jueves, 19 de febrero de 2009

Sopa de letras - Sergio Gaut vel Hartman


—¡Mesero!
—¿Señor?
—A esta sopa de letras le sobran cinco palabras.
—¡Qué contrariedad, señor! ¿Puede decirme de qué palabras se trata?
—¡Por supuesto! Las palabras son: Sonia, Marina, Zoraida, Michiko y N’ga’nguin.
—El sopero pagará con su vida este desliz —dijo el mesero mirando absorto el plato vacío del comensal—, en el caso de que se compruebe su falta. Si fuera usted tan amable de entregarme las cinco palabras sobrantes…
—Lo siento —dijo sorprendido el comensal—. Me las comí. Sólo sé que eran cinco. Conté cuidadosamente cada palabra que sorbí con el caldo. Hubiera sido una sopa exacta si no fuera porque sobraban Sonia, Marina, Zoraida, Michiko y N’ga’nguin.
—Señor —replicó el mesero bastante amoscado—: todas nuestras sopas son exactas. Si a usted le sobraron esas cinco palabras debe ser, y le pido disculpas si mi juicio le resulta agresivo, porque usted no supo armar las palabras que sorbía. Todas nuestras sopas tienen setecientas cincuenta palabras. Si su sopa tenía setecientas cincuenta y cinco debe hacerse cargo de su error.
—Pero usted dijo que el sopero pagaría este desliz con su vida…
—Di por supuesto que un caballero como usted habría conservado las palabras del delito. Sin las palabras no podremos proceder como marca el protocolo.
—No las conservé —dijo el comensal, desafiante—. ¿Y ahora qué?
—Llamaré al matarife para que se haga cargo. —El mesero alzó la mano y chasqueó los dedos, produciendo un sonido maligno que obligó a todos los otros comensales a levantar la vista del plato. Muchos de ellos perdieron la cuenta de las palabras que llevaban ingeridas.
—¡Un matarife! ¡Usted está loco! ¿Sabe quién soy?
—Sé perfectamente que usted es el laureado escritor Tucio Espedido, pero esa circunstancia, lejos de ser un atenuante, resulta ser una desventaja.
La cuadrilla de descuartizamiento entró discretamente al salón. El matarife estaba vestido con el atuendo ceremonial rojo, de modo que aún luego de consumar la carnicería seguiría luciendo impecable.
—¿Están seguros de lo que hacen? —objetó el comensal.
—¿Se propone seguir dudando de la idoneidad del personal? —El mesero le dirigió una mirada significativa al matarife y este extrajo la cuchilla de corte primario. Los asistentes tomaron al comensal de las cuatro extremidades y luego de que el mesero juntara la loza, los cubiertos, los mendrugos y los frascos dentro del mismo mantel que cubría la mesa, lo depositaron sobre la lustrosa caoba. Antes de que el comensal se diera cuenta, un tajo perfecto le adornaba el pecho, desde la garganta hasta el ombligo. Sonia, Marina, Zoraida, Michiko y N’ga’nguin salieron de su encierro, húmedas y complacidas.
—En mi nombre y el de mis compañeras —dijo Marina, que era la única que sabía hablar en el idioma del país— le doy las gracias. Este analfabeta —agregó señalando al comensal que agonizaba la que, tal vez, fuera su primera muerte— no supo formar las setecientas cincuenta palabras de la sopa y aquí tiene el resultado.
—Un triste resultado —dijo el mesero.
—Un inquietante resultado —dijo el matarife.
—Un resultado subyacente —dijeron a coro los cuatro asistentes.
En ese mismo momento, como si “subyacente” hubiera sido la palabra clave que ponía en marcha un complejo mecanismo, el comensal abrió los ojos y la boca y lanzó una carcajada esencial, anunciando que el sustituto estaba listo y operativo.
—¡Qué susto me dio! —exclamó Marina llevando su mano al corazón.
—¡Pobrecita! —dijo el mesero—. ¿Se asustó?
—Toque. —Marina tomó la mano del mesero y la llevó hasta su pecho.
—Late desaforadamente —dijo el mesero.
—Ellas también —dijo Marina. Los asistentes se apresuraron a sobar los pechos de las otras y el matarife advirtió que él se había quedado sin pecho en el que comprobar los latidos.
—¡Maldición! —exclamó.
—No se preocupe —dijo Marina—. N’ga’nguin tiene dos corazones.
El matarife guardó el cuchillo y apoyó la palma de la mano sobre el pecho de N’ga’nguin. Era cierto: la morena tenía dos corazones.
—¿Me van a atender? —dijo de mal modo Tucio Espedido Segundo que había salido del cadáver de Tucio Espedido—. ¿Qué se puede comer en esta fonda de mala muerte?
El mesero se apresuró a ofrecer la carta. —Elija usted.
—No tengo ganas de leer —dijo Tucio Espedido Segundo—. Lea usted.
—Como prefiera, señor. Sopa de letras, guiso de letras, letras almizcladas, mga titik sa Tagalog sarsa, litere fierte în lapte, himmeä kirjeet…
—Déjelo. Tráigame una ensalada de radicheta, tomate, manzana, apio y cebolla.
—Como guste, señor.

5 comentarios:

Olga A. de Linares dijo...

Loquísimo y divertido, me encantó. Pero, por las dudas, no pediré jamás sopa de letras en ningún restaurante. Quiero seguir siendo original e irrepetible.

Salemo dijo...

¡Que dificil es guardar las pruebas para que el responsable sea castigado! Se tiende a volver a utilizarlas. Hacer un buen uso de las palabras es complicado, me parece que el castigo es excesivo.Deberían tenernos más paciencia.
Por cierto, fresca y apetitosa parece la ensalada del final,;acorde con la temperatura de hoy ( en Argentina: 40 grados por lo menos,les aclaro a los de otras latitudes).
Muy bueno y didáctico.

Ogui dijo...

un auténtico gourmet! Episodio cero de toda una obra con las palabras bien contadas, además de las historias bien deletreadas...

Nanim dijo...

Juro que no eran esas las palabras que asesiné. Usted entremezcló las letras y... vaya qué obra! Crear de letras, nombres, y de nombres, féminas!
Delirante.

Sin perjuicio de ello, es cierta que cada palabra tiene entidad propia y pugna por permanecer en cada texto, y si no lo logra seguramente fluirá, vital y oronda, en otro.

Sergio Gaut vel Hartman dijo...

Probablemente esta sea una buena aproximación a la manera en que se procesan los datos de la ¿realidad? para convertirlos en ficción. Esta desequilibrada acción (que busca el ansiado equilibrio) mezcla, sin respetar las proporciones, hechos e imaginaciones. Pero los hechos, una vez ficcionalizados, han dejado de serlo, y buscar su consistencia es una tarea vana. Doy un paso más y propongo (que no pontifico) buscar por ese lado. Cuanto más crudamente real "parezca" el hecho en el origen, tallará con mayor precisión el hueco que le permita encastrarse entre los elementos imaginarios. La combinación suele ser apetitosa.