martes, 10 de agosto de 2010

Editorial Esencias – Héctor Ranea


Desde sus comienzos, la Editorial Esencias tuvo una política férrea respecto a qué autores editar. Cuando se decidió por los clásicos contrató un corrector y editor de renombre internacional en el rubro, M. Dubarbanel, un experto extractor y compactador. Su función especial era la de convertir los clásicos en libros para todo público pero manteniendo la esencia de cada libro. El proceso consistía en quitar de los textos todo aquello que fuera superfluo, entendiendo por tal los adjetivos, las frases de más, las descripciones que podían encontrarse en cualesquiera enciclopedias gratuitas que circulaban y las referencias a entidades sin verdadera presencia en la trama de las novelas.
Debe entenderse, en primer lugar, que Dubarbanel no era un improvisado ya que tenía a cuestas tres décadas largas de experiencia en corrector de pruebas de diarios y al menos una de ellas como trabajo simultáneo la preparación de textos escolares con resúmenes de variada índole sobre los mismos clásicos y de textos de toda laya.
Cuando lo convocaron de la Ed. Esencias abandonó sin hesitar su antiguo trabajo porque coligió que en ese nuevo proyecto estaba el desafío al que siempre había aspirado aun sin saberlo. Emprendió la tarea con mucho entusiasmo.
Con demasiado, según el Editor en Jefe de Esencias, quien al recibir el primer libro (una novela francesa del siglo XIX cuyo nombre no pongo acá por pudor profesional) reducido de ocho volúmenes de mil páginas cada uno a un libro de ciento veinte, casi suspira por última vez. En dicha ocasión le pidió que, para la próxima novela (un clásico español) tuviera menos en cuenta el espíritu del resumen y que no se fuera al cuadro sinóptico sino que mantuviera la novela en su integridad, sacando sólo lo superfluo.
–Lo siento, Editor –le dijo–, pensé que tanta repetición de escenas podía obviarse.
–Ciertamente, M. Dubarbanel, pero convendrá Usted que conviene a veces preservar algo del estilo del escritor, que es como decir su espíritu.
–Yo intenté preservar la idea del libro, no su autor. Después de todo para eso fui contratado.
El Editor quedó sin argumentos y, a partir de entonces, la biblioteca clásica de Esencias, comprendiendo la totalidad de las tragedias griegas, los poemas desde la Grecia clásica hasta nuestros días, todas las novelas europeas, todo el venero de cuentos breves, cortos, nouvelles, artículos de diarios y revistas y demás, quedó circunscripto a meros cincuenta estantes de un metro con cincuenta centímetros en libros de cuerpo ocho. Una verdadera proeza lograda en algo menos de un lustro por el genio de la compactación y la eliminación de adjetivos, redundancia, repeticiones y acrecencias inútiles.
Lo más trágico en la historia de M. Dubarbanel ocurrió cuando el Gerente General le solicitó que hiciera lo propio con la nueva literatura veraniega, esos libros gigantes de miles de páginas con la historia, los avatares de ciudadanos ilustres y las abnegadas lombrices que nos dan la lechuga.
El brutal ojo analítico de M. Dubarbanel fue al meollo y acabó con una hoja de tamaño oficio donde dejó las direcciones de la Internet donde se podrían recabar esas informaciones y le sobró espacio. Logró jubilarse en forma anticipada y a duras penas, pues a partir de esa experiencia ninguna Editorial quería saber nada con él. Los clásicos son cosa de la escuela, pero las ventas veraniegas son sagradas.

2 comentarios:

Patricia dijo...

Felicitaciones Héctor. Cuánto lamento, por cuestiones de distancia, perder la oportunidad de conocerte personalmente!

carlos de la parra dijo...

Me gustó mucho,quedé capturado por su narrativa,además resulta didáctico.