De pura fe - Teresa Dovalpage


La chica se llamaba Ellen y era ingenua, rubia y tejana. Todavía no había salido del aeropuerto de La Habana cuando ya estaba preguntando por cierto babalao a quien le habían recomendado como el mejor de todos. Un santero que curaba hasta el cáncer, vaya. Y como cáncer era lo que tenía su padre, desahuciado ya por las eminencias gringas, la chica había viajado en busca de remedio a la isla caribeña.
No encontró al babalao que buscaba sino a otro que se presentó, muy profesionalmente, como Miguel Melao, hijo de Oggún. “Mijita, yo curo incluso el SIDA,” le dijo. Con gran prosopopeya entregó a la tejana un preparado de agua del pozo, yerba mala y tierrita del patio de su casa. Los mil dólares que les soltó la gringa, agradecida, sirvieron a Melao y su familia para vivir un año. En cuanto al padre de Ellen, se tragó el menjurje de un sorbo y a las cuatro semanas estaba en remisión.

Catoblephas Toleti - Laura Coton


En la arqueta de terciopelo y hierro dorado, actualmente expuesta en el Ochavo de la Catedral de Toledo, donde se dice llegaron las reliquias de la santa mora —c. 1600—, se encontró una carta de quien confiesa haber sido natural de Toledo y monje franciscano del monasterio de San Juan de los Reyes. El tal monje, que firma como Pedro , asegura haber hallado una pequeña bestia en el pozo de agua de dicho monasterio, de piel “suave como de cerdo recién parido, y de su misma color”, cuya pesada cabeza hacía caer el cuello de tal modo que sus ojos sólo vieran hacia el suelo. 
Según la descripción, el animal podría asimilarse al llamado catoblephas, en Plinio, Solino y otros, o sannâjat en el Nuzhat. Lo que lo distingue de éste es su tamaño, ya que según Pedro, llevó este animal en brazos hasta la vista del prior, quien tomó la cabeza de la bestia entre sus manos para verle los ojos, y súbitamente cayó sin vida. 
Por otra parte, el detalle que hace Pedro del cuerpo de la bestia es asimilable a un primate, quien sólo apoyaría sus manos para caminar en virtud de la carga que “el enorme testuz impone a su osamenta”. El monje se esfuerza por brindar la mayor información sobre el hallazgo: “al tocársele, la bestia daba voces de niño desasosegado, que a cualquier que no hoviesse toronja por oreja o piedra por corazón, metíale dolor en el alma”. Dice haberle ofrecido berzas, un caldo de cuaresma, alguna fruta, leche de cabra y hasta cordero. Ningún alimento quiso tomar, y Pedro duda si esto es “por no convenir a su naturaleza o por tristura que el animal traía consigo” 
Luego de cinco días y tres muertes, y ante la falta de consejo, los hermanos decidieron devolverlo al pozo, pero ya desfalleciente y con la piel “agostada, como de quien está amigo de la muerte”. La carta forma parte del Archivo Capitular de la Catedral.

Metamorfosis doméstica XI - Mónica Angelino


Entré al baño; me estaba lavando la cara cuando el grito me sorprendió.
—¡Quedate ahí, no te muevas!
¡Qué sobresalto! Me erguí bruscamente y di con la frente en el botiquín. ¡Ahora parezco un unicornio! Giré mi cabeza, tocándome la frente, para ver de quien era esa voz tan imperativa, y ahí estaba, frunciendo los pliegues, la señora cortina. 
A continuación, empezó a recriminarme que “estaba agotada de tanta lluvia”. La sacaba un rato al sol o dejaba que la próxima vez se mojara todo el baño.
Ante esa amenaza, ¿qué podía yo hacer? ¿Tengo que dejar que me falten así
el respeto? ¿Cualquiera puede gritarme?
Pensé en eso de “dejar que se moje todo el baño”.
No es una amenaza cualquiera, así que, para no perder “mi autoridad” exclamé:
—Muy bien señora o señorita; ¿así que sol, eh? Muy bien, te voy a sacar a tomar sol pero, ¡será porque yo quiera, no porque vos me grites! ¿Está claro?

Apalabramar - Nanim Rekacz


Estaban desnudos en la cama, una vez más.
Sábanas de seda borravino erizaban el vello a cada movimiento, produciendo estática.
Ella era nívea y su cabello formaba un bosque umbrío. El, en cambio, era un aceitunado macho de pelo cual trigal pronto para la cosecha.
Estaban desnudos en la cama, una vez más.
Y una vez más, como otras veces, él deslizaba las yemas de sus dedos por la piel virgen, delineando vocablos amorosos, relatando viajes fabulosos, describiendo paralelos y bifurcados universos. La recorría milimétricamente sin omitir un lunar, se suspendía una eternidad en los gemelos promontorios de su pecho generando tumultuosas erupciones, despertaba temblores subcutáneos e imprimía sellos bilabiales en las comisuras ocultas.
Estaban desnudos en la cama, una vez más.
Las frases enigmáticas se acomodaban en las hendeduras, las reveladas verdades hallaban su lugar en medio de la frente y el rostro ¡ay, el rostro! se iluminaba de estrellas visitadas en aciagos días de desencuentros.
Pero ya estaban ahí, una vez más.
Ella, nevada y pura, hoja en blanco para sus trazos más audaces, sus secretos vergonzosos, se dejaba y rodaba sobre sí misma, ofreciendo la curva de su espalda y la grieta fantasmal de sus nalgas impecables.
La nuca le brindó una página virtuosa y la planta de los pies, le hizo describir caminos turbulentos y misteriosas sendas de espejos quebrados. Halló música en la espiral de sus oídos, y le contó de Brahms y de Solari y de sueños robados, de escarchas, de escaramuzas y bicéfalos.
Una vez más, estaban desnudos en la cama, y ella se dejaba. Y él la recorría incansable, con las yemas vocales, con las uñas marcaba las palabras en un mapa intrincado, exuberante, un tatuaje infinito de ficciones.
Ella siempre había estado ahí, pensaba. Había sido la habitante escurridiza de su imaginación, que se le bosquejaba en múltiples personajes sin llegar a atraparlos del todo. Nunca había podido nombrarla, hasta ahora.
Y al nombrarla, se había extendido en el lecho borravino, ofreciéndose impoluta a su verborragia sin límites.
Una vez más, satisfacieron el rito; él sublimaba al entretejer sus tramas y ella gemía al percibir los sustratos, los significantes, los significados, los referentes cruzados y otras aliteraciones en su piel ahora cubierta, cada vez más envuelta en signos.
Cuando no quedó más espacio donde hilvanar códigos ni hueco sin profanar con símbolos ni debajo de las uñas, ni en el sutil origen de la lengua ni en la minúscula península del clítoris, receptor de extraordinarias trasgresiones, se detuvo.
Observó su obra maestra.
La dama nívea estaba oculta bajo el tejido infinito de las infinitas posibilidades de su discurso silencioso.
Entonces ella lo tumbó de espaldas. Observó la epidermis de aceituna, el trigal de su pelo, el rostro de quien ha ido y vuelto muchas veces y las yemas de sus dedos, que olían a sudor y a sangre y a jugos interiores.
Estaban ahí, una vez más.
Pero distinta.
Quieto él, mudos sus índices y sus medios y sus anulares y sus meñiques y sus pulgares. Mudo y desnudo y de espaldas en el lecho.
Entonces ella, se sentó en su bajo vientre, y fundiendo mirada con mirada y sin mediar palabra alguna, dibujó, sobre el pecho latiente, un infinito.

Una noche particular - Nedda González Núñez


El hombre sintió una opresión en el pecho. “Nada importante”, se dijo para conjurar el miedo, mientras repasaba la monotonía de su vida solitaria.
Hacía tiempo que sus padres habían muerto y no tenía pareja ni hermanos; ni siquiera una mascota. Conversaba lo imprescindible con sus compañeros de trabajo, y apenas se saludaba con sus vecinos más próximos.
Aunque mañana fuera domingo, tendría que presentarse a trabajar. La mujer del franquero había dado a luz, y no había quien pudiera reemplazarlo. Intentaría dormir más temprano que de costumbre.
Decidió buscar el sueño esquivo, leyendo alguno de los viejos libros que habían quedado arrumbados en el baúl del tío Enrique, el que desapareció misteriosamente años atrás. Había sido el único viajero de la familia y también la oveja negra, según decían sus padres persignándose cada vez que lo nombraban.
Sin demasiado entusiasmo, tomó uno al azar. Su tapa estaba tan desgastada y carcomida, que apenas podía adivinarse sobre ella la imagen de una criatura monstruosa, una especie de insecto oscuro y repugnante. 
Enseguida presintió que esta no sería una noche como todas. Sabía que era difícil tener dominio sobre las potestades nocturnas, y que actos que eran comunes y sencillos a la luz del día, podían transformarse en rebeldías de la conciencia, en sueños descabellados al mando de los deseos, o hasta en ritos inconfesables.
Tal vez por eso no se extrañó cuando el mismo viento que agitaba las cortinas con aparente inocencia, trajo jirones de sombra que llenaron la habitación de mariposas negras, de filosas filigranas, de nítidos perfiles de ángeles oscuros.
Entonces cambió de idea y, dejando el libro al lado de la cama, apagó la luz del velador. Durante un rato se dejó perder perezosamente entre algunas imágenes cotidianas, hasta que fue sobresaltado por un murmullo ininteligible, por una voz sin dueño. No había nadie más que él en la habitación y, aunque no alcanzaba a entender el lenguaje, pudo percibir claramente una amenaza. Se le erizó la piel; un sudor frío se condensó sobre su frente, y el corazón comenzó a desbocársele.
La amenaza crecía sin nombre ni forma, hasta invadirlo por completo. Quiso gritar, pero un tentáculo de oscuridad le apretó el cuello. Estiró la mano hacia el velador pensando que la luz podría salvarlo, y un aguijón inesperado le hirió el dorso de la mano. Un veneno frío comenzó a extenderse por su brazo, hasta llegar al corazón indefenso que se contrajo dolorosamente, y dejó de latir.
Lo encontraron muerto el lunes por la mañana, en su habitación cerrada por dentro. Al lado de la cama había un viejo libro con una tapa repulsiva, que fue guardado junto a los otros dentro del baúl.
Con el tiempo, el portero del edificio lo envió a una biblioteca de huérfanos, junto con algunos muebles y adornos que habían pertenecido al difunto. Pero la celadora, una mujer práctica y nada curiosa, decidió quemarlo con todo su contenido. Le pareció que los libros eran demasiado viejos y extraños, como para prestar alguna utilidad a la institución.
Después de las pericias los expertos convinieron en que la muerte había ocurrido a causa de un paro cardiorrespiratorio. Pero la marca oscura alrededor del cuello, y un diminuto orificio negro en el dorso de la mano, dejaron en el aire un signo de interrogación, que nunca pudo ser despejado.

Una pizca de rojo - Ann González


Era nuestra tercera cita, o quizás la cuarta. Habíamos hablado muchísimo. Sabía que a Kathy le gustaban los libros, el arte, el cine y el chaparral en las ondulantes colinas de Laguna. No estaba para nada interesada en los deportes o las computadoras; se inclinaba hacia lo femenino y yo hacia lo masculino. 
Ella quería ir al parque de diversiones, pero yo no estaba seguro de por qué. 
—¿Querés dar una vuelta en la montaña rusa? —Me imaginé a mí mismo pasándole un brazo por encima del hombro, como su caballeroso compañero de silla. 
—No, gracias. No me gustan los paseos que causan pánico —dijo. 
—¿Qué te parece el Túnel del Amor? —No pude evitarlo, mis cejas se elevaron y descendieron en una ridícula mueca de lujuria. 
—No. —Kathy entrecerró los ojos. 
—¿Quieres un copo de azúcar?
—¡Aj, no! —Se rió—. No te gustaría estar cerca de mí después de haberme comido un copo de pura azúcar. 
Somos diferentes, ella y yo. Su interés por el parque de diversiones parecía centrarse en los corralitos con corderos, los rebaños de cabras, los enormes zapallos y los tomates gigantes; el mío en el miedo y la caballerosidad. 
Continué buscando un común denominador. Caminamos por entre los quioscos de sabores tomados de nuestros dedos meñiques. “Haciendo ostentación”, dirían algunos. 
—¿Qué tal un juego? ¿Puedo ganar un animalito de peluche para ti? —Me vi a mí mismo regalándole un enorme Tuffy el Tigre... demasiado grande para caber en el auto, demasiado grande para esconderlo en el ropero, demasiado grande para acarrearlo y, como yo era intensamente orgulloso, fingí que en realidad no quería ganarlo, aunque, irónicamente, en verdad creía que podría hacerlo. 
—Seguro, juguemos a algún juego. —Me soltó la mano.
—¿Qué te parece éste? —Señalé el mostrador repleto de rifles. Pequeños blancos de papel con una estrella roja en el centro ondulaban en la brisa. De mayor importancia, los blancos con los enormes tigres de peluche se arracimaban en el techo.
—Está bien —me dijo.
Le pagué al dueño del puesto los cuatro dólares, dos por persona, y levanté un rifle para dárselo a Kathy. 
Ella tomó el rifle, pasó el brazo a través de la correa, enrolló la correa por detrás del hombro usando una técnica especial de combate, descansó los codos sobre el mostrador, separó las piernas y apuntó mirando a lo largo del cañón del arma. Parecía un miembro de las fuerzas armadas de élite.
—¿Qué? —me preguntó, porque yo me había quedado clavado mirando el arma en mis manos.
—Nada, nada. —Traté de imitar su postura, con el sudor empapándome el cuello.
Comenzamos a disparar. Su estrella regresó con un diminuto resto de color rojo. Se necesitaba una lupa para verlo, pero el puestero lo golpeó dos veces y gritó: 
—Rojo. Todo rojo. —Yo coloqué una bala o dos a través de la estrella y varias a través de los tigres en el techo. Por lo que sé, los maté a todos.
En una sola ronda, la línea divisoria entre lo masculino y lo femenino, antes sólida y clara, era ahora nada más que una pizca de rojo en una estrella vacilante.

Título original: A Hint of Pink
Traducción del inglés: Norma Dangla.

La brisa en el trigo - Susana Cella


Te voy a partir en mil pedazos tus casilleros, quisiera decirle ahora mismo que anda dibujando en un papelucho un horario. Ha dicho hace un rato "ma sí" y el asco que me producen esas dos palabras es mayor que si me vomitara encima. Me doy cuenta de que mi paciencia es infinita, si es que abarco la idea de infinito, y aunque más no fuera aproximativamente, mi paciencia es sublime, enormísima, muda y llega a emocionarme. No se me escapa que pudiera verse de otro modo y que esta quietud y tolerancia sean solamente cobardía, flaqueza o desidia. Pero si me enfrento valientemente a esta disyuntiva, cómo sería yo cobarde. Es más fortaleza lo que se necesita para resignarse a una estupidez en grado casi absoluto que para cortar de un golpe seco con tal situación. Tampoco se trata de mi natural aversión a la violencia. Un obstáculo puede eliminarse sin ruido y sin contorsiones. Si me viera en la disyuntiva de matar a alguien no sería derramando sangre, me espanta y revuelve el estómago. Un veneno tranquilo me parece la mejor arma. Pero no la empleo, con eso demostraría que mi paciencia no fue infinita o por lo menos extensísima, menos soportaría las subsiguientes molestias de cargar con un muerto y todos los derivados sea que se considere muerte natural o no.
Me aquerencio en los lugares, de modo que no podría, sin gran sufrimiento, abandonar esta sala mía, mi cama, mis ademanes cotidianos habituados a los lugares de las cosas, la disposición de la luz y la sombra al paso del día y en la noche, el color de mis pertenencias, la textura de mis muebles y paredes, sus alturas consabidas, el camino igual desde aquí hasta el corralón, el corralón, los materiales apilados. Entonces no me voy a ninguna parte. El mismo lugar y cada cosa en el suyo me hacen gusto y los conservo por eso. Me consuela habitar dentro de algunos libros, La brisa en el trigo, por ejemplo, que estoy leyendo ahora.
Sería de mi parte un tanto escandaloso y poco cortés echar a esa mujer a la calle con su hato de basuras. Además, qué efecto le produciría el repentino cambio. Podría llegar a gritar y yo no lo soportaría. La desesperación o el lamento me perturbarían demasiado, también la remota posibilidad de que llegase a obedecerme sin chistar, entonces sabría a ciencia cierta que he sido burlado.
El desprecio, probado cada día, degustado hora por hora, es parte de mi rutina, y eso no se toca ni se altera. Creo que gracias a ella adquiero las virtudes mayores al modo de aquellos reposados santos que todo lo soportaban sin lamentarse jamás.

Hielo - Jorge Ariel Madrazo


Al caserón abandonado hay que aceptarlo como es. Una inmundicia de paredes chorreadas, letrina con costras, enchastres de mil generaciones. Y la ruindad levantando su cabeza en los yuyales y las baldosas podridas. Y el pozo, al que es inútil reclamar agua.
Y aquel olor.
Ni ganas daban de comer. Allí: en medio de los cadáveres.
Si la cosa cambió, fue porque Elisa trajo el hielo. 

Pedro se asomó al pozo, en el centro del tercer y último patio, creyendo que iba a ver el agua. Sólo vio negrura. A lo sumo aquello, moviéndose en el fondo.
Se le encimaron imágenes: roedores de la profundidad, murciélagos que hubieran canjeado su hábitat en Cueva de las Animas por las delicias de aquel pozo, sus entrañas llenas de restos pútridos.
Cuando Pedro terminó de inundar con formol el cuerpo del joven fanático de fútbol asesinado el domingo al cabo de lo que cualquiera supondría una discusión natural, a raíz de las incidencias del juego, Elisa lo había sorprendido. Al caer con el hielo. 

Los pantalones le chorreaban a Pedro como una lágrima, revelaban una indudable propensión rastrera. Porque, ¿por dónde, sino por sus pantalones, se ha de juzgar a un varón? Cierto: no era agradable eso de transportar a los fallecidos arriba de una carretilla: pegaban brincos, berreaban un tufo que ni le cuento. Por eso Pedro —los blancos bigotes llovidos, párpados de comadreja, evitando tragar pues se le hacía estar comiendo cadáver— reclama airadamente cuando los muertos son más de diez por quincena.
Y ni gracia le hace esta tarea que excede, en mucho, a las funciones estipuladas por el Estatuto del Auxiliar Necrofílico.
(Las jefaturas le ordenan obtener los cuerpos como sea. Sin reparar en medios. Y acondicionarlos conforme a las reglas, que enseñan cómo se los ha de conservar para las experiencias de laboratorio en el ex Instituto Malbrán, ahora "Centro de Investigaciones Reservadas Erich Priebke". O-ká. Pero, últimamente, la faena le insume sus buenas diez horas diarias. Promedio. De Elisa, ni recordaba el color de los ojos.)
Hasta que ella cayó, nomás, con el hielo. 

Pedro siempre había arrojado las vísceras inservibles al pozo, en el centro del último patio. En el fondo del pozo —accedió un día a explicarle el comandante— un enorme aspirador-reciclador de residuos especialmente importado daría cuenta de los restos humanos desechables; cartílagos incluidos. El agua ayudaría a la succión. Pero él nunca vio ni atisbos de líquido. Hoy ha vuelto a asomarse: sólo negrura. Más aquello, quizás, que repta en lo hondo. 

El arribo de Elisa, al volante de un camión cargado con containers rebosantes de barras heladas, tuvo la doble significación del reencuentro con la amada y de un drástico giro en las condiciones de labor.
Porque a partir de allí, los cuerpos retozarán sobre un colchón de icebergs casi indisolubles, gracias al conservante ad-hoc preparado por los laboratoristas de la Escuela Mariscal Roemmel. Ahora podrá almacenar, en el galpón destartalado y crujiente de telarañas, los cuerpos enteritos, bien distribuidos dentro de las parvas frígidas.
Para los órganos blandos, riñones, hígado, páncreas, bazo, y sobre todo corazón, Pedro y sus cómplices se han confabulado (el Lieutenant General ni sospecha) con la conexión mafiosa Berlín-Oruro-Parque Chas. Ya no los tiran a la negrura del pozo; los intermediarios han prometido el cinco por ciento de la reventa, un montón. Una catarata de oro lista para brotar, supuración benefactora, de aquellos despojos alguna vez bautizados Raúl, Juanita, Zoraida, Héctor.

Hasta que otra vez esos ruidos desde el pozo. He aquí que Pedro se asusta. Pega gritos como: —Eh, anda alguien allí abajo, si es una ánima vaya apareciendo, no temo a bestias ni bultos que se meneen, y si es un espía del señor Administrador General, sepa que no hice nada. Y además no hay pruebas.
Entonces salió. La Cosa. Con uñas, rodillas y hombros sangrantes por el esfuerzo. Sin aliento salió. Los colmillos: casi tan crecidos como el pelo, que le cubría los hombros.
Pedro supo, de golpe, que eran ciertos los rumores. El Lieutenant General había concebido un engendro que nadie nunca vio. Salvo Pedro, el entrometido. La Cosa se alimentaba con aquellas vísceras providenciales. Que cesaron de fluir. Y el hambre, el odio, son ya excesivos.
La Cosa, el infeliz opa enclaustrado en el averno, decidió cobrarse esa deuda. La próxima remesa de hielo le sirvió, también a Pedro, para no deteriorarse antes de lo debido. Elisa lo acomodó en el montón.

El símbolo - Bruno Henríquez


Las naves del enemigo se acercan otra vez a nuestra tierra, son inmensas, tripuladas por feroces guerreros, invencibles con sus corazas refulgentes y sus rayos. Destruyen nuestras ciudades y toman esclavos entre mis hermanos.
Yo aprendí toda la historia de mi pueblo, de dónde vinimos, como conquistamos las montañas y los ríos, dónde y cuándo vivió cada uno de los grandes hombres; conozco cada yerba de los montes y el nombre de las piedras, aprendí también el conjuro de los dioses y las fuerzas ocultas de las cosas. Sé fingir obediencia al extranjero y me dejaré llevar por sus naves a su mundo, para allí enseñar a mis hermanos el camino de regreso o quizás uno más largo
Ahora parto, soy prisionero entre corazas y rayos voy enjaulado como un animal salvaje rumbo a tierras extrañas. Frente a mí veo que el símbolo del dios del invasor tiene la misma forma de sus armas, las mismas que se clavan en la piel de mis hermanos, pero en el símbolo hay un hombre clavado de pies y manos, como para no caer cuando las olas del mar mecen las naves.

No voy a morirme de nuevo - Miguel Dorelo


Siempre digo lo mismo, lo sé.
Esta vez es en serio, me lo prometo. Morirme ya no me causa gracia.
He muerto no sé cuantas veces y si me apuran confieso que la mayoría de ellas, sobre todo en estos últimos tiempos, casi ni lo disfruté.
Mis primeras muertes fueron las mejores. Sobre todo en las vísperas. Planificaba al detalle: de qué me iba a morir, si mi agonía sería prolongada y si dejaba trascender o no la noticia de mi próximo deceso; adoptaba una enfermedad terminal y luego estiraba los límites lógicos de sobrevida asombrando inclusive a los más duchos de los facultativos. Tres meses, no más, pronosticaban. A los dos años yo seguía vivo. Milagro, decían las viejas. La ciencia no tiene explicación para esto, concordaban los médicos. Justo ahí, yo me moría. De hijo de puta nomás. Realmente gozaba a lo loco.
A veces me entretenía más con los preparativos y “el día después”; como quien no quiere la cosa dejaba deslizar: el día que me muera me gustaría que todos vistieran de rojo, que haya muchas violetas, que suene Pink Floyd durante todo el velatorio y que vos lo filmes para que no me olvides, le susurraba al oído a mi noviecita de turno. Dos o tres días después me moría en un accidente. Qué lástima, tan joven. Habrá que cumplir sus deseos. Después me las arreglaba para conseguir la cinta o el video. Pasaba horas viéndolo una y otra vez. Ver el propio velorio es algo que recomiendo entusiastamente; realmente es una de las mejores maneras de conocer a la gente.
Algunas veces me quedaba en el “escenario” como me gusta llamarlo (ya que después de todo lo mío es un arte), durante cinco o seis años sin morirme; me casaba, formaba una familia y luego “el acto final”, por lo general una muerte trágica, de las que dejan huellas en los deudos. Chapeau para mí. Aplausos. Una merecida ovación de pie. Mi actuación en esos años bien podría catalogarse de sublime.
Después, lo habitual; resucitar, cambiar de ciudad o país, adoptar una nueva identidad y empezar de nuevo a planificar mi siguiente muerte.
No todo era siempre igual. Más de una vez, luego de un tiempo prudencial y convenientemente caracterizado comenzaba a frecuentar a alguna de mis viudas. Es increíble lo frágiles y accesibles que suelen estar al poco tiempo de “la irreparable pérdida de mi marido”. Luego, en la cama, era frecuente que me contaran lo bueno que él había sido y cuanto les había costado hacer esto que ahora estaban haciendo. ¡Que hijas de puta! ¡Yo aún estaba tibio en mi tumba!
Alguna que otra vez, en uno de esos ataques de querer trascender que a todos alguna vez tenemos, mi muerte era heroica, salvando a un niño a punto de ser atropellado por un auto o como cuando fui bombero y rescaté a la embarazada del edificio que yo mismo había incendiado.
Pero, esto ya no me entusiasma. Quizás me esté volviendo viejo, aunque sé que esto no es posible. De todas formas la acumulación de años sobre mis espaldas ya significa un gran peso. Mi aspecto externo es el mismo desde hace muchísimos años, pero por dentro…
No voy a morirme más, está decidido. 
Realmente nunca supe bien como funciona esto, sólo que puedo morirme cuando lo deseo y de la forma que elija. De las horas que estoy muerto necesariamente para los certificados médicos y las ceremonias mortuorias, no guardo recuerdo alguno. He sido enterrado, embalsamado e inclusive incinerado (más de una vez yo mismo lo he pedido como última voluntad), pero siempre vuelvo y recuerdo todas mis vidas, pero nada de esas horas, como si despertara de un sueño profundo. Siempre estoy solo y con el mismo aspecto de antes.
Quizás si este —no sé si llamarlo don— estuviera en poder de otra persona, actuaría de otra manera, pero yo soy así, siempre hice lo que sentía sin analizar las consecuencias.
No todo son rosas; sospecho que en realidad no soy inmortal como podría suponerse y quizás este sea el principal motivo de mi decisión, no solo el hastío. En el fondo tengo mucho miedo de que mi próxima muerte sea la definitiva. Voy a pensarlo muy bien antes de volver a hacerlo. 
Si hay algo que realmente amo por sobre todas las cosas es, sin dudarlo, mi preciosa vida.

Terraformación - Ramiro Sanchiz


Imaginemos que en algún lugar del espacio conocido existe una ciudad no tan diferente del París decimonónico. En uno de sus barrios bajos o suburbios nos aguarda el Jardín de las Delicias, último refugio para todos los que se saben dominados por el deseo y la búsqueda baudeleriana de lo Nuevo, del último placer del cuerpo, la mente y quizá el alma. Un hombre es guiado a una tienda; debemos pensar que ha recorrido todos los planetas habitados encontrando una y otra vez lo mismo, en mínimas variaciones que ya no satisfacen su sensibilidad saturada, ardiendo sus nervios por alguna forma de verdadera otredad que le permita saberse en movimiento, saberse un ser viviente, saber que hay algo en el mundo que desafíe ese centro y límite que es su yo. La cortina se descorre y el interior mínimo y descuidado es iluminado por la luz crepuscular. En uno de los rincones hay una forma de vida alienígena, perteneciente a una de especie con la que jamás ha sido posible forma alguna de comunicación. Parece quizá vegetal, lo que en la tierra podría entenderse como una masa de musgo o de hongos; algunas porciones de su cuerpo se saben, se intuyen, incomprensibles, invisibles. El hombre se estremece y percibe un misterioso aroma en el aire. La criatura se ha movido, quizá incorporado, y él se acerca. Alarga una mano —quizá lo otro esté haciéndolo también— y toca la sustancia temblorosa. Una mano, la otra, la piel mutuamente expuesta. Está claro que la unión es sexual o tiende a alguna forma de sexo, pero de un momento a otro opera un cambio en el hombre. Lenta, dolorosamente, al principio como una forma de tortura y luego como una liberación, su desvaneciente conciencia de ser humano entiende que está obrando un intercambio, una sustitución: Pronto todo su pensamiento será el de la criatura, y entenderá cómo es ver y sentir el mundo desde su punto de vista; del mismo modo, un cuerpo que ahora es de hombre sale tambaleándose de la tienda, arrojado a ver el mundo con ojos humanos.

Cabría añadir: se ha dicho (pensemos que la tienda tiene un dueño, que ese dueño todos los días asiste el intercambio de una especie pensante por otra, que una noche en una cantina nos cuenta su propia historia en la que desliza estas palabras) que los intercambiados forman una unidad secreta y pasarán la vida buscándose, acaso sin saberlo, guardando ahora una meta, un grial en su interior, alma, corazón o mente. Podemos creer que algunos están muy cerca de lograrlo.

Los límites de la verdad - Carlos Suchowolski




—¿Cuántos dedos hay en esta mano? —preguntó el Interrogador al interrogado mostrándole su mano abierta con todos los dedos en abanico.


El interrogado vaciló. La rata fijaba en él los ojos desde la jaula en la que se encontraba retenida. Los separaba un pasadizo de metal de 30 cm que formaba con la jaula suspendida un único artilugio firmemente calzado con correas a la cabeza del individuo. Eran ojos desesperados y hambrientos que la empujaban con todo su peludo cuerpo contra la trampilla. La amenaza era evidente: el interrogado tenía que responder con absoluta corrección.


De repente, el instinto, que en otro individuo tal vez lo habría conducido a la catástrofe, iluminó su mente:


—Los que diga el Partido…


El rostro del Interrogador, que llevaba en sus hombreras estrellas de coronel y una etiqueta bordada con el lema de la policía política, no pudo evitar una expresión aprobatoria. El ceño seguía contraído pero una escueta sonrisa había alcanzado a formarse en la comisura izquierda de los labios. Al interrogado no se le escapaba nada, pero el Interrogador no parecía preocuparse por mantener ocultas sus reacciones. El esfuerzo debía ser sólo del sedicioso, que debía demostrar una conversión profunda, no necesariamente sincera sino funcional. Tenía que demostrar poder volver a ser útil, con lo que todos habrían ganado.


—… Los que el Partido considere que haya en esa mano… —reiteró con convicción el interrogado (¡era evidente que lo había comprendido!); y añadió con fervor sin dejar de vigilar a la rata—: Aunque haya que cortar los que sobren para que nadie diga lo contrario...


El Interrogador no pudo impedir un sobresalto y su esbozo de sonrisa se borró del rostro. El ceño se volvió enjuto, duro como la piedra, mientras, sin poder evitarlo, una mano envolvió los dedos de la otra:


—¿Cómo? —dijo estupefacto. Era la primera vez que escuchaba una insolencia como ésa.


El interrogado volvió la vista hacia la rata, que pareció haberse tensado. Se abrió un lapso de expectación. El Interrogador se preguntó si una situación como la que el interrogado había supuesto podía considerarse. “Sin duda”, se dijo… “por qué no…” Sin embargo, la respuesta sugería una falacia que luego, sólo luego, habría de tornarse cierta, y eso sí que no podía ser... “Hum”, se tranquilizó, “eso me basta”, y liberando sus dedos de la presión de su otra mano la llevó hasta la argolla que permitía alzar la trampilla que impedía el paso al animal.


—¡Lo siento…! ¡Debo considerar errónea esa respuesta! —dijo suspirando, y sin más tiró de la argolla dirigiéndose luego a la rata al ver que permanecía vacilante, incapaz al parecer de dar un paso hacia aquella monstruosa cara arrugada de mirada enloquecida… que no obstante olía a carne fresca—: ¡Venga, venga, vamos! ¡Come… devora… que nos ha fallado! —y dio un golpe en la parte trasera de la jaula para que hacerla reaccionar.


Al cabo de un tiempo que pareció un siglo, el alarido desgarrador que inundó la caja de la sala se silenció del todo.


—¡Error, error! —explotó entonces—. ¡Error, maldito cabrón: el Partido no tiene por qué dejar las cosas en ningún estado para nadie; al Partido eso no le importa en absoluto, y no tiene… no tiene razón alguna para llegar tan lejos…! ¿Cómo se te pudo ocurrir, maldita seas…? ¡Será posible el hijoputa…; qué se habrá creído el muy inútil; qué… se habrá creído!


Casi de inmediato, llegaron hasta los oídos del Interrogador los insistentes ruiditos del roedor que avanzaba sin pausa, abriéndose camino. Todo terminaba y entonces, más sosegado, el Interrogador se dejó caer sobre la silla. Tenía que reconocerlo, el maldito lo había decepcionado. Ahora había que concentrarse en el informe, y decidir qué poner… “Hum”, pensó, “Claro que pudo ser una provocación, pero esa hipótesis… me obligaría a decirlo todo, y eso no puede ser… No, no, no hay por qué andar sentando precedentes... Lo mejor es que se trate de un caso más de la habitual idiotez de los que dicen cinco cuando se les pregunta…” Y, reconciliado consigo mismo, se puso de pie y se encaminó hacia la salida mientras se volvía a frotar sus queridísimos dedos, esos cinco en cada mano que en absoluto estaba dispuesto a que le cortara nadie para que las cosas cuadraran.

Tarde de pesca - José A. García González


Se quitó una molestia del ojo, flotaba mucho polvo y cenizas en el aire de allí, extendió la caña, tomó impulso hacia atrás y arrojó el anzuelo lo más lejos que fue capaz. En las aguas más lejanas de la sucia costa nadan los mejores peces. Todos lo saben. 
Se acomodó sobre una roca dispuesto a esperar, mirando las olas, las descoloridas nubes, el atardecer, escuchando los rumores del mundo en su solitario rincón.
Levantó la vista, la tenue atmósfera se oscurecía, el sol se alejaba, se adivinaban las primeras estrellas en el cielo. Todo era, al mismo tiempo, similar y diferente a la… De un manotazo mató un mosquito que se había posado sobre su nariz.
No. Para nada diferente. Todo era exactamente igual, tan parecido, tan idéntico que debía esforzarse para recordar que el lugar en que vivía era Venus y no la desolada Tierra de sus abuelos.

Algo nuevo llega para quedarse - Rebecca Arcega


Hace un mes atrás, alguien se mudó a la casa que está del otro lado de la calle, un hombre musculoso y una chica con buena figura, que usa shorts demasiado cortos para nuestra vetusta ciudad.
A la segunda semana, oímos como la chica gritaba, mientras se podía escuchar el sonido de cosas que se quiebran al ser arrojadas sobre superficies irrompibles. La gente comenzó a asomarse a las ventanas, mirándose unos a otros a través de la oscuridad.
Al tercer día, uno de nuestros vecinos llamó a la policía. Vino un policía joven, conocido por su espíritu humanitario. Llegó y golpeó la puerta de la casa de la pareja, para luego retirarse, deshaciéndose en disculpas. Explicó que la policía no podía entrometerse, porque se trataba de un problema matrimonial.
No volvimos a asomarnos por las ventanas. Creo que ya nos hemos acostumbrado: algo se golpea, algo se rompe y ella grita.

Título original: Something New Comes to Stay 
Traducción del inglés: María del Pilar Jorge

La rueda - Ángel Arango



Esclavizados por la forma del pájaro, los hombres de la Tierra se atrasaron y no agotaron todas las posibilidades de la rueda. Es cierto que frecuentemente aparecen en sus libros menciones de naves interplanetarias extraterrestres del tipo oval o discoidal, acompañadas de descripciones más o menos precisas. Pero ahí está la prueba de su escasa imaginación y de la rigidez de su pensamiento: a pesar de todo siguieron construyendo naves ornitoformes, bien con las alas extendidas, o con las alas plegadas completamente —como los cohetes—, o con pequeñas aletas posteriores.
Su pensamiento, sometido siempre al fetichismo de las formas orgánicas y su escasa capacidad de abstracción —no obstante las discusiones que sostuvieron sobre el arte abstracto— les impidieron acercar proporcionalmente los puntos del planeta cuando ya era posible, en cambio, llegar a la Luna en unas horas. Un viaje a Venus o a Marte devolvía un caudal mayor en experiencia por el tiempo invertido que un periplo sin salir de la atmósfera terrestre.
A este respecto, es lastimoso que los terrícolas no hayan sabido aprovechar debidamente el símbolo que fue depositado en la antigua Mesopotamia por los viejos marcianos. Apenas pudieron hallar en la rueda un medio para moverse sobre superficies sólidas o para impulsarse sobre el mar. La poca importancia que le concedieron la refleja el hecho de que no fuera uno de sus símbolos religiosos destacados. En lugar de ella escogieron, por ejemplo, la cruz, que no tiene ninguna aplicación práctica o científica importante y que sólo es una expresión de inmovilidad, un concepto estático. ¡Qué natural hubiese sido comprender las posibilidades aeronáuticas de la rueda como resultado de toda la especulación provocada por la presencia de platillos voladores! Esto comprueba una vez más que los hombres de la Tierra se desarrollaron tomando recursos y conocimientos que les fueron prestados por razas extraterrestres y que cuando debieron hacer algo por sí mismos se perdieron en discusiones estériles.
Un cubo habitable inscrito en una esfera situada en el centro de un plato de plástico prensado. Y aprovechar la fuerza de rotación como motor. Nada más era necesario.
En las peores circunstancias, los platos habrían planeado su regreso a la superficie y hubieran saltado alegremente como aros antes de detenerse en alguna parte, evitando los catastróficos desastres de la aviación y la cohetería del siglo XX.
Lo más sorprendente es que precisamente uno de los juegos favoritos de los terrícolas en su niñez lo constituía lanzar discos de madera o aluminio a largas distancias, con un corto impulso. Fácil hubiera sido adivinar su mayor superficie de sustentación en la atmósfera terrestre en comparación con un cohete, que no es más que un gran tronco o un tótem. Un tótem fue para los terrícolas aquella forma del pájaro con las alas plegadas, especie de vampiro colgando de sus inteligencias.

Billar - Gilda Manso


El hombre abrió despacio la puerta del bar; todavía estaba un poco aturdido. Adentro, dos tipos fumaban y jugaban al billar en medio de una penumbra interrumpida sólo por pedazos de luz que se colaban por los resquicios del techo de madera. El hombre dedujo que eran dioses, en especial porque jugaban sin prisa.
—Me morí y llegué a este lugar —dijo con timidez, como quien da o como quien pide una explicación. Los tipos siguieron jugando pero le sonrieron de manera casi imperceptible, en un gesto que indicaba que, si bien no pensaban prestarle la más mínima atención, podía quedarse allí. Luego de un silencio incómodo, el hombre preguntó si le tocaba el cielo o el infierno.
—Usted viene del infierno —contestó con indiferencia uno de los tipos. La noticia inmovilizó al hombre por unos instantes. Eso explica muchas cosas, pensó al rato, cuando ya se había adaptado a la idea.
—O sea que ahora me toca el cielo, ¿no?
Los tipos se miraron entre sí, se rieron con disimulo y no contestaron. La bola negra se metió en un agujero esquinero. El partido había terminado.

El vuelo de la bestia - Sergio Gaut vel Hartman


Después de la muerte de Jorge anduve un tiempo juntando los recuerdos, como si fueran ropa sucia, y guardándolos en un canasto con la falsa promesa de sacarlos un día, lavarlos, plancharlos y usarlos, como una vieja camisa, gastada pero cómoda.
No funcionó. La tristeza era tan fuerte que terminé prefiriendo la fatal intimidad de los lugares que habíamos visitado juntos. Cerré la casa y partí hacia la playa, en busca de aquel instante de mágica zozobra, cuando sentados en las gradas de un improvisado anfiteatro, asistíamos a las acrobacias de la joven pareja. Acunados por la música perfecta y desolada del Indio Solari, aquellos chicos brillaban y volaban en torno a un armazón metálico, enredándose en lienzos de colores, cayendo hacia los abismos y ascendiendo de nuevo, como pájaros neuróticos. Así había sido aquel verano. Y ambos nos enamoramos un poco de aquellos acróbatas, rozando con los dedos los cuarenta años destejidos de la trama del tiempo. Así quería volver a verlos y recuperar un fragmento de mi amado muerto.
Tampoco funcionó. En la plaza había payasos, idiotas con guitarras y armónicas, jugadores de ajedrez, pero ellos no estaban. Tonta de mí, pensé. ¿Qué me hizo suponer que estarían en este mismo lugar, tantos años después, volando en pos de la misma bestia invisible? ¡Hay tantas playas!
Abandoné la plaza y caminé hacia el mar. El verano declinaba. Pronto comenzaría el éxodo; el desierto y el silencio ganarían la batalla. Me moví hacia el puerto, alejándome del centro, tratando de hallar a mi fantasma en la penumbra y tardé un momento en advertir al abrumado malabarista que revoleaba sus clavas con pericia pero sin voluntad. Nadie observaba su acto, y me pareció raro que siguiera lanzando y recogiendo, lanzando y recogiendo, en una repetición mecánica de la rutina. Pero de pronto se detuvo, recogió las clavas y me encaró directamente. 
—La estaba esperando —dijo.
—¿A mí? —Mi perplejidad era genuina. Nunca habíamos cruzado una palabra, no podía recordarme, yo era una más, perdida entre el público, hipnotizada por los giros y la música.
—Sí, a usted —dijo—. La bestia se llamó a silencio, ¿sabe? No logré sujetarla y ella cayó desde siete metros. Yo también me quedé solo, ¿se da cuenta?

La primera vez - Rogelio Ramos Signes


Cuando salí a la vereda ya estaba anocheciendo, me abroché el abrigo y saludé a la vecina que dejaba su bolsita con residuos al pie del naranjo, corroboré la hora (con dificultad) forzando la vista en la escasísima luz de la tarde, y subí al auto. Algo corriente, trivial si se quiere. Todo eso, unido a mi cóctel de fastidio y depresión, auguraba una noche terrible, una de esas noches que nunca terminan de pasar, que no logran acelerarse con alcohol ni con pastillas ni apelando a la ficción de lo imposible. Fue entonces que escuché el crac, el crac crac de algo que cambia de lugar, el crac (es un decir, por supuesto) de la máquina que pone en funcionamiento la pequeñísima utopía de alegrarse con lo poco que hay. Y me dije: ¡Fantástico! Esto es verdaderamente fantástico. Pensar que hoy (o sea ayer, 16 de julio) es la primera vez en mi ya larga vida que salgo a la vereda cuando está anocheciendo (siempre lo hice de día, o de noche, o al amanecer) y también es la primera vez que me abrocho el abrigo (caluroso como soy) mientras saludo a una vecina (suelo hacerme el que no ve a las vecinas, por pura timidez) justo cuando ella saca su bolsa de basura. Esto de las bolsitas de residuos siempre fue un enigma para mí. Sabía que alguien debía sacarlas, pero ¿quién?, depositarlas en el suelo, pero ¿cómo? ¿subrepticiamente? ¿mirando hacia todos lados como quien está por cometer un delito? Esto es maravilloso, me dije. Cuatro experiencias nuevas al mismo tiempo. Y más todavía porque, que yo recuerde, esa era la primera vez que trataba de mirar la hora con la escasa luz del atardecer, mientras abrochaba un abrigo e intentaba un saludo de pura cortesía. Cinco primicias. ¿Y el naranjo? Hasta entonces nunca había reparado en que el árbol que siempre desviaba mi paso fuese un naranjo. Seis primicias. Seis fantásticas primicias para un hombre desganado. Seis sucesos totalmente nuevos en un pequeño y fugaz momento. Sin poder salir todavía de mi asombro, encendí el auto y la radio comenzó a andar (como siempre sucede cuando subo al auto) al momento en que un locutor decía “un laboratorio medicinal con experiencia en el campo de la salud femenina”. Y, por Dios ¿pueden creerme si les digo que era la primera vez que escuchaba a un locutor decir “un laboratorio medicinal con experiencia en el campo de la salud femenina” justo cuando se encendía la radio? Sí escuché, en otras circunstancias, a alguien que decía “recibimos tarjetas de crédito” o bien “usted paga la primera cuota y se lo lleva puesto” o “la vitamina E fortifica el sistema nervioso” e incluso “ingrese a un mundo de colores para decorar con imaginación”, pero nunca nunca esa frase inolvidable. Tuve que parar el auto nuevamente y bajarme. Estaba emocionado y no me encontraba en condiciones de manejar casi de noche. A escasos 50 metros la gente se agolpaba para ver dos vehículos que acababan de destrozarse en un violento choque. Decidí entrar en mi casa nuevamente. Crucé la calle, la vereda, el pequeño porche, busqué la llave de la puerta y, mientras estaba introduciéndola en la cerradura, el señor Tuen Shong (el dueño de la tienda más próspera de la cuadra) me preguntó si no me interesaba ir a ver el choque; sin esperar mi respuesta, por supuesto. Mientras cerraba la puerta tras de mí y subía la escalera, me dije que aquello también era algo decididamente fantástico; era la primera vez en toda mi vida que el señor Tuen Shong me decía otra cosa que no fuese “compla compla compla”. Incrédulo me preparé una taza de café, que bebí fascinado; tomé un libro cualquiera, que leí automáticamente y, con el fondo de llantos, gritos y el ulular de las ambulancias, me fui quedando dormido.

Vida de artista - Héctor Ranea


El pelotón de fusilamiento ayudó esa madrugada a Teméntibo Zeballos a terminar su última pintura en las paredes. Ante los carajo vociferados por el mayor que ejecutó el asesinato sumario, las balas partieron a Zeballos. Tres balas le dieron, una lo mato. Esas dejaron en el muro blanco las manchas de color. Otras tres balas golpearon el muro, descascarándolo en forma de tres manchas grises cerca de las rojas. Las otras tres no llegaron a destino. Cuatro compañeros del fusilado lo depositaron en una fosa donde irían cayendo los que fueran matados ese día. Ellos serían los siguientes, por lo que sus lágrimas lavaron levemente el barro de las manos del artista. Porque el Timéntibo Zeballos era un artista.
Las balas dejaron manchas de a tres o de a cuatro por compañero fusilado. Al terminar un día que comenzó con la muerte de Timéntibo, la pared tenía manchas de todos los colores del rojo hasta el negro. Fue el último mural de los compañeros artistas.
Las voces de los fusileros, los gritos de los comandantes de pelotón, los llantos de la gente recluida en sus casas, las ropas quitadas a los muertos, fueron su última escultura. Zeballos no estaba más que muerto en el cuerpo. La pared, esa escultura, lo propagarían como abejas propagando un campo de lavandas.
Llamado el Tibo por sus compañeros, fue todo menos lo que decía su nombre. Varias veces preso durante los regímenes que fueron suplantándose en su violencia al comando del país. Desde que tenía doce años, cuando fue apresado por concurrir a la escuela, hasta su muerte, había entrado doce veces, capturado a veces con sus armas, otras veces por delaciones de compañeros bajo tortura.
Entre la primera y la segunda entrada en la cárcel, donde Tibo aprendió a leer y escribir gracias a un gallego anarquista, usó la palabra libertad en las poesías escritas en honorable cursiva, cosas doblemente prohibidas. El arma de la libertad lo acompañó siempre. Poco después de esos primeros intentos por imponer la poesía, lo encarcelaron y ahí usó por primera vez sus manos para sentir dolor. Le aplastaban las manos con el plano de un hacha con el que a cada golpe lo amenazaban con cortárselas. Mientras gritaba pensaba en aprender a pintar con la boca. El Tibo volvió y cada vez salía con algo aprendido.
Al salir de la cárcel una vez, supo que sería la última. Entonces salió a pintar la ciudad. A las casas humildes las pintó de blanco, de amarillo, de un azul mar, de colores verdes de las hojas de remolacha. Los paredones los pintó con los dibujos de libertad por la que casi se quedó sin manos. El nuevo viejo gobierno pudo hallarlo en lo profundo de la selva. Estaba juntando fuerzas para seguir pintando la capital y materiales para hacerlo.
Estuvo siendo torturado dos días y ya en febrero lo sacaron a la plaza, donde quedaba una pared sin pintar que él y sus compañeros finalmente pintarían. Su compañera y sus hijos ya habían sido muertos con el garrote.
Su fusilamiento fue tan de madrugada que debieron iluminarse con linternas a gas. Tibo tenía un pantalón amarillo, una camisa blanca. Moreno como era, su figura aparecía fantasmal a los fusileros que estaban por asesinarlo.
A la noche los fusilados eran tantos que no cabían en la fosa cavada a la madrugada. Algunos fueron enterrados ahí, en otra fosa. Otros fueron dejados a la selva. El paso de las estaciones fue cubriéndolos hasta que al fin quedaron sepultados.
Quienes fusilaron a los artistas no vieron en su festejo los puños que sobre ellos se cernían desde la selva. 

Las palabras - Carmen Carrillo


—Señor Fernández, por favor... yo le juro que... no fue mi intención —balbuceó Justo Rodríguez corriendo tras su jefe, que caminaba velozmente, a un paso que cortaba la respiración.
—Es usted un cretino, Rodríguez, pero se acabó. Tome usted sus cosas y lárguese —espetó Fernández de manera tajante.
—Le prometo que... —La frase fue interrumpida por un portazo en las narices de Justo, quien cabizbajo se dirigió a su escritorio.
Mientras metía en una cajita de cartón sus pertenencias, recordó los empleos perdidos. La palabra “despedido” era ya una vieja amiga. Todo por culpa de su bocota. No... mejor dicho, por culpa de las palabras. Eran ellas quienes acudían sin ser llamadas. Llegaban y se escondían entre sus dientes. Luego, aparecían de manera sorpresiva.
Recordó a Lulú, la primera a la que besó. Vivía en provincia y la relación se mantuvo los primeros meses por vía epistolar. Un buen día, durante las vacaciones de verano, el tío Eugenio lo invitó a acompañarlo a Salamanca, donde cerraría un negocio. Apenas lo supo, tomó el teléfono y llamó a la novia. Mientras el teléfono sonaba, las palabras comenzaron la travesía. Treparon por la epiglotis, desplazándose como una tropa enemiga hacia la lengua de Justo.
—¿Hola? – respondió una voz atiplada.
—Hola, Lulú. Soy Justo. Mañana viajaré a Salamanca. Salgo en el autobús de las nueve —dijo.
—¡Qué sorpresa! Nunca me contaste que tuvieras planes de venir —respondió la chica, entre nerviosa y emocionada.
—Bueno, cuando tu madre y tú vinieron a México, ella me dijo que las visitara, que me esperarían con las piernas abiertas —dijo, percatándose de que las palabras capitaneaban el barco y pensaban hundirlo.
—¿Qué has dicho? —preguntó la chica.
—No, no... quiero decir que ella dijo... me invitó y dijo... que me esperarían —se detuvo, tratando de recobrar el control de la situación—, que fuera a Salamanca y ustedes...
—¿Qué? —volvió a inquirir Lulú, con una voz que era ya casi un graznido.
—¡Que me esperarían con las piernas abiertas! —repitió, buscando en vano la palabra “puertas”, que había sido amordazada por las malignas, colocando en su lugar la palabra “piernas”.
—¡Imbécil! —gritó Lulú, ahogada en llanto.
Y ese fue sólo el principio. Un año más tarde, al presentarse en su primera entrevista de trabajo, tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no dejar escapar alguna estupidez y casi lo logra. En el último minuto, cuando el entrevistador estaba a punto de contratarlo, las palabras organizaron un complot relámpago y lo empujaron al precipicio. Conseguir su primer empleo fue una labor titánica.
Cuando al fin lo obtuvo, se propuso pasar inadvertido. Sin embargo, no le fue fácil. En la oficina donde trabajaba, había un compañero apellidado Calvillo. Era un hombre regordete, de mejillas sonrosadas. Se encargaba del archivo y a diario visitaba los escritorios para recoger papeles. Un día se acercó a Justo y preguntó si tenía documentos para archivar.
—Aquí tiene... —dijo, tratando de economizar palabras. Pero ellas burlaron la vigilancia. Cuando Calvillo se retiraba, Justo completó la frase—: ...señor Gordillo —dijo.
—Es Calvillo, compañero —dijo el gordo, tratando de disimular la antipatía que le punzaba el vientre.
Ese día, Justo decidió evitar a toda costa el trato con los jefes. No deseaba perder el empleo. Gracias a eso, todos lo tenían por callado, taciturno, reservado, discreto... menos Calvillo, que le había retirado definitivamente el saludo.
Pero las palabras enloquecieron. Ya no sólo le hacían decir barbaridades, sino también pensarlas. Justo no podía sostener siquiera un diálogo interno. Tergiversaban todo, haciéndolo sentir miserable. Aquello no era vida.
Una mañana, se levantó y se sentó en el borde de su ventana. Pensó un buen rato y luego tomó un bolígrafo. Sobre la pared de su alcoba, escribió lo que sería su epitafio.
En su cabeza, había hilvanado el siguiente mensaje: “Me marcho. Nada tiene sentido.”
Al día siguiente, cuando la enfermera lo encontró colgado, no se sorprendió mucho. Pero apenas miró la pared, se sintió conmovida. Sobre ella, Justo había garabateado algo indescifrable. Una serie de líneas encontradas, torcidas, que formaban una especie de signos extraños e incomprensibles, como las palabras que repetía una y otra vez desde que había llegado por su propio pie al psiquiátrico.

Tres de oro - Sebastián Basualdo


Cerró la puerta y la vio. Una sola luz había encendida, tenue, golpeada en un rincón, murmurando algo por lo bajo, como quien esconde un secreto. Lo cierto es que su mujer parecía amenazada por la luz de esa lámpara de pie que, seguramente, había comprado durante la mañana. 
—Llegaste tarde —dijo ella después de que su marido no pudiera evitar preguntarle qué era lo que intentaba hacer con tantos naipes. 
—Tarde —repitió.
Y su perfil izquierdo comenzó a iluminarse; algo lento y premeditado comenzaba a ocurrir a medida que su marido se acercaba a la mesa. Aparentemente, todo el diálogo debía darse sobre el medio círculo que proyectaba la lámpara al golpear contra uno de los ángulos de la pared. 
—¿Qué hora es? 
—Tarde —dijo ella—. Muy tarde, querido. 
Cuando por fin se acercó lo suficiente al borde de la mesa, su mujer le mostró el naipe: un cuatro de copas. Fue entonces cuando oyó su propia voz, temerosa, preguntando si su intención era construir un castillo. Su mujer sonrió; la mirada resbaló hasta detenerse en el cuatro de copas y el brazo se estiró lo suficiente: sus delgados dedos ubicaron el naipe junto a los otros, los que simulaban las paredes. 
—Es una casa —dijo ella, eligiendo un nuevo naipe. 
Contuvo la respiración: la decisión de construir el techo podía verse amenazada por su naturaleza. Dejó caer el naipe. Observó durante algunos segundos la parte del techo que había construido y lentamente se fue dejando sostener por el respaldo de la silla. 
Recién entonces liberó el aire reprimido. 
—Una casa —dijo—. Es algo así como una casa.
Miró fijamente los naipes desparramados sobre la mesa. 
—Algo delicado, ¿no te parece? Algo realmente delicado. 
Eligió un nuevo naipe: tres de oro. 
—Mirá, mirá mi amor, un tres de otro —dijo ella, e inmediatamente después contuvo la respiración: estiró el brazo, y, apretando los dientes, soltó el naipe. 
La casita ya tenía su techo. 
—Era un tres de oro, ¿te diste cuenta?
Algo que había nacido de su voz, parecía navegarle por todo el cuerpo. 
—Un tres de oro —repetía, mirando sus manos, mirándolo a él, y sonriendo. Ahora sonreía de ese modo tan desesperante... Su marido temió que no dejara de repetir nunca que era un tres de oro. 
—Un tres de oro, mi amor, sí, un tres de oro —dijo él justo cuando el cuerpo de su mujer comenzaba revelarse contra el lugar más oscuro de la mesa, y con su cuerpo los naipes y con los naipe su sombra, la luz... 
—Basta, mi amor. Es un tres de oro, me di cuenta. Por favor, terminemos con esto. 
Pero ella ya estaba perdida, toda contagiada por la parte más oscura de la mesa; allí donde la luz de la lámpara no se atrevía a irrumpir, donde la voz de su marido no llegaba a iluminar nada. 
Fue entonces cuando apretó con fuerza un nuevo naipe sobre su vientre. Dijo: —Estoy embarazada. 
Algo muy parecido a una sonrisa se dejó entrever en los labios de su marido. 
—No, mi amor, no estás embarazada. Ya no —dijo él, y le apretó con fuerza la muñeca para que su mano se abriera y soltara el naipe. 
Cuando por fin logró tenerla entre sus brazos, no dejó que su mujer le preguntara nuevamente por qué motivo había llegado tan tarde. 

Círculo del agua II - Lilian Elphick


Una cama de agua es un sortilegio, un tris de naufragio, una lectura inconclusa. Escribo desde ella y hay burbujas sonoras que van de un lado a otro buscando acomodo en el encierro de cuatro patas. Mi cama habla un lenguaje parecido al del amor o del émbolo; cuando él y yo la probamos la primera vez nos confundimos entre tanta ondulación y sonidos acuáticos, sumamente eróticos. El campo magnético que generamos hizo que el agua se tornara roja, una sangre bien amada que buscaba su río y su muerte. Nosotros nos comportamos como dos anguilas en celo, disparando flechazos eléctricos por doquier. Nos unimos y desunimos siempre flotando a ras del líquido, y a veces rodaba ex profeso una pierna o un brazo sólo para sentir la sensación de huida perfecta y de desprendimiento. Él me amó en aquella cama que hoy se filtra por una esquina repleta de un musgo o liquen verdoso que amenaza con invadirlo todo. En cuanto a mí, he visto cómo se ha formado una membrana transparente de piel entre los dedos de mis manos y pies. Es bella, la miro con detención y siento una nostalgia infinita de emigrar en una bandada con forma de “V”. Él ya no está y quizás nunca estuvo conmigo en la cama líquida; quizás fue una invención que ella me provocó, esas alucinaciones tan reales que el agua, en su movible y fugaz condición, te permite experimentar. Nos reímos, a pesar de saber que nos hundiríamos en aquel útero gigante y que el amor no se puede vivir dos veces de modo extraño. Él tocó la punta de mi alma y algo se quebró adentro mío, eran otras aguas que se desbordaban por el conducto de los ojos y por la nariz, ya sea por la risa o el llanto de un adiós ahogado en su propio pañuelo desechable o retazo de sábana arrugada y tibia. Luego tocó otras partes menos metafóricas con una ternura tan extrema que el agua de la cama se convirtió en una melaza de cuchara parada y las abejas nos rodearon con sus zumbidos melancólicos de panal plástico. Llegaron otros insectos pero supimos eliminarlos con graznidos territoriales. No sé si llamar felicidad a ese estado de rareza; creímos que la fuerza del amor nos salvaría de las ciudades ruidosas y atestadas de gente pidiendo monedas, apostamos nuestro deseo y nos inclinamos al sueño, que es el sitio ideal de los surfistas campeadores. La mentira era agua y nos movíamos en ella sin dificultades respiratorias. Un día él quiso volver a la tundra, a un mundo helado que yo no conozco; se bajó de la cama, abrió la puerta y no cubrió su cuerpo para irse. Su mirada susurró que me seguiría amando y que yo tendría que bajar también, sola y desorientada, antes de sucumbir al oleaje, a esa bravura de agua que se estrellaba en las paredes, como si mi dormitorio fuera el malecón de la desventura. Pero no me fui, no tenía un lugar de esperanza ¿A qué me iba a arriesgar, como él, a vivir fuera del más transformador elemento?

Tomado de Ojo Travieso. Mosquito Comunicaciones, 2007.

Propuesta impar - Nanim Rekacz


Yo tengo cierta debilidad por los números impares así que si me toca el 15 o el 321... estoy feliz. Los números rendondos me dan una sensación de equilibrio un tanto molesta. El desequilibrio, contrariamente, es movilizador.
Yo sé que parece una soberana estupidez. Me pasa cuando voy a la carnicería o a la farmacia: saco número, si es par se lo doy a alguien y me quedo con el impar subsiguiente. Eso fomenta el diálogo. Compro zapatos sueltos, es más barato. Y salgo a buscar el otro zapato. Es útil como dieta: como una milanesa, una papa, un durazno. Nunca repito el plato. Eso sí, cuando hay ravioles elijo un número impar como 9 y si son panzottis, 5. Puedo ser estúpida pero no suicida y morirme de hambre.
Por eso es imposible acceder a estar con vos, Roberto. Ya tengo 1 hombre, mi marido; 2 sería par, y para 3 no hay candidato y sería demasiado para este único cuerpecito.
¿Qué decís? ¿Que sería 1 marido y 1 amante? Mmmm no lo había pensado de esa forma… Suena interesante…

Carta a Madame Maruchán - José Luis Vasconcelos


Extrañada Maruchán:
Lo sé, lo sé. Hace años que no te escribo. No es pereza, sólo es cuestión hormonal, dice mi médico. Ya sabes, cruzo por esos pantanos de la edad madura; pero, al igual que tú, mi piel es como esas aves que cruzan el lodazal y no se manchan.
Lo sé. Doy demasiadas vueltas antes de entrar al meollo del hoyo. Querida Maruchán, lamento no haber escrito antes. Lo juro. Veo tu rostro blanquísimo y sereno. Esa enorme y dulce sonrisa. Las pestañas entornadas… y ahora dejas escapar ese suspiro que te persigue desde nunca. Maruchán, mi dulce Maruchán.
He sido una bestia. Un animal de carga pero al fin te escribo. ¿Sabes? Me siento liberada. Descanso. Mi alma reposa al fin. Maruchán, mi maestra.
Puse en práctica los consejos que me diste. Accedí a los requerimientos del doctor Petonet. Un día lo llevé hacia la oscuridad de mi recámara. Dejé que me tocara y que se detuviera en mis pechos, en mis muslos y en mi sexo (por cierto, que lengua tan áspera).
Cuando Petonet roncaba —tras haber ingerido esa poción magistral que preparas— me levanté (que hombre tan ordinario). Fui al ropero y saqué los instrumentos que me obsequiaste el verano pasado. Posteriormente comencé a destazarlo. Qué sensación, por Dios, qué sensación. Ahora te comprendo, tenías toda la razón del mundo. Es una experiencia cuasi religiosa. Cortar en pedacitos a la carne que lamió tu carne; por Dios, qué locura. Es de esos placeres insospechados. Un deleite., como bien decías
Luego, para que veas cómo soy, accedí a las pretensiones del señor de la Cantoya, del joven Cuchiplanchi y del anciano Robespierre. Todos corrieron la misma suerte y, para serte franca, mi alma se fortaleció. Estoy fuerte, Maruchán, tanto como tú. Me encantaría que ambas participáramos en un festín de sangre. Qué estúpida, lo sé, pero lo deseó.
Para compensarte, te diré que estoy a punto de salir a tu encuentro. Muy pronto nos reuniremos. Podremos caminar tomadas de la mano por el puente Gay Lussac. Veremos la ciudad, sus luces y las gaviotas clavándose en la luna.
No sabes cuánto te extraño. Pero más añoro tus besos; no sabes cuánto quisiera que tu saliva humedeciera estos labios secos de tanto recordarte.
Muy pronto dormiremos una en brazos de la otra. Cerceno minutos para acercarme a ti.

Tuya.
Lady Noodle.

Tomado de http://rojanota.blogspot.com/

Sí aunque no - Sergio Patiño Migoya


Un día de equinoccio en el Gran Bosque, el señor Conejo se topó con el señor Lobo.
—Podría haberme encontrado —se lamentó el señor Conejo— con el señor Ratón o con el señor Ciervo. Mire que es grande este nuestro Gran Bosque y voy a coincidir con usted, señor Lobo. No he tenido nada de suerte.
—Sí, sí la ha tenido. Aunque mala —se mofó el señor Lobo.
Pero en ese momento se oyó un disparo y el señor Lobo cayó al suelo víctima de malherimiento.
—Yo sí que no he tenido suerte —se quejó.
—No, no la ha tenido. Aunque bueno...
El señor Conejo se encogió de hombros y luego de patas para marcharse muy a bote pronto, antes de que el señor Cazador recargara la escopeta y su suerte volviera a mudar de adjetivo. Porque así de antojadiza se muestra la señora Fortuna para con estas cosas que suelen suceder, sobre todo un día de equinoccio, en el Gran Bosque.

Tomado de http://breventosybrevesias.blogspot.com/

Las estadísticas de Casandra - Daniel F. Alonso


Estudiaba psicología y le gustaba hacerse llamar Rita Casandra, sin reparar demasiado en el significado mitológico del apellido ficticio. Sobrevivía escribiendo la página de horóscopos de una revista femenina y convirtiéndose una vez por semana en la pronosticadora de un programa radial de deportes. Muy en el fondo, la vida de Rita ejercía sobre mí una fascinación incómoda. Me maravillaba que una chica de mi edad lograra mantenerse con una actividad tan exótica y que, además, fuese capaz de costearse los estudios de una profesión seria. Jamás se lo dije, porque en aquella época yo tendía erróneamente a la crítica despiadada —muy constructiva, muy sincera, suponía— pero nunca al elogio halagador, signo de debilidades afectivas.
—Es un trabajo como cualquier otro, mi querido —me había dicho Rita en tono maternal delante de todos mis amigos, para evitar mis constantes agresiones y mis burlas.
Ella intentaba por todos los medios de convencerme de que el momento de nuestro nacimiento determinaba ciertos rasgos de nuestra personalidad. Hacía mucho tiempo que había desistido de sostener delante de mí la certeza ingenua del horóscopo diario. Nunca tuve en claro si Rita creía en sus propias predicciones o si las asumía como parte de un oficio más cercano a la actuación que a la videncia. En realidad, nunca se lo pregunté con franqueza.
Vivíamos peleando. No obstante, ella aprendía de mis arrebatos de lógica y yo no dejaba de leer en secreto sus predicciones en las revistas de mi hermana. Tampoco me olvidaba de escuchar el programa de radio, con la excusa inocente de mantenerme al tanto de las novedades deportivas; muchas veces me quedaba dormido con los auriculares puestos, mientras Rita me susurraba al oído con su voz melodiosa los pronósticos para el fútbol del fin de semana, basados en los signos de los deportistas o en alguna inconcebible encrucijada planetaria.
Exaltados por unas copitas de licor, una noche de invierno discutimos tanto que le propuse hacer un estudio sobre la base de encuestas, para comparar los resultados objetivamente atendiendo a los métodos de la estadística. El proyecto consistía en investigar el perfil psicológico, los gustos y las ocupaciones de un buen número de personas y buscar correlaciones con su signo en el zodíaco. Rita soñaba con encontrar una elevada proporción de obsesivos entre los nativos de Capricornio, que, según me recordó, correspondían a las personas nacidas del 22 de diciembre al 20 de enero. Aseguraba que era obvio que entre las mujeres de Tauro y Escorpio se concentrarían las neuróticas histéricas más severas y que, además, los geminianos incluirían un buen número de ciclotímicos y maníaco-depresivos.
Nuestro entusiasmo se fue incrementando en paralelo con el consumo de alcohol. Sobre el filo de la madrugada creímos haber inventado una nueva disciplina de gran futuro, la astrología epidemiológica o, como prefería llamarla Rita, la psicología astrológica.
Nunca logramos reunir un volumen suficiente de casos como para arriesgar un test estadístico. Una primera impresión, sin embargo, indicaba que había tantos músicos y artistas de Libra como de Piscis, tantos fóbicos de Aries como de Sagitario y tantas prostitutas de Acuario como de Virgo. La investigación se interrumpió en forma definitiva cuando Rita se quedó sin trabajo. La revista femenina dejó de aparecer y de la radio literalmente la echaron. No se enteró del accidente fatal de Ayrton Senna en Imola y el lunes siguiente auguró el mejor de los éxitos para el piloto y los nativos de su signo. El yerro fue muy evidente y hasta sonó a burla. Rita me contó entre sollozos la desafortunada historia de su despido y yo me limité a prestarle mis pañuelos y mi hombro toda la noche. Al fin de cuentas, ella me consideraba su amigo y no era momento para filosofar sobre el azar y el destino.
Nos casamos un martes de abril, pocos meses después de terminar la Facultad. Nuestra vida en pareja ha resultado hermosa, a pesar de que Rita es de Leo y yo soy de Cáncer. Siguiendo las concepciones zodiacales, Rita dice que puedo ser apasionado, pero muy exigente. Que suelo enojarme si ella hace demasiadas cosas o no las hace como yo quiero. Pero, de todos mis amigos casados sus esposas dicen más o menos lo mismo y, si bien todavía no averigüé sus signos, dudo que la combinación de Leo con Cáncer se repita en sus parejas.

El Libro de Horas - Susana Cella


Si alguna vez se le había hecho carne y le había quedado toda seguridad de saber que así era, tenía que seguir, por mostrar, demostrar, por sostener antes de que su convicción se desparramara como ceniza en el viento. Por eso, todas las tardes, al lado de la estufa, acariciaba los brazos del sillón y estiraba, paralelas, las piernas. Al alcance de la mano, el Libro de Horas. Levantaba momento tras momento la cabeza para constatar la luz encendida. Cuando los rayos que la ventana cerrada no dejaba entrar finalizaban, las sombras de amarillo ocre, el cajoncito de madera, la superflua jarra de loza, los lápices verdes, el piso color ladrillo, lustroso todavía y aunque pasara el tiempo, la alfombra oscura, las patas verticales y la acomodada soledad de eso, que a falta de mejor nombre, llamaba sala, todo lo que aquel jardín de invernadero alumbró y selló, y vedó a los demás, a los días y las gentes, por el secreto convertido en flor delicada y reseca; volvía a su sitio, amoldada retiro en pieza con cortinas de cretona e hiedra marchita, todo volvía a su sitio, como si la noche inversamente al cuento, animara alos seres inertes, aquí desviviera y relajara una cantidad contable de minutos. La luz prendida que se topaba con el liso ámbar de una opalina, bajaba, derecho, al Libro de Horas, a sus letras para meditar sobre seguro. El candelabro con dos velas ahuecadas y el sahumerio empezaron a echar humareda y olores no muy diferentes.
Nublaba la vista la humareda, subían y bajaban por las columnas grises de las cretonas los caracoles, las cucarachas. Sobre el libro enfocó, con ojo y medio, buscando las letras. Se agrandaron hasta que la página completa enfrentó los dos ojos bien abiertos, hata que los relojes alarmados dieron las ocho y cuarenta y cinco minutos.
Al pasar una nube por la luna, las velas y la lámpara aumentaron sus llamados y la hoja, por el brillo, la hoja encerada de blancura, aplastó a su vista la letra, orilló la mirada hasta el borde el libro de Horas. En el canto del libro quedó la meditación. Quedó en el punto apartado que a toda costa quiere matar el estigma vendado.
Esmerilada el alma meditaba esta cualidad anulando suspiros. Como meditar sobre la virtud de una escoba. Si ahora la noche buscaba, si la muerte la noche pedía, la lámpara podía quedar sin luz, pero las velas carcomidas no debían apagarse.
Llegó el hermano de la muerte a abatir los pestañeos. Entonces, de golpe, se abrió la puerta. Una mujer sin velo, ni guadaña en manos flacas quería entrar, cara de cera, ojos de vidrio, se trastocó enseguida en hombre payaso, hermano mal parido, demaquillada cara blanca y peluca rojiza. Fríos ojos, ambos, turnándose para entrar y salir. Si ella entraba, querría apagar todo fuego, si él entraba, iba a dejarlo prendido para quemar el Libro de las Horas. Y por turnos no podían, eran un mismo retorno de caras girando. Nunca los hermanos acordarían.
¿Quién se asustó con más pausa?
Los hilos que los caracoles mentaban a las cucarachas en los indolentes brazos del sillón.
Las letras que encerradas se apretaban en el suelo, el libro caído.
¿El libro de las Horas? ¿La mujer? ¿El hombre?
¿Cuál enemigo?
Habían tramado juntos la entrada, detalle por detalle. Únicamente habían dejado sin precisar el motivo y por eso mismo . Sus inadecuados disfraces, el orden agudo, los comunes ojos claros. Se habían definido cómplices cuando, anoche, el viento revolvía las copas de los paraísos. Crujiendo las ramas, habían jurado. Qué simplicidad los embargó entonces, nunca apuesta, nunca embates sucesivos. A todo o nada, o vos o yo, decían ahora las dos caras juntamente esta noche. Y veremos en la próxima. A ese futuro colado habría que arreglar con motivo. 
Fue culpa en definitiva del Libro. Ella no quiso romperlo, él no pudo quemarlo. Así, por suerte para quien leerlo debía, el libro de Horas quedó al lado del sillón, resguardado de los fuegos y las cucarachas, sus letras preñadas atentas al misterio de los caracoles y al padre de las furias. Casi un segundo después quien lo leía sopesó su volumen y bajo la luz opalina apretó las más negras letras por probar a los caracoles, cucarachas, cretonas, invernadero, payaso, parca y furias encapsuladas, que el tiempo no existía. 

Necrofilia 2 - Diego Muñoz Valenzuela


Ocioso, desesperado por la carencia de trabajo, vago por la ciudad. Entro en una capilla donde se advierte mucha actividad. Cuando la veo dentro del ataúd, infinitamente tranquila, sumisa ante la muerte, con una leve sonrisa de satisfacción dibujada en los labios algo pálidos, comprendo que me he enamorado perdidamente. Es la mujer perfecta para mí: jamás me reprochará, carente de caprichos, se someterá a mis designios sin objeciones perversas. Me acerco a los deudos con tranco lento, calculado. Primero abrazo a la madre, que llora sobre mi hombro sin consuelo; luego a su devastado progenitor, a sus hermanos y hermanas que no hallan consuelo. Me siento en las bancas que rodean el catafalco y simulo rezar con los ojos entrecerrados. Sigo el ritmo de las expertas ancianas que recitan letanías milenarias en un circuito sin fin.

La hora pasa y los deudos van menguando con velocidad creciente. Cada media hora me incorporo para observarla. Su belleza serena me conmueve y me excita. En la ventana alcanza a vislumbrarse el nacimiento de sus pechos soberbios. Las fotografías que descansan entre las guirnaldas atestiguan su hermosura arrobadora. El amor y el deseo crecen en mi interior como bestias incontenibles. Por fin se retiran los padres, arrastrando los pies, antes de despedirse me advierten que la capilla cerrará en unos minutos. Me desean conformidad. Les digo que me quedaré orando esos minutos. Quedo solo. Me oculto bajo el ataúd, atrincherado entre guirnaldas. Viene un ominoso silencio que interrumpe el sacristán, que entra al recinto y cierra la puerta con candado. Siento su respiración acezante, la brutalidad con que levanta la tapa de la urna. Desnudo se encarama sobre el cajón gimiendo palabras de amor, le arranca las vestiduras a tirones y lanza terribles imprecaciones. Entonces salgo de mi escondite y le propino a la bestia el golpe mortal con un candelabro. Lo aparto con repugnancia y tomo su lugar. Le hablo en susurros, la voy besando en toda su magnífica desnudez, seduciéndola con amor infinito. Toda una noche hay por delante. Después vendrán el duelo, la nostalgia, el amor eterno.

Tomado de http://diegomunozvalenzuela.blogspot.com/ 

Convite - Olga A. de Linares


La primera vez que la percibí decidí rechazarla. Usé todas las explicaciones racionales (fue un sueño, una ilusión óptica, un juego engañoso de la luz, etc., etc.), todas esas que se barajan cuando la realidad se empeña en mostrar las tripas... y ahí descubrimos que es otra cosa, un poco distinta de lo que necesitamos creer. La arrinconé con ellas pero, aunque esa vez me permitió el desprecio, estaba dispuesta a volver con esa persistencia implacable de la lluvia, el otoño, la noche. La noche. Sí. Esa es su hora favorita. Pero no, no estoy siendo exacta. Porque no es nunca el momento en que la oscuridad ya se ha comido todas las cosas, sino ese espacio indeciso en el que aún lucha con el día, ese instante en el que cada quien tironea de los bordes del mundo. Es ahí, mientras se coagulan el crepúsculo o el amanecer, cuando ella abre su párpado de cenizas y me hace guiños, como un don Juan de barrio. 
La trataba del mismo modo en que lo hubiera hecho con uno de ellos. Es decir, pasaba a su lado sin mirarla, haciendo de cuenta de que no la veía o de que no me movía un pelo su presencia. Pero creo que siempre supo que mentía. Es lógico. Hasta algo tan inconcebible como ella debe darse cuenta: no es posible que alguien, al menos alguien en su sano juicio, no se ponga un poco nervioso ante su aparición. Y yo, aunque concedo que se pueda poner en duda, no estoy loca. Así que lo confieso, me ponía muy nerviosa cada vez que entraba a la pieza y ella reiteraba su saludo equívoco. Por suerte, solo debía hacerlo una vez al día, cuando el cuerpo no aguantaba más la vertical y me pedía a gritos el descanso. Porque aunque estaba bastante segura de que, a plena luz, ella no se atrevería a nada, no quería correr riesgos...
Así que siempre intentaba que fuera lo suficientemente tarde, cosa de que la noche hubiera ganado la pelea por knockout. Como ya dije, a ella no parecen gustarle las definiciones rotundas ni los hechos consumados. Entonces, a esa hora, me dejaba tranquila. Pero cuando el despertador ordenaba levantarse y el día aún estaba lejos de tomar el poder, ella, la muy obscena, la descarada, se exhibía en el rincón, ese de ahí, junto a la cómoda, bien despierta y al acecho, intentando seducirme una vez más... Como la araña a la mosca, se me ocurría pensar...
Hasta hace poco, me vestía a las apuradas, de cualquier modo, todo para poder levantar la cortina y dejar que el sol triunfante la acribillase con sus dardos, la desangrara, la borrase. Antes hacía eso. Ya no. Ahora, cada amanecer demoro un poco más en exorcizarla. No sé bien por qué. Lo que sé es que ha crecido. Ahora es casi de mi altura. Y desde hace unos días... están los sonidos. Indefinibles, familiares, monstruosos... Y también esos olores un poco inquietantes emanando de ella. No he podido decidir aún si estas nuevas manifestaciones me agradan o me repugnan. Pero cada vez me cuesta más apartarlas de mi mente. Como si las extrañase. De alguna manera, ellas logran sacarme de la oficina, de las charlas estúpidas y las bromas soeces, de las órdenes ladradas por la manada de caciques que hormiguea a mi alrededor. Tal vez sea por eso que ahora me apresuro a volver al departamento, y entro al dormitorio antes de que termine la pelea crepuscular, y me siento en el borde de la cama, frente a la grieta, y la miro, y la escucho, y la huelo...
Y empiezo a preguntarme qué pasaría si me atreviese a responder a su invitación...