La historia verdadera de la Cara de Cidonia - Héctor Ranea


Mucho me temo que algunos colegas científicos se estremecerán de verme caer al abismo de la locura pseudocientífica. Sé de dos que catalogarán mis empeños como Ciencia Patológica o comoquiera que la llamen. Pero debo decir a todos la verdad y nada más que la verdad sobre la Cara de Cidonia. En breve: la tallé yo.
Sé que muchas preguntas me van a formular después de semejante afirmación. La primera es cómo es que fui antes que llegara el Viking. Pues bien. Los Korindegon son cosmonautas desde hace miles de años, incluso algunas leyendas sitúan la habilidad de hacer volar artefactos en la época en que Marte tenía magnetismo y podían guiarse con cosas parecidas a nuestras brújulas. Y eso era en la época en que nuestro planeta cultivaba bacterias, incluso antes.
Ellos vinieron a mí después que un paisano los acomplejó con mate amargo y me hicieron la propuesta concreta de llevarme a conocer Marte. Ustedes saben de mi afición por la cosmonáutica, casi comparable a la de mi fascinación por la escultura y mi profesión de físico hizo el resto. Y ahí me fui, por ese vacío, como el poeta diría.
El problema es que nomás llegar conocí a Uhurlaqui, una korindegon de una belleza singular ya que, según me comentó el jefe Parlaki fue producto del amor de un korindegon con una hermosa mongol. Quedé con el corazón achicharrado al conocerla. Literalmente tan achicharrado que decidieron hacerme un trasplante. El khyul de un amagadón andaba bien, pero aunque me ponía un poco nervioso porque no tenía las mismas prestaciones, los ingenautas y cirucánicos lo pusieron bastante a punto. Con ese corazón podía amarla mucho más a Uhurlaqui sin riesgo de quemar la junta. Volábamos de aquí para allá y conocí mucho más de Marte que los actuales Rover. De hecho, cuando me llevó a Cidonia me encantó el lugar, tanto que decidí llevar mi amor a la piedra marciana. Claro que ésta no es como la nuestra así que tienen un sistema láser que produce formas que luego se copian a la piedra elegida. Me habían regalado un lasergromilZ que podía tallar hasta rocas del tamaño de un korindegon así que hice una escultura de su cara, para mi dulce Uhurlaqui.
Antes de volverme, me ofrecieron una tarea que era la de dibujar la fauna. Ellos tenían pocas habilidades domesticadoras y sólo lo habían logrado contadas veces, entre ellas, la madre de Uhur y yo... y pocas más. Ahí fue donde el agripeloso me mató. Me encontraron (más bien a mi cadáver) dos días marcianos después por lo que estaba casi totalmente podrido.
Sin embargo, sus recoñificadores reconstruyeron mi situación personal, lo cual llevó no pocos meses y muchas situaciones tensas de entrada en estado de grovinez, todo fue bastante estragador, para decirlo en kerocutuliano. Estragador a tal punto que Uhurlaqui aprendió a usar un equipo de escultura más grande y talló esa cara de ella en una montaña pero con la conjugada de la cara hizo la mía, que por ese entonces estaba en bastante mal estado, dada la putrefacción.
Y ésa es la historia de la cara y de por qué, vista desde diferentes puntos de vista no se parece a mí. Cuando quieran, les mando la foto, pero me estoy reponiendo... aún.

Tribulaciones de un comerciante marciano – María del Pilar Jorge


Se abrió la puerta del local y el viejo Uhumel entró a la blopería, arrastrando su extremidad inferior izquierda. Helio advirtió que llevaba un ñuknac corto, que permitía que el marciano exhibiera sus pilosas patas marrones.
—Hola, don Uhumel, ¿qué anda necesitando?
—Una onza de eso que ustedes llaman pan miñón, no entiendo por qué no le dicen blopis a los blopis, como todo el mundo.
Helio, que dudaba de la solvencia del vetusto marciano, le contestó con su mejor sonrisa
—Recién se fía después de la oscuridad nocturna y los zapatec, en el horario de la segunda comida.
—Jer…jer… hoy ya cobré mis yonies, sólo tengo un problema —se defendió Uhumel.
Lo sabía, pensó Helio, pero curioso como todo terrícola, dijo: —Cuénteme, don Uhumel, ¿qué le pasa?
—Erpeginia, mi mujer, me arregló este ñuknac, que estaba roto, y como puede ver, tiene muchos llovol.
—¿Y cuál es el problema, entonces? ¿No sabe en cual llovol guardó sus yonies?
—Si, pero… ese es el problema.
—¿No le alcanzan?, no se preocupe. Le fío la diferencia, yo ya sé que usted es un buen cliente.
—No, es que… —dijo Uhumel, acongojado, mientras una lágrima verdosa, se deslizaba por la curtida piel que circundaba sus grandes ojos—, justo ese llovol lo dejó cosido y el doncor marciano es imposible de cortar.

¡Hmmm! — Claudio G. del Castillo


Fu y Fa, turistas marcianos, deseaban conocer Nueva York. El choque con un pequeño asteroide desvió ligeramente la nave de su curso. Aterrizaron en medio de una plaza, junto a un blanco monumento. Cuando abrieron la escotilla supieron que estaban en problemas. Fu escudriñó el mapa y enfurruñó el pirlimplejo.
—Esa no es la Estatua de la Libertad —concluyó.
—¡Nos hemos perdido! —gimoteó Fa, y tiró la mochila al suelo.
Un viejo vestido de verde se les acercó:
—¿Son yanquis? —preguntó, mirando por encima de los espejuelos la gorra de camuflaje de Fu.
—Venimos de Marte —aclaró Fu.
—Buscan sol y playa, ¿no? —sonrió bonachón el viejo, a la par que paseaba un cabo de tabaco entre sus labios.
—¿Dónde estamos? —inquirió Fa a su interlocutor.
—¡Hmmm! Conque preguntillas, ¿eh? —murmuró este, suspicaz—. De forma general… diría que llegaron a las Antillas.
—¡Forrallonga! —maldijo Fu.
—Necesitamos orientación urgentemente, el hotel cuesta un ojánculo y el tiempo corre —suplicó Fa.
—Geografía, terca geografía… —se palmeó el viejo la frente—. Si mal no recuerdo… Veamos… —se rascó el cogote—. Al sur está Jamaica; a la izquierda, o sea al oeste… creo que la península de Yucatán, y al este Haití… Sí, Haití.
—¿Y al norte? —preguntó Fa—. ¿Qué hay al norte?
—¿Al norte? ¡Hmmm! —el viejo vestido de verde se ajustó los espejuelos con el dedo índice—. Al noreste están las Bahamas. ¡No tenemos norte! —dijo, lanzó un escupitajo y siguió su camino, mascullando algo entre el tabaco y los dientes.
—¡Forrallonga! —maldijo Fu.
—¡Perdidos, perdidos! —sollozó Fa, y pisoteó sus gafas.
—Debe ser una aberración del espacio—tiempo —especuló Fu—. Ascendamos nuevamente y echemos un vistazo. Presiento que pasamos la Tierra: este planeta tiene forma de mango.

Lapsus - Javier López


Estaba anocheciendo. Acababa de mirar el reloj digital del salpicadero de su coche: las seis y dos minutos. En ese mismo instante un intenso resplandor de luz blanca azulada lo cegó. Su vehículo se detuvo.

Algo iba a ocurrir, a partir de ese momento, que percibió como un inexplicable salto en el tiempo. Como si, en lo que dura un chasquido de dedos, hubiera pasado de estar instalado en el asiento de su automóvil, a ser conducido por una fuerza desconocida por los pasillos de lo que él diría que era una nave, sin estar en condiciones de precisar de qué naturaleza.
No tenía la sensación de que lo hubieran secuestrado, ni siquiera de que alguien se hubiera acercado cuando se detuvo su vehículo. Y sin embargo esa fuerza invisible lo estaba conduciendo hacia algún lugar, como si fuera escoltado y dirigido sin que mediara su voluntad.
La fuerza lo guió hacia una sala semiesférica acristalada, si a ese sólido transparente se le podía llamar cristal. Fue cuando se dio cuenta del mucho tiempo que debió haber transcurrido desde que su coche dejara de funcionar: el vehículo espacial —de eso ya no tenía dudas— estaba acercándose a la superficie rojiza, árida y pedregosa, de un planeta que no podía ser la Tierra. Y no por el paisaje, sino principalmente por el aspecto de aquella atmósfera de color anaranjado y luminosidad tenue.
La nave fue perdiendo altura y acercándose al suelo lentamente, sin emitir sonido alguno. Sobre el terreno se iba formando cada vez con más claridad la silueta de un enorme monolito negro de piedra basáltica. Segundos más tarde se hicieron visibles alrededor del monumento unas cuantas docenas de seres desnudos y de apariencia salvaje, aunque pronto pudo observar que parecían humanos actuales a los que se hubiera abandonado a su suerte y tuvieran un aspecto físico completamente descuidado.
Estaban exaltados y golpeaban en el suelo con palos. Aunque, a la distancia que estaba, aún no podía definir con seguridad lo que estaba viendo. Unos instantes después, comenzaron a utilizar aquellos utensilios para atacarse. Los individuos que aparentaban ser más fuertes y agresivos dirigían sus golpes contra los cráneos de los más débiles, hasta postrarlos en el suelo, malheridos o muertos. Cuando la nave por fin se posó, pudo ver con claridad que las armas que utilizaban no eran palos, sino huesos también de apariencia humana.
—Eso es lo que quedó de vosotros —oyó decir, como si resonara dentro su mente, a una voz sintética que parecía provenir de todas las partes de la sala—. Ahora tú y otros muchos ya lo habéis podido comprobar —continuó diciendo la misma voz en un tono que se sentía amenazador pero carente de cualquier emoción.

Despertó algo desorientado en el asiento de su coche, sin comprender bien qué hacía parado en el arcén de aquella carretera secundaria. La batería reaccionó al tercer intento de encendido. Miró el reloj del cuadro de mandos: las seis y tres minutos.
Pronto pudo continuar la marcha sin que se presentara ningún otro contratiempo.
Durante el trayecto fueron apareciendo, como flashes, extrañas imágenes en su mente. Por el momento no lograba identificarlas.

El regalo - Claudia Cortalezzi


Aunque todos sabían del cumpleaños del abuelo, nadie hablaba del regalo.
“A los viejos se los arregla con cualquier pavadita”, decía siempre Luisa.
Cualquier pavadita, costaba plata. Y yo no tenía un mango partido al medio.
Llamé a los parientes.
—¿Qué pasa? —preguntó Marta del otro lado de la línea—. ¿Se murió el viejo?
—¡No! —contesté—. Te espero a cenar.
No faltó ni uno: con tal de garronear una comida, suspenden hasta los partidos de truco. A mí nunca me invitan. Viven criticándome por estar tan pegado al abuelo. Lo que pasa es que él me crió. A mí y a muchos de aquella manga de desagradecidos.
Ese jueves, como siempre, el abuelo se iría a jugar a las cartas a lo del viejo Remigio. Volvería tarde, ni se enteraría de la junta de familia.
No bien salió, encendí la hornalla. Y, mientras se calentaba el agua, puse la mesa. Cuando ellos llegaron, yo ya tenía todo listo.
Mientras comíamos, les expliqué cómo venía la mano.
—Lo mejor va a ser que pongamos unos pesos cada uno.
—A mí no me pagaron —dijo Roberto.
—Vine a comer acá—advirtió Rosalía, que se limpiaba la boca con la manga—, porque en casa no hay nada. Qué voy a tener plata para el regalo.
—Yo —dijo Luisa, sosteniendo un fideo entre la boca y el plato— tuve que hacerle las radiografías al Gustavito.
¡Grande Luisa!, pensé. Todos sabíamos el abuelo había pagado las radiografías con los pocos ahorros que le quedaban.
—Yo no me explico para qué tanta historia —dijo el bruto de Raúl, sirviéndose vino del tetra que custodiaba entre las piernas para que nadie se lo manoteara—. Si el viejo ni sabe en qué día vive.
Nadie quiso largar un mango.
Y yo había gastado casi todo lo que tenía en la cena: aunque no fueran otra cosa que fideos con aceite y sal.
Cuando se fueron me puse a ordenar y barrer, despegando del piso, con la punta de la escoba, los fideos fríos que estaban debajo de las sillas. Recién me había metido en la cama cuando escuché la llave en la cerradura, era el abuelo.
No pegué un ojo en toda la noche.
Imposible pedir plata en el trabajo: la patrona me había dicho que no me pagaría hasta que no terminara con la cerámica del patio.
El viernes me levanté tempranito. Como dice el abuelo: "gato dormilón, no pilla ratón". Después de unos amargos, salí para tomar el tren de las siete.
Me dormí en el viaje, seguro que por la mala noche pasada. Cuando me desperté, ya estaba en Retiro. Bajé y pregunté la hora. Las ocho y cuarto.
Como la vieja del laburo me había dicho que no apareciera antes de las nueve, me senté en un banco de la plaza a esperar que se hiciera la hora.
Vi a dos tipos, uno perseguía al otro y gritaba:
—¡Ladrón! ¡Ladrón!
Logró agarrarlo de la campera. Los dos rodaron por la vereda.
Yo me arrimé para pispear dónde estaba la guita. ¡Con lo bien que me vendría!
No me hubiera ido por nada del mundo, parecían titanes en el ring. Pero alguien dijo que eran las nueve menos cinco, y salí disparando. No fuera cosa de que me rajaran, con el cumpleaños del abuelo encima.
Ni miraba dónde pisaba. Metí la pata en un pozo, y me caí.
Empezaba a levantarme, cuando alguien me agarró de un brazo. Eran dos canas que me deben haber confundido con el chorro.
—Voy al trabajo —dije.
Me encerraron en la comisaría.
Salí el sábado a las doce.
Una vez en el tren, conté mi plata: apenas cuatro pesos con treinta y cinco. Doblé los billetes y los guardé en el bolsillo, cuidando que no se cayeran las monedas.
Tenía frío y mucho sueño. Me estaba quedando dormido, cuando oí a un vendedor. Pensé en el abuelo, a él le gustaría una billetera. Costaban cinco pesos. Casi llamo al tipo para pedirle una rebaja. Pero, la verdad, no podía gastar. Mejor lo guardo para la comida, pensé.
Cuando bajé del tren, pasé a ver a los desalmados de los parientes. Les dije que vinieran a la noche a comer unos fideos con el abuelo. No todos los días se cumplen ochenta y nueve pirulos.
El abuelo estaba muy contento. Tan contento como si se hubiera dado cuenta de que el regalo era aquella cena. Comió, tomó vino del que trajo Raúl, y se rió de los chistes tontos de Rosalía. Le hizo upa a Gustavito más que nunca.
Y entonces:
—Vos sí que tenés plata, pibe —dijo Roberto—. Mirá que invitarnos a comer dos veces en la misma semana.
Rosalía lo miró como queriendo decir algo. Pero, como tenía la boca llena, sólo hizo un gesto de aprobación.
—La gorda aprovecha —acotó Marta—. Miren: si abre la boca, se le caen los fideos.
El abuelo y yo los observábamos en silencio.
Luisa agarró a Gustavito, y cuando pasó a mi lado me dijo despacio:
—Al final, ¿qué pasó con el regalo?
El abuelo la miró y entonces ella se fue calladita a su silla.
—No me digas —rió Raúl—, que esta fiesta de mierda es el regalo.
—Lo que pasa —interrumpió Roberto, mirándome—, es que el pibe se quiere ganar la herencia. Por lo que debe costar este rancho que se cae a pedazos, yo ni me gastaría.
Marta y Roberto largaron un carcajada.
Noté que el abuelo me miraba distinto, con los ojos húmedos. Por un momento creí que todos se habían ido. Pero la risa histérica de Marta me trajo a la realidad.
El abuelo se levantó. Parecía muy cansado. Golpeó la botella con el cuchillo, como quien va a pronunciar un discurso.
—No todos los viejos son sabios —dijo, mirándome—, ni todos los sabios son viejos.
Cuando las visitas se fueron, lo acompañé hasta la cama.
—Gracias —me pareció escuchar desde mi pieza.
Quién iba a decir que se estaba despidiendo.

"El regalo" ganó el primer premio Revista Santa Cruz, en 1999.
Publicado en Acomodando palabras
Claudia Cortalezzi

Historia de fósforos – Héctor Ranea


Meses atrás, debía advertirlo, comenzaron mis tribulaciones. Al querer cambiar una bombilla de luz me estalló en la mano y me corté. Era de esas que tienen una pintura interior a base de fósforo, el cual le da a la bombilla un brillo especial que hace que la iluminación no titile. Una esquirla de vidrio apenas visible se me incrustó en la yema del dedo índice derecho. Por suerte, soy zurdo, pero las molestias no terminaron al cicatrizar la pequeña herida. Ésta sangró un poco. Diría que dos gotas estándar, nada más. Pero lo que debí prever es que el fósforo se me metería en la sangre.
Como todos saben, fósforo se traduce Lucifer. Portador de luz. Ya Brand había visto en su taller secreto esa propiedad de acaparar luz donde otros sólo eran cuerpos opacos. Lo descubrió en la orina, en el semen, en los huesos. Comprendió que la luz mala se debía a Lucifer. Entonces dominó la luz, dominó a Lucifer. Y yo, pobre gil pampeano, no preví lo que me sucedió.
Unas semanas después del hecho que narro, un dedo de la mano izquierda tenía una fosforescencia pálida pero indudable que hacía parecer que el dedo fuera transparente. Al poco tiempo, el pene, más precisamente el glande, se me puso azul fosforescente (con tonos de verde, como corresponde a la fosforescencia que no tiene muy definido el color). Me hizo acordar a una película de Blake Edwards, pero a la pareja de entonces no le pareció nada gracioso y, como no se iba con nada (llegué a lavarme con lejía) finalmente se fue ella. Porca miseria.
Finalmente llegamos al día de la fecha. Tengo que andar desnudo porque cualquier cosa que me ponga no sólo me trasparenta, lo que es más ridículo aún, sino que me da un calor que me irrita la piel. Porca vacca.
Luego de varios intentos, estoy de pie en el puente sobre el río Napaleofú pero se me acercan las mariposas de noche, los bichitos verdes que vienen a copular en mis inmediaciones y me adornan como si fuera un átomo de Hidrógeno, con lo que me gusta la química después de esta experiencia fosforosa, un búho de las vizcacheras con una curiosidad, diría, malsana, una pareja de teros que se creen que llegó el día y un anciano pescador que se cree que soy una estatua cantora con luz y está armando su aparejo. Ni en este paraje solitario me puedo suicidar. Espero que al lanzar el aparejo no se me enganche en “salvas sean las partes”. Estar poseído por Lucifer no se lo recomiendo a nadie.

Noche y niebla - Daniel Frini


—¡Mamá! ¡el abuelo Adolfo se cagó otra vez!
—¿Otra vez? ¡viejo de mierda! ¡qué carajo se cree! ¿que estamos para servirlo? ¡Demasiado tenemos trabajando todo el día, pare tener que venir y atenderlo! ¡Como si fuera una delicia limpiarle el culo! ¡En lugar de agradecernos por no meterlo en un asilo! ¡¿Porqué no se muere y nos deja de joder la vida?!
El abuelo Adolfo gimió y una lágrima le corrió por la mejilla.
Se sabía inferior al perro de la familia.
Como siempre, como todos los días, se dijo que si volviese a nacer, si hubiese otra vida, si se encontrase en otro universo; sería otra persona, digno de respeto y admiración. Pero estaba allí y no en un mundo paralelo. Era un viejo sucio de mugre y afecto y no una persona reverenciada y temida. Era el mismo abuelo Adolfo de siempre, denigrado y ultrajado, que vivía en la pequeña villa de Braunau am Inn, en los Alpes austríacos, en la pequeña casita de los Hitler.

La bolsa sin dueño - Samanta Ortega Ramos


Camino por las silenciosas calles de Las Tablas mientras las nubes amenazan con romperse para deshacer el pigmento negro que tan mal les sienta.
Un ruido parecido a la respiración de un animal con malas intenciones me hace girar la cabeza. Es una bolsa que se arrastra por el suelo, nada más.
En la esquina, espero que el semáforo me de permiso aunque no vengan autos.
La bolsa se pone a mi lado y se queda quieta. Me causa gracia. Cruzo. La bolsa también y comienza a arrastrarse por detrás de mí, manteniendo una pequeña distancia de respeto.
Entro a la tienda de alimentación a comprarme un agua del tiempo porque tengo sed y cuando salgo ahí la veo, en la puerta, esperándome. Como es imposible continúo mi camino, pero la bolsa me sigue haciendo el ruido desesperado de animal sin dueño.
Entro a la autoescuela y salgo a la hora y media. Hay mucho viento. Las nubes no aguantan más y yo no llevo paraguas. Acelero el paso. La respiración bronquítica reaparece. La bolsa, que ahora sé que estuvo esperando, me sigue.
Una bolsa-perro. No hay dudas.
Al abrir el portal la bolsa se me pega al tobillo y por más que me la quiero quitar a las sacudidas no hay forma. Parece un pulpo.
La hago entrar a casa disimuladamente. Por suerte no compartí el ascensor con nadie. Una bolsa callejera adherida al tobillo no es nada elegante.
En la cocina se pone a crujir frente al tacho de basura. Pruebo algo: le tiro una cáscara de banana que me acabo de comer. Se la devora al instante. Es una bolsa-perro de basura. No sé cómo se lo va a tomar Eduardo cuando le cuente. Mejor que lo vea con sus propios ojos. La locura es mejor y más divertida cuando se comprarte.
Ahí viene mi gato con el lomo erizado. Mal signo. Es mejor separarlos hasta que se acostumbren a compartir el spotlight.


Sobre la autora: Samanta Ortega Ramos

El campo de batalla - Adriana Alarco de Zadra


Los soldados avanzan dos pasos al principio y luego un paso a la vez. Se van deteniendo al divisar las fuerzas enemigas en el campo de batalla. El suelo se tiñe de sangre negra y sangre blanca mientras saltan los caballos entre los cuadrados y sobre los heridos.
El rey y la reina vestidos de negro contemplan la batalla sangrienta mientras el rey huye y se esconde detrás de la torre. La reina se acerca con decisión al campo enemigo y hace trizas a los guardaespaldas del adversario que se deslizan diagonalmente para evitar la masacre.
El rey vestido de blanco está escondido en su torre y las dos reinas se enfrentan como el día y la noche. Son fuertes y veloces. Después de unos pasos de danza entre los senderos, las reinas se enfrentan con saña y rivalidad. ¿Quién es la más bella del condado?
Finalmente, la reina negra devora a la blanca y derrumba la torre del rey blanco que ha quedado sin resguardo. La noble pareja de negro queda reinante y la reina ha dado fin a la batalla con decisión y valentía.
Así termina el juego de ajedrez en una tarde de otoño frente a la ventana.

Retumba la tierra - Gilda Manso


Se distingue entre la gente / y retumba la tierra / si se pone incandescente entre las piernas.
(Marea,Incandescente).

En el pueblo se decía que cada vez que Malena tenía sexo, ocurría un terremoto; tan grande y tan poderosa era su pasión. Y se decía que lo del terremoto no era metáfora, exageración o mito. Cada vez que Malena tenía sexo, la tierra se movía; a veces, con resultados fatales.
Los amantes de Malena juraban que no podía ser casualidad. Juraban que Malena era capaz de provocar terremotos y quién sabe cuántas cosas más. Y los hombres que aún no habían pasado por la cama de Malena hacían lo imposible por lograrlo, aunque corrieran el riesgo de morir sepultados por los escombros de un techo derribado por la voluptuosidad de la mujer maldita.
Porque Malena se sentía maldita. Malena, además de carne extraordinaria, tenía un corazón de persona normal, un corazón que se conmovía hasta el encogimiento cada vez que un terremoto, en especial si era uno de los suyos, destrozaba una casa o una vida. Y entonces, Malena lloraba. Y cuando lloraba, Malena se volvía hermosa, tan hermosa como cuando reía. Y siempre había un hombre dispuesto a abrazarla, a acariciarle el pelo, a besarla. Y luego, otro terremoto.

No se sabe si fue una idea del sacerdote ultra conservador de la Iglesia del Sufrimiento Eterno o de alguna de sus feligresas, las Hermanitas del Perpetuo Vinagre, pero pronto estuvieron todos de acuerdo. O eso aseguraban. “Las mujeres promiscuas provocan terremotos”, sermoneó el sacerdote desde el púlpito, siguiendo una lógica que entendía solamente él. “Hay que acabar con las mujeres promiscuas para que la tierra deje de temblar”, continuó, y todos supieron que las mujeres promiscuas eran sólo una. Se armaron con palos y piedras y a puro golpe destrozaron, de ser eso posible, la hermosura de Malena.
Y un minuto después, un terremoto derrumbó, al mismo tiempo, medio pueblo y la teoría sobre la culpa de la sexualidad viva de Malena.
Malena lloró. Lloró de dolor, dolor de cuerpo apedreado, dolor de espíritu mutilado. Y lloró de pena, porque el último terremoto no había dejado casi nada en pie.
Un hombre se acercó y le acarició el pelo; Malena, por primera vez, se alejó. Ése no era hombre para ella.
Y lloró un rato más, lloró de alivio, porque ella podía provocar muchas cosas, y supo, finalmente, que ninguna de esas cosas tenía algo que ver con la muerte.

El llanto de la niña - Walter Böhmer


La casa era amarillenta, con rajaduras oscuras como viejas venas en un cuerpo descuidado. Se estaba descascarando y mostraba los ladrillos rojizos y gastados debajo de la piel de concreto, una escalera bastante mal hecha descansaba en la parte de afuera de la casa y llevaba a la segunda planta. Sus ventanas superiores parecían dos ojos negros y vacíos, como de alguien que falleció sin poder cerrarlos.

Las noches de viento se podía escuchar un sonido apagado que venía desde el interior, del primer piso para ser precisos. Era como un llanto, al menos ahí lo escuchábamos como tal.

El llanto de una niña.

Los vecinos habían llamado al párroco y algunos hasta llamaron a un curandero que visitó la casa, entró solo y de ella salió llorando, con un temblor constante en las manos que lo acompañó hasta el día de su muerte… tres semanas después.

El párroco bendijo la casa desde afuera, un día que el viento soplaba lento del norte, al pronunciar las primeras palabras, “A Ti, Dios Padre omnipotente, rendidamente pedimos que bendigas la entrada, y te dignes santificar esta casa; y, así como quisiste bendecir la casa de Abraham y de Jacob, e hiciste…”; pero el viento sopló más fuerte acallando la voz del religioso mientras las paredes se fueron descascarando aún más, las grietas se abrieron como si una daga cortase las paredes; el viento sopló con tanta brutalidad que redujo la casa a escombros. Casi todo el pueblo vio como se desprendían trozos de esa casa, todos oyeron el llanto de la niña arreciar sobre ellos, muchos se taparon los oídos, otros huyeron mientras los más fuertes cayeron de rodillas entre lágrimas y con ellos el párroco disfórico arrojaba las últimas gotas de agua bendita.

La casa abandonada ya no está, el municipio hizo en el baldío un pequeño parque; pero no hay niños que jueguen ahí.

No, hubiese sido mejor que la casa siguiese en pie, con esos ojos negros y sus venas al aire. Lo hubiésemos preferido antes que oír el llanto de la niña venir del parque vacío los días que sopla el viento.


Tomado de http://blogs.clarin.com/apologiadelosmiedos/

Sospecho que soy sospechado - Andrés Terzaghi


Sobre la mesa había un delicado encuentro de pensamientos aplicados a nombres antiguos, eran intensos productos de diversos estudios; mecanismos valiosos que partían de una sensibilidad enternecedora. Percibí el significado de mis órganos aturdidos que integraban en mi imaginación el cumplido asunto del mobiliario, la mesa me autorizaba a hundirme en los intestinos; la vida, un excremento filosófico puesto sobre la mesa, esa misma mesa.
Diseñaba libremente decorados de picaresca representación para existir.
En el hotel, abotonado contra el timbre había unos zapatos huecos que despedían un aroma semejante al establo. Mi tosco buldog, picado de pulgas, peleaba con ellos en una explosión de faltas y excusas porque el bulto le antojaba manías de dominación.
Destrozados los negros zapatos, únicos en su estilo, la espina que tantos veces había maltratado a mis pies, apareció roja por mi sangre y perturbada por el animal. La examiné. Era delgada e infecciosa, porque su naturaleza sentimental había consumido ciertas influencias relativas al departamento. Su origen, una planta, un cactus que alternativamente contorneaba su simetría esquelética recrudeciendo entre las raíces pliegos carnosos quitando de sí tristes herederas.
La creí inmaterial antes de su aparición fuera del zapato, pero mi delirio había terminado con la expiración del perro. Éste más místico que la humedad, interpretó en mi persona cualidades harto difíciles y verdades más corruptas que las propias, ahogándose y muriendo al fin como una moneda sobre la ofensiva mesa de espinas.
Mis primeros síntomas luciferinos demostraron su juego parasitario y hediondo. Habían contratado a un exsoldado de la infantería ateniense para contagiarme esta enfermedad que solo se hallaba en los animales.
Mi destino remotamente nocturno pero cognoscible seguía los intereses de quien lo administraba, es decir, un corpúsculo fijo sobre la punta de la lanza del ateniense.
Igual su nombre estaba en las manos de tantas voces que el ayuno de las mismas pronto terminaría y luego nunca daría lugar allí donde la vida y la muerte bifurcarían mi camino. Entonces, el descrédito sería demasiado notorio como para nuclear la observación en músicas encorvadas por mi dulce enfermedad.
En mi cabeza se habían estrechado todos los componentes como para flaquear la salud de mi cuerpo y alma hasta que personalmente conociera con éxtasis en un trozo de poema el estado en el cual se encontraban mis zapatos.
Décadas posteriores, unos hombres escarbaron las galerías subterráneas donde encontraron ligeramente los signos de mi cuerpo en combustión.
Demasiado conceptual para que la verdad, tibia y exquisita, los perjudicara científicamente. El aroma de la guerra comenzó a mover los 123 kilos de seca carne, a enojarla en su aspereza primitiva. Extraordinariamente hubo una inflexión en la historia del hombre. La risa se puso a favor de la enfermedad, porque mi pelo erizado por la humedad y el polvo parecía un paquete de crueldades que instigaban a que las palas de esos hombres se estrellaran contra mi rostro y herida tras herida, apiladas unas sobre otras incesantemente, afiebraban la voluntad de una nación de médicos con afán de moldear nuevamente mis expresiones.
Mi cadáver jamás no tuvo descanso. Se sospecha que los médicos pudieron resucitarlo y que el mismo vivió más años que yo.

Impune - Lorena Nazal Saglie


Espléndidas cejas las de Surieta; herencia familiar. Desde esas gruesas grietas había comunicado todo lo que deseaba y, por desventura, lo que no también. De rostro indomable, ojos fríos, una boca de la que habían salido más injurias de las que hoy logra recordar, el relato de cada beso robado… esos sí cantan gloria entre copas y, aunque parezca extraño en un hombre como este, todos con nombres encubiertos.
Aún sin interlocutores Surieta blasfema sobre el mismo aire que conquista para respirar a retorcijones, con la voz negra de la nicotina anclada en su garganta desde casi toda la vida. No es conocido por ser un buen tipo; carece de carisma, sus chistes terminan cuando la mesa ya está vacía. El hombre de rostro indomable aprendió a pagar la compañía, el tiempo de un par de copas, a veces tres; un poco más en el bolsillo le asegura un coro a su salud y una semana de hambre también.
El mismo bar, su mesa impregnada de cigarros que quemaron más de una vez las tablas esculpidas con fechas que nunca recordó, promesas que partieron mientras se tambaleaba a través del mismo recorrido de vuelta a su techo. La rutina de Surieta y una mala reputación tejida a mordiscos que poco a poco sólo le dejaron un músculo de corazón, eran un blanco posible frente a algún desespero y él lo sabía.
Vive dando tiempo al tiempo, razones todas para que alguno vuelva a intentar jalar un cuchillo en su garganta sólo para demostrar que nada le importa volver a aniquilar a alguno para cobrar venganza. Poco le importó antes cuando pisaba firme, anhelando encontrar en cada atardecer a la única mujer que amó, la morena de ojos tristes a quién consoló con una ternura que ya no existe, la que pujó a cada hijo, esa que envolvió su rencor y lo tiró lejos.
Otra noche de bar. El camino enceguecido por una luna llena espléndida que para Surieta pasa inadvertida; confuso entre sus recuerdos, las voces, unas pisadas. Sin aviso golpe a tierra, los ojos fríos vacíos como el desierto buscaron hacia dónde atacar. Otro golpe enterró su cabeza entre las garras de las piedras, un intento por levantarse, mover la mano hacia el cuchillo... tres golpes más lo dejaron desnudo, perdido, con la garganta abierta, aún los ojos atentos.
Se vinieron sin aviso como el condenado día en que anheló llegara la tarde para jugar bajo el sauce, contemplar los ojos tristes de la mujer que amó, consolarla con una ternura inventada para ella. A esa hora, aquel día en que Surieta anhelaba, sólo quedaban tres cuerpos bajo su techo, ni un pedazo de alma le dejaron para vaciar su dolor.
Entre las piedras veía todo nuevamente como el infierno que era, el que fue después, el que nunca dejó de ser, con los ojos abiertos, el rostro indomable y el cuerpo frío dando tiempo al tiempo, razones todas para fugarse de su propia alma.

El náufrago - Víctor Lorenzo Cinca


Como cada mañana, desde hace ya más de tres años, escribe un mensaje en una hoja de papel, lo enrolla con mucho cuidado y lo mete en una botella vacía. La sella con un tapón de corcho y se dirige a la playa para lanzar al mar su dosis diaria de esperanza. Ha pasado todo este tiempo solo, sin poder hablar con nadie, aislado del mundo, pero hace ya unos meses que le acompañan en la isla un par de amigos imaginarios, fruto del delirio de su soledad, con los que puede compartir sus preocupaciones. Al principio no se caían muy bien, pero poco a poco, prestándose ayuda mutua en los momentos difíciles, han ido fraguando una buena relación de amistad, se han ido haciendo inseparables.

Se acerca a la orilla con la botella en la mano y ve aproximarse una pequeña embarcación a remo, botada de un barco anclado a lo lejos, con cinco tripulantes que gritan como locos y agitan los brazos en alto. La botella le resbala de la mano y cae a sus pies. Ya en la arena, se abrazan los seis y el náufrago rompe a llorar, les da las gracias, besa sus manos, se arrodilla ante ellos y, finalmente, les advierte que no subirá a la embarcación sin sus dos compañeros de isla. La tripulación, sorprendida, emprende la búsqueda y pese a rastrear durante horas el lugar, no consigue encontrar a nadie. Aconsejan al náufrago, sospechando ya de su locura, que los acompañe al barco y se olvide de sus compañeros imaginarios pero él, con firmeza, insiste en que no son imaginarios, y que de ningún modo subirá sin ellos.

Tras una larga discusión, los cinco tripulantes suben indignados a la embarcación y se dirigen de nuevo al barco, dejando al náufrago en la orilla, orgulloso de su lealtad y su compañerismo, con una sonrisa en los labios que sólo se le borra cuando distingue, en la popa del barco que empieza ya a alejarse, a sus dos amigos imaginarios agitando unos pañuelos en señal de despedida.


Tomado de http://realidadesparalelos.blogspot.com/

La enana - Samanta Ortega Ramos


Tengo una amiga que le tenía miedo a las cucarachas. Una vez, estábamos en su casa festejando el cumpleaños y vio una en la pared. Le agarró una crisis nerviosa. Conozco a otras personas que le temen a los mimos y no las culpo. Cada uno sabe dónde depositar las propias frustraciones.
Yo le tengo miedo a los enanos y, con el tiempo, ese miedo fue ramificándose como la mala hierba que crece sobre el polvo de los desperdicios y la suciedad.
Los primeros días supuse que había adelgazado, la ropa me quedaba grande, pero ¿y los zapatos? Los zapatos me bailaban y cuando pude usar las camisetas como vestidos de noche lo tuve que aceptar: me había convertido en una enana. Lo curiosos es que mi marido parecía estar ajeno al hecho de que le llegara al ombligo. Me hice la idiota porque mientras él no se diera cuenta la cosa no estaría tan mal.
Cuando fui al especialista se lo dije de una, balanceando con nerviosismo las piernitas que me quedaban colgando de la silla: vengo porque desde hace un mes soy una enana. El doctor enrojeció, aguantó la risa que pudo y la otra me la escupió en la cara, sin filtros. Acepté las disculpas doblemente avergonzada cuando me dijo que lo había tomado por sorpresa. Después de medirme, pesarme y hacerme algunas preguntas de rigor no relacionadas al caso (como por ej. si fumo y de qué murieron mis padres) me pidió que me acostara en el diván y que lo esperara unos segundos.
No había terminado de acomodado cuando regresó con la máquina de torturas para encogimientos.
Si bien salgo llorando de la consulta todos los días, voy progresando. He ganado un par de centímetros, aunque si voy por la calle y me gritan “enana” me encojo lo que gané más algún que otro centímetro. El doctor dice que es normal y que no me desanime. Los agrandamientos llevan tiempo, especialmente cuando no hay una causa única que haya motivado la aparentemente abrupta reducción.

Sobre la autora: Samanta Ortega Ramos

El lápiz mágico - Víctor Lorenzo Cinca


Tirado bajo el escritorio, encuentro un lápiz de madera, con la punta afilada. No es mío, de eso estoy seguro, pues yo siempre utilizo portaminas. Lo recojo extrañado del suelo y distraídamente esbozo una araña del tamaño de un botón en una hoja de papel. En un abrir y cerrar de ojos, la araña adquiere vida propia y empieza a pasearse por la superficie del folio. Asustado, la aplasto con el paquete de tabaco vacío y me olvido de ella. Al instante, un tanto nervioso, me entran ganas de fumar, por lo que dibujo un cigarrillo e incluso me permito el lujo de escribir sobre el filtro el nombre de una buena marca, bastante cara, que hace tiempo que no compro. Dibujo un encendedor, lo alcanzo, y prendo la punta del cigarrillo. Mientras lo saboreo, voy bosquejando unas monedas y éstas van surgiendo, brillantes y metálicas, de la hoja de papel. Me las guardo en el bolsillo, para el café de la tarde, y volteando el lápiz entre mis dedos pienso en cosas que quisiera tener. Tras considerarlo a fondo, me doy cuenta de que lo que verdaderamente necesito, lo que más deseo, no se puede dibujar, así que trazo una goma y, cuando ésta aparece, borro el inútil y peligroso lápiz antes de que caiga en peores manos.

Mi amor en Emzú – María del Pilar Jorge


Yo vivía pleno, sin necesitar a nadie más, hasta el día que el humano llegó a Emzú. Cuando me vio, sus curiosos ojos, color cielo, se abrieron tan enormes como flores de iv.
Como tributo a su llegada, le ofrecí algunos frutos, pero él huyó. Ese día no lo ví más. La siguiente vez, al descubrirme, emitió sonidos que no pude traducir. Me retiré y él quedó librado a su tarea.
Me dediqué a espiarlo. Confieso que le tenía lástima: cuatro extremidades son muy pocas para cualquier criatura. Con las dos inferiores apenas se lograba mover, las superiores no le alcanzaban. Pero era ingenioso, se ayudaba con pinzas. Recogía muestras de rocas de ebonita y las guardaba en un bolsillo que colgaba de su cubierta exterior.
Cuando decidí dejarlo solo, él comenzó a perseguirme. Al principio, pensé que quería tomar una muestra de mi cuerpo, igual que hacía con la ebonita, pero si me cortan una extremidad tardan varios ciclos hasta que me crece otra. Ahora era yo quien lo rehuía. Pero el día que se acercó a mí agitando una de sus pinzas, comprendí. La gran pinza rugió y una ráfaga de fuego acarició mis escamas.
Fuego, ¡qué placer!, hacía tanto tiempo ya…
Era obvio: deseaba hacerme el amor. Excitado, me acerqué. Empezó a temblar. Temblaba tanto que tuve que prenderle fuego. Aullaba de placer, saltaba. Se revolcó en el suelo. Entonces lo abracé y ardimos los dos. Mis escamas se cayeron y apareció una nueva piel, en cambio cuando él perdió, en jirones, su corteza, sólo quedó una piel roja, hinchada. Había muerto.
Por eso viajé hasta Azor. Ya no puedo existir solo, necesito una mascota, eso sí, que no sea un humano, son muy difíciles de manejar.

Ocupas - Gilda Manso


-¿Usted opina que es correcto abrir una tumba? –me preguntó el sepulturero con voz paternal mientras nos acercábamos al panteón familiar.
-Si fuera ajena sería incorrecto, pero con mi tumba hago lo que se me canta; ábrala y va a ver que los sonidos que escuché son reales –contesté.
Entramos y ahí estaban: padre, madre y tres hijos; se ve que era el momento de la cena, porque los cinco comían sánguches de fiambre, pero se detuvieron y me miraron con culpa y con miedo. Al sepulturero se le escapó el asombro por la boca abierta.
-¿Usted es una Sánchez Thompson? –murmuró el padre.
-Y a usted qué le parece –contesté, señalando la inscripción en oro sobre la placa de bronce que le daba identidad al panteón de mi estirpe.
-Señorita, no tenemos dónde ir, y los nenes son chicos.
-Yo lo lamento mucho, pero acá no se pueden quedar. Acá están mis abuelos, mis padres, y en algún momento estaremos mis hermanos y yo –argumenté, seca.
-Pero señorita, usted es muy joven, no va a necesitar este lugar durante mucho tiempo…
Respiré hondo; estaba indignada.
-Este lugar es el panteón familiar de los Sánchez Thompson, de MI familia, y ustedes no los dejan descansar en paz.
-No, señorita, nosotros no los molestamos –acotó la mujer-. Si ve que la espada de ese hombre está puesta de un modo distinto es porque una vez Fabricio, mi nene más chico, quiso jugar con ella y yo no supe en qué posición volver a ponerla, pero…
-¿Jugaron con la espada de mi abuelo, el general Jean Pierre Sánchez Thompson? –pregunté, sin poder creerlo.
-¡No, no! Le decía que mi nene quiso jugar con la espada, pero no lo dejé. Nosotros les enseñamos a respetar a los muertos. Lo que mi marido quiere decir es que usted es joven y seguramente tiene casa, y esto, que no es una casa pero parece, usted de momento y gracias a dios no lo necesita, y a nosotros nos desalojaron hace unos días y le juro que no tenemos dónde ir.
Era el colmo. Como no tenían dónde ir, se metían en mi panteón.
-Yo no tengo la culpa de que ustedes no tengan dónde vivir. Ya mismo agarran sus cosas y se mandan a mudar de acá.
Un nene se puso a llorar. La mujer se agarró la cabeza. El hombre parecía acostumbrado. ¿Para esta gente sería una costumbre ocupar panteones?
Guardaron unas pocas cosas en sus mochilas y se fueron. Uno de los hijos le preguntó al padre dónde iban a ir. El padre contestó que no sabía.
Me subí a mi auto. El sepulturero se me acercó.
-¿No quiere decirles que al menos se queden a pasar la noche? –me preguntó.
Confieso que dudé un segundo. Pero sólo un segundo.
-De ninguna manera. No es asunto mío –respondí. Subí la ventanilla y el vidrio polarizado me aisló del mundo.

Espiral de violencia – Eduardo Cruz Acillona


Se despertó sobresaltado. Como todos los días, el ruido del choque de las bombonas de butano contra los hierros del camión le había arrancado violentamente del sueño. Eran sólo las ocho y media de la mañana. Enfurecido, se puso el batín y las zapatillas y bajó a la calle dispuesto a cualquier cosa.

Al ver que el camión del butano arrancaba para continuar su itinerario habitual por las calles aún oscuras del barrio, cogió un ladrillo del contenedor de una obra que había junto a su portal y lo lanzó con fuerza contra la ventanilla del conductor. El certero proyectil rompió el cristal y fue a parar a la sien izquierda del trabajador de Repsol Butano dejándole inconsciente en el acto. Ante el asombro y la impotencia de su compañero de reparto, el vehículo continuó avanzando sin rumbo fijo hasta chocar contra el escaparate de una sucursal bancaria atestada de ancianos que guardaban cola a la espera de poder cobrar su pensión mensual.

El hombre se sacudió el polvo de las manos y, tras mirar a ambos lados de la calle para cerciorarse de que nadie había sido testigo de su venganza, subió a su casa, se quitó el batín y las zapatillas y volvió a meterse en la cama con la esperanza de recuperar para siempre la tranquilidad que durante tantos días le habían usurpado.

Justo cuando empezaba a conciliar de nuevo el sueño, llegó la ambulancia con su atronadora sirena a recoger a los ancianos heridos.

Tomado de: http://masclaroagua.blogspot.com/

Cowboy de neón - Lisandro Varela


Martin Llambí me dijo que hay que llevar las historias como un arriero.
Como un arriero que empuja una historia hecha de muchas historias que ruedan cada vez más chicas, más redondas, mas simples.
Como un arriero que va desde atrás juntando su respiración con la del caballo para que el movimiento sea uno solo.
Como un arriero que sabe cuando ya no tiene sentido buscar un animal descarriado.
Como un arriero feliz de vértigo controlado.
Para llegar a San Telmo rápido hay que ir por Nueve de Julio y bajar la barranca al río que nadie nota.
Martín Llambí es un cowboy de neón.
Martín hace el gesto del arriero, que es como el gesto de alentar en la cancha pero más corto y con la mano desde el pecho y hacia adelante.
Tiene puesta una camisa de vaquero con flores rosas y flores verdes. Lo miro y brillan las flores rosas un segundo y despues las flores verdes.

Tomado del blog: http://vidadocampo.com/
Sobre el autor: Lisandro Varela

Todos los trenes - Miguel Dorelo


Quién lo hubiese imaginado ¿No, amor? Digo, este final tan parecido a aquel principio.
¿Te acordás? Cinco meses y ocho días. Ni mucho ni poco: el tiempo que nos fue destinado.
Y en menos de una hora, cuarenta y siete minutos para ser más exacto, si este maldito y a la vez amado tren llega a horario por una puta vez, todo lo que fue ya no será.

La impuntualidad acostumbrada del servicio que a todos pone de mal humor fue en nuestro caso una bendición.
—En este ramal siempre lo mismo, otra vez voy a llegar tarde —dijiste por decir algo.
Y yo, que te venía observando en silencio desde hacía varias semanas, ya completamente enamorado y sin poder ni querer evitarlo, me aferré a tu queja como si de ello dependiera mi propia vida.
—Si, pero este igualmente sigue siendo el medio de transporte más lindo del mundo —dije sin pensar. Y me miraste por primera vez.
Y como si todo hubiese estado programado para nosotros dos, casi al instante irrumpió la G-22 en la estación José María Bosch, línea Urquiza, en el partido de 3 de Febrero, provincia de Buenos Aires, este mismo lugar, pero en otro tiempo y en otras circunstancias.
Por primera vez nos sentamos uno al lado del otro. Fue esa nuestra primera vez en el tercer vagón de aquella formación.
—Te gustan los trenes, parece —me dijiste.
—Los amo —te contesté. Y a vos también, casi agrego, pero esto último no salió de mis labios jamás.
En ese mismo viaje descubrimos la pasión mutua que sentíamos por el ferrocarril.
Todas las mañanas en el mismo andén y a la misma hora.
Un corto saludo y luego rápidamente a ocupar nuestros lugares.
Supongo que fue algo al que algunos llaman destino o quizás una caprichosa e indescifrable designación divina, pero en el fragor de los cuerpos apurados por subir de la multitud de pasajeros y no importando cuanto demoráramos en ubicarnos ante nuestros asientos, éstos siempre estaban desocupados, como esperando a nuestros cuerpos. O a nuestras almas.
De Bosch a Federico Lacroze. Todos los días de la semana, ida y vuelta. Menos de quince kilómetros y unos pocos minutos de viaje.
Pero,el lunes, Bosch se transformó en Pretoria, el paisaje suburbano en una inmensa sabana sudafricana y el destino final fue trasmutado a Ciudad del Cabo. Relajados y con los ojos cerrados, gozamos juntos de nuestro primer viaje en el “Tren Azul”, un auténtico hotel rodante de cinco estrellas que fue inaugurado para nosotros, estábamos seguros de eso, en el año 1939.
El martes me dijiste: "Hoy quiero algo de aventura". Casi de inmediato “La General” se presentó ante nuestros ojos; la mítica locomotora construida para la Western and Atlantic en 1885 lanzó una gran bocanada de vapor y en pocos minutos el salvaje oeste americano comenzó a penetrar en nuestras retinas.
A mitad de semana todo lo preconcebido sobre el tiempo y las distancias fue dado por tierra: los 9.297 kilómetros desde Moscú a Vladivostok nos resultaron poco, extasiados ante los inconmensurables paisajes nevados que desfilaban sin solución de continuidad detrás de los vidrios empañados de las ventanillas, a bordo del “Transiberiano”. Nuestra felicidad se catapultó al infinito.
Y otro día fue el turno de “El tren de las nubes”, parsimonioso y trepador. Y en otra ocasión el “Tren bala” en Osaka o el “Ave”español, puro vértigo y adrenalina.
Cinco meses y ocho días viajando, juntos, por todo el mundo.
Y la estación Devoto fue Dortmund; Francisco Beiró, Luxemburgo; y las trochas cambiando permanentemente, de 768 mm. si viajábamos por Austria, India o Polonia; o si ese día decidíamos hacerlo por Australia, Costa Rica o Nigeria, aumentaría a 1067mm.
Magia pura. La de la palabra en forma de relato, o la de la ensoñación; el deseo mutuo de compartir con ella todos esos viajes escapando de la rutina de quince minutos diarios a bordo de aquél mal conservado tren de las afueras de la gran ciudad, yendo al trabajo. O un milagro convirtiendo en real lo imaginado. Quién sabe. Quién puede asegurar una u otra cosa.
Pero también tengo que hablar de ayer. Y luego de hoy.
Ayer, cuando regresábamos desde Lacroze / Edimburgo y a mitad de camino, me diste la noticia.
—Mañana será nuestro último viaje juntos —descargaste sin aviso.
Y luego me contaste aquello del chico que conociste y con el que empezabas a salir, que él también viajaba todos los días a Buenos Aires. Nombraste, creo, un Chevrolet Corsa color azul y que a partir del lunes el te llevaría y te traería.
Y hoy, esta mañana, sentados en nuestro asiento del tercer vagón, tirado junto al resto del convoy por la G-22, la magia se rompió. Y los carteles en las estaciones decían Moreno, Artigas, Villa Lynch; y todo el paisaje era exactamente igual a hace cinco meses y nueve días.
Me fue imposible ir a mi trabajo. Deambulé por la ciudad esperando la hora del regreso y pensando en qué hacer.
Y de repente, lo supe: París y el “Orient Express”. Saldremos, en nuestro último viaje juntos, desde la capital francesa, digamos, en el año 1915, acompañados por la conjura y las intrincadas acciones, rodeados de agentes y espías de las principales potencias mundiales. Sé que ella no podrá resistirse y una vez situados en uno de sus lujosos camarotes, con una copa de coñac en mis manos y otra de jerez en las suyas tendré el tiempo suficiente para disuadirla de sus planes. Le diré lo que he callado hasta hoy y me dirá: "lo sospechaba". Y agregará que era hora de que se lo dijera y que ya no nos separaremos nunca más.

O, en el peor de los casos, nos convertiremos en dos desaparecidos más, en un misterio más sin resolver a bordo del “expreso espía” antes de su arribo a Estambul.

Tomado de http://lacuentoteca.blogspot.com/

Cruce de especies - Guillermo Vidal


No son ningún criterio definitivo de la belleza. Resulta que la membrana que los envuelve se parece más a la de los gusanos. La carne está expuesta y son tan frágiles que hasta nuestras delicadas garras pueden lastimarlos. La piel debe proteger además de ser bella. Ser eficaz además de flexible. ¿Donde están las manchas, los diseños y los colores que los distinguen y expresen sus tradiciones, familias, origen. Acaso tengan algo que ocultar. Las placas y las cornamentas que cambian de color y comunican los estados de ánimo humor.

Tenemos una variedad de sonidos, articulados que con belleza y sentido atraviesan cientos de kilómetros, uniéndonos a miles de los nuestros de tierras lejanas. Hasta los murmullos de nuestros pies o el frotar de nuestras aletas constituyen una obra de arte. Ellos solo se comunican con pequeños chillidos parecidos a los de las pequeñas ratas aladas. Cual sea la raza que haya creado un lenguaje con estas características no puede haber desarrollado más que una inteligencia limítrofe. No por eso hay que despreciarlos o maltratarlos, pero están lejos de ser lo que se creen.

Hace millones de años nosotros ya caminábamos erguidos sobre nuestros miembros posteriores y teníamos nuestras garras libres para manipular objetos. Nadie entre nosotros hace tanto escándalo por esa ventaja evolutiva. Si quieren disputarnos el lugar van a tener que hacer un mejor esfuerzo. Aquí ningún asteroide les va a ahorrar la competencia con otras especies. Si quieren estar en la cima de la pirámide evolutiva, van a tener que trabajar mucho. No tenemos nada que envidiarles. Sé que algunos son bonitos, no les des confianza o se te suben a la cresta. Puede que exagere un poco, me preocupa que les creas.

Cualquiera que se atreva a molestarte o se pase de la línea, con un coletazo ponelo en el lugar que se merece. En cuanto al afecto las especies son muy parejas, los machos de cualquier origen son todos iguales y lo digo con todo el amor que le tengo a tu padre desde que nos apareamos. Estás hermosa. No te olvides de enviarnos un infrasonido para saber como estas, sabes que a tu padre lo tranquiliza. Sé que basta que te lo prohíba para que quieras hacerlo pero por favor tesoro no se te ocurra enamorarte de uno de esos homínidos, tienen unas naves muy bonitas para pasear pero millones de años de evolución nos separan de ellos. No te apartes de la manada, acordate que te venimos a buscar. Si ya se, esperamos afuera. Ahora anda a divertirte y disfruta la fiesta.—la joven se alejó balanceándose con un leve bufido para despedirse— Como ha crecido, recuerdo como si fuera hoy cuando salió del huevo. Es un poco retraída. Si no fuera por esos monos rondando nuestro planeta estaría más tranquila, ¿no es cierto?¿Te quedaste dormido? No digo, son todos iguales, no sé ni cómo nos reproducimos. Que harían sin nosotras las hembras. Todavía estarían entre los platelmintos.

Chuang Tzu - María del Pilar Jorge


Ayudado por dos de sus jóvenes nietos, Chuang Tzu da pequeños pasos. La artrosis y sus muchos años —nadie sabe cuantas lunas cuenta ya el anciano— hace rato que dificultan su desplazamiento. Los achaques, paulatinamente, lo han ido privando de los disfrutes más mundanos. Ya no son para Chuang Tzu ni los festines ni las cortesanas. Pero los males y los dolores no le impiden moverse.
Como todas las tardes, a la misma hora —cuando el sol es más cálido— con tozuda tenacidad, avanza por el sendero que lleva al jardín. El jardín con sus plantas, flores y la pequeña fuente que son su orgullo y su único placer.Asistido por los dos muchachos, quienes lo acomodan con afecto, Chuang Tzu se recuesta en la esterilla. Lanza un largo suspiro. Así, apoyado sobre su brazo más sano, contempla su pequeño refugio: sus flores favoritas, los peces del estanque, las mariposas.
Una mariposa cruza su campo de visión, para titilar tenuemente sobre una planta cercana. El anciano esboza una sonrisa y sus párpados comienzan a cerrarse. Un rumor ronco brota de su boca.La mariposa vuela sobre Chuang Tzu, un instante, para elevarse hacia el cielo.Y Chuang Tzu también es mariposa acunándose en la brisa. Colores. Tiene hambre de colores y de néctar, de sabor dulce, suave, fuerte o rancio.Se emborracha con el néctar de las flores.Percibe las vibraciones de las hojas meciéndose en el viento y el múltiple murmullo de las abejas.El placer del momento, la vida es sólo eso: un momento. Un momento que se esfuma, cuando la breve vida de la mariposa concluye.Eternidad. El viejo en su jardín es eterno, estará allí mañana y el otro mañana, aunque la mariposa muera ahora, después de su baile de néctar y colores.Y la mariposa sabe que su tiempo se va a acabar con la próxima ráfaga de viento y busca, sigue buscando sabores.
Chuang Tzu abre los ojos, emite un bostezo y ayudándose con los codos y las manos, consigue incorporarse y se sienta en postura de loto. Chuang Tzu medita; ya no le importan ni la artrosis ni los pies doloridos, porque en sus sueños fue mariposa

Tecnoficción - Andrés Terzaghi


La inagotable empresa del conocimiento (acerba inquietud exhaustiva) ha osado un futuro propicio a declararse inconstitucional al haber alcanzado, tras generaciones humanas, la Verdad Última (descubrimiento que no colmó las expectativas) y por ello, el trágico fin de la ciencia. Motivo éste inaugural para consentir la plena libertad de acción a las facultades que comprenden los saberes de la ciencia ficción, actividad que hoy se inicia en estos vanguardistas laboratorios donde se desarrollarán cruciales experimentos con el fin de realizar, en la postrimería de estos tiempos convulsionados, toda invención irracional y/o ficticia. Aquí se crearán: la primera Sirena (antropoictius), el centauro; Ícaro podrá volar sin caer; aquellos que soñaron fervientemente con Venus, pues se producirán a escala, cada dedo, seno, ojo, cabello será igual en millones de unidades tentáculofacturadas para que el consumidor goce de sus amorosos servicios. La máquina del tiempo; el barrenador que atravesará al planeta uniendo sus antípodas; un ascensor y desascensor hacia la Luna; la ambición alquimista de la piedra filosofal, la panacea universal, entre otros menesteres, y por qué no, la resurrección de los muertos. ¡A trabajar!

Este fue el discurso del presidente de las Naciones Desunidas al comienzo del 10001. Desde entonces se ha investigado y aplicado todo el poder del conocimiento a las ciencias ficciones para los avances en la tecnoficción. Nuestro sueño es llegar a la síntesis universal de lo falso.

La silla de Dios - Mónica Sánchez Escuer


Celebrando a Pedro Meyer

Dicen que es la silla de Dios. Que desde ahí mira los pecados del pueblo, la caridad de los ricos, la lujuria de los jóvenes, la tentación de todos. Nadie sabe quién la mandó a fabricar, quién talló sus enormes dimensiones y la montó en ese pedestal, a media calle. Algunos dicen que es obra de Dios, o de un santo, que es casi lo mismo. Pero detrás de las bardas y las puertas, la gente del pueblo no cree en los milagros. Dicen que en esa gran silla Dios se sienta a descansar los domingos y los días de fiesta. El resto de la semana, nadie sabe exactamente dónde está, va de un lado a otro sin dejar rastro. Por eso, se cuidan de no cometer pecados mortales en días de trabajo, sólo aquellas faltas que se disuelven con dos o tres rezos y alguna penitencia. Pero el domingo, saben que Dios se sienta ahí, que no va a ningún lado. Y en eso sí creen. Fielmente. Y se alejan todos, cinco o seis cuadras a la redonda, y dejan que Dios descanse y nadie lo molesta con sus ruidos amorosos, blasfemias, robos, disparos, violaciones y otras prácticas, ya por tradición, dominicales.


Tomado de Historias Baldías

Profecías - Christian Lisboa


Un amigo me llamó preocupado por la inusual actividad solar. Me dijo, textualmente:
—¿Tú crees que habrá una gran tormenta solar el dos mil doce?
—Todos los años hay tormentas solares —le dije.
—Pero la NASA dice que habrá una tormenta solar tan grande, que causará la muerte de muchas personas. ¿Será el fin del mundo?
—Espera un momento. La Nasa no ha publicado eso. Tú has leído interpretaciones sensacionalistas.
—¿Podemos conversar? ¿Tendrás tiempo mañana?
—Está bien. Mañana, después del trabajo.
La tarde siguiente, en la Avenida de Las Américas, nos encontrábamos en un café que a ambos nos gustaba. Pedí un Capuchino con un toque de Amaretto. No presté atención a lo que pidió Alberto, pues él me hablaba atropelladamente sobre sus aprensiones. El mezclaba profecías de Nostradamus con la “Profecía Maya”, el calentamiento global, la subida del nivel del mar en dos centímetros, la crisis de la Iglesia Católica, el papa negro…
—¿Cuál papa negro? —le pregunté.
—Obama, pues. Si está clarito…
—Obama es negro, pero no es el papa. Ni siquiera es religioso.
—Cuando se escribió la profecía —me dijo—, el papa representaba el mayor poder terrenal. Ahora, el poder principal del planeta recae en el presidente de USA. La profecía del “papa negro” se refiere a él. Estamos en el final de los tiempos, ¿no lo comprendes?
—Espera un momento, Alberto —le dije—. Estás forzando las cosas. Estás interpretando a tu manera.
—¿Ah, sí? ¿Y qué me dices de los terremotos de este año? ¿Cuándo habían ocurrido tantos temblores de gran magnitud en distintos continentes? ¿Cuándo, ah? Respóndeme…
—Eso tiene explicación. Un gran terremoto causa una perturbación geofísica tremenda. La isostasia…
En ese momento ocurrió. Yo no le estaba mirando directamente, sólo percibí que el voluminoso cuerpo de mi amigo repentinamente desapareció. Así, sin más. Se fundió, como derretido a una elevadísima temperatura. Lo único que quedó del gran Alberto, académico, ensayista, asesor del departamento de Sociología, fue un charco en el piso de no más de setenta centímetros de diámetro. Y líquido en la silla y sobre la mesa, donde estuvo su brazo. Una gota de ese líquido describió una parábola y fue a caer en mi café. Aparté el vaso, espantado. Miré a mi alrededor. Nadie parecía haberse percatado del horrible drama que yo presencié. La vida continuaba normalmente, hasta en sus más mínimos detalles. “¿Así ocurrirán los grandes cambios?”, pensé, “¿sin que la gente lo note, hasta que sea demasiado tarde?”.
Llamé a la mesera y pedí otro café.


Acerca del autor:

La esponja - Héctor Gomis


Damián era una esponja. Lo que le pasaba a Damián es muy fácil de explicar. Damián estaba vacío. Por dentro era hueco y por fuera poroso. No contenía nada que no pudiera absorber del exterior. Si tú eras dulce él rezumaba azúcar, si eras tibio él se calentaba, si negro se oscurecía. No tenía voluntad ni opinión, y sin tener nunca razón, él la iba repartiendo a diestro y siniestro. Si querías ir al cine, pagaba las entradas, si proponían robar un coche, él buscaba una ganzúa, si se decía de ir de putas, compraba los condones. No tenía un Dios sino miles, todos los que los demás adoráramos. Ni tenía gustos definidos, los cogía prestados. Por suerte para él, el dinero de su familia permitía que pudiera vivir en su mar de indefinición. Y así se compró el coche que me gustaba a mí, la casa que quería su madre, o el jersey que llevaba su hermano.

Por su forma de ser, Damián se llevaba elogios e insultos todos los días. Era el empleado perfecto, sumiso, fiel y sin ideas propias, el hijo perfecto, sumiso, fiel y sin ideas propias, y por supuesto, en cuanto le encontrara la adecuada, el marido perfecto, sumiso, fiel y sin ideas propias. En cambio sus amigos le despreciaban. Los que lo conocían y no deseaban sacar nada en metálico de él, volvían asqueados su cabeza para no verlo. La mayoría creían que era falso y calculador, y que cuando te daba la razón en todo, lo hacía para adularte y conseguir algo a cambio. Pero no era así, no había malicia en sus actos. La esponja sólo era eso, una esponja. Un absorbedor nato. Y buscaba continuamente gente de quien llenarse, ideas de las que nutrirse.

Supongo que todo habría sido distinto si los demás hubieran adivinado lo que yo sabía. Si hubieran encontrado la verdad sobre Damián. Pero no fue así, y fue cayendo en el desprecio general, hasta que llegó un día en el que nadie, salvo su jefe, su madre, su recién conocida futura esposa y yo, le dirigía la palabra. Ese día se sintió vacío como nunca lo había estado. Y ante el problema de no tener a nadie nuevo del que copiar sus ideas, no tuvo más remedio que tener una idea propia. La única y la más importante de su vida. Debía buscar su sitio, un lugar donde poder llenarse a gusto, donde le dijeran en todo momento lo que tenía que hacer, donde no tuviera nunca que tomar decisiones. Después de mucho cavilar, la esponja decidió alistarse en el ejército.


No supe de él en años, y un día me llegó una carta de su madre. No comentaré lo que ponía, pero si que dejaré mi impresión sobre lo que debió ocurrir. La esponja fue feliz mucho tiempo. Absorbió del cabo, y del sargento, y también absorbió del capitán, y también lo hacía del resto de los reclutas. Y tomó las decisiones, correctas o equivocadas que otros le prestaron. Y una de esas decisiones lo envió a un conflicto en un país extranjero. Y allí absorbió como nunca lo había hecho, y lo hizo de todo el mundo. Lo hizo con los militares y también con los civiles, y lo hizo con los vencedores y con los vencidos, y asimiló las ideas de los torturadores y los oprimidos, y se llenó de amor y odio, de deseos de venganza y de perdón, y asumió todo el dolor que encontró a su alrededor. Y al tiempo, la esponja se fue hinchando cada vez más. Día a día, mes a mes, año a año. Hasta que no pudo soportar más la presión y reventó por los cuatro costados.



Tomado de http://uncuentoalasemana.blogspot.com/

Resaca - Carlos Ardohain


Abrió los ojos y no vio nada, todo era oscuridad. No se movió, esperaba que le subiera el entendimiento pero no sucedió, entonces se incorporó como pudo. Tratando de alertar los sentidos olisqueó el aire, lo encontró dulce, espeso y salvaje, un poco acre. Le llegó al oído el sonido zumbón de las moscas. El cuerpo pesado se le desparramaba sobre los huesos como un abrigo empapado de sudores. Un dolor penetrante le empezó a latir en los costados de la cabeza y la boca seca y pastosa le reclamó agua. De a poco empezó a arrastrar los pies descalzos con cautela, como la palma de la mano de un ciego que estuviera tanteando una superficie desconocida. Otro olor le llegó, mixto: vino y vómito. Y el olor trajo una imagen súbita que se apagó como un relámpago: él y el otro a la noche, vaciando una botella, riendo a gritos. Se detuvo, giró a cabeza en redondo y achinó los ojos pero seguía sin ver nada. Volvió a moverse dando imperceptibles saltitos con la planta de los pies para ir reconociendo el suelo rugoso y mugriento que no podía ver. Otra imagen como ráfaga: él y el otro vaciando una nueva botella, las risas apagadas, un brillo en su mirada torva, palabras que se enredaban en el silencio. El pie derecho toca algo que no es sólido, una sustancia viscosa lo asquea, pero avanza igual y pisa el charco. Entiende enseguida de qué se trata y el líquido pegajoso le hace estallar otra imagen en el cerebro: él y el otro discutiendo después de vaciar otra botella, trenzándose poseídos por una fiereza animal. Avanza también el pie izquierdo con torpeza para no desestabilizar el cuerpo y ya está con ambos pies sobre el charco. Una corriente de pavor le sube por las piernas a la velocidad de la luz; se ve a sí mismo rompiendo una botella contra la silla y clavando el pico en el pecho del otro al que le estallan los ojos de asombro y cae. Se recuerda vagamente retirándose a un rincón y sentándose en el piso con la cabeza turbada. De seguro se ha dormido, de seguro han pasado horas y el muerto se ha desangrado. Quiere alejarse, que lo que pasó no haya pasado, gira bruscamente y da un paso inesperadamente enérgico sobre la sangre que lo hace resbalar, el otro pie intenta sostener pero el cuerpo se ha inclinado demasiado y no lo consigue, tiembla un segundo en el aire viciado del rancho, no le sale gritar, cae pesadamente de espaldas sobre el culo de la botella rota que lo espera con sus filosas estalagmitas de vidrio barato, una boca hambrienta, una trampa que él mismo preparó. Siente entrar los vidrios en la carne, siente cómo se le empieza a derramar la sangre debajo del torso, sabe que se mezclará con la del otro y no le gusta. Sentir la camisa mojada le recuerda la sed, respira con dificultad, piensa que se apaga y le parece raro apagarse en lo oscuro. Una mosca se posa en su cara y le empieza a caminar por la mejilla, no puede ni soplarla.

Mi jefe 2 - Ramón San Miguel Coca


Mi jefe es un maldito vampiro chupasangres. Nos explota miserablemente haciéndonos trabajar a todas horas, sin tiempo siquiera para fumar un cigarro o tomar un almuerzo en condiciones, y nos obliga a quedarnos hasta altas horas trabajando sin descanso. Y todo por un salario de miseria que encima nos cicatea mediante toda clase de multas o castigos. Nos está exprimiendo la vida con este trabajo y bebiendosela en forma de ventas.
Aunque parece que algo va a cambiar. Al parecer la central holandesa de nuestra empresa no está muy contenta con esta situación pues alguien ha debido denunciarla, y nos hemos enterado de que va a mandar un inspector especial a hacer una auditoria exhaustiva. Mi jefe está más nervioso que de costumbre, mas aterrador que nunca.
Pero nosotros tenemos muchas esperanzas puestas en ese inspector. Por lo que hemos sabido, tiene una reputación de hombre muy duro y poco tolerante con este tipo de jefes. Y, por cierto, se llama Van Helsing…


Imagen (fragmento): Acoplamiento, de Desiré.

La vereda de enfrente - Nicolás Barrasa


Un viernes, él caminaba con las pupilas acariciando el suelo, ensimismado, como si el mundo girase en torno a su arbitraria voluntad.
Tropezó con una piedra, resbaló, y se llevó a cuestas un cartel plegadizo de publicidad. Intentando recobrar lo poco de dignidad que le quedaba ante las muecas de los transeúntes, focalizó su atención en la inscripción del cartel. En letra cursiva, con extravagantes colores, en forma imperativa decía: “¡No espere más! Haga realidad su deseo en el acto”.
Al ver que permanecía en el piso atónito por el golpe, un vendedor salió del negocio. Lo ayudó a incorporarse e inmediatamente lo invitó a pasar. Ante la locuaz negativa del accidentado exclamó:
—Vamos, no me venga con que no tiene algún deseo que quisiera cumplir. Hable por favor, ¡diga algo!
Lo pensó bien y decidió entrar, los gustos había que dárselos en vida. De inmediato se encontró sentado en un sillón confortable, tomando un café con el vendedor. El silencio se estremecía ante la impaciencia del comerciante, quien por fin preguntó:
—Bueno amigo, dígame, no tengo todo el día ¿Cuál es su deseo?
Tímido se encogió de hombros y musitó algo en voz baja, una especie de susurro ininteligible. El vendedor lo exprimió con una mirada omnipotente. Pasaron otros quince minutos en silencio. La monotonía se convirtió en una absurda incomodidad de vitrinas y con vista al público.
El vendedor, irritado, se levantó del sillón invitándolo cortésmente a que se retirase. A punto de lagrimear, el invitado hizo una seña para que se acercara. Con desconfianza caminó el escaso trecho que los distanciaba y al escuchar su deseo explotó una carcajada.
—¡Amigo! Usted es muy gracioso, quiere ser feliz, me alegró la mañana —continuó una risa mezclada con intervalos de hipo—. Evidentemente no leyó bien el cartel. Concedemos deseos, no hacemos milagros. Lo lamento, para casos como el suyo solía haber una sucursal en la vereda de enfrente…


Imagen (fragmento): Acto fundacional, de Miguel Codorniu.

Los adosados los carga el diablo – Eduardo Cruz Acillona


“Tendrías que ver lo bien que lo pasamos, chica. Es un hombre encantador y de lo más caroñoso. Viene sudoroso del trabajo, porque es policía municipal y tiene que estar todo el día en la calle, no me acuerdo si te lo he dicho alguna vez, y cuando llega a casa me pide que le quite la ropa lentamente y le prepare un baño caliente con su espuma y todo eso. Como si fuera un bebé. Más lindo…
…Yo le froto todo el cuerpo con una esponja, muy despacio, sin dejarme olvidado ni un poro de la piel, y él cierra los ojos, le encanta, luego le pongo un albornoz que lavo todos los días con dosis extra de suavizante, le doy una copita de anís con hielo, que es lo que más le gusta, y después hacemos el amor durante una hora o más, según el día y la excusa que se haya inventado en esa ocasión para su mujer…
…Y no te lo pierdas, chica… Lo mejor de todo es que vive justo en el chalet de al lado… Y como aquí las paredes son de papel de fumar, que ya sabes tú cómo construyen últimamente estos pisos modernos, seguro que su mujer nos escucha todos los días, y la pobre sin enterarse de que el que gime y jadea como un loco es su propio marido…
…Sinceramente, eso es lo que más me pone, chica. De verdad, creo que me estoy enamorando. ¿Y él? Buf, está loco por mí, si incluso me ha dicho más de una vez que cualquier día de estos se divorcia de su mujer, pide el traslado y nos vamos a vivir juntos a otro sitio”.

Al otro lado de la pared, la mujer miró a la rejilla del aire acondicionado por la que se colaba aquella conversación telefónica, se levantó del sofá, se dirigió al dormitorio, abrió el cajón de la mesilla, sacó la pistola reglamentaria que su marido había escaqueado de comisaría para su defensa personal y, con las lágrimas empañándole los ojos, se sentó delante de la puerta de la entrada para esperar la llegada de su esposo.

Tomado de: http://masclaroagua.blogspot.com/


Imagen (fragmento): Al final no es como nos lo habían pintado, de Julio Gómez Biedma

Ladridos - Andrés Terzaghi


El perro no paraba de ladrar. Los vecinos molestos se quejaban todos los días con el dueño, era inútil, el animal no aprendía de los suaves escarmientos de su humano compañero, ni de los feroces insultos de la gente.
Un día, uno de estos vecinos se preguntó cuál era la causa que hacía que el perro ladrara incansablemente. Comenzó a investigar, a poner atención en cada detalle como, por ejemplo: qué alimentos ingería, su ámbito, las diferentes situaciones de su entorno, otros animales, etc.
Curiosamente el perro poco a poco dejó de ladrar y a observar atento al hombre. Éste se le acercó sorprendido de su silencio y como si esperara alguna respuesta por parte del animal, lo llamaba con silbidos o por su nombre, le hablaba, acariciaba casi con excesiva ternura, le ofrecía alimentos. El perro comenzó a sentirse molestado, acosado por este vecino que durante horas no paraba de hablarle; sonidos que obviamente no comprendía y alteraban su tranquilidad y deseos de ladrar.
En una noche cualquiera, el perro se escapa saltando la verja hacia la calle y va a la casa del vecino tratando de no ser visto por nadie. Entra a su cocina, percibe con el olfato un trozo de pan sobre la mesa. Continúa husmeando y encuentra una lata con un poderoso veneno para ratas. Sus sentidos le advierten sobre la mortífera sustancia, sin embargo, toma cuidadosamente con su boca la lata y vierte el líquido sobre el pan. Luego devuelve el veneno a su sitio y regresa a su casa sin que nadie lo sorprenda.
Al día siguiente, mientras ladraba sin parar, el hombre fue encontrado sin vida en su domicilio, a unos metros de la mesa donde estaba el pan. La policía calificó al hecho de suicidio por envenenamiento.
Otra forma no material de la conciencia, llamémosle espíritu, más precisamente el proveniente del cuerpo envenenado, pudo enterarse a qué le ladraba y por qué. Además de él, otros espíritus de otros vecinos estaban asustándolo vengativamente todo el tiempo.


Imagen (fragmento): Allí, al fondo y detrás, de Teresa Muñiz

La carnicería del doctor Marconi - Esteban Bellotto


El consultorio del doctor Marconi estaba lleno de gente. Cada una de estas personas, en la suya. Nadie se miraba, nadie le prestaba atención al que estaba al lado, nadie nada. La secretaria, preciosa antes que nada, también estaba en la suya, hablando por teléfono con su querida amiga Iris, vidente profesional que te dice tu futuro por una módica cantidad de yuanes.
De pronto, el doctor Marconi, con su bata cubierta de sangre, salió del cuarto y le dijo unas palabras a la hermosa secretaria, que en cuanto vio la puerta abriéndose colgó el teléfono en un movimiento más rápido que la luz. Luego el doctor volvió a su oficina, y otro hombre, sentado en una silla de ruedas, salió de la oficina.
—Señor Valentini, Manuel Valentini, es su turno, pase por la oficina número uno —dijo la secretaria y volvió a levantar el tubo del teléfono.
—Muchas gracias —dijo el Señor Valentini y pasó.
La oficina estaba más que limpia, era como si estuviera recién hecha. Las paredes, el suelo, la ventana, todo estaba resplandeciente.
—Buenas, señor… —El doctor tomó su lista de pacientes para ver a quien le estaba hablando y luego siguió —Valentín. ¿Qué tal, como anda todo?
—Todo bien, doctor —respondió algo nervioso Valentini.
—¿Qué anda necesitando, en qué puedo ayudarlo? —preguntó el doctor.
Valentini se quedó por unos segundos en completo silencio y con la mirada perdida en la oficina del doctor. Luego respondió: —Mire doctor, estoy medio mal de los riñones. El otro día me hicieron un examen y resulta que tengo cáncer en uno de mis riñones.
—Qué lástima —dijo el doctor interrumpiendo a su cliente, perdón, a su paciente—. Mire, ya sé a dónde va esta conversación. Se la voy a hacer fácil, la operación sale doscientos mil, todo en yuanes, no aceptamos ni dólares, ni euros, ni siquiera reales o pesos, yuanes o nada. La operación se puede hacer ahora mismo, si usted quiere y tiene la plata. El período de recuperación es de dos semanas. Después de esta operación no va a tener ningún problema. —Eso no era seguro, pero bueno, eso al doctor no le importaba, su abogado era muy bueno—. ¿Qué quiere hacer?
—Bueno, doctor —respondió Valentín—. Le puedo hacer una transferencia a su cuenta ahora mismo, si usted lo prefiere así, o si no, puedo ir al banco y retirar el efectivo, como usted prefiera.
—La transferencia me parece bien —respondió el doctor con una sonrisa de oreja a oreja—. Hágala y después viene conmigo al cuarto de atrás.
Valentini sacó su computadora personal, entró a su cuenta bancaria y transfirió la plata a la cuenta del doctor—. Listo doctor, vamos.
Después de que el doctor hubiera corroborado la transferencia, hizo que el paciente se sacara la ropa y se pusiera una bata y lo siguiera. De pronto, en el otro cuarto, comenzó a sentirse el frío proveniente de la cámara, el pasillo fue abriéndose y salieron a un quirófano bastante iluminado con una puerta que daba directamente al frigorífico. Se veían, a través de las ventanas, a varias personas moviendo camillas, con cuerpos encima, a otras llenando papeles y a otras charlando.
Valentini estaba algo nervioso ahora, pero era demasiado tarde, el dinero ya era del doctor y él podía ser salvado de su cáncer. Esto al doctor realmente no le importaba un comino, total, si Valentini moría, iba a la cámara frigorífica y tal vez algún día pudiera poner alguno de sus órganos en buen estado en algún otro cliente.
Y por cierto que el frigorífico del doctor Marconi es bastante, bastante grande.

Mujer con delantal azul - Lisandro Varela


La mujer rubia Angel de Charly tiene delantal azul con moño de maestra jardinera.
La mujer rubia habla con mi madre en una casa que no es la mía. Mi madre es joven, pero yo no me doy cuenta porque es mi madre.
La casa tiene olor al sol que viene de afuera y afuera hay un jardín verde que ahora alguien riega.

En la casa hay un cuadro a medio pintar. Además de olor a sol hay olor a solvente.
La mujer tipo Farrah Fawcett habla y yo la miro desde abajo.
La mujer dice que algo es fascinante. Miro el techo de madera clara, el pasto del otro lado, los ojos grandes de la mujer que voy a cruzar en un restaurant del pueblo treinta años después.
No sé qué quiere decir fascinante, pero nada de lo que hay en esa casa me fascina más que esa palabra.

Sobre el autor: Lisandro Varela

Desde niña - Adrián Olivas


Quisieran decir, quienes la conocen, que su comportamiento era diferente al de sus amigas, pero la mentira no permite cuadratura en rostro inocente. Desde niña le gustan las serpientes. Ese es su pecado. Se podría hacer una lista interminable de sus virtudes; pero la gente gusta del escándalo tanto como de las injusticias que de éste derivan. La familia entera cargó la pena del repudio social sin importar el altruismo hacIa sus semejantes. Es que a la niña esa le gustan las serpientes, decían los jueces de la virtud como finalizando una discusión sin cabida a réplica.
De ellas aprendió la nobleza y el respeto; a temprana edad cayó en cuenta que una serpiente jamás ataca a su semejante por alimento o territorio; tienen mejores modales que aquellas a quienes insistimos en nombrar con sus variantes; la vecina es una víbora; la tía de Miguel es una culebra; ah, como es cobra el primo de don Jaime. Si tan solo supieran que las verdaderas ofendidas son estas linduras, pensaba mientras acariciaba a su coralillo preferida dentro de la jungla improvisada en que había convertido su recámara.
Pero una serpiente es y será siempre motivada por el instinto; es este quien le dice no atacar a sus semejantes, el mismo que le exige no reclamar territorio. Y sin duda fue el instinto quién le sugirió morder a su protectora cuando sintió una caricia amenazante.
A esa niña siempre le gustaron las serpientes.

Tomado de http://padrinoadrian.blogspot.com

Sólo tres - Walter Böhmer


–¿A dónde vas a esta hora Isaac?
Asimov se dio la vuelta sin soltar la puerta entreabierta dejando entrar una cálida brisa.
–¿Dónde crees que puedo ir?
–No sé –respondió mientras miraba el reloj–. Son las tres de la mañana, conociéndote podés ir a muchos lugares.
–Tengo que ir al estudio, se me va la idea si no la escribo de inmediato.
Sonaron un par de pitidos dentro de él y repicó algo en su pecho como si un molino cuántico tomara velocidad.
–Sé que tengo que protegerte, pero no pienso salir de madrugada a la calle, que me metan en una trituradora si quieren –dijo y apagó la alarma que sonaba en su pecho.
Isaac cerró la puerta tras de sí y comenzó a caminar por el callejón, miles de sonidos salidos del inframundo retumbaron en las húmedas paredes y, a pesar que era una noche agradable, se subió la solapa del piloto hasta cubrir las orejas.
–Debería haber escrito más de tres leyes –se quejó y apretó el paso.

Tomado de Apología de los Miedos