viernes, 29 de octubre de 2010

El cielo es gris (el hilo de Ariadna) – Pablo Moreiras


El cielo es gris, hace frío, y las hojas se mecen despidiéndose, del aire o del mundo. Tu mirada, de colores profundos, se pierde en el rumor del viento nórdico.Todo calla en esta mañana acallada, donde cada uno inspecciona cajones olvidados, y saca poco a poco recuerdos, y los mira con ojos extraños, y se reconoce en alguna mirada, en alguna prenda de vestir en verano, en alguna palabra también lejana.Casi desnuda, en el hueco de tu casa, paseas las estancias, en camiseta, en pantalones de algodón o pijama, con pechos turgentes, con manos inquietas, con amor y sexo en tensa alarma.Rebuscas secretos, cosas que nunca supiste que sabías, sueños que esquivaste para salvarte de no sé qué. La casa en silencio, y un puzzle de infinitas palabras que ordenan tus dedos, rehaciendo laberintos que te guíen, hacia el futuro o hacia el pasado, es decir hacia ti misma, al borde mismo del latido.Como el hilo de Ariadna, las palabras, sorteando la furia de la angustia vital y de la muerte, te acercan al suave y cálido olor de tu cabello rojo, que acaricias despistada, mientras tu mano se introduce entre tus labios, y tus dedos te desbrozan, en un estallido mudo, pasional y gris de hojas despidiéndose, con todas tus palabras que renacen, y te sobreviven, y te abren el camino, desde cajones olvidados a miradas que regresan, al siguiente latido acelerado, en la calma y las voces que te llaman, con tu nombre dulce enamorado.

Tomado de: http://sevendepoesia.blogspot.com/


Acerca del autor:

La feria - Luis Alberto Guiñazú


Al doblar la esquina, me encontré de pronto con la calle cortada por la feria de los viernes.
Prendida de los árboles, Venus se resistía a borrarse ante la incipiente aurora.
Ya las primeras vecinas observaban los frescos productos que se ofrecían al menudeo, lo primero que llegó a recibirme fue el aroma de los dorados churros que crepitaban dulzuras y que en mi estómago cayeron muy bienvenidos, luego de un trasnoche desnutrido y bien regado.
Los pescados de mirar brillante me inundaron con el sabor de las olas del mar austral.
Las puesteras de inmaculados guardapolvos plañían sus potajes de inigualable calidad, sabor y olor a quien se atreviera acercarse por sus carros.
Me alejé seguido por el murmullo de las comadres, que no se perdían de advertir la hora en que regresaba a mi hogar, teniendo a mi esposa en avanzado estado de embarazo.
Me mordí la lengua para no gritarles las palabras atormentadas del no saber a quién pertenecía.

Tomado de: http://pasequelecuento.blogspot.com/
Sobre el autor: Luis Alberto Guiñazú

El monje tecnológico - Newton Stone



Hora 5:05pm
Bajo la fría y misteriosa botella ámbar de cerveza redescubrí la virtud de estar y sentirse solo. Las relaciones en la facultad se convertían en algo un poco tenso y yo estaba siendo arrastrado en una vertiginosa situación donde no sabia que eran los sueños ni cual era la sísmica realidad. Todos allí se agrupaban bajo intereses bien definidos: status económico o social (o ambos), intelectuales, solo sexo o simplemente por una afinidad espectral…yo apostaba por una agrupación caótica con ribetes de oscurantismo…
Bebí un trago y aumente mi fuerza síquica, debía tomar mi propio demonio con su rifle magnético y enfrentarlo…
Despertar de esa realidad-sueño me trajo de vuelta hacia un día resplandeciente de azul en un cuarto de hotel viendo las horas correr con la forma de calle bulliciosa, sentado en un bar chino donde muchos conversaban sin esperar a nadie.
Diferencias sutiles empezaron a mostrarse: los días iban y venían cambiantes solo en los relojes de la gran ciudad. Insoportables frecuencias fonéticas desestructuraban mi razón convirtiéndolos en elementos impuntuales… una parte analógica y desértica, otra digital e irreparable…

La bomba de humo empezó a surtir efecto, nadie puede ya acordarse, no podían ver…
Todos existían para ser humanos, en una justificación acompañada de una eterna diversión. Muy habitual por estas tierras…
Mi reporte no estaría completo si no lograba describir esa sensación de que no saldría de este sitio en mucho tiempo. Sueño que no descifraba como atraparlo…
Mi actual posición se designo bajo un ciclo nefasto. Debía reestructurar todo mi sistema y desarrollar un tipo de tecnología intermedia entre sus cerebros y mis manos. Los terrícolas carecían de prótesis sensoriales. Del PC al ojo-oído nada había sido implantado.
Esto empieza a preocuparme…
La invisibilidad es el primer paso…

miércoles, 27 de octubre de 2010

¿Esto es lo que querías de la vida? - Eduardo Betas


—¿Esto era lo que querías de la vida?
Sus primeras ocho palabras me golpean pero, en lugar de dolerme, me producen cansancio, que es otra forma del dolor.
Me quedo en silencio. No la miro. Ella garabatea en mi silencio con el gesto de husmear en el aire con los ojos. Algo que quiere parecer conmiseración pero que a mí se me hace grito de autosuficiencia. Y husmea en el aire con los ojos. Como si sus ojos fueran el hocico vibrante de un podenco. Husmea con los ojos, a su alrededor, como buscando qué hacer para no seguir mirándome en ese baldío de silencio en el que me arrojó su pregunta.
Ésa es su manera de hacerme entender que me había quedado sin respuestas.
Por eso es que en el mismo momento en que mi silencio está a punto de convertirse en cenizas le digo:
—No lo sé.
Ella sonríe como un animador de programas de preguntas y respuestas cuando el participante ha contestado de manera correcta. Pero es fugaz. Desde su mirada desciende una brisa fría que apaga sin más la sonrisa.
—No sabés lo qué querés. No sabés para qué me querés. Ni siquiera sabés para qué me llamás.
—No. No es así.
—¿Entonces?
—Nada. No hay partituras ni recetas ni itinerarios…
—Pero yo estoy acá. Yo sí sé porqué vine. Quedate conmigo. Llevame con vos.
En algún lugar me vuelve a sangrar el cansancio. Comienzo a sentir la boca reseca, empastada. Las palabras se rompen antes de poder decirlas…
—No puedo llevarte porque ya te tengo. No puedo quedarme porque ya no estoy…
Y aunque no sé si es eso lo que quiero decir tampoco puedo hacerlo.
—No puedo llevarte porque ya te tengo. No puedo quedarme porque ya no estoy… Es eso lo que querés decir ahora y no podés ¿cierto?
La miro. Miro su mirarme. Se me disuelve tanta memoria, tantas fotos juntos, tantos momentos, hay tanto que…
—Y sólo en un aspecto tendrías razón. No en todos los otros.
No sé porqué siento que es absolutamente normal que ella pueda decir por mí las palabras que a mi se me quedan enganchadas, como pelusas, en la sequedad de mi boca.
Un bullicio viene de afuera y comienza a abrirse paso en la habitación. Parece ser una multitud que se acerca. Cantan, corean pequeños estribillos, se escuchan redoblante, palmas, palos golpeando contra los caños de los semáforos… Alguien que habla por megáfono arenga. Pero sus palabras nos llegan sin sentido, pegoteadas, gangosas, deformadas…
Ella me toma la mano. Su piel y la mía parecen darse un abrazo larguísimo, sereno, profundo…
—No tengas miedo. Sé que ahora querés decirme: así como vos husmeás con los ojos, yo puedo sentir el sabor de tu piel con mis manos.
No quiero jugar a ese juego. Pero no me queda otra. Estoy despalabrado, con la boca reseca. Necesito agua. Necesito sus labios pero ella comienza a alejarse como esos sueños que se rompen cuando despertamos.
No quiero jugar a ese juego. Pero no me queda otra.
—Si que te queda otra —dice ella con un hilo de voz, a medias borroneada—. Me puedo quedar acá si ahora decís que sí. O tal vez no me podría haber ido nunca.
Empiezo a saber, entonces, que la memoria es algo que puede construirse en un segundo porque todo lo que recordamos puede caber en una caricia.
—Nombrame. Pero no con la palabra sino con la mirada. Haceme tuya nombrándome. Poseeme a partir de mi nombre pronunciado en el más inmenso de los silencios. Juguemos a encontrarnos en las palabras sin decirlas. Ya no hace falta. Tocame, te vas a dar cuenta…
Los últimos rastros de su voz se hacen arena. Ya no está. Y aunque ahora pueda gritar que sí; que se quede, intento buscarla mirada adentro pero no. Una luz que primero fue murmullo y que ahora es como un grito me deja imágenes veladas de mi mismo, de ella, de lo que fue o de lo que pudo haber sido.
“¿Esto era lo que querías de la vida?” me parece leer, como una pintada, en la pared, cuando abro los ojos. Pero no. Es la misma pared de siempre…

Con autorización del autor, extraído de: http://palabrar.com.ar/

La investigación - Cat Rambo


Estábamos esperando en el andén cuando llegó nuestra única esperanza, el mimo investigador. Bajó del tren, parpadeando por la brillante luz solar. La banda de bronces tocó los movimientos de una marcha de bienvenida, algunos de nosotros tiramos nuestros sombreros al aire, abriendo y cerrando la boca como peces asfixiados.
La Sra. Klawitter, mi anciana vecina, me tocó con su mano. Había insistido en venir, pese a su mala salud, y yo la ayudaba llevándola. El polvo de su talco de lavanda caía sobre mi manga.
"¿Creés que pueda ayudar?" me dijo con sus labios. Me encogí de hombros. Silenciosamente, el tren lanzó humo y luego se fue susurrando por la vía.
El mimo pasó en medio de la multitud, mirándonos a las caras. Hizo como que sacaba un instrumento de su valija e insistió en examinarnos los oídos. Frunciendo el ceño, se paró en el centro de nosotros y abrió los brazos en un gesto de impotencia, sacudiendo la cabeza. Nosotros también nos encogimos de hombros.Se bajó del andén.
Lo seguimos de puntillas, sin ninguna razón. El mimo recorrió la calle, notando las grietas sin palabras de la acera, los tranquilos patrones de la hierba brotando alrededor de los árboles. Señaló a un pájaro que abría y cerraba el pico sin producir una nota y nuevamente abrió sus brazos con elocuencia. Hizo un gesto como de olas llegando a una orilla y se colocó una mano en la oreja, con el ceño fruncido, incapaz de oírlas. Asentimos.
El mimo se detuvo, se agachó, levantó una roca invisible. La señora Klawitter me agarró con más fuerza. Un gato apareció desde un porche y rozó los tobillos del mimo, sus flancos vibrando con la fuerza de sus ronroneos.
Encima nuestro, una gaviota inarticulada se deslizaba, el viento empujaba las nubes.Un periódico desechado pasó volando, silenciosamente enrollándose y desenrollándose en la brisa. El titula pregonaba con letras a todo volumen: LA CIUDAD SIN SONIDO — LOS EXPERTOS ESTÁN DESCONCERTADOS.
El mimo se detuvo a acariciar al gato y se sentó, llevando sus manos a sus sienes, haciendo como si pensara profundamente. Inútilmente tratábamos de oír y seguíamos conteniendo la respiración.
La Sra. Klawitter fue la primera en caer, su rostro de un delicado tono azul ceniza.Y a medida que los otros comenzaron a desmoronarse, me di cuenta de que había privaciones peores que la ausencia de sonido.

(Traducción de Saurio)

Vivencia - Carolina Fernández Gaitán


Por intuición siempre evitaba pasar, había algo que me llevaba a sospechar de ese sitio. Sabía de gente que traspasó umbrales del tiempo camuflados en roperos, cuadros, portales y demás. En todos los casos perdieron la perspectiva y lo que según para ellos había transcurrido en horas, días y hasta años, al regresar descubrían que aquí sólo representaba unos minutos. Pero entré, prácticamente fui arrastrada. En un comienzo me sentí perdida, eran tanto los colores, los amores, los pasados, los futuros, los presentes, los amigos, enemigos, los sonidos, los fantasmas que encontré; que creí colapsar. Lentamente fui relajándome y con la calma llegó el placer. Me enamoré de un ingeniero belga que resultó ser primo lejano de la esposa de mi hermano no reconocido por parte de mi padre. Me sumé a una Fundación de Defensa y protección al bicho bolita, con la que realizamos maravillosos trabajos. Me reconcilié con mi ex de la adolescencia. Escribí una antología completa de textos inéditos. Hice un millón de amigos, descubrí secretos insospechables , me porté mal, me porté bien , gané dos premios, perdí cuatro , lloré y reí todo en exactamente cuarenta y cinco minutos.
Decididamente, registrase en facebook tiene sus ventajas.

lunes, 25 de octubre de 2010

El crítico - Javier López


Eran sobre las diez de la mañana cuando sonó el timbre de la puerta. "Será algún amigo", pensé. Inmediatamente rectifiqué... "¡Pero si no tengo amigos! Bueno... apenas tengo amigos".
Miguel no podía ser, a esas horas ya estaría trabajando. Él es pintor. Cubista. Suele ir con un cubo de pintura a casa de sus clientes. Y Rafa... no, tampoco creía que pudiera ser. Mis últimas noticias sobre él eran que estaba en alguna excavación arqueológica en África a la búsqueda de restos de dinosaurio. Así que la única manera de saber quién llamaba, fue ir a echar un vistazo a través de la mirilla.
La mirilla de la puerta de casa es de tan mala calidad que parece que uno viera lo que hay al otro lado a través de unas gafas mal graduadas. Veía un tipo aparentemente bien vestido, trajeado. Pero no tenía ni idea de quién podría ser. "Algún vendedor", pensé. Entonces me puse en "modo vendedor". Ya preparaba mentalmente mis argumentos para no comprar: "Móvil ya tengo. ¿Que el suyo es Tres Ges? El mío tiene cuatro al menos, es un Gaggingyong, una marca coreana excelente". "¿Internet? No, gracias. Dejé de usarla". "No, no necesito un robot cocinero. Almuerzo fuera de casa". "¿Un seguro de vida? No soy creyente". Ah no, esa última respuesta era para los Testigos de Jehová.
Cuando abrí la puerta, vi a un señor con aire intelectual que no parecía vender nada. Era más bien bajito, con un traje de más apariencia que calidad, algo rozado por el uso, sobre todo en la zona de los codos, y aspecto de no haberse duchado en muchos días.
—¿Qué desea? —pregunté, saliendo de "modo vendedor" y tratando de mostrarme educado.
—Soy Alberto Curado. Crítico literario.
—Ahhhh... bien, encantado. Yo soy Ernesto Domínguez —dije tendiéndole la mano, que ignoró haciendo como si buscara algo en el bolsillo de su chaqueta—. Pero eso seguro que usted ya lo sabe. ¿Qué le trae por aquí?
—Vengo a arruinarle su carrera literaria...
—¿Carrera? Si yo no tengo prisa —contesté en tono burlón.
—¿Así que con esas andamos? ¡No sabe usted con quién está hablando!
—¡Claro que lo sé! Usted acaba de presentarse.
—¿Va a seguir haciendo bromas? —gritó con un énfasis que comenzó a preocuparme.
Y entonces vino el momento que siempre había estado temiendo. El crítico estaba enrojecido de ira y me señaló con su índice usándolo como un espadachín, mientras decía:
—Tengo sus primeros escritos. Y sólo tendría que publicarlos para que no pudiera salir más de esta casa sin sentirse avergonzado.
—¿Mis... mis... primeros escritos? ¿Pero cómo, dónde los ha conseguido? —pregunté balbuceando, temiéndome la respuesta.
—Los saqué de su primer blog, antes de que los borrara cuando empezó a ser algo conocido —respondió con una sonrisa de satisfacción que sólo es capaz de mostrar un crítico cuando siente que te ha hundido.
—Esto... ¿quiere tomar algo, hablamos con más calma, podemos llegar a un acuerdo...?
—¿Trata de sobornarme? Ahora es cuando va a enterarse de verdad de quién es Alberto Curado, Alberto Curado, Curado, Curado, Curado... ado... ado... —su nombre comenzó a rebotar en mi cerebro como un eco que nunca se acababa de extinguir.
Y así fue. En pocos meses, ese crítico de pesadilla se había convertido en mi Krueger particular. Todas las revistas literarias, programas de televisión y emisoras de radio, se mofaban de aquellos primeros textos que no tuve la habilidad de haber firmado con seudónimo. Precisamente ahora, que había ganado algunos concursos literarios de renombre y estaba empezando a ser traducido y reconocido internacionalmente.
Tendré que empezar de nuevo, desde cero. Quizá me abra algún blog y publique con otro nombre. Y quizá, también, éste se convierta en mi primer relato.

El escritor interior - Sergio Gaut vel Hartman & Héctor Ranea


Jules Whith tenía, como muchos escritores, una doble vida. Claro, como escritor se gana poco y nada y hay que parar la olla, hermano. Así, Whith era enfermero. Al principio usó sus dotes de escritor para contar cuentos a los pacientes y para estudiar. Porque con la literatura se educó y obtuvo un título que lo habilitó para hacer tomografía de Rayos X en el hospital donde antes trabajara de enfermero.
Ya hacía tiempo que escuchaba las historias de los pacientes y con ellas poblaba sus novelas de personajes secundarios. Como nadie sospechaba de su doble vida, nadie se privaba de largar la lengua desaforadamente. Pacientes y doctores, enfermeras y mucamas. Convenientemente pasadas por un tamiz de anonimato, las historias daban una densidad especial a sus trabajos, cosa que fue ampliamente reconocida por la crítica. Así, Jules construyó una fama importante aunque seguía cobrando monedas e incluso pagando por sus ediciones. Y, como no quería revelar su cantera de ideas, la doble vida, tampoco daba entrevistas a nadie que quisiera fotografiarlo y, se sabe, sin foto, no hay nota, de modo que su fama de escritor crecía tanto como la leyenda negra de su ostracismo.
Un día, entre tantas tomografías tomadas, le tocó el turno a un escritor que conocía, aunque no tuvo más remedio que dejar pasar la oportunidad, ya que no podía entablar una conversación que pudiera ponerlo al descubierto. Mascullando algunos consejos sobre refrenarse, comenzó el análisis, y ahí fue donde empezó la tercera vida de Jules. La cosa se desarrollaba como siempre en estos casos; pusieron al paciente en posición decúbito dorsal, manos al costado, le pidieron que no se moviese y se aseguraron que obedecería atándolo por todo el perímetro pasible de ser atado. Él, por su parte, puso cara de susto, entre otras cosas porque siempre ocurre que los pacientes descubren ser claustrofóbicos en el mismo momento en que un zumbido extraterrestre empieza a invadirlo todo.
En las pantallas, nada más que lo habitual para Jules, hasta que, en un corte de alta definición del hipotálamo, sentado en la silla turca, distinguió un elemento completamente extraño, pero extraño en serio: un homúnculo. El escritor tenía en su cerebro un homúnculo. Jules no lo podía creer, definitivamente era demasiado extraño. Pensó que se había dormido, y sin embargo, estaba despierto.
—¡Mierda! —exclamó, y el homúnculo pegó un salto, aunque no tardó en mirarlo a través de todas esas transformaciones matemáticas de la distribución de los Rayos X y le hizo un gesto con las manos como diciendo: “¿Qué te pasa, pibe?”.
Whith se quedó de una pieza. No sólo había un homúnculo ahí, sino que, además, lo estaba mirando. Eso era inconcebible. Todas las clases de física que había tenido que tragar no servían ni para mierda. ¿Cómo era posible?
—¿Me puede dejar de irradiar, por no decir de joder, carajo? —reclamó el ser con inusitada suavidad.
Jules ensayó una respuesta: —No puedo. Estoy laburando. ¿Me puede decir qué hace ahí?
—Ustedes siempre igual. Se escudan en eso. ¿Qué les pasa? ¿Da miedo ser razonable?
—Ciertamente no. No me ha respondido.
—Entonces ¿por qué carajo no detiene esta máquina del demonio, que me está dando como para cocinarme?
–En realidad, nadie suponía que había alguien ahí dentro, disculpe. Debería salir. Y sigue sin responderme.
–¿Y cómo sería eso? ¿Salgo por la napia, o uso el agujero del otro extremo de este señor? Digo. Si me da la solución le voy a estar agradecido. Hace como cincuenta años que vivo dentro de la sabiola de este pejerto y más de tres veces me quise tomar el piróscafo, pero no tengo salida, papá.
—¡Y qué sé yo! ¿Probó por la oreja?
—¿Me ves cara de gil? ¿Te creés que no lo intenté, flaco?
—Intente otra vez. Capaz que con la irradiación se le abrieron los agujeros por donde pasan los nervios, che.
—Una vez me perdí en el caracol ese. No sabés.
—¡Salga de una vez!
Jules estaba desesperado. Por una parte no entendía cómo había ahí un tipo y por la otra no quería irradiarlo sin ton ni son.
Al fin, el tipo salió.
—¡Libre! —gritó—. ¡Qué notable! Las veces que lo intenté… ¿No querés que te conteste, chabón? —El técnico sudaba frío. Ahí estaba ese ser igual a un ser humano pero inconcebiblemente pequeño—. Te repito si querés o no que te conteste.
—Sí; claro. ¿No será el increíble hombre menguante, no?
—Peliculón ese. Pero no. Soy el escritor que estos llevan dentro. Algunos griegos las llamaban “musas” porque pensaban que éramos minas, ¿viste? Pero no.
A todo esto, el escritor famoso empezó a moverse. Jules le ordenó que se quedara quieto y dio por terminado el examen. En cuanto salió del agujero, el tipo gritó que le habían limpiado el cerebro, que se lo habían lavado. —¡Hijos de puta! ¡Me afanaron las musas! ¡Seguro que los chinos andan detrás de todo esto!
Dejando de lado la virulenta xenofobia, nadie le prestó atención y mucho menos le creyó.
Jules se llevó al sorprendente homúnculo a su casa, pero éste no tardó en darse cuenta de que no podría vivir demasiado sin comer y que por obvias razones de tamaño no se podía clavar un pancho, así que aprovechó una distracción de Jules para irse derecho al cerebro del enfermero metiéndose por la nariz.
Desde entonces, Jules sabe que tiene al homúnculo sentado en el hipotálamo, escribiendo las ideas que se transforman en cuentos y novelas. Su cara continúa siendo desconocida para el gran público, aunque no faltó un crítico avispado que puso de relieve cierto parentesco de estilo entre las ficciones de Whith con las de aquel escritor que, después de un severo ACV no volvió a escribir. Pobre tipo.

Acerca de los autores:

http://grupoheliconia.blogspot.com/2010/11/hector-ranea.html

http://grupoheliconia.blogspot.com/2010/11/sergio-gaut-vel-hartman.html

Crisis zombi - José Vicente Ortuño


Hasta el día del Apocalipsis yo era un escritor de éxito. Mis novelas y manuales de supervivencia contra zombis eran los más vendidos. Entonces un virus maligno mutó en el interior de una lata de fabada caducada. Una anciana la consumió. El virus se reprodujo en su sistema digestivo y murió durante la siesta. A día siguiente, en pleno velatorio, el cadáver se levantó del ataúd y comenzó morder a diestro y siniestro, contagiando su extraña enfermedad. A los pocos minutos los muertos y heridos se convirtieron en zombis.
Unas semanas después un tercio de la humanidad eran zombis, otros tantos habían sido devorados y el resto se convirtió en reserva de comida para los primeros.
En contra de la creencia popular, los zombis no eran cuerpos sin mente con la compulsión de devorar seres humanos. Conservaban la misma inteligencia y recuerdos de antes de su conversión, más la compulsión de devorar seres humanos.
Fue mi ruina. Los supervivientes sólo querían llegar vivos al siguiente amanecer y los zombis cazar un humano para cenar. La demanda de libros cayó en picado. Aunque aún se vendía alguno de mis manuales de supervivencia, mis ingresos se redujeron a cero.
Fui a ver a mi editor. Lo encontré convertido en zombi devorando a su secretaria. Como llevaba la escopeta descargada, tras volarle la cabeza al portero-zombi y a unos tipos con pinta de testigos-zombi de Jehová, desenvainé mi machete e intenté cortarle la cabeza. El muy hijo de perra paró el golpe con una pierna de su víctima y se lanzó contra mí. Rodamos por el suelo luchando y me mordió en la pantorrilla antes de que le separarse la cabeza del cuerpo de un machetazo. Maldije mi suerte. Estaba contagiado, pero no me apetecía decapitarme, así que salí a buscar un humano al que devorar.
Cacé una cuarentona algo dura, pero todavía sabrosa. Mientras me la zampaba sentado en una hamburguesería —ser zombi no implica comer en el suelo como un guarro—, recordé que mi negocio se había ido al carajo, lo cual me puso de mal humor, que empeoró cuando descubrí que los opulentos pechos, que me disponía a ingerir, estaban rellenos de silicona —¡mira que estropear un bocado tan delicioso con aditivos!—. En ese instante irrumpió un cazador de zombis e intentó matarme.
Un rato después, mientras devoraba el hígado del cazador, sin hacer caso de sus gritos de protesta, vi que en un bolsillo el tipo llevaba una de mis guías de supervivencia. ¡Qué gilipollas, mira que intentar matarme con mis propias técnicas! Entonces se me ocurrió la solución a mis problemas.

De eso hace ya cincuenta años. Los seres humanos se crían en granjas, aunque algunos privilegiados podemos permitirnos el lujo de cazarlos y comerlos salvajes. De nuevo soy millonario gracias mis libros: Estrategias para Cazar Humanos y El Arte de Cocinar Humanos. La vida en la Tierra cambió el día del Apocalipsis, pero, por suerte para mí, todo sigue como antes.

sábado, 23 de octubre de 2010

La doma – María Pía Danielsen


Las neuronas del cuentista literalmente se burlaban de el. Bailaban la danza del olvido sobre la laguna del desierto, a más de confundir vocablos e imágenes en cámara lenta que se negaban terminantemente a coincidir en secuencia. Cual zombi fue hacia el equipo de audio, colocó el CD de ACDC en potencia máxima. Bailó moviendo los brazos como aspas, elevando las piernas como si las impulsaran los hilos de un titiritero, sacudiendo la cabeza de manera frenética. No importa saber si el cuento elaborado en el túnel del movimiento voluntario fue lo mejor que escribió en su vida. Lo que es imprescindible saber es que cada giro violento de su cabeza enlazaba letras con conceptos, imágenes con descripciones, música con cadencia, recuerdos con imaginación transformadora.
Después de ello, desenchufó el audio y se tendió en el sofá. Cerró los ojos y como tetris virtual, se concentró en ir haciendo coincidir los bloques de distinta forma de tal manera que encajaran a la perfección. Con el tetris resuelto en su cerebro, ordenó a las palabras su traducción inmediata.
Ese cuento, “El Sacudón” fue el más elogiado por la crítica y el más recordado entre los lectores del escritor domador de neuronas.

Tomado de: http://elhuecodetrasdelaspalabras.blogspot.com/

Rutinas - Olga A. de Linares


Estaba harto de esa vida, todos los días detrás de lo que, más allá de pequeñas diferencias, era siempre la misma mierda.
Con frecuencia se preguntaba si sus congéneres sentirían lo mismo, o si, como su padre, su abuelo, y todos los que lo habían precedido en el camino, aceptaban su suerte, sin perder tiempo en cuestionamientos sin sentido.
Porque, al fin de cuentas ¿qué otra cosa podían hacer? No solo habían nacido para esa tarea, sino que ella los definía, era su herencia, la identidad de su especie, el futuro de sus hijos…
Según viejas historias, antaño habían sido considerados seres sagrados, cuasi divinos, con una misión trascendental…
En la familia conservaban la estatua en piedra de un lejano antepasado, cuya negrura de basalto estaba surcada por signos que ya nadie sabía descifrar, pero que se suponía eran signo de su alto status anterior.
Pero ya nadie creía en que tuvieran nada que ver con lo celestial, ni responsabilidad alguna sobre los ciclos solares…
Debía abandonar de una vez sus estériles sueños…
Con un suspiro de resignada aceptación, el escarabajo estercolero agachó las antenas, y prosiguió empujando la bola de excremento.

jueves, 21 de octubre de 2010

Cargado - Héctor Ranea


Hans Xavier Watson pensaba que era uno de esos miserables de la Tierra que morirían en un baño mugriento, y que quedaría su cadáver por días sin descubrir porque el olor de la tumba provisoria sería apenas peor que el del cadáver podrido.
Esos pensamientos, creía él, se originaban en su aversión a los baños públicos desde la edad escolar, en que su infancia en desarrollo debió luchar contra el vértigo que le producía asomarse a las letrinas turcas que tenía a disposición en la escuela.
Soñaba con ese agujero, con las hormas para los pies, enormes, desproporcionadas para un niño. Y él tratando de orinar dominando el miedo pero sin controlar la dirección del chorro que caía, indefectiblemente, a la punta de los zapatos por lo que era el hazmerreír de la clase toda vez que la maestra lo ponía de (mal) ejemplo y lo hacía mostrarse frente a la clase con un bonete verde de cartón y orejas marrones de burro postizas.
Claro que esos recuerdos lo hacían sudar en cada oportunidad que tenía que usar para ir al baño. Tenía que estar muy urgido para hacerlo y, en todo caso, usaba sólo para orinar. Pero este hábito de contenerse había permeado diversas capas de su personalidad. En particular, se contenía en todo. Era un hombre con tanta continencia como se puede ser, sobre todo porque temía morir ahí, rodeado de miasmas, olvidado, confundido con su propia mierda.
Así, no podía quedarse en ciertos lugares más de cierto tiempo. Huía, más bien, de su lugar de trabajo no bien cumplía su horario. Lo urgía algo más importante que su conciencia laboral, por cierto, eran sus necesidades fisiológicas que a cierta hora de la tarde eran imposibles de soslayar.
Pero un día, su Jefe lo atornilló al escritorio y él venía de una semana de estreñimiento. Había probado de todo. Agua fría a la mañana, mate helado a la tarde, fruta carambola, té de menta superior, agua de lisonjas amarillas, emparedados de malva, pero nada. En el trabajo todos lo perseguían con que estaba cargándose como un arma. Y, ya se sabe, a las armas las carga el diablo.
La mañana siguiente nadie notó que Hans Xavier no había llegado ni que no vino. A los tres días de ausencia alguien llamó a un mucamo para que revisara los baños. Efectivamente, estaban tapados. Entre las cosas, encontraron un expediente de los que el Jefe estaba buscando y aseguraba que los tenía Watson.
El olor siguió por unos días pero después, como toda memoria, se disipó sin pena ni gloria.

El plato del dia – Sergio Gaut vel Hartman


Elan Mid Ole Urel, jefe del colectivo de cazadores, se relamió por anticipado. El cuarto vástago de la camada era su bocado y casi no podía esperar a que Dala Bera Ulo Izoel terminara de parir. Las grandes lluvias habían producido estragos entre los eelaaii y el hambre cantaba su canción en los estómagos vacíos. Por eso no había vacilado a la hora de fecundar a una umma inferior. Era su privilegio y su obligación preservarse; un jefe necesita conservarse fuerte para garantizar la caza, pero estaba harto del fango que lo separaba de sus presas y le impedía capturarlas. Y aunque la ingesta de ummanis no era el mejor método para aumentar su prestigio, un líder vivo y saludable es mucho más efectivo que uno muerto.
—Elan Mid Ole Urel, eelaaii-ummaii —dijo el partero—. No hay cuarto vástago. El kálix de Dala Bera Ulo Izoel sólo contiene tres retoños.
—¡Maldito seas, inmundo matasanos!—exclamó el cazador tomando al infeliz del cuello con una mano y empuñando el cuchillo de destripar cerdos con la otra—. ¿Cuántas veces te he dicho que llames al técnico para que reparen el tomógrafo?

Acerca del autor:
Sergio Gaut vel Hartman

Pandemia - Víctor Lorenzo Cinca


Las versiones son diversas: unos dicen que el primer caso tuvo lugar en un estadio de Madrid, durante un partido de fútbol; otros consideran, basándose en unos informes redactados a toda prisa, que debe situarse en un pueblecito de la costa mediterránea, durante la campaña electoral, justo antes de las elecciones; otros creen que la epidemia no se originó en un solo lugar sino en distintos puntos del planeta de un modo simultáneo. Aunque poco importa ya que localicen el foco inicial de contagio. Nada van a solucionar con eso. Es demasiado tarde.

Durante los primeros días se produjeron multitud de contagios. Los análisis médicos no aportaban ningún dato relevante, no lograban descubrir cómo se transmitía, ni qué la causaba, así que cundió el pánico entre la población. La gente se lanzó en masa a la calle en busca de mascarillas para taparse la boca e impedir la entrada de virus o bacterias, pero al poco la Organización Mundial de la Salud desaconsejó su uso, pues la extraña enfermedad, que provocaba una ligera sordera momentánea acompañada de unas convulsiones faciales, no se transmitía por contacto físico ni a través de las vías respiratorias sino por contacto visual. La población, alarmada e indefensa, se encerró en sus casas. Las ciudades quedaron vacías, sin vida. Los pocos atrevidos que paseaban por las calles lo hacían con la cabeza baja, sin apartar la mirada de sus pies. Pero aun así, en pocas semanas la pandemia —que ya afectaba a más de un tercio de la población mundial, principalmente en el llamado primer mundo— se extendió sin control, en progresión exponencial. Evitar el trato directo con la gente tampoco consiguió detener su implacable avance: cuando se dieron los primeros contagios a través de webcams y de pantallas televisivas, decidimos arrojar la toalla y darnos por vencidos.

Ahora estamos ya todos infectados, pero nos vamos acostumbrando. Tampoco resulta tan complicado llevar una vida normal. Incluso creo que podríamos llegar a olvidar esta pesadilla si no fuera porque de vez en cuando los repentinos achaques —único síntoma de la enfermedad— nos obligan a contraer los músculos de la cara y bostezar.


Tomado de Realidades para Lelos

martes, 19 de octubre de 2010

De libro – Betina Goransky & Sergio Gaut vel Hartman


La admisora de la obra social que me deriva pacientes de la zona de Olivos está más loca que un plumero o por lo menos bastante perturbada, ya que todos los últimos casos que me envió parecían sacados de la página 301 del DSM IV. La cosa empezó con la señora Salinas, una mujer de unos sesenta años, que se vestía toda de negro, con pañuelo en la cabeza incluido como la bruja del cuento de Blancanieves, una depresiva tan típica que no se podía creer. Ana Lopresti, la del miércoles, era una maníaca a la que le temblaba todo el cuerpo y miraba demasiado hacia al balcón. ¿Estaría pensando en tirarse? Por las dudas dejé marcado el número de emergencias en el celular. El caso del perverso señor Ordoñez, que portaba una Biblia en el morral y se levantaba pendejos por avenida Santa Fe era aún más evidente y típico. Pero el colmo fue un joven de treinta años, Héctor Anera. Tardamos veinte minutos para llegar al consultorio por culpa de todos los rituales que tuvo que cumplir. Paso a describirlos: hizo cuatro series de poner el pie derecho para adelante y para atrás, antes de entrar al ascensor, y luego otra igual del izquierdo. Se tomó otros cinco minutos para cerrar la puerta con el codo, sin permitir que yo lo ayudara, de puro caballero. Coronó el asunto cuando, ya en el consultorio se encontró con los portarretratos de mis nietos boca abajo, simplemente porque yo los había dejado así después de limpiarlos y antes de volverlos a ubicar en su sitio. El resto de la sesión la empleé tratando de explicarle que aquello no traía mala suerte y que no se iba a morir de muerte súbita si no cumplía esos pasos rigurosamente. Ni siquiera pude anotar sus datos personales en la ficha.
Cuando terminó la semana no pude evitar que me asaltaran fantasías de casos tradicionales y divertidos como el de la peluquera que tenía un amante rengo y lleno de acné con el que se encontraba en la escalera para tener sexo más adrenalínico o el de aquel joven que se enamoró de su compañero de trabajo porque le hablaba todo el tiempo de las películas de Bergman. También fantaseé con la admisora. La imaginé revisando el DSM IV y buscando, con obsesiva prolijidad, los casos que encajaban a la perfección con los descriptos en el libro para mandármelos sin falta. En esa fantasía estaba incluido el placer que le causaban mi perplejidad y mis deseos de estrangularla.
No obstante, ahora me carcome una duda. La cuarentona histérica que tengo frente a mí y presenta los rasgos justos descriptos en la página 298 del DSM IV, ¿no será la admisora disfrazada?


Acerca de los autores:


http://grupoheliconia.blogspot.com/2010/11/betina-goransky.html

http://grupoheliconia.blogspot.com/2010/11/sergio-gaut-vel-hartman.html

Sota Azul – Héctor Ranea


La verdad, no me gusta mucho que me llamen así. Todos sabemos acá que la sota, bueno, no tiene buena reputación.
Asentí casi sin mirarlo. Me aferraba fuerte al vaso de la medida de ginebra para no caerme. Reconozco que estaba algo tieso y eso lo debe haber notado el Sota Azul (en mi fuero interno yo pensaba la Sota, pero quién era como para decírselo).
Claro dije—. Además está el tema de las marcas, vio. Si le dijeran Pájaro, ahí se caería en que hay que pagar a otros.
—¿Ve? Ahí está otra cosa que no entiendo de ustedes. Eso de las palabras que no dicen lo que deberían decir. Sin entrar en otras cosas.
Hice un silencio. Después contesté.
–Ve. No es fácil. Somos bastante complicados. A ustedes les damos nombres sin preguntarles y después vienen los problemas. Yo no sé por qué no les preguntamos a todos y listo. Asentí. Pero lo tomó como que lo estaba tomando para el churrete.
¿Me está tomando el pelo, Don? Mire que no tengo un pelo de zonzo.
Yo lo miré de reojo, aferrado al vasito. Sorbí un poco. Tragame Tierra, sé que pensé.
No… si, no. A ustedes uno les abre el corazón y le saltan a la molleja.
Pero admita que a usted pelo no le sobra, pero tampoco tiene para regalar.
Ahí la cosa empezó a pudrirse y mal.
Me mostró las armas. Y no eran convencionales, para qué voy a mentir. Afiladas y bruñidas que parecían de un metal sacado de vaya uno a saber dónde. Aproveché la circunstancia para salir con un domingo siete.
Y dígame, ¿de dónde las saca a esas púas? Por el pago nunca había visto una.
Se le apagó el brillo de los ojos, con lo cual respiré más tranquilo y me mandé toda la copa de un trago. Mientras él recomponía su fisonomía de pájaro de buen agüero, me serví otra copa, bien agarrado con la izquierda a la botella, con la derecha al vaso.
Se aclaró la garganta como quien se larga al ruedo del canto.
Vea. Esto no se lo dije a nadie antes para que no se desparrame la cosa. Espero que no me traicione el secreto.
Lo miré como asegurándole que sería más callado que un cerco de piedras. Y me encogí de hombros pero no para decir “y a mí qué me importa” sino más bien como para decir “tenés acá enfrente un hombre de ley”.
Continuó:
Venimos de otro planeta.
Hice un respetuoso silencio mientras continuaba aferrado por las dos manos. Esto de desayunar con ginebra me estaba costando caro, evidentemente. Ya me estaba pasando lo de al Bourroughs ése. Me aclaré la garganta como pude pero antes de empezar a contestar, me atajó
Ya sé que suena raro, loco, estrafalario. Pero habrá notado que soy azul. Eso tiene que tener una explicación, ¿no cree? Y me refiero a una explicación lógica.
Me encogí de hombros como quien dice “¿ahora me venís con explicación lógica?” pero no fue necesario decir nada.
Usted no me cree. Ahora fue él quien empinó el codo.
Se hizo un silencio entre los dos. El bar, con esa luz tenue y vibradora que tiene la luz en el campo, estaba solitario de no ser por el paisano que cobraba las botellas de ginebra a vintén por vaso. Ni música. Sólo grillos afuera y mariposas de noche adentro.
Me solté de la zurda. Parecía que el bar me iba a dejar en cualquier momento, pero con fuerza me tomé otra copa.
Por ejemplo, no entiendo esto de las podas —dijo el Sota Azul. Cortan todo, ustedes los humanos. Despuntan los limoneros, talan los álamos, cepillan como qué a los eucaliptos.
Lo miré raro.
Sí. Ésos que los llaman ucalitos.
Ahí me encogí de hombros como quien dice “¡Ah!” y me mandé otra copa, no vaya a ser que el Sota se diera cuenta de que no le creía ni la mitad de la mitad de lo que decía.
Verá usted siguió. Me parece algo sucio cuando la emprenden contra las ovejas y los teros. Ni qué decir que cuando intentan sacarle las puntas de las plumas a uno de nosotros. Ahí es donde nos encajetamos. ¿Me comprende? Nos dejan sin poder volar, ¡la puta que los parió!
Lo miré y me sacudí un poco la caspa, como diciendo “creo que llegó la hora de decidir si me voy y por cuál camino”. Entonces me acomodé como para irme y se acercó el dependiente. Le dije por señas que pagaba las dos botellas. Saqué el talero, pagué y empecé el apronte.
¿Lo acompaño, don? Veo que anda sin flete —dijo el pájaro azul.
Voy para el lado de “La Mala Yunta” ¿me deja bien?
Por un amigo, soy capaz de dar la vuelta al pueblo, vea mire. Súbase que lo llevo mismo ahora.
¿Dónde tiene el sulky? —pregunté.
Oiga ¿por quién me toma? Súbase al lomo. Lo llevo en un santiamén.
Con desconfianza me subí, pero por las dudas me tomé la copa del estribo en dos tiempos. Creo que el dependiente ni nos vio cuando salimos del bar. Les cuento que es jodido volar a oscuras. Esta Sota Azul era bastante imprudente, por no decir atolondrado, volando. Pero me trajo en dos minutos. Gran cosa poder volar.

El descenso de Orfeo al Inframundo en busca de la bella Eurídice - Francisco Costantini


El camino que une el Inframundo con la superficie es larguísimo. Orfeo hace todo por amor, pero sabe de las dificultades: ha tenido que sortearlas una por una mientras descendía. Ahora, con Eurídice a sus espaldas y sin la posibilidad de girar para observar su bello semblante, el ascenso será infinitamente peor.
Pasan las horas. Demonios de toda índole intentan detenerlo, pero el héroe consigue abatirlos con su arte, aunque de a poco va comprendiendo que la mayor tortura no consiste en la imposibilidad de contemplar a su amada, sino en esa misma imposibilidad sumada al monólogo ininterrumpido que ella ha sostenido desde que comenzaron a subir. Habla de organizar una fiesta ni bien salgan de ese lugar repugnante, cuenta cómo se imagina la vida de ambos con todos los hijos que tendrán, incluso en algún momento deja entrever cierto resentimiento porque esperaba que Orfeo llegara mucho antes a rescatarla de la manos de Hades y Perséfone.
Al principio él se limita a responder cosas como sí o no, hasta que finalmente se cansa y ya nada dice. Pero piensa. Piensa que Eurídice es bellísima, pero más lo sería si fuera muda. Se da cuenta de que lo suyo no es amor, sino una estúpida pasión que lo hizo actuar como si se tratara del más imbécil de los humanos. Arriesgó su vida por una calentura, se increpa.
Falta poco para llegar a destino: vislumbra los rayos solares allá afuera. No va a hipotecar su vida por una calentura. No. Además, los muertos están muertos; hasta los hijos de Apolo deberían respetar algo así. Por eso es que Orfeo gira, justo a tiempo, cuando todavía el último pie de la verborrágica Eurídice no ha abandonado las sombras. Es cierto que se le estruja el corazón cuando ve semejante belleza desvanecerse para siempre, pero no hay nada como la tranquilidad. Y ninfas, se dice, ninfas hay muchas.


El viaje del alma de Juan Benítez - Daniel Frini


Se encontró sumergido en un mar de un color azul profundo, espeso, pegajoso, absorbente al estilo de las arenas movedizas. Intentó mantenerse a flote, nadar con la esperanza de llegar a alguna isla ignota; pero no pudo. Tres minutos después estaba muerto. Ahogado. Su alma se desprendió de su cuerpo y comenzó a elevarse. Conforme subía, miró hacia abajo y no vio su cuerpo. «Estoy demasiado alto para verlo», se dijo; aunque también se sospechó hundido en esa gelatina oscura. Siguió subiendo. El mar parecía, ahora, un anchísimo río cuyas orillas blancas enmarcaban una quieta corriente. Después y más arriba vio las curvas y meandros del cauce, las islas, las pequeñas bahías. Subió aún más. El río dilatado se le antojó un arroyo enrevesado entre idas y vueltas inciertas. Una eternidad después y todavía ascendiendo, alcanzó la plenitud de la iluminación, el saber que es parte del anhelo infinitamente viejo; y el conocimiento lo golpeó en la boca del estómago con puño formidable. Vio el nacimiento y el fin del cauce. Vio el texto de la vida escrito en tinta azul y una cursiva de cuidada caligrafía (¿la letra de una deidad?) sobre una blanquísima hoja blanca. Comenzaba con una mayúscula esmerada y terminaba, claro está, en un punto final. Su mar, su río, su arroyo, su texto era una sola palabra: «Adiós.» Un pequeño imán sostenía el papel en la puerta de la heladera, donde lo dejara colgado Iris antes de irse, para siempre, de su lado.

Flecha rota - Mónica Sánchez Escuer


A Mayán, por supuesto.

Viene como una flecha rota: zigzagueante, impreciso. Lo dejo acercarse, decir unas palabras, tropezarse con mis ojos. Sonrío. Él cree que es una señal y me toma el brazo con sus dedos fríos. Lentamente retiro su mano. Sonrío de nuevo. Por supuesto él cree entenderlo todo y me da su tarjeta:
—Llámame.
Llego tarde a la boda. Me conduzco hacia el único lugar disponible en una de las mesas del fondo. Al acercarme, escucho mi nombre. Es él que está sentado a un lado de la silla vacía. Me saluda efusivo. Platicamos del único tema común: los novios. Antes del postre me toma la mano. Habla de mi voz, de mi extraordinario cuello. Imagino una jirafa enronquecida y decido marcharme. Con la seguridad de que será bien recibido, se aproxima. Titubea. Me da un beso. Sus labios secos arañan mi mejilla.
—Llámame
*

Después de tres meses, nos volvemos a encontrar. Me saluda con el entusiasmo de quien ya conoce el lado tibio de mis sábanas. No me extraña. El amigo que lo acompaña parece entender ese mensaje y me estrecha la mano por más tiempo del que debiera. Los dos me dicen cosas que imaginan interesantes mientras cada uno cree descifrar con certeza los símbolos de mi sonrisa. Antes de marcharse, el amigo me dirige un guiño mientras él se despide muy cerca de mi oreja:
—Llámame.
*

Alguien me observa. No distingo bien su rostro. Las sombras móviles del bar parecen cambiarle cada segundo el gesto. Se acerca. Lo reconozco pero no le digo nada. La horizontalidad de mi boca lo hace titubear:
—¿Te acuerdas de mí?, nos conocimos hace dos años, en un concierto.
Mi memoria se ríe y pierde su nombre. Él lo pronuncia dos veces con la certidumbre de que ya no se me olvidará jamás. Me explica algo de sus trabajos. Saca una tarjeta, escribe números, direcciones, arrobas y me la da:
—Escríbeme.
*

Abro mi agenda. Paso de un nombre a otro recordando caras, señas particulares, voces. Miro el teléfono. Al hojear de nuevo la libreta, cae una tarjeta al suelo: números, direcciones, arrobas. Marco. Él me contesta algo asombrado. Hablamos sobre el concierto, sobre los novios: ¡ya cumplieron dos años de casados! Reímos. Lo invito a mi recital. Lástima, el viernes tiene un compromiso de trabajo. El siguiente fin de semana estará muy ocupado. Tal vez en quince días:
—No dejes de llamarme.
Cuelgo.

Clic – Lilian Elphick


Eros y Tánatos han jugado toda la noche a la ruleta rusa, pero sin arma, ya que ambos detestan la dispersión de masa encefálica. Clic, dice Eros, vestido de látex y con látigo en mano.
Clic contesta Tánatos, muerto de la risa. Clic, clic y clic repite, antifaz a lo Zorro, sin corcel ni luna.
Llegan Fábola y Tigre.
¿Podemos jugar con ustedes? coquetea Fábola.
¿Disparas tú o disparo yo, muñeca? arrecia Eros, haciendo restallar el látigo en el delicado suelo de la ficción.
Tigre se adelanta.
Yo disparo.
Saca su Magnum .357 y desactiva el seguro. Apunta a Eros.
Dispárame a mí grita Tánatos. Perfórame esta tensión que tengo desde hace siglos, siglos estelares. ¡Mátame, mátame!
¿What are you doin’, honey? ¿Estás loco? musita la ardiente Fábola, mientras se acomoda el ajustado vestido color carne.
Tigre dispara. Todos abajo. Eros, en un charco de sangre, agoniza, atravesado por la bala con base de plomo unida a ojiva cónica de latón macizo.
Vamos, preciosa dice Tigre. El juego ha terminado.
Antes de morir,  Eros murmura a Tánatos: A la cuenta de tres, ¿ya?

Hechizo - Cristina Stoppello


No sé qué hago dentro del sueño de este desconocido. Por qué camino por su mente. Él tampoco sabe quién soy, sólo que me sueña. Le digo cosas que no entiende, y lo inquieto. Yo me asombro de confesarle mis fantásticos secretos porque sólo a los elegidos está permitido revelárselos. ¿Será él uno de ellos? ¿O será mi carcelero, ya que en vano intento soltarme de su fantasía?
Voy con un gato en los brazos, envuelta en túnicas. Pequeñas hogueras flotan en ese ámbito fantasmal donde me muevo. Soy un sueño y simultáneamente una realidad incomprensible. Soy el soplo del inconsciente ajeno y de la conciencia del Todo; algo intangible que camina por senderos etéreos. Sé que poseo el conocimiento pero no puedo trasmitirlo. Sé que soy una enviada que perdió la memoria de su misión. Él sí sabe cuál es, y en sus vasijas de colores ubica cada idea en un receptáculo diferente.
¿Dónde me lleva este hombre? ¿Acaso camina despierto conmigo dormida en la mochila de sus sueños?
Mi gato se acurruca en mi seno como si no quisiera advertir el peligro, lo siento vibrar con el pelambre erizado. Los andenes por donde ahora marchamos están habitados por felinos de todos los tamaños y colores. Bellos ejemplares de pelo lustroso donde destella un verdor que parece de otro mundo, del mundo del soñante. Él se mueve bien en estas perspectivas de rieles solitarios y luces lejanas, hay entradas de luz o salidas definitivas, sin retornos. Tal vez sean túneles de despedida, aquellos donde las almas deben llegar si quieren desprenderse de este mundo. Es el transbordo, la hora de dejar la resaca en la tierra y tomar el tren a las alturas, libre de equipaje; sin cuerpo ni halagos, sin mezquindades. Espíritu puro.
De pronto los descubro tras las brumas de la estación, en el falso humo de locomotoras que ya no existen, echando volutas de ayer entre sepias neblinosos con oscuras vestimentas del pasado; y aún así, procurando brillar en flashes de una época extinta. De este modo pulula la cohorte de fantasmas. Hay rasgos etéreos que me llevan al ensamble de historias: los ojos de mirada oscura, la tristeza, algo de partir sin saber dónde arribar, el desencanto de no haber logrado lo pretendido. Se sientan en los bancos de los andenes vacíos, esperan un tren que ya pasó, circulan entre la nada, aspiran un aire que ya no les pertenece, se asombran de un presente dentro del cual no tienen cabida, ni comprenden.
El gato, espantado, salta de mis brazos dejando trazas carmesí sobre mi piel. Se junta con sus congéneres. Quién mejor que ellos para detectar los mudos chillidos de los muertos. Ese aferrarse a la memoria de los vivos para continuar experimentando algún sentimiento, retener los espejismos, creer que todo continúa y esperanzarse en que aún tienen otra chance. Chance de cambiar el pasado, de modificar la historia, de cumplir lo incumplido, de torcer los rumbos erróneos.
El desconocido me toma de la cintura, me habla al oído, siento que desde la planta de los pies me sube el deseo, uno que no corresponde a los sueños sino a la realidad más palmaria. Manos y piel, brazos y espalda, piernas y caderas, lubricidad que se difunde, olas de placer estallando en el murallón de mi enajenamiento. Maravillosa conmoción que me hace soñar dentro del sueño.
Pero ellos… Ellos nos observan desde las cuencas vacías, se recrean maquiavélicamente con mi goce; las caras difusas esbozan sonrisas torvas. Siento miedo, y ese miedo multiplica la fruición, acelera el ritmo de las embestidas a las que soy sometida, cada vez más profundas, más exaltadas. Quiero huir y más me aprieto al hombre, que de pronto me entrega. Son ellos ahora quienes me disfrutan, uno a uno. Noto las variantes, el erotismo, la lascivia, la ferocidad, el castigo. Ir y venir que no cesa, royéndome, lacerándome. Mordeduras, arañazos, a todo soy sojuzgada. Me roban entre alaridos, gruñidos y jadeos. Soy su objeto, la mártir que entregó el desconocido para tener acceso a las tinieblas, el pago estipulado. Así moriré, vejada, herida, desmembrada en una solitaria estación de trenes.
Los gatos me observan, me lamen, son quienes velan mi muerte. Como guardianes, impedirán que otros se acerquen; cuidan su alimento. Aguzan sus dientes, afilan las uñas de sus zarpas, en las pupilas cortantes hay un fulgor extraordinario. Pasean ronroneantes palpando mis flancos. Olfatean y…
Me siento en la cama de un salto. No sé qué soñé para estar tan agitada, llena de sudor y de arañazos. No hay una porción de mi cuerpo que no duela. Tomo un sorbo de agua, apoyo mi cabeza en la almohada, lentamente recobro la serenidad, se apacigua mi respiración, la conciencia se torna borrosa… Voy con un gato en los brazos, envuelta en túnicas…

No me nombres ese nombre - Max Goldenberg


¿Cuál es el mensaje que querés darle a tu hija? No me mires asi. La nena no nació y ya querés cagarle la vida, Rosario. Así como lo escuchás. No se puede hablar con vos. No se puede. Ene ó ese pé ú é de é. Nosepuede, Rosario. Al final, tanto “Rosario siempre estuvo cerca, Rosario siempre estuvo cerca”. De los demás capaz que sí pero de mí, lo que se dice de mí, nunca estuviste cerca, Rosario. Y ahora, como si faltara algo, te la agarrás con la pobre criatura.
Por esas casualidades de la vida, ¿vos pensás que yo te voy a permitir ponerle “Consuelo” de nombre a la nena? ¿Sabés lo que yo pienso si veo a una nena que se llama Consuelo? Pienso “Y bueno… peor es que hubiera salido sin manitos”.
Pensalo Rosario… ¿qué culpa tiene ella? Recién está llegando al mundo y ya le ponés una carga que no se merece. La marcás para todo el campeonato. Si elegís, elegí bien. También es mi hija, che. No podés tomar una decisión de buenas a primeras, entre gallos y medianoches, por izquierda, como quien no quiere la cosa, por debajo de la mesa, Rosario. No se si me explico. O sea, Rosario, no lo estoy negociando. No voy a ponerle a mi hija “Milagros”. No lo voy a hacer. “A tu padre no se le paraba así que si estás acá ya sabés por qué es, Milagros”. Y, ya que estamos, “Caridad” tampoco le voy poner a mi hija. “Mirá, hijita, tu padre es un desastre… no me gustaba, casi no lo conocía pero bueno… una noche de borrachera y me acosté con él y vos me recordás ese momento, Caridad”
Lo mismo con “Socorro”. ¿A qué persona se le puede ocurrir ponerle Socorro a una hija? “Aca le presento a su hija recién nacida” “Socorro !!! es un bagre !!!”.
Yo te quiero, Rosario, y lo sabés. Sos la mujer que elegí para recorrer este largo camino llamado “matrimonio”. Pero todo tiene un límite. Preguntale si no a tu hermana Elvira que nunca quiso atenerse a los límites y cruzó la frontera sin documentos y ahora está presa en Chile
Yo no sé con quién te juntás, si son tus amigas las que te meten esas ideas en la cabeza pero mi recomendación es no llamarla “Dolores” como también se te ocurrió. Le estas sellando a fuego lo que significó para vos el momento de su llegada al mundo. “Cada vez que te veo siento lo mismo que sentí cuando te vi por primera vez, Dolores”.
Mirá que hay nombres, ¿eh? Le podés elegir algun color, alguna fruta. De última alguna flor, hasta un animal y/o un jugador de fúbol, pero nunca le pongas “Soledad”. Nunca. Imaginátela de grande… “No te sientas sola, Soledad. Ya vas a encontrar al amor de tu vida y no vas a sentir tanta soledad, Soledad”
Ahí viene el doctor. Vos tranquilzate mujer… andá a la sala de parto que yo me quedo acá esperándote. No sé de donde sacaste estas ideas… vos andá que todo va a salir bien… andá tranquila, yo me quedo acá… rezando, Rosario.

[texto bajo licencia Safe Creative / todos los derechos reservados]

Psicólogos hertzianos - Víctor Lorenzo Cinca


Durante un cuarto de hora han conseguido salir del paso encadenando canciones tristonas y anuncios de tarot, pero ya no pueden continuar con eso: la audiencia pide sufrimiento, dolor. Debe entrar en antena una llamada como sea, cuanto antes. Inés, la presentadora, le guiña un ojo al psicólogo del programa, Carlos, y anuncia que tienen una nueva llamada.
―Hola buenas noches, ¿tu nombre por favor?
La presentadora coloca un pañuelo sobre el micro, carraspea, y se contesta.
―Buenas noches, guapa. Carmen, me llamo Carmen.
―Ay, Carmen, gracias por el piropo ―se dice Inés retirando de nuevo el pañuelo―. Te paso con Carlos.
―¿Qué tal, Carmen? ¿Algo va mal? ―enlaza Carlos sonriendo.
Poco a poco, entre los dos, van inventando una historia de malos tratos ―marido sin trabajo y con mal beber― incrustando las preguntas crueles y los detalles lacrimógenos que tanto gustan a la audiencia. De vez en cuando se ven obligados a apartar el micro para que los radioyentes no escuchen sus risas. El engaño ha resultado creíble, todo un éxito, visto el enorme número de llamadas posteriores dándole ánimos a Carmen y ofreciéndole todo su apoyo.
Termina el programa de madrugada. Se despiden entre risas e Inés regresa a casa cansada pero satisfecha, con la conciencia tranquila por el trabajo bien hecho. Tú, de dónde vienes a estas horas, le grita por la espalda una voz etílica al cerrar la puerta, pero ya no tiene tiempo para contestar porque su marido, pacífico por naturaleza, la muele a golpes hasta dejarla inconsciente en el suelo.

Carta de amor de Leticia para Ariel – Ana Casale



                                                    Buenos Aires, 23 de enero de 2007

Queridísimo Ariel:

Pasó el tiempo. Era lo único que sabíamos que iba a suceder. Lo anticipaban los viejos diciéndonos que en un abrir y cerrar de ojos,  entre el aleteo de una mariposa, entre los buenos días y las buenas noches, entre subir y bajar una persiana, se pasa la vida.  El futuro no está como lo habíamos pensado. El mundo no es más justo ni más amable.
Y aunque haya quienes me dicen que a nuestra edad ya está todo hecho, yo aún me creo en un preludio, en un prólogo, creyendo que algo está por comenzar.
Entre hijos, hijas, nueras, yernos, nietos, vuelvo a pensarte. Ellos me traen tu recuerdo y vuelvo  a encontrar tus gestos en otra generación más.
Me miro al espejo y traspasando la imagen que me devuelve, encuentro a una adolescente esperanzada y soñadora, enamorada de vos y de la humanidad.
Cada tanto, unas breves líneas en el correo electrónico o un mensaje en el teléfono, lleno de piropos tuyos, me hacen  recordar que existe alguien tan antiguo como yo sobre esta tierra, que guarda en alguna parte de su memoria algo de mí.
La imagen de nosotros dos amándonos y deseando cambiar el mundo y luego la dictadura, el fin de los sueños y de tantas vidas, amigos, amores sin un lugar donde llorarlos.
El día que te arrastraron lejos, fue el fin, y aunque tantos me creían chiflada, yo sabía que ibas a volver. Por ese entonces lloraba cada día un poco, como si fuera un ejercicio necesario. Después llegaba la calma, ocuparme del trabajo, de los otros, de la vida.
Mi mirada se volvió mas atenta a cada detalle para que no te perdieras ninguna novedad, ningún cambio, ninguna flor, ninguna película. Leía en voz alta a tus autores preferidos y abrazaba el doble a nuestros hijos.
Pasó demasiado tiempo, pero volviste, como yo sabía, lleno de cicatrices,  los ojos perdidos, los pies descalzos. Lleno de visiones de horror impensado. Pero con bastante más suerte que todos aquellos que quedaron desaparecidos para siempre.
—Eres casi la misma —me dijiste abrazándome; y era verdad, conmigo habían sido más sutiles. Por fuera ninguna marca. Dentro mío no quedaba casi nada.
Creo que para no herirnos elegimos la distancia.
Sin embargo, y hoy quiero que lo sepas, volví a temblar cada vez que alguien te nombraba, a esperar cada encuentro nuestro por más breve que fuera, cada llamado tuyo, cada línea.
Y por las dudas, seguí llorando cada día un poco y mirando la vida por vos, como si hiciera falta.
Por siempre cerca tuyo,
                                                             Leticia.
                                                                                   

Apunte para una historia de amor - Cristian Mitelman


A los cincuenta y tres años, las tetas de la señora Margot tenían una carnadura que ya anunciaba el derrumbe inexorable.
Desde los diecisiete años, la señora Margot era la puta del pueblo. Pero el negocio decaía a medida que sus tetas, blandas y con pequeñas venitas azules, languidecían tarde a tarde.
Desde hacía tres décadas, el ciudadano Jacinto Gual se hallaba oscuramente enamorado de la señora Margot. Tal vez por eso nunca había accedido a sus servicios. Nunca. Sabía que sus mejores amigos habían ido varias veces; sabía que los adolescentes tenían su primer contacto con la Venus pueblerina apenas llegada la pubertad; sabía que su fama trascendía los límites de esas calles. Todo eso sabía el señor Jacinto Gual, viudo, padre de dos hijos que se habían ido a Buenos Aires, jubilado del Banco Municipal, acreedor de una pequeña herencia, antiguo actor vocacional en los festivales escolares. Y además, la amaba.
Una noche llegó hasta la casa de la señora un caballero elegante, que parecía salido de una  película de los cuarenta. A la siguiente noche lo hizo un prófugo de la justicia, luego un político caído en desgracia, días más tarde un poeta elegíaco, otra noche un militar que amaba a la plebe; no mucho después un viejo dandy que deseaba darse los últimos gustos en vida.
La señora Margot era feliz. El negocio parecía renacer no con los ardores de otras épocas, pero  al menos guardaba cierta prolija regularidad.
Y el señor Gual, interpretando noche por medio un personaje distinto, se dedicaba a amar como podía a la señora Margot.