miércoles, 4 de agosto de 2010

Ocaso - Ramón San Miguel Coca


Estaba con los niños viendo el boletín de noticias en la tele cuando entró su mujer a avisarles.
—Es la hora. ¿Vamos afuera?
—¿Está todo listo?
—Sí —respondió la mujer quedamente.
—Vamos.
Serios y callados, ambos padres condujeron a sus excitados retoños a la terraza, donde estaban dispuestas las sillas y una mesa con tres vasos.
—Por suerte hoy hace buen tiempo, no como los días anteriores… ya no podía soportarlo más —le cuchicheó al oído a su mujer, mientras se iban acomodando en las sillas dispuestas para mirar hacia el mar, hacia poniente.
—¡Ohhhhhh! —exclamaban los chicos—. ¡Que pasote! ¡Mira papá, que color rojo más precioso tiene el sol!
—¡Es increíble! ¡Que sol más bonito! —palmoteaba la pequeña.
Su padre tuvo que reconocerlo. Era un espectáculo memorable. Había merecido la pena esperar para contemplar esa imagen, esa belleza. A su lado, cogiendo su mano con fuerza, su mujer lloraba.
Asistían asombrados y estremecidos a una de las más bellas puestas de sol que jamás se habían dado.
Durante el tiempo que tardó el sol en ocultarse todos miraron fascinados. Los niños, extasiados ante el espectáculo, los padres silenciosos.
—Ya se acabó —dijo él unos diez minutos después de que el sol hubiera desaparecido bajo el horizonte—. Ahora, niños, bebeos esto y a la cama. ¡Vamos! —les urgió.
—¡Mamáaaa, es que esta leche sabe mal…! —se quejó la niña.
—¡Eres tú, que eres una sosa! —se burlaron los chicos mayores, riendo.
—Tómatelo, hija, cariño… Se buena. —Una lágrima asomó a su ojo, y se le quebró la voz. La niña obedeció.
—Ahora, dadme un beso, vamos.
Todos fueron besando a sus padres, que les abrazaron con fuerza.
—¿Por qué lloráis? –volvió a preguntar la más pequeña.
—Es que ha sido muy bonito, ¿no? —sonrió, entre lágrimas, su madre—. Me ha emocionado…
—¿Veremos otra igual mañana? —preguntó, ahogando un bostezo.
—Quizás… ahora, a dormir, que te caes de sueño —apremió su padre, también con una sonrisa de ternura.
La niña asintió, sonrió a su vez, y se dirigió junto con sus hermanos mayores a la cama, bostezando.
Los padres estuvieron un rato mirando como se dormían, hasta que el sueño hizo presa en ellos. Ambos se sentaron a la cama, y tomaron sus propios vasos, que esperaban en la mesilla.
—Es mejor así —dijo él, besando a su mujer. Levantó después la bebida y brindó. Apuraron hasta el final de un solo trago.
—Te quiero, hoy y siempre.
—Y yo a ti…
Se quedaron así, mirándose, cogidos de las manos y sin hablar, hasta que el sueño les venció.
Al día siguiente fueron encontrados por la criada, muertos todos en sus camas. En la tele, aún encendida, un muy serio locutor seguía dando sin parar las más recientes noticias sobre la terrible erupción del supervolcán de Yellowstone y el comienzo del ocaso de la humanidad.

1 comentario:

tonifdz dijo...

Enhorabuena Ramon.
La misma lagrima de la madre ha corrido por mi cara imaginando la escena y la terrible pena que inundaba su corazon.

Toni Fernandez