sábado, 21 de febrero de 2009

El Libro de Horas - Susana Cella


Si alguna vez se le había hecho carne y le había quedado toda seguridad de saber que así era, tenía que seguir, por mostrar, demostrar, por sostener antes de que su convicción se desparramara como ceniza en el viento. Por eso, todas las tardes, al lado de la estufa, acariciaba los brazos del sillón y estiraba, paralelas, las piernas. Al alcance de la mano, el Libro de Horas. Levantaba momento tras momento la cabeza para constatar la luz encendida. Cuando los rayos que la ventana cerrada no dejaba entrar finalizaban, las sombras de amarillo ocre, el cajoncito de madera, la superflua jarra de loza, los lápices verdes, el piso color ladrillo, lustroso todavía y aunque pasara el tiempo, la alfombra oscura, las patas verticales y la acomodada soledad de eso, que a falta de mejor nombre, llamaba sala, todo lo que aquel jardín de invernadero alumbró y selló, y vedó a los demás, a los días y las gentes, por el secreto convertido en flor delicada y reseca; volvía a su sitio, amoldada retiro en pieza con cortinas de cretona e hiedra marchita, todo volvía a su sitio, como si la noche inversamente al cuento, animara alos seres inertes, aquí desviviera y relajara una cantidad contable de minutos. La luz prendida que se topaba con el liso ámbar de una opalina, bajaba, derecho, al Libro de Horas, a sus letras para meditar sobre seguro. El candelabro con dos velas ahuecadas y el sahumerio empezaron a echar humareda y olores no muy diferentes.
Nublaba la vista la humareda, subían y bajaban por las columnas grises de las cretonas los caracoles, las cucarachas. Sobre el libro enfocó, con ojo y medio, buscando las letras. Se agrandaron hasta que la página completa enfrentó los dos ojos bien abiertos, hata que los relojes alarmados dieron las ocho y cuarenta y cinco minutos.
Al pasar una nube por la luna, las velas y la lámpara aumentaron sus llamados y la hoja, por el brillo, la hoja encerada de blancura, aplastó a su vista la letra, orilló la mirada hasta el borde el libro de Horas. En el canto del libro quedó la meditación. Quedó en el punto apartado que a toda costa quiere matar el estigma vendado.
Esmerilada el alma meditaba esta cualidad anulando suspiros. Como meditar sobre la virtud de una escoba. Si ahora la noche buscaba, si la muerte la noche pedía, la lámpara podía quedar sin luz, pero las velas carcomidas no debían apagarse.
Llegó el hermano de la muerte a abatir los pestañeos. Entonces, de golpe, se abrió la puerta. Una mujer sin velo, ni guadaña en manos flacas quería entrar, cara de cera, ojos de vidrio, se trastocó enseguida en hombre payaso, hermano mal parido, demaquillada cara blanca y peluca rojiza. Fríos ojos, ambos, turnándose para entrar y salir. Si ella entraba, querría apagar todo fuego, si él entraba, iba a dejarlo prendido para quemar el Libro de las Horas. Y por turnos no podían, eran un mismo retorno de caras girando. Nunca los hermanos acordarían.
¿Quién se asustó con más pausa?
Los hilos que los caracoles mentaban a las cucarachas en los indolentes brazos del sillón.
Las letras que encerradas se apretaban en el suelo, el libro caído.
¿El libro de las Horas? ¿La mujer? ¿El hombre?
¿Cuál enemigo?
Habían tramado juntos la entrada, detalle por detalle. Únicamente habían dejado sin precisar el motivo y por eso mismo . Sus inadecuados disfraces, el orden agudo, los comunes ojos claros. Se habían definido cómplices cuando, anoche, el viento revolvía las copas de los paraísos. Crujiendo las ramas, habían jurado. Qué simplicidad los embargó entonces, nunca apuesta, nunca embates sucesivos. A todo o nada, o vos o yo, decían ahora las dos caras juntamente esta noche. Y veremos en la próxima. A ese futuro colado habría que arreglar con motivo. 
Fue culpa en definitiva del Libro. Ella no quiso romperlo, él no pudo quemarlo. Así, por suerte para quien leerlo debía, el libro de Horas quedó al lado del sillón, resguardado de los fuegos y las cucarachas, sus letras preñadas atentas al misterio de los caracoles y al padre de las furias. Casi un segundo después quien lo leía sopesó su volumen y bajo la luz opalina apretó las más negras letras por probar a los caracoles, cucarachas, cretonas, invernadero, payaso, parca y furias encapsuladas, que el tiempo no existía. 

2 comentarios:

Bruno R.Ramos dijo...

Muy bielo su blog y su trabajos

Saluto
Bruno Resende Ramos
Proyeto de Inclusión Literaria
http://www.novacoletanea.blogspot.com

María del Pilar dijo...

Muy buen cuento. Felicitaciones