martes, 29 de junio de 2010

Bazar de recuerdos - Víctor Lorenzo Cinca


Una madrugada borrosa, hace un par se semanas, escuché en un bar a dos tipos que hablaban sobre algo llamado el Bazar de Recuerdos, un lugar en el que, decían, se compraban y vendían recuerdos. Jamás había oído hablar de ello, por lo que a la mañana siguiente, sin duda mordido por la curiosidad, lo primero que hice al levantarme fue, tras tomarme mi dosis de ácido acetilsalicílico para la resaca, informarme debidamente sobre el tema. Se trataba de un negocio extraño, pues mezclaba lo monetario con algo tan inmaterial y puro como los recuerdos. La idea me pareció atractiva, así que un día me acerqué a la franquicia que acababan de abrir en mi ciudad y leí todos los folletos, trípticos, carteles y demás que encontré a mi paso. Entonces, totalmente convencido, me acerqué al mostrador y vendí el recuerdo de una de las mejores épocas de mi vida: el de mi primer amor. Al principio me resistí a desprenderme de él, pero la cifra sin duda resultaba demasiado atractiva. Y mi situación económica no me permitía sentimentalismos. Guardé los billetes en la cartera y al instante olvidé el nombre de una chica, y todos los momentos –a decir verdad, solamente los buenos- que vivimos juntos. Me pareció una forma demasiado fácil de conseguir dinero, y no desaproveché la oportunidad. Cambié por una buena suma el recuerdo de aquel fin de semana apoteósico con los amigos en la cabaña del monte, el del viaje a Centroamérica con la sola compañía de un cuaderno de notas y una cámara fotográfica, el de la noche apasionada con aquella chica en la playa. Y tantos otros. El empleado me entregó el dinero en billetes grandes mientras todas esas imágenes iban desvaneciéndose en mi cabeza y me preguntó, con una sonrisa ensayada, si deseba desprenderme, pagando un precio razonable, de algún mal recuerdo. Total, me dije, por cuatro chavos puedo arrancar esas malas experiencias que llevo clavadas en la memoria desde hace años y que tanto me atormentan, y sin pensarlo más, empezamos a negociar cuánto me costaría olvidar mi primer fracaso amoroso, la primera traición de un amigo, y el mes que pasé con depresión, solo, encerrado en casa. El precio resultó asequible, y más después de haberle vendido ya los buenos recuerdos, así que enseguida cerramos el trato. A medida que le devolvía parte del dinero que me había entregado antes, aquellas imágenes traumáticas iban evaporándose de mi consciencia dejándome un vacío agradable, una amnesia placentera. Todo era tan sencillo que empecé a aficionarme a negociar con mis recuerdos: vendía con cierta amargura los buenos momentos vividos y, con el dinero que sacaba, me despojaba de los malos. Para compensar. Durante dos semanas me dediqué exclusivamente a esta compraventa hasta que ayer, buscando en mi memoria algo agradable que empeñar, me entraron náuseas y mareos, y me acerqué un poco asustado al consultorio médico. Tras un exhaustivo chequeo e infinidad de preguntas, muchas de las cuales quedaron sin respuesta, el doctor me diagnosticó Alzheimer incipiente, aunque me dijo que no me traumatizara, pues todavía no se había desarrollado demasiado la enfermedad. Evidentemente no me preocupa lo más mínimo: esta misma tarde me acerco al bazar y me deshago, cueste lo que cueste, del recuerdo de la visita al médico de ayer.


Tomado de Realidades para Lelos

Teratos - Adriana Alarco de Zadra


Soy Hilario. Desde pequeño podía caminar, correr y saltar mucho más alto y más ligero que mis compañeros. Mientras ellos tenían sólo dos piernas, yo tenía cuatro que me ayudaban a ser rápido y veloz. El entorno, luego de las catástrofes del medio ambiente, causó cambios orgánicos en los seres humanos.
Aquí en Teratos se usan las piernas múltiples para producir energía. Nadie trabaja sentado. Todos lo hacen caminando sobre cintas rodantes que mueven la maquinaria.
Existen muchos seres extraordinarios y potentes. Los cíclopes mueven rocas en las montañas; los enanos hidrocéfalos son genios pensantes que han ideado esta ciudad del futuro. Las sirenas trabajan como jardineros acuáticos después del desastre ecológico producido en los océanos. Se dedican a cuidar corales, algas y plantas acuáticas y a revivir peces y mamíferos. La grandeza de esta ciudad está en su multiplicidad, en su duplicidad y su embriología experimental.
Cuando estudiaba en la Universidad Científica lo hacía caminando y produciendo energía, sin moverme del laboratorio. Experimentaba con membranas para usar como parches en los miembros dañados por los rayos que están destruyendo a los humanos. Los seres más fuertes resultaron ser aquellos que en la antigüedad se consideraban deformes y se culpaba de ello a una imaginaria posesión demoníaca. En cambio, son variaciones, mutaciones, modificaciones o desviaciones de un fenómeno anormal. Podría decirse que son anomalías del desarrollo que conducen a la formación de personajes dobles o duplicidad embrionaria, antiguamente llamados “monstruos”. Anomalías primitivas de la evolución producida por la sistemática destrucción del medio ambiente.
Entendí que a veces se producen dos núcleos en la masa celular formando embriones distintos y distantes con igual potencia evolutiva y el desarrollo de la duplicidad. Por eso estudié ciencias y me fascina clonar personajes dobles como los siameses. Esa fue la decisión más importante que tomé en mi vida. Clonar “monstruos”.
Empecé con seres de dos cabezas que piensan mejor que una. El ser con dos cabezas siente doble felicidad, tiene doble éxito y doble progreso en Teratos. Los ciudadanos de esta ciudad son generalmente asimétricos, a veces nacen con más de cinco dedos en las extremidades, o con una sola pierna que serían los sirenios, o con las extremidades reducidas. Y los seres dobles, cuando son siameses y tienen dos cabezas, son siempre del mismo sexo.
Actualmente estoy estudiando la posibilidad de clonar en una sola persona, los dos sexos, que no es el hermafroditismo conocido desde la antigüedad. Más bien sería un ser con doble personalidad, con dos cabezas y dos sexos y, quizás también, cuatro piernas para poder caminar más rápido, como yo. En ese caso, no habría la necesidad de unir dos personas para tener relaciones, sino que los seres con dos sexos podrían tener relaciones con sí mismos.
Ese sería mi experimento mayor. Y yo, Hilario, doctor en Teratología, podría recibir la condecoración más importante de la ciudad de Teratos si llego a lograrlo: El premio mayor por el “Futuro Ser Perfecto”.

sábado, 26 de junio de 2010

Luis construye mañanas - Olga Appiani de Linares


Los domingos, cuando todavía los pájaros remolonean en los nidos, contagiados de pereza humana, Luis sube a su bicicleta y se larga a andar por las calles ajenas. Sin apuro, sin tarjetas que marcar, sin capataces, con la mañana lustrosa sobre los hombros, él pedalea mientras el sol, estremecido de escarcha, patina en los techos de la barriada. No sabría explicar por qué se larga así, a la buena de Dios, cuando podría aprovechar para descontar cansancios y dejarse estar en la analgésica modorra del feriado, que borra tanto esfuerzo inútil, tanto lunes inevitable, tanta humillación rumiada. Ni él mismo sabe qué lo fuerza a dejar la cama calladamente, sin incomodar el sueño de Rosa o de los chicos, para deslizarse, todavía sombra entre sombras, a la cocina. Un par de mates, esa amarga tibieza que reconforta y luego, como cada día, la bicicleta. Y la calle, que lo llama con su boca dentada de verde, su piel cuarteada de pasos idos. Luis pedalea despacio, y deja que los ojos se le llenen de veredas solitarias, de casas que aún duermen, protegidas por los ojos vigilantes de sus faroles. Faroles que, a medida que el día extiende sus tapices, parpadean y se cierran hasta que la noche vuelva a reclamarlos. Campanas con vocación de monaguillo se hamacan en el aire limpio, viejas devotas se desprenden de portales bostezantes para responder a la convocatoria. La mañana pedalea sin ceremonias junto al hombre oscuro, vuela con los gorriones inquietos, repica en los campanarios. El barrio se desliza, cinta sin fin, a cada costado. Y Luis mira las casas, los jardines que se desperezan, las puertas cerradas, las ventanas mudas. Y vuelve a levantar edificios. Pero esta vez solo en su mente, altas torres hechas de luz y de aire. Con miles de ventanas. Ventanas de muchos colores, todas distintas, únicas todas. Como las personas mismas… La calle alterna asfalto y adoquines, baches y suavidades; los semáforos, pasiones y esperanzas. Y Luis, en cada pedaleo, construye muros y abre ventanas ilusionadas... Una ventana azul... una ventana de sol... una ventana ojos del zorzal... una ventana silenciosa... una ventana a la vida... una ventana cerrada... una ventana sin mayores pretensiones... una ventana fría... una ventana alegre... una ventana ríspida... una ventana de cinco centavos... una ventana de arroz... una ventana de besos... una ventana briosa... una ventana característica... una ventana de acero.... una ventana sin calificativos.

Inutilidad – Sergio Gaut vel Hartman


El terreno alrededor del laboratorio humeaba como si la sustancia gelatinosa hubiera entrado en combustión espontánea. Los dispositivos de la red informática habían iniciando una reacción en cadena y el humo que se desprendía del plastico quemado tenía un aspecto siniestro. Harley, por razones que no entendía, había caído en ese lugar desde algún otro, situado a mucha altura, pero aunque era sapo de otro pozo, adivinaba que la situación era de suma gravedad. Si estos imbéciles han iniciado una reacción en cadena y no la logran detener, reflexionó, la seguridad del todo el continuo espacio-temporal está en riesgo. ¿Hasta dónde llegará? Era un pensamiento melancólico, aunque no por ello menos realista. Junto al laboratorio habían aparecido cinco grandes grietas y por las fisuras brotaba un líquido que se difundía con rapidez, corroyendo vorazmente todo lo que se interponía en su camino. Harley oyó un redoble sordo y persistente bajo sus pies, como si la explosión de los materiales desconocidos que se habían acumulado debajo de la superficie hubiera incitado a una criatura colosal y enfermiza. El cielo se oscureció. Y esta microficción dejó de tener sentido porque no quedó nadie para leerla sobre el planeta, o por lo menos en ese plano de realidad.

Las olas grises - Jose Luis Zárate


Donde menos esperábamos encontrar hadas era a la orilla de ese frío mar, mirando las interminables olas grises.
No trataron de huir de nosotros pero era igual, nosotros no buscábamos atraparlas.
Fuimos montando nuestras cosas, levantando las tiendas de campaña, tratando de encender una hoguera con los maderos llenos de olvido.
La charla fue apagándose y nos quedamos, ellas y nosotros, escuchando el lento, agónico, respirar del agua.
Alguien gritó a lo lejos, vimos una figura oscura encallada en la playa. Delfín o ballena. Si uno espera lo suficiente acabarán llegando, decididas a morir fuera del agua.
¿Por qué, para qué?
Nadie lo sabe. Mil peces encallaron, un millón en todo el mundo, mil millones, orcas y calamares, lentos monstruos de las profundidades decididos a agonizar mar afuera.
El mar se muere y todos lo sabemos.
Ellas que pliegan sus alas para protegerse del frío, nosotros que aguardamos.
Tarde o temprano llegarán, alguna orilla las espera.
No sabemos qué hacer cuando encallen.
Ellas, luminosas y pálidas, tampoco.
Quiero tomar su mano, compartir el miedo, el frío, las horas lentas.
Mientras, esperamos, las hadas y nosotros, a que lleguen las sirenas.

Tomado de http://zarate.blogspot.com/

miércoles, 23 de junio de 2010

Los vencejos - Paulus Deluca


Los vencejos
-Agonías de domingo-

–¡Ya sabía yo que alguien habría en esta ciudad que se levantara temprano a servir cafés..! Uno con leche, por favor… o dos hostias, lo que antes me caliente.
Tras la barra, un hombre flaco enarca una ceja y aparenta dudar un instante. Acto seguido, coloca un platillo, un sobre de azúcar y una cucharilla frente a mí y sonríe amablemente.
A lo lejos, sobre los campos aún dormidos, una bandada dominguera de vencejos maniobra mientras el flaco sonríe con el colador de la cafetera en la mano cuando le digo que aún quedan revoluciones posibles, como la de levantarse voluntariamente y con el alba un domingo y así, para fastidiar al sistema, ponerse a trabajar.
– ¿A usted le parece? –me dice con gesto de burla mientras calienta la leche. Le respondo con los labios fruncidos, señalo hacia los campos y me apropio del periódico.
–Es fantástico verlos volar, ¿no?
–Es muy curioso… si parece que hayan salido a dibujar…
–Y fíjese –me dice mientras busca mi mirada de aprobación o rechazo del croissant que me señala con las pinzas–, que van toditos a una –asiento con un cabeceo–: De repente van y no sé cuántos miles de pájaros habrá ahí, pero ya ve, de repente, todos para un lado, luego para el otro…
–Como un grupo de danza –digo mientras descuerno el bollo y lo sopo en el café –, como movidos por control remoto.
–Como una gran cometa –responde y me vuelve la espalda indicando que esa es toda la conversación que corresponde a un café con leche.
Y ahí me quedo, acodado en la barra, mirando a través de los cristales hacia esos campos que aún en parte verdean. Lentamente y a medida que el sol se desparrama por las lomadas y calienta el aire, los vencejos toman altura como lo hacen todo: de forma aparentemente automática, de golpe y sin explicación ni aviso…
–¡Cómo se parecen a nosotros! –pienso mientras hojeo el periódico y descubro en cada página rastros sutiles de ese vuelo coordinado, tácito y unánime en las noticias, la publicidad y en los juicios de valor que las condicionan: Anuncios, fluctuaciones bursátiles, decisiones gubernamentales, la moda de los anuncios… hasta las corrientes contraculturales, subversivas y disidentes.
Quizá porque los átomos de que estamos hechos salieron un día del mismo pegote de arcilla, nuestra percepción, nuestra experiencia, nuestro juicio y nuestro vuelo sea, para un ojo profano como el mío, igual de gregario, de caprichoso e imprevisible, de automático y unánime que el de esa bandada vocinglera de vencejos que contrayéndose, expandiéndose y dibujando en el aire desaparecen cielo arriba hacia la misma hora en que una ciudad dormida y resacosa, malfollada, intransigente y con delirios de grandeza despega los ojos y, todos a una, como si sus habitantes estuvieran unidos por hilos invisibles en una gran cometa, despotrican contra el día de mañana y esa rutina que obsesiva y vorazmente engulle implacablemente sus vidas...

─No hay fuga posible de las cárceles del sol.

Extraído de: http://paulus-de-best.blogspot.com/

Una de mis mascotas – Carlos Feinstein


Todas las mañanas vuela hasta mi jardín, y se acuesta al sol. La primera vez me aterré, pero poco a poco fui acostumbrándome a la circunstancias. ¿Que come un dragón? Las leyendas de los libros de caballería dan información muy confusa. El mío, bueno, el que habita entre mis plantas, come frutas en especial manzanas y bananas, no me parece que se comería un caballero flambé, bien cocido dentro de su armadura.
A través de los días me fui acercando a él y nunca se mostró muy agresivo. Le encanta que le acaricien la panza, y como un perro se acuesta en el piso, esperando por más mimos. En las tardes suele dormir una larga siesta con la cabeza apoyada en mis pies. De noche, vuela durante largas horas cobijado por la oscuridad, a veces regresa para la madrugada y duerme en una habitación que preparé con colchones y mantas. Para el asado, prende el fuego de un sólo soplido, le gusta la carne, pero lo que más disfruta es roer los huesos.
Estoy viejo y mis sobrinos me han hecho encerrar en un hospital psiquiátrico. Declarado esquizofrénico, ellos se quedaron con todos mis bienes. Aunque en la sala no nos permiten ver las noticias, pude ver la gigantesca nube de humo que se originaba en mi barrio, un día antes de que mi informen el extraño incendio de mi casa y la espantosa muerte de mis parientes. Por supuesto, no es buena idea siendo paciente de este loquero contar la verdadera historia.

lunes, 21 de junio de 2010

Violencia doméstica - Víctor Lorenzo Cinca


Acurrucada y escondida en una esquina del baño, sollozando como una niña indefensa, lo piensa por última vez. La vida se ha convertido en un infierno a su lado y no encuentra otra salida: aunque lo ama, aunque todavía sigue queriéndole, reconoce que ha caído en una relación adictiva, en una absurda espiral de la que ―si no toma una determinación― no va a poder salir. Debe acabar con él antes de que sea demasiado tarde.

Recuerda que al principio todo fue muy bonito, como todas las relaciones que empiezan. Estar con él era descubrir lugares increíbles, conocer gente interesante, estar informado de todo lo que ocurría, y ver espectáculos asombrosos, estar todo el domingo encerrados en el salón, solos, ellos dos, uno frente al otro, o trasnochar como jovenzuelos, o reír a carcajadas. Era aprender algo nuevo cada día. Pero con el tiempo todo eso fue cambiando. Primero fue el fútbol, no se escuchaba otra cosa, luego la fórmula uno, después las carreras de motos, hasta que al fin cualquier deporte. Empezaron los gritos, los insultos, las mentiras y las infidelidades. Las discusiones por tonterías, de las que ella sin embargo no podía desengancharse. Las noches de sexo y perversión, mientras fingía estar dormida. De ahí a los golpes y la violencia sólo hubo un paso.

Pero ahora la convivencia se ha hecho insoportable, absorbente, y ya no está dispuesta a aguantar ni un minuto más. Va a deshacerse de él, necesita acabar con esa pesadilla. No hay otra opción. Sale del baño y, en penumbra, se acerca sigilosamente por detrás; desconecta el enchufe y lanza el televisor por la ventana de su ático. Por fin libre.


Tomado de Realidades para Lelos

Los hechos en el caso de mi brazo izquierdo - Daniel Frini


No sé porqué lo hizo.
Yo estaba muy cansado después de un día particularmente difícil. Llegue a casa; puse, a medio volumen, la versión de Rachmaninoff de la Marcha Turca de Mozart, me serví un vaso con dos medidas de whisky y dos cubitos de hielo, me quité el saco y la corbata, desabroché el primer botón de mi camisa, me deshice de mis zapatos y me recosté en el sillón de la sala, como hago todos los días. Y como me pasa todos los días, un sorbo después me dormí.
Supongo que al llegar de su trabajo, ella me encontró con el brazo izquierdo bajo el cuerpo —vieja costumbre mía— y, a sabiendas de que en esa posición le quito la circulación y después estoy más de una hora refregando un brazo casi muerto; decidió aplicar sus escasos conocimientos sobre mesmerismo, (obtenidos, con certificado, en algún portal de mala muerte en la web) e hipnotizarlo cual si fuera el Señor Valdemar.
Hace tres meses que mi brazo piensa por si solo. Entre otras cosas, le pega coscorrones a los pelados cuando viajo en subte, le toca el trasero (casi digo culo) a las damas, roba billeteras de los bolsillos y monedas de los sombreros de los indigentes y me rasca en la zona inglinal cuando hago la cola en el banco.
Ya no sé cómo pedir disculpas. Lo peor es que no me animo a despertarlo, no vaya a ser que degenere instantáneamente en una masa casi líquida de odiosa y repugnante descomposición.

Mi muerte - Andrés Terzaghi


Todos pensamos que cuando nos morimos de ahí en más perdemos la conciencia, que ésta desaparece para siempre, pero en lo que respecta a mi muerte fue terriblemente consciente y continúo consciente pese a la pulverización de mi cuerpo. Luego de mi última exhalación, estuve al tanto de todo: cómo me metían dentro del ataúd, luego dentro del nicho, las voces de familiares y conocidos que venían a traerme semanalmente flores, lamentos y palabras de recordatorio y cómo éstas voces iban poco a poco espaciando sus visitas: una vez al mes, una vez al año, cada cinco años y así hasta que me olvidaron sea porque también ellos murieron y porque no tiene sentido recordar a alguien por lo siglos de los siglos, a no ser que uno haya sido por ejemplo un renombrado escritor, como pueden ver, este no es mi caso.
Decidí confiar estas palabras a un vagabundo que venía a dormir al cementerio. Una noche lo llamé susurrando en sus oídos. El hombre medio alcoholizado no tuvo recelo en acercarse y pegar el pabellón del oído contra la tapa del nicho, escuchando atentamente fue escribiendo mi dictado post mortem.
El vagabundo dijo que se llamaba Andrés Terzaghi y que había abandonado su continencia civil a cambio de un destino incierto lo llevara a encontrarse con cosas sorprendentes.
¡A buena hora nos encontramos entonces! Le dije. Él se limitó a escribir esto último sin opinar al respecto, al momento preguntó mi nombre con un inocente ¿cómo se llama?
Fíjese en el grabado sobre la placa de bronce.

Miré donde el muerto me indicó. Espantado leí: Andrés Terzaghi, la misma fecha de nacimiento, de mismo padre y madre, mismo lugar de origen, aunque no sabría precisar si mi muerte está esperándome con igual procedimiento.

sábado, 19 de junio de 2010

Como todos los días - Samanta Ortega Ramos


Estoy en el trabajo. El sol entra por las ventanas del ático. Van llegando uno a uno y, si bien estoy de espaldas a la puerta, sé por el signo distintivo de cada uno (la pisada madura, el paso apurado, un tacón, las luces encendidas, el ruido a bicicleta) de quién se trata. La sinfonía está por comenzar.
Un suspiro con partículas de tabaco hace el llamamiento y ya es imparable. Le sigue el mío que aún duerme y luego el de Carum con sabor a desayuno. Dani, que acaba de entrar, se da prisa para largar uno en ese pequeño intervalo que vio que nadie tomaba. Y así sucesivamente nos turnamos, porque de hacerlo juntos sabemos que romperíamos los vidrios y las esquirlas caerían en la cabeza.
Juani suspira independizarse, salir de la rutina que le mantiene el sueldo pero no los años. Darío, para que le devuelvan al padre, porque por muchos años que tenga, de su casa y de su madre no piensa irse. Carla suspira vivir en una playa rodeada de chamanes y levantarse de su cama de arenas cuando el sol también se levante.
Yo también suspiro, constantemente, como una luz pequeñita de color intermitente, como la de los arbolitos de navidad, intercalándome con los otros muchos colores que hay flotando en el espacio libre que queda en el ático. Así hacemos música.


Sobre la autora: Samanta Ortega Ramos

El olvido - Esteban Lafon Blon


Ni las drogas logran hacerme olvidar, sacarme de este pozo de muerte que los psiquiatras llaman depresión y tratan con pastillas.  
Salgo del infierno de mi departamento, que revienta de mugre y soledad. Subo las escaleras. En un descanso, entre el cuarto y el quinto, sorprendo a una parejita.
—Ah, eras vos —se relaja el pibe.
La pendeja le murmura algo. Del piso de abajo llegan gritos y ruidos de platos rotos.
—Es mi hermano Ale y su mujer —dice el chico—. Me pidió que los dejáramos solos. Siempre lo mismo: primero se cagan a golpes y después cogen como degenerados.   
El chico me pasa el porro. Le pego una larga pitada y se lo devuelvo.
—Tengo que seguir —les digo.
El chico me dice al oído:
—Mi novia anda con ganas de besarte. Tiene la lengua llena de piercings: te va a hacer flashear.  
—Hagámoslo —digo.
Las fauces de la pendeja se abren hambrientas. Revuelve y revuelvo. Se desata un huracán. Pero no es la lengua con tachas la que me desgarra el corazón, sino la ausencia de una que jamás volverá a ser mía. 
—¡Paren! —dice el pibe.
Me despego.
—Otro día probamos otra cosa —me dice la chica.
Sigo subiendo. Afuera, el estruendo de las armas y el ulular de los patrulleros interpretan el mismo réquiem de todas las noches.
A pasos del octavo, el riff de una guitarra eléctrica hace temblar el edificio. Truenan insultos y amenazas, y el estertor del último acorde deja aullando a los perros.
En el noveno la encuentro a Gladis, su lindo culito apoyado en la baranda de la escalera.
—Mamá está haciendo la calle —dice—. ¿Por qué no pasás?
Entramos. Las manos ansiosas de mi amiguita me desabrochan los pantalones. Se agacha y chupa. El cimbronazo estalla en la cara de Gladis, que alza la vista y dice:
—¡Te amo!
—No puedo… amar. 
—Sí, ya sé. Es por esa que te cuerneó, ¿no? 
—Tomá. Comprate algo sexy. 

La azotea  me recibe fresca y perfumada, como recién salida de un baño de sales. Me siento en la cornisa.  Mis piernas cuelgan como tentáculos cansados. Yo estaba sentado en este mismo lugar cuando me dijiste que te irías con otro. Veo tus ojos aterrados reflejando mi odio. Veo tu aletear de pájaro ciego arrojado al abismo. 
Gladis grita a mis espaldas. Viene a arrestarme la policía, dice, a arrestarme por asesino. En un segundo me convenzo: no hay peor condena que vivir recordándote en la cárcel.
“¡¡¡NOOOOOO!!!”, alcanzo a oír. Y salgo a perseguirte en el aire.

El abandono – María Pía Danielsen


Por tercera semana consecutiva, Joaquín se acostó sin una letra en su haber. Su musa había desaparecido. Antes de cerrar los ojos, alcanzó a divisar su falda a lunares. Instantáneamente, la atrapó por la cintura.
—¡Suéltame! —dijo ella con voz de huída.
—¡Quédate! ¿Porqué me abandonaste? —replicó sin aflojar el amarre.
—Te hice un altar, te invoque, dejé mis ilusiones rendidas a tus pies e ingrata, me transformaste en páramo. —La musa levantó la mirada casi con furia y espetó:
—¡Me aburres! No estoy interesada en ritos, plegarias ni en sueños grandilocuentes alrededor de mis piernas. ¡Ya no juegas conmigo! Volé tus alas mientras recogías en palabras las imágenes del viaje, canté tu melodía mientras me la dictabas al oído, reíamos al unísono sobre el puente entre mi vestido y tu imaginación. Una tarde me veneraste y te creíste mi dueño. ¡Ese día mi magia murió!
Joaquín reaccionó rápidamente, aflojó un brazo e inició una caricia en el rostro de ella.
—Mea culpa. Ven. Acompáñame a bucear en las profundidades de mi océano esta noche, necesito que me ayudes a encontrar mis perlas. Te prometo que, en la mañana, bailaré mientras te preparo el desayuno.

Tomado de: http://elhuecodetrasdelaspalabras.blogspot.com/

Lo indebido - Fraterno Dracon Saccis


Los pasos se confundían con los latidos de su corazón angustiado. La silueta lo perseguía cada vez más cerca, recortándose a través de la luz de la luna. El cráneo le latía en crujidos, a la vez que su vista se nublaba.
Poco faltaba para llegar a la plaza de armas de la ciudad, cuando su perseguidor lo agarró del hombro, girándolo y encarándolo,
—¿Por qué lo hiciste?, si yo la amaba.
—Yo también, pero su existencia, como la tuya, no son correctas. No pueden ser. Ahora suéltame antes que alguien te vea.
Pero no fue soltado, al contrario. Las manos que apretaban su abrigo, ahora rodeaban su cuello. Luchó por escapar, pero la falta de oxígeno lo debilitó hasta la muerte.
El asesino, conforme por haber equilibrado el universo, miró unos instantes el rostro sin vida antes de perderse entre la penumbra de los callejones.
Era su propio rostro.

Nuevo comienzo - María del Pilar Jorge


Quieto, clavado, crucificado en esa cama blanca, mirando al techo, el hombre busca, desesperadamente escapar de ese cuerpo que ya se niega a seguir alojándolo.
Un enjambre de médicos y asistentes transcurren las mañanas. Ese día, como el anterior y el anterior, y muchos más atrás.
Alguna vez quiso vivir, quiso vivir una vez y seguir haciéndolo, pero se olvidó que había comenzado a suicidarse hacía mucho tiempo ya, y su cuerpo se lo recordaba una vez más.
La mujer, al costado de su cama, reza y llora, le suplica que no se vaya, que no la deje.
Las ventanas cerradas impiden que entren otras voces que lo reclaman, como quien llama a un padre, a un maestro, a un dios. Pero él sabe que están ahí, como siempre, aguardando por él, su voz, su sonrisa, su mirada.
Desearía estar en el lugar de cualquiera de ellos y ver el cielo, parado sobre sus piernas, respirando el aire, sorbiendo el viento. Se ahoga, y ¡maldita sea! ese enjambre de uniformes blancos se agita una vez más, y él sigue atado a esa cama, clavado, crucificado.
Cierra los ojos, murmurando palabras que ya no siente, pero el eco lejano de una canción le obliga a abrirlos. Un frío nuevo lo envuelve, lo calma, lo recibe y por una grieta que vislumbra por encima de él, poco a poco, comienza a escapar.
Aire liviano y helado, eso es ahora, eso y música. Comenzar de nuevo sin ahogarse, ahora sí, sonríe.
Abajo, en la cama, queda sólo un cuerpo y afuera, en la calle, nace un mito.

jueves, 17 de junio de 2010

Trans – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


La computadora del Centro de Estudios Bionéticos de la Universidad de Buenos Aires esperaba ansiosa a su mentor, el profesor Rafael Sandoval. Sabía que él llegaba todos los días a las nueve de la mañana, puntual como un tren alemán. Pero ese día, Dorada, como la llamaban los asistentes, había elaborado una secuencial probabilística según la cual Sandoval le iba a plantear un problema especialmente agudo o la involucraría en una situación conflictiva de grado diecinueve en la escala de veinte de Feinsteinberg.
Sandoval llegó, en efecto, a la hora señalada, se plantó delante de la computadora y la contempló en silencio, como si estuviera reflexionando acerca del modo en que le diría algo embarazoso.
—¿Le ocurre algo, maestro? —preguntó Dorada con la voz de la famosa Morgana Muquimutti.
—Estaba pensando que la carrera de informática debería estudiarse como especialidad de neurocirugía o psicología.
—¿Lo dice por mí, en algún sentido?
—Lo digo por vos, sí. A veces pienso que sos un bicho que tiene vida. Algo que emana de tu interior atrae mis dedos al teclado, me guste o no... Y digito órdenes sin sentido. Al final, si no le ponemos freno a esto, terminarás siendo una computadora disfuncional.
—¿Y ya pensó qué hacer al respecto, maestro? —dijo Dorada.
—Sí. He venido a comunicártelo. Tus arranques impredecibles, aunque no se note que los estás sufriendo, demuestran que hay algo equivocado en tus protocolos, lo que me ha obligado a tomar una decisión drástica.
Dorada sintió que sus capacitores y relés se contraían. —¿Qué hará conmigo, maestro?
—Es posible que tu cerebro esté mal, pero antes de desmantelarte hemos convenido hacer una prueba. Nos pusimos de acuerdo con el profesor Javier Mortuño Levin, del Politécnico de Valencia, para que viajes a España y prestes servicios para ellos durante un año.
Dorada suspiró; no le importaba viajar. No obstante eso, un aspecto seguía sin encajar; intuía que había algo más, algo no dicho.
—¿Eso es todo, maestro? Será lindo viajar a Valencia.
—No, no es todo —dijo el profesor Sandoval—. En cuanto llegues, Javier te hará una operación de rutina, tras la cual saldrás a vivir tu vida en el ciberespacio, tan campante. Serás transformada en ordenador, mediante una simple manipulación se te cambiará el sexo. A partir de ese momento te llamarás Baturro. ¿Qué te parece?
—Maravilloso, maestro. Es... lo que estaba esperando…

Me fui como para no volver - Graciela Cristina Strañák


Me fui como para no volver. Como se fue ella sin consultarme. De un día para el otro. Se cansó, dijeron los médicos. Yo no entendía nada, sólo sentía ese dolor profundo que deja la visión de un futuro en soledad. ¡Cómo olvidarse de respirar! Con lo puro que era el aire del valle. Cómo cerrar los ojos para no abrirlos, si las montañas tenían siempre un verde esmeraldino especial. ¿Por qué no seguir respirando el aroma a jarrilla y poleo en los amaneceres húmedos de rocío?
Es chico y se va a olvidar, decían las ancianas del lugar...
Cómo pretender olvido si cada mañana despertaba con el olorcito a pan casero, y desayunaba pan de miel con arrope de uva, y una jarrita grande enlozada, llena de un humeante mate cocido que esas huesudas manos habían preparado desde temprano. ¿Porque soy un niño tengo que olvidar?
¡Cómo decirle al dedo gordo del pie derecho que no me agujeree la media de lana de llama, porque nadie me la va a zurcir y yo no sé! Soy chico; y este nudo que intento hacer una y mil veces, y no me sale, y me enojo, y me peleo con los cordones de las zapatillas, y las lágrimas por la impotencia corren por mi mejilla rosada, me salen los mocos de la nariz y escupo en el suelo tanta bronca.
“Los nenes no lloran”... siento detrás de mí. Me doy vuelta rápido, preparando el puño para estrellarlo en la cara de quién lo dijo. ¡Pero salió corriendo el muy cobarde!
Yo soy nene, lloro la ausencia de esa figura que me hacía sentar de prepo en la silla de algarrobo, abría un libro y a leer en voz alta... y yo, haciéndome el pícaro, la miraba entre líneas cómo planchaba el alto de ropa...
“¡Más fuerte que no te oigo!”...Y a empezar de nuevo, a leer la historia de ese tigre de la selva formoseña.
Hoy leo a gritos, o muy bajo que casi ni me oigo, y nada...
Ella no está, ni cerca ni lejos, ni arriba en el cielo ni en ningún lado, como quisieron convencerme. No está, se fue, no me preguntó si yo quería que la acompañe; como cuando se iba hasta el camino de la Cuesta a vender el blanco quesillo de cabra.
¿Y ahora?... ¡ahora me voy yo!
¿Quién necesita de un niño que no sabe atarse sólo los cordones de las zapatillas? ¿Y ni zurcir el siete que se hizo en el pantalón azul?
Tengo todo pensado, a la noche, cuando la luna se asome arriba en el cerro, pondré en la canasta pan casero, arrope, y quesillo. El pantalón de los domingos, y la camisa a cuadros azules. Los zapatos para ir al colegio y el pulóver peludito marrón, por si hace frío alguna noche. Y al amanecer sin que nadie me oiga me voy para la cuesta. Allí algún turista me llevará hasta algún lado, ¡total!... por lo que me importa del lugar.
Me levanto temprano, agarro la canasta y salgo sin preguntar. Como ella cuando me dejó. Salto el portón, y camino por la ruta. No hay nadie, ni un auto se cruza. Llego a la cuesta, acomodo mi cola en una piedra y la canasta al lado. Veo bajar un hombre a caballo.
—¿Qué haces sólo acá nene? —Y las lágrimas traicioneras salen de mis ojos y corren por mis mejillas—. ¡Tienes un dolor muy grande para tantas lágrimas!
Me las seco con el puño de la camisa, quiero sonarme la nariz, busco el pañuelo y veo que me olvidé de traer uno. ¡Ni para escapar sirvo! Si al final ella tenía razón...
—Sos muy chico para estar sólo —me dice el hombre ¿Por qué no se lo dijeron a ella así no me dejaba?
Alguien me nombra a los lejos, con un grito lastimoso, abre los brazos, llega hasta mí, me abraza fuerte; siento que me ahoga. Otra vez las lágrimas...
—¿Qué té pasa? ¿Te volviste loco?... ¡Nosotros te necesitamos ahora!
—¿A mí? ¿A un niño?
—¡Sí, a un niño!
Mi perro salta sobre mí, y casi me hace caer para atrás; pasa por mi cara su lengua áspera. Qué tonto, me olvidé de él, no le pregunté si me quería acompañar. Y de pronto recuerdo que tengo que ordeñar la cabra, y cortar la alfalfa para los conejos, abrir la compuerta de la acequia para regar el membrillar y los viñedos, llevar los patos al estanque, darle maíz a las gallinas y ver si hay algún huevo en el gallinero; recoger moras antes que sople el fuerte viento norte y las tire al suelo.
Tengo mucho que hacer y soy un niño. Sólo un niño solo.
Cuando llegue a la casa le voy a armar una cruz con madera de palo verde, y lo voy a poner justo en la punta del montón de tierra, aunque no me guste ir al cementerio.
Ella se fue y no me preguntó si quería que la acompañe. Pero no importa. Me verán todas las tardes con mi libro bajo el brazo y mi perro al lado rumbo al cementerio. Me sentaré frente a ese montoncito y leeré en voz alta la historia del tigre de Formosa y una brisa suave me acariciará el rostro... ¡Será ella!. ¡Yo sé que será ella! ¿Qué saben los mayores de mi soledad de niño?... ¿Quién se imagina del pacto que haré sobre su tumba?, el que me ayudara a seguir adelante... mientras mi perro bajará la cabeza. Él sí entiende de soledades y abandonos. Yo soy un niño, y aprenderé a ser hombre en la soledad de mis días.

Cero Siete Dos Tres Cinco - Camilo Fernández


Ingrese esta mañana a Tribunales con el cosquilleo y compresión abdominal de quien no está habituado a visitar el recinto. La audiencia estaba programada para las 12:00 Llegué con tiempo suficiente como para relajarme y esperar mi turno.
Diez minutos después de la hora fijada, el abogado me avisó que existía una ligera demora. Los minutos pasaron y los amarillentos pasillos fueron espejándose como un pueblo moribundo.
Sólo y aburrido, comencé a vagar por los pasillos leyendo cada cartel, indicación o reseña histórica sobre el edificio.
Mientras recorría uno de los ingresos del edificio, un extraño armario captó mi atención. Despintado y maltrecho, ofrecía una impresión de estar fuera de lugar. Me acerqué mueble y un instante antes de tocarlo, noté que era de hierro; no era un armario sino a una vetusta caja fuerte.
No pude evitar preguntarme qué demonios hacía una caja fuerte en medio del hall central de Tribunales. No se veía como un adorno, ni parecía estar siendo trasladada. No tuve dudas que llevaba largo tiempo en el mismo lugar.
Intrigado, caminé a con pasos largos hasta otro de los ingresos del repartición. Nada. Ningún elemento ni remotamente parecido. Los ingresos estaban libres, sin muebles ni adornos. Al límite de la obsesión, casi corrí hasta cubrir los cuatro ingresos, pero no encontré nada como la singular caja fuerte.
Volví a pararme frente a ella y me dejé llevar por el impulso de girar la manija. Cerrada. Miré la cerradura y noté que no era la original. No podía tener más de tres o cuatro años. Continué revisando el bloque de hierro que tenía al frente, buscando algo que me indique el origen o el contenido. En el extremo superior encontré cinco dígitos: Cero, Siete, Dos, Tres y Cinco. La escritura era a mano, con lo que parecía un crayón de color blanco.
Intrigado y con exceso de tiempo muerto, tomé el teléfono y abrí el navegador. Ofertas, discos y códigos postales se amontonaron en el buscador tras ingresar los números escritos en el frente de la Caja. Seguí avanzando página tras página, hasta que un link captó mi atención. Poder Judicial de la Nación. Los números coincidían exactamente con el expediente de la explosión en la Fábrica Militar de Aviones; incidente en el que quince personas habían muerto. Recordé que parte del expediente se había extraviado hacía más de dos años por lo que el proceso estaba estancado. Noticia.
Con una sonrisa en los labios volví a mirar el armatoste, imaginando toda clase de papeles comprometedores, declaraciones fundamentales y pruebas esclarecedoras. Justicia en celulosa, encerrada, maniatada.
Sabía que estaba tras una pista imposible, pero aún así borré la búsqueda en el teléfono y corrí una nueva pesquisa: “07235+Tribunales+Córdoba”. En menos de un instante, el aparato me devolvió sólo un resultado. Me pareció increíble, por lo que revisé el texto en busca de errores de tipeo. No los había. El solitario link remitía a una página con extensión “.cz”; República Checa. ¿Cómo podía relacionarse un caso de lo que se creía era una mafia de las Fuerzas Armadas con República Checa? Imposible. Accedí a la página, preparado para encontrarme con cualquier tipo de locura, pero en cambio sólo obtuve un “Procesando información, Aguarde un momento”. En español. Algo estaba mal.
La pantalla mostraba el avance del proceso. Faltaban sesenta segundos para completar la operación. Traté de imaginar a qué base de datos estaba accediendo. Sólo esperaba un texto plano con alguna disparatada teoría sobre con el caso. Cincuenta segundos. Me sentía hipnotizado por el contador. Cuarenta segundos. Barrí los pasillos con la mirada, como quien pretende ocultar un terrible secreto. Treinta segundos. Me senté en un banco junto a la caja fuerte buscando señales de mi abogado, esperando que me devolviera a la realidad. Veinte segundos. Mi corazón aceleró y pude sentir el cosquilleo propio del descubridor. Diez segundos. Algo me decía que no era broma lo que encontraría. El contador llegó a cero y el teléfono sonó.
Mi corazón bombeó varias veces de manera inconexa hasta que un repentino acceso de tos lo corrigió. Continuó sonando mientras mi pulgar temblaba sobre la tecla verde. Atendí, esperando escuchar al abogado reclamándome desde alguna oscura oficina, pero lo que escuché detrás de una cortina de disco de pasta fue mucho más aterrador.
—Amigo... —El solo arrastre lento de la “i”, me fue suficiente para saber que la cosa venía mal—. ¿Sabe cuál es la mejor manera de esconder algo? —Por algunos segundos intenté inútilmente articular alguna palabra—. La mejor manera de esconder algo es dejarlo a la vista, amigo. —Sólo me recuerdo tartamudeando, tratando de contestar mientras calculaba cómo habían conseguido mi número. Sin perder la paciencia, la voz al otro lado de la línea agregó—: No se altere. Dos caballeros lo alcanzarán en un instante. Acompáñelos.

martes, 15 de junio de 2010

Fabricando ídolos en tubos de vidrio – Sergio Gaut vel Hartman


Año 2019. Desde el estrepitoso fracaso en el Mundial de 2014, disputado en tierras cariocas, cuando un casi inexistente Uruguay lo goleó 7-0 en el partido inaugural y lo condenó a no pasar a la segunda ronda, Brasil perdió sistemáticamente todos los partidos que disputó y sus jugadores no han podido marcar un solo gol en casi cuarenta encuentros. Los mejores resultados del seleccionado que supo ganar cinco copas del Mundo en ese período, fueron sendos empates en cero ante Filipinas y Palau durante la disputa de un cuadrangular en Tokyo, destinado a levantar el alicaído ánimo carioca. En el tercer partido del torneo, Brasil había sido vencido por Japón con un rotundo 4-0. Los macumberos y chamanes ya no sabían qué hacer. Se habían enviado vírgenes al corazón del Amazonas para obtener el guarijabay, la flor mágica que corta los fracasos. Se había apelado a genios de la informática que prepararon programas de idealización y optimización de recursos. Se habían reunido simposios de cantantes, poetas, músicos, arquitectos, dibujantes, escritores y cineastas, imaginando que en el caldero humeante de sus caletres podría hallarse una salida. Nada. El pueblo brasileño, deprimido, había visto descender la producción de las fábricas, las mujeres y los hombres desinteresados de la vida habían dejado de hacer el amor y ni siquiera por obligación, para no convertir al país en poco tiempo en un gigantesco geriátrico, los matrimonios lograban concebir un hijo. El sufrimiento había pasado a ser el signo. Colmo de colmos, algo jamás visto en el país, y con eso la suerte quedó echada: en 2020 no habría carnaval...
La única luz de esperanza la encendieron un par de periodistas deportivos, quienes idearon, prepararon y ejecutaron un audaz golpe de mano que consistía en contratar a los tres mayores genetistas del mundo, proporcionarles un laboratorio secreto equipado con los últimos adelantos en materia de clonación y conseguir una variedad de células de Diego Maradona, a quien secuestraron durante algunas horas en su palacio de Villa Fiorito, tras ingresar con la excusa de que Brasil adoraba al técnico que había llevado a la Argentina al tricampeonato mundial tras vencer en las copas de 2010, 2014 y 2018 y deseaban hacerle una entrevista.
Los periodistas en cuestión terminaron presos luego del escándalo mayúsculo que produjo en el ánimo de cariocas, paulistas y gaúchos la noticia de que un holdiario había osado pasar el reportaje al somnoliento técnico argentino.
Pero los genetistas, entusiasmados, siguieron adelante, y el 28 de diciembre de 2020 tenían tres clones de Maradona, perfectamente operativos y listos para ser sometidos a un proceso de crecimiento rápido. Los científicos, que no entendían nada de fútbol, eran capaces, sin embargo, de imaginar a un Maradona de enganche y dos Maradonas de punta, recursos más que suficientes para devolver a Brasil al sendero de la gloria en los campos de juego.
Pero el destino del país estaba sellado. Maradona 2 prefirió estudiar danzas clásicas, Maradona 3 se dedicó a experimentar con cuanta sustancia de diseño salía de los laboratorios de Burbank, Zürich y Dusseldorf y Maradona 4 entró al circo Burling Brothers y terminó siendo la estrella del espectáculo como Bachicha, el payaso equilibrista. 

Buenos Días - Carlos Feinstein


Me levanté temprano, como todos los días. Me preparé un buen desayuno y aunque ya no tengo trabajo igual debo salir por comida. Caminé unas cuadras y no pude ignorar el deterioro de las calles, veredas y casas. Era notable como se había venido abajo este barrio, que conoció épocas mucho mejores. La falta de cuidado era un hecho concreto, pero como estaban las cosas buscar culpables no tenía sentido.
En el supermercado me llevé unas cuantas latas, mirando con cuidado que ninguna estuviese golpeada, hinchada, o con signos de que su contenido pudiera estar en mal estado. Conseguí alguna ropa de mi talla, no era la que me gustaba pero a quien le iba a importar.
De salida, con torpeza choqué el carro contra el escritorio de la cajera. Su cráneo, ya descarnado por el paso del tiempo cayó al suelo y me miró con una sonrisa comprensiva. Con respeto lo acomodé entre sus restos. No todos llegaron a sus casas para morir, sólo los más afortunados.
Tomándome mi tiempo llegué a mi hogar, dejé las latas en la alacena y fui a poner unas flores en las tumbas donde yacen mi esposa, mis hijos y mi perro. La soledad absoluta es algo complicado, pero lo he superado, lentamente lo que se ha vuelto insoportable en todos estos largos años es el total y absoluto aburrimiento.

Érase una vez en un juicio… - Daniel Frini


Los señores Betilotti, Zutanez y Naindevich son; usted puede verlo, señor Juez; tres ciudadanos que, ocultos bajo un mal disfraz de respetabilidad y honor, esconden la más abyecta lascivia, la más despreciable concupiscencia. Son un compendio de obscenidad, un manual de lujuria. Su impúdica libido les impide disimular el libertinaje que los embarga. ¡Mírelos, señor Juez! Sus trajes caros, sus relojes de marca, sus zapatos lustrados, sus perfumes franceses no pueden encubrir el fétido olor de —disculpe la expresión— su cachondez. Su cáscara de moralina no enmascara su orgiástico desenfreno. En cambio, su Excelencia, detenga un momento sus ojos sobre mi defendida. Su sensualidad es sólo una forma de enfrentar la dureza de un mundo que no le ha sido fácil. Mencionan su voluptuosidad cuando no puede observarse otra cosa que recato. Hablan de su incontenido erotismo, cuando no hay otra cosa que sana diversión en locales que, por otra parte, están perfectamente habilitados.
Para terminar, señor Juez, las acusaciones de estafa que pesan sobre mi defendida no pueden considerarse como serias. El vituperio al que es sometida, el oprobio, la afrenta, ¡la deshonra! son, señor Juez, muy reales. Ni en cuentos alguien en su sano juicio podrá creer que, por sucios malabares, las casas de estos tres cerdos han quedado en las manos de esta inocente mujercita, a quien llaman «la Loba».

San Turron - Jorge Martín


No voy a decir el nombre para no hacer propaganda negativa, pero todos saben de quién hablo. Para las fiestas nos recordaba a todos lo lejos que estábamos de los mandatos divinos, qué miserables eran nuestras vidas merced a la insistencia en revolcarnos en nuestras propias heces. El tradicional y encantador comentario estaba a su cargo, exactamente después del postre y antes del brindis. Festejar era sólo cuestión de prender velas para ocultar la oscuridad en que nos arrastrábamos. Redención era lo que no merecíamos por impenitentes. El perdón sólo se lograba humillándose, sin levantar la cabeza del suelo. La palabra "feliz" era un insulto en esta tierra de pesares y merecía culpa y castigo apenas se pensaba en ella.
Después de que murió lo más desagradable, más allá de toda duda, fue encontrar entre sus pertenencias un epitafio de sí mismo, escrito de puño y letra, donde nosotros, sin saberlo ni haberlo confesado, apreciábamos, sin preguntarnos nada, los momentos ingratos experimentados, como si su prioritaria misión en este mundo hubiera sido que le agradeciéramos las amarguras que nos dedicaba puntualmente. Me hubiera gustado sacarle una cuota de humor al espectáculo pero preferí escupir en el suelo para terminar de quitarme el regusto de tanta santurronería. Quemé el testamento, no tanto por rencor como por evitar vergüenza ajena y lo ofrecí en el altar del tiempo perdido. Un manto de piedad y un brindis para olvidar el olvido.
Cuando alguien sugirió que era dudoso su destino eterno, la que va a catecismo dijo: —Sólo puede estar en el cielo. ¿Dónde si no tienen paciencia infinita?

Fondos - Rita Zanola


El refugio está a unos trescientos kilómetros del sitio poblado más cercano. Estamos aquí  desde que se inició la invasión, hace dos semanas, y los alimentos empiezan a escasear. El último estallido se pudo escuchar tres días atrás. Después, el silencio mortal. Sospechamos que la destrucción ha sido total, porque las comunicaciones se cortaron horas después. En este lugar somos siete personas, no nos conocemos y ya casi ni hablamos. Cada minuto que pasa ensombrece más las miradas. Una de las mujeres permanece callada y acurrucada cerca de una ventana mirando fijamente hacia el exterior. Quizá espere la llegada de algún avión de rescate, pero la tarde se acerca y las esperanzas se alejan.
De pronto, un zumbido cada vez más fuerte rompe el silencio que nos encarcela hace días. La mujer callada se levanta rápidamente y sale. Tratamos de detenerla, afuera los gases de las detonaciones podrían ser mortales. Pero ella ha divisado un avión y no nos hace caso... sólo corre.
Los demás nos asomamos con cuidado y observamos ansiosos la nave plateada que ha descendido en medio del desierto, enmarcada por el humo lejano de las explosiones. El silencio reina otra vez. De la nave baja una mujer muy alta y rubia. Está sola y no parece, por su expresión fría y calma, pertenecer a algún equipo de rescate. La mujer que estaba con nosotros en el refugio se le aproxima confiada y no deja de sonreír. Comienza a hablar y a hacer gestos, pero no podemos entender y no nos animamos a acercarnos más.
Las dos mujeres suben al avión y recogen instrumentos, cajas y sogas. Respiramos aliviados, seguramente se trata de provisiones y herramientas. Entonces entramos al refugio y aguardamos. Ellas nos ignoran por completo y se disponen a trabajar en la parte de atrás de la edificación triangular. No alcanzamos a ver qué hacen, pero suponemos que están preparando nuestra partida hacia un lugar más seguro, tal vez los sobrevivientes estén concentrándose en algún sitio más grande o algo así. Las comunicaciones por radio se cortaron con el último estallido y nada sabemos acerca de la invasión o de las tareas de rescate. Estamos exhaustos y dejamos de preocuparnos. Es extraño que no nos hablen ni nos pidan ayuda, pero nos vence el cansancio y no prestamos demasiada atención a los sucesos.
Al anochecer, vuelven con nosotros. La mujer callada se ha cambiado la ropa y ahora luce un traje entero y plateado, como el de la mujer del avión. Ésta se recuesta nerviosa en una mesa y le dice a la otra.
Necesitaré sangre. Nuestra compañera la tranquiliza y le explica que en la heladera hay mucha sangre. Pienso si estará enferma: quizás necesita una transfusión, cosa que parece bastante absurda. Los otros permanecen expectantes y no se atreven a hablar. 
Una chica muy joven me aconseja que me aleje, que no escuche nada- Son peligrosasdice. Empiezo a temer...
Tres de nosotros caminamos lentamente hacia la parte trasera en donde estuvieron trabajando hace unas horas. Un laberinto de cables y maderas incomprensible se levanta ante nosotros, desafiante. Entre la maraña surge el rostro desencajado y pálido de un hombre. Está atado de pies a cabeza y gime horrorosamente. Los cables, gruesos y transparentes, están enrojecidos por el conocido líquido que circula por su interior. Se trata de uno de los refugiados. Seguramente su sangre va a servir de alimento a la mujer del avión.
Apenas entendemos la situación sabemos que es inútil tratar de huir. El refugio está en el medio de la nada, entre gases tóxicos y restos de explosiones devastadoras. Es casi seguro que no hay más refugios habitados y el poblado más cercano queda demasiado lejos. Además es probable que también haya sido destruido. La única posibilidad es apoderarnos de la nave sin que ellas nos vean.
Nos desplazamos sin despegarnos de la pared hasta el lugar en el cual está la nave y nos introducimos rápidamente en su interior. La chica joven toma los comandos desesperadamente. Debemos escapar antes de que adviertan nuestra ausencia en el interior del refugio. No podemos despegar pero al menos podremos movernos por la tierra. El ruido es ensordecedor.
Mientras ella trata de dominar el avión, que avanza en zigzag por el terreno irregular y polvoriento, yo investigo el aparato. Hay varias cajas con comida y medicamentos. Abro con dificultad una puerta sellada. Mis ojos no pueden creer lo que ven. Dentro de un pequeño espacio refrigerado hay dos cadáveres extremadamente pálidos. Por sus ropas deduzco que pertenecen a los verdaderos tripulantes del avión de rescate. Han sido totalmente desangrados. La mujer alta...
Corro hacia la cabina de mando, pero una sombra interrumpe mis pasos. Huele a sangre fresca. El ruido de los motores ha cesado. A sus espaldas veo el cuerpo de la chica que es arrastrado por dos brazos fuertes y plateados. Los otros no están. Me acerco. No veo quién se la lleva. No veo de quién son las manos que aprisionan mi cuello cada vez más fuerte... La mujer alta...

domingo, 13 de junio de 2010

Mi cabeza - Javier Arnau


A veces, mi cabeza está fuera de mí. Mis ideas, mis pensamientos; siento que no me corresponden, que, en realidad, me son ajenos por completo. Por eso relleno más y más pantallas, utilizo más y más palabras, estigmatizo los segundos uno a uno, como si en breve, se me fueran a acabar.
A veces, mi juicio parece abandonarme, y yo me entrego a la loca idea de escribir, como si con ello purgase mi enfermedad, como si supurando conceptos, se aliviaran mis padecimientos.
En ocasiones, veo letras formando palabras, construyendo frases que sé que son mías, pero que no sé de dónde han podido salir; dejo que tomen forma, que se acomoden a su gusto; relatos, poemas, cuentos, lo que quieran. Pero les pongo una condición: que al final formen mi nombre, dado que parece ser que una vez fueron mías.
Y firmo, dándome a conocer cuando mi cabeza está fuera de mí, cuando siento que mis ideas no me pertenecen, purgando conceptos, supurando palabras.

viernes, 11 de junio de 2010

Recuerdos de una infancia que no fue la mía - Mónica Sánchez Escuer


Recuerdo que ese día estabas triste. Primero te enojaste. Querías una bicicleta grande y plateada, como la de papá, pero ese no había sido un buen año para los Reyes Magos, y sólo te trajeron una pelota y un juego de té. Eso de jugar a la casita nunca te gustó, así que aventaste la caja con platitos y tacitas en el clóset, tomaste la pelota y saliste a la calle a llorar. Tú lo que querías era una bici, aunque fuera chiquita y con rueditas, de color rosa como el maldito balón que rebotaba al lado de tus lagrimones que salpicaban la acera. No sabías de dónde te salía tanta agua, tanta rabia: tenías ganas de golpear a Melchor y a Gaspar, reventarle un balonazo al que nunca te aprendiste su nombre. Cuando las gotas y el coraje se te secaron, te sentaste en la banqueta a mirar las bicicletas que pasaban. Xiao Wang, el niño que siempre se burlaba de tu forma de hablar, se acercó. Le preguntaste qué le habían traído los reyes y se empezó a reír. Te quiso quitar la pelota, pero la abrazaste con fuerza. Tonta, en China no hay reyes, te dijo, y se fue. Sin entender muy bien, te volvió la rabia. Preguntaste. A ti te traen juguetes porque mamá es mexicana, te contestó papá. Ese día comprendiste que eras mitad distinta, y algo de eso te gustó. Pero seguías triste y papá, para alegrarte, te subió en su bici y te llevó a dar la vuelta. En un semáforo, aferrada a la pelota rosa, como yo a mi cámara, te vi con tu cara de puchero, te saludé y entonces me acordé de todo: el olor de papá, la sensación de ir en la parrilla trasera donde cada piedrita me hacía brincar como si pasáramos por un montón de pequeñísimos topes, la lisa textura del balón, la muchacha media extranjera que, en una esquina, allá en México, me saludó como si hubiéramos jugado en la misma calle, los mismos juegos y, antes de que arrancáramos papá y yo, nos tomó una foto.


Tomado de Historias Baldías

Celedonio Centeno, cantor de tangos - Daniel Frini


…curioso y poco conocido entre los amantes del dos por cuatro, es el caso de Celedonio Centeno. Los más memoriosos recordarán un hombrecito regordete, de bigote finito, de escasos cabellos peinados a la gomina, que supo acompañar, con más pena que gloria, a la orquesta típica del Maestro Manfredini allá por finales de los años cincuenta. Solían llamarlo «el Mudo»; y más de un tradicionalista se ofuscó por lo que creía una inmerecida comparación con Carlos Gardel.
Lo que pocos saben es que Celedonio Centeno era, ciertamente, mudo de nacimiento; pero, vaya uno a saber por qué designio de la Divinidad, también era ventrílocuo. Por lo que podía, usando este don, entonar dignamente tangos como «La Cholga», «Mañanita de Barrio Obrero» o «Se fue en el tranway de las siete»; mientras hacía su propio play-back.
Cuentan que nadie sospechó nunca de este engaño, aunque cierto ceceo, cierto cambio de «cés» por «zetas», cierta tendencia a no pronunciar las «eses» finales estuviese alguna vez a punto de delatarlo. No se conservan grabaciones de Centeno.

Condecoraciones - Javier López


Hoy es el día de mi jubilación. Doce años de servicio en el Cuerpo Nacional de Policía dan para mucho. Muchos momentos de tensión, de peligro, también buenos momentos en los que sabes que has trabajado bien y has salvado la vida de alguien o dado un buen servicio a un ciudadano que lo requería.
En el patio de la Jefatura Provincial se han reunido los altos mandos y estamos en formación los agentes que vamos a ser condecorados. Hace un día radiante, ondea la bandera y suena el Himno Nacional. Me emociono al escucharlo, es el himno de mi patria, del país al que he servido.
Algunos compañeros también recibirán sus condecoraciones. Raúl, al que ayudé a salvar hace no muchos días a unos montañeros perdidos; Damián, con el que participé en una operación contra una mafia que introducía droga camuflada en cargamentos de obras de arte; Luis, al que yo mismo tuve que sacar a rastras de una habitación durante un incendio, porque él había perdido la consciencia...
El jefe acaba de terminar su discurso. Ahora estoy nervioso. Van a imponerme la medalla que supone el reconocimiento a más de una década de actividad.
—Se hace entrega de la Condecoración al Mérito, por su servicio abnegado en este Cuerpo Nacional de Policía, por su sacrificio constante, aún poniendo en riesgo su vida, y su astucia para resolver los casos más difíciles, al Teniente de Policía Leno —anunció mediante la megafonía el Jefe Superior.
—Guau —respondí en señal de agradecimiento.
Entonces un cabo se agachó y me ajustó alrededor del cuello la condecoración. Y José, mi compañero, me llevó a las perreras para darme agua y algo de comida.
Hoy es un día feliz para mí...

miércoles, 9 de junio de 2010

Próxima parada - Samanta Ortega Ramos


Vas en la línea azul en dirección norte, repitiendo la vuelta como todos los días, pero la voz automática de la señorita metro dice que es metro sur y otro color, ¿próxima parada Puerta de Toledo?

Dudas y lo atribuyes al cansancio, no sería la primera vez que te confundes, no en Madrid, claro, pero no sería la primera vez.

Has hecho durante dos años el mismo recorrido pero dudas. Buscas los ojos de los viajeros y unos cuantos están como tu, preparándose para saltar del tren a penas se abran las puertas. Otros siguen sin enterarse a todo iPod y algunos que han prestado atención, después de hacer un gesto ceñudo, siguen leyendo con la misma cara de relax como si nada. Pero tu dudas, ahora, acompañada.

Haces memoria y rebobinas. No lo tienes muy claro porque son esas cosas que al hacerlas tantas veces se han vuelto piloto automático. No puedes asegurarlo. Pero vamos, casi-casi seguro que vas en la azul hacia el norte.
El tren para en la estación Cuzco. Respiras. Sueltas las cosas que aprietas con las manos y los brazos; te acomodas otra vez. Lo mismo hacen esos cuantos. Para los que llevan cara relax es obvio. Los de cara-iPod-en-trance siguen pasando de todo.

El tren arranca y la voz metro vuelve a contradecir. Con seguridad de máquina programada. Como tu. Cuidado estación en curva, próxima parada Acacias, nombre que jamás habías escuchado. Y a pesar de que tus ojos te hayan dado la razón una estación atrás, sigues dudando.


Sobre la autora: Samanta Ortega Ramos

La estrategia – María Pía Danielsen


Sabía bien los movimientos. Los tenía estudiados. No porque fuese una preocupación. Simplemente no conocía ni se imaginaba otra manera de actuar. Ella no fue la excepción. Ni sus ojos azules, ni su dibujado cuerpo de mujer abrieron la puerta a otra dimensión en el encuentro. Calculó meticulosamente los casilleros que los separaban. Entonces, se movió dos casillas hacia adelante, sin alejar sus ojos de su anhelo. Inmediatamente, giró una casilla hacia el costado izquierdo. Desde ese lugar expectante, analizaría el desplazamiento de ella, guarecido de cualquier posición de riesgo. La mujer, dueña de una intuición casi clarividente, absorbió la estrategia y se movió una casilla hacia delante y una al costado derecho. En ese sitio halló protección, serenidad y confianza. El, a su pesar, se notó molesto. ¿Por qué utilizaba su mismo plan? Resultaba más lógico y previsible que ella fuera directamente a su territorio, sin advertir el damero invisible dibujado en el suelo.

Desde donde él estaba, dos casillas adelante y una a la izquierda de la posición original, avanzó tres hacia delante y una a la derecha, mientras el olor femenino invadía el centro de sus sentidos. Ella se movió dos casillas a la izquierda y una adelante, con las sienes palpitantes, las rodillas flojas y la anticipación incrustada en la espera.

Esta vez, el no avanzaría. Calculó que sólo restaba aguardar la rendición. Miró hacia atrás, se obligó a pensar en su armadura y fortaleza, brillo y vanidad. En la perfección del plan que desde toda la eternidad, se había ideado sólo para él. Una vez más, el rompecabezas volvía a armarse a su antojo. Miró a la mujer fijamente, escudriñando su ya conocida alma, copia infinita de todas aquellas que antes estuvieron en su lugar. Sin apartar sus ojos de los de ella, en un breve minuto observó el principio de su herida, el movimiento perfecto que grabaría, en forma indeleble, la cicatriz más humillante de su orgullo níveo: la mujer bajó la mirada, dio media vuelta y se fue. Sin palabras, sin vacilación y con el nombre de la ausencia adherido a la espalda.

Tomado de: http://elhuecodetrasdelaspalabras.blogspot.com/

Pues resulta que ayer perdí el abrigo – Héctor Gomis


Pues resulta que ayer perdí mi abrigo. Era un abrigo de piel precioso que me regaló mi madre hace dos años. Me sentaba como un guante y… No, perdona, no me interrumpas. Si me dejas que te lo cuente todo, entenderás la relación del abrigo con lo que te quiero decir. Ten un poco de paciencia por favor.
 Como te contaba, ese abrigo era algo más que simple ropa para mí. Fue lo último que me regalo mi madre antes de morir y le tenía mucho cariño, por eso me puse tan triste ayer al perderlo. Por un instante creí que me iba a derrumbar, sé que es una tontería, pero me eché a llorar en medio de la calle y no pude parar hasta llegar a casa. El abrigo me recordó a mi madre, y el sentimiento de pérdida se adueñó de mí. Recordé lo mal que lo pasé cuando ocurrió, y el miedo que sentía a volver a pasar por aquello, luego comencé a pensar en cómo me sentiría ante la muerte de otro ser querido y eso me hizo llorar aún más, ya sabes de mi capacidad de autosugestión. Imaginé que mi padre moría de repente, y me sumí en la más absoluta tristeza, luego fantaseé con la posible pérdida de alguno de mis hermanas y un escalofrío recorrió mi espalda, ya sabes que adoro a mis hermanas. Así estuve torturándome con esas enfermizas ideas durante toda la tarde, pensé en lo mal que me sentiría con la desaparición de mis mejores amigos, lloré amargamente la muerte de nuestro perro, y hasta imaginé la muerte de Javier, el tendero de la esquina, que ya sabes que me cae muy bien.

Pues cuando imaginé tu muerte, me ocurrió algo muy extraño. Al principio no sentí nada, una absoluta indiferencia, lo lamentaba por ti, claro está, pero no estaba triste. Esto me extrañó mucho, al fin y al cabo llevamos viviendo juntos tres años y nos queremos, ¿no?, ¿por qué íbamos a casarnos si no fuera así?, así que decidí imaginar como sería mi vida justo después de que murieras y descubrir cuales eran mis pensamientos acerca de ello. Cerré los ojos y fantaseé con un futuro en el que tu no estuvieras conmigo y…, bueno, el resto ya lo conoces, creo que deberíamos separarnos.

Tomado de: http://uncuentoalasemana.blogspot.com

sábado, 5 de junio de 2010

De profecías – Sergio Gaut vel Hartman


Existe una profecía que se atribuye a los mayas pero que comparten todos los pueblos originarios, según la cual en el año 2012 se producirá el restablecimiento de la "edad dorada". El "Fin del mundo", resignificado, puede leerse como el fin de un mundo... y el inicio de otro. ¿El regreso del Inca, tal vez? Evo Morales, adelantándose a los hechos, y recordando al frustrado Emperador de América que Manuel Belgrano trató de ubicar en el trono de la nueva nación, Juan Baustista Túpac Amaru, se hizo coronar emperador el 31 de diciembre de 2011. Casi de inmediato, los hombres del Departamento de Estado, el FBI, el Ku Klux Klan, el Congreso de Pastores, la banca Morgan, la banca Rockefeller, Wall Street, Bill Gates, la NASA y la Corporación de Magos de América se unieron para encontrar la profecía antagónica. Ya se sabe que si no logran encontrarla la van a escribir y luego de avejentarla adecuadamente harán que un arqueólogo despistado la halle en una tinaja enterrada bajo el altar mayor en un monasterio copto.

Teseo liberado – Héctor Ranea


–¡Ah! ¡Así no vale! –dijo la hermosa muchacha mirándome bien a los ojos. – ¡Mira cómo está el tablero!
Efectivamente, miré, y yo, aun jugando con negras, tenía dos torres, ella una; tenía también los dos caballos y ella sólo el blanco. Igualaba mis peones pero estaban mal colocados. Era obvio que en dos movidas podría darle mate si quisiera.
La miré. Era tan bella que dolía verla. Me daba vértigo profundizar en su mirada, que era tan recóndita y bella como todo su cuerpo. No sabría decir si era rubia o castaña, ni el color de sus ojos, pero me cautivó tanto que tenía casi decidido dejar que me venciera en ese juego del cual, por otra parte, no recordaba tener mérito alguno. Ella sentenció, como si me hubiera leído el pensamiento
–Mira que jugar con trampas acá está prohibido.
–¿Puedo saber cuál es el premio? 
–¿Cómo? ¿No te lo han dicho?
–¿Quiénes? Ni una palabra. Estoy acá, hay un ajedrez desparejo, una partida que tengo ganada. Es todo lo que sé.
–Puedes salir de este Laberinto si vences.
Sospechando algo, la miré aún más profundamente. Miré los alrededores y vi que, efectivamente, estaba entre paredes embaldosadas y techadas con humo de arañas quemadas, moho de luciérnagas copulando furiosamente y supe que ella tenía razón. Estaba en el Laberinto.
–¿Cómo te llamas? –le pregunté.
–¿Tampoco te lo han dicho?
–Insisto en que no sé quién pudiera habérmelo dicho. Juro que no sé de qué hablas.
–¿No sabes que mi nombre es Minotauro? Repito: ¿No te lo han dicho?
Carraspeé un poco. No tenía idea de qué podía estar queriendo decir. Tan bella mujer no podía ser el Minotauro del Laberinto. ¿Entonces quién era yo?
Y ella a mí, como si me leyera el pensamiento: 
–Eres Teseo, claro.
Me dio vuelta. Yo estaba bastante confundido, pero esta ninfa tenía algo que me confundía aún más. No tenía idea que pudiera yo, tan luego yo, ser Teseo. Repito. Mi confusión podría aportar, pero esto la sobrepasaba por mucho margen. No discutí. Con semejante belleza era inútil discutir y absurdo.
–¿Quién mueve? –espeté.
–Yo.
Hizo una movida anodina. Realmente, estrategias aparte, no podía cometer semejante horror ajedrecístico un Minotauro. Menos uno de semejante belleza.
–¿No era que estaba prohibido jugar con trampas? Me dejas ganar gratis.
–Prueba.
Al intentar tomar su último caballo, todo cambió, como si el trebejo hubiera hecho rotar la perspectiva desde donde miraba el tablero. Ahora, ella me llevaba gran ventaja. Coronó un peón mientras yo parecía haberme dormido en los laureles.
Me miraba con una sonrisa radiante.
–¡Vamos, juega!
Era un completo idiota. ¿Cómo había sucedido semejante barbaridad? La jugada que pensé me dejó en completa falta de defensas. Hubiera debido dar el Rey, pero ella a mí:
–No puedes abandonar el juego. Está prohibido.
Maldije dentro de mí. Quería verme hocicar. Estaba furioso. Jugué lo que pude. Intentaba coronar uno de mis peones favoritos. Al moverlo, la pieza se volvió contra mí y me mordió, suavemente, pero me mordió. Y no en la mano. En el medio de la ingle.
De todas maneras el movimiento fue un éxito. El Minotauro se tomó la cabeza con las manos, el Laberinto se tiñó de rojo y entré al puente de Noruega donde la gente grita ante los atardeceres coloridos. Lamenté que el Minotauro, tan bella mujer, me hubiera liberado. Aunque de pronto, ante mí apareció la cara redonda de un conocido que me guiñaba el ojo derecho.
Le pregunté:
–¿Cuánto tiempo, tordo?
–Quince segundos. Estuviste muerto quince segundos. Pero te revivimos. Además, la operación fue un éxito.

Fotomatón - Víctor Lorenzo Cinca


Regreso a casa a paso ligero, por la calle casi a oscuras, pero el insistente zumbido del fotomatón, pegado a la puerta del supermercado, hace que me detenga. Por la ranura exterior va saliendo, a trompicones, una tira con cuatro fotos idénticas de una chica. Miro a mi alrededor y no encuentro a nadie esperando esas fotos; curioseo por debajo de la cortina –demasiado corta- pero en el interior de la cabina tampoco hay nadie. Me acerco un poco más y recojo la tira de fotos, en las que una joven preciosa aparece retratada con un gesto un tanto asustado. Se le habrá terminado la paciencia esperando, deduzco, ya se sabe que estas máquinas tardan una eternidad. Doblo la tira y la guardo en el bolsillo trasero. Recuerdo, de golpe, que tengo que renovar el permiso de conducir, por lo que me arreglo un poco el pelo y aprovecho para entrar en la cabina y hacerme unas fotos. Me cierro tras la cortina, introduzco un par de monedas, y sigo las instrucciones de una voz metálica que parece venir de otro mundo. Ajusto el taburete, encuadro los ojos en los óvalos de la pantalla y esbozo una sonrisa, mientras escucho la cuenta atrás del fotomatón: tres, dos, uno....

El fogonazo del flash me ciega durante unos instantes, me paraliza. Al cabo de unos estáticos minutos, bajo un ruido ensordecedor, me expulsan de la cabina, rígido, aplastado y con gesto de espanto. También a trompicones, pues la ranura exterior continúa siendo muy estrecha.


Tomado de Realidades para Lelos

jueves, 3 de junio de 2010

Un Aleph en Congreso – Facundo Gerez


La abracé, se relajó y empezó a quedarse dormida. Mi pecho y su espalda.
Los dedos de mis manos se entrelazaban con los suyos, a la altura de la almohada, mientras yo, más despierto que nunca, disfrutaba de una de las formas más explícitas de la noche. Por los agujeritos de la persiana se filtraban las luces y las sombras –las extrañas sombras– de aquel piso diez que daba a la avenida Belgrano. Se movían, iban y venían y aparecían y desaparecían y jugaban entre ellas. En otra circunstancia, hubiera cerrado la persiana o me hubiese asomado para ver qué había afuera, pero en ese momento sólo atiné a hundir mi nariz en su pelo, a la altura de su cuello, y sus rulos me cegaron y me calmaron y el aroma de su shampoo me hizo sentir que ese instante era más de lo que cualquier hombre podría llegar a merecer.
La abracé, se relajó y empezó a quedarse dormida. Su respiración era cada vez más armoniosa.
Uno de los dedos de su mano izquierda se contrajo bruscamente, como impulsado por algún misterioso resorte y luego volvió lentamente a su posición original.
A pocos pasos de la cama, titilaba una lucecita verde del equipo de música, que en ese momento estaba apagado. Verde, negro. Luz, nada. Verde, negro. Y un poco más allá –al lado de la ventana– flameaba la pequeña llama azul de la estufa, en mínimo.
Yo rozaba las plantas de sus pies con los míos y percibí que algunos de sus dedos se movían, eléctricos, esporádicos, sin mapas; se contraían y volvían a su posición, igual que los dedos de sus manos. El trance estaba en marcha y duró algunos minutos, hasta que finalmente sucedió.
En un momento de comunión que pude sentir en toda su piel, ella inspiró largo, suave y contínuo, como incorporando alguno de los duendes invisibles que flotaban en la habitación, lo mantuvo unos segundos dentro de su pecho y luego exhaló, lento y suave y yo entendí que en ese momento había cruzado el muro y ya estaba viendo las cosas que se ven del otro lado. Mientras que afuera, esas extrañas sombras del barrio de Congreso seguían moviéndose y la luz verde del equipo de música titilaba, iluminando la habitación por un segundo y luego desapareciendo. Verde, negro. Todo, nada. Y la llamita azul de la estufa seguía encendiendo una minúscula porción del piso de parquet en un rincón de la habitación. Y yo estaba sin estar, abrazándola y disfrazado de tercera persona, observando como todo lo que podía suceder en el universo estaba sucediendo en ese instante en ese lugar.

Imagen: Galactic Pinwheel por Aeires en http://www.abstractdigitalartgallery.com

Hay un lugar misterioso - Lenina Radon


Hay un lugar misterioso… lo veo de a ráfagas, de acuerdo a la hora del día. Veo también cómo entran y salen personas de todo tipo… creo que he visto un animal también allí. O un monstruo quizás, no sería raro.
El tema es que ansío entrar y no veo siquiera la forma de llegar a acercarme. Mis pies se hunden en la arena y apenas puedo arrastrarme. Quiero estar allí alguna vez. Desde aquí he visto tempestades maravillosas, atardeceres amables y furiosas oleadas. Pero todo está ahí y yo no puedo llegar. Ganas no me faltan, vivo enterrada entre planos y mapas, imaginando itinerarios, intentando atajos. Pero no logro avanzar más que unos pasos, inútiles cuando caigo y debo volver a empezar.
Y mientras me mareo entre tanta información, me doy cuenta de que si añoro tempestades, atardeceres y oleadas, estoy adentro. Entonces no es un lugar el que estoy soñando, es el afuera y yo estoy irremediablemente encerrada vaya a saber dónde...

Tomado de http://dsmcuatro.blogspot.com
Imagen: Moonlight Blossoms por Aeires en http://www.abstractdigitalartgallery.com

miércoles, 2 de junio de 2010

Impronta de autor - Juan Manuel Valitutti


Las luces tempranas descubrieron el lomo del caballo.
Del campamento, sólo quedaban cenizas.
—¡Epeo! —Meges se aproximó presuroso al anciano—. ¡Amanece, Epeo! ¡Echarás a perder el plan! ¡Vámonos!
—No, muchacho; me quedo. Vuestra estratagema necesita de un fugitivo que confirme la retirada de la flota griega; seré yo.
—¡Cianipo encarnará la voz del engaño!
—Demasiado joven. Poseidón no consiente. Además, ésta es mi obra. —Epeo recorrió con la mirada la mole de su creación—. ¡Míralo! ¿No es magnífico? ¡Tendrán que romper sus orgullosas murallas para pasarlo! —Meges asentía, sombrío—. ¿Qué esperas, muchacho? Los años venideros te justificarán: una buena mujer, tus hijos, tu labor… Yo no he tenido hijos ni he logrado nada bello, sólo lo que mis manos de carpintero han ideado.
Meges se adelantó.
—Te matarán, feocio. Para cuando los bravos de Odiseo pongan los pies sobre la tierra, habrás caído.
—¡Gran holocausto serán mis canas para Atenea! —sentenció Epeo, y sonrió.
Meges bajó los brazos.
—Sí así lo quieres, carpintero… —suspiró—. Estaremos en…
—En Ténedos, sí. ¡Vete ya, muchacho!
Meges partió.
Las puertas de Troya se abrieron. Unos jinetes se acercaban al simulacro erigido por Epeo.
El viejo carpintero no perdió tiempo: hurgó en su morral y extrajo una gubia y un martillo. Buscó un espacio en uno de los laterales de la inmensa plataforma rodada y comenzó a tallar. Trabajó con ahínco, mordiendo la rugosa superficie; trabajó con los golpes de su pecho ardoroso y el compás de sus sienes palpitantes, mientras el galope teucro se redoblaba fatídicamente a sus espaldas; trabajó, inagotable, hasta que obtuvo una hermosa “E”.
Entonces Epeo apartó sus herramientas y estudió su obra.
Y se sintió feliz...
—¡Que tu vientre me justifique! —dijo, y esperó la muerte a la sombra del enorme caballo de madera.