martes, 29 de junio de 2010

Bazar de recuerdos - Víctor Lorenzo Cinca


Una madrugada borrosa, hace un par se semanas, escuché en un bar a dos tipos que hablaban sobre algo llamado el Bazar de Recuerdos, un lugar en el que, decían, se compraban y vendían recuerdos. Jamás había oído hablar de ello, por lo que a la mañana siguiente, sin duda mordido por la curiosidad, lo primero que hice al levantarme fue, tras tomarme mi dosis de ácido acetilsalicílico para la resaca, informarme debidamente sobre el tema. Se trataba de un negocio extraño, pues mezclaba lo monetario con algo tan inmaterial y puro como los recuerdos. La idea me pareció atractiva, así que un día me acerqué a la franquicia que acababan de abrir en mi ciudad y leí todos los folletos, trípticos, carteles y demás que encontré a mi paso. Entonces, totalmente convencido, me acerqué al mostrador y vendí el recuerdo de una de las mejores épocas de mi vida: el de mi primer amor. Al principio me resistí a desprenderme de él, pero la cifra sin duda resultaba demasiado atractiva. Y mi situación económica no me permitía sentimentalismos. Guardé los billetes en la cartera y al instante olvidé el nombre de una chica, y todos los momentos –a decir verdad, solamente los buenos- que vivimos juntos. Me pareció una forma demasiado fácil de conseguir dinero, y no desaproveché la oportunidad. Cambié por una buena suma el recuerdo de aquel fin de semana apoteósico con los amigos en la cabaña del monte, el del viaje a Centroamérica con la sola compañía de un cuaderno de notas y una cámara fotográfica, el de la noche apasionada con aquella chica en la playa. Y tantos otros. El empleado me entregó el dinero en billetes grandes mientras todas esas imágenes iban desvaneciéndose en mi cabeza y me preguntó, con una sonrisa ensayada, si deseba desprenderme, pagando un precio razonable, de algún mal recuerdo. Total, me dije, por cuatro chavos puedo arrancar esas malas experiencias que llevo clavadas en la memoria desde hace años y que tanto me atormentan, y sin pensarlo más, empezamos a negociar cuánto me costaría olvidar mi primer fracaso amoroso, la primera traición de un amigo, y el mes que pasé con depresión, solo, encerrado en casa. El precio resultó asequible, y más después de haberle vendido ya los buenos recuerdos, así que enseguida cerramos el trato. A medida que le devolvía parte del dinero que me había entregado antes, aquellas imágenes traumáticas iban evaporándose de mi consciencia dejándome un vacío agradable, una amnesia placentera. Todo era tan sencillo que empecé a aficionarme a negociar con mis recuerdos: vendía con cierta amargura los buenos momentos vividos y, con el dinero que sacaba, me despojaba de los malos. Para compensar. Durante dos semanas me dediqué exclusivamente a esta compraventa hasta que ayer, buscando en mi memoria algo agradable que empeñar, me entraron náuseas y mareos, y me acerqué un poco asustado al consultorio médico. Tras un exhaustivo chequeo e infinidad de preguntas, muchas de las cuales quedaron sin respuesta, el doctor me diagnosticó Alzheimer incipiente, aunque me dijo que no me traumatizara, pues todavía no se había desarrollado demasiado la enfermedad. Evidentemente no me preocupa lo más mínimo: esta misma tarde me acerco al bazar y me deshago, cueste lo que cueste, del recuerdo de la visita al médico de ayer.


Tomado de Realidades para Lelos

2 comentarios:

Javi dijo...

Víctor, partes de una idea fantástica. Me fascinó el "Bazar de los Recuerdos" y la historia que narras.
Siempre trato de ser sincero. Y algunos dirán que siempre comento positivamente para el autor. Y es por una sencilla razón: lo que no me gusta, lo paso al olvido (aunque no me paguen nada por ello, jeje), con lo cuál no gasto ningún tiempo en comentarlo. Dentro de esa sinceridad te digo que el final no me pareció a la altura del cuento. Y es una observación muy personal. El cuento tiene magia, mucha. Y el final se basa en una enfermedad, que de paso diré he visto que se ha convertido en tópico recurrente en la resolución de algunos microrrelatos.
Pese a todo, si he comentado es porque el cuento me gustó mucho.
Un saludo.

Víctor dijo...

Gracias por la crítica, Javi. Lo tendré en cuenta. Un saludo.