jueves, 11 de marzo de 2010

Todo el tiempo – Sergio Gaut vel Hartman


El viejo ató a los perros y apagó la luz del galpón. Gruñó al salir al patio cuando se llevó por delante el bidón de querosén, como si se tratara de un obstáculo que alguien hubiera puesto en su camino deliberadamente, y volvió a gruñir en el interior de la casa cuando Ankara, la gran gata de angora, cuyo nombre era la mejor prueba de su humor retorcido, saltó del sillón de mimbre al catre maullando sin entusiasmo. David siguió con sus rutinas, que incluían la activación del campo de fuerza y la conexión de los tubos de cataforesis. Bufó una vez más y maldijo entre dientes al ver que unas gotas de aceite habían manchado la alfombra. Tenía que recordar, ser más cuidadoso en el futuro, aunque sabía que aquello era poco realista: las fugas de memoria eran inevitables, funcionales al procedimiento. Sacudió la cabeza y volvió a protestar. No podía evitarlo; a pesar de que sabía que era un hombre afortunado estaba harto de todo. Miró de nuevo a la gata y sonrió por primera vez en el día, o en muchos días. Luego, con la mayor parsimonia, sacó el cuerpo del cubículo en el que había estado guardado durante setenta años y se preparó para transferirse. Quedaban otros cinco. Muy pronto tendría que transferir también a Ankara, si no quería ser el único ser vivo del planeta durante los siguientes tres siglos y medio.

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