—Señor Fernández, por favor... yo le juro que... no fue mi intención —balbuceó Justo Rodríguez corriendo tras su jefe, que caminaba velozmente, a un paso que cortaba la respiración.
—Es usted un cretino, Rodríguez, pero se acabó. Tome usted sus cosas y lárguese —espetó Fernández de manera tajante.
—Le prometo que... —La frase fue interrumpida por un portazo en las narices de Justo, quien cabizbajo se dirigió a su escritorio.
Mientras metía en una cajita de cartón sus pertenencias, recordó los empleos perdidos. La palabra “despedido” era ya una vieja amiga. Todo por culpa de su bocota. No... mejor dicho, por culpa de las palabras. Eran ellas quienes acudían sin ser llamadas. Llegaban y se escondían entre sus dientes. Luego, aparecían de manera sorpresiva.
Recordó a Lulú, la primera a la que besó. Vivía en provincia y la relación se mantuvo los primeros meses por vía epistolar. Un buen día, durante las vacaciones de verano, el tío Eugenio lo invitó a acompañarlo a Salamanca, donde cerraría un negocio. Apenas lo supo, tomó el teléfono y llamó a la novia. Mientras el teléfono sonaba, las palabras comenzaron la travesía. Treparon por la epiglotis, desplazándose como una tropa enemiga hacia la lengua de Justo.
—¿Hola? – respondió una voz atiplada.
—Hola, Lulú. Soy Justo. Mañana viajaré a Salamanca. Salgo en el autobús de las nueve —dijo.
—¡Qué sorpresa! Nunca me contaste que tuvieras planes de venir —respondió la chica, entre nerviosa y emocionada.
—Bueno, cuando tu madre y tú vinieron a México, ella me dijo que las visitara, que me esperarían con las piernas abiertas —dijo, percatándose de que las palabras capitaneaban el barco y pensaban hundirlo.
—¿Qué has dicho? —preguntó la chica.
—No, no... quiero decir que ella dijo... me invitó y dijo... que me esperarían —se detuvo, tratando de recobrar el control de la situación—, que fuera a Salamanca y ustedes...
—¿Qué? —volvió a inquirir Lulú, con una voz que era ya casi un graznido.
—¡Que me esperarían con las piernas abiertas! —repitió, buscando en vano la palabra “puertas”, que había sido amordazada por las malignas, colocando en su lugar la palabra “piernas”.
—¡Imbécil! —gritó Lulú, ahogada en llanto.
Y ese fue sólo el principio. Un año más tarde, al presentarse en su primera entrevista de trabajo, tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no dejar escapar alguna estupidez y casi lo logra. En el último minuto, cuando el entrevistador estaba a punto de contratarlo, las palabras organizaron un complot relámpago y lo empujaron al precipicio. Conseguir su primer empleo fue una labor titánica.
Cuando al fin lo obtuvo, se propuso pasar inadvertido. Sin embargo, no le fue fácil. En la oficina donde trabajaba, había un compañero apellidado Calvillo. Era un hombre regordete, de mejillas sonrosadas. Se encargaba del archivo y a diario visitaba los escritorios para recoger papeles. Un día se acercó a Justo y preguntó si tenía documentos para archivar.
—Aquí tiene... —dijo, tratando de economizar palabras. Pero ellas burlaron la vigilancia. Cuando Calvillo se retiraba, Justo completó la frase—: ...señor Gordillo —dijo.
—Es Calvillo, compañero —dijo el gordo, tratando de disimular la antipatía que le punzaba el vientre.
Ese día, Justo decidió evitar a toda costa el trato con los jefes. No deseaba perder el empleo. Gracias a eso, todos lo tenían por callado, taciturno, reservado, discreto... menos Calvillo, que le había retirado definitivamente el saludo.
Pero las palabras enloquecieron. Ya no sólo le hacían decir barbaridades, sino también pensarlas. Justo no podía sostener siquiera un diálogo interno. Tergiversaban todo, haciéndolo sentir miserable. Aquello no era vida.
Una mañana, se levantó y se sentó en el borde de su ventana. Pensó un buen rato y luego tomó un bolígrafo. Sobre la pared de su alcoba, escribió lo que sería su epitafio.
En su cabeza, había hilvanado el siguiente mensaje: “Me marcho. Nada tiene sentido.”
Al día siguiente, cuando la enfermera lo encontró colgado, no se sorprendió mucho. Pero apenas miró la pared, se sintió conmovida. Sobre ella, Justo había garabateado algo indescifrable. Una serie de líneas encontradas, torcidas, que formaban una especie de signos extraños e incomprensibles, como las palabras que repetía una y otra vez desde que había llegado por su propio pie al psiquiátrico.