lunes, 27 de julio de 2009

Fuga infructuosa - Sergio Gaut vel Hartman


Desperté bañado en el viscoso aceite de las heridas que yo mismo le había provocado a Hipnos, lo que demostró que estaba saliendo a duras penas de una pesadilla profética. Entonces, seguro de mí mismo, arrogante, invicto vencedor, dejé que la idea fluyera arrastrando el tibio licor que la noche había depositado en mis recovecos internos y esperé la purificación, pero como eso no ocurrió, no tuve más remedio que meter los dedos en el hueco producido por los hechos de la vida pasada: extraje la nuez y descubrí el deterioro al primer vistazo; costras de savia seca se adherían a la rugosa superficie y un rastro de humo sugería que el núcleo estaba agotado. Eso sólo podía significar una cosa: en la vida real yo moriría dentro de las siguientes tres horas. ¡Ridículo! Esas cosas no se descubren en los sueños, traté de convencerme. Cerré los ojos y creo que escapé con facilidad. No obstante, cuando llegué a la otra orilla, un nuevo Hipnos, o el antiguo, renacido, preparó sus herramientas para aniquilarme. Empecé a reír nervioso, acorralado, admitiendo, por fin, que no había salida. Traté de imaginar otro territorio, ni sueño ni vigilia, que pudiera cobijar mis huesos. Y a último momento encontré este lugar, que no es gran cosa, aceptémoslo, y me dispuse a resistir. Pero no dio resultado: las palabras, monstruosas, despiadadas, incapaces de reconocerme como alguien de su estirpe, dieron cuenta de mí antes de que fuera capaz de elucubrar un nuevo plan de evasión.

1 comentario:

Nanim dijo...

Evidentemente, la fuga no es camino recomendable... Tal vez comer la nuez.