sábado, 18 de abril de 2009

Velocidad Límite - Héctor Ranea & Javier López


Se oyen disparos en el tren bala. Nada extraño, teniendo en cuenta que en el convoy viajan estudiantes de física. Tienen la costumbre de disparar su pistola fotónica con retardador de la velocidad de la luz, cuando nadie los observa, y atravesar una mampara en la que un único agujero ha hecho sospechar más de una vez a los revisores de que algo extraño ocurre. Incluso Diego, el revisor de los fines de semana, ha estado a punto alguna vez de llamar a la policía. Pero luego ha pensado que nunca se denunció un herido en el tren, ni se observan señales de violencia. Así que no está seguro de si el agujero es de bala. Los estudiantes siempre disparan de la misma manera, montan el arma sobre un trípode de alta precisión y el impacto está matemáticamente calculado. La misma distancia, el mismo ángulo y la velocidad sólo centímetros por segundo superior a la velocidad del tren. De esa manera pueden ver desde afuera sus cómplices, que la bala recorre el tren como en ralenti, impacta sin demasiada fuerza en el panel metálico forrado de vinilo y apenas logra perforarlo. Pero hoy eligieron enviar la bala con más velocidad para probar ciertas teorías sobre colisiones y, a la vez, medir la velocidad de la luz en el tren en movimiento. Así que evitaron el retardador. Y algo va a provocar que, justo en el momento del disparo, el conductor frene. Un nuevo enlace en la vía ha hecho que cambien las señalizaciones y el sistema informático aún no está actualizado. Obligado por las circunstancias, el motorista toma el control manual y anula los sistemas de ayuda. Ahora él tiene el mando. Los jóvenes afuera rápidamente notan que algo va mal. La bala se acerca a la cara anterior del vagón a mucha más velocidad de la estipulada. ¡Esta vez sí es un verdadero disparo!. Pasa limpiamente por el agujero habitual y continúa su trayectoria. Ahora se acerca peligrosamente al puesto de conducción. Diego había comentado al conductor esa noche sus sospechas, por lo que éste había instalado una cámara y ya los había visto manipular el arma pero, ante esta eventualidad, era consciente de que la bala se aproximaba a su puesto con el resultado obvio de que le atravesaría el cráneo si no podía acelerar el tren a la brevedad. Logró que el tren pasara el enlace con el tiempo justo como para imprimirle la velocidad de la bala fotónica, la cual no podía, entonces, alcanzarlo, según cuentan los muchachos en el andén. Pero todo el viaje sintió espeluznado cómo el proyectil iba calentándole la nuca. El conductor, se dice -pero se sabe cómo son estas historias de engañosas- ante la imposibilidad de reducir la velocidad so pena de perder su cabeza, no pudo parar ni, frenando, esquivarla. Los estudiantes, por supuesto, desaprobaron física. El viaje se convirtió, según cuentan, en uno sin fin y sin retorno. El tren bala vaga en algún confín convertido en tren fantasma. A veces oficia de tal en algunos parques de diversiones. Es difícil subirse a él en movimiento, sin embargo.

6 comentarios:

Nanim dijo...

Sólo quienes tienen conocimientos científicos podrían escribir un cuento como éste. La ciencia suele ser para los ignorantes (entre los que me encuentro) un universo de fantasías. Lo imposible se vuelve posible.

Javi dijo...

Bueno yo suspendí mi último examen de física cuántica, pero el Dr. Ogui me adoctrinó en las cuestiones en las que tenía aún dudas.
Gracias Nanim.

Papafritsky dijo...

Muy bueno!

Anónimo dijo...

Gracias! Es una experiencia muy interesante que tiene una vuelta de tuerca, pero lo lindo es compartir una narración como lo hacen los contadores de cuentos. El resto, como el tema científico, es secundario. Ogui

Florieclipse dijo...

Tiene un efecto cinematográfico la narración, tanto, que puede verse la bala calentándole la nuca al pobre conductor. Gustóme.

El Titán dijo...

EXCELENTE!!!