sábado, 31 de julio de 2010

Adivino - Claudio G. del Castillo


—¡De tu lengua pende tu vida, anciano! Contesta: ¿sería prudente enfrascarme en una campaña sangrienta para liberar a mi amantísima esposa de sus captores? —preguntó el visitante.
Tembló el decrépito augur, solicitó algunos datos al desconocido y los grabó en una tablilla de barro. Nervioso la colocó ante sí, fingió un trance y graznó:
—Avizoro tiempos de proezas inenarrables; ¡oh!, gran caudillo. Honrarás tu nombre zarandeando y vapuleando a los mejores héroes enemigos. Las murallas cederán y tu brazo invencible abrirá de par en par las puertas de la ciudadela. Victorioso recuperarás cuanto te pertenece.
Oprimió exaltado el guerrero la empuñadura de su espada.
—Me satisfacen tus palabras, sabio —bramó contento, e inició el mutis.
—Pero eso no es todo —se envalentonó el augur—. Las huestes griegas bajo tu mando removerán, agitarán, sacudirán, revolverán y batirán a los troyanos hasta su completo exterminio; glorificando una vez más tu nombre. Créeme y desaparecerá el escepticismo que ahora frunce tu ceño; ¡oh!, poderoso Remenéalos Despatarras.
El guerrero se acercó al augur y arrancó la tablilla de sus manos. De una ojeada encontró lo que buscaba y le mostró al anciano, con la punta de su arma, una línea de trazos inseguros:
—Mal. Te dije bien clarito “Rey Menelao, de Esparta”.

Asadito de Cordero - Daniel Frini


—¡Un aplauso pal’ asador! —propuso Felipe.
—¡HUUUUIIIIIIJAAAAA! —gritó Mateo, que a esa altura ya estaba bastante pasadito de copas.
—Esperen, que todavía no está listo el cordero —dijo Santiago.
—¿No te falta carbón en esa pata? —interrogó Juan.
—Tenés que darlo vuelta, porque se te va a quemar el costillar —ordenó Tadeo.
—¿Que madera usaste para hacer el fuego? —quiso saber Simón.
—Acá lo que hace falta es mano dura —dijo Pedro, sin que viniera al caso —. Mano dura, mi amigo; si no, este país no va a salir adelante.
—¡IIIIIUUUUUJUUUUIJUIJUIJUIII! —atronó el sapucay de Mateo, que se había parado sobre una silla y levantaba un pingüino con vino.
—¿Quien compró el pan? —preguntó Tomás.
—Yo —contestó Judas —, lo compré acá en lo de los griegos, pero sólo conseguí unas hogazas de pan ácimo.
—¿Y la ensalada? —continuó Tomás —¿Quién se encargó de la ensalada?
—Yo, negro —respondió Bartolomé —pero no había cebolla.
—Los romanos tendrían que mandar a otro más fuerte que Pilatos. Mano dura, hace falta. Si no, nos comen los cuervos —volvió a la carga Pedro.
—…entonces, agarró la pelota en el área grande, se la picó al arquero y la mandó al ángulo… —le contaba Andrés, con amplios ademanes de sus brazos, a Santiago el menor, que lo miraba absorto.
—No me gusta el fuego. No hay buenas brasas. Va a salir con mucho gusto a humo —insistió Simón.
—¿Quién te vendió el cordero? Es muy grasoso. Nos va a caer mal —opinó Juan.
—¡VIVA PILATOS, CARAJO! —gritó Mateo; subido, ahora, a la mesa.
—Miralo, vos —dijo Pedro —no sé para qué se chupa, y después opina cualquier cosa ¿Entendés porqué hay que hace falta mano dura? Habría que prohibir el vino.
—¿Le ponemos vinagre a la ensalada? —preguntó Bartolomé.
—Sí —respondió Tomás
—No —respondió Judas
—Se te va a quemar el costillar. Sacale carbón — volvió a la carga Tadeo.
—Ponele carbón. Te va a quedar crudo el cuadril —insistió Juan.
—¿Alguien sacó los cubiertos de la bolsa? —inquirió Felipe —Yo los puse acá y no están.
—Los vasos están sucios ¿quién tenía que lavarlos? —preguntó Santiago.
—Me dijo uno que sabe que Herodes quiere traer una guarnición romana para controlar la Puerta de los Esenios. Vos sabés cómo es de inseguro ese barrio… —continuó opinando Pedro.
—¡LA MAR ASTABA SARANA, SARANA ASTABA LA MAR! —cantó Mateo, arriba de la mesa, mientras ensayó un paso de algo parecido a un vals.
—¡Bájenlo de ahí! —gritó Santiago
—¡Se va a caer! —dijo Judas
—Y, ya a la mañana estaba tomando… —acotó Tomás
—En mi época, a un tipo así lo mandábamos a dormir la mona a las mazmorras —informó Pedro —No sé adónde vamos a parar con este gobierno.
—…se pasó a tres defensores. Paró la pelota y le dio un pase de taco al once, que venía de atrás. Este la empalmó sin pararla, y zampó un zapatazo que el arquero tocó apenitas y la pelota pasó así del travesaño… —dijo Andrés
—¿Quién trajo el chimichurri? —preguntó Bartolomé.
—LAAAURA SE TE VE LA TANGAAAA…!!!—desafinó Mateo, aún arriba de la mesa, con la mano izquierda en la cintura y meneado la cadera, mientras volcaba parte del contenido del pingüino sobre Bartolomé y las ensaladas, que lanzó un
—¡Pero si serás pelotudo! —mientras con un manotazo intentaba pegarle a Mateo en las piernas.
—¡Paren, paren! —terció Santiago.
—¡No peleen, que estamos de festejo! —intercedió Felipe.
—¡Lo mato! ¡lo mato! —dijo Bartolomé.
—¡SUBÍ, DALE, PELEÁ! —gritó Mateo tomando la postura de un boxeador, mientras retrocedía sobre la mesa, pisando platos y vasos.
—¡Cuidado! —gritó Tadeo.
—¡Guarda! —gritó Juan.
—¡Agarralo! —gritó Santiago, mientras Tadeo llegó al final, dio un paso en falso y cayó pesadamente al piso de tierra.
—¡UYYY DIÓ! —gritó Simón.
—¡Se mató! —dijo Judas.
—…el corner lo pateó el siete, que era zurdo. Un centro llovido al otro palo. El dos de ellos saltó para cabecear justo cuando el arquero salía con los puños… —le siguió contando Andrés a Santiago el Menor.
—Ponele mas fuego a esa pata… —dijo Tomás.
—¡Mateo, levántate! —ordenó Pedro. Mateo se paró tomándose del borde de la mesa y caminó unos pasos a duras penas. Cerró los ojos, contuvo a duras penas una arcada y un segundo después vomitó prolijamente las fuentes de ensalada y la panera.
—¡¡¡AAAAAAAJJJJ!!! —gritó Bartolomé —¡¡LO MATOOOO!! —mientras tomaba a Mateo del cuello.
—¡Paren, che! —dijo Juan.
El pandemónium fue terrible. Entre la gritería y los golpes que Bartolomé le propinaba a Mateo, y los demás que intentaban separarlos se alcanzaba a oír palabras y frases sueltas: «¡pelotudo!», «¡dejalo!», «¡déjense de joder!», «…el siete saltó a cabecear…», «…sacale brasas…», «¡los platos!», «Mano dura, hace falta», «¡quién te creés que sos!», «¡lo mato!».
Entonces, la Voz creció desde cero, profunda, impactante, y se impuso sobre el escándalo. Todos se quedaron mudos y duros como estatuas.
—¡Basta! —dijo el Barba —¡es la última cena a la que los invito!

jueves, 29 de julio de 2010

Relatividad - Raúl Sánchez Quiles


Apostado junto al muro, con la pistola abrazada al pecho, sentía su respiración como un estruendo en mitad de la noche callada. Miró entre el seto del jardín y vio la luz de la sala encendida. Un sofá de cuero, estanterías con algunos libros y mucho elemento decorativo, una mesa étnica, un adelantado reloj de pared que marcaba las 2:00 cuando se vivía a la una menos cuarto, un jarrón chino o japonés y varios cuadros de diseño malo. Una sombra se movió. Era la de su culpable. Huido desde hacía meses. Esquivo, orgulloso y sin arrepentimiento. Desde afuera quería hacer bien su trabajo, asegurar el éxito y volver ante sus jefes con la cabeza bien alta. No había tiempo de esperar a los demás, no podía dar otra oportunidad de fuga. Pronto estaba de pie en el jardín, mirando el ventanal, inmóvil cuando su culpable fijó la mirada en el exterior oscuro. No podía fallar y disparó, precipitadamente, cuatro tiros a través del cristal. Al final, con el muerto en el nicho, le dijeron que había hecho un buen trabajo. Contundente y algo excesivo, pero bueno al fin. Relativamente bueno. Lástima que en el jardín hubiera un sicario y en la sala de estar muriera un testigo protegido.


Tomado del blog "Hiperbreves, S.A."

Alucinado – Pablo Moreiras


Aquí dormido, callado, silencioso, abro repentinamente los ojos, me acerco al espejo, me miro, me palpo los párpados, los pómulos, las pestañas, me beso los huesos de las manos, me tiro del pelo oscuro que no se cae, lo meso. Me giro desnudo y me visto con la ropa que arropa el suelo. Vuelvo a girarme, me acerco de nuevo y me beso en el espejo. Una sonrisa empieza a surgir, como una flor de acantilado en el olvido, enajenada y roja, imposible. Salgo a la calle de una tarde larga como el tiempo, como el sueño, como el ansia. Camino las aceras de la vida repentina e inconsciente. Veo a tantos sin ver a nadie. Flor enajenada e imposible. Y sin embargo, lúcido y desarmado arribo a tu balcón, y te grito, y te llamo una, dos, tres, infinitas veces, mientras las cortinas blancas se mecen al ritmo de la brisa, hasta que tu cara sorprendida rompe la fugaz eternidad, flor blanca de arena y agua, y yo te grito, alucinado y amante, que no vamos a morirnos nunca.


Tomado de: http://sevendepoesia.blogspot.com/


Acerca del autor:

Heterodontus - Mara Gena


Ahora se daba cuenta. Su tacto para los sentimientos era muy grueso.
Pretendía sostener diminutas piezas de emoción entre sus dedos de ogro. Pero, ¿qué podía hacer?. Lo había dicho con el contradictorio deseo de no decirlo. Demasiado débil. Demasiado tarde.
El llanto ahogado al otro lado de la línea tampoco era buena señal. Lo ponía inevitablemente cerca. Lo paralizaba. Lo hacía recordar todas las veces que había caído en la misma escena y que no podía evitarlo. “No debo volver a decir Heterodontus”, se dictaba como si alguien más estuviera tomando nota.
Pero era inútil. “Heterodontus” volvía.
La primera vez se dio cuenta de que había pronunciado “Heterodontus”, porque temblaba de risa. Recordaba que su jefe –primero porque no le costaba nada y en definitiva porque el ridículo le concernía a otro– lo había festejado ampulosamente. Con un guiño de más ¾ de perfil.
Pero el segundo “Heterodontus” ya no tuvo el mismo efecto. La segunda vez se encontraba en un bar. Era primavera y él aún andaba convencido de que además corría con la ventaja irrevocable de ser joven. Miraba por la ventana con la arrogancia de quien ignora que ha soltado un “Heterodontus” en voz alta.
El sifonazo se sintió frío en la espalda e hizo que su sonrisa se encogiera de golpe.
Con toda una tropa de indignación giró y apuntó sus pupilas encendidas a los comensales. Pero todos portaban caras de distraído y un sifón o dos sobre las mesas hacían de la pesquisa una tarea peligrosa.
Desde entonces se había visto involucrado en una serie de hechos incómodos con pasajeros, parientes, consorcistas y amigos; hasta llegar al testigo de Jehová que había intentado romperle un dedo. Sin embargo el verdadero escándalo, el escándalo íntimo, llegó de madrugada. Desnudo frente al espejo, se había sorprendido a sí mismo en un repetir monocorde de “Heterodontus” tras “Heterodontus” tras “Heterodontus”.
Resolvió a ir al psicoanalista.
Siete años y seis meses de terapia más tarde, apenas había sido clasificado como neurótico. Ni siquiera alcanzaba el grado de bipolar. Había excavado meticulosamente en los recuerdos de su infancia y podía recitar con soltura la mayor parte de sus traumas. En público, sin repetir y sin soplar, conseguía enumerarlos cronológicamente desde 1982. Además para asegurarse de no dejar rastros de “Heterodontus”, ocupó sin tregua hora tras hora de su agenda. Pero a pesar de las sólidas barreras, cronogramas y reuniones dispuestos a lo largo de los días, algo se filtraba. No podía olvidar el temor a la palabra.
En la soledad de su cuarto continuaba siendo esclavo. Prisionero de “Heterodontus”. Un mecanismo que se accionaba tan graciosa e implacablemente como el hipo. No había nada que él pudiera hacer al respecto. Nada. Comenzó a temer los ataques de “Heterodontus”. Se preocupó por imaginar catástrofes panorámicas. Profetizó bancarrotas. Destierros, estampidas y plagas. Pero inesperadamente el indicio de que estaba empeorando lo detonó la pequeña violencia con que servía los fideos. Se le escaparon tres grandes “Heterodontus” y una cacerola rodó por el suelo.
Esa misma tarde las embestidas se hicieron más violentas. Necesitó huir a la carrera de los puños del cuñado y del llanto de su ex.
Se daba cuenta ahora. Vagando por la ciudad como un arrepentido sin jinete. Desbocado. Desposeído. Sobre todo impotente. Queriendo darle una paliza a cada una de las letras que accionaba a “Heterodontus”. Anhelando clavarles sus dientes en el lomo. Cazarlas, darles muerte. Se daba cuenta ahora que sonaba su celular. Que el nombre de ella aparecía en la pulcra tipografía sin serif del visor.
Tomando aire destapa el aparato. Su voz se desbarranca en la estampida de salivas que va dejando tras de sí el HETERODONTUS.

Gate E9 MIA - Javier O. Trejo


En el aeropuerto de Miami es relativamente sencillo detectar cuáles son las gates de dónde salen los viajes para Buenos Aires. El bochinche argentino, o quilombo como decimos, es una marca registrada. Conversaciones en voz alta, estridencias, exhibiciones de paquetes y de marcas, ocupar todo el espacio posible son algunas de las características que distinguen a los viajeros argentinos. Es cierto que no ocurre con todos, y los que están fuera de esta descripción, siendo argentinos, sienten vergüenza por el comportamiento de sus compatriotas. Bettina Cohen no era la excepción. Llegó con tiempo a la gate E9 para esperar la salida a Ezeiza. Viajera frecuente por su trabajo se sentía a gusto con la remodelación del aeropuerto. No estaba ajena a la costumbre de aprovechar las ofertas y se había comprado una cámara de filmación digital de alta definición. Fiel a su hobby comenzó a filmar a algunos turistas en la E9.
‘Tenía pinta de cubano gordo’ decía un jovencito con marcado acento de Buenos Aires. 
‘...o sea, no será la montaña rusa pero está muy buena’ comentaba otro haciendo énfasis en el ‘la’. 
‘en Popeye te avisan que te van a mojar’, seguía el diálogo y Bettina pensaba en que podía editar lo filmado para que se viese como en la película Cloverfield pero para ello debería haber movido más la cámara. Tenía la cámara apoyada en su falda y movía el visor direccional para poder encuadrar. 
‘¡Qué lindo!, regio, te llamo mañana, chau’
Otro adolescente que participaba de una gran conversación entrecruzada entre varias filas de asientos, que tenía un volumen de voz más alto que el promedio, decía ‘por más que me levante a las seis de la mañana, no voy a tener cerebro boludo’. Bettina sonrió porque pensó que de todas maneras parecían no tener cerebro, porque le divirtió la expresión y porque pensó que además podría también filmar algo sobre el uso de la palabra boludo –o boluda- empotrada en todas las frases, toda una especialidad argentina. 
En ese momento se había expandido la ronda de personas y la presencia sonora se notaba cada vez más. Compras y liquidaciones, Disney y Universal eran los temas principales. Apenas se conocían y hablaban superponiéndose los unos a los otros. Había un veinteañero con una increíble capacidad para poder hablar, sin solución de continuidad, de los temas más banales y haciendo gala de un amontono de marcas notable: ‘¡la campera Armani me salió ciento cincuenta dólares y allá sale dos lucas boludo!’ remató una de sus frases. 
Todo el diálogo era una suma de intercambios de lugares comunes y frases estándares, hechas y vueltas a decir, que usadas una y otra vez arman un entramado, una red, como una esfera verbal cuyo núcleo es la nada misma. 
El hermano de Bettina, el Pato, le dijo a Bettina que le preste la cámara que él quería filmar, se emocionan le dice al oído. Bettina le pasó la máquina que seguía filmando y pensó que era cierto, el veinteañero estaba exultante y la búsqueda verbal de la mejor compra o de la mejor experiencia en un parque de diversiones, era la que determinaba el ritmo y la plástica del diálogo, de la emoción, del entusiasmo. 
Detrás del círculo de jóvenes estaba el círculo de las madres que observaban embelesadas a sus hijos, y era a ellas a quién el Pato filmaba.  Enfocó unos ojos húmedos y pensó que se emocionan igual que al pagar las entradas y pensó también que era cierto, hay emoción en medio de esas banalidades. Continuó el plano secuencia filmando a cada una de las madres y se detuvo en la que sostenía la mano de su hija adolescente. 
Cuando llamaron de la E9 a embarque el grupo se levantó apurado para llegar primeros a la fila. Al rato Bettina le pidió la cámara a su hermano, la guardó y subieron resignados al avión. 
Ubicada en su asiento pensó que debía trabajar mucho en la película. Prendió la cámara y miró por el display algunas de las escenas. 
‘Qué linda, ¿cuánto te costó?’ preguntó una mujer sentada a su lado. Bettina vio un cierto brillo en esos ojos y pensó que era una lástima no estar filmando.

martes, 27 de julio de 2010

Apuesta – Sergio Gaut vel Hartman


Subió los escalones con decisión y nos dio la espalda. Las plumas estaban sucias. El portero le dijo algo, pero no podíamos oír las palabras por culpa de la distancia. Siempre la culpa. Al principio pudimos ver que estaba tenso, aunque luego pareció relajarse; empezó a moverse y metió una mano, la izquierda, en el bolsillo. Luego retrocedió tres pasos y sacudió la cabeza. Apunté con cautela y disparé. Le di entre las alas, que se tiñeron de verde casi de inmediato.
—Dame mis quinientos —dije extendiendo la mano.
—Ni siquiera cayó al suelo y ya estás reclamando la plata, ¡roñoso! —Sofía metió la mano en el bolso y sacó los quinientos. Me los dio como con asco.
—¿Es un vegetal? —dijo Marco frunciendo el ceño.
—¿Por? —Para mí era irrelevante a qué reino pertenecía.
—La sangre, es verde.
—No es sangre, idiota —escupió Sofía—. Este mata a un ángel sin que se le mueva un pelo y vos suponés que es un vegetal. No sé por qué me acuesto con ustedes.
—No es un ángel —dije—. Si lo fuera no habría muerto.
—No morí —dijo Bruno levantándose y viniendo hacia nosotros—. No soy un ángel, pero tengo sangre verde. ¿Es importante?
—Es irrelevante —dije. Vacilé un momento y le devolví los quinientos a Sofía. Ella ni me sonrió.

Un lunes - Javier López


Hoy es lunes, y tenía una reunión importante en la empresa. Junto con otros directivos, íbamos a decidir algunas estrategias comerciales respecto a unos nuevos clientes.
Para acudir a la reunión, la noche del domingo había tendido mi mejor camisa en un pequeño soporte que tengo en el exterior de la ventana de mi habitación. Está prohibido, porque la fachada da a una de las avenidas principales de la ciudad. Pero nadie se iba a percatar, siendo de noche, de la presencia del minúsculo tendedero. Y menos teniendo en cuenta que vivo en un piso veintisiete.
Cuando me he levantado lo primero que he hecho ha sido abrir el ventanal. Recogería la camisa y la plancharía. Ya andaba con el tiempo justo. Y en el mismo momento que abría la corredera, vi que una paloma acababa de dejar un asqueroso cerco sobre mi mejor camisa. Al sentir el ruido de la ventana ha echado a volar, pero mi reacción ha sido tratar de agarrarla para despachurrarla. Con tan mala suerte que mi cuerpo se desequilibró y los pies perdieron el contacto con el suelo, y el peso del torso echado hacia adelante me hizo caer al vacío.
"Estoy muerto", pensé mientras el pavimento de la avenida se acercaba cada vez a mayor velocidad a mi cara. Pocos segundos después, oí un ruido como el que harían una docena de huesos grandes siendo aplastados por un molino de piedra. El dolor era indescriptible, hasta el punto de que ya no sabía si es que los muertos recuerdan el dolor que les produjo la muerte, o estaba vivo y semiinconsciente pero no había perdido la capacidad de sufrir.
Lo último que recuerdo, antes de tomar contacto con el suelo, es a un señor con bigote, gabardina, gafas de pasta y sombrero, que daba un saltito para apartarse cuando yo tomaba contacto con el suelo. "¡Qué susto me ha dado!" —escuché que decía como si yo fuera un atracador que hubiera aparecido de la nada. "Hijo de perra —pensé—, ¿no ve que me estoy matando?".
Sea como fuere, al rato comencé a oír otras voces a mi alrededor. Y, lo que es más extraño, creí que podía ver a las personas que me rodeaban. Efectivamente, ahí estaba el señor del bigote, con gesto circunspecto y casi incómodo; junto a él, una señora muy mayor y pequeñita, encorvada y apoyada en un bastón, que preguntaba: "Hijo, se ha hecho daño". Y yo... "¿señora, usted qué cree?" y... "no me llame hijo", aunque esto último no sé si lo llegué a decir. También había una chica joven que hablaba con un par de amigas. "¡Qué lástima! Es joven y está de buen ver". Y de nuevo la señora del bastón: "Ya he llamado al cerosesentaiuno".
Pocos minutos más tarde sonaba la sirena de una ambulancia y mientras, misteriosamente, los dolores comenzaron a remitir. No del todo, pero al menos no era esa sensación de estar quebrado en mil pedazos que creí sentir al principio. Fue tanta la mejoría que conseguí incorporarme. "¡Ohhhhhhh, esto es un milagro!" —exclamó la viejecita con voz aflautada y temblorosa. Y yo... "sí, señora. Hoy es mi día de suerte: se me apareció la mismísima Virgen".
Entonces pude sentir que un par de tipos fuertes me tumbaban sobre una camilla y, mientras uno me clavaba una aguja en el brazo izquierdo, el otro trataba de inmovilizarme el cuello con un collarín. Con enorme rabia arremetí contra ambos, preguntándoles que qué demonios hacían. "Le he cogido una vía" —contestó uno de ellos. "Le inmovilizo el cuello, puede haber lesiones" —dijo el otro. Y un tercero, que supongo era el conductor de la ambulancia, me preguntó, con la cara pálida ante mi reacción: "Señor, ¿le ocurre algo?". Ahí ya detoné: "¿Que si me ocurre algo? Me ocurre que acabo de caerme de un piso veintisiete, que hoy es lunes y llego tarde al trabajo, y que todos ustedes me están dando la mañana. ¿Entiende?" —le grité.
Afortunadamente tenía el pantalón puesto y dentro del bolsillo estaban las llaves de casa. Me dirigí hacia el portal con toda aquella gente mirando y haciendo comentarios de toda clase. Al menos tuve tiempo de ponerme otro pantalón limpio, buscar otra camisa, que no era mi favorita, y fui a mi maldita reunión de empresa.
El resto del día no ha estado mal, para tratarse de un lunes.

El puño izquierdo de Cenicienta - Daniel Frini


Se hicieron las doce, la una, las dos. A las seis de la mañana, todos los invitados se habían retirado, la orquesta se había dormido en sus asientos (apenas el trombón continuaba tocando con un «tua-tua» insulso); el príncipe estaba sentado en el trono, tratando de desanudarse la corbata que tenía atada en su frente, la camisa blanca fuera de los pantalones y manchada de vino, y la bragueta abierta. Sólo un guardia quedaba en el salón del palacio. Llevaba puestos unos anteojos con nariz a lo Groucho Marx, una peluca de bucles rubios; y soplaba, tontamente, un cornetín.
Cenicienta seguía bailando, descalza, con los zapatos de cristal en sus manos; mientras su madre y sus hermanastras se aburrían en la última mesa del rincón, y el hada madrina miraba, impaciente, su reloj; sin entender que tantos años de sometimiento habían desarrollado la conciencia social de Cenicienta, y sus contactos en los sindicatos eran perfectamente capaces de organizar, para las doce de la noche en punto, un paro sorpresivo de choferes de carruajes.

El sacerdote - Camilo Fernández


En cuanto el viejo sacerdote recibió la noticia, sus ajadas facciones se tensaron. Frente al maltrecho soldado, intentó digerir la bofetada de realidad. El enemigo se encontraba a las puertas de la ciudadela y las fuerzas del Cacique nunca llegarían a tiempo.
Conocía su destino. Con voz calma profirió una orden al soldado. En cuanto el guerrero se alejó a paso largo, giró hacia los cinco jóvenes sacerdotes que lo esperaban preocupados.
Las órdenes fueron precisas. Cuatro de los religiosos se alejaron en busca de diferentes grupos. Vírgenes, nodrizas, científicos y esclavos aguardaban atemorizados. El quinto hombre se arrodilló ante la experiencia en busca de la indicación final. Escucharla provocó un vacío en su interior. Reclutar un grupo de esclavos y destruir todo lo que no pudieran cargar.
Con escasa escolta militar y respetando la jerarquía de cada grupo, los habitantes de la ciudadela se alejaron rumbo a la selva utilizando el puente secreto. Desde lo alto, el anciano sacerdote recorrió con la mirada. Suspiró débilmente y se dirigió hacia su protegido exigiéndole que se encargara de guiar el grupo.
Sin mediar saludo, el anciano le dio la espalda y caminó lentamente hacia las puertas de Machu Picchu.

Tomado de http://2centenas.blogspot.com/

Titanes en el ring - Martín Gardella


—¡Ya llegó Karadagián, el gran Martín! —gritaba parado en una de las esquinas de la cama que usábamos como improvisado ring.
En la otra punta del cuadrilátero, mi primo me esperaba vestido en pijamas, para trenzarnos en una lucha como las que, semanalmente, veíamos por televisión. Yo imitaba al gran campeón mundial de catch, y él a la temible momia blanca, el único rival que era capaz de vencerlo. Cada vez que me quedaba a dormir en la casa de mis tíos, aquella era nuestra rutina favorita al despertar: gritos amenazantes, golpes certeros, contorsiones y forcejeos, hasta que alguno de los dos quedará de espaldas contra el colchón, pidiendo clemencia. Cada mañana, recuerdo esos divertidos y peligrosos juegos de mi infancia, al observar con orgullo, frente al espejo, las imborrables marcas de aquellas batallas: dos pequeños puntos de sutura, dibujados en el lado izquierdo del mentón.

Tomado de: http://livingsintiempo.blogspot.com/

domingo, 25 de julio de 2010

El congreso – Sergio Gaut vel Hartman


Gregor Samsa entró, airado y prepotente, al salón principal del LXIV Congreso Internacional de Microficciones.
—¡Estoy harto de que me pongan de personaje sin mi consentimiento! —gritó interrumpiendo al disertante, a la sazón el escritor de Cipolletti Eduardo Gotthelf.
—No se haga la víctima —dijo el dinosaurio—; cuando desperté, Monterroso se había ido y lo sigo esperando. Dejó las cuentas sin pagar.
—No es el caso —replicó Kafka blandiendo un fajo de papeles. Luego, sacó una brida del morral que llevaba colgado del hombro y la pasó alrededor del cuello del escarabajo—. Estamos al día.
—¡El día que me quieras, la rosa que engalana…! —cantó un mozo peinado a la gomina.
—¿Usted escribe microficciones? —preguntó Hemingway apurando el resto de su trago—. Tengo un par de zapatos de bebé, casi sin uso. Hace años que trato de venderlos y nadie los quiere comprar. 
—No tengo hijos —replicó el cantor, molesto por la perturbación.
Hemingway lo miró con desconfianza, tambaleándose a causa de la merluza, con tan poca fortuna que acertó a ponerse en el camino de Samsa que era paseado por Kafka. El autor de Adiós a las armas cayó de culo y se puso a llorar.
—¿Cuántas palabras puede tener una microficción, como máximo? —preguntó un novato.
—No puedo habar de lo que no conozco —dijo Violeta Rojo—. Pero esta tiene cuatrocientas cuarenta y cinco, si no conté mal.
—¿Tiene o tendrá? —replicó Martín Gardella, con astucia de abogado.
—Parece una microficción caótica, aleatoria y trucha —largó un hombre regordete y calvo entrando a la sala subido a una nube de arrogancia.
—¡Monterroso! —exclamó el dinosaurio—. ¡Por fin! ¿Trajo el dinero de las cuentas?
—No, pero con su venta al F. C. Barcelona podré saldarlas.
—¿Me vendió al Barcelona? —El dinosaurio no lo podía creer.
Monterroso asintió. —Jugará en el lugar de Messi, que ahora se dedica al ajedrez.
—¡Ajedrez! —Un anciano ciego arremetió con su bastón contra la multitud—. ¡Microficciones! —Pegaba con suma precisión, a despecho de su invidencia—. ¡Internet! —La cabeza de Monterroso se partió como un zapallo podrido y del interior salieron animales como para llenar el Arca de Noé—. ¡Vulgaridades! ¡Groserías! ¡Impertinencias!
—Cálmese, don Jorge —dijo Kafka tomando de un brazo al escritor ginebrino—. Lo llevaré a conocer a Nabokov.
—¡Que las señoritas presentes no piensen mal de mí! —exclamó un hombre con un extraño bigote pintado—. Mi interés por ellas es puramente sexual.
—Se declara cerrado el LXIV Congreso Internacional de Microficciones —dijo Esteban Dublín levantándose súbitamente de la silla. Y luego, inclinándose sobre Ana María Shua, le susurró—: No sé cuál de los Marx es éste, pero por las dudas y para evitar que se politice la cosa…

Vacas - Esteban Lafon Blon


El tren llega a la estación Virreyes como una bestia forzada por los azotes. La multitud se amontona frente a las puertas. Dentro del vagón los cuerpos  fermentan, y un petizo  lucha por no quedar sepultado bajo una avalancha de culos. Tan cerca de mí que da vértigo, una gorda forrada en cuero negro se maquilla a sus anchas, como una diva en un camarín del “Maipo”. Los trazos bruscos y los disparatados colores me recuerdan a esos mamarrachos que mi sobrino garabatea en paredes, puertas y cuadernos; a esos bizarros grafitis que embadurnan los baños de las estaciones. Indiferente a nuestras miserias, una parejita echada en el piso contra una de las puertas se lastima a besos. Cada tanto, la gorda los relojea con ganas de comérselos crudos.
En este estofado el aire es soporífero: cabeceo, se me aflojan las piernas, me aplasta el cansancio. 

Estoy en un Falcon celeste modelo 71. Al volante, papá disfruta del viaje y mi compañía. Yo también disfruto. Vamos hacia la costa por la ruta 11. El tráfico es intenso. En una curva, un camión de ganado nos obliga a reducir la velocidad. El camión marca el paso durante varios kilómetros, no podemos adelantarnos. Atrás, la caravana serpentea hacia el horizonte. De pronto una granada de bosta revienta sobre el capot y enchastra el vidrio. Papá activa el limpiaparabrisas y putea. Un hilo de bosta se filtra por la ventanilla y se hace collar en su papada. No entiende de qué me río. Le alcanzo un trapo y le señalo el cuello. Se mira en el retrovisor y se pone serio, como cuando examina mis calificaciones. Sin apuro,  comienza a asomar una sonrisa. Nos reímos como nunca, un largo rato.
Desde la jaula un novillo me sostiene la mirada. Me parece reconocer inteligencia y tristeza en los enormes ojos, como si supiera que el final del viaje es la góndola de una carnicería. El churrasco del almuerzo me retuerce las tripas. 
El portón de la jaula se abre convirtiendo la ruta en una trampa mortal. Cae una vaca. Rápido de reflejos papá esquiva al animal, que se estrella en el pavimento. No alcanzamos a reponernos del susto, cuando un segundo animal nos impacta de lleno...

—Sáquela.¡Sáquenla!¡Sáquenlaaaaaa!
Mi propio grito me regresa a la jaula del tren.
Dos hombres fornidos me quitan la vaquillona de encima.  
—Disculpá —muge la borrosa mole en cuatro patas. 
Restriego mis ojos, la imagen se vuelve más nítida. Parpadeo… y aparece la gorda-mamarracho. 
—No es nada —le digo, reprimiendo las ganas de achurarla, de gritarle asesina. La vaca hace unos desagradables movimientos con el hocico y desaparece por el pasillo.
—¿Estás bien? —me pregunta un hombre mayor. 
—Un poco mareado… 
—Sentate —dice, ofreciéndome el lugar. 
Me siento y hundo la cara húmeda en mis manos: estoy de duelo. 
Nunca el sueño, que me asedia desde chico, llegó tan lejos. El recuerdo del accidente se presenta por primera vez sin interrupciones, como una secuencia cinematográfica de nitidez abrumadora. 
Veo a mi padre retorcido entre los hierros del coche en la banquina. En uno de los tumbos, yo había salido milagrosamente despedido a través  de la ventanilla. Había rodado por el barro y el pasto hasta golpear contra un árbol. 
Una rápida mirada a la redonda me revela un panorama aterrador: choques múltiples, heridos, gritos espantosos, un humo negro y dulzón. 
Me veo renguear hacia esa chatarra sin forma que era nuestro Falcon. Mi padre sangra por la nariz y la boca. No puede mover las piernas: quedó atrapado entre el techo hundido y el volante. Al verme a salvo, el dolor se le aleja y se reconcilia con Dios: le agradece, repite “¡Perdoname!” y esboza un rezo. Me toma de la mano, yo lo ayudo con la letra del padrenuestro. Al terminar la oración, balbucea unas palabras —las palabras más amorosas (lo descubro ahora, mientras las oigo y me derrumban) que un padre puede regalarle a un hijo— y muere. Me tiro a su lado y lo lloro: quiero morir con él. Al rato nos interrumpen las sirenas, y dos enfermeros me arrancan de papá. Agoto mis infantiles fuerzas para quedarme, me aplican una inyección. Me arrastran a una zona apartada, y, cuando logran sujetarme a una camilla, el Falcon estalla. 
Desperté en la sala de terapia del hospital de Pipinas, dos días después. Había tenido una crisis de nervios y me mantenían sedado. Mamá me acariciaba. 

La gran jaula se abre en Retiro, la gente se escurre por los molinetes. Unos pasos adelante camina la parejita, y entrando a la boca del subte brilla la gorda. Parece linda. A ella le debo las últimas palabras de mi padre. Palabras que nunca hubieran sido mías sin su intervención. La sigo: necesito saber su nombre.

viernes, 23 de julio de 2010

Trenes – María Pía Danielsen


Juan contaba los vagones pasar. El ritual era idéntico todos los días. La policía no lo molestaba. No robaba ni provocaba disturbios. Cuando le tocaba la ronda al agente López conversaban. Era su único amigo y lo hizo partícipe de su secreto: mirar los trenes no significaba matar el tiempo.
El tren de la aurora llevaba el rostro del padre, muerto en la zafra azucarera. El segundo, el de su madre, que hacía las más ricas tortillas. El tren del mediodía era de Julia, su compañera y mujer. La que cuidaba de él y de los tres hijos. El siguiente tren de la tarde, el más largo y bullicioso, reflejaba la cara de sus tres varones. Que jugaban a la pelota y remontaban barriletes.
Los vagones del ocaso resultaban difíciles de observar, por eso se acompañaba con un tinto. El chirrido repicaba en sus oídos de igual manera que el impacto del choque al ser atropellado por el autobús sin frenos.
El último tren de la noche, negro y hermético, que llegaba cuando el alcohol ya había hecho su efecto, se parecía a las tumbas que se llevaron no solo los cuerpos, sino también la cordura de su vida.

Tomado de: http://elhuecodetrasdelaspalabras.blogspot.com/

El pianista – Héctor Ranea


En medio de una presentación como la que estaba realizando, no fue nada apropiado que sus manos, reflejadas en el panel central, empezaran a tocar por sí solas en el teclado reflejo pero, como conservaron la armonía y el tempo la gente, lejos de notarlo, se sorprendió de la maravilla que estaba ocurriendo aunque sin saber bien qué era. Estaban escuchando, sin saberlo, un piano tocado a cuatro manos por una sola persona. A medida que transcurría el recital, el pianista comenzó a notar con espanto que esas manos reflejadas tomaban un acento diferente, el toque era un poco más preciso que el suyo, la velocidad algo mejor aunque aún menos expertas que sus manos reales. La gente no cabía en su asombro. Jamás habían escuchado un pianista con tanto talento. Al llegar al Segundo Concierto para Piano y Orquesta, el Director no estaba ya seguro de seguir dirigiendo o dejar todo y escuchar ese prodigio. Arrancó una ovación extemporánea (incluso de algún músico de la orquesta) en el pasaje de las octavas, porque nadie entendió cómo pudo hacerlo con tanta fuerza, precisión y velocidad; de hecho ni él mismo. Era estupendo, todos entendieron que estaban escuchando a un ser superior.
En los recitales que siguieron a ese, la muchedumbre se agolpó para agotar la taquilla, tanta era la fama del pianista. Y este repetía, cambiaba, tocaba piezas nuevas pero las manos duplicadas nunca fallaron. El pianista desesperado no sabía cómo retornar a su mediocridad inicial, porque al menos esa mediocridad podía manejarla, en cambio, esas manos endemoniadas no tenía idea cuándo podían fallar o volverse en su contra. Sus pesadillas estaban atestadas de manos que lo acariciaban para después propinarle palizas titánicas. Al despertar, empapado de sudor, recordaba cierta película en blanco y negro cuyo nombre no quería pronunciar.
Entre los compositores más afamados del momento, varios le ofrecieron partituras especialmente hechas para esas cualidades mostradas y nunca dejó de estrenar una sola, incluso con resultados más espectaculares que los buscados por los autores porque, fuerza es decirlo, él mismo estaba aprendiendo de sus manos como los boxeadores aprenden de sus sombras. Con el tiempo, aprendió que las manos del panel eran tan confiables como las suyas propias y comenzó a tranquilizarse y a disfrutar del momento que pasaban juntas, sus manos y las otras. A partir de ese momento, hasta los mismos críticos lo señalaron, su piano era una nueva forma de orquestar una pieza. Se había convertido en una estrella.
Hasta que llegó un aciago día, siempre llega, en que lo invitaron a tocar en un pueblo y él, como todo buen pianista, tomó el tren y apareció ahí. Cuando vio el piano se desvaneció. Tenía el panel frontal completamente despintado. Intentó tocar pero las manos suplementarias no podían aparecer. Se le acabó la magia.
Desde esa noche no volvieron las manos. Así como habían aparecido, desaparecieron. En poco tiempo lo hemos olvidado, o casi

Shakespeare contra el dinosaurio - Juan Manuel Valitutti


—¿Me quiere decir qué tiene de literario el cuento del dinosaurio de Monterroso?
Miré al tipo por enésima vez, y junté aire.
—Sí, ya sé que soy un jodido —continuó él—, pero, ¿qué quiere? ¿O usted sabía que nos íbamos a atorar hoy en este ascensor?
“No, la verdad es que no lo sabía”, pensé apesadumbrado.
Abandoné la contemplación de las puntas de mis zapatos y traté de sostenerle la mirada a mi interlocutor.
—Soy un plomazo, ¿no? —me dijo.
Solté la risa.
—¡Y bueno! Las cosas son así... —Me extendió un cigarrillo—. ¿Gusta? ¿No? —Se guardó el cigarrillo—. Hace muy bien, ¡muy bien! Yo, lo que pasa, ¿sabe?, es que soy un jodido... —Sacó el cigarrillo de nuevo y se lo llevó a los labios—. Con todo este trabajo que me encajaron para el fin de semana, y yo que ni siquiera puedo salir de un ascensor... —Empezó a dar saltitos de risa, y encendió el cigarrillo—. ¡Qué jodido! ¿Y? —Me miró—. ¡No me dice! ¿Para qué carajo sirve el dinosaurio de Monterroso? Porque usted dice Shakespeare y... ¡bué! Para qué le cuento, ¿no? —Frunció el entrecejo—. ¿Cómo era que le entraba el tipo...? ¡Ah, sí! —Me alcanzó el antebrazo con las puntas eléctricas de sus dedos exaltados—. “¡Ser o no ser!” —recitó—. ¡Qué lo parió, qué lo parió! —Movía la cabeza al tiempo que escupía el humo—. El psicoanálisis entero en cuatro palabras, ¿eh? ¡Qué tipo! Pero, con Monterroso, ¿qué mongo hace? —Se rascó la barbilla—. “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Creo que decía así, creo. ¿Y? ¿Qué hace con eso? —Me miró—: ¡Nada!
“¡Ascensor!”, pensé yo.
—¡Uyyy! ¿Lo sintió? ¡Se mueve!
¡Efectivamente, el ascensor se había apiadado de mí!
—¡Escúcheme! —me dijo—: Le doy exactamente... siete pisos para que me convenza de que el dinosaurio ése sirve para algo, ¿vio? —Mordió el cigarrillo—. Shakespeare... —susurró el tipo, mientras bajábamos al infierno de la planta baja—: ¡Qué lo parió!
No tenía nada que perder, así que me animé, y ensayé una respuesta:
—Bueno, ¿sabe? Si me permite… —El tipo me miró con la más genuina consternación reflejada en el rostro: aparentemente no podía creer que fuera yo un ente con vida—. Si me permite usted, digo, creo que el Maestro guatemalteco elabora una Poética, cuyo sentido último aspira a convencer mediante el recorte…
—Ne entiendo nada —me soltó el tipo, en medio de una nube de tabaco.
—Quiero decir —intenté yo—, usted mencionó al isabelino...
—¿Yo mencioné a quién? —El plomazo empezó con sus saltitos de risa—. ¡Mire que encontrarme a un jodido más grande que yo! —tosió—. ¡Y en un ascensor!
A todo esto, el ascensor se había vuelto a trabar: ¡ahora, en el tercer piso!
—Pruebe con la alarma —me dijo mi acompañante.
Yo oprimí el botón, pero no ocurrió nada.
—¡Qué jodido! —juzgó el pro-isabelino.
Debo admitir que en ese momento perdí la cabeza.
—¡Pero, carajo! —rugí—. ¿Puede pasar algo más?
¡Para qué hablé!
Falló la luz y Shakespeare y yo nos quedamos a oscuras.
—Grite —sugirió el buen hombre.
—¿Qué?
—¡Grite! —insistió el tipo—. ¡No ve que no nos van a encontrar ni con antropólogos!
No sé por qué, ¡pero lo que dijo me hizo gritar como una niña en apuros!
Gritaba y gritaba, hasta que…
¡Las luces volvieron y las puertas del ascensor se abrieron!
—¡Qué la parió…! —susurró mi compañero casi en un hilillo de voz.
Había entrado al ascensor una morocha de ojos verdes. Las puertas se cerraron a sus notables espaldas. Yo traté de recomponerme lo mejor que pude porque estaba hecho un estropajo. De pronto, sentí que el sujeto me chistaba. Lo miré, mientras me ajustaba el nudo de la corbata. Con señas me dio a entender que retomáramos la confrontación Shakespeare/Monterroso. Mientras tanto, la morocha se afanaba con el botón de la planta baja: ni la gloria de ese dedo podía con la encabritada tecnología.
Yo no atinaba a hacer nada, así que…
—No se moleste —le comunicó mi compañero a la nueva pasajera—: el ascensor anda mal.
La morocha se volvió, con la alarma en los ojos.
—¡No se preocupe! —se apresuró a agregar el tipo—. Lo mejor en estos casos es esperar, ¿no, mi amigo? —Me guiñó el ojo y yo esbocé una diminuta sonrisa—. Y si el asunto se pone peor —continuó el adalid de las Letras—, aquí está mi compadre que sabe gritar como una “magdalena-dele-que-llora-a-moco-tendido” —concluyó, articulando el entrecomillado con sus manos.
La morocha se rió, lo que puso en guardia a Romeo.
—Hablábamos de Monterroso —atacó—. ¿Lo conoce?
—¿El del dinosaurio…? —preguntaron los ojos verdes.
¡Para qué! El tipo se encendió como un arbolito de Navidad.
—¡Ése, ése! Justamente…
Entonces el ascensor arrancó, rumbo a la consabida planta baja.
—¡Ése, sí! Qué lo pario, ¿eh? ¡El Psicoanálisis entero en cuatro palabras!
El ascensor culminó su viaje al fin, y las puertas se abrieron a la recepción del edificio.
Romeo y Julieta emprendieron la retirada.
—Yo creo —le deslizaba el tipo a la morocha— que el Maestro isabelino trata de recortar una Poética cuyo sentido último…
Salí también del ascensor.
¿Cómo dicen? ¡Ah, sí! Shakespeare contra el dinosaurio…
¿Qué les parece si lo declaramos un empate, eh?

miércoles, 21 de julio de 2010

Biografía de un hombre corriente por casualidad - David Moreno


Nació una madrugada de mayo y no en abril por cuestión de horas. En Villarriba, porque en Villabajo no había hospital de maternidad. Se llamó Ricardo como su padre y como su abuelo. Se educó en un colegio de curas, simplemente por capricho de su abuela materna. Prefirió el fútbol porque no daba la talla para el baloncesto y el tenis, a su padre le parecía deporte de ricos y el karate, de muy brutos a su madre. Estudió geología porque no le llegó la nota para veterinaria. Le gustaron más las morenas, pero se casó con una rubia, con la que tuvo dos hijos. Pudo ser millonario si su boleto en vez de acabar en seis lo hubiese hecho en cinco. Y, pudo ser uno de los escritores más famosos de la historia pero prefirió guardar sus libros en el sótano de su casa, sin que nadie los leyera. Finalmente, aunque se salvó unas cuantas veces, murió de viejo.

Tomado de http://nocomentsno.bogspot.com


Acerca del autor:
David Moreno

La canción - Héctor Gomis


El hombre estaba en blanco. Llevaba mucho tiempo sin escribir una nota, y la falta de inspiración le comenzaba a preocupar, nunca había tenido un periodo de sequía tan largo. No era un compositor muy prolífico, pero era raro en él que le costara tanto concentrarse. Se levantó del piano y se dirigió vacilante a la ventana. Pensó que quizá un poco de aire helado de la noche serviría para despejar su aletargado cerebro. Abrió los postigos de la ventana y vio reflejado su rostro en el cristal. Se vio guapo. A pesar de los años y del duro castigo que había sufrido su cuerpo, seguía siendo atractivo, fuerte. Sus ojos ya no lucían con la intensidad de antaño, pero mantenían su extraña belleza.
El hombre abrió la ventana, se desabotonó la camisa y sacó medio cuerpo. Fuera, un grupo de niños martirizaban con piedras y palos a un perro vagabundo. El animal se defendía como podía de los ataques de aquellas bestias de apenas trece años, ladraba desaforado y lanzaba dentelladas al aire intentando intimidarlos. Pero los niños seguían con su acoso sin preocuparse del peligro.
Hubo un tiempo en el que el hombre hubiera gritado a los niños, o incluso hubiera bajado a detenerlos, y hasta puede que, apiadado del pobre animal, lo hubiera acogido en su casa. Pero ese tiempo ya pasó, la vida le había enseñado a quedarse encerrado dentro de su mundo y no mezclarse en los asuntos de los demás. Ahora, todo lo que traspasara el umbral de su puerta pertenecía al extranjero, a un país extraño y cruel que no quería visitar, a un lugar que no era el suyo.
Cerró la ventana y, en un ataque de ira e impotencia, cogió la partitura del piano y la lanzó al fuego de la chimenea. Se sentó en el suelo a ver como ardía, con su bonito baile de cenizas y llamas azules, y trató mientras de recordar la música que se estaba perdiendo entre el humo. Era una melodía pequeña y hermosa, un sonido que había acunado en su mente durante días hasta que nació en forma de notas garabateadas con tinta. Era una canción que no le hizo falta tocar nunca, porque le salió a borbotones de la cabeza al papel. Después de componerla, no había podido escribir una nota más. ¿Para qué?, pensaba, no voy a hacer nada mejor en mi vida. Era una canción que nadie más había oído, y que el hombre había decidido que nadie oiría jamás.
El hombre esperó a que se hubiera destruido hasta el último pedazo de partitura y luego apagó el fuego con un poco de agua.
Se volvió a asomar a la ventana y espero a que los niños se hubieran cansado de su cruel juego. Cuando estuvo seguro de que no volverían, bajó a la calle y encontró al perro tirado en el asfalto. El animal aún respiraba, pero el hombre casi podía ver como se le soltaban los últimos hilos que le ataban a la vida. Se agachó a su lado y le cubrió el cuerpo con su chaqueta. Mientras le acariciaba la cabeza, el hombre le tarareó bajito su canción, esta es sólo para ti pequeñín, pensó mientras lo hacía. Con la última parte de la melodía el perro cerró los ojos, y después de oír la última nota murió.
El hombre dejó su chaqueta sobre el cuerpo del animal y se alejó de allí. Dio un largo paseo, durante el cual pensó que su canción sonaba aún mejor de lo que había imaginado, y se alegró de que fuera lo último que escuchó la pobre bestia antes de irse. Sabía que era un pobre regalo en un momento inoportuno, pero aún así, deseó que cuando llegara su momento a alguien se le ocurriera hacerle un regalo igual.


Tomado de http://uncuentoalaseman.bogspot.com

El Sueño - Walter Böhmer


Despertó con la sensación de humedad, se tocó la entrepierna inmediatamente y lanzó un suspiro al darse cuenta que todo estaba bien. Se levantó en penumbras, tanteando en la oscuridad. El sueño todavía revoloteaba en su mente, debía asegurarse que todo estaba bien, que cada cosa seguía en su lugar.
Odiaba los sueños vívidos.


Iba reconociendo las cosas a cada paso, oyendo sus movimientos, el eco de la respiración que manaba por el pasillo

.
Empujó la puerta corrediza y su mascota se levantó de un salto, se apresuró a ir a sus pies y besarle las pantuflas.


–Soñé que ustedes dominaban el mundo y me meé encima –le dijo a su mascota mientras soltaba una risita–. El mundo dominado por humanos, qué locura.


El humano lo quedó mirando con adulación, pero pensó que tal vez algún día podrían dominar la tierra, pero se rió de si mismo. Si fuese así, el mundo sería un caos.

Tomado de Apología de los miedos

lunes, 19 de julio de 2010

Mal día para un escritor - Sergio Gaut vel Hartman


Francamente no sabía por qué vibraba de ese modo, qué emoción le inspiraba ella ni qué era lo que debería sentir. A través de los años, se había involucrado paulatinamente en una situación de la cual ahora no podía evadirse, y él no veía ninguna salida; había llegado demasiado lejos. La técnica había enraizado en su vida cotidiana y los frutos del mal habían madurado. Pero ¿se animaría a pedirle consejo? ¿Era ella la indicada para sugerir el rumbo a seguir? Después de una década de convivencia habían construido tanta intimidad —o más— que la que teje un matrimonio. Pero ellos estaban separados por un abismo y estaba seguro de que si le permitía elegir, Leticia elegiría seguir con él, a pesar de que era obvio que se estaban destrozando mutuamente. Reunió toda su energía, inspiró profundo y tratando de penetrar con sus ojos y todos los demás sentidos en el universo que ella habitaba, dijo:
—Querida: nunca podré terminar esta novela; he decidido abandonarla, y no sólo eso, para no ceder a la tentación de retomarla, la voy a quemar.
—¡No! No podés hacerme eso. —Tal como él había sospechado, Leticia empezó a llorar.
—No hay otra salida. Estoy bloqueado. Me voy a dedicar a las microficciones.
—¿Y estarás con una diferente cada día? ¿Con dos o tres por día? ¡Eso se llama traición, promiscuidad; es repulsivo, perverso, roñoso!
No imaginó que reaccionaría de ese modo. ¿Celos? ¿Podía un personaje estar celoso del escritor? Tomó el manuscrito y lo arrojó al fuego sin vacilar. Leticia, a sus espaldas, descargó los seis tiros del Colt que había obtenido en una novela de Zane Grey. Dos impactaron en la nuca y los otros cuatro… ¿acaso importa?

Semántica onírica - Javier López


Los cuatro expedicionarios caminábamos por la selva india. Un lugar hermoso y fascinante, en el que el peligro acecha cada metro que avanzas.
Y ese peligro se encontraba agazapado en un montículo de unos tres metros de altura. Sin haberlo visto antes, sin darme tiempo para reaccionar, un tigre volaba por los aires a mi encuentro.
El salto del felino desde el promontorio lo colocó en décimas de segundo a centímetros de mí, hasta que pude sentir que sus zarpas se posaban sobre mis hombros y todo su peso caía sobre mi pecho, derribándome.
Supe de inmediato que ya no tenía escapatoria, que estaba viviendo los últimos instantes de mi corta vida y moriría devorado por aquel colosal ejemplar.
Justo cuando iba a asfixiarme por la presión de sus fauces sobre mi cuello, el animal se deshizo en una lluvia de fuegos artificiales de color rojo intenso, y proyectó una gran cantidad de humo de ese mismo color.
Entonces desperté. Y supe que el tigre, con el que había estado soñando, debía ser de Bengala.

sábado, 17 de julio de 2010

Artículo de fe - Mónica Sánchez Escuer



A Mayán y Lucas


A las dos de la madrugada, la hermana Eduviges despertó a toda la congregación de un timbrazo. La madre superiora por fin había llegado. No hubo recepción, ni flores, ni obispo. Todas las monjas la miraron con curiosidad, pero nadie preguntó nada. Ella sólo dio las buenas noches en voz baja, como si no quisiera terminar de despertarlas, y se fue a dormir.
Al día siguiente la superiora contó los detalles de su visita al Vaticano. Habló de la amena conversación que sostuvo con el Santo Padre y algunos miembros de la alta jerarquía católica, de sus paseos por Roma y de las generosas cucharadas de azúcar que el Sumo Pontífice agregaba a su té. No mencionó nada sobre su viaje de regreso y nadie se atrevió a preguntarle las razones de su retraso, ni siquiera el obispo, a quien se le había bajado el mal humor de la prolongada espera con la finísima medalla de oro que la madre le regaló con todo y la bendición papal.
Años más tarde, minutos antes de su muerte, la madre confesó los motivos de aquella demora: el día de la reunión en el Vaticano, se encontraba sentada muy cerca del Papa. Quiso decirle muchas cosas pero, pese a su fluido italiano y a su perfecto polaco, no pudo pronunciar palabra; sólo permaneció ahí, observando la mano temblorosa del Pontífice sirviéndose una, dos, tres cucharadas copeteadas de azúcar. Después de unos minutos, él le dijo algo que ella no alcanzó a escuchar y se marchó.
Al día siguiente, en el aeropuerto de Roma, el sonido chillante del detector de metales le recordó los ruidos que producía el Papa al mover su azucarado té. Los guardias la hicieron pasar tres veces por el umbral electrónico, le quitaron el escapulario, la medallita de la Virgen de Guadalupe recién bendecida, el rosario y hasta un broche que llevaba en su corto cabello. Ante la insistente alarma, decidieron revisarla a conciencia. Cuando la madre pudorosamente se desvistió, las dos mujeres que la vigilaban vieron un objeto metálico amarrado a su ropa íntima. Llamaron de inmediato al cuerpo de seguridad y la monja tuvo que sufrir inquisitivos cuestionamientos relacionados con sus creencias, acusaciones de mala fe y penosos interrogatorios sobre sus hábitos carnales.
Finalmente la madre fue liberada por el jefe de la policía, –quien se guardó celosamente la evidencia en el interior del saco– después de hacer jurar a la monja, en nombre de Dios y de todas las vírgenes, que aquella cuchara había estado en las santas manos del Sumo Pontífice.


Tomado de Historias Baldías

Distorsión - Laura Ramírez Vides


Es tan ridículo y a la vez gracioso. Nos imaginan (¿o nos ven?) verdes, altos, delgados, cabezones; a nuestro planeta lo “pintan” de rojo. Los venusinos tienen mejor imagen, a ellos los dibujan con alas y los llaman ángeles.
Los humanos son realmente unos personajes, aunque en realidad creo que simplemente son burdos. Piensan que avanzan tecnológicamente. En medicina tienen aparatos que consideran de alta sofisticación y siguen sin descubrir el implante.
Ver para creer, dicen. Si supieran que lo que creen ver simplemente no es.
El propósito de la Confederación es claro: los humanos son especimenes para estudio de toda la galaxia y delicatessen para los habitantes de Saturno (nos costó pero logramos frenar su insaciable apetito y tosquedad en la abducción; ¡maldita costumbre tenían de hacerlo siempre en el mismo triángulo!).
Pero hay unos pocos humanos que nos preocupan, son fuertes, determinados, y cuando al nacer les implantamos el distorsionador de imagen, lo rechazan.
Éstos sí son peligrosos.
Varios ya me han descubierto; lo sé, algunos me hablaron pero yo no contesté, sabían que estaba ahí y ayer a la noche… un espécimen femenino caminó directo hacia mí y me tocó.
Algo vamos a tener que hacer con ellos. Los humanos los llaman ciegos. Yo considero que son nuestra perdición.

Laura Ramírez Vides
Tomado de El patio de la morocha

jueves, 15 de julio de 2010

La proposición – Héctor Gomis


—Desde luego, es cierto que no soy lo que pensabas, pero eso no te derecho a tratarme así. He sido totalmente sincero contigo y creo que merezco una oportunidad para que me conozcas mejor.
—Si estoy de acuerdo contigo, pero es que lo que me propones me parece llevar este tema al límite, y no estoy dispuesta a eso.
—Siempre me ocurre lo mismo, creéis ser especiales y así os describís ante los demás, pero luego me encuentro medianías, aburridas y tristes mediocridades fingiendo ser lo que no sois.
—Oye, no me llames esas cosas que yo no te he insultado. Una cosa es querer jugar, experimentar cosas nuevas, liberarse de la monotonía y salir del sexo ortodoxo establecido por esta sociedad represiva, pero todo tiene un límite.
—Vamos a ver niña, ¿qué es lo que ponías en tu anuncio?
—Pues lo que leíste, busco a alguien especial para convertirme en su esclava y someterme a sus deseos, que me domine y que me haga descubrir un nuevo mundo de dolor y placer, y bla, bla, bla. Ya lo sabes de sobra.
—¿Y yo que te ofrecí?
—Eres un pesado, ¿quieres que te lo vuelva a repetir?
—Si, por favor, no creo que sea mucha molestia ya que vas a dejarme plantado a las primeras de cambio.
—Pues era algo así como…, a ver…, si, caballero muy experimentado busca ninfa (o algo así) para adentrarla en el oscuro mundo del dolor y placer eternos. Era algo así, ¿no?
—Más o menos, ¿Y acaso no te ofrezco lo mismo que ponía en el anuncio?, yo creo que es todavía algo mejor y más intenso, las experiencias que te puedo proporcionar poca gente en el mundo sería capaz de ofrecértelas.
—Si ya te he dicho que estoy de acuerdo contigo, pero no me puedo comprometer a tanto. Lo que tú necesitas no te lo puedo dar. Yo busco a alguien dispuesto a azotarme, anillarme los pezones y echarme polvos mientras me insulta, algo más normal, sin complicaciones. Pero chico, lo tuyo es muy fuerte.
—Pero si será solo un momento, te prometo que será rápido, casi no te darás cuenta.
—Que no, pesado. No estoy dispuesta y no creo que lo vaya a estar nunca. Además, me tengo que ir ya. Si quieres, ya hablamos por el chat. Nos vemos.
—Se ha ido, así sin más. ¡Que descaro!. Ya no hay respeto por nada en esta sociedad. Parece mentira como ha cambiado el mundo. ¡Mierda de Facebook y mierda de góticas!
El vampiro siguió maldiciendo mientras observaba como se alejaba la chica.


Tomado de: http://uncuentoalasemana.blogspot.com

Salvación matemática – Claudia Sánchez


En la habitación del muerto, destacaba la colección de "Cábala y Economía"; por eso supuse que la clave de acceso de la computadora sería un código de 5 dígitos.
Sumé las letras de su nombre reduciéndolas a un número: 9. Intenté con los primeros 5 de Fibonacci, que sumando el primero y el último resulta 9. Incorrecta. Finalmente, luego de muchos cálculos, logré descifrar la clave: la suma de 2 cifras de 5 dígitos, del 0 al 9, donde la sumatoria de cada cifra se refleja al final de la misma y sumada a la otra resulta 9. La clave fue 99.999.
Al iluminarse la pantalla, una leyenda instaba al lector a dirigirse al Presidente de la Nación, para revelarle la verdad, grabada en un archivo de audio. Y allí fui.
“Un nuevo orden universal está naciendo. Los 10 responsables de la catástrofe mundial debemos suicidarnos para salvar a mil millones de hambrientos cada uno. Cientos de miles de monjas alrededor del mundo sabrán qué hacer si esto no se cumple. En archivo aparte figuran los 10 nombres, que el portador ya conoce y tiene instrucciones al respecto. La cuenta regresiva ha comenzado. El 10° no tuvo valor para matarse, así que lo hice yo. Tú eres el 8°. No intentes borrar este archivo”.
Pero, incrédulo, presionó rápidamente la tecla Borrar y, literalmente, se desintegró.
Ahora usted, que es el primero y el último, ¿quiere que siga contándole la historia o prefiere hacerlo a su manera?

Primer Premio - Concurso Minificciones Diciembre
Tomado de http://sanchezclaudiabe.blogspot.com/

martes, 13 de julio de 2010

Irremediable – Anahí González


Si el destino no hubiera trazado entre nosotros esta distancia de guerras mundiales y holocausto.
Si hubiera podido ofrendarte mi vida mi muerte lo que fuera, arroparte en vez de desnudarte y cubrirte con mi cabello como sólo se puede cubrir la maravilla.
Pero este amor fue desde el principio como pretender tomar un trozo de cielo y ahogarse de verano.
Hay pasiones tan condenadas como esos ríos que a los que no llega la lluvia y terminan secándose.
En las noches de desearte, retuerzo mi conciencia como un trapo húmedo porque la culpa es menos tuya que mía y debo sufrir en silencio como pez en la orilla.
Si no me persiguiera tu imagen, tu torso desnudo en actitud de entrega.
Si no tuviera que gritar hacia adentro y morder mis gemidos en madrugadas febriles de tu ausencia.
Sin tan sólo hubiera nacido antes y me hubieran llamado María Magdalena.
No hubiera dudado en ser tu puta.
No estaría tomando los hábitos y preguntándome por qué tuviste que morir en la cruz.


Tomado de : http://www.misespejitosdecolores.blogspot.com/

Acerca de la autora:
Anahí González

La mancha – Héctor Gomis


Ese día yo me encontraba en la oficina, mirando absorto una mancha verde que había salido en el techo. Era una mancha alargada y serpenteante, y me pareció ver en ella la silueta de un viejo delgado y barbudo apuntándome con el dedo. Pasé horas mirando aquella mancha, intrigado con aquel señor de barbas que no dejaba de señalarme. Traté de imaginar por qué me miraba de aquella manera, ¿sabría quizá algún secreto sobre mí que ni yo conocía?, ¿me acusaba tal vez de algo imperdonable que hubiera hecho? No tenía idea de la causa, pero la mancha me intrigaba y me repelía a un tiempo.

Intentando sacar de mi cabeza aquella imagen, bajé la mirada, encendí el monitor de mi ordenador y me dispuse a continuar con mi trabajo. Estuve un buen rato repasando la contabilidad y realizando algunas gestiones al teléfono, era un trabajo tedioso, pero no me importaba, mientras mis dedos tecleaban mecánicamente, el recuerdo de mi mujer, tal como la había dejado al marcharme a trabajar, dormida y desnuda en la cama, me reconfortaba. Era la mejor imagen del día, el hermoso cuerpo de mi mujer bañado por el sol de la mañana. Seguí trabajando con aquella imagen flotando en mi mente, ya tranquilo y feliz, cuando mis ojos se desviaron un momento hacia el techo. El viejo de la pared me devolvió una mirada torva. Allí seguía, observándome y señalándome impasible, con una sonrisa burlona en su rostro que parecía mofarse de mí. Un escalofrío recorrió mi espalda al volverlo a ver.

Me levanté y moví una planta de sitio para tapar aquella visión, pero fue aún peor. Ya no veía la mancha, pero sabía que el viejo estaba ahí, esperando, vigilándome y apuntándome con su huesudo dedo. Volví a traer a mi cabeza la imagen de mi mujer, y traté de recodar el momento en el que me quedé apoyado en el quicio de la puerta, observándola mientras me tomaba un café. Ese fue un momento delicioso, y rememorándolo pude olvidar por unos segundos el miedo irracional que estaba sintiendo por culpa de aquella mancha. El café caliente en mis manos, el silencio de la mañana, mi cama, y durmiendo en ella todo lo que quería en este mundo, eso era más fuerte que cualquier temor estúpido.

El extraño hilo que enlaza los pensamientos me llevó a unos instantes antes de que me tomara aquel café, cuando lo estaba preparando, y luego saltó a unos minutos después, cuando salí de casa, y de repente me asaltó la duda de si apagué el fuego de la cocina después de hacer el café. Siempre he sido muy maniático con esas cosas, y jamás se me había olvidado hacerlo después de usar la cocina, como tampoco nunca salí de casa sin haber echado antes el cerrojo, pero en ese instante me era imposible recordar el haber cerrado la espita. Decidí llamar a casa y avisar a mi mujer para que lo revisara. Marqué el número de mi casa y esperé, pero nadie respondió. Nervioso, me levanté del sillón y paseé por la habitación con el teléfono al oído. Me sentía impotente y tenía miedo de que algo hubiera pasado por mi culpa, no me lo perdonaría nunca. Mientras esperaba una respuesta del otro lado de la línea, una mirada furtiva se me escapó hacia el techo. El viejo seguía allí. Su expresión parecía más cruel que antes y su sonrisa más siniestra. Su dedo se mantenía firme ante mí. Se estaba riendo de mí, se burlaba de mi angustia. Parecía conocer las dudas que me mortificaban y se regocijaba. Una cuarta llamada y seguía sin contestar nadie. El temor se había transformado en certeza, estaba seguro de que algo malo, horrible, había pasado en mi casa, y el viejo surgido de la mancha estaba ahí para recordármelo y disfrutar con mi sufrimiento. En un ataque de ira, me subí a una silla y arañé la mancha con mis dedos. Me arranqué dos uñas y dejé mis yemas en carne viva, pero logré arrancar la mancha de la pared. Cansado me dejé caer en el suelo y me puse a llorar

Minutos después, el teléfono sonó. Era la voz de mi mujer.


Tomado de: http://uncuentoalasemana.blogspot.com

Confesiones de un experto - Carlos Feinstein


Los dragones existen, pero no son los lagartos de los cuentos, inventados para asustar a los niños pequeños. Las narraciones y leyendas sobre dinosaurios alados son falsas. Todas esas historias están diseñadas para engañarnos. En la confusión perdemos de vista la realidad y no comprendemos la verdad oculta.
Ellos tienen forma humana y viven entre nosotros.
Lo que también es cierto, es que pueden escupir peligrosas llamas a voluntad y cuando se enfurecen son muy peligrosos.

Pero hay algo más, su secreto mejor guardado: no existen los machos es una especie sólo de hembras. Para continuar la descendencia se reproducen con varones humanos.
Yo lo se, mi esposa es una de ellas, y con el tiempo se ha descuidado. La he visto prender el horno con un suspiro; secar la ropa con un suave aliento; ver en la oscuridad con ojos rojos color de infierno.

Nuestras hijas aún son pequeñas, me pregunto cuando empezarán a notarse las diferencias.

Un rey prevenido – Francisco Costantini


La bruja que había asesorado a Macbeth también asesoró a Claudio, flamante rey de Dinamarca, aunque esta vez siendo mucho más directa, para evitar confusiones y, de paso, reclamos. Entonces Claudio, alertado sobre la pronta aparición del fantasma de Hamlet padre, ideó un plan, que muy pronto comunicó a sus servidores fieles.
La noche que los soldados Bernardo y Marcelo vieron aparecer al espectro siniestro del rey muerto, sólo tuvieron que emitir una orden para que los cuatro Cazafantasmas (Peter, Ray, Egon y Winston) abandonaran el lugar en donde estaban agazapados y con sus modernos instrumentos redujeran a la inoportuna aparición. Al rey Claudio no le salió barato traerlos del futuro, pero hubiese dado mucho más por su tranquilidad y la de Gertrudis.
Así, el príncipe Hamlet jamás se enteró de lo que en verdad había ocurrido con su padre; se casó con Ofelia (que no tuvo motivos para suicidarse) y ambos fueron muy felices.

domingo, 11 de julio de 2010

Instrucciones de uso del teletransportador - Andrés Terzaghi


  1. Recuerde que antes de colocarse en el interior del teletransportador deberá revisar las coordenadas tiempo - espacio.
  2. Si desea teletransportarse a cualquier lugar y época sin predestinación alguna, oprima el botón “modo aleatorio”. Tenga en cuenta que la empresa de teletransportación no se hará responsable de los daños sufridos causados por un inadecuado destino, como ser, la superficie del sol.
  3. En caso de requerir sus objetos personales: cama, cepillo dental, libro, casa, su inútil auto, etc. envíelos primero a destino, luego reencuéntrese con éstos.
  4. Cualquier inconveniente con la justicia el aparato no obedecerá a sus órdenes. Al contrario, si le urge escapar de cualquier peligro, oprima el botón “escapar” y será teletransportado a uno de los refugios construidos para estas emergencias.
  5. Si no está conforme con los servicios prestados al costado del habitáculo la empresa dispuso para estos inconvenientes un botón “desintegrar” oprímalo y sus problemas serán resueltos a la brevedad.
  6. Si goza de privilegios amatorios pero éstos son clandestinos puede teletransportarse junto a su amante y durante el viaje disfrutar de sus íntimos y secretos placeres en un estado de intercambio energético. Finalizada la operación, ningún registro fisiológico residual quedará, el acto amatorio desaparecerá en el trayecto.
  7. Para la función ubicuidad presionar el botón “omnipresente”, estará en lugares y tiempos simultáneos, seleccione estos múltiples destinos con el botón “multidestino”.
  8. La empresa ha provisto una función de entretenimiento al teletransportador que consiste en la teletransportación del teletransportador (con usted dentro). Advertencia, no apto para personas que sufren vértigo.
  9. En todos estos casos la empresa se abstiene de brindar estos servicios por motivos valederos, se estima que la teletransportación llevará un siglo en realizarse. Más allá de este inconveniente, aquellos usuarios que deseen viajar deberán conservar sus cuerpos en criogénica una vez terminados de usar para su posterior utilización teletransportiva.

La industria automotriz en Bera 5 – Fabián C. Casas


El quinto planeta del sistema N3W87, también llamado Bera 5 posee solo dos continentes habitados. La especie inteligente de Bera 5 es un bípedo antropoide cuya población se concentra en el continente sur, una planicie fértil donde florecen múltiples formas de vida. A pesar de la diversidad de la vida de la galaxia, los beranianos comparten una costumbre muy específica con la lejana humanidad que habita el sistema solar. Los Beranianos aman los autos. Todos ellos son lo que podría denominarse “Fierreros”. Cada habitante adulto del continente sur de Bera 5 tiene un auto, sin excepción. La industria automotriz allí es la principal actividad económica. Pero no se fabrican tantos autos como cabría suponer. Cada pieza es una muestra exquisita de la ingeniería, confeccionada con los mejores materiales y terminada a mano. Quizá su característica más notable sea la durabilidad. Los beranianos hacen autos prácticamente eternos. Lejos de fabricar el chasis con materiales corrompibles, utilizan sustancias de difícil degradación que duran eones sin romperse ni fatigarse. Otra característica notable es que los autos beranianos son modulares y convertibles a un grado extremo. La mayor parte de las personas compra un auto completo una sola vez en la vida. Ese auto sufrirá miles de modificaciones y actualizaciones, pero difícilmente sea reemplazado en su totalidad. Hay caso de gente que tiene unidades que datan de la época del petróleo, ahora reconvertidas para rodar gracias a la energía provista por el amplificador de incertidumbre. Hay autos solares, eólicos, sintonizadores de cuerdas viajeras y algunos movidos a energía oscura. El beraniano típico es un gran consumidor de autopartes de repuesto, las cuales utiliza para hacer modificaciones constantes de su automóvil. Con pocas horas de labor, por ejemplo, cambian el aspecto interior y exterior de su coche para que se parezca al móvil de un superhéroe de cómic. Ávidos consumidores de la literatura terrestre, es frecuente que los beranianos conduzcan por las coloridas autopistas de Motorcity a bordo de réplicas locales del Batimóvil, el furgón de Brigada A o la cupé de Starsky y Hutch. También suelen verse réplicas de vehículos históricos, como el Halcón Milenario y el Ala X. Cualquier lector que tema de pronto por la cantidad de accidentes que ocasionaría esta diversidad de formas debe tranquilizarse: No hay accidentes de tránsito en Bera 5. Los autos de ese planeta están diseñados para nunca sobrepasar la velocidad máxima permitida en la calle, pista o ruta por la que ruedan. Debido a éste y otros controles, es prácticamente imposible tener un accidente de tránsito en Bera 5. Sus autos son los más seguros del universo, pero las publicidades televisivas apenas lo mencionan. Nadie en su sano juicio compraría un auto peligroso y por lo tanto, la seguridad es algo que se da por entendido. ¿Cuál será entonces el argumento de venta preferido por los publicistas a la hora del marketing? Las empresas automotrices apuntan más que nada a las ventajas técnicas de los diferentes modelos: economía de consumo, respeto por el medio ambiente, belleza artística de su configuración básica, comodidad y algo que es difícil de traducir al lenguaje terráqueo, pero que viene a ser el grado de religiosidad con la cual el auto fue fabricado. Esta característica está dada por la felicidad y plenitud de comunión cósmica que experimenta el trabajador a la hora de confeccionar el auto. Los consumidores últimamente se inclinan más a comprar unidades cuya fabricación ha hecho más feliz a la gente. Claro que volcar todos esos aspectos en una propaganda televisiva o radial lleva bastante tiempo. Una publicidad típica dura entre cinco y quince minutos terrestres, pero pueden extenderse hasta una hora. Las propagandas se pasan una vez por semana en horarios previamente anunciados en las guías de los canales. A nadie en Bera 5 se le ocurre pasar avisos comerciales fuera de los horarios acordados; mucho menos la locura de interrumpir sorpresivamente una película de submarinos con una publicidad no deseada por el espectador. Una vez, un publicista terráqueo viajó a dar una conferencia en Motorcity. Los Beranianos lo escucharon extasiados hasta que el pobre hombre tuvo la mala idea de mostrar unas fotos de los autos terrestres. Inmediatamente surgió la confusión y luego siguieron las preguntas: “¿Cómo es posible que usted venda autos con el argumento de que son un Una Expresión de tu Personalidad cuando los autos son de color gris?” “¿Qué clase de comprador podría elegir ese auto color negro con cara de perro malo?” “¿Por qué un auto debe ayudar al comprador a conseguir parejas sexuales?” o “¿Ustedes no le venden autos a las mujeres?” y cosas así. Fue la última vez que invitaron publicistas terráqueos. Para la gente de Bera 5, el auto es fundamentalmente una herramienta para trasladarse de un lugar a otro, cosa que hacen constantemente, ya sea por trabajo o vacaciones. De hecho, las utopistas hacia los lugares de veraneo situados en el montañoso continente norte, suelen verse saturadas de automovilistas durante todo el año. En el norte los esperan los pocos beranianos de a pie en el planeta. Efectivamente, los habitantes del norte no usan autos para nada. Muchos atribuyen esta prescindencia a la tortuosa geografía del continente boreal, repleto de montañas, ríos, dunas y las pequeñas playas casi inaccesibles del celeste mar ecuatorial. En un territorio así, es más eficiente caminar o navegar por agua. Sin embargo la razón de la falta de autos suele ser mejor explicada por los mismos norteños. ”Nosotros ya hemos llegado donde queríamos ir” suelen decir con una sonrisa.
Nuestra misteriosa galaxia no deja de sorprendernos.

Cefalea - Francisco Costantini


Había una vez un hombre llamado Martín. Él no podía dormir. Toda la noche había sido invadido por extrañas pesadillas que no recordaba muy bien. Se levantó de la cama y fue al baño; tenía ganas de orinar. Cuando sacó el pene del calzoncillo escuchó un pequeño quejido. Extrañado, miró hacia abajo y abrió los ojos bien grandes, para luego expulsar un terrible alarido: donde debería estar su miembro masculino, ahora se hallaba la dormida (y babeante) cabeza de su mujer. Desesperado, sin creer del todo lo que sucedía, regresó a la habitación y prendió la luz, sólo para llevarse otro disgusto: sobre los hombros de su mujer se erguía un pene de proporciones inmensas. Pensó que nada peor podía sucederle ya; sin embargo, escuchó emerger desde su entrepierna una soñolienta voz femenina, que decía:
—¿Podés apagar la luz, amor? Me siento descompuesta y siento que la cabeza se me parte en dos.
Y Martín cayó desplomado en el piso, mientras su pene parlanchín insistía en que por favor, de una buena vez, apagara la luz.

viernes, 9 de julio de 2010

Los cuervos - Mónica Sánchez Escuer


Desde hace meses, en mis ojos anidan pequeños cuervos. Los oigo, los siento moverse, casi los huelo. Si me esfuerzo, logro ver sus alas, sus picos diminutos. Cada día son más, y más grandes. Un día me aparecieron pequeños puntos flotantes como una migraña de luces negras. Poco a poco fueron creciendo, manchándome la vista. Hoy apenas logro distinguir este papel en el que escribo. El doctor me dice que estoy sana, el sicólogo, que esos cuervos están en mi cabeza, que son miedos, pequeñísimos telones que me esconden. Gotas, cápsulas, Bach y sus flores, Lacan y su espejo, han sido inútiles. Los pájaros negros siguen ahí, creciendo. Algunos ya aprendieron a volar en la órbita del iris; todo parece girar con ellos: la pata de la silla, mi pluma, yo misma. Hago un esfuerzo, quiero encontrar sólo manchas, temores ennegrecidos, los poemas que intenté quemar, los labios del hombre que nunca busqué, las palabras podridas en mi lengua. Pero no, ahí están, son cuervos miniatura volando en círculo como aves de rapiña. Y van bajando, me miran, me huelen, veo sólo picos, cada vez más grandes, más abiertos.

Tomado de Historias Baldías

El ferry - Mara Gena


La cola para subir al ferry era carnavalesca. Había cejas en alto, bocas hablando por lo bajo, niños, juguetes, valijas y protestas a todo color. Cómplices olfateando más cómplices. Buscando con ojo insistente, mientras vociferaban sus indignaciones y reproches, los asentimientos mudos lanzados alrededor como confeti. La espera me rodeaba con todo tipo de vibraciones nocivas. Todo acrecentado por la nefasta combinación de un espacio reducido y la demora.
A pesar de que la fila comenzó a moverse la gente no parecía desear la calma. En este punto se podía ver cómo los individuos se transformaban en horda. Cómo sus deseos se convertían en la ansiedad del conjunto. Del otro lado de los cristales todos empujaban como uno y el intrincado laberinto de postes y cintas nos tragaba en las tinieblas. El free shop era el mismísimo caos que gritaba precios, alzaba perfumes, ponía manos y manos sobre los Toblerone.
Fue entonces que los gritos comenzaron a escucharse. Los rostros giraron. Un hombre rubicundo y demasiado enorme para ser ignorado iba tornándose rojo. Junto a él una mujer menuda –que más tarde todos recordaríamos como Susana– miraba el piso sin emitir sonido, ni respiración. El tejano (llevaba puesto un buzo con las palabras Houston Dynamo) le repetía mitad en inglés, mitad en castellano, que se comportara. Que éste no era su país. Que debía tener paciencia. Pero parecía hablarle a un ser imaginario que en los vapores de su fantasía se elevaba dos cuerpos arriba de ella.
Los cómplices no demoraron su trabajo. A mis espaldas conjeturaban sobre el grado de ebriedad del hombre, su estatura, ingresos y otros datos pertinentes. Pero pronto volvieron a los asuntos de la masa y comenzaron una vez más a empujar. Una vez dentro del ferry avanzamos sobre alfombras con dibujos de serpientes estrambóticas. El hall principal del barco parecía crear el efecto de una locura mullida bajo los pies. Nadie podía estar a salvo. Mucho menos el tejano. Caminaba apenas ladeado, como si aún no estuviera listo para reconocer que dentro de él algún mecanismo estaba irremediablemente dañado.
Abollé mis cosas contra el asiento y abrí un libro. Deseaba leer un poco y olvidarlos a todos sobre este ápice flotante del universo. Pero no había alcanzado a completar el primer párrafo cuando escuché que una mujer de pañuelo en cuello reclamaba a un tripulante: debe hacerse ALGO con ESE hombre.
–Parece estar muy alcoholizado –dijo tocando la seda de su pañuelo. El rostro gesticulando normalmente bajo el efecto del sedante habitual.
Así comenzaron a llegar nuevas noticias del tejano. Estaba gritando en el pasillo y la gente pedía que lo bajaran del ferry. Que era un peligro y que al parecer la mujer que lo acompañaba había desaparecido.
Los gritos del tejano se escucharon más cerca. Su voz emanada sobre los estampados de la alfrombra golpeó nuestros pechos como una marabunta grave. Luego apareció su cuerpo más enrojecido. Su respiración más animal. El tejano comenzó a caminar mirando las hileras de asientos como si entre nosotros buscara presas. Muchos se acomodaron con actitud de alumnos buenos que prestan atención al dictado. El murmullo cesó por completo. El tejano observaba a la multitud con celo, tratando de encontrar en ella la carne de Susana. Muy despacio consiguió llegar al centro del ferry. Allí se detuvo. Tenso como un perro se rascó un codo con fuerza. Las uñas fueron dejando surcos en la piel. Entonces, de repente, se irguió, trepó por las escaleras hacia la cubierta y desapareció. Tres tripulantes de traje azul daban saltitos y hablaban por walkie-talkie mientras intentaban seguir su rastro.
¡Oh no, la bestia estaba suelta! Corría por el ferry sin correa. Sin bozal. La gente comenzó a hablar. El coro de cómplices reencarnó en otros e intentó sumar nuevos adeptos. Cómo podía ser que no hubiera seguridad. Cómo no hacían algo. Cómo no lo bajaban del ferry, lo encerraban en las bodegas, lo ahogaban en el río. Y ésa que lo acompañaba, ¿era su mujer? Una latina ilegal y un borracho, qué yunta. Porque el alcohol en Estados Unidos es un problema grave. El alcohol y la gordura. Acá por suerte no hay gordos. Pero allá… allá lo tendrán todo resuelto, pero los mejicanos se les meten cada vez más. Cada vez peor. Y si no construís un muro cómo hacés, cómo te protegés…
Los altoparlantes se encendieron y la estática del sonido acopló sobre los pensamientos con unos dientes agudos.
-SEÑORITA SUSANA. SE-ÑO-RI-TA SU-SA-NA DIAZ POR FAVOR PRESÉNTESE EN EL NIVEL 1, SALA 1.
Todos lo sospechamos. Susana había escapado. Había bajado por la rampa, corrido por el muelle y probablemente ahora, escondida en algún barco coreano, Susana partía hacia Bangladesh. A la velocidad de la luz supusimos que el tejano estaría más rojo. Su buzo más empapado. Su rabia más voraz propagándose por las venas. Vimos a los tres tripulantes que lo seguían ahora desmembrados, bañados en sangre, disgregados en partes pegajosas, pequeñas e irreconocibles. Algunos de nosotros, nerviosos, comenzamos a mirar por las ventanillas. Tamborileamos los dedos. Contuvimos la respiración. Observamos con temor cómo las gotas iban escurriéndose sobre el vidrio.
Afuera, en tierra firme, la vida continuaría normalmente. Sonarían los celulares y los bocinazos. La gente entablaría diálogos de siglas, se pasaría minutas, intercambiaría briefs. Un hombre sentado frente a una lágrima esperaría al contacto que iba a salvar su pyme, su año, su vida. Alguien de una mesa cercana entregaría su tarjeta al grupo reunido para discutir proyectos de miles de dólares y sería recibido con desdén.
Mientras en el barco pasarían otros quince minutos. La espera se haría larga hasta que por fin se escucharía con alivio el encendido de motores. Y lentamente comenzaríamos a dejar atrás la costa. Todos callados. Todos finalmente cómplices en el silencio de saber que partíamos sin Susana.