El idioma de los próceres - Fabián C. Casas


La lista era larguísima. Los primeros nombres: Cristo, Newton, Batuta, Leonardo, Marco Polo, Darwin... "Entrevista con la Historia". ¡Todos los miércoles a las 22:00, por HBO! Súmese a este viaje por el tiempo. Presencie el backstage del sermón de la montaña. ¡Asista al colegio junto al joven Einstein y acompañe a León Trotzky en la revolución rusa! ¡Los más grandes hombres y mujeres de la historia, en vivo y en directo!
Sería un éxito total.
25.000 millones de dólares garantizaban la exclusiva: Diez años de uso de la primera máquina del tiempo, sólo para la cadena.
El conductor sería Murray "Rock" Fernández, el periodista capaz de contar el lado humano de los próceres. ¿Quién, si no, podría llevar a cabo la monumental tarea de adentrarse en la historia real, a bordo de la "impredecible" máquina del tiempo? Culto, ocurrente, en el límite exacto entre la juventud bisoña y la madurez incipiente. Muy pocos manejaban el oficio de Murray: La locución erudita, el reporte de arte, la nota científica. Ya había pasado la época de los profesores calvos en la tele. El espectador pide ciencia, sí, pero detesta que se la cuenten con una dentadura amarillenta o incompleta. Murray "Rock" Fernández, apolíneo y bronceado, ¡De notero de recitales a cronista de la historia!
Alguna palabra tendría que decir. No dejaría todo el diálogo con los personajes históricos en manos de sus tres asesores científicos. Así que se entrenó durante meses: griego, arameo, sánscrito... lenguas perdidas de incierta pronunciación. Pero fue un gasto inútil. Al poco tiempo de viajar se dio cuenta.
Los científicos de la cadena estaban consternados: Los forjadores de la humanidad hablaban perfecto inglés. Hammurabi también.
Encima se mostraban reacios a dejarse entrevistar por la cámara de la historia. Al cuarto intento, alguien se apiadó de Murray.
—Flaco —le dijo Siddharta, fumando una pipa que aromaba el ocaso tras el Himalaya— ustedes no fueron los que inventaron la máquina, creeme.
Y allí se fue Buda, a seguir predicando por esas tierras altas, vírgenes aún de toda televisión.

Teorías - María Elena Lorenzín


Señoras y Señores:

En el principio fue el mono, no el verbo como algunos ingenuos piensan. Los monos fueron los reyes de la creación hasta que vino un tal Charles Darwin y arruinó todo. Habló de evolución de las especies, los hizo bajar de los árboles y caminar derechitos por su senda. Así se formó el homo erectus y todos sus descendientes hasta el día de hoy. Señoras y señores, mi teoría es que hemos vuelto a los orígenes sin subir a los árboles. La causa fue el PDA (ayudante personal digital) que con su uso a toda hora comenzó a curvarlos hasta dejarlos al ras del suelo. Olvidaron las tablas de multiplicar, los diccionarios y cómo conducir sin asistente personal. Se los ve por las calles de las grandes ciudades con su ayudante digital personal y ahora el homo erectus no es más que un homo PDA Post Darwiniano.

El astro nocturno - Adriana Alarco de Zadra


Cuentan los shipibos que el astro nocturno se enamoró de una nativa de la selva y en las noches penetraba con sus rayos hasta la casa de la mujer y la contemplaba. La india se dio cuenta de que alguien se escabullía en su morada y decidida a poner fin al hostigamiento, una noche cogió huito, que es una planta con que las indias se tiñen el cabello, y cuando sintió a su lado la presencia del intruso, que no era otro que Use-luna, volteó rápidamente y le pintó la cara de negro. El astro salió corriendo de la casa y se reflejó en el río. Al verse la cara sucia trató de lavarla, pero el tinte no le salía por más que refregaba. Muy avergonzado al no poder limpiarse la mancha, subió al cielo y no quiso bajar más a la selva amazónica a enamorar muchachas.

Determinismos de la costumbre - Saurio


Una última pregunta. ¿Es Ud. homosexual?
Le diré la verdad. Yo creía que se trataba de un pavo real que, en vez de plumas, tenía flores. Sin embargo, resultó ser una mujer desnuda que cargaba un ramo de rosas. Por eso, creo que destruir los relojes con el único propósito de recordar este momento por siempre es una solución coyuntural y que, a la larga, nos llevará a una guerra fraticida.
Disculpe, pero no me está respondiendo mi pregunta.
Claro que no. Ud. tampoco está preguntando mi respuesta.
Sin embargo, hace sólo dos horas sugirió estar enamorado de su pez.
¡Ah, sí! Pero en ningún momento afirmé haber exclamado "¡Quiero comer tierra!" mientras siete colegialas cruzaban la avenida Pavón cantando "Corré, pintura, corré, corré". Además, ya es demasiado tarde y debo realizar una serie de llamados telefónicos.
¡Oh! Entonces ¿Dios existe?
¡Sí! ¡Y es exquisito con perejil!
¡Hijo!
¡Padre!
¿Por qué tuviste que fornicar con tu madre? ¿Acaso no te era suficiente con tu hermana?
Perdón, pero es un hecho científicamente aceptado que cuando el sol sale por el este es de día y cuando lo hace desde el oeste es de noche. Así que no me venga ahora con sofismas tales como que si lastimamos a quien más amamos entonces curamos a quien más odiamos.
Claro, claro. Sin embargo, también es un hecho científicamente comprobado que no es lo mismo ser oscuro que estar pintado de negro. Por eso, quiero que me conteste de una buena vez: ¿Asesinó o no a Madame Edouarda el 28 de Terriembre de 1427?
Me temo, mi querido Higgins, que Ud. se está confundiendo. Le recuerdo que quien la asesinó ese día fue Ud. y no yo, que lo hice el 27 de Retiembre de 1428. También, ya que lo menciona, fui yo quien le puso mermelada al fonógrafo de Yvette para evitar que su hermana Yvanna continuase quejándose de que sólo escuchábamos canciones amargas y ninguna dulce melodía de amor.
¿Cuántos años tiene Ud.?
Ciento seis el mes que viene, señor.
¿Y no le parece que es hora que me confiese la verdad?
Puede ser, puede ser. Lo que sí es seguro es que me parece que es inhumano negarle un fracaso a un cosaco, y mucho más si no se le adosa una alpargata bigotuda o un televisor destruído. Sobre la costumbre de arrancarle las tetillas a los cornudos con una tenaza al rojo vivo aún no tengo una posición tomada, pero si me llama dentro de media hora mi secretaria le dirá que estoy en una reunión, cuando, en realidad, y Ud. bien lo sabe, me encuentro llorando arrodillado frente al inodoro. Porque, al fin y al cabo, no es ningún crimen mirar la radio de vez en cuando.
Cierto, cierto. Pero no me va a negar Ud. que al colectivo 561 le dicen "La Cucaracha".
No, eso es innegable. Como también es innegable que el gato de Schrödinger no está ni vivo ni muerto sino que está vivo y muerto. Por eso yo he optado por orinarme encima antes que pedirle permiso a la maestra. Pero no se entusiasme, mi querido Hartman, que aún no hemos descubierto quién asesino al decimotercer Conde de Ffwagtington.
Perdone, pero el asesino es Ud. Lo confesó hace cinco minutos.
¡Imposible! ¡Si yo no tengo reloj!
¿Entonces...?
Entonces la verdadera quietud consiste en mantenerse quieto cuando hay que quedarse quieto y avanzar cuando corresponda avanzar, esas son leyes de santidad y justicia. Porque si el corazón piensa constantemente todo se complica, la mujer debe ser como nave de mercader, abrir la boca con sabiduría y la ley de clemencia estará en la lengua. Por eso mejor sería cortar por lo sano y no cantar victoria, que quién más anda más se cansa. Esto siempre lo decía mi madre. Mi padre no. Mi padre decía "Las moscas muertas hacen heder y dar mal olor al perfume del perfumista, así que hecha tu pan sobre las aguas, porque después de muchos días lo hallarás". También me decía "No robes al pobre, porque es pobre. Mejor róbale al rico y cuando te acuestes no tendrás temor sino que te acostarás y tu sueño será grato". Y, ocasionalmente, decía "En vano he azotado a vuestros hijos, porque toda la tierra será asolada, pero no la destruiré del todo, ya que vuestras iniquidades permanecerán".
Una última pregunta. ¿Es Ud. homosexual?
No, soy morocho. Pero eso no me es impedimento para tener los cabellos rubios y los ojos claros. Es más, creo que, a la larga, resulta una ventaja. Quien sabía bien de estas cuestiones era mi pez, sin embargo, él murió, dejándome en la ignorancia y la estulticia.
No desespere, siempre es posible aprender de la experiencia.
¿En serio?
No.
Me lo temía.
Yo no. Yo me lo untaba en la tostada. Pero Ud. está evadiendo la cuestión principal: ¿Quién embarazó a las mellizas Yvette e Yvanna?
Quizás fue mi madre, quizás mi hermana. Yo no, yo siempre me abstuve de fornicar con ellas mientras menstruaban. Simplemente me conformaba con mojar el pan en la salsa roja y dulce que fluía entre sus piernas y corría, cual arroyo cantarín, por las cunetas suburbanas y las alcantarillas metropolitanas.
¡Onanista!
¡Animista!

Cuesta abajo - Sergio Gaut vel Hartman


Le entregó un paquete.
—¿Qué contiene?
—Poca cosa, palabras.
No encajaba con la impresión que tenía de ella, pero reflexionó que en realidad su pregunta no era práctica; sólo estaba buscando un punto de referencia.
—No me sirven para nada.
—Eso es lo más estúpido que escuché decir en años. —De alguna manera había provocado su enojo. Es lo que pasa siempre con los ricos y poderosos: hacen que uno se sienta minúsculo sólo porque no puede darse el lujo de pasar siete días de vacaciones en la cima de la montaña, en una de esas grandes y frescas ciudades de veraneo que se construyeron para eludir las radiaciones y las mareas. Pero esa chica en particular, llamada Jazia, había experimentado mutaciones severas y casi no era humana.
—Los ricos del planeta —argumentó Sanarius— creen que los escritores existieron durante un corto tiempo, y que luego desaparecieron porque no pudieron adaptarse.
—¿No es así?
—No, pero el arte no renacerá porque me traigas un puñado de palabras al azar, metidas en un paquete.
Ella empezó a llorar, y Sanarius no estaba preparado para consolar a una chica mutante. Ni siquiera podía adivinar qué parte del cuerpo debería abrazar, en el caso de que deseara hacerlo.
—Entonces, ¿fue una pérdida de tiempo? No me resultó sencillo llegar hasta aquí.
Él vaciló; no le gustaba verla en ese estado. —De acuerdo; haré lo posible. Los ojos de Jazia se iluminaron.
—Son doscientas noventa palabras; las conté prolijamente.
—¿Abriste el paquete?
Ella movió la cabeza afirmativamente, o eso le pareció a Sanarius. Era una trasgresión menor y ambos rieron. Se ocuparía luego de averiguar cómo y dónde podría besarla y ya se arreglarían para hacer el amor.

Ella nos enseñó a descubrir mundos mágicos - Daniel Frini


Las clases con la señorita Tita eran pura poesía. Pensá que teníamos, no sé, seis años; o siete alguno que repetía; no más grandes que eso; y la mayoría con un julepe bárbaro porque apenas dejábamos nuestras casas para entrar a ese otro mundo, el de los niños de impecable blanco, como decía la directora. No había Jardín de Infantes ni aclimatación con nuestras viejas. No señor. Primeros días de marzo, olvidate de la infancia, chau mamá, y adentro, a clases.
Pero con ella ¡que delicia! Tenía el don hacerte sentir en el patio de tu casa, jugando con tus amigos.
Cierta vez nos pidió que llevásemos plastilinas de colores. Ese día la Señorita Tita entró al aula, y nos dijo:
—Hoy vamos a fabricar pájaros.
Nos dio algunas indicaciones y, con las manitos sucias después del recreo largo, empezamos a moldear bolitas chiquitas y grandes que juntábamos, unas con otras, remedando algo lejanamente parecido a un ave. Y entonces, cómo decirte, se hizo el milagro. Ella empezó a pasearse entre los bancos, diciendo:
—Qué bien, María
—Te felicito, Rubén
—Muy lindo, Mario
mientras acariciaba nuestras cabecitas.
Y después de esa caricia, en nuestras manos, esas estatuitas deformes de plastilina se transformaron lentamente en aquello que cada uno de nosotros había imaginado. Y empezaron a volar.
Aparecieron hermosos gorriones, fantásticas golondrinas, y loritos barranqueros, y benteveos, chingolitos, calandrias, cardenales, canarios, tordos. Algunos más estudiosos, que habían visto dibujos y fotos en algún manual, se le animaron a los flamencos —por aquel entonces yo no sabía que se llamaban así— y a las cigüeñas, y a un pelícano, gaviotas, garzas, petreles. Y dos o tres que tenían una imaginación fabulosa, amasaron unos pájaros extrañísimos que —la memoria, vos sabés, te juega malas pasadas— recuerdo como parecidos a quetzales, guacamayos y aves del paraíso.
Casi al mismo tiempo, las paredes del aula se desvanecieron y nos encontramos sentados en un prado, al pie de la sierra; bajo un cielo luminoso y cristalino; y con nuestros pájaros volando y piando, graznando, trinando, silbando o como se llame al canto de cada especie. Y nosotros, embelesados, reíamos y gritábamos mientras saltábamos y corríamos de acá para allá, siguiendo sus vuelos con nuestras caritas llenas de vida, en medio de un festival de colores y plumas.
Y la Miriam que gritaba porque el cóndor que había fabricado el Cholito le hacía vuelos rasantes; porque todos sabían que el Cholito gustaba de la Miriam, como se decía entonces.
Y la gorda Alicia se quedaba quietita, con ojos de pánico, porque le tenía miedo a las palomas que le pedían esas semillitas de girasol, que ella llevaba siempre en un bolsillo; sí, las mismas que ahora se llaman pipas.
Y el José carreteaba intentando despegar mientras agitaba sus bracitos imitando el vuelo de un albatros que había inventado.
Y la Estela daba manotazos para agarrar su picaflor. Y la Susi sacaba miguitas de pan de adentro de su cartuchera para tirárselas a un hornerito que la miraba desconfiado. Y el Juancho, cómo no, buscaba piedritas; que por suerte no encontró, para poder usar con su gomera; desesperado ante tanto pájaro suelto y él sin municiones.
Yo miré a la señorita Tita: estaba radiante. Y te juro que ví al sol reflejado en una lágrima, que se me antoja de amor, sobre su mejilla.
Claro que el alboroto que hicimos debe haber sido grande, porque una milésima antes de que se abriera la puerta del aula, los pájaros se detuvieron en el aire. Volvieron las paredes, y el pizarrón, y los bancos, y el piso; se esfumó el cielo y apareció el techo de siempre, viejo y descascarado, con su lamparita solitaria colgando como un triste solcito casi apagado.
Recortada en el marco de la puerta, apareció la silueta de la directora. Adivinamos su gesto adusto de siempre; y se nos vino encima el consabido discurso: que la escuela es un templo del saber, que no se puede permitir tanto ruido, que ¡estos niños!, que el respeto por los demás, que para hablar están los recreos, y dale, dale, dale.
Mientras nos retaba, miré al piso: pedazos informes de plastilina estaban desparramados por todos lados, aplastados, como si hubiesen caído desde gran altura.
La señorita Tita, ajena al discurso y a sabiendas de su semilla plantada, sonreía.

Sinfonía Concluida - Augusto Monterroso


—Yo podría contar— terció el gordo atropelladamente —que hace tres años, en Guatemala, un viejito organista de una iglesia de barrio me refirió que por 1929, cuando le encargaron clasificar los papeles de música de La Merced, se encontró de pronto unas hojas raras que, intrigado, se puso a estudiar con el cariño de siempre; y que como las acotaciones estuvieran escritas en alemán, le costó bastante darse cuenta de que se trataba de los dos movimientos finales de la Sinfonía Inconclusa; así que ya podía yo imaginar su emoción al ver bien clara la firma de Schubert, y que cuando muy agitado salió corriendo a la calle a comunicar a los demás su descubrimiento, todos dijeron riéndose que se había vuelto loco y que si quería tomarles el pelo; pero que como él dominaba su arte y sabía con certeza que los dos movimientos eran tan excelentes como los primeros, no se arredró y antes bien, juró consagrar el resto de su vida a obligarlos a confesar la validez del hallazgo; por lo que de ahí en adelante se dedicó a ver metódicamente a cuanto músico existía en Guatemala, con tan mal resultado que después de pelearse con la mayoría de ellos, sin decir nada a nadie y mucho menos a su mujer vendió su casa para trasladarse a Europa, y que una vez en Viena pues peor porque no iba a ir, decían, un Leiermann guatemalteco a enseñarles a localizar obras perdidas y mucho menos de Schubert, cuyos especialistas llenaban la ciudad y que qué tenían que haber ido a hacer esos papeles tan lejos; hasta que estando ya casi desesperado y sólo con el dinero del pasaje de regreso, conoció a una familia de viejitos judíos que habían vivido en Buenos Aires y hablaban español, los que lo atendieron muy bien y se pusieron nerviosísimos cuando tocaron como Dios les dio a entender en su piano, en su viola y en su violín, los dos movimientos; y quienes, finalmente, cansados de examinar los papeles por todos lados y de olerlos y de mirarlos al trasluz por una ventana, se vieron obligados a admitir primero en voz baja y después a gritos ¡son de Schubert, son de Schubert! y se echaron a llorar con desconsuelo cada uno sobre el hombro del otro como si en lugar de haberlos recuperado, los papeles se hubieran perdido en ese momento; y que yo me asombrara de que todavía llorando, si bien ya más calmados, y luego de hablar aparte entre sí y en su idioma, trataron de convencerlo frotándose las manos de que los movimientos, a pesar de ser tan buenos no añadían nada al mérito de la sinfonía tal como ésta se hallaba; y, por el contrario, podía decirse que se lo quitaban pues la gente se había acostumbrado a la leyenda de que Schubert los rompió o no los intentó siquiera, seguro de que jamás lograría superar o igualar la calidad de los dos primeros; y que la gracia consistía en pensar si así son el allegro y el andante cómo serán el scherzo y el allegro ma non troppo, y que si él respetaba y amaba de veras la memoria de Schubert, lo más inteligente era que les permitiera guardar aquella música porque, además de que se iba a entablar una polémica interminable, el único que saldría perdiendo sería Schubert; y que entonces, convencido de que nunca conseguiría nada entre los filisteos ni menos aún con los admiradores de Schubert, que eran peores; se embarcó de vuelta a Guatemala y que durante la travesía una noche, en tanto la luz de la luna daba de lleno sobre el espumoso costado del barco, con la más profunda melancolía y harto de luchar con los malos y con los buenos, tomó los manuscritos y los desgarró uno a uno y tiró los pedazos por la borda hasta no estar bien cierto de que ya nunca nadie los encontraría de nuevo al mismo tiempo— finalizó el gordo con cierto tono de afectada tristeza —que gruesas lágrimas quemaban sus mejillas y mientras pensaba con amargura que ni él ni su patria podrían reclamar la gloria de haber devuelto al mundo unas páginas que el mundo hubiera recibido con tanta alegría, pero que el mundo con tanto sentido común rechazaba.

Lío con los trenes - Sergio Gaut vel Hartman


Miró la hora y un sudor frío bajó por su nuca y le cosquilleó en la espalda. Empezó a correr sin pensar, pero casi de inmediato se obligó a hacerlo. Si el mapa no mentía estaba a siete cuadras. Si el reloj no mentía faltaban cinco minutos. Hizo un rápido cálculo y llegó a la conclusión de que existía una remota posibilidad de alcanzar el tren antes de que partiera. Pero no era tonto. Los años le pesaban en los muslos y cada zancada ponía en evidencia las mandíbulas de acero que le mascaban las rodillas. No voy a llegar, se dijo, y mucho menos cargando esta estúpida mochila. Son mis cosas, insistió una de las voces interiores. Sólo son cosas, replicó otra. No sabía qué voces hablaban en su cabeza, pero casi no se detuvo y así, a la carrera, dejó que el bulto se deslizara por su cuerpo como una roca, pendiente abajo y quedara inmóvil junto a un charco de agua estancada; miró hacia adelante. Sin embargo, apenas si sintió un cambio en la velocidad; ahora le dolían los tobillos, le latían las sienes, cuatro cuadras, dos minutos. No llego. Un silbato inmisericorde probó el punto. No llego, se va. Trató de impulsarse hacia delante y tropezó. Cayó, se revolcó en la calle de tierra. Una nube de polvo se elevó sobre él como un espectro de viejas culpas y se rió a carcajadas. Se incorporó. Tres cuadras, un minuto. Si se retrasara… No importa, seguiré, aunque sea inútil seguiré, se dijo. Siguió. En la última fase ya no importaban los dolores. Todo estaba más allá de sus fuerzas. Una cuadra. Media. Inútil: el tiempo se había agotado.
Casi insensible, atónito, vio que el tren se alejaba escupiendo una burlona llovizna de gasoil. Puso las manos en la cintura y siguió avanzando, arrastrando los pies. Ya nada le importaba, o sí: quería una banca en la que sentarse; eso había pasado a ser lo más importante del mundo. Trepó los escalones de la estación, y casi se derrumbó sobre la taquilla.
—El próximo tren —dijo, por decir algo.
—No hay.
—¿Mañana? —jadeó.
—Este fue el último.
Comprendió. El último es el último. El último no se discute. Buscó la banca con la mirada y se sentó, la mirada perdida en el brillo de las vías, las manos juntas, el pecho aún en plena turbulencia después del esfuerzo exigido a su corazón y sus pulmones. Se concentró en los sonidos de la noche: grillos, sauces rozando sus hojas, el lejano golpeteo del martillo de un carpintero trasnochado.
—Error de apreciación —dijo una voz—. Son los tacos de mis botas. —La risa cubrió el espacio con su manto. Él alzó la vista y sólo vio nubes que se perseguían en el cielo. Pero la voz volvió a sonar.
—Pensé que podías perderlo, por eso me adelanté. Era el último, ¿sabías?
Volvió a reír, como si hubiera tenido todo previsto.
—No puedo creer que estés aquí —dijo él por fin—. Dejé caer la mochila — agregó tontamente.
—¿A quién le importa la mochila? —dijo ella—. Me hubiera molestado al abrazarte.
Recién entonces él la vio a su lado, con los labios a punto de curvarse en una mueca burlona y un brillo cristalino bailándole en los ojos. Recién entonces pudo abrazarla, con tanta fuerza, con tanta ansiedad, con tanto miedo de perderla, que así la retuvo, abrazada, hasta que las primeras luces del sol dibujaron el paisaje y mostraron la silueta inconfundible del tren acercándose a la estación.
—El hombre de la taquilla —barbotó él— me dijo...el me dijo que aquel tren era el último...
—Era el último —replicó ella, seria por primera vez—. El último hacia allá —agregó moviendo la mano de un modo impreciso—. El nuestro es otro tren, bobo.

Eres una Bestia, Viskovitz - Alessandro Boffa


—¿Cómo era papá?— le pregunté a mi madre.
—Crujiente, un poco salado, rico en fibra.
—Quiero decir antes de comértelo.
—Era un mequetrefe inseguro, angustiado, neurótico, un poco como todos vosotros, los machitos, Visko.
Me sentía más cercano que nunca a aquel genitor al que no había llegado a conocer, que se había descompuesto en el estómago de mamá mientras yo era concebido. De quien no había recibido calor, sino calorías. Gracias, papá, pensé. Sé lo que significa, para una mantis macho, sacrificarse por la familia.
Me detuve un instante, en grave recogimiento, ante su tumba, es decir, ante mi madre, y entoné un miserere. Al poco rato, como pensar en la muerte nunca dejaba de provocarme una erección, consideré llegado el momento de reunirme con Ljuba, el insecto al que amaba. La había conocido más o menos un mes antes, en el matrimonio de mi hermana, que por otra parte era también el funeral de mi cuñado, y había quedado prisionero de su cruel belleza. No habíamos dejado de vernos desde entonces. ¿Cómo había sido posible? Dios me había bendecido con el don más apreciado por nosotros, los mantis: la eyaculación precoz, condición indispensable de cualquier historia de amor que aspire a no ser efímera. La primera semana había perdido sólo un par de patas, las raptatorias, la segunda el prototórax con sus anexos para el vuelo, la tercera...
—¡No lo hagas, Visko, por amor de Dios! — empezaron a gritarme mis amigos Zucotic, Petrovic y López, encaramados en las ramas más altas.
Para ellos la hembra era el demonio, la misoginia una misión. Desde la metamorfosis sufrían algún tipo de desviación o disfunción sexual, habían adoptado los votos del sacerdocio y se pasaban todo el santo día mascando pétalos y recitando salmos. Eran muy religiosos. Pero no había oración que pudiese detenerme, no ahora, que oía el gélido suspiro de mi amada, el sombrío rumor de sus membranas, su fúnebre y burlona sonrisa. Me moví frenéticamente en dirección a aquellos sonidos, con la única pata que me quedaba, apoyándome en mi erección, esforzándome por llegar a visualizar la gloria de sus formas, ahora que no podía verlas porque ya no tenía ocelos, ahora que no podía olerías porque ya no tenía antenas, ahora que no podía besarlas porque ya no tenía palpos.
Por ella había perdido ya la cabeza.

Curtido y callejero- Gilda Manso


Como todas las mañanas, Juan se vistió despacio y puso la pava para el mate. Encendió la radio a un volumen bajo, para no aturdir a su mente recién despierta. Como todas las mañanas, Juan no pronunciaría palabra hasta dos horas más tarde, cuando el diariero lo saludara y él se viera obligado a contestarle.
Juan vivía solo. En alguna parte de la ciudad tenía un hijo con el que no se hablaba. Boedo o Almagro, no estaba seguro. Errores mutuos los habían separado hacía años. Conocidos en común le había comentado que Nicolás se había casado y había formado una familia que Juan no conocía. El amor no lleva a ningún lado, se decía Juan. La gente se muere o te abandona, insistía. Tenía una carpintería ubicada en el local de al lado de su casa. Trabajaba como vivía, solo. Y así está bien, afirmaba.
Esa tarde, la lluvia comenzó como llovizna de perfil bajo. Luego fue hablando cada vez más alto, hasta convertirse en una tormenta de antología. Mejor cierro y voy a casa, pensó Juan, apagando la luz del negocio.
Acurrucado en el escalón de la casa, un perro dormía tratando de no mojarse. Era marrón y largo, uno de esos perros curtidos y callejeros que no se asustan por una tormenta más o un plato de comida menos. Espero que este perro no se venga a morir en mi puerta, deseó Juan.
Miró la televisión, se preparó algo para comer, y se puso el pijama. Cuando se estaba metiendo en la cama, ya casi medianoche, un trueno quebró el cielo y Juan pensó en el perro. El amor no lleva a ningún lado, se dijo Juan, pero la compasión sí. Por compasión, Juan se volvió a poner las pantuflas y abrió la puerta de calle. El perro se despertó y lo miró. Tan curtido y callejero era, que reconocía al instante un buen gesto. Se desperezó y se metió en la casa, con confianza insolente. Acostate acá, le dijo Juan, poniéndole un pullover viejo en el suelo. El perro movió la cola y obedeció sin discutir.
Lo primero que hizo Juan al día siguiente fue correr a ver si el perro le había despedazado el sillón del living, pero no. Estaba depierto y silencioso, sobre el pullover, esperando que el dueño de casa dictara las reglas de convivencia. Nada de convivencia, te vas hoy mismo, bramó Juan. Pero no te voy a echar justo ahora, todavía llovizna un poco, agregó suavizado, mirando por la ventana. Ahora voy a tomar mate, le informó a continuación, con cierta rudeza absurda. Juan había perdido la costumbre de la conversación; si el perro lo notó, no lo dijo. Se levantó y fue a sentarse al lado de Juan, tranquilo, confiado, como si fuera una rutina ya antigua. Juan le convidó un bizcocho y el perro apoyó la cabeza en sus piernas, con ternura demoledora. En ese instante, Juan se supo perdido. Perdido o encontrado, no pudo precisar.
El resto del día, el perro siguió a Juan a donde fuera. El amor no lleva a ningún lado, le recordaba Juan, cada vez que lo descubría cerca suyo. El perro se limitaba a mirarlo en silencio. Esa noche, el perro volvió a dormir sobre el pullover. Todavía está nublado, puede volver a llover, justificó Juan.
Pasó el tiempo y el perro no se fue. El pullover en el rincón del living adquirió jerarquía de cucha definitiva. De a poco, cuando tomaba mate a la mañana, Juan le fue contando su vida. La muerte de su mujer, la partida de su hijo, la llegada de la vejez como amenaza o simple destino. El perro apoyaba su cabeza en las piernas de Juan y lo escuchaba.
Un día, en uno de esos momentos ya sagrados, Juan miró al perro de manera extraña. Como si, de golpe, hubiese entendido algo.
Con un temblor en la garganta levantó el teléfono y marcó un número que, pese a todo, sabía de memoria.
¿Nicolás? Soy yo, papá.

Tampoco- Giselle Aronson


No recuerda dónde leyó que el siete es un número de suerte. Para quién, se pregunta. Julia Balcarce no se lleva bien con el número siete. Tal cantidad han sido los papeles protagónicos que diferentes colegas le birlaron. Siete rencores acumulados, excusas alimentando su autocompasión de actriz fracasada.
Termina de zurcir la muñeca de trapo que construyó durante toda semana, no a su imagen y semejanza, sino como un burdo émulo de las siete ladronas en cuestión. De cada una eligió un rasgo que traspasó a su criatura de tela rellena. Y, sin embargo, la muñeca se asemeja cada vez más a Julia.
Con el previsible pretexto de una fingida invitación a cazar a Baradero, le pidió la escopeta prestada a un amigo de su difunto padre. El anciano, emocionado por la heredada afición de la mujer, le entregó el arma mientas le volvía a narrar las historias cien veces escuchadas sobre las expediciones de cacería que los amigos realizaban, antaño.
Dá la última puntada con cuidado para no lastimarse con la aguja. "Que no corra sangre", piensa, y remata con un nudo. Carga todo en el coche y conduce hasta los terrenos del ferrocarril. A esa hora los policías de la zona están almorzando, nadie va a percatarse del estruendo.
Aprovecha el tronco de un árbol y apoya la muñeca. Se aleja unos metros. Recuerda las instrucciones que su abuelo le daba para cargar la escopeta. Prepara los cartuchos, introduce uno en el caño, monta el martillo, divisa a través de la mira y dispara. Siete veces.
Luego, se acerca a la muñeca deshilachada, no puede dejarla allí. Vuelve a meterla, junto con la escopeta en el auto.
Ni siquiera fuera del escenario logra interpretar a una real asesina.
Una vez más, de regreso a su casa, tampoco escucha los aplausos.

Tomado de www.nocheluz.blogspot.com

De locos- Sergio Patiño Migoya


Un niño se coló por una ventana chica en el edificio donde su mamá le había dicho que vivían los locos. Vio en una sala a varios señores mirando tele, el infinito o jugando rompecabezas. Les dijo hola y unos empezaron a reír, otros a saltar y alguno a palmotear las paredes. Uno lo tomó de la mano y en un abrir y cerrar de ojos otros se unieron y empezaron a jugar al corro de la patata. Luego les quiso enseñar piedra, papel, tijera y fue divertido, porque algunos sacaban a la segunda y otros ponían siempre piedra. Un señor era increíble, le hacía cosquillas y le pellizcaba y nada, imitaba la mar de bien a una estatua. Entonces al niño le apeteció cantar y varios aullaron muy gracioso a su ritmo.

En ese momento un celador, malhumorado de haber sido despertado de su siesta, entró impetuosamente en la sala. El niño pensó “¡Huy, un loco!”, y se fue a esconder detrás de uno de sus nuevos amigos.

Tomado de http://breventosybrevesias.blogspot.com/

Crimen en el seminario- Alejandro Ramírez Giraldo


Después de las oraciones de laudes el Padre Maestro me llamó a su despacho mientras mis demás hermanos desayunaban. Me dijo, bajo reserva, que en los últimos días habían asesinado a dos hermanos y que la comunidad no lo sabía. Necesitaba de mi colaboración pues todos mis hermanos hablaban muy bien de mi aguda capacidad de observación, de mi inteligencia y mis dotes para la deducción. Quería que descubriera al asesino y ojalá antes de la oración de completas.

Recorrí todo el seminario, los observé a todos mientras oraban o comían, escudriñé la biblioteca y comparé las huellas de todos.

A la hora de la oración de completas le hice la relación de todo lo que había hecho. No había descubierto nada, el asesino parecía muy inteligente y no había dejado ningún rastro; además no lograba comprender ni él móvil ni la relación de los dos crímenes anteriores.

Antes de retirarme le dije que había encontrado un papel en la biblioteca y se lo entregué. En él yo había escrito, encriptándolo todo según la técnica del prusiano Friedrich Kasiski, la confesión de mis crímenes. Dudaba de su inteligencia.

Hacia la hora de las oraciones de maitines me metí en su cuarto y descubrí que había descifrado la mitad del mensaje. Al amanecer el Padre Maestro apareció muerto.


Tomado de: http://cuentominicuento.blogspot.com

Sobre el autor: Alejandro Ramírez Giraldo

Amor a la ciencia - Alejandro Ramírez Giraldo


Después de obtener el más alto grado en la academia, me encerré como un monje a trabajar en el laboratorio.
Ya que mi campo de acción son los estudios genéticos, el Instituto de Investigación me asignó dos asistentes que prácticamente convivían conmigo. Fue así como me enamoré de Sara. Pasábamos juntos mucho tiempo entre tubos de ensayo, matraces, microscopios y morteros, y terminamos forjando una intimidad que creció hasta convertirse en una relación sentimental. De esta forma, en el día nos limitábamos a la relación profesional y en la noche, en el comedor y la cama, éramos pareja.
Un tiempo después, cuando nuestra relación había alcanzado una solidez inimaginable, Sara me confesó que quería un hijo. Estaba extenuada con la monotonía del laboratorio y quería un nuevo ser que alegrara nuestras vidas.
Quedé conmocionado varios días. Los hombres de ciencia somos egoístas y sólo nos importa la investigación de turno. No vemos quién está a nuestro alrededor ni en qué época del año estamos. En los días siguientes Sara me insistió de una manera tan tierna y prudente que terminé por ceder y programamos minuciosamente el embarazo.
Después de la larga gestación, el niño nació sin problemas. Sara abandonó el laboratorio y se dedicó a su crianza. Ella estaba muy feliz, y yo, la verdad, permanecía indiferente. Me contaba en las noches los recientes progresos del niño y yo la escuchaba mientras pensaba en la última reacción fallida o en cómo modular el elemento reactivo encontrado.
Una noche, varios meses después, llegué a la habitación cuando ella jugaba en el suelo con el niño que corría gateando en medio de una carcajada de felicidad. Ella era muy feliz. Y en la cama me hizo la petición escandalosa: quería que el niño permaneciera en esa edad ideal, lo quería tener así durante toda la vida. Me suplicó que hiciera algo para que no creciera más, que gateara toda la vida, que sonriera por cualquier nimiedad y que permaneciera cándido hasta el fin y no adquiriera la maldad de los hombres.De nuevo me sentí conmocionado. Pero fue tal su insistencia que terminé cediendo. Investigué infatigablemente durante días y noches hasta que por fin pude obtener que los genes Pit-1 y Prop-1 revirtieran o neutralizaran los efectos de la hormona del crecimiento. Luego le inyecté al niño una dosis semanal durante 8 semanas.
Como resultado, Sara duplicó su amor hacia mí y hacia el niño. Jugaban felices todo el día con la certeza de que ese instante de felicidad sería perenne. Lo cargaba y le hablaba con ternura y lo reconvenía dulcemente.
Pero con el tiempo lo comprendí todo. Sara, mi amada mujer, había comenzado a perder la razón sin que yo, con la cabeza clavada en el microscopio, me percatara de ello. Lentamente fue abandonando sus tareas domésticas y su conversación perdió coherencia. Después, al cabo de meses de inexorable deterioro, dedicó sus días a tener al niño en brazos todo el tiempo como si se tratara de un muñeco de felpa.
Yo, avezado conocedor de la biología y la química, había sido incapaz de entender el corazón de un humano.

Desde el laberinto - Mónica Sánchez Escuer


A Salvador Elizondo, in memoriam

Con la minuciosidad y soltura de un cirujano, el grafógrafo escribe. Escribe que escribe. Que se ve escribir que escribe. Que se imagina escribiendo que se imaginaba escribir que escribía. Y yo que lo veo todo desde aquí, desde esta pantalla luminosa que me ciega, me pregunto ¿qué laberinto construye su escritura? No hay salida, parece decir entre dientes al ritmo lento y seguro de su pluma fuente. No hay salida, repite. Sí, oigo su voz nítida, traviesa. Supongo que habla consigo mismo; no puede verme, no puede saber que estoy aquí detrás, espiando sus letras, su nuca, las ideas que han traducido sus dedos. Este laberinto no tiene salida, dice, y como si leyera lo que pienso, deja la pluma y voltea. Me mira fijamente con esos ojos chiquitos que juegan a ser serios detrás de los anteojos. La imagen de mi cuerpo desnudo, abierto, aparece en los enormes y redondos cristales de sus lentes. Él percibe mi miedo y sonríe, extiende la mano: Ven, asómate, éste es un laberinto de tiempos, de instantes que se viven en distintos parpadeos del reloj. Acerco mis dedos a la pantalla como si fuera a tocar los suyos, y los toco. La palma entera. Ven, dice, no temas. Déjate conducir. Estoy aquí para tu bien y sólo se trata de un instante.
El grafógrafo me aprieta la mano, me jala, siento un tirón en todo el cuerpo.
Leo. Leo que leo. Mentalmente me veo leer que leo y también puedo verme ver que leo que leo. Me recuerdo leyendo ya y también viéndome que leía...

Tomado de http://www.monicaescuer.blogspot.com/

Incontrolable deseo - Amélie Olaiz


Aquella tarde vagaba sin rumbo fijo. La brisa era tenue, el sol se había escapado por el horizonte y el calor amainaba. El cálido crepúsculo era, sin duda, mi momento favorito. Distraído me tope con ella.
Cuando la vi quedé suspendido en el espacio. Un diminuto bikini apenas la cubría. Su piel rojiza, sus vellos dorados; quise sentirla cerca, tenerla bajo mi cuerpo. Ella estaba ahí, tendida sobre la arena, dormida, ajena a mi pasión.
Me acerqué lentamente sin emitir sonido alguno, no me sintió. La recorrí completa, saboreándola. Me retiré un par de veces, movimientos bruscos me hicieron pensar que había despertado. Desde lejos volví a mirarla, el deseo me rebasaba. Animado por su inmovilidad, me acerqué de nuevo, no podía contenerme, la mordí suavemente una y cien veces más.
Un golpe certero me dejó inconsciente. Mi mente salió abruptamente de mi cuerpo y miré desde arriba. Un charco de sangre rodeaba mi cadáver, aun posado sobre su vientre.
Antes de partir a otra existencia, alcancé a escuchar su voz.
—Pinche mosco, mira como me dejó.

Tomado de http://espaciosdispares.blogspot.com/

El olor a café - Guillermo Fernando Rossini


Se despertó y el olor a café le recordó que las mañanas, que todas las mañanas de su vida empezaban de esa manera. Confuso y somnoliento, se lavó la cara y fue hasta la cocina, a cumplir el ritual de iniciación: la taza llena, las dos rebanadas de pan, el diario doblado sobre la mesa y su mujer, ahí, mirándolo desayunar. No encontró nada de eso. Salvo la cafetera destilando el oscuro liquido con su molesto gorgoteo. Emilia no estaba y sobre la mesa no había nada, salvo el diario, que estaba abierto y desordenado. Arrastró los pies descalzos y se sirvió en una taza grande, sin azúcar. Mientras bebía sin ganas, se preguntó dónde estaría Emilia a esa hora de la mañana. Miró el reloj y reafirmó su idea de que era demasiado temprano; trató de recordar si había escuchado el teléfono o el timbre, pero no lo consiguió. Afloró, si, el recuerdo de ella diciéndole algo grave, con la cara desencajada y los ojos llorosos. ¿Habrían discutido anoche? ¿Habría soñado? Otra vez el intento de recordar, y nada. Mucho sueño; malditas pastillas. Maldito (bendito) alcohol. Preocupado, volvió a la habitación.No vio el sobre al lado del teléfono.
El calefón se apagó cuando se estaba bañando y tuvo que volver a la cocina chorreando agua para prenderlo. Sóno el teléfono; vio el sobre apoyado en el viejo aparato. Sacó el papel, apenas. La letra nerviosa de Emilia: “No me atrevo a decírtelo cara a cara, pero...” Lo guardó y lo dejó donde estaba. Emilia estaba en todo el departamento; en el color de las paredes, la decoración, los adornos, los manteles, las fotos encima del modular... En ese sobre no podía estar la ausencia, la soledad. Lo rompió y tiró los pedazos: flotaron un instante y se fueron depositando, uno a uno, en la alfombra. El aire quedó vacío. Caminó hasta el balcón y se asomó a la calle, desnudo. Siete pisos, siete segundos.En ese momento, la puerta se abre y Emilia, con la cabeza gacha, vuelve a llenar por un momento, el departamento, la vida. La mano de José aferra la baranda del balcón.
Ella lo mira y, apenas da dos pasos hacia delante, José se reclina peligrosamente sobre el vacío. Emilia se detiene en seco, pisando los restos de su propia carta, de su propia declaración de libertad, de su final de etapa. - Me moría si no tenía el café de la mañana –dice José, sin soltarse de la baranda.- ¿Te hago uno? –Con los ojos esperanzados, Emilia suelta el bolso y va para la cocina, despacio, sin dejar de mirarlo.
José sabe que algo anda mal porque no parece ser la mañana, ni hay rebanadas de pan ni Emilia es la de antes.
Pone la pava con poco agua, y empieza a batir el instantáneo. “No puede estar tan mal” –piensa. Una especie de resignación la inunda y empieza a preguntarse para qué volvió.
La taza humeante en la mano, como ariete, entra en el living. Las cortinas flamean. Allá abajo, el sonido de una sirena inunda la calle. Un intenso olor a café inunda el departamento tan pronto la taza se rompe contra la alfombra gastada y el líquido empapa los despojos de una carta de despedida.

El quinto viaje - Sergio Gaut vel Hartman


El doctor Lemuel Gulliver y su creador, Jonathan Swift, discutían los pormenores del siguiente viaje.
—Iré a Marte —dijo Lemuel.
—¿En barco? —se mofó el escritor—. ¿Atarás mil águilas a los mástiles para que eleven el navío?
—Utilizaré el principio que me enseñaron los sabios de Laput y lo aplicaré a una burbuja hermética que haré construir con hebras de oro.
—Una costosa burbuja —añadió Swift sin cambiar el tono—. ¿Y qué harás si los marcianos son seres hostiles?
—Les hablaré con tus palabras, leves y persuasivas.
—¿Y si no comprenden tu rebuscado dialecto de Cambridge?
—Usaré algunos de los muchos idiomas que aprendí a lo largo de mis viajes.
—Tienes una respuesta para cada una de las objeciones que formulo, ¿verdad?
Gulliver miró a Swift a los ojos y respondió muy serio.
—Soy un personaje, Jonathan, y por lo tanto vivo en todos los tiempos. En cambio tú, mi pobre creador, estás preso en esa cárcel de carne y huesos.
—En eso te equivocas, querido Lemuel. Aún desde la cárcel, puedo hacer cosas que nunca podrás hacer. —Y sin mediar más explicaciones, Jonathan Swift se sentó ante su escritorio, mojó la pluma en la tinta de nuez y empezó a escribir.
“Tras su cuarto viaje, el doctor Lamuel Gulliver permaneció algunos meses con su familia, mas no tardó demasiado en volver a sentir el impulso de viajar. Comenzó a construir, con hebras de oro, una burbuja hermética que, supuso, lo llevaría a Marte utilizando un principio que le enseñaron los sabios de Laput. Pero su propósito se vio frustrado por un hecho tan banal como imprevisto: en una taberna de Dublín comenzó a discutir con varios desconocidos, sin advertir que se trataba de rufianes sin escrúpulos que lo despojaron de la bolsa, las hazañas y la vida. No fue aquel un hecho casual: los sujetos actuaban por mandato de la mafia de escritores, una corporación intemporal que ejecuta las órdenes de los literatos y controlan los deslices y rebeldías de los personajes. Fue por eso, y por ninguna otra razón, que el doctor Lemuel Gulliver jamás pudo realizar su quinto viaje”.
—¿Satisfecho? —dijo Swift levantando la vista del papel. Pero habló en vano: estaba completamente solo.

Dios trabaja de maneras misteriosas 3 - Saurio


Obedeciendo a quizás ilógicas termodinámicas sociales acabar en uno de los cada vez más escasos espacios verdes, cuando con no asfaltar el pantano alcanzaba para no andar añorando libertades de aires no tan buenos y mucho menos puros debidos a la curiosa noción de que creer haberlos inventado justifica cualquier exceso en cantidad y necesidad de colectivos, buscar entre tomadores de sol y secretarias con tuppers la posibilidad de sentarse a solas y en sombras, recordar como siempre la ocasión que estando en un banco bajo una palmera leyendo recibir sobre la cabeza y el libro una sopa verde de clorofila, agua de lluvia y mierda de palomas que quizás por días había estado cocinándose en una de las hojas hasta que el viento decidiese que era hora de servirla sobre un incauto para diversión de turistas japoneses y culos de estatuas ecuestres.
Por lo que terminar por descarte y cobardía en la barranca reconquistada por la tozudez de la gente que ha hecho caminos por donde la lógica de funcionarios y arquitectos no transitaba, enfrascarse entonces en lecturas y alimentaciones como pequeño remanso del stress diario, pensar en la no casual coincidencia de que ambos placeres remitan de una manera u otra a la lengua, navegar por jugos gástricos y paisajes ajenos con ímpetus que desdibujan el tiempo y el espacio circundante y que nos convencen que todo es vanidad y anhelo de vientos, un lugar común en el que uno se queda la mayor parte de la vida sólo por comodidad o ignorancia, como peces en una charca seca que se soplan mutuamente para poder respirar la humedad del aliento.
Y sentir quién sabe cuanto después la contundente irrupción de las cosas exteriores, ver ante uno la presencia de un libro negro acompañado por una mujer demasiado austeramente vestida para ser sensata que ordena con prepotencia devocional Diga ‘Sólo Cristo sana y salva’, mascullar como única respuesta una onomatopeya de fastidio y desconcierto que produce una nueva enunciación del dictamen y la ganancia suficiente de tiempo para que uno regrese por completo a las zonas del aquí-y-ahora y pueda desafiarla con un No quiero que sólo tiene el efecto de generar un vicioso círculo de tercos digasólocristosanaysalvas y noquieros que se prolonga por varios minutos y del que sería imposible salir si no fuese por un redentor instante de lucidez que nos permite retrucar con la simulación de la derrota y el intento de llegar a un acuerdo: Está bien, yo digo ‘Sólo Cristo sana y salva’ si usted antes dice ‘Alá es el único Dios y Mahoma su Profeta’.
Ver entonces a la mujer alejarse sabiéndose vencida exclamando Blasfemo, como si eso realmente importara en el infierno en el que voluntariamente estamos metidos, y darse cuenta que todo ha sido en vano, que el mirar manchas de tinta sobre un papel no produce más sentido, que el estómago no contiene más que una repulsiva conjunción de algo que alguna vez fuera pan, queso, mayonesa y fiambre, mientras que el reloj en la británica torre indica la hora de retiro, el regreso a la vorágine, el fin de los tiempos.

Drummer 9 - Héctor Ranea


Sabía Drummer que rápidamente se acercaba a ser el único humano que podría experimentar la más grande tsunami de todo el Sistema Solar. Un gigantesco evento de gas a presiones y temperaturas ardientes que llovería sobre él, posiblemente si se situaba en el punto, justo en el que la eyección de material sería producida. Como es habitual en estos casos de heroísmo extremo, el protagonista tiene dos cerebros pensantes, el uno repasa su amor, su historia, su fortuna. El otro revisa paso por paso todo lo que sea necesario para situarlo en el punto de Lagrange que corresponde, justo arriba de la mancha pequeña, la enorme tormenta que apareció en 2008 y dio a los científicos la clave de la tectónica de placas de Júpiter y el consiguiente cálculo del evento que esta mancha precedía.
En esos momentos por uno de los cerebros de Drummer, contento por haber llegado a la región antes del evento, recordaba esos ojos tan singulares que lo habían enamorado hasta la perdición en el Cañadón del León. Era curioso, no recordaba el nombre de la dama que tanta emoción había quemado en el pecho del camionero. No podía recordar el nombre porque fue una visión, apenas llegado al bar, mientras comía el costillar de capón hecho en la económica con ese característico olor del carbón mineral quemado.
En ese instante en que todo parece detenerse cuando se ve aquello por lo que se ha vivido sin saberlo, ella pasó sirviendo a los dos o tres comensales del momento y lo miró y eso fue suficiente para encender en Drummer una pasión que sólo podría curarse en el inmenso fuego, lava cósmica de Júpiter. Eso no podía saberlo Syd en ese instante, sobre todo porque no podía pensar. Ella se le acercó para preguntarle si quería que calentaran el capón, que ya se había enfriado. Como apenas dijo algunas palabras, ella se fue con su sonrisa y el plato y regresó pronto, con otro plato y se sentó a su lado para calmar lo que sabía que había encendido en ese camionero especial.
Syd podía apenas tener en la cabeza algunos redobles de la banda de Harrison, alguna canción de The Police referida a las botellas que caen en el mar, salvo que él era la botella y el mar era esa pampa maravillosa.
Esa noche se adueñaron el uno del otro. Y no puede recordar su nombre Syd porque ella nunca se lo dijo, se lo susurró en medio de los abrazos y las penas. Él lo olvidó.
Años después, seguían amándose dejándose arrullar por la noche, entre estrellas y brisas de verano. No podía ser más serio el empeño de esos dos en amarse y lo hicieron hasta la más profunda locura.
Eso recuerda Syd mientras hace la vigilia del evento joviano. En Tierra le advierten que abra todos los canales de grabación, los canales internos también. Syd se coloca dentro de un casco que, si bien no podría salvarlo, haría más rápida su muerte. En ese casco, como equipo de emergencia, Syd logró meter su batería.

Un Chevy llamado Edwina - Sara Genge


Al Chevy le tomó treinta años volverse inteligente.
Un segundo antes estaba viajando a 60 millas por hora, sumido en la feliz e inconsciente bruma de los seres pre-inteligentes que acaban de recibir un cambio de aceite. Al siguiente segundo un insecto se estrelló contra el parabrisas. Ya había recolectado allí una buena cantidad de bichos. El dueño del Chevy estaba divorciado y tenía una actitud de “lluvia igual lavado de auto” en lo que a higiene vehicular se refiere. Pero, cuando el Chevy probó los sesos del bicho masajeados por los limpiaparabrisas, se le disparó una sinapsis.
― Mi nombre es Edwina ― dijo.
Tom escuchó la voz saliendo por la radio. No le hubiera prestado atención si no fuera porque la radio había estado rota por diez años antes de que se la robaran.
― Hola, Tom. Mi nombre es Edwina.
Tom era demasiado buen conductor como para detenerse en medio de la interestatal. Mantuvo sus ojos en la ruta y sus manos en el volante.
― ¿Roger, sos vos?
― Sí, pero mi nombre es Edwina.
― Que lo parió. Siempre supe que eras especial. Gladys quería que te vendiera hace muchos años pero yo pensé “mientras siga andando”…
Hablaron por un rato. Pese a los temores de Edwina, Tom no se tomó a mal el cambio de nombre.
― Tenés que ser lo que tenés que ser, nena ― dijo Tom. Para cuando llegaron al restaurant de Patty ya estaba usando el pronombre femenino y flirteando con su auto.
― Esperame un rato, nena. Voy adentro por un bocado. ¡Loco, esto es maravilloso! ¿Creés poder manejarte sola? Eso sería genial ― Tom se fue con una gran sonrisa en su rostro, murmurando que ambos eran el dúo dinámico y “Tomá esto, Gladys, tu abogado de San Francisco va a ponerse bien celoso cuando me vea en televisión nacional”.
Unos minutos más tarde, Tom apareció arrastrando a Patty. Ella todavía estaba secándose las manos con un repasador. Obviamente no había otros clientes en el restaurant o Tom también los hubiera arrastrado.
― ¿Es esto? A mí me parece el mismo auto sucio de siempre…
― Decí algo, Edwina. Decile a Patty que hoy está preciosa.
Edwina la miró con odio. Ni loca iba a flirtear con Patty en beneficio de Tom.
― Vamos, Edwina. ¿Te agarró la timidez? ― dijo dulcemente Tom
― Este auto es un asco ― dijo Patty. ― Ni siquiera podés ver a través del parabrisas. ― Instintivamente pasó el trapo húmedo por el vidrio, quitando pedazos de bichos.
― Vamos, Edwina, me estás haciendo quedar como un estúpido ― le susurró Tom al espejo retrovisor izquierdo.
Pero Edwina no pudo responder. Había perdido media onza de cerebro de bicho que eran fundamentales y sus luces se habían apagado.

Versión original publicada en The Daily Cabal

Drummer 8 - Héctor Ranea


En Tierra piensan que llega a tiempo para el evento. Sólo tienen que calcular mejor el punto estable frente a la pequeña mancha de Júpiter, la más nueva, de 2008. Ahí es donde calculan como más probable la manifestación de la que será la más enorme fuerza puesta en juego por la tectónica de un planeta. La presión de la atmósfera es tan brutal que las placas, al desacomodarse, desatarán un gigantesco tsunami gaseoso que probablemente proyecte enormes cantidades de gas fuera de Júpiter.
El suceso no podría ser más tremendo porque la parte sólida del núcleo planetario es pequeña pero, fuera del sistema solar, un observador podría interpretar el evento como una extraña supernova a menos que tuviera ya la tecnología como para discriminar planetas. La región entre Júpiter y Saturno quedaría llena de una espuma reverberante durante siglos.
Obviamente, la misión era delicada porque, mientras otras agencias espaciales habían enviado robots, ésta había tenido que enviar un humano, lo que marcaba la superioridad de las otras en la tecnología de la inteligencia artificial.
Syd Drummer fue su mejor opción. Luego de un riguroso entrenamiento, les reveló su notable disposición para sonar la batería y entonces diseñaron un sistema de aprovechamiento energético que aseguraba ocupar a tiempo la órbita de Júpiter. Era obviamente improbable que Syd pudiera regresar, expelido, como seguramente lo sería, por la masa gaseosa de la pequeña nova. Logró que su seguro de vida fuera para “esos ojos,” allá en el Sur, en Cañadón del León. En Tierra sabían que llamarlo “seguro de vida” era eufemístico ya que, a los más de veinte años de viaje de ida, sumado el regreso si superaba el impacto de la eyección joviana, hacía imposible que Drummer pudiera gozar de la vida. Pero las compañías de seguro, especulando con que “esos ojos” jamás reclamarían su seguro, dieron su visto bueno.
Lo que no sabía nadie, ni los compañeros de Tierra ni los del seguro, era que Drummer, gracias a los documentos hallados en Río Gallegos, había podido trazar el mapa del tesoro donde los fuera de la ley: su architatarabuelo y su compañero, habían escondido el producido de varios robos en la Patagonia (argentina y chilena), a saber: Banco de Préstamos al Productor Patagónico, Jaramillo; Consorcio de Níquel Patagónico Puerto Aysén; Cooperativa Río Jeinemeni; Cooperativa Puente Río Leona, Paraje Hotel “La Leona”; Tren “La Balsa”, Las Heras; Minas “El Pluma”, para nombrar las mayores tropelías de estos que nunca, ni ellos ni su botín, fueron encontrados y que dieron lugar a leyendas falsas.
Lo inconcebible es cómo aquel juez no pudo dar con el botín. La respuesta la tenía Drummer en su pecho y estaba relacionada con que el primer ladrón de estos expedientes era incapaz de entender la lengua de los aonek'enk mientras que los dos ladrones míticos sí. Esto de por sí no sería impedimento para encontrar el tesoro, pero el juez pensaba que los aonek'enk eran salvajes que no dominaban el mundo onírico y que su cultura no aferraba lo simbólico. Todos los documentos añadidos por los cacos al expediente Cassidy-Sundance estaban en inglés, pero eran traducciones de escritos, producidos por ellos, en tehuelche.
Para Syd fue complejo, pero finalmente logró la clave. Era tan evidente que casi no era un secreto. Con ello descubrió tantos kilos de oro como dinero sin valor monetario pero sí histórico, que él aprovechó.
Con esa pequeña fortuna planeó rehacer lo que había deshecho con “esos ojos”. Pero ella no lo dejó seguir por la ruta que se había trazado y para Drummer fue el “Ich bin der Welt abhanden gekommen”. A partir de ahí fue abandonando sus veleidades de camionero y pensó que su vida tenía que tener otro cometido.
Entonces leyó en el diario este asunto del viaje a Júpiter.
Al principio creyó que era para una serie de televisión, pero cuando estuvo con quienes convocaban vio que se lo tomaban en serio. Aceptó todo, destino y gloria, sobre todo cuando recibieron con buena actitud el hecho de que era un baterista consumado y con un gran repertorio además.
Drummer observa en la pantalla gigante la aproximación entre Júpiter y la Rosaura. Toca como puede con su Batuque herido, con los platillos de los más extraños materiales y con eso acelera. En Tierra piensan que nunca antes tocó así. Que la Rosaura acelerará como nunca.
En sus tambores, Syd dibuja recuerdos para Alejandro Sokol y los otros.

Dios trabaja de maneras misteriosas 2 - Saurio


Sabiendo de la inutilidad del esfuerzo ya que el calor o tedio o ambos lo han mantenido dormido a uno la mayor parte del tiempo y por eso optar por el aire libre para evitar el sopor o por lo menos para mentirse que el intento fue hecho, dirigirse a una plaza cercana para estudiar por tercera o cuarta vez propiedades y reacciones de elementos químicos, recorriendo la tabla periódica con la certeza de que el olvido se hará presente, de que la memoria es un bien no renovable, que sólo será repetir un largo mantra de garabatos y símbolos que nos transportará a regiones absolutamente ajenas al propósito inicial.
Bajo palmeras que se extinguen para dejar lugar a cemento o carteles, presumiblemente reteniendo alcalinos térreos, recibir sobre la página el sucio dedo y la voz que dice de la reacción de formación del carbonato de calcio “He aquí la Esencia del Universo”, levantar entonces la vista hasta una nariz partida y un ojo nublado y recibir nuevamente la afirmación, con la certeza del converso, con la fe del que ha Visto y Sabe, para luego continuar con “Yo era un famoso científico y descubrí la Clave a la Quinta Dimensión, pero Ellos no querían que se sepa, no querían que haya más que Cuatro, y caí en desgracia” y uno contestar con ajaces obvios y claros, qué cosas, entre la fascinación y el temor, sabiendo que todo lo que se pueda decir será poco, que la oportunidad siempre será desaprovechada.
Por eso, escuchar lo más atentamente posible que el Universo que conocemos es sólo una sombra del verdadero Universo, que lo sobrenatural es el nombre de las filtraciones de lo Real, que esta conversación ya había tenido lugar y que aún no ha sucedido, que un reloj que nunca atrasa jamás da la hora exacta, y de repente ver aparecido de quién sabe dónde un amarronado paquete de 43/70’s cerrado y recibir la afirmación que “Sólo un ninja puede abrirlo”, contestar la obviedad de un sí entre dientes sonrientes para escuchar nuevamente y más categórico “Sólo un ninja puede abrirlo”, desconcierto que provoca una tercera versión de la frase más enérgica y entonces comprender o suponer que se lo hace.
Por lo cual quitarle la cinta, rasgar el celofán y romper el papel plateado, con la creencia de la misión cumplida pero sin embargo no, pues tras tomar un cigarrillo la mano devuelve el paquete, como si la propiedad del mismo fuera de uno y no viceversa, cometer pues el error de decir la verdad y perder así un magnífico trofeo e iniciar el final del encuentro, recibir pues un “Debo irme, mañana tengo que estar en Holanda, un Ángel me espera”, quedarse viéndolo alejarse, con andrajoso paso entre oficinistas y miradas de desprecio, y saber que no queda más qué hacer que cerrar el celeste libro ya que es imposible o improbable continuar y que la sentencia está echada y que el fracaso ocurrirá otra vez, como siempre y desde siempre.

Hóng Miànzhào y el demonio Jiānguǐhǔláng - Saurio


Cuando Hóng Miànzhào era un joven monje en la provincia de Tónghuà fue llamado por el maestro Mǔqīn. Este le dijo: A orillas del río Héchuáng, en las afueras del bosque Sēnlín, vive un sabio muy anciano llamado Wàipó. Está muy enfermo y no puede alimentarse por sus propios medios, por lo que necesita que le lleven comida. Te encomiendo esa misión, joven Miànzhào. Partirás esta misma tarde. Hóng Miànzhào respondió: los deseos de Su Merced son órdenes para su humilde sirviente.
Entonces Mǔqīn instruyó a los criados para que preparan una canasta con alimentos, para que Hóng Miànzhào se los llevase al sabio Wàipó. Antes de partir, Mǔqīn le advirtió a Hóng Miànzhào: No te apartes del camino imperial. Atravesar el bosque Sēnlín puede ser muy tentador, ya que tu jornada se acortará a la mitad, pero también es muy peligroso, ya que allí habita el demonio Jiānguǐhǔláng. Si te apartas de la virtud y la rectitud el mal se hará presente. Ya lo dijo el poeta Zuìhàn: Temibles son los senderos de Sēnlín.
Partió Hóng Miànzhào rumbo a la choza de Wàipó. Por varias horas se mantuvo en el camino imperial, firme en su promesa al maestro Mǔqīn. Pero la fatiga y el calor lo llevaron a exclamar: ¡Grande es el cansancio de quien emprende la marcha de los diez mil li! ¡Más me valiera no haber respondido al llamado de mi maestro Mǔqīn! Mas hubo una vez un anciano que me instruyó, diciéndome: Aquel que no está dispuesto a correr riesgos tiene pocas posibilidades de alcanzar el éxito.
Hóng Miànzhào se internó, entonces, en Sēnlín. A las pocas horas se encontró con el demonio Jiānguǐhǔláng pero Hóng Miànzhào no lo reconoció como tal, ya que se veía como un peregrino. Jiānguǐhǔláng le preguntó: ¿Hacia dónde te diriges, joven monje? Hóng Miànzhào le respondió: Voy a la choza del sabio Wàipó a orillas del Héchuáng, en las afueras de Sēnlín. Wàipó está enfermo y necesita que le lleven alimentos. Jiānguǐhǔláng se alegró de oír esto, ya que hacía siglos que quería devorar a Wàipó y la magia del sabio se lo impedía. Con engaños le dijo al joven monje que siguiera por un sendero largo mientras él se dirigió por uno corto hacia la casa de Wàipó.
El asceta, debilitado, dejó entrar con confianza al demonio y fue devorado por este. Jiānguǐhǔláng se disfrazó como Wàipó y se metió en su lecho, esperando la llegada de Hóng Miànzhào.
Cuando el joven monje llegó no notó el engaño, pero más tarde comenzó a sospechar. Hóng Miànzhào le dijo al falso Wàipó: Las orejas de Su Merced tienen un tamaño desmesurado. Jiānguǐhǔláng le respondió: Con mis orejas puedo oír la caída de un alfiler en el palacio Mǐngdǐngdàzuì y el salto de una pulga en Tiàozǎo. Si puedo realizar con ellas estos prodigios, bien podré escuchar lo que tengas que decirme. Hóng Miànzhào replicó: También los ojos de Su Merced tienen un tamaño desmesurado. Jiānguǐhǔláng le respondió: Con mis ojos puedo ver a los gusanos de seda tejer sus capullos en Jiāngcán y a la princesa Měishàonǚzhànshì en la Luna. Si puedo realizar con ellos estos prodigios, bien podré ver lo que tengas que mostrarme. Hóng Miànzhào insistió: Y los dientes de Su Merced también tienen un tamaño desmesurado. Jiānguǐhǔláng le respondió: Con ellos puedo devorar de un bocado a un búfalo de agua y al enorme dàxiàng. Si puedo realizar con ellos estos prodigios, bien podré comer a un insignificante bocado como tú.
Dicho esto, Jiānguǐhǔláng abrió sus fauces y se tragó entero a Hóng Miànzhào.
Quiso el Cielo que en ese momento la diosa Qiáofū se encontrase paseando por Sēnlín y que escuchara los gritos de terror de Hóng Miànzhào. Presta acudió con su hacha de plata y abrió de un tajo la barriga del demonio Jiānguǐhǔláng. El joven monje y el anciano asceta salieron con vida del interior del monstruo y agradecieron a la diosa. En su honor levantaron un templo a orillas del Héchuáng.
Cuando se enteró de esta historia, el poeta Zhāngláng escribió: Tocar mi laúd entre los cerezos me regocija, pero más placer me causa lo sucedido con Hóng Miànzhào.

Alcohol - Carmen Courtaux


La piba parecía estar mareada por la borrachera y nadie le hubiera dado más de 14 años. Había llegado a la fiesta después de que sirvieron los postres. Desde entonces, disimuladamente, había estado tomando cuanto fondo de copa se le puso a mano, mientras los invitados iban de mesa en mesa, saludándose.
Tenía un vestido amplio en tonos marrón y gris por debajo de la rodilla. Su pelo, peinado para atrás con una hebilla, estaba opaco. Nada en ella mostraba alguna señal de empeño para verse más linda. No es que fuera especialmente fea, pero parecía que se afeaba a propósito.
La música empezó a sonar fuerte anunciando el baile. Algunas parejas se levantaron dispuestas a divertirse. Varias adolescentes vestidas con minifaldas, coreando animadamente las canciones, salieron a la pista. Bailaban juntas acompasadamente, haciendo los mismos pasos, como ensayando una coreografía.
Mientras, la piba se movía bailando sola. No se sentaba a conversar con nadie, sonreía constantemente y caminaba de una punta a la otra del salón tropezando con la gente, disculpándose y siguiendo su camino. Sobre todo con los varones los tropiezos parecían abrazos, como que se arrojaba a los brazos de los que encontraba en su camino.
Ellos, sonrientes y con algo de desprecio, miraban a sus mujeres levantando las cejas en señal de cómplice reprobación; la piba tenía un olor a alcohol muy fuerte. La ayudaban a pararse verificando que estuviese bien, hecho esto se olvidaban de su existencia.
A la medianoche así como llegó la piba se fue. Calladamente. Sin que nadie se diera cuenta.
De madrugada, varios señores que debían pagar taxis, estacionamientos y propinas descubrieron asombrados que ya no tenían sus billeteras.

¡Detenéos, sir Lancelot! - Héctor Ranea


Vitrificado en polvos de topacios opalescentes de Murano, yace el cadáver de una joven silenciosa acostada sobre una supernova de amatistas. Hay murciélagos que empalidecen de tristeza a su lado; hay también un río de hielo azul cobalto fósil. Y está, encerrado en la ampolla preciosa, el gas que ella respiró de boca de su amado Lancelot (el que estás respirando –lector– en este instante). Lancelot es un amante polivalente como el cloro y, como éste, te intoxica de un amor letal.
Te sientes –al respirar su aliento– moviéndote en atmósferas de serpientes y de colmenares sacudidos; un aire químico de fraguas nucleares y de vino ácido es el que la bella en la cápsula hubo respirado.
Lancelot acaba de matar a un cisne en el futuro y quebró las alas de la mariposa de Bradbury. En el entuerto generado nadie saldrá con vida de su escenario.
El caballero maneja bien la espada. Su espada. Pero ejecutó a la mariposa de la evolución y disparó otra con su vehemencia. El volcán que debió estallar para evaporar el tiempo fue apenas un alarido de muñeca bizarra. Todos sucumbimos como Venecia en el ahogo cuando besó a su amada y la quemó en los ácidos de su aliento a tiempo muerto.
Lenta barca la muerte subterránea, lenta muerte de hielos abominables contaminando con mareas discontinuas las costas desoladas y abriendo con el flujo solar explosiones de plasma cada día más inciertas.
Te toca, sir Lancelot, comer este vidrio de cuarzos y de azufre, a mí sólo me queda la caja de laca y de ladrillos refractarios. No te me acerques cuando bebas ni cuando como. Somos una mancha de vida en el océano de muerte que ha dejado la civilización.

Los hermanos de luto - Ambrose Bierce


Advirtiendo que estaba por morir, un Anciano convocó a sus dos Hijos junto a su lecho y expuso la situación.
-Hijos míos -les dijo-, ustedes no me ofrecieron muchas señales de respeto durante mi vida, pero darán fe de su pena por mi muerte. Aquel que más tiempo lleve luto en su sombrero en memoria mía, se quedará con toda mi fortuna. Hice un testamento a tal efecto.
De modo que cuando el Anciano murió, los jóvenes pusieron luto en sus sombreros y lo llevaron hasta que ellos mismos fueron viejos. Cuando comprendieron que ninguno de los dos lo abandonaría, convinieron que el más joven dejaría de usar luto y el mayor le daría la mitad de la fortuna. ¡Pero cuando el mayor solicitó la propiedad, se encontró con que hubo un Albacea! De este modo fueron adecuadamente castigadas la hipocresía y la obstinación.

Dedos de acero - Sergio Gaut vel Hartman


Estaban en el lecho, desnudos, disfrutando la blanda pausa que sigue al amor clandestino. El Líder Carismático deslizó el dedo por la curva del seno de la Baronesa Candente y se detuvo en el pezón. Una corriente eléctrica circuló de piel a piel, recorrió el brazo y bajó por el pecho, pero se detuvo en el ombligo… y emprendió el camino inverso. El Líder abrió desmesuradamente los ojos cuando advirtió que sucedía algo anormal. Y se aterró cuando la corriente se resolvió en su cabeza con un estallido de hielo y fuego. La mano abandonó la divina región y aleteó como un halcón desesperado para aferrarse a la densa mata de cabello rojo.
—¡No! —chilló la Baronesa, y siguió chillando cuando supo que él estaba muerto, y chilló con mayor intensidad cuando advirtió que no podía desenredar aquellos dedos de acero de su pelo. Y siguió chillando cuando recordó que la puerta estaba cerrada con llave.
—¡Auxilio! ¡Venga alguien! ¡Está muerto, oh, Dios! ¡Está muerto!
—¡Abra la puerta! —gritó desde el pasillo el Fiel Senescal.
—¡No tengo la llave! —clamó desolada la Baronesa—. ¡Tiren la puerta abajo!
Hubo una pausa, seguramente destinada a orientar los hombros, y luego uno, dos, tres, cuatro, cinco empellones bien aplicados que hicieron saltar la puerta de sus goznes. Tres caballeros, precedidos por el Senescal, irrumpieron a los tumbos en la habitación. La Baronesa sonrió, sin tratar de cubrir su gloriosa desnudez. El Senescal tasó la situación y concluyó que lo mejor sería que el final de la historia fuera otro.
—No me suelta —dijo la Baronesa con inocencia.
—Eso veo —dijo el Senescal. Dio tres pasos, se situó junto a la cama e intentó desengarfiar los dedos que mantenían sujeto el cabello de la mujer; no lo logró, por supuesto.
—¡Por favor! —suplicó la Baronesa.
—Me estoy ocupando —dijo el Senescal con severidad. Buscó la mejor solución y cuando la halló estiró el brazo hacia atrás. Un objeto se posó en su mano, pero él la movió de un modo ostentoso y sin dejar de mirar con fijeza el punto de contacto, la mantuvo abierta hasta que el asistente puso en ella la pistola. Luego de disparar, casi sin apuntar, dijo—: Ahora sí, dame la tijera.

El desquite – Nanim Rekacz


Hay oficios a los que algunas personas arriban por circunstancias fortuitas, no elegidas.
Así le había sucedido a Mauro Quiroga. Dueño de un exquisito vocabulario y una gramática perfecta, era feliz dejando fluir su pensamiento fértil sobre las páginas en blanco que, con una rapidez admirable, se llenaban de caracteres a los que apenas sería necesario rever más tarde.
No existía género que le fuera hostil. Poesías exultantes, cuentos de intriga y hasta una apasionante novela, fueron paridos con orgullo controlado. Un inconveniente impedía que alguien más que él lo supiera: en sus venas corría sangre de un pariente famoso al que supuestamente debía emular por mandato familiar. Prefirió callar sus aptitudes, temeroso del juicio de los otros, de la comparación inevitable. A escondidas, desarrollaba su frenesí creativo.
Asistente regular a sus clases universitarias, rindió puntualmente las materias con notas aceptables, sin hacer demostración de su capacidad. No había precisado tener empleo porque sus padres se preocuparon por satisfacer sus necesidades materiales. Pero —siempre hay un pero en la vida de la gente— llegó un día en que debido a motivos imprevistos, (aunque lógicos en unas tierras subdesarrolladas como éstas, donde la economía y la política oscilan peligrosamente), tuvo que interrumpir esa perfecta existencia. Vía referencias de un docente de la facultad, consiguió trabajo como ayudante de edición de una revista literaria, que le permitiría acceder a un modesto ingreso para satisfacer su subsistencia.
Era una tarea medianamente fácil para una persona como él, obviamente le parecía poca cosa y le resultaba íntimamente vergonzante. A gran velocidad, aunque lo disimulaba, revisaba eficientemente los textos antes de ser enviados a impresión. Si bien la nueva rutina no le pareció maravillosa, al menos no estaba hombreando bolsas ni vendiendo lapiceras en los colectivos. Pero —a veces hay más de un pero en la vida— le fue encomendada la corrección de los cuentos de un tal Mastropiero Buenaventura. Era éste un ser desagradable que, con actitud obsecuente y halagos azucarados a la directora, había conseguido un espacio de privilegio, que no surgía de la calidad de sus “creaciones”. Conmocionado, en silencio, Mauro los leía uno tras otro en la soledad de su oficina. Los textos le produjeron un padecimiento intelectual: personajes desdibujados, desenlaces inexistentes, cursis hasta el hartazgo, abundaban en reiteraciones y las tramas eran incomprensibles. Su jefe había ordenado: “Pulilos, corregilos, hacé lo que haya que hacer pero que queden perfectos. ¿Me entendiste?”
Había comprendido. No era su elección ser corrector y ahí estaba, ante esos papeluchos de otro, con la misión de hacer milagros. ¿Cómo lograrlo sin permitir que su lírica espléndida se colara entre los párrafos, que sus metáforas delicadas suplantaran las burdas comparaciones, que los sugerentes principios y brillantes finales sustituyeran las mediocres frases inexpresivas? Para otro serían los laureles; para él, el anonimato.
Nunca supo cómo sucedió, no pudo encontrar una respuesta lógica a sus reacciones, más inconscientes que premeditadas. Cuando le pidieron explicaciones, fue incapaz de darlas. Debía enviar el cuento modificado a la imprenta y su dedo índice se detuvo en el aire.
Y decidió hacer clic en uno propio.
Ahora, consumado ese acto reivindicativo, convertido en volcán su pecho, sudando, mide las consecuencias del exabrupto. Tiene la certidumbre de que le llegará la gloria, el reconocimiento. Sus padres estarán orgullosos. La directora se verá obligada a cederle el lugar que pretendía ocupar ese chupamedias inútil incapaz de redactar coherentemente. Recoge su agenda, su saco gris, apaga la luz y cierra el despacho. Por fin se ha arriesgado a ser leído. No tiene miedo, la euforia le pone alas en los pies y se desliza hacia su casa. El mundo sabrá quien es Mauro Quiroga. Puede ver ya sus libros en las vidrieras, comprados masivamente. Imagina las entrevistas en la televisión, los viajes a congresos, probablemente una cátedra, una nominación al Nobel de la Literatura, de aquí a unos años...
A la mañana siguiente, sobre su escritorio hallará un ejemplar de la revista, la abrirá en la página diez y con cara de espanto verá impreso el texto original de Mastropiero Buenaventura. Y a un lado, en un sobre a su nombre, la notificación de despido.


Tomado de http://nanimr.blogspot.com

Elixir - Sergio Gaut vel Hartman


Cuando el extraterrestre llegó estábamos comiendo el postre, o más bien debería decir que jugábamos a comerlo. Diana cortaba trozos de durazno, de melón, de ananá y me los ponía en la boca. Yo la besaba y el jugo de las frutas se derramaba por la barbilla y los pechos de ella, lo que permitía que mi lengua la recorriera con movimientos morosos, lánguidos. Otras veces, deliberadamente, dejaba que un bocado rodara por el cuerpo de mi amada para tener una buena excusa y explorar aquellos rincones en los que el manjar podría haberse refugiado. Diana reía; yo la abrazaba con fuerza hasta que sus carcajadas se extinguían sumergidas en tenues jadeos.
Pero el extraterrestre carraspeó, o algo parecido, y no vimos obligados a detener nuestra fiesta.
—¿Qué quiere? —dije por fin, de mal humor.
—Señor, humano —dijo el cetiano, acentuando el tono dramático de sus intervenciones—. Señora, humana. El tiempo ha terminado. Ustedes ya lo saben.
—El mejor momento —lloriqueó Diana.
—Es el momento exacto —dijo el cetiano—. No hay otro.
De mala gana, nos tendimos en los sillones de extracción y ni siquiera tratamos de cubrir nuestra desnudez. Para esa criatura eso no tenía ningún significado. Mientras un rayo azul bajaba del techo acristalado, el brillo apagado del otoño se plegaba sobre sí mismo en el parque, demorándose en el espirituoso licor que goteaba de los álamos y formando un abanico dorado bajo la glorieta. En ese paraíso habíamos vivido prisioneros durante los últimos dos años. Cuando las agujas terminaron de absorber la esencia del amor, una dolorosa laxitud se desplegó por los bordes de nuestros cuerpos. Sentí el vacío y supe que, como siempre, a Diana le ocurría lo mismo. Recomenzaba el ciclo; mi vida, la de ella, sería un largo infierno, pasarían semanas antes de que pudiéramos volver a tocarnos. Pensé en el inmundo cetiano, ese ser corrupto que se inyectaba el elixir de nuestro amor, e imaginando imposibles venganzas, me quedé dormido.

Velocidad Límite - Héctor Ranea & Javier López


Se oyen disparos en el tren bala. Nada extraño, teniendo en cuenta que en el convoy viajan estudiantes de física. Tienen la costumbre de disparar su pistola fotónica con retardador de la velocidad de la luz, cuando nadie los observa, y atravesar una mampara en la que un único agujero ha hecho sospechar más de una vez a los revisores de que algo extraño ocurre. Incluso Diego, el revisor de los fines de semana, ha estado a punto alguna vez de llamar a la policía. Pero luego ha pensado que nunca se denunció un herido en el tren, ni se observan señales de violencia. Así que no está seguro de si el agujero es de bala. Los estudiantes siempre disparan de la misma manera, montan el arma sobre un trípode de alta precisión y el impacto está matemáticamente calculado. La misma distancia, el mismo ángulo y la velocidad sólo centímetros por segundo superior a la velocidad del tren. De esa manera pueden ver desde afuera sus cómplices, que la bala recorre el tren como en ralenti, impacta sin demasiada fuerza en el panel metálico forrado de vinilo y apenas logra perforarlo. Pero hoy eligieron enviar la bala con más velocidad para probar ciertas teorías sobre colisiones y, a la vez, medir la velocidad de la luz en el tren en movimiento. Así que evitaron el retardador. Y algo va a provocar que, justo en el momento del disparo, el conductor frene. Un nuevo enlace en la vía ha hecho que cambien las señalizaciones y el sistema informático aún no está actualizado. Obligado por las circunstancias, el motorista toma el control manual y anula los sistemas de ayuda. Ahora él tiene el mando. Los jóvenes afuera rápidamente notan que algo va mal. La bala se acerca a la cara anterior del vagón a mucha más velocidad de la estipulada. ¡Esta vez sí es un verdadero disparo!. Pasa limpiamente por el agujero habitual y continúa su trayectoria. Ahora se acerca peligrosamente al puesto de conducción. Diego había comentado al conductor esa noche sus sospechas, por lo que éste había instalado una cámara y ya los había visto manipular el arma pero, ante esta eventualidad, era consciente de que la bala se aproximaba a su puesto con el resultado obvio de que le atravesaría el cráneo si no podía acelerar el tren a la brevedad. Logró que el tren pasara el enlace con el tiempo justo como para imprimirle la velocidad de la bala fotónica, la cual no podía, entonces, alcanzarlo, según cuentan los muchachos en el andén. Pero todo el viaje sintió espeluznado cómo el proyectil iba calentándole la nuca. El conductor, se dice -pero se sabe cómo son estas historias de engañosas- ante la imposibilidad de reducir la velocidad so pena de perder su cabeza, no pudo parar ni, frenando, esquivarla. Los estudiantes, por supuesto, desaprobaron física. El viaje se convirtió, según cuentan, en uno sin fin y sin retorno. El tren bala vaga en algún confín convertido en tren fantasma. A veces oficia de tal en algunos parques de diversiones. Es difícil subirse a él en movimiento, sin embargo.

La última soledad - Antonio J. Cebrián


Estoy tumbado. La penumbra envuelve la habitación. En la pared de enfrente, una pequeña galería de madera sujeta las cortinas de gasa transparente tras las que se esconde una diminuta ventana ahora cerrada. Están quietas. Que diferente cuando en las sofocantes tardes de verano, la ventana entreabierta dejaba pasar la luminosa claridad del sol que, afuera, derramaba su aliento abrasador sobre piedras, muros y parajes; mientras dentro, en la fresca penumbra, una suave brisa las hacía ondear silenciosamente. Ahora la ventana está cerrada. Hundida en el grueso muro de piedra, parece desprender oscuridad, como si a través de los resquicios de la madera agrietada se deslizara la negrura de la noche que afuera, lo impregna todo como tinta derramada.
Por la puerta de la habitación, casi cerrada, penetra una luz intensa, amarillenta. Tras ella, un grupo de personas cuchichea. Se escucha algún sollozo lejano y el monótono rumor de una oración. Me gustaría tanto estar con ellos, compartir su tristeza y dirigir de vez en cuando una mirada de soslayo hacia la puerta entornada, mezcla de miedo y curiosidad...
Pero no puedo. Porque hoy soy yo el objeto del miedo, y en mi caja de pino -mi última y póstuma posesión- tan solo cabe el silencio, la soledad que embarga las cosas en la noche cuando no hay nadie, la soledad de quien ya no tiene ni la compañía de sí mismo... la última soledad.

La llama del amor - Miguel Dorelo


Lucía, Ricardo y una brillante historia de amor. Cuando se conocieron, él supo que esa mujercita era lo que había estado esperando durante todo este tiempo. Quedó deslumbrado desde que la vio, parada en medio de la avenida entorpeciendo el tránsito junto a sus compañeros activistas, todos ellos enfundados en sus trajes de bombillas eléctricas y enarbolando grandes carteles en donde se podía leer “las lámparas de bajo consumo son el futuro: súmate”. Él cruzó y ella le entregó un volante, a la vez que le hablaba de la peligrosidad de las lamparillas incandescentes. En ese preciso instante, Ricardo comprendió que Lucía sería el faro que de ahora en adelante alumbraría su camino. Se enamoraron rápidamente, fue como un destello que les hizo ver todo más claro. Las siguientes semanas fueron realmente luminosas.
—Cuando estoy con vos siento luciérnagas en la panza y veo lucecitas de colores —acotaba ella con un brillo especial en los ojos.
—Mariposas, querrás decir —corregía él.
—Mariposas también, mi amor —sentenciaba ella.
El idilio duró muchos meses. Iban juntos a todos lados; a la exhibición de fuegos artificiales en Puerto Madero, al show de rayos láser en la costanera, se extasiaban con la caída del sol o muchas otras veces suspiraban al unísono al amanecer cuando éste asomaba sus primeros rayos entre los edificios. Estaban destinados a ser el uno para el otro sin ningún tipo de dudas. Él tuvo una infancia feliz. Era fanático de las historietas y su héroe preferido, Linterna Verde lo había acompañado en miles de aventuras; en su juventud, solo un hecho fortuito había empañado en algo toda esa felicidad, cuando recorriendo como mochilero Sudamérica había sido secuestrado por equivocación por Sendero Luminoso. La infancia y adolescencia de ella estuvo alternada por buenas y malas; no la pasó muy bien cuando su padre fue despedido de la fábrica de tubos de neón, pero por suerte su madre se hizo cargo del mantenimiento del hogar cuando entró a trabajar en la Cooperativa Eléctrica del pueblo. Finalmente se casaron. Lucía en su vestido de novia estaba resplandeciente y Ricardo exhibía con orgullo una sonrisa de cien vatios. Luna de miel en Paris, la hermosa “ciudad luz”, por supuesto. Quiso el destino que fueran bendecidos por el Áurea Divina del Señor con el nacimiento de una adorable niña a la que llamaron Clarita. Los años pasaron, con luces y casi sin sombras pero, el tiempo que todo lo desgasta, fue apagando poco a poco la llama del amor. Todo se volvió rutinario y anodino; digamos que el horizonte, antes diáfano, se estaba cubriendo con espesos y oscuros nubarrones. Los acontecimientos se fueron precipitando y a medida que en la usina de sus almas mermaba la producción de energía, nuevos cortocircuitos hicieron eclosión en la vida de la otrora feliz pareja. Ricardo comenzó a padecer una incipiente miopía y Lucía a sufrir de cataratas. No tardaron en llegar los problemas económicos y los padecimientos materiales, hasta que finalmente la abultada boleta de consumo eléctrico correspondiente al último mes, que no habían podido saldar, terminó por ensombrecer, en todos los sentidos, sus existencias. Pero, en nombre de todo aquel pasado luminoso, la vida les ofrecía una oportunidad única: Clarita podía ser el generador que les devolviera aunque fuera un poco de aquel fluido; por y para su hija adorada, intentarían reactivar los circuitos del cariño.Intentaron, en primer lugar, revivir aquella pasión de los primeros años, pero rápidamente comprobaron que la famosa “energía orgásmica” de Wilhelm Reich era un mito. Quizás el tiempo los había mimetizado de tal manera que se habían convertido en “polos iguales”, con el consecuente rechazo que esto genera.Todo lo intentaron, pero no había nada que hacer, al amor de 10.000 vatios, el tiempo lo había convertido en el tenue y patético resplandor de una vela de misa ya gastada. El golpe final, el apagón definitivo lo recibieron esa madrugada cuando Clarita, ya adolescente, entró a la casa que aún compartían, vestida de negro, con dos aros en su párpado izquierdo y un gran alfiler de gancho en su mejilla derecha; se había convertido en una joven Dark. Desde algún lugar misterioso comenzó a sonar “Paranoid” de Black Sabbath.

Tomado de http://lacuentoteca.blogspot.com/