El ermitaño - Víctor Lorenzo Cinca


Llevaba cincuenta años malviviendo en aquella cueva, solo, aislado, evitando a toda costa el contacto con la gente. Había abandonado su hogar y su familia, muy joven, para alejarse de los peligros del mundo, pero paradójicamente eso también le había distanciado de los placeres que conllevan esas mismas tentaciones. Pasaba hambre y sed; sufría calor en verano y frío en invierno; vestía cuatro harapos y le dolía no poder comunicarse con nadie, porque pese a que le gustaba estar sin compañía ―o al menos eso creía a fuerza de costumbre― odiaba sentirse solo. Pero lo que más detestaba, más allá de las dificultades propias de la vida ascética y anacoreta, era haber pasado casi medio siglo pidiendo a Dios ―sin ningún resultado visible― una señal, cualquiera, un pequeño milagro, que le confirmara que su abandono del mundo no había sido en vano, que la decisión que había tomado hacía ya tanto tiempo, no había sido una estupidez. Pero jamás, en los cincuenta años de penitencia voluntaria, recibió respuesta alguna. Ni una leve experiencia mística, ni un minúsculo arrebato de éxtasis, ni la más mínima prueba ni visión paranormal que afianzara y ratificara su fe. Así que un día, harto del silencio del de arriba, y como ya empezaba a dudar de su existencia, comprendió que había malgastado su vida en aquella cueva y decidió matarse.
Se acercó a la orilla del río, se arrancó los colgajos de tela con los que a duras penas tapaba su cuerpo, y desnudo entró en el cauce. Como no sabía nadar, en pocos segundos desapareció bajo la fuerza de la corriente, que lo escupió a la superficie dos horas después, ya hinchado, muerto, y con un gracioso color azulado. Fue una lástima que nadie, ni siquiera él, pudiera ver cómo su cuerpo sin vida surcaba las aguas ―milagrosamente― río arriba, a contracorriente.

Bookcrossing - Víctor Lorenzo Cinca


En la calle ya oscura hace frío y ha empezado a llover. No llevo paraguas, por lo que me refugio en el primer bar que encuentro, me acomodo en la barra, y pido un café descafeinado. Tengo que llamar a Julia para decirle que voy a tardar un poco en llegar a casa. Excepto el camarero, un tipo delgado y ojeroso enfundado en una camisa demasiado grande, no hay nadie más en el local, que por cierto, compite en oscuridad con el exterior. Tras el primer sorbo advierto que a mi lado, sobre el taburete, hay un libro envejecido, cubierto de polvo, sin título. Lo debe haber dejado, pienso, un utópico de esos que se dedican a liberar libros mientras los niños asiáticos cosen sus camisetas reivindicativas o bajan a la mina, y me río, solo, claro está, de mi ocurrencia y de su doble moral. Lo abro y leo un párrafo al azar, de las primeras páginas. Se describe a un niño que, para poder ver sus huellas, camina de espaldas por la arena de una playa, episodio que curiosamente me recuerda a una tarde de verano de mi infancia. Paso unas pocas hojas y me sorprendo al toparme con un diálogo muy parecido al que tuve con mi madre años atrás cuando descubrió que fumaba. Miro extrañado al camarero, que desde un rincón de la barra observa cómo llueve a través de los cristales mientras va secando mecánicamente unos vasos. Sigo hojeando el libro y me topo con réplicas literarias de mi primer beso, mi primer desengaño, y mi primer trabajo. Hasta del día en que conocí a Julia. Paso unas páginas y leo perplejo que en la calle ya oscura hace frío y ha empezado a llover, que el protagonista no lleva paraguas, por lo que se refugia en el primer bar que encuentra, se acomoda en la barra, y pide un café descafeinado. Cierro el libro de golpe, para no entrar en una espiral sin fin de la que temo no poder salir, pero me puede la curiosidad y lo vuelvo a abrir, esta vez por la parte central. En dos líneas se insinúa que el personaje principal tiene problemas con la bebida, en otras tres se esbozan los primeros problemas de pareja, y en un extenso párrafo se detalla explícitamente una discusión que termina a golpes. Descubro en la parte final del relato al protagonista durmiendo en un cajero, sucio y alcoholizado, y siento pena por él. Sin atreverme a saber cómo termina la historia, dejo de nuevo el libro sobre el taburete y llamo a Julia para decirle que voy a tardar un poco en llegar a casa, que no me espere despierta. Cuelgo, me termino el café de un trago y pido resignado un whisky al camarero. Doble. Sin hielo. Por favor.

Relaciones atemporales - Víctor Lorenzo Cinca


Él vivía a finales del siglo diecinueve; ella a principios del veintiuno. Ese poco más de un siglo de diferencia entre los dos parecía una distancia infranqueable. A veces él se sentaba en el sillón y fumaba en pipa, y se mareaba, o pegaba un sello en una carta manuscrita y la arrojaba a un buzón, sin prisas ni impaciencia, o consultaba la hora en su viejo reloj de bolsillo, unas veces adelantado y otras atrasado. Ella, en cambio, viajaba a lugares para visitar sus gentes y los rincones que no salen en las guías, se impacientaba o se preocupaba muchas veces sin motivo, y vivía sujeta a un teléfono, un ordenador, una agenda y un íntimo círculo de amistades que mantener. La cita parecía imposible pero una extraña mezcla de atrevimiento, caricias y pupilas dilatadas, permitió vencer la distancia temporal. Se encontraron a medio camino, a mediados del siglo veinte. A él se le hizo más pesado el trayecto hasta la década de los cincuenta, pues no estaba acostumbrado a viajar, y menos en el tiempo. Ella parecía llevarlo mejor, aunque a veces temblaba sin motivo o permanecía unos instantes ausente, sonriendo, pensando en quién sabe qué. Estuvieron cuatro días juntos, quizás más. Las manecillas del reloj se movían a su antojo: los minutos se dilataban en horas, y las mañanas se esfumaban como el humo de un cigarrillo entre abrazos, así que perdieron la noción del tiempo. Y también la del espacio. Entre aquellas paredes estaban seguros, aislados del mundo exterior, solos, ellos dos. Pero llegó el momento en que las obligaciones o las responsabilidades familiares ya no podían ser desatendidas y tuvieron que regresar, cada uno a su época. Y aunque sabían que podían salir del tiempo y volver a encontrarse otra vez, cuando quisieran o se atrevieran, la despedida tuvo algo de definitivo. De vuelta a casa, surcando los años en direcciones opuestas, él fantaseaba alegre con la incertidumbre del futuro mientras que ella saboreaba el amargo dulzor de la nostalgia.

Órganos - Laura Ramírez Vides


No sé cómo empezó, simplemente sucedió.
Mi hígado comenzó a fallar y me transplantaron. Claro, ya no es como antes que había que esperar a que apareciera el órgano a través de un donante. Ahora se utilizan órganos artificiales. Este nuevo sistema es manejado por una ONG en forma gratuita y es definitivamente experimental (aunque jamás lo reconocerán).
En principio parece fantástico (por eso ingresé al programa) pero como tenés un órgano “de ellos” el seguimiento que hacen es tan exhaustivo que terminás convirtiéndote en su conejillo de indias.
A ver, después del hígado fallaron los riñones, luego el páncreas, el corazón… y ellos simplemente fueron cambiándomelos “a necesidad”.
Yo estoy convencida que mi cuerpo ya no da más, cumplió su ciclo. Pero, como el financiamiento de esta organización se basa en estadísticas… es muy importante probar y documentar la sobrevida… (sobrevida, justamente lo que yo pienso, estoy viviendo de más) así que te mantienen vivo con este método siniestro de seguir transplantando, implantándo órganos que ni siquiera son humanos.
Convencida que debía haber un límite y después de pasar horas rogando para que lo hubiera finalmente ocurrió; mi cerebro empezó a fallar.
Si bien la ciencia ha avanzado a tal punto de derribar todas las barreras, pensé: “ya está, no pueden cambiármelo”. Porque si me “cambian” el cerebro ¿qué pasa con la memoria?, ¿cómo hacen para traspasarla?, ¿o empezás a vivir con la memoria de otro?, y, en ese caso, ¿de quién, si sería artificial? ¿Sería acaso un cerebro nuevo, limpio, sin memoria alguna?
No, definitivamente, no pueden cambiarme el cerebro. Lo logré. Se terminaron los transplantes.
Ilusa yo. Pueden.
Vienen a buscarme pero esta vez será distinto. Lo decidí; no sigo.
Les sonrío con calma. Abandono este cuerpo. Me voy.

Laura Ramírez Vides

Tomado de El patio de la morocha

El aire es libre – Claudia Cortalezzi



—¡Salí, nene, no molestés! —gritó Melina.

Darío seguía con ese juego infernal de “el-aire-es-libre-yo-no-te-to-co”.

—El aire es libre, yo no te toco —le decía, pasándole la mano a un centímetro de la cara—. El aire es libre, yo no te toco.

—¡Mamá! ¡Darío me está molestando!

No hubo respuesta.

—¡¡¡Mamá!!! —volvió a gritar Melina, esta vez con más fuerza.

—El aire es libre, yo no te toco. El aire es libre, yo no te to…

—¡¡¡Mamá!!!

— El aire es libre, yo no te toco. El aire es libre, yo no te toco. El aire es libre, yo no te…

Melina se preparó para gritar más fuerte, pero Darío esta vez sí la tocó: le tapó la boca con la mano.

—¡Callate, nena! —le dijo—. ¿No ves que mamá se está bañando y no te oye? El aire es libre, yo no te toco. El aire es libre, yo no te toco.

Melina lo miró a los ojos y empezó a llorar en silencio.

No era la primera vez que su hermano le hacía el jueguito de “el-aire-es-libre”. Ni tampoco la primera vez que él aprovechaba la ausencia de la madre. Ni, mucho menos, la primera vez que ella no la oyese, estuviera bañándose o no.

Siguió llorando frente a la sonrisa burlona de Darío, que ahora le cantaba.

—¡La nenita llora, la nenita llora! —de pronto se detuvo, la miró con una mueca feroz, como si lo hubiese pensado mejor. Y volvió a entonar—. ¡La nenita llora, la nenita llora porque mamá no le da la teta!

Melina no aguantó más. En realidad, ella era la mayor de los dos, de modo que se hizo de todas sus fuerzas —que eran más de las que creía—, y le dio semejante empujón que lo sentó de culo. En el piso, aquel estúpido se masajeaba los cachetes, con lágrimas en los ojos.

Ella caminó erguida hasta el baño. Iba a golpearle la puerta a su madre para contarle lo que había pasado, antes que Darío le fuera a decir: “Ella me pegó”. Pero no golpeó: el ruido de la ducha le dijo que su madre aún estaba debajo del agua. Mejor no hincharla, se dijo. Ya soy lo bastante grande como para andar con cuentos.

Y fue a encerrarse con llave en su habitación. Se calzó los auriculares, se acostó en la cama y cerró los ojos.

Un golpe en la puerta la sobresaltó. Apagó la música y oyó que su hermano le decía algo. Resolvió no darle importancia. Volvió a prender la música y subió el volumen.

Pasando a un centímetro de su cara, las manos de Darío se habían fundido como si estuviese rezando, y ahora se convertían en la aleta de un tiburón. A cada vuelta del gigante alrededor de su cara, el cuerpo de mujercita de Melina se iba achicando. Brotando de entre esas hileras de dientes triangulares —cada uno de la medida de un dedo de su mano—, la sangre regaba el piso. La sangre, su sangre, ¿de quién si no? Al tantearse el pecho, Melina descubrió un hueco húmedo. Se metió la mano, escarbó entre los colgajos de piel, de carne, y supo que el animal acababa de arrancarle el corazón.

Se despertó con su propio grito.

Miró el reloj. Las nueve de la noche.

—Me quedé dormida —dijo.

Se quitó los auriculares y oyó que alguien lloraba del otro lado de la puerta.

Darío.

No lo consoló. Todavía estaba enojada.

—Mamá no sale del baño —dijo él entre lágrimas—. ¿Qué hacemos?

Melina no le respondió. Fue hacia el baño sabiendo que él la seguía.

—¡No entrés, tarado! —le ordenó, llevando la mano al picaporte.

Abrió.

El vapor de la ducha, que seguía abierta, le impedía ver. Y aunque le daba miedo acercarse, Melina lo hizo. Metió la mano por el costado de la cortina, cerró las canillas.

El agua dejó de correr. Le era imposible ver nada detrás de la cortina oscura.

Se sentó en el inodoro a esperar que el vapor y el miedo se disiparan.

No quería pensar. Sabía que la gente andaba muy loca. Lo había visto en la tele: por cualquier estupidez —no poder pagar la cuenta del teléfono, por ejemplo—, se tiraban de la terraza. Pasaba hasta en Japón, que los japoneses tienen plata y todo. Su madre no tenía plata, pero sí sobrados motivos para matarse. Estaba renerviosa últimamente, y no paraba de decir: “Un día de estos van a saber lo que es bueno”. Esa frase siempre la asustaba a Melina. Ahora no quería correr la cortina ni verla tirada con las venas abiertas. O a lo mejor colgando de la ducha, una soga al cuello. Siempre había temido que su madre la dejara sola. O, lo que es peor, que la dejara a cargo del infradotado de Darío.

¿Cuántas veces la había escuchado gritarles que si seguían peleándose como perro y gato se iba a ir para siempre, para siempre? Ellos habían estado peleándose como perro y gato.

La cortina de la ducha seguía inmóvil.

El espejo chorreaba.

Detrás de la puerta, todo se había vuelto silencio. Darío ya ni siquiera gimoteaba.

Melina sabía que él, a sus nueve años, sentía lo mismo que ella. Sólo debía abrir la puerta para verle el terror.

Se levantó. Su mano tembló al tocar la cortina húmeda y tibia.

Ahora le parecía oír ruidos. No estaba segura, todo le daba vueltas.

Salió del baño.

Darío se abrazaba a su madre, que acababa de entrar en el departamento.

—Me olvidé que había dejado la ducha abierta, Meli —escuchó que le decía la mujer—. ¡Qué suerte que te diste cuenta de cerrarla! Tuve que salir tan apurada porque…

Pero Melina no la escuchaba. Ni siquiera sabía si le alegraba verla.

Ya no podría llorar junto al ataúd, y que todos los parientes vinieran a decirle “pobrecita”.

Todo se esfumaba de su cabeza, igual que el vapor en el baño.


Claudia Cortalezzi

La puerta giratoria - Mara Gena


De niña Ana tenía dos patios. Tenía dos patios, dos jardines, dos casas, dos perros, dos madres. Trece gatos. Las repeticiones y las rarezas habían entretejido en ella un particular entendimiento de la realidad. Nunca había podido distinguir con certeza el umbral de salida de los sueños y la puerta de entrada al mundo real.
Esto, que para otra persona podría resultar alarmante, en ella resultaba natural. Jamás se había inquietado al encontrar seres de pesadilla en plena calle y viceversa. Comprendía también —esto se lo habían enseñado sus madres— que los sueños acercaban mensajes y que era preciso estar disponible para recibirlos. Si por alguna razón no recordaba lo que había soñado, durante el día aparecía alguien o algo que se lo evocaba. Así sucedía y Ana nunca se sobresaltaba. Durante el transcurso de su vida había visto adivinos, ciegos, locas, perros bicolores, mujeres con gallinas en la cabeza, un origami de caras que se abría imprevistamente para disipar la niebla de su olvido. Ella siempre escuchaba sin inmutarse.
Pero esa noche el soñar fue diferente.
Viajaba en colectivo. Sentada del lado de la ventanilla, comenzaba a observar las calles. No parecía existir peligro. El cielo estaba completamente despejado y había sol. “Sin embargo, algo va a ocurrir” le decía una voz irreconocible y familiar. Ana se estremecía y se frotaba los brazos como si quisiera darse calor. Lo inminente estaba cercano. Podía sentirlo en el peso extra de su pecho. De pronto tocaban su hombro.
Ana despertó sobresaltada. Al llegar al baño se lavó la cara varias veces. “La sensación es completamente diferente”, dijo mientras se dejaba mirar desde el espejo. Se vistió apurada. Afuera, no había una sola nube y eso le pareció aterrador.
Mientras esperaba el colectivo una impresión le dio de lleno. Ya había tenido ese mismo sueño antes. ¿Cómo no lo recordaba? De pronto se dio cuenta. Estaba atrapada en una puerta giratoria de las que alguna vez le hablaran sus madres. Una vez adentro las escenas se repetirían inevitablemente hasta que pudiera romper con la cadena. Necesitaba despertar de verdad. Sintió miedo. ¿Qué significaba estar realmente despierta?
En el 110 quedaba un último asiento libre junto al pasillo. Esto la tranquilizó. No se sentaría junto a la ventanilla como en el sueño. Avanzó despacio, el vehículo se movía como si no hubiera sido domado. Ana cayó en el asiento con horror. A su lado había una mujer que le daba la espalda. Temblaba y parecía estar abrazándose a sí misma mientras miraba hacia la calle con desesperación.
Ana extendió el brazo.

Chica de porcelana - Trent Walters



Anan Muss era cuidadoso, pero no tan cuidadoso como para no cometer errores (después de todo, una legión de cortadoras del Rey Ceniza una vez blandieron sus hojas arqueadas sobre su cabeza en cada puerto de entrelazamiento cuántico). La precaución de Anan principalmente significaba que le tomaba más tiempo hacer tareas simples ―como si su cerebro se hubiera disparado a la velocidad de la luz, retrasando su tiempo en relación con los demás―. Lavar, planchar y doblar la ropa por lo general le costaba un fin de semana, incluso con los robots. Para la limpieza de su apartamento necesita una semana de vacaciones.
El amor era más complicado. El cortejo duraba eones: un mes o más para reunir el coraje para invitar a las damas al teatro acuario, para hablar intimamente y pasear por los jardines colgantes de orquídeas, sin embargo, un mes más para besarlas bajo los puentes de los canales y un año más para caer perdidamente enamorado. El año siguiente debería ser el del matrimonio, supuestamente, pero las mujeres rara vez esperaban el tiempo suficiente para que él las invitara a salir.
Afortunadamente, la segunda generación de mujeres IA apareció en Japón. Todos los muchachos tímidos quería una. Por su diseño, las cantidades eran bajas y alta la demanda. Una le habría costado su salario anual de contador.
Así Anan ordenó por correo a uno de esas imitaciones casi al límite con lo real hechas en China. Sus dedos temblaron al desenverla. Su piel ―suave, blanco marfil― acentuaba su cabello negro azabache. Su corazón quería ir al galope, pero él lo contuvo con las riendas. Ella aceptó su mano y salió de la caja, "¿No soy hermosa?"
Atrapado con la guardia baja, pero siempre poético, Anan buscó las palabras adecuadas: "Sí ....Quiero decir, no .... Quiero decir, sos hermosa".
"Amame y seré quien quieras."
"Ser uno mismo ya es bastante, aunque el contenido puede asentarse, como el cereal en una caja".
"Y vos serás quien yo quiera que seas".
“Seguro. Dentro de los límites de mi patrón cerebral presente”.
Ella hizo planes para su mutuo futuro. Él dijo que esperaba que ella tuviera paciente comprensión, ser alguien con quien pudiera compartir unas palabras, alguien que lo afilaría suavemente, alguien que desafiara y aceptara desafíos. "Eso es exactamente lo que soy", dijo ella, mencionando su sensibilidad poética sin precedentes.
Mientras él pintaba un poema de amor de porcelana, mencionó esa idea estúpida que había tenido de salir con mujeres en forma virtual ―no por el amor per se, sino para comprender mejor a las mujeres.
Le entregó su poema:
La laxitud en
el amor ordeña
la negra

hinchazón de
minutos retorcidos
en horas


Ella rompió la porcelana y se marchó. "No tengo tiempo para las palabras."
"Ella tiene razón." Anan escrudriñó los pedacitos rotos. "No es un gran poema de amor."



Versión de Saurio.
Original en The daily cabal.
Imagen a partir de una foto de Gladys Luque

Hypocrite Écrivain, Hypocrite Lecteur: una carta a los editores de DailyCabal.com - Trent Walters




Estimados editores,
Desde su lanzamiento, he leído fielmente su revista. Es como un barco que a veces se arroja hacia mundos increíbles y a veces raspa su casco lleno de percebes a través de estrechos agujeros de gusano. El poeta de CF Anan Muss, sin embargo, ha naufragado y ya no debería capitanear vuestros mástiles (o incluso limpiar la cubierta).
Sus temas suelen ser variaciones darwinistas sobre los idealistamente aptos, que en realidad son ineptos por su ingenuidad idealista, lo que hace que sean zarandeados por los supuestos ineptos (de acuerdo a los estándares que la humanidad dice sostener), pero que son realmente aptos, ya que obedecen a un tácito darwinismo social. Si bien los temas deberían molestar a los despreocupados y, de hecho, merecen ser escuchados, parece que el poeta en sí no cumple con sus ideales implícitos: Todos tienen un valor y debe ser tratados como tal.
El año pasado, pagué para asistir a un evento en beneficio de la Sociedad de Poetas de CF porque Anan, un hombre de auto-supuestamente altos principios, era el invitado de horror ―perdón, honor―, teletransportado desde Jac-sun V. Se pasó la tarde bebiendo una docena de Chardonnay y tragando salmón más que la cuenta. Muchos trataron de hablar de literatura o acariciar su ego hablando de su obra. Realmente me dirigió una mirada de odio cuando traje a la conversación su disposición temática. Tenía sólo ojos y palabras sólo para una poetisa de tercera y un tercio de su edad. Uno podría suponer donde pasó aquella noche.
Espero que usted tome una porra y golpee a ese hombre entre sus lascivos ojos azul moteado.
Humildemente suyo,
Nadie el poeta


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Querido Nadie,
Gracias por escribir. Mi primera reacción es "Ese no soy yo." Pero, ¿cuántas veces hemos mirado en el espejo ―especialmente a medida que envejecemos― y nos ha inundado una autoagnosia?
Podría poner excusas: Dionysia me había faltado nuevamente el respeto y yo deseaba venganza (pero eso es mezquino y yo no soy así). Usted o cualquier otro me parecieron sicofánticos (pero eso es egoísta, puesto que todos comenzamos en alguna parte). Mi única esperanza radica ―brota la esperanza― en un error de percepción:
1) No era a mí a quien vio, o
2) Usted me vio pero mi mente estaba en otra parte (si es que confiamos en su versión, no podemos sino decepcionarnos con cualquier escritor que afirma tener objetividad, ver todos los ángulos, mirar en los corazones de todos los personajes con ecuanimidad), o
3) Mi identidad fue mal traducida a través de un entrelazamiento cuántico ―tal vez la distancia entre una persona buena y una mala es un pequeño salto (un salto cuántico, si se quiere ―otra preocupación perenne).
Se dará cuenta que su punto de vista es irremediablemente idealista: la mayoría no haría más que parpadear después de recibir una patada en los dientes por alguien más grande que ellos. Por eso le agradezco. La gente debe tener más espejos y, utilizando sus sentidos, enfrentarse a sus propios estándares.
Dios te bendiga, querido poeta de la incorporeidad. Oremos para que las cortadoras hagan atroz a su muerte.
Anan

Versión de Saurio.
Original en The daily cabal.
Imagen a partir de una foto de Gladys Luque

Suponga - Trent Walters



Pelinegro de nacimiento, Anan Muss era un nadador que recorrió el mismo andarivel once meses al año durante una docena de años. El cloro de la pileta blanqueó su pelo. Después de la escuela secundaria, abandonó la natación. El pelo en la cabeza volvió a su color natural, mientras que las cejas le quedaron de un color rubio arenoso blanqueado. Sus compañeros de clase le preguntaban por qué se había teñido el pelo o si había recibido terapia génica para parecerse más a Aliento de Lagartija. Sus hermanos pensaban que sus cejas habían encanecido.


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¿Era la imaginación de Anan o sus ojos ahora estaban cubiertos de escamas? Tal vez el creciente número de avistamientos de Aliento de Lagartija lo ponía nervioso. Lo que al principio parecía un simple incendio sin importancia ahora se veía más complicado y siniestro.


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Anan Muss trotaba largas distancias, poco a poco. Lo hacía lenta y pesadamente, a través de distritos industriales tranquilos y despoblados, para calmar su mente. En caso de que aparecieran ladrones, Anan dejaba su billetera en casa, no dándoles razones para molestarlo. Una noche, después de tres años de correr por la misma ruta, Anan fue arrestado. La policía lo llevó por toda la ciudad hasta un funcionario que no creía que Anan era el sospechoso ya que este vestía ropa diferente y era de una especie ―si no filum― diferente. El amigo del sospechoso no reconoció a Anan (ni Anan reconoció al amigo). Sin embargo, dado que Anan no tenía su billetera, ergo, debía ser el archicriminal Aliento de Lagartija que exhala gas metano y le prende fuego con su encendedor de cigarrillos. Cuando las muestras de ADN fueron negativas, la policía dejó libre a Anan, con renuencia. Cuando Anan decía adiós, se encontró que habían dos fosas donde solían estar sus oídos. Dónde había visto por última vez sus orejas, quería saber la policía.


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Anan descargó un periódico de las máquinas expendedoras en un café y, como todo el mundo perversamente fascinado por el elemento criminal, compró un encendedor de cigarrillos. Despreocupadamente, jugó con la piedra del encendedor. Se necesitaba más destreza de la que había supuesto. Abrió el periódico delante suyo en una de las mesas bajo el resplandor del sol. Las fechorías de Aliento de Lagartija eran omnipresentes y notorias. Edificios enteros se habían envuelto en llamas. Los expertos en perfiles criminales sospechaban del crimen organizado. Anan levantó la cabeza de los relatos periodísticos sobre Aliento de Lagartija para pensar por qué alguien haría una cosa así. Una mujer le dio una bofetada porque la miraba mucho. Eructó y su aliento se prendió fuego.

Versión de Saurio.
Original en The daily cabal.
Imagen a partir de una foto de Gladys Luque

Esta no es una canción de amor - Trent Walters




“El nuestro es
un amor que
sorbe la negra
leche de galaxias
en espiral”,
el poeta de CF Anan Muss le travenredó a su amante. En respuesta a sus quince segundos de fama, los críticos respondieron: "¿Qué escritorzuelo empalagoso y enfermo de amor no ha pensatwitteado algo por el estilo?"
La diferencia aquí es que el objeto de afecto de Anan no era otro que la encantadora Dionysia, recientemente liberada de un contrato matrimonial con el Rey Ceniza ―aquel que diezma reinos planetarios en forma remota con un golpecito de la uña-chip de su dedo meñique―. Como uno de los camaradas amantes de las artes de Dionysia, Anan, una vez tuvo el desagrado de reunirse con el Rey Ceniza, que descansaba obesamente sobre una montaña de almohadones de gran tamaño en medio de una cacofonía de incienso. El Rey Ceniza desdeñó a Anan del mismo modo que el hastiado de poder rey siempre lo hacía con todos los apenas disimulados amigos “amantes de las artes” de Dionysia que enmascaraban sus deseos con emisiones nocturnas.
A pesar de que los rumores decían lo contrario, Anan Muss nunca encontró intencionalmente una laguna legal en el contrato matrimonial. De hecho, siendo más bien anticuado en las transacciones sexuales, buscó la forma de emparchar el contrato de Dionysia. Sin embargo, cuando Dionysia descubrió el harén secreto de Ceniza en un hoyo debajo de la montaña de almohadones , el primer objetivo del rey no fue otro que Anan Muss. Un golpecito de su meñique real y las cortadoras atravesaron a toda velocidad el desierto rodante en autobicis, hojas arqueadas palmeándose los muslos poderosos.
Las luces de viaje le advirtieron a Annan de los intrusos, lo que le dio tiempo para codifitraducirse a Jac-sun V, un planeta con baja densidad de población y lleno de cerros sobresalientes, plantas rodadoras y arena ―un país donde pocas personas cuerdas elegirían quedarse. Anan le escribió Dionysia para que viniese a vivir con él en el páramo, un mundo donde su amor inflamado podría engullir los espacios vacíos. Después del tiempo suficiente para demostrar que ella y sólo ella tenía el control, Dionysia contestó, “Me estás jodiendo”, y eligió a un sicofante, el intrépido capitán Alondra, que le dio regalos extravagantes aunque empobrecedores, pero que tenía la constitución de alguien que valientemente había sobrevivido a la hambruna y ahora vivía para comer en USA Steak Buffets.
Hasta el día de hoy, Anan traduce copias de sí mismo de regreso al planeta natal ―con la vana esperanza de que ella pudiera encontrar el modo de amarlo ―sólo para ver a su copia ser cubeteada por la hoja de arco de una cortadora en vid-feeds piratas.
Anan se niega a escribir triste sonetos de amor de CF dado que al final la verdad y la justicia triunfan. A nadie le gusta echar a perder un final feliz.

Versión de Saurio.
Original en The daily cabal.
Imagen a partir de una foto de Gladys Luque

La cima de la montaña – Cora Cristina Salerno & Sergio Gaut vel Hartman



El discípulo ascendió hasta la cima del monte; para lograrlo venció mil dificultades, soportó la mordedura de los arbustos espinosos y tropezó varias veces contra las rocas afiladas que erizaban la ladera. Pero finalmente llegó a la choza en la que vivía el maestro y, jadeante, se precipitó en la seca y polvorienta penumbra en la que el anciano mascaba las verdades últimas y definitivas.
Pasaron varias horas en silencio, y cuando el discípulo supo que el maestro no le dirigiría la palabra, se atrevió a escupir la duda que estrujaba su corazón. —Maestro, por favor, revéleme el secreto; mi miserable cerebro, eco de mi podrido corazón, no tiene más entidad que la diaria ración de arroz que ingiero.
En contra de lo que el discípulo había imaginado, el maestro respondió de inmediato, como si hubiera estado esperando la pregunta durante todo el tiempo que habitó la choza de la montaña.
—En el único momento donde de verdad superamos el solipsismo al que nos condena nuestra identidad —dijo—, es cuando tenemos sexo.
El discípulo, estupefacto, anonadado, contempló al maestro, que seguía rumiando la eternidad, impasible. Y cuando por fin logró articular una frase, dijo: —Pero, maestro, eso es imposible. El sexo no es una opción para nosotros…
—Es cierto, hijo; no lo es. —Y acto seguido se apagaron todas las estrellas, la montaña se desvaneció en el aire y también se extinguió el discípulo. El maestro miró a su alrededor y por primera vez en su larga y sabia vida se preguntó si no era hora de visitar el burdel que había mencionado el Budha la última vez que visitó sus sueños.

Denuncia – Héctor Ranea


Cada vez que tengo un poco de tiempo libre –valga la ironía– me hago un viajecito al Jurásico. A veces sólo para dormir una siesta, sin gritos de purretes y botijas ni de madres desesperadas ni de maridos violentos. Será caluroso, húmedo y con libélulas que si te agarran te descogotan, pero se está bien en el silencio de esas selvas. Agarro la máquina que me dio la compañía y me rajo. Total, vuelvo un segundo antes de haberme ido y nadie se da cuenta. Con el ahorro de combustible que he logrado, ni con una auditoría bien exhaustiva me agarran.
A veces, cuando me despierto, los dinosaurios están ahí, observándome extrañados como malevaje frente a un converso. Días atrás –valga la ironía– cuando desperté, me encontré con una hembra de T-Rex. Imponente, un cacho de hembra que mete miedo a cualquiera. Me esperaba –como digo– con un rollo de papel de aluminio todo garabateado, al parecer por un Compsognathus (no estoy seguro porque no conozco la caligrafía de estas bestias) y la hembra despampanante me lo alcanza con ganas contenidas de revolcarme un poco antes de morfarme.
En el rollo decía lo siguiente (escrito en un castellano aceptable aunque un poco rioplatense para mi gusto):
Nosotros, dinosaurios reunidos en Asamblea, queremos presentar una queja formal a periodistas, pensadores, opinólogos, expertos, políticos, gente del común (hombres y mujeres) para que la corten con esto de llamar dinosaurio a cualquier político que se parezca, piense, actúe o emule (sea porque no lo pueda evitar, como que lo haga a propósito) a seres humanos de la talla infame de Hitler, Mussolini, Franco y demás representantes de la violencia organizada para aniquilar gente de su especie.
¡Parenlá de una, loco! –seguía el documento– nosotros sólo nos achuramos entre nosotros, usamos la fuerza para comer y nos la bancamos, pero nunca un pensamiento como esos ni le echamos la culpa a ningún otro dinosaurio si nos va para el culo. Que conste. Se la agarran con nosotros porque somos cachos de piedra y parecemos el epítome de la violencia. Pero si quieren calificar a los tiranos por favor, úsenlos a esos desgraciados y no a nosotros que morfamos como podemos y apenas si logramos un bocado en medio de este mundo. A Pinochet díganle que es como Hitler, a Videla a Massera y a sus émulos no les digan dinosaurios, díganle Franco, díganle fascistas, nazis. ¡Qué sabemos nosotros! No nos metan en sus asuntos, dan asco. Asco y miedo.
No podemos hacer nada que los haga cambiar. No podemos cortarles rutas ni publicar nada en los diarios. Nuestro tiempo ya pasó. Pero déjense de romper con nosotros cada vez que se quedan sin adjetivos para calificar a una de sus bestezuelas propias, usen su imaginación, juéguensela. Esperamos que ahora, cada vez que a alguien que quiera multiplicar la pobreza aduciendo su naturalidad, lo ubiquen en el casillero paradigmático que corresponde.
Sin otro particular, por la Asamblea: T-Rex, Triceratops, Diplodocus, Ornitholestes y siguen las firmas adheridas…
Me devano los sesos pensando ahora que hago con el rollo (y no me vengan con la banalidad grosera de metérmelo donde no me llega el Sol) porque si lo hago público van a descubrir mis escapadas para las siestas. Mejor espero que me den una misión oficial al Jurásico. A veces ocurre que viene un político aburrido o un periodista amigo y quieren salir a cazar y me piden que los lleve a matar un pobre bicho que va a morir... pero ustedes ya conocen esa historia...

La Zona - Miguel Dorelo



Volvió a La Zona por enésima vez en esa semana.
Sabía que eso no estaba bien.

Todo había comenzado cuatro meses atrás.
—Curiosidad, solo una vez y por curiosidad — se dijo esa mañana frente al espejo.
Aunque no fuera de manera oficial, todo el mundo sabía de la existencia de ese sector en el que hombres y mujeres todas las noches tomaban distancia de las “buenas costumbres” y ofrecían sus servicios a todo aquellos que se aventuraran por el lugar.
No sin cierto resquemor, esa misma noche recorrió la zona delimitada por solo unas pocas cuadras, cerca del centro de la ciudad.
De entrada sintió cierto rechazo al cruzarse con las primeras personas que evidentemente eran aquellos que hacían del lugar lo que era, pero no podía negarlo, la atracción que sobre él ejercían era mucho mayor que su mala predisposición.
Se tranquilizó al darse cuenta de la presencia de algunos que otros transeúntes de ambos sexos que evidentemente se encontraban en su misma situación. Mirones; o en el peor de los casos, posibles candidatos a mantener algún tipo de relación con aquellas gentes.
Solo observaría. Un mal menor. De ninguna manera traspasaría ese límite.
Tras un par de horas, decidió que ya era suficiente; no sin dificultad, volvió sobre sus pasos y en menos de diez minutos, dejó atrás las calles y aquellos seres responsables de su decisión de esa mañana.
En los siguientes días se sintió inquieto y su mente imbuida de preconceptos trató de negar los verdaderos motivos de su evidente ansiedad.
Finalmente, tuvo que admitirlo; siglos de enseñanzas y tradiciones no habían podido “civilizarlo” del todo. —Siempre tuviste una tendencia hacia lo prohibido, lo abiertamente inmoral, aunque supieras muy bien que eso suele aparejar problemas —le había dicho una vez su mejor amigo.
Pero, no era el único. De vez en cuando alguno o alguna, se alejaba de los usos y costumbres considerados “normales” y terminaba sucumbiendo ante el deseo de nuevas experiencias.
Aunque se sabía a ciencia cierta que La Zona, como se la conocía popularmente, estaba considerada como peligrosa para la moral pública, no era secreto para nadie que constantemente recibía visitantes insatisfechos con las formas tradicionales en busca de satisfacer apetitos considerados malsanos por la mayoría.
Unos y otros fueron perseguidos al principio por las autoridades, pero al ver que de todas formas ellos tarde o temprano encontraban la forma de satisfacer sus instintos a todas luces retrógrados, decidieron tratar contenerlos en una zona dentro de la ciudad previamente delimitada.
Cuando ya no pudo aguantar más, volvió a acallar su conciencia inventándose un nuevo e infundamentado pretexto. Esa noche, aunque aún no lo supiera, pondría a prueba en su conciencia los civilizados conceptos de convivencia y armonía que imperaban en todo el planeta.
La vio parada en una esquina de la avenida principal de La Zona; aunque tenía los consabidos pruritos con respecto a “ese tipo de mujeres”, como la mayoría solía denominarlas, muy a pesar suyo se sintió inmediatamente atraído.
Luego de un breve titubeo, se decidió; se acercó a ella e intercambiaron aquellas primeras palabras que con el tiempo y las posteriores consecuencias que le acarrearon, dejarían de parecerle banales e intrascendentes.
Solo eso, no quiso o no pudo avanzar más allá. Muy a su pesar, volvió sobre sus pasos y raudamente volvió a abandonar aquellas calles.
Tan solo dos días después regresó. La imagen de aquella mujer y sobre todo su mirada no dejaron alternativa posible a su supuesto libre albedrío; intuyó, ya que no supo, que sus días ya no transcurrirían de la manera anodina que lo habían hecho.
Rotas ya todas las fronteras del pudor se entregó por completo a la nueva experiencia.
Volvió a La Zona noche tras noche, siempre a buscarla. Nunca antes había sentido de esa forma; jamás imaginó que se pudiera sentir algo así. Y menos aún que todo aquello fuera motivado, contra toda lógica, por una sola persona.
—Aquí todo es distinto — dijo ella —los que elegimos vivir de esta manera nos entregamos de manera total a lo que nuestros deseos nos marcan.
Al principio todo era casi idílico, pero, de a poco, sus dudas fueron abriéndose paso en su mente hasta alcanzar el punto de ruptura definitivo. Esto no estaba bien. Era algo malsano y al fin podía comprenderlo.
—No puedo, simplemente no puedo continuar con esta relación —le dijo esa noche.
Ella lo miró. Había comprensión en su mirada.
—Sabía que tarde o temprano esto iba a pasar —dijo.
No volvió a pasar ni siquiera cerca del lugar; no quiso provocar al destino, sabiendo que ella seguramente estaría parada en esa esquina esperando.
Poco a poco volvió a su rutina de amante bisexual, a compartir con el resto de la gente normal el intercambio de pareja y las fiestas sexuales grupales.
Volver a las costumbres imperantes le harían poco a poco olvidar aquél momento de debilidad en que incursionando en La Zona por un momento dudó de todas las enseñanzas que la sociedad le había inculcado.

En La Zona, esa noche ella estuvo en su esquina, como siempre.
Algún día él vendría. Sería alguien como ella, un paria que creyera en aquellas formas que hacía siglos eran mal consideradas.
—Me querrá solo a mí y solo lo querré a él y estaremos juntos por siempre —murmuró.
Y siguió esperando.

La lobotomía en noches de Luna oscura – Héctor Ranea & Carmen Carrillo



Estuve fuera –comenzó a excusarse el síndico– porque me mandaron a hacerme una lobotomía de lóbulo parietal para que dejara de escuchar sirenas cada vez que me lavaba los dientes. El neurocirujano y el patólogo se pusieron a conversar sobre el tocador de la Duquesa de Pomerania, la naturaleza sutil del sonido del banjo, el último gol de la liga Betuniense de Fóbal y de las plumas vaginales de la lora y me dejaron tanteando en la oscuridad.
Al final, me pude volver en canoa ya que estaba bastante embravecido el mar como para volver por aire y ahora que pienso no sé si me dejé el banjo en el quirófano o qué, pero me da la sensación de que me llenaron de estopa el cerebro y medio como que no me da ganas de escribir ni de nausearme ni de nada. Digo yo:
¿Hay un médico ahí que me pueda decir por qué carajos sigo escuchando una sirena que me pide que la desnude y cada vez que lo hago se pone a cantarme la serenata en ambulancia en sol sostenido mayor en el octavo nervio?
Sí señor, dice uno en el teatro del quirófano y le pido encarecidamente que desconfíe de las sirenas que le piden que las desnude. Son las más peligrosas. Por lo regular no llevan ropa, así que si se han tomado la molestia de cubrir las partes donde no les da el sol, es que algo traman. Escuché de algunas que trabajan colectivamente: mientras una se hace desnudar por algún incauto otras tres, disfrazadas de recolectoras de basura oceánica, le roban las llaves del vehículo, los profilácticos, las tarjetas de crédito y por si fuera poco, hasta las estampillas de correo.
¿Sabe que siempre me he preguntando dónde quedan las partes pudendas de las sirenas? le contesto mientras intervienen mi nervio auditivo.
Algunas de esas partes están bien adentro. No se aflija que no las verá a menos que tenga una fibra óptica ahí donde a usted no le da el sol. Pero enfatizo: ándese con cuidado con eso de ir desnudando supuestas doncellas de mar. Desde luego, se quedará atónito al contemplar el perfecto trabajo del cirujano plástico que colocó los 350 cc de solución salina en ambos lados del tórax (y las hay hasta con mayor volumen, pero ésas las usan para transportar mayor cantidad de mercancía robada) y en esas circunstancias quedará en pampa y la vía sin un mango para rascar el fondo de una paella.
Pero es que no quiero escucharlas. Precisamente para eso es que me someto a esta operación.
Nadie le garantiza que la lobotomización le quite esas apetencias, amigo. Quien se lo garantizó, le está sacando el dinero del bolsillo. Las sirenas las tenemos encajadas en el mate. Haga una cosa: rivotrilícese. Es bastante efectivo. Puede uno escuchar elefantes morados cantar el final de acto de (Las Bodas de) Fígaro y ni por error se experimenta conmoción alguna. Claro que si los dopantes los acompaña de dos onzas de buen gin, el resultado es todavía mejor. Llega a ver a Jorge Negrete bailando can-can sin sentirse abrumados, ni usted ni él. Eso sí, todo se complica. A veces las tortugas que vea que lo vienen a llevar a la alta mar, son de verdad.

Maravillas - Javier Arnau



El Teseracto bloqueaba nuestra visión. Su tamaño hacía palidecer la del transporte que nos había traído hasta aquí.

Mientras llegábamos a nuestro destino, la geometría fractal se dispersó como bolas de polvo que algún inmenso escarabajo cósmico estuviera empujando.

Descendimos de la nave, con la gravedad artifical alrededor del enorme hipercubo creada por no sabemos quien, pero totalmente compatible con nuestra fisiología. Lo que ya fue más complicado fue recopilar sus coordenadas, puesto que, como principal punto de interés turístico desde que lo descubrimos en nuestra franja de espacio-tiempo, teníamos que mantenerlo en las mejores condiciones de visita posible. Por ello, a sus coordenadas espaciales, una vez recalculadas y reoordenadas, le añadimos una capa de alfa tiempo, para que su estructura fuera más visible desde todos los puntos de nuestro sistema solar. Pulimos y dimos una capa de fosforescente universal en los puntos que más claramente interseccionaban con nuestro n/espacio, añadimos el cartel de Recién Pintado, y nos alejamos para tener una visión de conjunto.

Perfecto; junto con otras maravillas del universo que habíamos traído hasta nuestra galaxia como reclamo turístico (las Puertas Tanhauser, la Cascada Medusa...), formaban un espectáculo digno de visita por las más altas clases de alienígenas que pudieran permitirselo.

Y en breve, en nuestra ruta turística incluiríamos la visita al estallido de la estrella de aquel planeta llamado Tierra.

Cosas de diccionarios – Héctor Ranea & Sergio Gaut vel Hartman


—¡No voy a aceptar sus palabrotas! —dijo irritado el Uhumunor de Kilikili—. ¿Con quién se cree que está hablando?
—Mis… palabrotas, como usted las llama, excelencia —replicó el terrano Sando Valaenar—, provienen del famoso Zgabagtán Surtik, el diccionario más completo de la galaxia (junto con el de María Moliner, el Oxford y el Bartiróloco-Anazómago (o Anazógamo, nunca me acuerdo bien) que se consigue hasta en los kioskos del subterráneo de Titán.
El Uhumunor, que no quería pasar por patán, miró al embajador con ojo crítico. —¿Eso significa que palabras como hujikuji, feyasioni, jarshanxa y kunilingikuni pueden ser expresadas sin cortapisas, incluso en las reuniones protocolares?
—En efecto —replicó el terrano—. Por la módica suma de homouhu gmog el Zgabagtán Surtik le pone al menos cinco palabrotas en marciano convencional de las terres hautes en cualquier discurso, claro que eso sólo sucede si tiene instalada la versión secreta del Wingow GNU...
—La tengo, pero me parece que es trucha —dijo el Uhumunor de Kilikili—. ¿Sirve igual?
El embajador meneó la cabeza. —Me temo que no.
—¡Qué dehefe noisfute!

El primer día de primavera (El jardín de Chloe) - Christian Lisboa


Cada vez que salías a remover la tierra gredosa del espacio que llamabas “antejardín”, yo sabía que regresarías con los ojos tristes, con ese sentimiento que yo no quería que expresaras, porque cada vez que esa sombra velaba tus ojos, estabas pensando en los parques y en los cerros cubiertos de un manto verde, y en lagunas y ríos y playas y también en paseos y en tardes enteras jugando con tus sobrinos, y en los años de juegos con nuestros niños, cuando eran niños, cuando éramos felices. Y yo me sentía culpable por haber quebrado todo eso, cuando en realidad tú y yo sabíamos que no era así, pero…
—¡Vincent! —gritaste. Como no reaccioné rápidamente, viniste a buscarme y me llevaste de la mano hasta un rincón. Entre la maleza seca, una pequeña planta luchaba por subsistir, extendiendo sus hojas puntiagudas como de palmera.
—Lo ves, yo sabía que alguna de las plantas iba a crecer —me dijiste.
—Es una palmerita china —te dije, mientras intentaba recordar el nombre científico, “rhapsis…”, y los datos de cuidados requeridos, que recibimos en el corto curso de ambientación antes de venir aquí—. Necesita poca agua y resiste bajas temperaturas, pero no vivirá mucho… —Lo dije sabiendo que te enojarías, que me acusarías de insensible, pues todo lo llevo a números, pues bloqueo mentalmente lo que es difícil y lo transformo en imposible… finalmente terminaste la conversación con los ojos húmedos lamentando haber venido aquí, conmigo, y haber dejado nuestro hermoso mundo, nuestros hijos, hermanos, primos y amigos, para ser los estúpidos pioneros en este planeta helado que recién comienza a ser habitable.
De nada serviría decirte que todos deberán abandonar finalmente la Tierra, que no supimos cuidar, que quienes se queden deberán oxigenarse más de una vez al día, que los protectores solares factor 80 no serán suficientes y deberán cubrirse como los beduinos al exponerse a la luz, que si te propuse venir antes fue para adaptarnos y ser de los que prepararán este mundo árido y helado para que una nueva humanidad comience. Y no es suficiente ver al atardecer el hermoso espectáculo de las dos lunas, cuando el disco amarillento del sol va apareciendo en el ocaso. No es suficiente recorrer miles de kilómetros de paisajes que jamás pudimos imaginar, no nos bastamos y las reuniones con los otros pioneros siempre terminan con melancolía y ojos llorosos.
Pero hoy ambos despertamos con una energía diferente. Chloe no salió al jardín, sino que se quedó a preparar el desayuno conmigo. Disfrutamos el pequeño placer de saborear los lácteos y frutas después de hidratarlas con agua marciana. Luego salimos juntos al jardín de Chloe y nos quedamos absortos. Miles de pequeñas hojitas verdes nos miraban sin ojos desde el suelo. Cleyeras, boneteros, hipericum, pitósporo, lobelias, mahonias, áloes. Emocionados, recorrimos las hileras de brotes descubriendo nuevas plantas que sobrevivirán, al igual que nosotros, un año más de 669 días en este mundo frío.


Acerca del autor:

Distorsión - Laura Ramírez Vides


Es tan ridículo y a la vez gracioso. Nos imaginan (¿o nos ven?) verdes, altos, delgados, cabezones; a nuestro planeta lo “pintan” de rojo. Los venusinos tienen mejor imagen, a ellos los dibujan con alas y los llaman ángeles.
Los humanos son realmente unos personajes, aunque en realidad creo que simplemente son burdos. Piensan que avanzan tecnológicamente. En medicina tienen aparatos que consideran de alta sofisticación y siguen sin descubrir el implante.
Ver para creer, dicen. Si supieran que lo que creen ver simplemente no es.
El propósito de la Confederación es claro: los humanos son especimenes para estudio de toda la galaxia y delicatessen para los habitantes de Saturno (nos costó pero logramos frenar su insaciable apetito y tosquedad en la abducción; ¡maldita costumbre tenían de hacerlo siempre en el mismo triángulo!).
Pero hay unos pocos humanos que nos preocupan, son fuertes, determinados, y cuando al nacer les implantamos el distorsionador de imagen, lo rechazan.
Éstos sí son peligrosos.
Varios ya me han descubierto; lo sé, algunos me hablaron pero yo no contesté, sabían que estaba ahí y ayer a la noche… un espécimen femenino caminó directo hacia mí y me tocó.
Algo vamos a tener que hacer con ellos. Los humanos los llaman ciegos. Yo considero que son nuestra perdición.

Laura Ramírez Vides

La extinción de los mugrillos – José Vicente Ortuño


Los mugrillos fueron los únicos seres vivos encontrados en el planeta Marte. Los científicos que los descubrieron quizás se habían cansado de bautizar nuevas especies con nombres en lenguas muertas, o tal vez no conocían ninguna de ellas. Según algunos el nombre proviene de la expresión “mugrientos animalillos”, que ciertamente los describía a la perfección. Otros prefieren creer que se debe a su parecido con los grillos terrestres. Un parecido más bien escaso pues, además de ser de forma esférica y poseer dieciocho extremidades, en lugar de emitir un gracioso cri-cri, los mugrillos emitían un mujido exasperante. Aunque tal vez por eso se les llamó: “mu-grillos”, ¿lo pillan ustedes? “mu-grillos” ¡Ejem! Bueno vale, dejémoslo, porque en realidad no importa demasiado.
Los mugrillos vivían bajo el suelo marciano, donde excavaban túneles incansablemente. En el interior de éstos se concentraba la escasa humedad del planeta, dando lugar incluso a corrientes de agua. Esto causó gran regocijo entre los científicos terraformadores, que aprovecharon el preciado líquido para convertir el planeta rojo en algo bastante parecido a la Tierra.
Si bien es cierto que los militantes del grupo ecologista Redpeace ejercieron presión contra las autoridades para que no se destruyera el hábitat del mugrillo, a éste no parecía afectarle nada de lo que hicieran los humanos. Al contrario de lo que se podía suponer, esos curiosos seres no se sintieron molestos por la destrucción de sus túneles, ni por el cambio en los gases atmosféricos, ni por el exceso de humedad en el suelo. Su adaptación a las condiciones ambientales terrestres fue perfecta. Entonces dirán ustedes, ¿por qué se extinguieron los mugrillos?
Cuando la terraformación de Marte estuvo al fin concluida, se construyeron los primeros campos de golf. Eran unos campos inmensos, ya que la gravedad de Marte, casi un tercio de la de la Tierra, permitía lanzamientos de varios kilómetros. El primer signo de que pasaba algo fue cuando las pelotas de golf comenzaron a desaparecer. Cientos de miles de pelotas de golf desaparecieron y los mugrillos con ellas.
Una comisión multidisciplinar de expertos en todo tipo de materias se devanaron la sesera durante meses, pero no consiguieron ponerse a acuerdo sobre la causa de la desaparición de los mugrillos. Sin embargo, hubo una teoría que caló en el pueblo y que al cabo de los años fue la única que se recordaba. Pero no fue un científico superdotado quien la expuso, sino la abuela centenaria de un funcionario de tráfico, que había llegado a Marte en su juventud como cocinera del primer crucero de lujo que llegó al planeta rojo. Cándida, que así se llamaba la venerable anciana, dijo, ante la incredulidad general y las burlas oficiales, que los mugrillos se habían dedicado a llevarse las pelotas a sus guaridas, pero no para devorarlas sino como compañeras. Ante la pasividad de las pelotas frente a los intentos de apareamiento, los mugrillos habían muerto de amor. ¡Descansen en paz los mugrillos, los últimos románticos marcianos!

Día acción de gracias - Iñigo Fernández


Cuando la transmisión de la Tierra finalizó, todos en la sala suspiraron aliviados. Los Vaqueros habían ganado a los Leones por un punto en el tradicional juego del Día de Acción de Gracias. La costumbre, llevada a Marte ochenta años atrás por los primeros colonizadores y fomentada por la autoridad de NovaWashington —único asentamiento norteamericano en territorio marciano—, generaba en los colonos un vínculo especial con esa lejana metrópoli en la que sólo los más viejos habían tenido el privilegio de nacer.
Como el uso terrestre lo indicaba, una vez concluido el partido, mamá Tyler y la pequeña Rose terminaron de poner la mesa, al tiempo que abuelo Tyler, por ser el único miembro de la familia originario de la Tierra, no paraba de contar anécdotas de juventud que, invariablemente, terminaban por convertirse en críticas amargas contra esa “roca” rojiza en la que ahora se veía obligado a vivir; críticas que, además, lo mismo arrancaban gestos de asombro a Jimmy, su nieto, que bostezos de aburrimiento a papá Tyler, su primogénito.
A un llamado de mamá, todos entraron al comedor y se sentaron en torno a la mesa. Encima de ella había un par de tazas con salsa de arándano; un cuenco grande con puré de papa; una fuente llena hasta el tope de maíz dulce y otra rebosante de judías verdes; una tarta de manzana y un platón con el guiso principal de la cena: “pavo marciano”. Abuelo Tyler revisó los alimentos y, como era habitual en él, al ver el último hizo una mueca de desagrado.
—¡Vamos, abuelo! —dijo mamá con un deje de dulzura al percatarse de lo anterior—. Ahora hicimos un esfuerzo pensando en usted y compramos maíz de la Tierra.
—Además —añadió papá— prometiste que este año ya no ibas a hacer escándalos. ¿Lo recuerdas?
El anciano bajó la mirada y gruñó a manera de respuesta, tras lo cual, papá pronunció la acostumbrada oración de Acción de Gracias familiar. Al amén le siguió un ir y venir de platos que más tardaban en llenarse que en quedar vacíos. El abuelo no fue la excepción, si bien apenas se sirvió una pequeña porción del “pavo marciano”, misma que dejó tras darle una pequeña mordida.
—Sin duda este es el pavo más rico que has preparado, cariño —exclamó papá con la boca llena.
Abuelo Tyler lanzó una risa socarrona.
—No vayas a empezar, papá. Te lo advierto. —el hijo espetó.
Ese día Abuelo Tyler no estaba de humor para discutir, así que después de disculparse, se levantó de la mesa y tomó su bastón. De camino a su recámara recordó los inicios del asentamiento, cuando humanos y marcianos compartían la mesa hasta que las hambrunas obligaron a crear el “pavo marciano”, un eufemismo convertido ahora en tradición, con el que las buenas consciencias ocultaron lo que era un acto de verdadero canibalismo.

Como todos los días II - Samanta Ortega Ramos



Soy un lobo con patas cojas resignado ante la velocidad y la carne. Cada mañana después del baño, exhalo quejas por lo bajo sin desafiar al espejo acuciante. Me pongo el traje de corderito gastado en amarillos . Llego al trabajo con el colmillo afilado, pero las patas cojas me ponen en mi lugar. El deseo constante hace bullir la sangre y por eso hago mi trabajo bien y el del otro, hasta que dreno las fuerzas en palabras y números.
Carla es un perrito amigable, mueve la cola cuando llega o se va alguien y siempre quiere jugar, si es mejor al sol. Cuando se cansa de mover la cola hace lo que tiene que hacer. El trabajo es algo anecdótico que genera pereza y muchos amigos.
Antonio es un ratón que aprendió las ventajas de ser chiquito y escurridizo. Puede verlo y oírlo todo sin que su presencia resulte amenazante.
El manitas de Carum es el mono del circo. Hace reír, se relaja ante la presión, lo que no sabe lo aprende y te ayuda con interés.
Pero sólo yo se lo que hay debajo de mi capa de cordero (aunque se me haya visto la hilacha más de una vez). ¿Qué hay del resto? ¿Usan uniforme? No puedo evitar preguntármelo cada vez que escucho que al ratón no le gusta el queso o cuando veo al perro trepar a la ventana de un salto y sin esfuerzo, porque hay un rayito de sol.


Sobre la autora: Samanta Ortega Ramos

El chirimiri del ángel - Manuel Pérez Báñez


Se cuenta que un niño capturó con liria un ángel de leche, que más que alas tenía incipientes plumones en su espalda. Éste yacía moribundo del titánico esfuerzo por liberarse de la mortal trampa de pegamento. El niño, al verlo, quedó avergonzado y arrepentido. Lo soltó con delicadeza, cicatrizó sus heridas, le dio agua fresca de una fuente y lo llevó hasta una loma cercana donde con paciencia lo instruyó para que recuperara las fuerzas necesarias para poder volar con sus aún inexpertas y níveas alas. No fue tarea fácil. Al cabo de varios días, el ángel restablecido le agradeció al niño su empeño. Con lágrimas (ese día, a pesar de ser verano, llovió suavemente sobre la aldea) se marchó volando una mañana. Desde entonces todos los niños —incluso los más crueles— poseen su ángel de la guardia. Desde entonces una fina lluvia cae cada once de Agosto sobre la aldea. Los del lugar la llaman el chirimiri del ángel. Ese día todos los niños lo celebran soltando jilgueros en la plaza del pueblo.

Lluvia - Pablo Moreiras


Hoy llueve como cuando la infancia y las nubes y la brisa y el olor a lluvia o sea a tierra mojada y el ruido de las gotas estrellándose contra el suelo y los tejados con los ríos desbocados de los canalones y el rugir de la uralita hoy llueve y el tiempo es un fotografía de entre-párpados bajo soportales de un patio lejano y el gato que ronronea sobre la mesa y buganvillas y palmeras y entonces cuando viejo quiero decir cuando joven geranios y jazmines y un palomar abandonado y la lluvia igual igual igual como su olor y esas cuerdas tan iguales en el mundo que sostienen su horizontalidad de alambre oxidado para tender la vida siempre tan iguales esas cuerdas con las mismas siempre iguales gotas transparentes cristalinas puestas a secar en fila india horizontal de perlas que la mano cosecha y chupa la lengua porque esas cosas se hacen cuando viejo quiero decir cuando joven y se sueñan entonces también amores cosas prohibidas la dulzura de la piel tersa y blanca por vez primera mientras la lluvia caía en un rincón del paisaje se sueñan y se palpan tiritando y no de frío húmedo y no la lluvia se saborean hasta el gaznate los pezones de la tierra húmeda esas cosas sin más malicia que el deseo tan intensas y tan lentas a pequeñas dosis de lluvia porque lo desconocido es miedo y deseo cuando joven o viejo qué más da cosas que pasaban hace muchos años y hace tiempo que olvidé pero al menos hoy la lluvia y esa húmeda nostalgia.

Tomado de: http://sevendepoesia.blogspot.com/



Acerca del autor:

Algo para declarar- Max Goldenberg


“¿Tiene algo para declarar?” me preguntas y yo te pregunto a vos: ¿Si tengo algo para declarar? Claro que tengo algo para declarar. Aca parado en el aeropuerto pero también tengo algo para declarar en la vida misma. El que te diga que no, te miente flaca. Todos tenemos algo para declarar. Lo que no sé es si todos tienen las pelotas que tengo yo para decírtelo. ¿Algo para declarar? ¿Estás segura de que querés jugar a este jueguito? Declaro que estoy podrido de hacer la cola en la verdulería, mirá vos. Hago dos horas de cola para que venga algún amigo de Don Carlos y se lleve las mejores bananas. ¿Querés que siga declarando, oficial de la aduana? Declaro que me gusta la Susana desde que la vi en el baile del Loro y no dejo de pensar en ella. Declaro que me baño una vez por semana para no perder la costumbre. No me mires asi, flaca. Yo soy creyente. Creo en el olor corporal, creo en que cada uno tiene que oler como uno huele y no como las corporaciones quieren que huela. Alguien lo tenía que decir. Yo huelo como dice mi documento: Oscar Del Mango. No huelo Rexona, ¿se entiende el concepto? Pedro Rexona olerá como él quiera. Pero yo huelo a mi. Si te gusta, mejor para vos. Si no te gusta, seguí participando flaca. Como sigo participando yo cada vez que abro una puta botella de Coca. Porque yo tomo Coca, no tomo Pepsi. O sea, todo bien con Pepsi, deben ser buenas personas pero a mi no me gusta la Pepsi. Por mas que las dos se llamen “Cola” no tiene por qué gustarme, ¿no? Yo a los melli Voltini los conozco a los dos pero a Tito lo banco y al Pupi no y los dos se llaman Voltini. ¿Si tengo algo para declarar? Declaro que me tienen podrido los taxistas que te piden que les indiques el camino porque son nuevos. ¿Que soy? ¿Un cura? ¿Un Dios superior que tengo que indicarte el camino? No señor… vos elegiste ser taxista, entonces llevame a donde te pedí. ¿Dónde se vió? Debe ser el único laburo donde vos tenés que hacer lo que estás contratando y encima le pagás. Y nadie dice nada. Es como si llamaras a un carpintero y te diga: “¿Una mesa? Como no, acá tenés el serrucho… ¿No la hacés vos que soy nuevo en esto de la carpintería? Son cuatrocientos pesos”. Lo peor de todo es que le indicás igual al tachero: “Tomá por Córdoba derecho y doblás en Juan B Justo” le indicás. Al pedo porque el tipo termina agarrando por donde se le canta el traste. ¿Para qué me preguntás? Te parecés a mi esposa que me pregunta qué quiero cenar y después termino comiendo tarta de zapallitos. ¿”Milanesa” suena parecido a “Tarta” acaso? No me mires así, flaca. Vos me preguntaste. Que espere el avión, mirá lo que te digo. ¿Está apurado el señor capitán? Que espere. Vos me dijiste “¿Tiene algo para declarar?” y bueno, acá estoy, declarando. Declaro que no bajo la tabla del inodoro. La dejo arriba. Que la baje el que venga después. ¿Yo la tuve que subir? que la baje otro. Si viene una mina que la baje y listo. Que baje la tabla y que baje los humos ya que está. No se de dónde carajos se bajan los humos, ¿no? porque todo el mundo te dice que bajes los humos pero yo no se de donde. A mi hablame claro. Si querés que me calme me calmo pero no me pidas que baje los humos porque los humos no se bajan, se huelen. Como todo esto de si tengo algo para declarar que me huele mal, me huele a gato encerrado. A gato con botas. Como las que compré en Miami hace dos días. Así que eso tengo para declarar: un par de botas. Si te gusta bien y si no te gusta, a cantarle a Gardel. Si lo encontrás.

Tomado de: http://max.com.ar/
[texto bajo licencia Safe Creative / todos los derechos reservados]

Las arañas – Héctor Ranea


–Mate bien a las arañas – me dijo el hombrecito vestido de gris.
Yo me sentí un poco abochornado, no sólo porque no me gusta que me digan cómo hacer las cosas, sino porque un hombrecito vestido de gris en mi baño, cuando hago mis necesidades, no es particularmente la idea que me hago de una situación amable ni amena.
Como lo miré con cara de preguntarle: –¿De qué cuernos me está Usted hablando? el tipito me respondió de buena manera:
–Mire leí una vez, pero no recuerdo dónde, que las arañas mal amasijadas vuelven por el tubo de la bañera.
–Pero si están muertas –dije entre sonrisas indisimulables –va a ser difícil que retornen.
–Claro, so estúpido –eso fue cruel e innecesario –vuelven a los sueños del que las mató.
–¡Pero si yo no sueño!
–No sé; allá Usted que no sueña. Vaya a saber cómo se le acomoda la araña. Tal vez quede impotente. No sé. No recuerdo el cuento. Sé que la cosa no es para tomar a la joda. Hágame caso.
Cuando seguí leyendo mi libro, me di cuenta de dos cosas, a saber: una, el tipo se fue. Para mí que hizo mutis por la ventana que da al rosal color salmón. Y dos, que la araña estaba lejos de mi alcance y aunque tuviera una Biblia tamaño baño yo no la alcanzaba como para matarla.
La araña me miraba con sus ocho ojeznos casi con risa y erguida en ocho puntas de pata, muy oronda. Después leí, o vi por la televisión, que algunas arañas mutantes producen una transpiración con un analgésico poderoso y un liserginoide o algo así. Además de que ríen.

Mi madre y Camus - Alexis Socco Demic


Es duro el oficio de escribir. Cuando se te ocurren cosas interesantes para expresarlas, generalmente no estás en tu casa y no tenés a mano un papel o una lapicera. Y cuando te sentás finalmente a la PC para escribir, no se te ocurre nada y por eso escribís las razones por las cuales no comenzás un cuento con una frase del estilo "Hoy mama ha muerto. O tal vez ayer, no sé"… Pero claro, Camus era un genio y vos un idiota dicen, entonces si no tenés mucha autoestima te vas a hundir cada vez más en los rebotes de las palabras de ellos.
A menos que uno tenga el coraje de plantarse y decir ‘a la mierda Camus, yo soy mejor’, pero tampoco sería algo productivo, porque la escritura no es un deporte y nadie gana o pierde o es mejor o peor que otro. Lo cierto es a Camus se le murió la madre y él no recordaba en qué momento había ocurrido.
Ayer murió la mía, y sé muy bien cuándo y cómo ocurrió. Como la de Camus, ella estaba internada en un asilo para ancianos. Existen muchas razones para explicar porqué ella estaba desde hace años condenada a un sitio así, pero no las voy a justificar ahora. Sólo diré que fue víctima de la violencia interna, de su propia impotencia para seguir respirando frente a esas paredes viejas, rotas, grises. No estaba enferma de manera terminal, pero sí temporal. Su tiempo, creía ella, creo yo, había expirado. No encontraba sentido ni motivos para luchar contra lo terrible de su destino.
“Hoy mi madre ha muerto”, escribí ayer. No quise copar al escrito francés, pero no hubo más para describir.
La culpa de su muerte es mía, lo sé, pero sólo yo sé porqué. Y hoy me encuentro vacío, como esta página en blanco, que trata de llenarse como puede, a duras penas. Es duro el oficio de escribir, pero más duro es no tener la posibilidad de revertir las cosas. Sólo escribo, cuando debería tener coraje para asumir mi responsabilidad. Sí, soy un cobarde, como Camus. Y no tengo su prestigio. Eso me hace sentir doblemente culpable.

Peligro de extinción – Antonio Jesús Cruz - Sergio Gaut vel Hartman


—Soy un hereje, aunque no crío cocodrilos —dijo mi amigo Antonio descorchando el tercer Malbec Rosé de la cena.
—¿Podrías explicarlo? —pregunté sin demasiada convicción. A mí me gusta el
Chardonay cosecha tardía, y llegado el caso prefiero un Beaujolais fresco, suave como beso de muchacha. Pero Antonio no se inmutó.
—Como un amigo mío que cría una nambá verde en los quince centímetros cuadrados de su bolsillo.
—¿Una namba verde? —Lamenté no tener acceso a la Wikipedia; la Wikipedia era la solución perfecta. O lo habría sido, si Antonio no hubiese seguido con su incomprensible discurso.
—Ahora bien, lo que Saturnino no sabe es que mi volcán, que antes erupcionaba con abundante lava, ahora sólo tira cenizas, por lo tanto, no puedo utilizar plumas incandescentes para escribir cuentos. Eso me pasa por sentarme a tomar un café justo al frente de la plataforma uno.
Renuncié a seguirlo. Me embutí un buen pedazo de vacío —debo admitir que como maestro asador Antonio raya la perfección— y busqué consuelo en Pocho, el alienígena que había llegado de Tau Ceti para reformular la actividad solar y evitar que el 21 de diciembre de 2012 la desestabilización de la corteza terrestre nos mandara a todos a la quinta del ñato. Pero a Pocho el Malbec Rosé le había pegado de un modo insultante.
—¿Qué cocodrilos, nambáes verdes, cenizas de volcanes y plataformas de trenes? En este planeta lo que hace falta es mano dura para poner en cajas a los intelectuales que todo lo embrollan y confunden. —Cuando se enfurecía, Pocho hablaba con un dejo de acento alemán—. Me parece que no voy a arreglar nada lo de los neutrinos para que este mugriento sistema se vaya por el desagüe.
—Calma, Pocho —dijo Antonio guiñándome el ojo—. Ya vienen las mollejas, y están como te gustan.
Pocho se serenó y pasando la lengua trífida para secar sus jurcias, estiró el brazo y puso la copa en posición para que le sirvieran otro poco de Malbec Rosé.

Marlon Brando sabe todo – Lisandro Varela


Muero y tengo puesto un smoking blanco. Soy yo pero es el pibe de Trainspotting haciendo de mí y me veo desde afuera. Atravieso una fiesta rápido entre mucha gente que no me ve. Sigue una cocina de Sheraton con casamiento y filas largas de platos de metal tapados con metal. Abro una puerta de madera blanca que se abre a lo oscuro y salto sin miedo. Llego a una sala de bingo triste con las paredes cubiertas de tela negra para que no haya incendios.Las mesas son redondas y están un poco torcidas. Tienen un número de papel en el medio y personas sentadas y sillas vacías.En una esta Verónica Rocha, que me dice que esa fiesta estuvo buena y que que bueno que compartamos mesa.Se acerca un señor que es el jefe de la cosa pero no parece jefe, parece un tipo con muchos problemas. El tipo me dice que tengo que volar a otra mesa.Vuelo entre las mesas y el techo bajo y negro. Vuelo como un pájaro pesado que vuela lejos, moviendo los brazos con todo el cuerpo. Todavía soy yo y el chico Trainspotting vestido con un smoking blanco. La mesa que me toca es chica y todos los asientos están ocupados por tipos turbios que hicieron grandes cagadas cuando vivos. Los tipos están felices de que llegue y ahora hay un asiento. Saludo y no me siento. Me pega en el estomago la cosa densa de los tipos que me saludan amables.Vuelvo caminando entre las mesas. El jefe tiene un problema mas ahora que le hablo y le pregunto if is free will possible in this fucking place. El jefe no contesta. Al piso le crece Marlon Brando a los cincuenta vestido de vaquero y a caballo, lo siguen vaqueros heridos de muertes con guerra. Marlon Brando no me dice nada pero me dice that free will is always possible. Marlon Brando y su banda se van al galope como en una película de Sucesos Argentinos.

Publicado en el blog:http://vidadocampo.com/
Sobre el autor: Lisandro Varela

Atardecer en el lago - Paloma Zubieta López


El día languidece y el corazón del bosque se llena de vida. Una ardilla devora bayas sobre un tocón, las mariposas revolotean por doquier y los tordos saltan de rama en rama. La luz se cuela entre las hojas mecidas por la brisa y varias chicharras cantan. Casi en el margen del lago, vemos una mujer sobre la tumbona. Parece que duerme, pero nos sorprende al abrir los ojos, diminutos, en los que se dibuja el sol a punto de ocultarse. Sus cabellos grises enmarcan un rostro delicado y dulce, lleno de arrugas. Contempla absorta cómo la tarde se acaba en este pequeño paraíso. El cielo explota en tonos de rojo y naranja; ella esboza una sonrisa. La vemos mover los labios como si conjurase un hechizo pero no logramos distinguir qué es lo que dice, ha hablado muy bajo. Observamos que tiembla cuando el viento la acaricia y cómo se cubre las manos con una manta. A lo lejos, un trueno anuncia que pronto lloverá. Cuando no hay casi luz, la mujer se eleva y en las alturas, desaparece. La manta queda sobre la tumbona y el silencio invade el escenario: el ciclo se ha cumplido.

Las Sempiternas - José Luis Vasconcelos



Cuenta Inesita que en los días de luna menguante las sempiternas bajan de los árboles para matar ancianos. Dice que son bestias de tres patas, con alcayatas por uñas y menstruo en lugar de saliva.
Mi amiga no miente, su abuelo fue muerto por unas sempiternas de las que llegan ahí volando sobre la sierra del norte. Su madre jura que bajaron del árbol más grueso del zócalo y luego anduvieron por todas las calles buscando viejitos. La mala suerte quiso que hallaran al abuelito.
Dice que las sempiternas rejuvenecen mientras mastican las carnes marchitas. A cada bocado va cayendo la pelambre que tienen encima y cuando acaban de rejuvenecer vuelan hacia la sierra.
Cuando eso pasa todos los pobladores entran a la iglesia, ahí rezan hasta que sale el sol. No tienen párroco, el último huyó despavorido cuando una de esas bestias se metió a su cuarto por equivocación, porque aseguran que parecía más grande de lo que era.
La próxima semana iré al pueblo de Inesita. Mi madre, con esa sonrisa extraña que pone cuando desea sorprenderme, me dijo que viajaremos ahí por la sierra del norte, porque ya es tiempo de que sepa para qué vine al mundo.

El autobús - Héctor Gomis


El autobús estaba abarrotado y yo luchaba por mantener la verticalidad frente a un grupo de ancianas que aporreaban mis testículos con sus bolsas de la compra. El recorrido solía durar unos treinta y cinco minutos, pero el calor y la incomodidad me lo hicieron parecer mucho más largo. Casi podía notar como el tiempo se hacía viscoso por momentos y frenaba su ritmo hasta casi detenerse. Me concentré en recordar una canción que me cantaba mi padre de niño. Entrecerré los ojos y apliqué mi mente en la tarea de revivir su melodía. Eso me distrajo ligeramente del exterior, y olvidé por unos instantes el dolor de riñones y las gotas de sudor que bajaban por mi cuello. Luego pensé en mi padre. En mi padre y en sus extrañas teorías.
El tiempo es flexible. Eso me decía cuando me veía aburrido. Hay momentos en los que transcurre muy veloz y los minutos apenas se perciben, y en cambio en otros, los segundos se eternizan en su camino y nos desesperamos con su lentitud.
El autobús se detuvo y la pérfida banda de viejas destrozatestículos bajó en tropel. Aspiré hondo, y disfruté del pequeño intervalo de bienestar que tenía hasta que volvieran a acorralarme los nuevos viajeros. Duró poco, lo que dura un pestañeo. Enseguida se volvió a ocupar todo el espacio con otros cuerpos, y de nuevo el tiempo volvió a frenarse.
Durante el resto del trayecto escuché las conversaciones de mis vecinos, y así me enteré de que el señor calvo situado a mi espalda no estaba nada conforme con su sueldo y se planteaba dejar su trabajo, y que la niña apoyada en la ventana había suspendido tres asignaturas y no tendrá vacaciones este verano, y también que la mujer de mi derecha ya no quería a su marido, aunque, como le decía a su amiga, se casaron hasta que la muerte los separara y le tocaba aguantar con él toda la vida.
El tiempo seguía arrastrándose indolente, y yo notaba la tensión de todos mis músculos esforzándose por mantener la posición. Vi como el hombre que tenía enfrente mascaba chicle despacio, muy despacio, y como después de un rato se lo sacó de la boca y lo pegó en una barandilla. Una mujer que lo vio, se lo comentó a su compañera, y las dos le dedicaron unas miradas de desaprobación. Yo, mientras observaba a mis vecinos, me imaginaba que si existía un infierno debía de ser como aquel autobús lleno de gente. Un autobús abarrotado, con un ambiente pegajoso, que nunca llegara a su destino y diera vueltas y vueltas sin cesar.
Por fin llegué a mi parada. Avancé a codazos hasta la puerta y conseguí salir. Al bajar a la calle, crucé la mirada con una mujer. Era morena, de ojos grandes y negros, y su cara, sin ser una cara conocida, me recordaba momentos de mi infancia. Su imagen me transportó a kilómetros de allí, a un lugar feliz donde nunca había estado, y me provocó bienestar. La mujer estaba hablando con una amiga, y reía sin parar. Al verme, me dedicó una sonrisa amable y subió al autobús.
Vi partir al autobús, y escudriñé entre sus ventanas por si conseguía localizar a la mujer. Al final la vi. Estaba apoyada en el ventanal y me miraba. La despedí moviendo la mano, y ella me correspondió haciendo lo mismo.
El tiempo es flexible, lo difícil es controlarlo, eso pensé mientras la perdía de vista.

Tomado de: http://uncuentoalasemana.blogspot.com/

Esperando al salvador - Gilda Manso



Lo vi a la ida, en Pompeya; yo iba en el 160 y él caminaba por la calle, en cueros, mugriento, con una barba que parecía algodón mezclado con engrudo. Edad difícil de calcular, tal vez si le quitáramos la barba y la mugre y las marcas de durezas (metafóricas y no) que le cubren la piel, hallaríamos a un hombre de cuarenta años, o cincuenta, o sesenta, vaya uno a saber.
Paraba a los autos y les pedía plata; fuera cual fuera la respuesta, él gritaba “¡Soy Jesús, soy Jesús!”; supuse que viene haciendo eso desde hace mucho tiempo, porque en el grito ya no había desesperación ni dolor ni indignación ni nada.
A la vuelta seguía ahí. Habían pasado cuatro horas, pero el hombre seguía caminando por la calle, parando a los autos y gritando que es Jesús.

El choque fue tan inesperado y violento que apenas vi lo que sucedió: el auto que iba adelante de mi 160 se llevó puesta la barrera baja, y el tren se llevó puesto el auto. Los bomberos dijeron que no había nada por hacer. El conductor del auto estaba muerto.
Yo, que había bajado del 160 para perderme entre la muchedumbre a la que la curiosidad y el morbo no habían matado pero sí seducido, vi que el hombre que decía ser Jesús se había acercado también, y estaba parado al lado mío, mirando adentro del auto. Entonces lo miré fijo, por las dudas, a ver si veía en su cara una mínima señal de persona que hace un milagro (ceño fruncido por la concentración, mirada de rayos equis, no sé, algo), y un bombero de pronto exclamaba “¡Momento, no está muerto, respira!”, pero nada pasó.
La próxima vez le voy a dar una moneda.