Adivino - Claudio G. del Castillo


—¡De tu lengua pende tu vida, anciano! Contesta: ¿sería prudente enfrascarme en una campaña sangrienta para liberar a mi amantísima esposa de sus captores? —preguntó el visitante.
Tembló el decrépito augur, solicitó algunos datos al desconocido y los grabó en una tablilla de barro. Nervioso la colocó ante sí, fingió un trance y graznó:
—Avizoro tiempos de proezas inenarrables; ¡oh!, gran caudillo. Honrarás tu nombre zarandeando y vapuleando a los mejores héroes enemigos. Las murallas cederán y tu brazo invencible abrirá de par en par las puertas de la ciudadela. Victorioso recuperarás cuanto te pertenece.
Oprimió exaltado el guerrero la empuñadura de su espada.
—Me satisfacen tus palabras, sabio —bramó contento, e inició el mutis.
—Pero eso no es todo —se envalentonó el augur—. Las huestes griegas bajo tu mando removerán, agitarán, sacudirán, revolverán y batirán a los troyanos hasta su completo exterminio; glorificando una vez más tu nombre. Créeme y desaparecerá el escepticismo que ahora frunce tu ceño; ¡oh!, poderoso Remenéalos Despatarras.
El guerrero se acercó al augur y arrancó la tablilla de sus manos. De una ojeada encontró lo que buscaba y le mostró al anciano, con la punta de su arma, una línea de trazos inseguros:
—Mal. Te dije bien clarito “Rey Menelao, de Esparta”.

Embragar - Mario Capasso


El buen señor, luego de rascarse la cabeza durante un rato, se dispuso a manejar su propio auto e intentó embragar y poner primera tal como le habían explicado, esa misma mañana, un par de amigos fugaces. En medio de la operación, el auto comenzó a dar un montón de saltitos y, a partir de un instante medio impreciso que no quedó registrado en ninguna parte, mientras el supuesto conductor pensaba en una rana cualquiera y después en un canguro determinado, el motor del vehículo comenzó a caer en una zona de silencio. Así y todo, sin su ruido, con el horizonte subiendo y bajando, con el limpiaparabrisas puesto a funcionar de manera misteriosa, el dúo de auto y chofer llegó a la estación de servicio más próxima. Ya allí, una vez estacionado contra uno de los surtidores, dos o tres testigos del arribo a los tumbos, lo sacaron de adentro, lo palmearon de lo lindo al señor y le auguraron un sin fin de tropiezos semejantes, si es que no se avenía a cumplir con las reglas del buen conducir, que por cierto hasta ese momento no habían incluido, durante esa experiencia de menos de un día, el arte de embragar.

Asadito de Cordero - Daniel Frini


—¡Un aplauso pal’ asador! —propuso Felipe.
—¡HUUUUIIIIIIJAAAAA! —gritó Mateo, que a esa altura ya estaba bastante pasadito de copas.
—Esperen, que todavía no está listo el cordero —dijo Santiago.
—¿No te falta carbón en esa pata? —interrogó Juan.
—Tenés que darlo vuelta, porque se te va a quemar el costillar —ordenó Tadeo.
—¿Que madera usaste para hacer el fuego? —quiso saber Simón.
—Acá lo que hace falta es mano dura —dijo Pedro, sin que viniera al caso —. Mano dura, mi amigo; si no, este país no va a salir adelante.
—¡IIIIIUUUUUJUUUUIJUIJUIJUIII! —atronó el sapucay de Mateo, que se había parado sobre una silla y levantaba un pingüino con vino.
—¿Quien compró el pan? —preguntó Tomás.
—Yo —contestó Judas —, lo compré acá en lo de los griegos, pero sólo conseguí unas hogazas de pan ácimo.
—¿Y la ensalada? —continuó Tomás —¿Quién se encargó de la ensalada?
—Yo, negro —respondió Bartolomé —pero no había cebolla.
—Los romanos tendrían que mandar a otro más fuerte que Pilatos. Mano dura, hace falta. Si no, nos comen los cuervos —volvió a la carga Pedro.
—…entonces, agarró la pelota en el área grande, se la picó al arquero y la mandó al ángulo… —le contaba Andrés, con amplios ademanes de sus brazos, a Santiago el menor, que lo miraba absorto.
—No me gusta el fuego. No hay buenas brasas. Va a salir con mucho gusto a humo —insistió Simón.
—¿Quién te vendió el cordero? Es muy grasoso. Nos va a caer mal —opinó Juan.
—¡VIVA PILATOS, CARAJO! —gritó Mateo; subido, ahora, a la mesa.
—Miralo, vos —dijo Pedro —no sé para qué se chupa, y después opina cualquier cosa ¿Entendés porqué hay que hace falta mano dura? Habría que prohibir el vino.
—¿Le ponemos vinagre a la ensalada? —preguntó Bartolomé.
—Sí —respondió Tomás
—No —respondió Judas
—Se te va a quemar el costillar. Sacale carbón — volvió a la carga Tadeo.
—Ponele carbón. Te va a quedar crudo el cuadril —insistió Juan.
—¿Alguien sacó los cubiertos de la bolsa? —inquirió Felipe —Yo los puse acá y no están.
—Los vasos están sucios ¿quién tenía que lavarlos? —preguntó Santiago.
—Me dijo uno que sabe que Herodes quiere traer una guarnición romana para controlar la Puerta de los Esenios. Vos sabés cómo es de inseguro ese barrio… —continuó opinando Pedro.
—¡LA MAR ASTABA SARANA, SARANA ASTABA LA MAR! —cantó Mateo, arriba de la mesa, mientras ensayó un paso de algo parecido a un vals.
—¡Bájenlo de ahí! —gritó Santiago
—¡Se va a caer! —dijo Judas
—Y, ya a la mañana estaba tomando… —acotó Tomás
—En mi época, a un tipo así lo mandábamos a dormir la mona a las mazmorras —informó Pedro —No sé adónde vamos a parar con este gobierno.
—…se pasó a tres defensores. Paró la pelota y le dio un pase de taco al once, que venía de atrás. Este la empalmó sin pararla, y zampó un zapatazo que el arquero tocó apenitas y la pelota pasó así del travesaño… —dijo Andrés
—¿Quién trajo el chimichurri? —preguntó Bartolomé.
—LAAAURA SE TE VE LA TANGAAAA…!!!—desafinó Mateo, aún arriba de la mesa, con la mano izquierda en la cintura y meneado la cadera, mientras volcaba parte del contenido del pingüino sobre Bartolomé y las ensaladas, que lanzó un
—¡Pero si serás pelotudo! —mientras con un manotazo intentaba pegarle a Mateo en las piernas.
—¡Paren, paren! —terció Santiago.
—¡No peleen, que estamos de festejo! —intercedió Felipe.
—¡Lo mato! ¡lo mato! —dijo Bartolomé.
—¡SUBÍ, DALE, PELEÁ! —gritó Mateo tomando la postura de un boxeador, mientras retrocedía sobre la mesa, pisando platos y vasos.
—¡Cuidado! —gritó Tadeo.
—¡Guarda! —gritó Juan.
—¡Agarralo! —gritó Santiago, mientras Tadeo llegó al final, dio un paso en falso y cayó pesadamente al piso de tierra.
—¡UYYY DIÓ! —gritó Simón.
—¡Se mató! —dijo Judas.
—…el corner lo pateó el siete, que era zurdo. Un centro llovido al otro palo. El dos de ellos saltó para cabecear justo cuando el arquero salía con los puños… —le siguió contando Andrés a Santiago el Menor.
—Ponele mas fuego a esa pata… —dijo Tomás.
—¡Mateo, levántate! —ordenó Pedro. Mateo se paró tomándose del borde de la mesa y caminó unos pasos a duras penas. Cerró los ojos, contuvo a duras penas una arcada y un segundo después vomitó prolijamente las fuentes de ensalada y la panera.
—¡¡¡AAAAAAAJJJJ!!! —gritó Bartolomé —¡¡LO MATOOOO!! —mientras tomaba a Mateo del cuello.
—¡Paren, che! —dijo Juan.
El pandemónium fue terrible. Entre la gritería y los golpes que Bartolomé le propinaba a Mateo, y los demás que intentaban separarlos se alcanzaba a oír palabras y frases sueltas: «¡pelotudo!», «¡dejalo!», «¡déjense de joder!», «…el siete saltó a cabecear…», «…sacale brasas…», «¡los platos!», «Mano dura, hace falta», «¡quién te creés que sos!», «¡lo mato!».
Entonces, la Voz creció desde cero, profunda, impactante, y se impuso sobre el escándalo. Todos se quedaron mudos y duros como estatuas.
—¡Basta! —dijo el Barba —¡es la última cena a la que los invito!

Relatividad - Raúl Sánchez Quiles


Apostado junto al muro, con la pistola abrazada al pecho, sentía su respiración como un estruendo en mitad de la noche callada. Miró entre el seto del jardín y vio la luz de la sala encendida. Un sofá de cuero, estanterías con algunos libros y mucho elemento decorativo, una mesa étnica, un adelantado reloj de pared que marcaba las 2:00 cuando se vivía a la una menos cuarto, un jarrón chino o japonés y varios cuadros de diseño malo. Una sombra se movió. Era la de su culpable. Huido desde hacía meses. Esquivo, orgulloso y sin arrepentimiento. Desde afuera quería hacer bien su trabajo, asegurar el éxito y volver ante sus jefes con la cabeza bien alta. No había tiempo de esperar a los demás, no podía dar otra oportunidad de fuga. Pronto estaba de pie en el jardín, mirando el ventanal, inmóvil cuando su culpable fijó la mirada en el exterior oscuro. No podía fallar y disparó, precipitadamente, cuatro tiros a través del cristal. Al final, con el muerto en el nicho, le dijeron que había hecho un buen trabajo. Contundente y algo excesivo, pero bueno al fin. Relativamente bueno. Lástima que en el jardín hubiera un sicario y en la sala de estar muriera un testigo protegido.


Tomado del blog "Hiperbreves, S.A."

Alucinado – Pablo Moreiras


Aquí dormido, callado, silencioso, abro repentinamente los ojos, me acerco al espejo, me miro, me palpo los párpados, los pómulos, las pestañas, me beso los huesos de las manos, me tiro del pelo oscuro que no se cae, lo meso. Me giro desnudo y me visto con la ropa que arropa el suelo. Vuelvo a girarme, me acerco de nuevo y me beso en el espejo. Una sonrisa empieza a surgir, como una flor de acantilado en el olvido, enajenada y roja, imposible. Salgo a la calle de una tarde larga como el tiempo, como el sueño, como el ansia. Camino las aceras de la vida repentina e inconsciente. Veo a tantos sin ver a nadie. Flor enajenada e imposible. Y sin embargo, lúcido y desarmado arribo a tu balcón, y te grito, y te llamo una, dos, tres, infinitas veces, mientras las cortinas blancas se mecen al ritmo de la brisa, hasta que tu cara sorprendida rompe la fugaz eternidad, flor blanca de arena y agua, y yo te grito, alucinado y amante, que no vamos a morirnos nunca.


Tomado de: http://sevendepoesia.blogspot.com/


Acerca del autor:

Heterodontus - Mara Gena


Ahora se daba cuenta. Su tacto para los sentimientos era muy grueso.
Pretendía sostener diminutas piezas de emoción entre sus dedos de ogro. Pero, ¿qué podía hacer?. Lo había dicho con el contradictorio deseo de no decirlo. Demasiado débil. Demasiado tarde.
El llanto ahogado al otro lado de la línea tampoco era buena señal. Lo ponía inevitablemente cerca. Lo paralizaba. Lo hacía recordar todas las veces que había caído en la misma escena y que no podía evitarlo. “No debo volver a decir Heterodontus”, se dictaba como si alguien más estuviera tomando nota.
Pero era inútil. “Heterodontus” volvía.
La primera vez se dio cuenta de que había pronunciado “Heterodontus”, porque temblaba de risa. Recordaba que su jefe –primero porque no le costaba nada y en definitiva porque el ridículo le concernía a otro– lo había festejado ampulosamente. Con un guiño de más ¾ de perfil.
Pero el segundo “Heterodontus” ya no tuvo el mismo efecto. La segunda vez se encontraba en un bar. Era primavera y él aún andaba convencido de que además corría con la ventaja irrevocable de ser joven. Miraba por la ventana con la arrogancia de quien ignora que ha soltado un “Heterodontus” en voz alta.
El sifonazo se sintió frío en la espalda e hizo que su sonrisa se encogiera de golpe.
Con toda una tropa de indignación giró y apuntó sus pupilas encendidas a los comensales. Pero todos portaban caras de distraído y un sifón o dos sobre las mesas hacían de la pesquisa una tarea peligrosa.
Desde entonces se había visto involucrado en una serie de hechos incómodos con pasajeros, parientes, consorcistas y amigos; hasta llegar al testigo de Jehová que había intentado romperle un dedo. Sin embargo el verdadero escándalo, el escándalo íntimo, llegó de madrugada. Desnudo frente al espejo, se había sorprendido a sí mismo en un repetir monocorde de “Heterodontus” tras “Heterodontus” tras “Heterodontus”.
Resolvió a ir al psicoanalista.
Siete años y seis meses de terapia más tarde, apenas había sido clasificado como neurótico. Ni siquiera alcanzaba el grado de bipolar. Había excavado meticulosamente en los recuerdos de su infancia y podía recitar con soltura la mayor parte de sus traumas. En público, sin repetir y sin soplar, conseguía enumerarlos cronológicamente desde 1982. Además para asegurarse de no dejar rastros de “Heterodontus”, ocupó sin tregua hora tras hora de su agenda. Pero a pesar de las sólidas barreras, cronogramas y reuniones dispuestos a lo largo de los días, algo se filtraba. No podía olvidar el temor a la palabra.
En la soledad de su cuarto continuaba siendo esclavo. Prisionero de “Heterodontus”. Un mecanismo que se accionaba tan graciosa e implacablemente como el hipo. No había nada que él pudiera hacer al respecto. Nada. Comenzó a temer los ataques de “Heterodontus”. Se preocupó por imaginar catástrofes panorámicas. Profetizó bancarrotas. Destierros, estampidas y plagas. Pero inesperadamente el indicio de que estaba empeorando lo detonó la pequeña violencia con que servía los fideos. Se le escaparon tres grandes “Heterodontus” y una cacerola rodó por el suelo.
Esa misma tarde las embestidas se hicieron más violentas. Necesitó huir a la carrera de los puños del cuñado y del llanto de su ex.
Se daba cuenta ahora. Vagando por la ciudad como un arrepentido sin jinete. Desbocado. Desposeído. Sobre todo impotente. Queriendo darle una paliza a cada una de las letras que accionaba a “Heterodontus”. Anhelando clavarles sus dientes en el lomo. Cazarlas, darles muerte. Se daba cuenta ahora que sonaba su celular. Que el nombre de ella aparecía en la pulcra tipografía sin serif del visor.
Tomando aire destapa el aparato. Su voz se desbarranca en la estampida de salivas que va dejando tras de sí el HETERODONTUS.

Gate E9 MIA - Javier O. Trejo


En el aeropuerto de Miami es relativamente sencillo detectar cuáles son las gates de dónde salen los viajes para Buenos Aires. El bochinche argentino, o quilombo como decimos, es una marca registrada. Conversaciones en voz alta, estridencias, exhibiciones de paquetes y de marcas, ocupar todo el espacio posible son algunas de las características que distinguen a los viajeros argentinos. Es cierto que no ocurre con todos, y los que están fuera de esta descripción, siendo argentinos, sienten vergüenza por el comportamiento de sus compatriotas. Bettina Cohen no era la excepción. Llegó con tiempo a la gate E9 para esperar la salida a Ezeiza. Viajera frecuente por su trabajo se sentía a gusto con la remodelación del aeropuerto. No estaba ajena a la costumbre de aprovechar las ofertas y se había comprado una cámara de filmación digital de alta definición. Fiel a su hobby comenzó a filmar a algunos turistas en la E9.
‘Tenía pinta de cubano gordo’ decía un jovencito con marcado acento de Buenos Aires. 
‘...o sea, no será la montaña rusa pero está muy buena’ comentaba otro haciendo énfasis en el ‘la’. 
‘en Popeye te avisan que te van a mojar’, seguía el diálogo y Bettina pensaba en que podía editar lo filmado para que se viese como en la película Cloverfield pero para ello debería haber movido más la cámara. Tenía la cámara apoyada en su falda y movía el visor direccional para poder encuadrar. 
‘¡Qué lindo!, regio, te llamo mañana, chau’
Otro adolescente que participaba de una gran conversación entrecruzada entre varias filas de asientos, que tenía un volumen de voz más alto que el promedio, decía ‘por más que me levante a las seis de la mañana, no voy a tener cerebro boludo’. Bettina sonrió porque pensó que de todas maneras parecían no tener cerebro, porque le divirtió la expresión y porque pensó que además podría también filmar algo sobre el uso de la palabra boludo –o boluda- empotrada en todas las frases, toda una especialidad argentina. 
En ese momento se había expandido la ronda de personas y la presencia sonora se notaba cada vez más. Compras y liquidaciones, Disney y Universal eran los temas principales. Apenas se conocían y hablaban superponiéndose los unos a los otros. Había un veinteañero con una increíble capacidad para poder hablar, sin solución de continuidad, de los temas más banales y haciendo gala de un amontono de marcas notable: ‘¡la campera Armani me salió ciento cincuenta dólares y allá sale dos lucas boludo!’ remató una de sus frases. 
Todo el diálogo era una suma de intercambios de lugares comunes y frases estándares, hechas y vueltas a decir, que usadas una y otra vez arman un entramado, una red, como una esfera verbal cuyo núcleo es la nada misma. 
El hermano de Bettina, el Pato, le dijo a Bettina que le preste la cámara que él quería filmar, se emocionan le dice al oído. Bettina le pasó la máquina que seguía filmando y pensó que era cierto, el veinteañero estaba exultante y la búsqueda verbal de la mejor compra o de la mejor experiencia en un parque de diversiones, era la que determinaba el ritmo y la plástica del diálogo, de la emoción, del entusiasmo. 
Detrás del círculo de jóvenes estaba el círculo de las madres que observaban embelesadas a sus hijos, y era a ellas a quién el Pato filmaba.  Enfocó unos ojos húmedos y pensó que se emocionan igual que al pagar las entradas y pensó también que era cierto, hay emoción en medio de esas banalidades. Continuó el plano secuencia filmando a cada una de las madres y se detuvo en la que sostenía la mano de su hija adolescente. 
Cuando llamaron de la E9 a embarque el grupo se levantó apurado para llegar primeros a la fila. Al rato Bettina le pidió la cámara a su hermano, la guardó y subieron resignados al avión. 
Ubicada en su asiento pensó que debía trabajar mucho en la película. Prendió la cámara y miró por el display algunas de las escenas. 
‘Qué linda, ¿cuánto te costó?’ preguntó una mujer sentada a su lado. Bettina vio un cierto brillo en esos ojos y pensó que era una lástima no estar filmando.

Apuesta – Sergio Gaut vel Hartman


Subió los escalones con decisión y nos dio la espalda. Las plumas estaban sucias. El portero le dijo algo, pero no podíamos oír las palabras por culpa de la distancia. Siempre la culpa. Al principio pudimos ver que estaba tenso, aunque luego pareció relajarse; empezó a moverse y metió una mano, la izquierda, en el bolsillo. Luego retrocedió tres pasos y sacudió la cabeza. Apunté con cautela y disparé. Le di entre las alas, que se tiñeron de verde casi de inmediato.
—Dame mis quinientos —dije extendiendo la mano.
—Ni siquiera cayó al suelo y ya estás reclamando la plata, ¡roñoso! —Sofía metió la mano en el bolso y sacó los quinientos. Me los dio como con asco.
—¿Es un vegetal? —dijo Marco frunciendo el ceño.
—¿Por? —Para mí era irrelevante a qué reino pertenecía.
—La sangre, es verde.
—No es sangre, idiota —escupió Sofía—. Este mata a un ángel sin que se le mueva un pelo y vos suponés que es un vegetal. No sé por qué me acuesto con ustedes.
—No es un ángel —dije—. Si lo fuera no habría muerto.
—No morí —dijo Bruno levantándose y viniendo hacia nosotros—. No soy un ángel, pero tengo sangre verde. ¿Es importante?
—Es irrelevante —dije. Vacilé un momento y le devolví los quinientos a Sofía. Ella ni me sonrió.

Un lunes - Javier López


Hoy es lunes, y tenía una reunión importante en la empresa. Junto con otros directivos, íbamos a decidir algunas estrategias comerciales respecto a unos nuevos clientes.
Para acudir a la reunión, la noche del domingo había tendido mi mejor camisa en un pequeño soporte que tengo en el exterior de la ventana de mi habitación. Está prohibido, porque la fachada da a una de las avenidas principales de la ciudad. Pero nadie se iba a percatar, siendo de noche, de la presencia del minúsculo tendedero. Y menos teniendo en cuenta que vivo en un piso veintisiete.
Cuando me he levantado lo primero que he hecho ha sido abrir el ventanal. Recogería la camisa y la plancharía. Ya andaba con el tiempo justo. Y en el mismo momento que abría la corredera, vi que una paloma acababa de dejar un asqueroso cerco sobre mi mejor camisa. Al sentir el ruido de la ventana ha echado a volar, pero mi reacción ha sido tratar de agarrarla para despachurrarla. Con tan mala suerte que mi cuerpo se desequilibró y los pies perdieron el contacto con el suelo, y el peso del torso echado hacia adelante me hizo caer al vacío.
"Estoy muerto", pensé mientras el pavimento de la avenida se acercaba cada vez a mayor velocidad a mi cara. Pocos segundos después, oí un ruido como el que harían una docena de huesos grandes siendo aplastados por un molino de piedra. El dolor era indescriptible, hasta el punto de que ya no sabía si es que los muertos recuerdan el dolor que les produjo la muerte, o estaba vivo y semiinconsciente pero no había perdido la capacidad de sufrir.
Lo último que recuerdo, antes de tomar contacto con el suelo, es a un señor con bigote, gabardina, gafas de pasta y sombrero, que daba un saltito para apartarse cuando yo tomaba contacto con el suelo. "¡Qué susto me ha dado!" —escuché que decía como si yo fuera un atracador que hubiera aparecido de la nada. "Hijo de perra —pensé—, ¿no ve que me estoy matando?".
Sea como fuere, al rato comencé a oír otras voces a mi alrededor. Y, lo que es más extraño, creí que podía ver a las personas que me rodeaban. Efectivamente, ahí estaba el señor del bigote, con gesto circunspecto y casi incómodo; junto a él, una señora muy mayor y pequeñita, encorvada y apoyada en un bastón, que preguntaba: "Hijo, se ha hecho daño". Y yo... "¿señora, usted qué cree?" y... "no me llame hijo", aunque esto último no sé si lo llegué a decir. También había una chica joven que hablaba con un par de amigas. "¡Qué lástima! Es joven y está de buen ver". Y de nuevo la señora del bastón: "Ya he llamado al cerosesentaiuno".
Pocos minutos más tarde sonaba la sirena de una ambulancia y mientras, misteriosamente, los dolores comenzaron a remitir. No del todo, pero al menos no era esa sensación de estar quebrado en mil pedazos que creí sentir al principio. Fue tanta la mejoría que conseguí incorporarme. "¡Ohhhhhhh, esto es un milagro!" —exclamó la viejecita con voz aflautada y temblorosa. Y yo... "sí, señora. Hoy es mi día de suerte: se me apareció la mismísima Virgen".
Entonces pude sentir que un par de tipos fuertes me tumbaban sobre una camilla y, mientras uno me clavaba una aguja en el brazo izquierdo, el otro trataba de inmovilizarme el cuello con un collarín. Con enorme rabia arremetí contra ambos, preguntándoles que qué demonios hacían. "Le he cogido una vía" —contestó uno de ellos. "Le inmovilizo el cuello, puede haber lesiones" —dijo el otro. Y un tercero, que supongo era el conductor de la ambulancia, me preguntó, con la cara pálida ante mi reacción: "Señor, ¿le ocurre algo?". Ahí ya detoné: "¿Que si me ocurre algo? Me ocurre que acabo de caerme de un piso veintisiete, que hoy es lunes y llego tarde al trabajo, y que todos ustedes me están dando la mañana. ¿Entiende?" —le grité.
Afortunadamente tenía el pantalón puesto y dentro del bolsillo estaban las llaves de casa. Me dirigí hacia el portal con toda aquella gente mirando y haciendo comentarios de toda clase. Al menos tuve tiempo de ponerme otro pantalón limpio, buscar otra camisa, que no era mi favorita, y fui a mi maldita reunión de empresa.
El resto del día no ha estado mal, para tratarse de un lunes.

El puño izquierdo de Cenicienta - Daniel Frini


Se hicieron las doce, la una, las dos. A las seis de la mañana, todos los invitados se habían retirado, la orquesta se había dormido en sus asientos (apenas el trombón continuaba tocando con un «tua-tua» insulso); el príncipe estaba sentado en el trono, tratando de desanudarse la corbata que tenía atada en su frente, la camisa blanca fuera de los pantalones y manchada de vino, y la bragueta abierta. Sólo un guardia quedaba en el salón del palacio. Llevaba puestos unos anteojos con nariz a lo Groucho Marx, una peluca de bucles rubios; y soplaba, tontamente, un cornetín.
Cenicienta seguía bailando, descalza, con los zapatos de cristal en sus manos; mientras su madre y sus hermanastras se aburrían en la última mesa del rincón, y el hada madrina miraba, impaciente, su reloj; sin entender que tantos años de sometimiento habían desarrollado la conciencia social de Cenicienta, y sus contactos en los sindicatos eran perfectamente capaces de organizar, para las doce de la noche en punto, un paro sorpresivo de choferes de carruajes.

El sacerdote - Camilo Fernández


En cuanto el viejo sacerdote recibió la noticia, sus ajadas facciones se tensaron. Frente al maltrecho soldado, intentó digerir la bofetada de realidad. El enemigo se encontraba a las puertas de la ciudadela y las fuerzas del Cacique nunca llegarían a tiempo.
Conocía su destino. Con voz calma profirió una orden al soldado. En cuanto el guerrero se alejó a paso largo, giró hacia los cinco jóvenes sacerdotes que lo esperaban preocupados.
Las órdenes fueron precisas. Cuatro de los religiosos se alejaron en busca de diferentes grupos. Vírgenes, nodrizas, científicos y esclavos aguardaban atemorizados. El quinto hombre se arrodilló ante la experiencia en busca de la indicación final. Escucharla provocó un vacío en su interior. Reclutar un grupo de esclavos y destruir todo lo que no pudieran cargar.
Con escasa escolta militar y respetando la jerarquía de cada grupo, los habitantes de la ciudadela se alejaron rumbo a la selva utilizando el puente secreto. Desde lo alto, el anciano sacerdote recorrió con la mirada. Suspiró débilmente y se dirigió hacia su protegido exigiéndole que se encargara de guiar el grupo.
Sin mediar saludo, el anciano le dio la espalda y caminó lentamente hacia las puertas de Machu Picchu.

Tomado de http://2centenas.blogspot.com/

Titanes en el ring - Martín Gardella


—¡Ya llegó Karadagián, el gran Martín! —gritaba parado en una de las esquinas de la cama que usábamos como improvisado ring.
En la otra punta del cuadrilátero, mi primo me esperaba vestido en pijamas, para trenzarnos en una lucha como las que, semanalmente, veíamos por televisión. Yo imitaba al gran campeón mundial de catch, y él a la temible momia blanca, el único rival que era capaz de vencerlo. Cada vez que me quedaba a dormir en la casa de mis tíos, aquella era nuestra rutina favorita al despertar: gritos amenazantes, golpes certeros, contorsiones y forcejeos, hasta que alguno de los dos quedará de espaldas contra el colchón, pidiendo clemencia. Cada mañana, recuerdo esos divertidos y peligrosos juegos de mi infancia, al observar con orgullo, frente al espejo, las imborrables marcas de aquellas batallas: dos pequeños puntos de sutura, dibujados en el lado izquierdo del mentón.

Tomado de: http://livingsintiempo.blogspot.com/

Revisionismo mítico en cuatro breves capítulos - Guillermo Vidal


Ariadna.
La primera solución que se me ocurrió para salir del laberinto fueron migas de pan, pero los pájaros la dejaron fuera. Después vinieron las señales en las paredes, pero Teseo no entendía la letra.  Mientras pensaba le pedí al futuro héroe que me ayudara con el tejido y desenredara la madeja. Un literato agregó el rollo de los símbolos.  

Ícaro.
Aseguran que me dirigí al sol por voluntad propia; a nadie se le ocurrió pensar en la influencia de la dirección y velocidad del viento, o en la fragilidad del material que estaba a mi alcance y la falta de experiencia en el vuelo. Aspiraciones desmesuradas fue la injusta sentencia.

Edipo.
Y dale con el sonsonete de que era mi madre, estaba rebuena y a otra cosa; en aquella época no teníamos nada de ADN ni sabíamos comparar los alelos. Lo de mi padre me dolió más, pero no hay dudas de que el viejo era jodido.

Helena.
Después de ganarle a los griegos, los troyanos estaban tan borrachos tras noches de fiestas, que no podían ni cerrar las puertas. Un pequeño grupo de soldados  helenos que se habían retrasado tomaron la ciudad sin resistencia. Por un buen botín adicional y el ruego de los troyanos, aceptaron contar lo del caballo, para evitar la vergüenza.

El congreso – Sergio Gaut vel Hartman


Gregor Samsa entró, airado y prepotente, al salón principal del LXIV Congreso Internacional de Microficciones.
—¡Estoy harto de que me pongan de personaje sin mi consentimiento! —gritó interrumpiendo al disertante, a la sazón el escritor de Cipolletti Eduardo Gotthelf.
—No se haga la víctima —dijo el dinosaurio—; cuando desperté, Monterroso se había ido y lo sigo esperando. Dejó las cuentas sin pagar.
—No es el caso —replicó Kafka blandiendo un fajo de papeles. Luego, sacó una brida del morral que llevaba colgado del hombro y la pasó alrededor del cuello del escarabajo—. Estamos al día.
—¡El día que me quieras, la rosa que engalana…! —cantó un mozo peinado a la gomina.
—¿Usted escribe microficciones? —preguntó Hemingway apurando el resto de su trago—. Tengo un par de zapatos de bebé, casi sin uso.
—No tengo hijos —replicó el cantor, molesto por la perturbación.
Hemingway lo miró con desconfianza, tambaleándose a causa de la merluza, con tan poca fortuna que acertó a ponerse en el camino de Samsa que era paseado por Kafka. El autor de Adiós a las armas cayó de culo y se puso a llorar.
—¿Cuántas palabras puede tener una microficción, como máximo? —preguntó un novato.
—No puedo habar de lo que no conozco —dijo Violeta Rojo—. Pero esta tiene cuatrocientas cuarenta y cinco, si no conté mal.
—¿Tiene o tendrá? —replicó Martín Gardella, con astucia de abogado.
—Parece una microficción caótica, aleatoria y trucha —largó un hombre regordete y calvo entrando a la sala subido a una nube de arrogancia.
—¡Monterroso! —exclamó el dinosaurio—. ¡Por fin! ¿Trajo el dinero de las cuentas?
—No, pero con su venta al F. C. Barcelona podré saldarlas.
—¿Me vendió al Barcelona? —El dinosaurio no lo podía creer.
Monterroso asintió. —Jugará en el lugar de Messi, que ahora se dedica al ajedrez.
—¡Ajedrez! —Un anciano ciego arremetió con su bastón contra la multitud—. ¡Microficciones! —Pegaba con suma precisión, a despecho de su invidencia—. ¡Internet! —La cabeza de Monterroso se partió como un zapallo podrido y del interior salieron animales como para llenar el Arca de Noé—. ¡Vulgaridades! ¡Groserías! ¡Impertinencias!
—Cálmese, don Jorge —dijo Kafka tomando al escritor ginebrino de un brazo—. Lo llevaré a conocer a Nabokov.
—¡Que las señoritas presentes no piensen mal de mí! —exclamó un hombre con un extraño bigote pintado—. Mi interés por ellas es puramente sexual.
—Se declara cerrado el LXIV Congreso Internacional de Microficciones —dijo Esteban Dublín levantándose súbitamente de la silla. Y luego, inclinándose sobre Ana María Shua, le susurró—: No sé cuál de los Marx es éste, pero por las dudas y para evitar que se politice la cosa…

Vacas - Esteban Lafon Blon


El tren llega a la estación Virreyes como una bestia forzada por los azotes. La multitud se amontona frente a las puertas. Dentro del vagón los cuerpos  fermentan, y un petizo  lucha por no quedar sepultado bajo una avalancha de culos. Tan cerca de mí que da vértigo, una gorda forrada en cuero negro se maquilla a sus anchas, como una diva en un camarín del “Maipo”. Los trazos bruscos y los disparatados colores me recuerdan a esos mamarrachos que mi sobrino garabatea en paredes, puertas y cuadernos; a esos bizarros grafitis que embadurnan los baños de las estaciones. Indiferente a nuestras miserias, una parejita echada en el piso contra una de las puertas se lastima a besos. Cada tanto, la gorda los relojea con ganas de comérselos crudos.
En este estofado el aire es soporífero: cabeceo, se me aflojan las piernas, me aplasta el cansancio. 

Estoy en un Falcon celeste modelo 71. Al volante, papá disfruta del viaje y mi compañía. Yo también disfruto. Vamos hacia la costa por la ruta 11. El tráfico es intenso. En una curva, un camión de ganado nos obliga a reducir la velocidad. El camión marca el paso durante varios kilómetros, no podemos adelantarnos. Atrás, la caravana serpentea hacia el horizonte. De pronto una granada de bosta revienta sobre el capot y enchastra el vidrio. Papá activa el limpiaparabrisas y putea. Un hilo de bosta se filtra por la ventanilla y se hace collar en su papada. No entiende de qué me río. Le alcanzo un trapo y le señalo el cuello. Se mira en el retrovisor y se pone serio, como cuando examina mis calificaciones. Sin apuro,  comienza a asomar una sonrisa. Nos reímos como nunca, un largo rato.
Desde la jaula un novillo me sostiene la mirada. Me parece reconocer inteligencia y tristeza en los enormes ojos, como si supiera que el final del viaje es la góndola de una carnicería. El churrasco del almuerzo me retuerce las tripas. 
El portón de la jaula se abre convirtiendo la ruta en una trampa mortal. Cae una vaca. Rápido de reflejos papá esquiva al animal, que se estrella en el pavimento. No alcanzamos a reponernos del susto, cuando un segundo animal nos impacta de lleno...

—Sáquela.¡Sáquenla!¡Sáquenlaaaaaa!
Mi propio grito me regresa a la jaula del tren.
Dos hombres fornidos me quitan la vaquillona de encima.  
—Disculpá —muge la borrosa mole en cuatro patas. 
Restriego mis ojos, la imagen se vuelve más nítida. Parpadeo… y aparece la gorda-mamarracho. 
—No es nada —le digo, reprimiendo las ganas de achurarla, de gritarle asesina. La vaca hace unos desagradables movimientos con el hocico y desaparece por el pasillo.
—¿Estás bien? —me pregunta un hombre mayor. 
—Un poco mareado… 
—Sentate —dice, ofreciéndome el lugar. 
Me siento y hundo la cara húmeda en mis manos: estoy de duelo. 
Nunca el sueño, que me asedia desde chico, llegó tan lejos. El recuerdo del accidente se presenta por primera vez sin interrupciones, como una secuencia cinematográfica de nitidez abrumadora. 
Veo a mi padre retorcido entre los hierros del coche en la banquina. En uno de los tumbos, yo había salido milagrosamente despedido a través  de la ventanilla. Había rodado por el barro y el pasto hasta golpear contra un árbol. 
Una rápida mirada a la redonda me revela un panorama aterrador: choques múltiples, heridos, gritos espantosos, un humo negro y dulzón. 
Me veo renguear hacia esa chatarra sin forma que era nuestro Falcon. Mi padre sangra por la nariz y la boca. No puede mover las piernas: quedó atrapado entre el techo hundido y el volante. Al verme a salvo, el dolor se le aleja y se reconcilia con Dios: le agradece, repite “¡Perdoname!” y esboza un rezo. Me toma de la mano, yo lo ayudo con la letra del padrenuestro. Al terminar la oración, balbucea unas palabras —las palabras más amorosas (lo descubro ahora, mientras las oigo y me derrumban) que un padre puede regalarle a un hijo— y muere. Me tiro a su lado y lo lloro: quiero morir con él. Al rato nos interrumpen las sirenas, y dos enfermeros me arrancan de papá. Agoto mis infantiles fuerzas para quedarme, me aplican una inyección. Me arrastran a una zona apartada, y, cuando logran sujetarme a una camilla, el Falcon estalla. 
Desperté en la sala de terapia del hospital de Pipinas, dos días después. Había tenido una crisis de nervios y me mantenían sedado. Mamá me acariciaba. 

La gran jaula se abre en Retiro, la gente se escurre por los molinetes. Unos pasos adelante camina la parejita, y entrando a la boca del subte brilla la gorda. Parece linda. A ella le debo las últimas palabras de mi padre. Palabras que nunca hubieran sido mías sin su intervención. La sigo: necesito saber su nombre.

Trenes – María Pía Danielsen


Juan contaba los vagones pasar. El ritual era idéntico todos los días. La policía no lo molestaba. No robaba ni provocaba disturbios. Cuando le tocaba la ronda al agente López conversaban. Era su único amigo y lo hizo partícipe de su secreto: mirar los trenes no significaba matar el tiempo.
El tren de la aurora llevaba el rostro del padre, muerto en la zafra azucarera. El segundo, el de su madre, que hacía las más ricas tortillas. El tren del mediodía era de Julia, su compañera y mujer. La que cuidaba de él y de los tres hijos. El siguiente tren de la tarde, el más largo y bullicioso, reflejaba la cara de sus tres varones. Que jugaban a la pelota y remontaban barriletes.
Los vagones del ocaso resultaban difíciles de observar, por eso se acompañaba con un tinto. El chirrido repicaba en sus oídos de igual manera que el impacto del choque al ser atropellado por el autobús sin frenos.
El último tren de la noche, negro y hermético, que llegaba cuando el alcohol ya había hecho su efecto, se parecía a las tumbas que se llevaron no solo los cuerpos, sino también la cordura de su vida.

Tomado de: http://elhuecodetrasdelaspalabras.blogspot.com/

El pianista – Héctor Ranea


En medio de una presentación como la que estaba realizando, no fue nada apropiado que sus manos, reflejadas en el panel central, empezaran a tocar por sí solas en el teclado reflejo pero, como conservaron la armonía y el tempo la gente, lejos de notarlo, se sorprendió de la maravilla que estaba ocurriendo aunque sin saber bien qué era. Estaban escuchando, sin saberlo, un piano tocado a cuatro manos por una sola persona. A medida que transcurría el recital, el pianista comenzó a notar con espanto que esas manos reflejadas tomaban un acento diferente, el toque era un poco más preciso que el suyo, la velocidad algo mejor aunque aún menos expertas que sus manos reales. La gente no cabía en su asombro. Jamás habían escuchado un pianista con tanto talento. Al llegar al Segundo Concierto para Piano y Orquesta, el Director no estaba ya seguro de seguir dirigiendo o dejar todo y escuchar ese prodigio. Arrancó una ovación extemporánea (incluso de algún músico de la orquesta) en el pasaje de las octavas, porque nadie entendió cómo pudo hacerlo con tanta fuerza, precisión y velocidad; de hecho ni él mismo. Era estupendo, todos entendieron que estaban escuchando a un ser superior.
En los recitales que siguieron a ese, la muchedumbre se agolpó para agotar la taquilla, tanta era la fama del pianista. Y este repetía, cambiaba, tocaba piezas nuevas pero las manos duplicadas nunca fallaron. El pianista desesperado no sabía cómo retornar a su mediocridad inicial, porque al menos esa mediocridad podía manejarla, en cambio, esas manos endemoniadas no tenía idea cuándo podían fallar o volverse en su contra. Sus pesadillas estaban atestadas de manos que lo acariciaban para después propinarle palizas titánicas. Al despertar, empapado de sudor, recordaba cierta película en blanco y negro cuyo nombre no quería pronunciar.
Entre los compositores más afamados del momento, varios le ofrecieron partituras especialmente hechas para esas cualidades mostradas y nunca dejó de estrenar una sola, incluso con resultados más espectaculares que los buscados por los autores porque, fuerza es decirlo, él mismo estaba aprendiendo de sus manos como los boxeadores aprenden de sus sombras. Con el tiempo, aprendió que las manos del panel eran tan confiables como las suyas propias y comenzó a tranquilizarse y a disfrutar del momento que pasaban juntas, sus manos y las otras. A partir de ese momento, hasta los mismos críticos lo señalaron, su piano era una nueva forma de orquestar una pieza. Se había convertido en una estrella.
Hasta que llegó un aciago día, siempre llega, en que lo invitaron a tocar en un pueblo y él, como todo buen pianista, tomó el tren y apareció ahí. Cuando vio el piano se desvaneció. Tenía el panel frontal completamente despintado. Intentó tocar pero las manos suplementarias no podían aparecer. Se le acabó la magia.
Desde esa noche no volvieron las manos. Así como habían aparecido, desaparecieron. En poco tiempo lo hemos olvidado, o casi

Shakespeare contra el dinosaurio - Juan Manuel Valitutti


—¿Me quiere decir qué tiene de literario el cuento del dinosaurio de Monterroso?
Miré al tipo por enésima vez, y junté aire.
—Sí, ya sé que soy un jodido —continuó él—, pero, ¿qué quiere? ¿O usted sabía que nos íbamos a atorar hoy en este ascensor?
“No, la verdad es que no lo sabía”, pensé apesadumbrado.
Abandoné la contemplación de las puntas de mis zapatos y traté de sostenerle la mirada a mi interlocutor.
—Soy un plomazo, ¿no? —me dijo.
Solté la risa.
—¡Y bueno! Las cosas son así... —Me extendió un cigarrillo—. ¿Gusta? ¿No? —Se guardó el cigarrillo—. Hace muy bien, ¡muy bien! Yo, lo que pasa, ¿sabe?, es que soy un jodido... —Sacó el cigarrillo de nuevo y se lo llevó a los labios—. Con todo este trabajo que me encajaron para el fin de semana, y yo que ni siquiera puedo salir de un ascensor... —Empezó a dar saltitos de risa, y encendió el cigarrillo—. ¡Qué jodido! ¿Y? —Me miró—. ¡No me dice! ¿Para qué carajo sirve el dinosaurio de Monterroso? Porque usted dice Shakespeare y... ¡bué! Para qué le cuento, ¿no? —Frunció el entrecejo—. ¿Cómo era que le entraba el tipo...? ¡Ah, sí! —Me alcanzó el antebrazo con las puntas eléctricas de sus dedos exaltados—. “¡Ser o no ser!” —recitó—. ¡Qué lo parió, qué lo parió! —Movía la cabeza al tiempo que escupía el humo—. El psicoanálisis entero en cuatro palabras, ¿eh? ¡Qué tipo! Pero, con Monterroso, ¿qué mongo hace? —Se rascó la barbilla—. “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Creo que decía así, creo. ¿Y? ¿Qué hace con eso? —Me miró—: ¡Nada!
“¡Ascensor!”, pensé yo.
—¡Uyyy! ¿Lo sintió? ¡Se mueve!
¡Efectivamente, el ascensor se había apiadado de mí!
—¡Escúcheme! —me dijo—: Le doy exactamente... siete pisos para que me convenza de que el dinosaurio ése sirve para algo, ¿vio? —Mordió el cigarrillo—. Shakespeare... —susurró el tipo, mientras bajábamos al infierno de la planta baja—: ¡Qué lo parió!
No tenía nada que perder, así que me animé, y ensayé una respuesta:
—Bueno, ¿sabe? Si me permite… —El tipo me miró con la más genuina consternación reflejada en el rostro: aparentemente no podía creer que fuera yo un ente con vida—. Si me permite usted, digo, creo que el Maestro guatemalteco elabora una Poética, cuyo sentido último aspira a convencer mediante el recorte…
—Ne entiendo nada —me soltó el tipo, en medio de una nube de tabaco.
—Quiero decir —intenté yo—, usted mencionó al isabelino...
—¿Yo mencioné a quién? —El plomazo empezó con sus saltitos de risa—. ¡Mire que encontrarme a un jodido más grande que yo! —tosió—. ¡Y en un ascensor!
A todo esto, el ascensor se había vuelto a trabar: ¡ahora, en el tercer piso!
—Pruebe con la alarma —me dijo mi acompañante.
Yo oprimí el botón, pero no ocurrió nada.
—¡Qué jodido! —juzgó el pro-isabelino.
Debo admitir que en ese momento perdí la cabeza.
—¡Pero, carajo! —rugí—. ¿Puede pasar algo más?
¡Para qué hablé!
Falló la luz y Shakespeare y yo nos quedamos a oscuras.
—Grite —sugirió el buen hombre.
—¿Qué?
—¡Grite! —insistió el tipo—. ¡No ve que no nos van a encontrar ni con antropólogos!
No sé por qué, ¡pero lo que dijo me hizo gritar como una niña en apuros!
Gritaba y gritaba, hasta que…
¡Las luces volvieron y las puertas del ascensor se abrieron!
—¡Qué la parió…! —susurró mi compañero casi en un hilillo de voz.
Había entrado al ascensor una morocha de ojos verdes. Las puertas se cerraron a sus notables espaldas. Yo traté de recomponerme lo mejor que pude porque estaba hecho un estropajo. De pronto, sentí que el sujeto me chistaba. Lo miré, mientras me ajustaba el nudo de la corbata. Con señas me dio a entender que retomáramos la confrontación Shakespeare/Monterroso. Mientras tanto, la morocha se afanaba con el botón de la planta baja: ni la gloria de ese dedo podía con la encabritada tecnología.
Yo no atinaba a hacer nada, así que…
—No se moleste —le comunicó mi compañero a la nueva pasajera—: el ascensor anda mal.
La morocha se volvió, con la alarma en los ojos.
—¡No se preocupe! —se apresuró a agregar el tipo—. Lo mejor en estos casos es esperar, ¿no, mi amigo? —Me guiñó el ojo y yo esbocé una diminuta sonrisa—. Y si el asunto se pone peor —continuó el adalid de las Letras—, aquí está mi compadre que sabe gritar como una “magdalena-dele-que-llora-a-moco-tendido” —concluyó, articulando el entrecomillado con sus manos.
La morocha se rió, lo que puso en guardia a Romeo.
—Hablábamos de Monterroso —atacó—. ¿Lo conoce?
—¿El del dinosaurio…? —preguntaron los ojos verdes.
¡Para qué! El tipo se encendió como un arbolito de Navidad.
—¡Ése, ése! Justamente…
Entonces el ascensor arrancó, rumbo a la consabida planta baja.
—¡Ése, sí! Qué lo pario, ¿eh? ¡El Psicoanálisis entero en cuatro palabras!
El ascensor culminó su viaje al fin, y las puertas se abrieron a la recepción del edificio.
Romeo y Julieta emprendieron la retirada.
—Yo creo —le deslizaba el tipo a la morocha— que el Maestro isabelino trata de recortar una Poética cuyo sentido último…
Salí también del ascensor.
¿Cómo dicen? ¡Ah, sí! Shakespeare contra el dinosaurio…
¿Qué les parece si lo declaramos un empate, eh?

Biografía de un hombre corriente por casualidad - David Moreno


Nació una madrugada de mayo y no en abril por cuestión de horas. En Villarriba, porque en Villabajo no había hospital de maternidad. Se llamó Ricardo como su padre y como su abuelo. Se educó en un colegio de curas, simplemente por capricho de su abuela materna. Prefirió el fútbol porque no daba la talla para el baloncesto y el tenis, a su padre le parecía deporte de ricos y el karate, de muy brutos a su madre. Estudió geología porque no le llegó la nota para veterinaria. Le gustaron más las morenas, pero se casó con una rubia, con la que tuvo dos hijos. Pudo ser millonario si su boleto en vez de acabar en seis lo hubiese hecho en cinco. Y, pudo ser uno de los escritores más famosos de la historia pero prefirió guardar sus libros en el sótano de su casa, sin que nadie los leyera. Finalmente, aunque se salvó unas cuantas veces, murió de viejo.

Tomado de http://nocomentsno.bogspot.com


Acerca del autor:
David Moreno

La canción - Héctor Gomis


El hombre estaba en blanco. Llevaba mucho tiempo sin escribir una nota, y la falta de inspiración le comenzaba a preocupar, nunca había tenido un periodo de sequía tan largo. No era un compositor muy prolífico, pero era raro en él que le costara tanto concentrarse. Se levantó del piano y se dirigió vacilante a la ventana. Pensó que quizá un poco de aire helado de la noche serviría para despejar su aletargado cerebro. Abrió los postigos de la ventana y vio reflejado su rostro en el cristal. Se vio guapo. A pesar de los años y del duro castigo que había sufrido su cuerpo, seguía siendo atractivo, fuerte. Sus ojos ya no lucían con la intensidad de antaño, pero mantenían su extraña belleza.
El hombre abrió la ventana, se desabotonó la camisa y sacó medio cuerpo. Fuera, un grupo de niños martirizaban con piedras y palos a un perro vagabundo. El animal se defendía como podía de los ataques de aquellas bestias de apenas trece años, ladraba desaforado y lanzaba dentelladas al aire intentando intimidarlos. Pero los niños seguían con su acoso sin preocuparse del peligro.
Hubo un tiempo en el que el hombre hubiera gritado a los niños, o incluso hubiera bajado a detenerlos, y hasta puede que, apiadado del pobre animal, lo hubiera acogido en su casa. Pero ese tiempo ya pasó, la vida le había enseñado a quedarse encerrado dentro de su mundo y no mezclarse en los asuntos de los demás. Ahora, todo lo que traspasara el umbral de su puerta pertenecía al extranjero, a un país extraño y cruel que no quería visitar, a un lugar que no era el suyo.
Cerró la ventana y, en un ataque de ira e impotencia, cogió la partitura del piano y la lanzó al fuego de la chimenea. Se sentó en el suelo a ver como ardía, con su bonito baile de cenizas y llamas azules, y trató mientras de recordar la música que se estaba perdiendo entre el humo. Era una melodía pequeña y hermosa, un sonido que había acunado en su mente durante días hasta que nació en forma de notas garabateadas con tinta. Era una canción que no le hizo falta tocar nunca, porque le salió a borbotones de la cabeza al papel. Después de componerla, no había podido escribir una nota más. ¿Para qué?, pensaba, no voy a hacer nada mejor en mi vida. Era una canción que nadie más había oído, y que el hombre había decidido que nadie oiría jamás.
El hombre esperó a que se hubiera destruido hasta el último pedazo de partitura y luego apagó el fuego con un poco de agua.
Se volvió a asomar a la ventana y espero a que los niños se hubieran cansado de su cruel juego. Cuando estuvo seguro de que no volverían, bajó a la calle y encontró al perro tirado en el asfalto. El animal aún respiraba, pero el hombre casi podía ver como se le soltaban los últimos hilos que le ataban a la vida. Se agachó a su lado y le cubrió el cuerpo con su chaqueta. Mientras le acariciaba la cabeza, el hombre le tarareó bajito su canción, esta es sólo para ti pequeñín, pensó mientras lo hacía. Con la última parte de la melodía el perro cerró los ojos, y después de oír la última nota murió.
El hombre dejó su chaqueta sobre el cuerpo del animal y se alejó de allí. Dio un largo paseo, durante el cual pensó que su canción sonaba aún mejor de lo que había imaginado, y se alegró de que fuera lo último que escuchó la pobre bestia antes de irse. Sabía que era un pobre regalo en un momento inoportuno, pero aún así, deseó que cuando llegara su momento a alguien se le ocurriera hacerle un regalo igual.


Tomado de http://uncuentoalaseman.bogspot.com

El Sueño - Walter Böhmer


Despertó con la sensación de humedad, se tocó la entrepierna inmediatamente y lanzó un suspiro al darse cuenta que todo estaba bien. Se levantó en penumbras, tanteando en la oscuridad. El sueño todavía revoloteaba en su mente, debía asegurarse que todo estaba bien, que cada cosa seguía en su lugar.
Odiaba los sueños vívidos.


Iba reconociendo las cosas a cada paso, oyendo sus movimientos, el eco de la respiración que manaba por el pasillo

.
Empujó la puerta corrediza y su mascota se levantó de un salto, se apresuró a ir a sus pies y besarle las pantuflas.


–Soñé que ustedes dominaban el mundo y me meé encima –le dijo a su mascota mientras soltaba una risita–. El mundo dominado por humanos, qué locura.


El humano lo quedó mirando con adulación, pero pensó que tal vez algún día podrían dominar la tierra, pero se rió de si mismo. Si fuese así, el mundo sería un caos.

Tomado de Apología de los miedos

Mal día para un escritor - Sergio Gaut vel Hartman


Francamente no sabía por qué vibraba de ese modo, qué emoción le inspiraba ella ni qué era lo que debería sentir. A través de los años, se había involucrado paulatinamente en una situación de la cual ahora no podía evadirse, y él no veía ninguna salida; había llegado demasiado lejos. La técnica había enraizado en su vida cotidiana y los frutos del mal habían madurado. Pero ¿se animaría a pedirle consejo? ¿Era ella la indicada para sugerir el rumbo a seguir? Después de una década de convivencia habían construido tanta intimidad —o más— que la que teje un matrimonio. Pero ellos estaban separados por un abismo y estaba seguro de que si le permitía elegir, Leticia elegiría seguir con él, a pesar de que era obvio que se estaban destrozando mutuamente. Reunió toda su energía, inspiró profundo y tratando de penetrar con sus ojos y todos los demás sentidos en el universo que ella habitaba, dijo:
—Querida: nunca podré terminar esta novela; he decidido abandonarla, y no sólo eso, para no ceder a la tentación de retomarla, la voy a quemar.
—¡No! No podés hacerme eso. —Tal como él había sospechado, Leticia empezó a llorar.
—No hay otra salida. Estoy bloqueado. Me voy a dedicar a las microficciones.
—¿Y estarás con una diferente cada día? ¿Con dos o tres por día? ¡Eso se llama traición, promiscuidad; es repulsivo, perverso, roñoso!
No imaginó que reaccionaría de ese modo. ¿Celos? ¿Podía un personaje estar celoso del escritor? Tomó el manuscrito y lo arrojó al fuego sin vacilar. Leticia, a sus espaldas, descargó los seis tiros del Colt que había obtenido en una novela de Zane Grey. Dos impactaron en la nuca y los otros cuatro… ¿acaso importa?

Semántica onírica - Javier López


Los cuatro expedicionarios caminábamos por la selva india. Un lugar hermoso y fascinante, en el que el peligro acecha cada metro que avanzas.
Y ese peligro se encontraba agazapado en un montículo de unos tres metros de altura. Sin haberlo visto antes, sin darme tiempo para reaccionar, un tigre volaba por los aires a mi encuentro.
El salto del felino desde el promontorio lo colocó en décimas de segundo a centímetros de mí, hasta que pude sentir que sus zarpas se posaban sobre mis hombros y todo su peso caía sobre mi pecho, derribándome.
Supe de inmediato que ya no tenía escapatoria, que estaba viviendo los últimos instantes de mi corta vida y moriría devorado por aquel colosal ejemplar.
Justo cuando iba a asfixiarme por la presión de sus fauces sobre mi cuello, el animal se deshizo en una lluvia de fuegos artificiales de color rojo intenso, y proyectó una gran cantidad de humo de ese mismo color.
Entonces desperté. Y supe que el tigre, con el que había estado soñando, debía ser de Bengala.

Ser o no ser - Guillermo Vidal


De algún modo lo sabía, como si estuviera ya escrito en sus huesos, por lo que la noticia no terminó por sorprenderlo. El joven científico que visitaba hacia experimentos en campos donde nadie se atrevía, los viajes en el tiempo, y obtenía resultados asombrosos. Una pantalla de pálidos grises intermitentes mostraba el posible futuro. Se podía hacer modificaciones con el teclado, ver alternativas y posibilidades con solo cambiar los datos. Y allí estaba él, subrayado por la historia, resaltado en contrastes de blanco y negro.
Pasaron el día entero analizando cada una de las opciones que tendría. La conclusión, dijo el científico, es una sola: hay que hacer una corrección histórica. No sería suficiente enviar una advertencia hacia el pasado, en aquella época juvenil consideraba basura los viajes en el tiempo y lo tomaría como una broma, aunque constara su propia firma.
Evitar las consecuencias de su intervención en la historia era el objetivo, pero tras exhaustivos análisis, tenía que aceptar que con las modificaciones, las variantes históricas que le tocaban en suerte no lo animaban. Se evitaban los daños, sin duda, consecuencias de sus errores; horrores, dijo tímidamente el científico. A cambio sería el último cabo al final de la soga, a lo sumo, un mediocre feliz, ignorante de las pérdidas, un don nadie. Un benefactor ignorado, marginado de la historia, pero que había cumplido con su deber preservando al mundo de sus terribles acciones futuras.
Visto todo, miró al joven científico, como si finalmente hubiera comprendido el sacrificio que debía hacer. Cuanto habría de sacrificar sería parte de su destino para siempre.
Sacó su arma y disparo a quemarropa, acertando en el pecho del científico, que cayó fulminado antes de poder emitir un quejido; con una maza destrozó la máquina del tiempo e incendió el laboratorio. El investigador le había asegurado que nadie más estaba al tanto del invento.
¡Perfecto!, pensó Adolf, la corrección histórica que hacía falta estaba completándose. Se presentaría a elecciones y arrasaría. Curioso, de no ser por la advertencia de la maquina, no estaba convencido de hacerlo. Por la vía negativa, pero definitivamente, dejaría en la historia una marca indeleble. Ahora el futuro le pertenecía.

Las últimas líneas - Patricia Nasello


“Extraordinaria tarea distinguir a los vivos
con tantos fantasmas enredándose en el aire".
Libro de Martín


Magdalena da vuelta la página que acaba de leer. Al libro se lo regaló Martín, el hijo que se casó hace dos meses. Y lleva dos meses sin venir a visitarla. A falta del hijo Magdalena tiene el libro.
De pronto escucha un silbido extraño. Luego otro. Y varios más.
Siente frío. Toma un pañuelo con el que se cubre el cuello. El contacto de la seda contra su piel la reconforta.
Otra vez el mismo ruido. Pero más fuerte.
Se estremece.
Ahora sabe que el murciélago está adentro, con ella.
Todo mueble, cuadro y adorno de la habitación es objeto de su desconfianza, cada cosa tiene su sombra, en cada sombra podría estar su enemigo. Mueve las cortinas –todo un suplicio- y abre las ventanas.
“Que ese bicho inmundo se vaya” ruega. “Para irse tiene que volar. ¿Y si se me enreda en el pelo?”.
Se quita el pañuelo del cuello y lo usa para cubrirse la cabeza, asegurándolo con un nudo demasiado ajustado, tanto que le duelen las sienes. Con el miedo aflojándole las piernas toma el teléfono. Apoya la espalda contra la pared, llama. Nadie contesta. Su marido no está en la oficina.
“Tal vez ayer tampoco estaba, sólo que yo no me enteré” piensa. Con rencor, con tristeza. Abre la mano, el auricular golpea contra el suelo. No cree estar llorando, por eso no entiende por qué le ruedan lágrimas por las mejillas. Lágrimas que caen al vacío y se estrellan contra el auricular. Siempre con la espalda pegada a la pared, usa el pañuelo para secarse la cara, luego estira el brazo, toma el libro, se agacha hasta quedar en cuclillas, deja los poemas sobre el piso. Sabe que algo la persigue, intenta recordar qué. “Una araña” supone. Imagina verla entre las hojas del libro. Decide quemarlo. Se para, corre a la cocina. Busca fósforos. Regresa a la sala. El papel se enciende con una llama pequeña.
“Me acuerdo de una historia donde la mujer se muere porque tiene una araña en la almohada. A quemar todos los almohadones”.
El fuego cobra cierta importancia, dibuja figuras. Magdalena las contempla extasiada. Hasta que sus ojos la engañan nuevamente.
“Quizá la víbora haya puesto huevos en los placares. Vaciarlos es un trabajo enorme pero vale la pena. Vestidos camisas pantalones sábanas frazadas, a la hoguera. ¡Qué calor! Andar desnuda es un alivio. Parece mentira, casi vieja y recién descubro el placer de andar sin ropa. La sala se está quemando pero tengo que atravesarla, prepararle la cena a Martín. ¿Ese ruido ensordecedor? Lo que faltaba, ladrones. Parece que no les gusta el fuego. Me cubren. ¿Para qué, si por una vez en mi vida no siento frío? Dicen que es un milagro que esté bien. ¿Y cómo no iba a estar bien en mi propia casa?

Artículo de fe - Mónica Sánchez Escuer



A Mayán y Lucas


A las dos de la madrugada, la hermana Eduviges despertó a toda la congregación de un timbrazo. La madre superiora por fin había llegado. No hubo recepción, ni flores, ni obispo. Todas las monjas la miraron con curiosidad, pero nadie preguntó nada. Ella sólo dio las buenas noches en voz baja, como si no quisiera terminar de despertarlas, y se fue a dormir.
Al día siguiente la superiora contó los detalles de su visita al Vaticano. Habló de la amena conversación que sostuvo con el Santo Padre y algunos miembros de la alta jerarquía católica, de sus paseos por Roma y de las generosas cucharadas de azúcar que el Sumo Pontífice agregaba a su té. No mencionó nada sobre su viaje de regreso y nadie se atrevió a preguntarle las razones de su retraso, ni siquiera el obispo, a quien se le había bajado el mal humor de la prolongada espera con la finísima medalla de oro que la madre le regaló con todo y la bendición papal.
Años más tarde, minutos antes de su muerte, la madre confesó los motivos de aquella demora: el día de la reunión en el Vaticano, se encontraba sentada muy cerca del Papa. Quiso decirle muchas cosas pero, pese a su fluido italiano y a su perfecto polaco, no pudo pronunciar palabra; sólo permaneció ahí, observando la mano temblorosa del Pontífice sirviéndose una, dos, tres cucharadas copeteadas de azúcar. Después de unos minutos, él le dijo algo que ella no alcanzó a escuchar y se marchó.
Al día siguiente, en el aeropuerto de Roma, el sonido chillante del detector de metales le recordó los ruidos que producía el Papa al mover su azucarado té. Los guardias la hicieron pasar tres veces por el umbral electrónico, le quitaron el escapulario, la medallita de la Virgen de Guadalupe recién bendecida, el rosario y hasta un broche que llevaba en su corto cabello. Ante la insistente alarma, decidieron revisarla a conciencia. Cuando la madre pudorosamente se desvistió, las dos mujeres que la vigilaban vieron un objeto metálico amarrado a su ropa íntima. Llamaron de inmediato al cuerpo de seguridad y la monja tuvo que sufrir inquisitivos cuestionamientos relacionados con sus creencias, acusaciones de mala fe y penosos interrogatorios sobre sus hábitos carnales.
Finalmente la madre fue liberada por el jefe de la policía, –quien se guardó celosamente la evidencia en el interior del saco– después de hacer jurar a la monja, en nombre de Dios y de todas las vírgenes, que aquella cuchara había estado en las santas manos del Sumo Pontífice.


Tomado de Historias Baldías

Distorsión - Laura Ramírez Vides


Es tan ridículo y a la vez gracioso. Nos imaginan (¿o nos ven?) verdes, altos, delgados, cabezones; a nuestro planeta lo “pintan” de rojo. Los venusinos tienen mejor imagen, a ellos los dibujan con alas y los llaman ángeles.
Los humanos son realmente unos personajes, aunque en realidad creo que simplemente son burdos. Piensan que avanzan tecnológicamente. En medicina tienen aparatos que consideran de alta sofisticación y siguen sin descubrir el implante.
Ver para creer, dicen. Si supieran que lo que creen ver simplemente no es.
El propósito de la Confederación es claro: los humanos son especimenes para estudio de toda la galaxia y delicatessen para los habitantes de Saturno (nos costó pero logramos frenar su insaciable apetito y tosquedad en la abducción; ¡maldita costumbre tenían de hacerlo siempre en el mismo triángulo!).
Pero hay unos pocos humanos que nos preocupan, son fuertes, determinados, y cuando al nacer les implantamos el distorsionador de imagen, lo rechazan.
Éstos sí son peligrosos.
Varios ya me han descubierto; lo sé, algunos me hablaron pero yo no contesté, sabían que estaba ahí y ayer a la noche… un espécimen femenino caminó directo hacia mí y me tocó.
Algo vamos a tener que hacer con ellos. Los humanos los llaman ciegos. Yo considero que son nuestra perdición.

Laura Ramírez Vides
Tomado de El patio de la morocha

Innominada - Patricia Nasello


El primer caso se registró hace cien años. Corresponde a un tal Gregorio Samsa.
—Que un hombre joven, saludable, trabajador, amanezca transformado en una cucaracha, es un hecho insólito—declararon las autoridades—; sería un error distraer parte del erario público para estudiar y disponer medidas sanitarias, puesto que esta situación es extraordinaria—concluyeron.
Tres meses después se produjo un segundo caso, para entonces Gregorio llevaba once días muerto; a través de los dichos de una empleada de la familia Samsa, se supo que su cadáver fue depositado en el tacho de la basura. Nadie protestó: circulaba la versión de que Gregorio tenía tratos con el diablo.
Ese año se contabilizaron un total de diez enfermos. Al finalizar el año siguiente, ellos también estaban muertos. Y se habían sumado otros doscientos casos. Doscientos es el número oficial, se acepta que fueron más, sus parientes no lo daban a conocer por tratarse de una enfermedad vergonzante: por entonces se aseguraba que las víctimas habrían tenido un comportamiento sexual depravado.
Los médicos más destacados del mundo se reunieron bajo el lema “Enfermedad Innominada: Posibles Tratamientos”.
Nadie supo indicar cuál era el tratamiento adecuado.
Y seguimos sin saberlo, aún hoy.

El número de víctimas se cuenta por millones.
Los hombres de fe hablan de castigo divino:
—El mundo entero ha devenido en una nueva Sodoma. Dios, asqueado de nuestros vicios, está aplicando Su Justicia —dicen.
Los ateos se contentan con explicaciones políticas:
—El Fondo Monetario Internacional lanzó a la atmósfera una bomba biológica destinada a acabar con los países tercermundistas, pero le fallaron los cálculos.
—Los comunistas hacían experimentos genéticos usando como conejillo de indias a los disidentes al régimen. Y ahora todos pagamos las consecuencias.
—Los judíos tienen la culpa.
Por su parte, las autoridades reconocen que la enfermedad innominada reviste las características de epidemia.

Permanecí a su lado, observándola pasear por las paredes, alimentándola. Su agonía duró dos semanas. Llegado el momento coloqué sus restos en la caja de las alianzas de casamiento, a la caja la enterré bajo el fresno que plantamos juntos.
Tengo miedo.
Nunca antes había deseado desplegarme y dar un vuelo corto, alrededor de la mesa, como ahora.

La proposición – Héctor Gomis


—Desde luego, es cierto que no soy lo que pensabas, pero eso no te derecho a tratarme así. He sido totalmente sincero contigo y creo que merezco una oportunidad para que me conozcas mejor.
—Si estoy de acuerdo contigo, pero es que lo que me propones me parece llevar este tema al límite, y no estoy dispuesta a eso.
—Siempre me ocurre lo mismo, creéis ser especiales y así os describís ante los demás, pero luego me encuentro medianías, aburridas y tristes mediocridades fingiendo ser lo que no sois.
—Oye, no me llames esas cosas que yo no te he insultado. Una cosa es querer jugar, experimentar cosas nuevas, liberarse de la monotonía y salir del sexo ortodoxo establecido por esta sociedad represiva, pero todo tiene un límite.
—Vamos a ver niña, ¿qué es lo que ponías en tu anuncio?
—Pues lo que leíste, busco a alguien especial para convertirme en su esclava y someterme a sus deseos, que me domine y que me haga descubrir un nuevo mundo de dolor y placer, y bla, bla, bla. Ya lo sabes de sobra.
—¿Y yo que te ofrecí?
—Eres un pesado, ¿quieres que te lo vuelva a repetir?
—Si, por favor, no creo que sea mucha molestia ya que vas a dejarme plantado a las primeras de cambio.
—Pues era algo así como…, a ver…, si, caballero muy experimentado busca ninfa (o algo así) para adentrarla en el oscuro mundo del dolor y placer eternos. Era algo así, ¿no?
—Más o menos, ¿Y acaso no te ofrezco lo mismo que ponía en el anuncio?, yo creo que es todavía algo mejor y más intenso, las experiencias que te puedo proporcionar poca gente en el mundo sería capaz de ofrecértelas.
—Si ya te he dicho que estoy de acuerdo contigo, pero no me puedo comprometer a tanto. Lo que tú necesitas no te lo puedo dar. Yo busco a alguien dispuesto a azotarme, anillarme los pezones y echarme polvos mientras me insulta, algo más normal, sin complicaciones. Pero chico, lo tuyo es muy fuerte.
—Pero si será solo un momento, te prometo que será rápido, casi no te darás cuenta.
—Que no, pesado. No estoy dispuesta y no creo que lo vaya a estar nunca. Además, me tengo que ir ya. Si quieres, ya hablamos por el chat. Nos vemos.
—Se ha ido, así sin más. ¡Que descaro!. Ya no hay respeto por nada en esta sociedad. Parece mentira como ha cambiado el mundo. ¡Mierda de Facebook y mierda de góticas!
El vampiro siguió maldiciendo mientras observaba como se alejaba la chica.


Tomado de: http://uncuentoalasemana.blogspot.com

Cuando los Simios dominaban la tierra - Guillermo Vidal


Viajé en la nave y por azar al futuro; Me precipité sobre un pantano y apenas escapé. Me dejó sin aliento descubrir que estaba a los pies de la estatua de la libertad; yacía a medias hundida en el terreno. Alguna catástrofe nos había destruido, por donde miraba había desolación y ruinas. Busqué sobrevivientes, unos salvajes me acogieron y sanaron mis heridas. Intenté comunicarme pero aunque eran iguales a mí no me entendían y no podían emitir palabras; vivían como animales, desnudos a la intemperie. ¿Qué fue lo que nos hizo retroceder de tal manera? No parecían siquiera conocer el fuego. Ninguno de ellos podía explicarme lo sucedido. Se movían constantemente, escapando llenos de temor. Yo no podía caminar y me arrastraban con ellos en una camilla de ramas y nos escondíamos en las cuevas cuando presentían el peligro. Todavía no había podido ver las bestias que los perseguían, hasta que caí en una trampa con otros muchos. El animal lampiño, pálido y de ojos fríos me miró mostrando los dientes. ¡Mono sucio!, me dijo, ¿de dónde robaste esta ropa? No podía creer lo que oía. La sorpresa me dejo mudo. El animal humano hablaba y había usurpado nuestro lugar, nuestro mundo.

Salvación matemática – Claudia Sánchez


En la habitación del muerto, destacaba la colección de "Cábala y Economía"; por eso supuse que la clave de acceso de la computadora sería un código de 5 dígitos.
Sumé las letras de su nombre reduciéndolas a un número: 9. Intenté con los primeros 5 de Fibonacci, que sumando el primero y el último resulta 9. Incorrecta. Finalmente, luego de muchos cálculos, logré descifrar la clave: la suma de 2 cifras de 5 dígitos, del 0 al 9, donde la sumatoria de cada cifra se refleja al final de la misma y sumada a la otra resulta 9. La clave fue 99.999.
Al iluminarse la pantalla, una leyenda instaba al lector a dirigirse al Presidente de la Nación, para revelarle la verdad, grabada en un archivo de audio. Y allí fui.
“Un nuevo orden universal está naciendo. Los 10 responsables de la catástrofe mundial debemos suicidarnos para salvar a mil millones de hambrientos cada uno. Cientos de miles de monjas alrededor del mundo sabrán qué hacer si esto no se cumple. En archivo aparte figuran los 10 nombres, que el portador ya conoce y tiene instrucciones al respecto. La cuenta regresiva ha comenzado. El 10° no tuvo valor para matarse, así que lo hice yo. Tú eres el 8°. No intentes borrar este archivo”.
Pero, incrédulo, presionó rápidamente la tecla Borrar y, literalmente, se desintegró.
Ahora usted, que es el primero y el último, ¿quiere que siga contándole la historia o prefiere hacerlo a su manera?

Primer Premio - Concurso Minificciones Diciembre
Tomado de http://sanchezclaudiabe.blogspot.com/

Irremediable – Anahí González


Si el destino no hubiera trazado entre nosotros esta distancia de guerras mundiales y holocausto.
Si hubiera podido ofrendarte mi vida mi muerte lo que fuera, arroparte en vez de desnudarte y cubrirte con mi cabello como sólo se puede cubrir la maravilla.
Pero este amor fue desde el principio como pretender tomar un trozo de cielo y ahogarse de verano.
Hay pasiones tan condenadas como esos ríos que a los que no llega la lluvia y terminan secándose.
En las noches de desearte, retuerzo mi conciencia como un trapo húmedo porque la culpa es menos tuya que mía y debo sufrir en silencio como pez en la orilla.
Si no me persiguiera tu imagen, tu torso desnudo en actitud de entrega.
Si no tuviera que gritar hacia adentro y morder mis gemidos en madrugadas febriles de tu ausencia.
Sin tan sólo hubiera nacido antes y me hubieran llamado María Magdalena.
No hubiera dudado en ser tu puta.
No estaría tomando los hábitos y preguntándome por qué tuviste que morir en la cruz.


Tomado de : http://www.misespejitosdecolores.blogspot.com/

Acerca de la autora:
Anahí González

La mancha – Héctor Gomis


Ese día yo me encontraba en la oficina, mirando absorto una mancha verde que había salido en el techo. Era una mancha alargada y serpenteante, y me pareció ver en ella la silueta de un viejo delgado y barbudo apuntándome con el dedo. Pasé horas mirando aquella mancha, intrigado con aquel señor de barbas que no dejaba de señalarme. Traté de imaginar por qué me miraba de aquella manera, ¿sabría quizá algún secreto sobre mí que ni yo conocía?, ¿me acusaba tal vez de algo imperdonable que hubiera hecho? No tenía idea de la causa, pero la mancha me intrigaba y me repelía a un tiempo.

Intentando sacar de mi cabeza aquella imagen, bajé la mirada, encendí el monitor de mi ordenador y me dispuse a continuar con mi trabajo. Estuve un buen rato repasando la contabilidad y realizando algunas gestiones al teléfono, era un trabajo tedioso, pero no me importaba, mientras mis dedos tecleaban mecánicamente, el recuerdo de mi mujer, tal como la había dejado al marcharme a trabajar, dormida y desnuda en la cama, me reconfortaba. Era la mejor imagen del día, el hermoso cuerpo de mi mujer bañado por el sol de la mañana. Seguí trabajando con aquella imagen flotando en mi mente, ya tranquilo y feliz, cuando mis ojos se desviaron un momento hacia el techo. El viejo de la pared me devolvió una mirada torva. Allí seguía, observándome y señalándome impasible, con una sonrisa burlona en su rostro que parecía mofarse de mí. Un escalofrío recorrió mi espalda al volverlo a ver.

Me levanté y moví una planta de sitio para tapar aquella visión, pero fue aún peor. Ya no veía la mancha, pero sabía que el viejo estaba ahí, esperando, vigilándome y apuntándome con su huesudo dedo. Volví a traer a mi cabeza la imagen de mi mujer, y traté de recodar el momento en el que me quedé apoyado en el quicio de la puerta, observándola mientras me tomaba un café. Ese fue un momento delicioso, y rememorándolo pude olvidar por unos segundos el miedo irracional que estaba sintiendo por culpa de aquella mancha. El café caliente en mis manos, el silencio de la mañana, mi cama, y durmiendo en ella todo lo que quería en este mundo, eso era más fuerte que cualquier temor estúpido.

El extraño hilo que enlaza los pensamientos me llevó a unos instantes antes de que me tomara aquel café, cuando lo estaba preparando, y luego saltó a unos minutos después, cuando salí de casa, y de repente me asaltó la duda de si apagué el fuego de la cocina después de hacer el café. Siempre he sido muy maniático con esas cosas, y jamás se me había olvidado hacerlo después de usar la cocina, como tampoco nunca salí de casa sin haber echado antes el cerrojo, pero en ese instante me era imposible recordar el haber cerrado la espita. Decidí llamar a casa y avisar a mi mujer para que lo revisara. Marqué el número de mi casa y esperé, pero nadie respondió. Nervioso, me levanté del sillón y paseé por la habitación con el teléfono al oído. Me sentía impotente y tenía miedo de que algo hubiera pasado por mi culpa, no me lo perdonaría nunca. Mientras esperaba una respuesta del otro lado de la línea, una mirada furtiva se me escapó hacia el techo. El viejo seguía allí. Su expresión parecía más cruel que antes y su sonrisa más siniestra. Su dedo se mantenía firme ante mí. Se estaba riendo de mí, se burlaba de mi angustia. Parecía conocer las dudas que me mortificaban y se regocijaba. Una cuarta llamada y seguía sin contestar nadie. El temor se había transformado en certeza, estaba seguro de que algo malo, horrible, había pasado en mi casa, y el viejo surgido de la mancha estaba ahí para recordármelo y disfrutar con mi sufrimiento. En un ataque de ira, me subí a una silla y arañé la mancha con mis dedos. Me arranqué dos uñas y dejé mis yemas en carne viva, pero logré arrancar la mancha de la pared. Cansado me dejé caer en el suelo y me puse a llorar

Minutos después, el teléfono sonó. Era la voz de mi mujer.


Tomado de: http://uncuentoalasemana.blogspot.com

Confesiones de un experto - Carlos Feinstein


Los dragones existen, pero no son los lagartos de los cuentos, inventados para asustar a los niños pequeños. Las narraciones y leyendas sobre dinosaurios alados son falsas. Todas esas historias están diseñadas para engañarnos. En la confusión perdemos de vista la realidad y no comprendemos la verdad oculta.
Ellos tienen forma humana y viven entre nosotros.
Lo que también es cierto, es que pueden escupir peligrosas llamas a voluntad y cuando se enfurecen son muy peligrosos.

Pero hay algo más, su secreto mejor guardado: no existen los machos es una especie sólo de hembras. Para continuar la descendencia se reproducen con varones humanos.
Yo lo se, mi esposa es una de ellas, y con el tiempo se ha descuidado. La he visto prender el horno con un suspiro; secar la ropa con un suave aliento; ver en la oscuridad con ojos rojos color de infierno.

Nuestras hijas aún son pequeñas, me pregunto cuando empezarán a notarse las diferencias.