martes, 27 de enero de 2009

La venganza - Adriana Alarco de Zadra


Recuerdo el día cuando conocí a Antonio. Llegó a trabajar a mi oficina y me invitó un café durante la hora del refresco. Era amable, algo tímido, impecable, con una gran sonrisa. Me habló de su madre todo el tiempo, con tanto cariño que me hizo pensar que era un buen hijo. Estaba algo nervioso y se mordía las uñas cuando no lo miraba. También descubrí que era un perfeccionista, tan diferente a mí que a veces no terminaba lo que empezaba y era algo desordenada. Ya irás aprendiendo, me contestaba él riendo cuando yo le hacía notar mi torpeza.
Un día me entregó la sortija de compromiso de su madre y me emocioné. Por supuesto, acepté de inmediato y fuimos novios. Al poco tiempo empezamos a salir juntos los tres, Antonio, Glicinia, su madre, y yo. Íbamos al teatro, al cine, al restaurante, a las excursiones dominicales, a las fiestas de mis amigos. Ella se divertía, fumaba y bailaba apretadito. Quería que Antonio la llamara por su nombre en público y no mamá. Mis amigas se reían a sus espaldas pero yo no podía hacerle un desplante ni sonreír siquiera ante sus extravagancias.
Además, muchas veces animaba la fiesta con sus melodías que todos aplaudían, aunque yo en el fondo no apreciara esos tangos cantados con voz ronca en la madrugada. 
Cuando nos casamos, Glicinia tomó el lugar de mi madre que había fallecido años atrás. Escogió mi vestido de novia, resolvió el problema de la casa acogiéndonos en la suya, compró las flores, separó la fecha y todo lo demás. Fui feliz aunque viviéramos todos en la misma casa. 
Finalmente tuvimos un bebé. Durante el embarazo, mi suegra cuidó que yo no comiera ni bebiera nada dañino aunque dejaba el humo de sus cigarros impregnado en las cortinas. 
Victoria, como quiso llamar a su nieta, era preciosa, igualita a Antonio, llena de rulos, dos ojos enormes y una gran sonrisa. Yo trataba de tener a mi suegra alejada de nuestra intimidad, pero me resultaba insoportable que se metiera en la tina con nosotros cuando nos bañábamos con nuestra bebita. Dijo que era para completar la familia feliz y enjabonaba ella a Victoria, la cargaba en sus brazos, la secaba, la vestía y peinaba, afirmando que ella seguramente lo hacía mejor que yo.
En el fondo, era la abuela, la única abuela que tenía la bebe y mi esposo sonreía orgulloso. Yo no podía criticarla porque era una mujer perfecta.
Pasaba el tiempo y Victoria empezó a caminar y a necesitar más espacio. Aunque quería mudarme de casa, no encontraba el apoyo necesario en Antonio. Argumentaba que no podía dejar sola a su madre, aunque no fuésemos lejos de allí. Comencé a estar distraída en el trabajo y mi jefe me reprendía. Ya no pensaba ni hablaba de otra cosa que no fuera de mi suegra. Mis amigos se fueron alejando y decían que debía mudarme porque me estaba obsesionando. En el fondo, yo no entendía bien lo que estaba sucediendo en mi vida. 
Tengo que confesar que la última vez que encontré a Glicinia, rebasó el vaso de mi paciencia porque ella estaba metida en nuestra cama, esperándonos después de una larga reunión de trabajo en la oficina, mientras la bebe dormía en su cuna, bañada, alimentada y perfecta, como siempre. Se había convertido en una extraña relación que no podía continuar. 
¿Cómo vengarme? ¿Llenarle la cama de ranas, sapos y víboras venenosas? ¿Dejar el radio prendido junto a la tina para que se electrocute mientras se afeita las piernas? ¿Colocar una cuerda en lo alto de la escalera para que caiga dando tumbos? ¿Ponerle valeriana en el café para que se quede dormida mientras maneja a la peluquería? Hice todo eso y, además, esa misma noche vestí a mi bebe, la abrigué y desaparecí de la vida de Antonio y de su madre para siempre. Me persiguieron al darse cuenta de mis intenciones gritando que me había vuelto loca, pero salí de esa casa y llevé a mi hija muy lejos de allí. Ahora vivimos tranquilas las dos en una nueva ciudad, un nuevo país, una nueva casa, un nuevo trabajo y estamos creciendo juntas.
A veces busco en el periódico los avisos de defunción para ver si ha tenido éxito mi venganza. Todavía no pero algún día… quizás.

2 comentarios:

Nanim dijo...

La venganza fue destruir el cuarteto perfecto (para ellos dos). Es extraño como las mujeres suelen desviar el rencor hacia un tercero y no lo focalizan específicamente en su pareja.

Florieclipse dijo...

Nanim: créeme, vengarte de la suegra es igual a vengarte del hijo.