lunes, 6 de diciembre de 2010

Peticionar - Héctor Ranea


El tinterillo cagatintas de cuarta categoría Flavio Josefo Algunis miró con cierta desconfianza al que tendía ese papel, pero correspondía a la etiqueta para un abogado. Tenía traje negro, corbata azul, camisa. En fin, la camisa estaba bastante sucia, el pelo bastante alborotado aunque fijado. No sería gomina, pero estaba fijado, como pedía el Juez. Mientras trataba de leer la nota presentada, de reojo Flavio veía al abogado que miraba hacia su cabeza con fruición, pero tampoco lo preocupó demasiado. Sucedía con alta frecuencia que gente rara se entusiasmara con su peluca, por lo que no le dio ninguna importancia y se dedicó al documento. Este rezaba, en resumen, que consideraban que el colectivo que era representado por quien presentaba el documento, debían ser considerados con otro término, ya que éste tenía connotaciones peyorativas, alejadas de la corrección política necesaria para la convivencia. Era, según ellos, una ignominia cómo se los denominaba, ya que en realidad sólo (en este punto el Procurador, según viera Flavio, se acomodó de manera ostensible la nariz y el labio superior así como la oreja izquierda) se trataba de personas que habían sido rechazadas por un organismo constituido por personas con opiniones, no basado en hechos científicos y por lo tanto no comprobables ni certificables. Además, al no tener terminología en buen castizo, se apelaba a una palabra con connotaciones ofensivas. El tinterillo observaba con el rabillo del ojo al peticionante, que estaba en un estado de ansiedad casi delirante. Siguió leyendo, como si fuera imperturbable. En la demanda, el grupo de rechazados sociales levantaba una denuncia difusa a toda la sociedad pero, en particular, al Estado, por haber cultivado en la población una aversión peculiar hacia la circunstancia en la que vivían (así decía el documento) ellos y, aunque veladamente, mencionaban que obrarían con todos los medios de que los dotaba la ley (¿cuál ley? —pensó el tinterillo) para su reivindicación.
Repitió, inconscientemente, la palabra ‘reivindicación’ y la fórmula de despedida usual. Levantó la cabeza y lo que vio lo alarmó. El apoderado firmante estaba echando espuma por la boca. Una espuma bastante hedionda y de mal color. Se había arrancado el saco y la corbata haciendo jirones la camisa mugrienta. Aullaba de manera perturbadora y, en lo que tardan los ojos en parpadear, saltó al mostrador de Flavio, agazapándose con una mueca parecida a una sonrisa en la boca deformada por los colgajos de labios podridos. Se abalanzó apuntando a la cabeza del cagatintas, pero éste lo esquivó con elegante agilidad, dejando que el atacante se aplastara contra el piso. Retuvo el cuerpo con su pierna sobre el cuello del agresor, sacó una estaca de plata, la clavó en el pecho y el otro, en un grito escalofriante, se sublimó en forma de espuma gaseosa. Antes de que se disipara, Flavio Josefo, tinterillo de cuarta dijo, dirigiéndose a otros peticionantes:
—¡Zombis de cuarta! ¿Aprenderán alguna vez a comportarse frente a nosotros, los zombis de primera? —Y sin más concluyó con amabilidad, suavemente —¡Que pase el siguiente!

Sobre el autor: Héctor Ranea

2 comentarios:

Patricia dijo...

La siguiente soy yo, y por mas de cuarta que sea ese tinterillo no se las llevará de arriba conmigo!

Saludos Héctor

Ogui dijo...

¡Eso! ¡Luche y se va! Eso espero...