulsar el Botón por su cuenta. Siempre que vengo a Moscú echo en la maleta el Remoto Rojo; y ni bien vi su nombre en el móvil, me entró un no sé qué y apreté la teclita de Inhabilitar Sistema.
–Pero… señor presidente... las perspectivas a corto plazo del escenario estratégico-táctico no pueden ser más desfavorables. Usted es el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas; deme siquiera una sugerencia.
–Y se la doy, claro que se la doy. Intente a como dé lugar ;(insisto, coronel Bates: a como dé lugar) sacudirse el “Don Pepito” que le endilgaron. Denota falta de carácter y no contribuye a elevar la moral del Ejército. Por lo demás, yo que usted saldría de la oficina a la chita callando y atraparía el primer helicóptero que me pasara por delante. Hace un momento un generalote alzó su copa y me pareció que brindaba por que “¡Kohetova splôtashvili Guachintoski!” –¡Hurraaa!– ¡Hip! ¡Hiiip!… ¿Aló?... ¿Aló?...

Abstracto – Héctor Ranea


Pintamos las maderas con suma prolijidad. Habíamos dejado nuestros pinceles lavados, la madera relucía bajo la capa sutil, pareja, tersa de pintura. Quedamos muy contentos de nuestra labor, sobre todo al ver que era tan pulida la superficie que nos podíamos mirar en ella casi como en el espejo de la habitación.
A la mañana siguiente, sin embargo, algo estaba mal. Las líneas estaban confundidas y nacían acá y allá diversos remolinos de colores que jamás habían entrado en nuestras paletas. La madera no relucía sino que resonaba en otros colores, otros tonos, oscuros, siniestros. Nos miramos las manos y estaban limpias. Volvimos a pintarlas esta vez con mayor cuidado, haciendo lo imposible por darles acabados relucientes. Las dejamos custodiadas por un armario sólo para ver, a la mañana siguiente, que los colores estaban aún más desordenados que antes. Sospechamos el uno del otro y la rabia empezó a formarse en nuestro espíritu para solventar tamaña desesperación. Cuando al día siguiente el cuadro en las maderas era desesperadamente abstracto, con los remolinos alcanzando las nubes y los supuestos ríos lavando la madera, me maté colgándome de una de esas maderas. Él no tuvo elección. Al matarme se disolvió su imagen.

Apenas minutos antes de la orden de ataque - Daniel Frini


—No me creo que llames desde Córdoba ―dijo, con un dejo de asombro y, mirando al auricular — ¿Cómo conseguiste hablar con el Cuartel General? ¡Vamos, que no es momento de bromas! ¡Por aquí todo está dado vueltas y no tenemos tiempo para conversaciones! ¡No mamá, no estoy con mis amigotes! ¡No, no estamos tomando nada! Es difícil de explicar, mamá, pero no podemos —repito: no podemos― hablar ahora. Estamos en alerta rojo y es una situación crítica, mamá ¡No, el idiota de Paco no está conmigo! ¡Y José María tampoco mamá! En este momento el General en Jefe está dando las últimas directivas antes de … ¡No, mamá, ya no estoy saliendo con Fernanda! ¡Y no es una cualquiera, mamá! Oye, debo cortar porque me requieren en Planificación de Operaciones y tengo … ¡Hace años que no apuesto mamá! ¡Y aquí no hay hipódromos! Tengo a cargo una división entera de marines y nos preparamos para… ¡No mamá! ¿Y qué hacés en Córdoba? Te avisé hace tiempo que no debías ir por allí ¡Y te rogué que me hicieras caso! No, mamá… No… Te lo repito, ahora… No... ¡Que te tenés que ir, te digo! ¡Ya! ¡No me importan tus amigas mamá! Me están llamando para… No, mamá. Mis soldados están esperándome. Si, mamá. Te lo ruego, márchate ya mismo. Daré la orden para que una nave de rescate pase a buscarte… ¡No, mamá, deja la perra allí! ¡Y tampoco puedes llevar contigo las begonias! ¡Mamá, la nave solo tiene lugar para vos! Que no, mamá ¡Soy Comandante Imperial de la Fuerza de Invasión Marciana a la Tierra, Córdoba será uno de nuestros primeros objetivos y vos no deberías estar allí de vacaciones, mamá!

Sexagenario - Juan Manuel Valitutti


Fue un superhéroe. Pero su tiempo había pasado. Contempló el antifaz que por tantos años lo había secundado en su tarea de combatir el crimen. Lo sopesó en sus manos con cariño paternal y, finalmente, lo remontó por sobre el barandal que se abismaba a la calle. Los peatones que circulaban por la arteria céntrica atisbaron un destello de carmín descendiendo en la brisa solariega. “Algún niño travieso”, pensaron. Pero interceptaron la prenda, y cuando comprendieron de qué se trataba quedaron enmudecidos. Entonces vieron caer la malla protectora, las armas, ¡y la capa, la capa carmesí de…!
—¡Es el Capitán Carmesí! —Las manos señalaban el balcón del edificio—. ¡Sabremos quién es!
Corrieron. Corrieron, y ocuparon los elevadores y las escaleras, y al rato llegaron los reporteros, con sus ansiosas cámaras.
El ahora sexagenario Capitán contempló el despliegue con una sonrisa nostálgica. “Está hecho”, pensó. Se volvió en el balcón e ingresó a la sala de estar. Las puertas se abrieron de un empellón y el público penetró en el secreto santuario. Las voces de asombro y los aturdidores flashes estallaron al unísono.
—Tiempo al tiempo, muchachos... —El ex Capitán trataba de calmar a la turba—. Contestaré a todas las preguntas que quieran formularme, ¡y hasta firmaré autógrafos!
Un reportero se adelantó e hizo alarmantes señas al Capitán.
Entonces el superhéroe retirado lo entendió…
“¡Demonios!”, pensó. “¡Estoy en bolas!”

Ana de los Gatos - Claudia Sánchez


Ana de los Gatos. Así la llamaban en el barrio. Así la conocieron en todo el mundo. Nieta e hija de veterinarios, ella no necesitaba serlo para proteger a los animales más que a su propia vida. El día de su entierro, detrás de las únicas dos vecinas que acompañaban el féretro, se formó una larguísima fila de animales de las más diversas especies, pero sobre todo, gatos. Numerosas familias de gatos se sumaban a la caravana a cada paso. Los abuelos aún recuerdan los maullidos lastimeros que enloquecieron a la ciudad durante la media hora que duró el entierro. Hubo madres que salían a la calle desesperadas, temiendo que algo catastrófico estuviera provocando esos llantos de criaturas. Cuando todo acabó, una tristeza inmensa invadió la ciudad. En medio de un nuevo silencio, notaron que no había animales en ningún lado. Ni hormigas trabajando, ni pájaros volando, ni perros ladrando. Tan insoportable era esa tristeza que uno a uno, todos los habitantes de la ciudad, se dieron cita en el cementerio, donde los animales velaban la tumba de Ana. Cuando el último de los ancianos presentó sus respetos frente a la lápida, los animales retornaron a sus vidas, marcando para siempre en el calendario local el día en que Ana de los Gatos murió.

Cuento de horror 1 - Guille de Horror


Sabía que no debía salir del baño. De cualquier modo era hombre muerto pero no por eso iba a facilitarle el trabajo a su asesino. Si lo habían contratado para matarlo tendría que, por lo menos, derribar la puerta del pequeño baño.
Se notaba que era un profesional, uno de los mejores sicarios de la ciudad.
Hacía más de tres horas que lo había visto entrar al viejo complejo y, desde entonces, no emitió sonido alguno. No pateó la puerta del departamento, no revolvió los cajones, no bajó el volumen del tele, no tosió. Seguramente estaba sentado en una de las sillas de la cocina, esperándolo, paciente, inmutable, fumando, viendo qué formas caprichosas tomaba el humo del cigarrillo antes de desaparecer.
De pronto se decidió, iba a salir. No era un buen final quedarse encerrado, esperando que otro eligiera el momento de su partida. “Si voy a morir, que sea cuando yo quiero” pensó, y abrió la puerta. Ésta crujió como crujía cada maldita vez que la abría.
No había nadie. Ni en la cocina, ni en la habitación, ni en el largo pasillo que los chicos del edificio usaban como autódromo. Respiró profundo, se alivió.
Pasaron unos minutos, quince, veinte o quizás más, y una sensación conocida, horrible y desagradable pero conocida, lo atrapó.
Era ella, la misma inmunda sensación que lo había paralizado un mediodía de febrero, allá por el ´87 u ´88, y que cada tanto volvía. Otra vez ella, otra vez la urgente necesidad de esconderse de su asesino. Y se encerró en el baño.

Donnatest - Samanta Ortega Ramos


Conozco a chicas que dejaron el romanticismo y la sorpresa a un lado y fueron directo a los test de ovulación desde el momento en el que empezaron a buscar. No fue mi caso: alegué que no me convencía la idea de traer al mundo a un bebé de forma robótica y que quería que fuera mágico. Pero la verdad: necesitaba tiempo para digerir la idea.
A los seis meses, como la idea ya estaba a punto caramelo y no había ni rastros del ‘prototipo’, supuse que era hora de intentarlo a la nueva usanza.
El problema fue cuando abrí la cajita y vi el manual de instrucciones. Me pedía que sacara el promedio de los últimos 6 ciclos para saber cuándo empezar a hacer los test. El problema: podría intentarlo sólo 5 veces y si calculaba mal tendría que comprar otra cajita. Eso significaba el 6% de mi sueldo. Como buena chica irregular que soy (cuando escribo esto no puedo evitar pensar en los productos de un outlet con pequeños defectos. Lo bueno es que siempre hay alguien que los quiere igual) lo iba a tener más difícil que nunca (sumado a los ya habituales y fanáticos granos de siempre, a los dolores que con los años se duplican y a los humores increíble-hulkistas). Demasiado.
Al mes siguiente cambié de marca como quien cambia de un partido político a otro en Argentina. El Donnatest, minimalista, era más higiénico, fácil y venía con material bonus: dos test más y uno de embarazo (además no hacía referencias desalentadoras para quienes tenemos ovarios poliquísticos como: los resultados pueden no ser fiables). Eso sí, habría que cumplir a raja tabla el procedimiento:
Hacerlo a la misma hora, entre las 10h. y las 20h.
No utilizar el primer ‘caldito’ de la mañana. (Un alivio. Cuando uno se levanta no se acuerda ni de cómo se llama).
No beber mucho líquido dos horas antes. (Mucho es un término ambiguo y no aporta información: ¿qué, un vaso, dos, un litro?)
Recoger el ‘caldito’ en un recipiente limpio y seco. (Mejor así. Imposible hacer bucear a la placa, en vivo y en directo, sin salir con la mano barnizada).
Dispensar con el gotero 4 gotas en la ventana de muestra de la placa. (Realmente es como sentirse en un laboratorio).
Esperar 10/12 minutos y leer el resultado. (¿Y mientras hago como que estoy en otros temas?)
Dos rayitas: positivo. Estará ovulando posiblemente entre las próximas 24-48 horas. (Ese día y los dos siguientes son los días más fértiles. Momento de ponerse la ropa de entrenamiento).
Claro que como mencioné antes, soy una chica irregular y parece que eso se arrastra al resto de la vida. Durante los últimos 6 meses, si no estaba en una reunión, almorzaba con una amiga entrañable o simplemente me olvidaba por la cantidad de trabajo que había, o estaba en otro país con un desfase horario imposible de hacer cuadrar (ni loca ponía el despertador una hora antes de las 4 para hacer pis y esperar despierta a que me vengan ganas otra vez, a las 4, para recoger el caldito bueno).
En fin, en mi mundo imaginario, las chicas regulares toman café regular (nada de descafeinado), son exitosas, con una bellaza constante, y comen helado y tiene hijos cuando quieren sin engordar. ¿Alguien sabe si es contagioso? Puedo camuflarme entre ellas muy bien si quiero. Es el momento de intentarlo todo.


Tomado del blog: http://unaembarazada.blogspot.com/
Sobre la autora: Samanta Ortega Ramos

Sueños ajenos - María del Pilar Jorge


La mujer gime. Rondas de sueños ajenos trepan por las telarañas de sus pensamientos; la atormentan con visiones de gigantes desgarbados acechándola con sus ojos perversos.
Los descomunales monstruos dejan escapar de sus gargantas sonidos guturales. Ríen, beben, bailan y pelean en torno de una eterna hoguera en la que crepitan los leños que ellos rescatan para alimentar sus candelas.
Ella desea huir. Si sólo pudiera abrir los ojos lo lograría, pero los extraños no la dejan y la obligan a seguir soñándolos. No es nada personal, es sólo que ellos no quieren disolverse en ese vacío que deja el final de las pesadillas en el infeliz durmiente que acaba de padecerlas.
Por eso, los gigantes danzan y seguirán haciéndolo hasta que el sueño de la mujer se convierta en otro sueño más profundo del que ya no podrá despertar. Nunca más.

La partida – Armando Azeglio


Nunca supo con exactitud cuál fue el momento, el instante en el que se terminó de mimetizar con la ola gris de oficinistas que a las siete de la tarde volvían a sus casas. Cientos, miles, millones en todo el mundo iban y volvían a sus trabajos detrás de las mismas cosas: mismos autos, mismas vacaciones, mismos objetos, mismos tipos de relaciones. A eso le llamaban libertad. A la posibilidad de elegir entre un tipo de gaseosa u otro. A eso llamaban policromía, a la mezcla apremiante de tonalidades que surgía de los anuncios publicitarios. Gris, no había colores.
Lo cierto es que un día se vio a si mismo con los mofletes caídos vistiendo esa coloración. Se vio a si mismo átono y mirando mas allá de las vidrieras. Sentía un agujero negro en el centro de su alma que devoraba todo lo que el percibía: casas, autos, homo sapiens disfrazados.
Llegó a su departamento. Lo esperaba una mujer inverosímil. La escrutó vacilante. Con minucia. Con cierta incertidumbre.
—Vamos —le dijo ella—; ya es suficiente.
Él tendió su mano.

Evolución - Daniel Sánchez Bonet


Con Lucía, no hubo más que sexo e instinto, como dos animales en celo sueltos en medio de la selva. Con Azucena, empecé a descubrir el amor y años más tarde, con Ángela, aprendí por fin a controlar mi naturaleza primaria. Con las dos siguientes, Teresa y Yolanda, averigüé los beneficios de la vida en sociedad, propia de los humanos y erguí definitivamente mi espalda para exhibir mi altivo orgullo de serlo. Pero, la rutina y el trabajo acabaron conmigo: fueron tan nocivos para mi organismo que desarrollé unas tóxicas mutaciones en pies y brazos. Entonces, alertado por mi instinto de supervivencia y aquejado por un molesto picor que recorría todo mi cuerpo, me arrojé al agua para calmar mi dolor. No había más, o sobrevivir o morir.
Ahora, ya en mi hábitat natural y sumergido entre las profundidades, sólo tengo ya una única preocupación: buscar a Lucía lo antes posible para recuperar el tiempo perdido.


Tomado del blog http://microrrelatoapeso.wordpress.com/2010/12/03/evolucion/

Madrugada - Laura Ramírez Vides


Escucho a una mujer gritar. El grito es largo y desgarrador, de esos que salen bien de adentro, de las entrañas; profundo.
Siento una presencia a mi lado. Me despiertan tocándome el pecho. Un dedo toca la base de mi esternón.
Giro mi cabeza al mismo tiempo que abro los ojos. Ahí está parada, mirándome; la veo al amparo de la media luz de la madrugada que entra por las rendijas de la persiana. Me muestra un brazo todo manchado, lo toco, está pegajoso. Me incorporo en un movimiento lento. La miro mejor y su cara parece mal maquillada, con pinceladas burdas que le rodean la boca, impregnan sus mejillas, invaden su nariz. Le pregunto si está bien. Asiente. Sus ojos denotan una sabia serenidad. La tomo de la mano y con calma nos vamos juntas al baño. Empiezo a lavarla, en silencio. La sangre corre despintando ese cuerpo que amo tanto. La ceremonia se interrumpe por mi voz.
—¿Te sangró la nariz?
—Sí, mamá.

Laura Ramírez Vides
Tomado de El patio de la morocha

Premeditado – Gabriela Baade


Hoy voy a matar. No sé a quién pero voy a matar.
Me levanté con una sensación rara en el estómago. No podría decir náuseas, ni dolor. Tampoco hambre. Un hueco sombrío que me fue ganando.
Las cinco de la mañana, los ojos abiertos, la cabeza despejada. Decidí cocinar. Tal vez con ese acto de amor se me pasara.
Al prepar los ingredientes y encender el horno, pensé en cómo asesinar y no ser descubierta.
Alejé, mezclando la harina con la manteca, las novelas policiales del Séptimo Círculo que leía mi abuela.
—¡Galletitas! —gritaron mis hijos desde la cama. El olor dulce del azúcar, la vainilla y la ralladura de limón los había despertado.
—Vengan, mis amores, que les hice chocolate.
Los chicos desayunan mientras yo lavo los utensilios. La mesada de acero inoxidable brilla, un reflejo dorado me ciega un instante. Abro el cajón de los cubiertos y la cuchilla de carnicero de mi viejo se impone.
Salgo a correr como todas las mañanas. Hacia el este para que el sol me pegue directo en la cara. Oigo el silbato del tren que se aproxima a la estación. Apuro el paso. La sangre retumba en mis oídos. Logro sincronizar los latidos del corazón y los pasos sobre la calle. Un buen ejercicio aeróbico.
Justo cuando la locomotora golpea mi cráneo veo los cuerpos ensangrentados de mis dos hijos. Y la cuchilla que yo sostenía en mi mano.

Cajas chinas - Walter Iannelli


Fumábamos casi en silencio frente a la última mesa de billar, cuando llegó el Ruso. Dejó el bolso en el suelo, arrimó una silla y se zampó el resto de mi vaso de ginebra. 
—Lo vi con mis propios ojos. Y con éstos— dijo y se agachó para sacar la cámara y acariciarla como si fuera un animalito. 
Nos miramos de soslayo entornando los ojos. El Ruso se pasaba la tarde espiando por la ventana y siempre se traía alguna historia soporífera. Pero estábamos aburridos, afuera había empezado a llover y El Ruso tenía una cara rara, como si hubiese visto un fantasma.
De modo que apoyamos las cabezas sobre la palma de una mano y le clavamos unos ojos permisivos, casuales y llenos de humo.  
El Ruso empezó diciendo que, esa tarde, enfocando a tientas, había visto a un viejo que tomaba mate en el balcón del tercer piso del edificio vecino. Camiseta gris llena de agujeros pegada a la panza, barba tupida, yerba en una bolsita, cortaplumas con mango de ónix. Parecía aburrido, miraba hacia abajo.
Abajo, en el patio del edificio, otro tipo leía el diario en una silla playera. Resultaban graciosos los movimientos de robot al correr las páginas, decía. El modo en que echaba hacia atrás la nariz para que el papel no le pegase en la cara. Una pelada perfecta y redonda que brillaba a la resolana y un reloj del tiempo de ñaupa en la muñeca izquierda. Lo podía ver muy bien, insistió el Ruso señalando los aparatos. 
—El del patio no sabía que el del balcón lo miraba, y del balcón no sabía que yo los miraba a los dos —recitó—: El hilo que une al mundo, para que no se desmorone.  
Suspiré y cerré los ojos. La filosofía del Ruso. Nunca le entendíamos un carajo. Apenas nos comunicábamos por propiedad transitiva, a través de las fotos que depositaba noche tras noche delante de nuestras narices. Un vínculo que se me ocurría frágil e inconsistente. 
—¿Y? —dijo Polo. 
El del mate tenía una maceta con un geranio, dijo el Ruso. Cada tanto tiraba un poquito de yerba en la tierra de la maceta, la movía de lugar sin motivo aparente. Y seguía al de abajo. Y el tipo de abajo leía frunciendo la nariz y achicando los ojos, quién sabe, las noticias. 
Levantó la vista, midió el auditorio.
—Estaba cantado— dijo, de pronto, levantándose. 
Nos quedamos con la vista en su silla vacía. Tres tipos entraron apurados por la puerta vaivén, y una brisa fresca de la calle corrió con olor a lluvia entre el tufo amarillo y caliente. Di vuelta la cabeza. 
El Ruso estaba del otro lado de la mesa de billar con un taco en la mano. El cuerpo flacuchento se recostaba sobre el verde más raro y sucio que nunca. Así, agazapado y en posición de tiro, cortado al medio, parecía un tullido abandonado sobre el paño.  
Con un movimiento suave del taco, los marfiles amarillos y rojos se rozaron con ruido a castañuelas.
Después sacó la cabeza y se movió hacia la oscuridad del tablero. Escuchamos cómo las fichas de madera se deslizaban sobre la pértiga de acero, chocaban entre ellas. El fósforo con que prendió el cigarrillo le descifró la cara llena de surcos.
—Un punto atrás del otro —dijo, hablándonos con voz lobuna desde la penumbra—, hasta completar la línea.
Sentí lástima. Sergio y Polo estaban con la boca abierta. Sentirían lo mismo. En otra ocasión se hubiesen reído.
—Mucha paja —susurró Bocha.  
El Ruso rehizo el camino y se inclinó para meter el aliento a muelas podridas entre nuestras cabezas.  
—Un tipo que lee el diario, otro que lo vigila con una maceta en la mano. Yo, arriba de todo con la Nikon —dijo. 
Acto seguido sacó un paquete del bolso y lo dejó arriba de la mesa. Pitó el cigarrillo y sopló el humo en dirección al techo.
—Un lindo geranio. ¿Qué otra cosa podía hacer que sacar fotografías?  
Guardó los aparatos, se colgó el bolso al hombro y caminó displicente hacia la puerta, alumbrado de la cintura para abajo por las tulipas rectangulares, como si hubiera venido nada más que a hacer un trámite. En un instante lo vimos salir a la lluvia, a la tormenta. 
Abrimos el paquete y nos quedamos mirando las fotos una a una en el orden en que el Ruso las había dejado. El geranio rojo congelado en el aire. Y después borroso en la caída que parecía volver aún más sólida la maceta. Y el tipo del patio. Inclinado en la silla. La cabeza redonda y calva que dejaba escurrir un hilo de sangre entre las baldosas. Una mirada sobre una mirada. Y ahora la nuestra arriba de todas. 
—Lo parió... — dijo Bocha.     
—Sí —dije. 
—Café —pidió Polo con un brazo en alto.

Tomado del libro Metano

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Réquiem entre los árboles – Fernando Puga


Ella nunca llega tarde a la cita. Luce distinguida, sutil, resuelta; no necesita prepararse para llevar a cabo su cometido. Ella es su trabajo y lo hace sin culpa ni piedad. No recibe pago alguno; ningún tipo de recompensa la estimula. Cumple con su deber; puntual, poderosa, infalible.
La muerte.
Hace ya un tiempo que ronda nuestra casa del bosque, aguardando el momento preciso. Pasó por aquí hace unos días, se llevó a Juan, y ahora la estoy esperando. Sé que no ha de pasar mucho tiempo para que regrese por mí. Ahora que terminó todo, que él está bien enterrado y ya cumplimos con todos los ritos de despedida, ella volverá.
Desde que el alba empezó a dibujar los árboles del bosque, estoy sentado en esta galería de piso de ladrillo donde solíamos instalarnos por las tardes a matear mientras Juan revisaba papeles, escuchábamos tangos o conversábamos. Este era su lugar; su santuario; yo a su lado, en los días más bellos de mi vida. En su sillón de fina madera, pasaba horas contemplando los árboles. Juan amaba los árboles; no otra es la razón por la que finalmente tomó la decisión de vivir aquí y no sólo venir de vez en cuando a buscar algo de aire. Lo acompañé sin dudarlo apenas se atrevió a proponérmelo, aun sabiendo que saldría a la luz nuestro secreto. Ese secreto mantenido durante tanto tiempo por temor al daño que podría ocasionar la verdad a ese hijo que creció receloso, con su padre en casa pero tan lejos. Ese hijo que Juan tuvo en su juventud cuando intentó una vida contraria a su deseo para eludir la mirada inquisidora de los otros. Esos otros que ahora, al vislumbrar el final, nos darán vuelta la cara.
—No hace falta que la casa sea muy grande ¿verdad?
—No mi amor ¿para qué? —Solos, juntos en un cálido hogar del bosque. Eso sí, una amplia galería donde sentarnos a esperar al sol que vuelve día tras día a confirmar la presencia de esos árboles, compañeros fieles que nunca hacen preguntas.
Daba gusto verlo mimar esos tres abedules que plantó aún antes de empezar la edificación de la casa del bosque. Porque tenían que ser tres, ya se sabe. Por aquello de la salud, el dinero y el amor. Sólo esa peste inmunda, esa enfermedad que nos aprisionó a los dos con sus tentáculos de pulpo rosa cuando nadie comprendía nada, pudo impedir que alcanzara los tres objetivos. ¿Y los gigantes pinos centenarios? Los que resisten los embates urbanísticos y refugian a los guardianes del bosque; esos chimangos que graznan en la altura presintiendo la muerte. Hasta los aromos que crecen por doquier y son despreciados por los vecinos, eran para Juan de un valor incalculable.
Los años compartidos entre árboles, pájaros y senderos de barro nos hicieron mejores personas. Nos teníamos el uno al otro. ¿Y el mundo? El mundo algún día aprendería.

Y ahora yo, solo, sentado en ese mismo sillón, entre nuestros árboles, a la hora del alba. La espero. Sabiendo que no tendré quién me tome la mano, quién esté a mi lado más que los árboles. Porque sé que ella volverá por mí; que si aún no volvió es por no importunar.
Ella sabe que yo tenía que tomar la mano de Juan, sentir su último aliento, levantarme deshecho hasta el teléfono para llamar al médico, confirmar la noticia. Que tuve que soportar la mirada maliciosa de ese hijo al que Juan había perdido, no sin dolor, tantos años atrás; ese muchacho tan circunspecto en su sobretodo de pelo de camello, llegando en su coupé para cumplir y asegurar su herencia, escrutarme de costado y despreciarme; ese hombre distante y prepotente ignorando mi presencia y mis derechos, que huyó enseguida del entierro a seguir con su vida en la gran ciudad. Ese hijo que no pudo entender cómo Juan se enamoró de mí. Y no me lo perdona. Ni yo a él.
Ahora ya es tarde. Él disfrutará de los bienes de su padre y yo…
A mí Juan supo darme lo que necesitaba y ahora, sin él, sólo deseo seguirlo. Por eso, mientras la luz se entrevera entre las ramas de los árboles a medida que el sol avanza en su diaria rutina, la espero.
Y esperándola, y bañándome en el recuerdo de las tibias caricias de Juan, tengo la certeza de que hoy será la última vez que frente al espejo me transforme para él.
En este día del adiós delinearé con cuidado mis cejas, pintaré de carmesí mis labios y mis uñas, un poco de rubor en mis mejillas, y elegiré cada prenda: las medias caladas de nylon, la pollera corta, el sostén con relleno y la remera ajustada, los tacos altos, el abrigo de piel de nuestro aniversario… Y la vieja peluca rubia; la que Juan desenredaba con sus dedos rústicos, delicados, húmedos, ansiosos.
Y al atardecer, repleto de amor, hecho mujer, regresaré a este sillón de la galería con la sola compañía de los árboles y mientras el viento me arrulle entre las hojas, entornaré los ojos anhelando que la hija de la noche, otra vez puntual y segura, silencie mi boca, tome mi mano y me entregue a los brazos de Juan.

Tauromaquia zombi - José Vicente Ortuño


El zombi salió de su tumba vestido de luces y enrollado en un capote, tal como lo habían enterrado sus devotos seguidores. En su menguado intelecto, un poco superior al que había disfrutado en vida, sólo giraba una idea: regresar a la plaza y hacer la mejor faena de su vida. Aunque las calles eran un campo de batalla, llenas de cadáveres destrozados y coches en llamas, nadie lo detuvo. Entró a la plaza de toros. Las gradas, como se decía en el argot taurino, estaban llenas de zombis hasta la bandera. En el albero un toro intentaba cornear a los que se escondían tras los burladeros. A los que conseguía cornear los destripaba y pisoteaba sus restos, hasta convertirlos en pulpa que se fundía con la arena amarilla. El torero-zombi desplegó el capote, dispuesto a lucirse y matar al torote una certera estocada. Entonces el público lo ovacionaría y le concederían las dos orejas y el rabo, tras lo cual lo sacarían a hombros por la puerta grande. El toro-zombi observó al torero y lo reconoció, era aquel humano que lo había torturado clavándole en el lomo repetidas veces unos objetos cortantes, que había provocado muchísimo dolor. Luego él había empitonado al humano y le había sacado las tripas. Había disfrutado devolviéndole el dolor que le había inflingido. Luego otro humano vestido de verde lo había matado a él con un objeto que sonaba como un trueno. Sin embargo, ahora estaba vivo, ambos estaban vivos de nuevo, y la escena parecía que iba a repetirse otra vez.
La figura renqueante desplegó el capote y citó al toro: —¡Eh, toro! ¡Eh! El toro-zombi sintió el impulso irrefrenable de embestir contra aquel trapo de color rojo, pero los recuerdos de la agónica tortura que había sufrido le hicieron contenerse un instante.—¡Eh, toro! ¡Eh! —repetía el torero haciendo oscilar el capote, que lo tentaba con sus movimientos hipnóticos. El toro-zombi embistió. Sin embargo, cuando el torero se hizo a un lado para engañarlo, no siguió la tela roja, sino que continuó derecho hacia el torero, embistió con todas sus fuerzas y le clavó un cuerno por debajo de la barbilla. El pitón le atravesó el cráneo y la montera, pero era tal la fuerza de la embestida que le arrancó la cabeza. Los miles de zombis que llenaban las gradas aullaron y aplaudieron enardecidos, mientras el toro-zombi daba la vuelta al ruedo luciendo su trofeo ensartado en el asta.

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La Luna en mi Cielo - Guillermo Vidal


Eran las cinco de la mañana, con frío glacial y viento intempestivo en un paraje perdido en medio del desierto de la Patagonia; un ejército de camionetas negras de doble tracción rodeaba la pequeña casa cuadrada, además de coches de la policía local; circulaban entre los vehículos agentes de traje oscuro y anteojos de sol, con pieles blanco leche y el cabello cortado al rapé contrastaba con las duras facciones y el aspecto desaliñado de los policías del lugar. Todos los extraños coincidían en comunicarse con las manos haciendo gestos precisos; Iban y venían por encima de la terraza dos helicópteros, a cincuenta metros se instalaron dos larguísimos camiones, desplegando equipo, antenas, cámaras, y hasta sismógrafos. El bloqueo era total; ni una mosca podía escaparse sin que la atraparan. Un respetuoso oficial se adelantó y golpeó la puerta con los nudillos. Una luz mortecina se encendió en la entrada de la casa hasta el momento a oscuras. Una sombra tras una escueta ventana respondió con recelo al llamado.
—No son horas mijito, ¿Y que andan buscando por estas tierras perdidas? —dijo la anciana con voz serena y sin dar muestras de sorpresa al ver tal despliegue de fuerzas.
—Abuela —dijo el agente en perfecto castellano pero con un fuerte acento extranjero—tenemos un problema y hemos detectado en su casa el origen y queremos hacerle algunas preguntas.
—Mijo, de verdad están muy perdidos. ¿Qué puede saber una vieja que a ustedes les interese? —dijo la anciana con un dejo de ironía.
—El nieto, Rocina —gritó de atrás el comisario de la zona –parece que ha hecho algún lío, con todos esos aparatos que construye.
—Vea este chico, me saca canas verdes —dijo la anciana y se dirigió adentro— ¡Ramiro, arriba, que te busca una partida, vaya Dios a saber en qué te has metido!
Un muchachito lagañoso y de pelos revueltos apareció en el umbral. La abuela Rocina, destrabó la puerta y salieron al fresco. Ella envolvió en una manta al muchacho.
Correcto pero sin saludar el agente preguntó sin rodeos—Sabemos que estas al tanto de lo que buscamos.
—¡La luna! Deciles donde la has puesto —azuzó el comisario.
—No tenemos dudas que las perturbaciones tienen origen en este punto en el perdimos de vista en nuestras pantallas a la luna. ¿No crees que tu pobre abuela sea responsable? —insistió el agente.
—No tan pobre mijito, que ya hemos enfrentado gringos antes. Decí de una vez si tuviste algo que ver —dijo la anciana.
El joven sin todavía abrir la boca extendió una hoja de cuaderno arrancada al descuido. El agente la tomó y con una linterna la leyó con detenimiento esperando encontrar las formulas que le habían permitido al joven inexperto hacer desaparecer la luna.
—Es una carta de amor —dijo incrédulo el agente. Varios se acercaron a constatar lo que en efecto parecía una broma.
—Es un poema —corrigió Ramiro molesto.
—Dice “Quiero que la luna haga su nido en mi cielo, sos mi cielo Juanita, (debe ser la hija del almacenero de Ramos generales) te entrego la luna a cambio de un beso, para que luzca en tu cuello” —leyó en voz alta el comisario.
—Imposible, ridículo; quiere vender el secreto a una potencia extranjera. ¿Cuánto te pagan? Podemos pagar el doble —dijo otro agente con suspicacia.
—Ustedes vendrían a ser una potencia extranjera —respondió el comisario arrepintiéndose de haber hablado.
—Hace cinco días perdimos contacto con la base en Tico, la fecha de la carta coincide —agregó un asesor gubernamental.
—Es un poema breve —insistió el joven.
—Es un pillo pero no es mentiroso. Si dice que es eso todo el asunto, es eso —dijo la abuela.
—Me gustaría verlo —respondió incrédulo y con sorna el agente.
El muchacho seguía mudo apenas levantó el dedo para indicar una vaga dirección. Al poco rato trajeron a la Juanita, una morochita de ojos grandes escoltada por sus padres y seis hermanos miraba a todos lados asustada.
Ramiro camino despacio hasta la joven y ella le entregó la cadena con una medialuna brillante engarzada. Con un pequeño tirón el muchacho desprendió el colgante y lo lanzó al aire, que siguió ascendiendo y agrandándose mientras que se alejaba, hasta ocupar su lugar en el cielo.
—No te preocupes, tengo preparado un poema con el sol —dijo Ramiro por lo bajo, a la sonriente Juanita.

Alquimia de la reencarnación - Antonio Báez Rodríguez


No debo decir que he sobrevolado la ciudad, pero se me permite decir que he soñado sobrevolarla. Todo empieza a darme un poco igual, sinceramente. Habrá quien piense que he perdido el juicio y quizás no le falte razón. Estoy subido a un árbol, soy mi hijo mayor subido a un árbol y soy mi mujer en ese mismo árbol cuando era niña. El suelo está lleno de flores, hermosas flores carnívoras. Leo el libro que más me ha gustado en mi vida, un libro imposible, un libro que no se lee, no puede leerse, pero yo lo leo concienzudamente y hallo en él un consuelo y una paz inefables. El libro me cuenta que estoy muerto, que he de empezar a pensar que estoy muerto, que el jardín en el que me hallo nunca existió, que el árbol al que estoy subido hunde sus raíces, existentes, en un espejo, que las plantas me quieren jamar. Es destino de todo aquel que pierde la vida ser devorado y ha llegado mi momento. Bajo del árbol, poso los pies en el suelo y enseguida empiezo a ser engullido. Sé que muchas personas han deseado lo que me está ocurriendo. A medida que desaparezco una de las flores va adquiriendo forma de homúnculo. Conforme menguan, zampadas, las extremidades de mi cuerpo, van surgiendo de un tallo grotescos apéndices soñados. No para ahí la cosa. Ya no existo. Existe ahora un ser hombreárbol que quiere encontrar el camino que lo traiga aquí, de donde borrará toda huella que haga referencia a mí.