
“Hanna” había devastado Gonaives. Un vuelo de ayuda humanitaria acababa de aterrizar trayendo provisiones, ropas y medicinas. Entre el personal médico y militar, Sonia Still, periodista del Times, arribó al lugar para cubrir la noticia junto a Pierre, del equipo de filmación. No habían pasado tres días cuando Sonia llamó furiosa a la redacción:
—¡Sácame de este maldito pozo! —gritaba—. ¡El hotel es una pocilga, el lugar apesta de negros roñosos y enfermos! Nos transportan en un cascajo viejo que usan para ganado; ya hicimos las tomas que pediste ¿Qué más debo cubrir?
—...
—¿Qué? ¿Que hable con quién? ¡Si yo no entiendo una puta palabra de este dialecto! ¡Ni siquiera es francés!
—...
—Sí, ya sé que Pierre se hace entender ¿Cómo carajo crees que nos movimos hasta ahora? ¡Pero no quiero estar más acá!
—...
—Bien, hago la nota y me marcho. ¡Si no, te vienes tú a buscar la maldita información!
Al día siguiente, Pierre amaneció afiebrado, con los ojos hinchados, el moreno rostro enrojecido. Sonia intentó llamar a un médico, pero todos estaban ocupados con las víctimas del huracán. El conserje del hotel le dio el único consejo que sabía dar: “Llamen a Mambo Mauna”.
—¿Quién es Mambo Mauna?
—Mambo, sacerdote mujer. Sabe curar. Puede sanar a su amigo.
—¡Oh, no! ¡Yo quiero un médico! ¿Me entiende? ¡Un médico, antibióticos!
—Como usted quiera, pero le aviso que ese muchacho va a empeorar...
Ante la posibilidad de tener que quedarse más tiempo allí, Sonia accedió de mala gana. Fue a ver cómo andaba su compañero: peor imposible, al borde del delirio. Se sentó al borde de la cama y maldijo la idea de haberse propuesto para cubrir esa nota, lejos del confort al que estaba acostumbrada. Cuando volviese —pensaba— iría directamente a ver a Thomas, para aceptar su propuesta. No sería un buen amante, pero al menos la acomodaría en el puesto que ella quería. Nada de sacrificios, eso de empezar de abajo no era para ella.
Unos suaves golpes en la puerta la sacaron de sus pensamientos. Abrió. Casi le da un ataque al ver a la mujer de cuerpo rollizo, envuelta en un ajustado vestido rojo, los senos casi al aire, descalza y llena de collares. Ignorándola, Mauna fue directamente al lecho donde Pierre parecía agonizar. Le tocó la frente y dijo unas palabras ininteligibles. Abrió una bolsa de donde extrajo algunas hojas, y encendió una vela. Sonia la miraba, atónita.
—¿Qué va a hacer? ¡Espere! ¡Debe verlo un médico!
La mujer la miró con atención. —Tranquila, sólo llamaré a Lukou.
—¿Hablas mi idioma?
—Hablo inglés, francés, creolés y español.
—Mire, señora, no sé qué hace usted aquí, ni a quién va a llamar. Le pido que deje a mi compañero tranquilo, no haga nada hasta que venga un médico.
Mauna la observó con más detenimiento.
—Tú no tienes fe, ¿verdad?
—No. No en esta payasada. Pierre está enfermo; podría ser tifus, malaria, o alguna de las porquerías que abundan por acá. Lo que fuere, necesita ser diagnosticado y tratado por profesionales, no por “magos” ni “personas de fe” —dijo Sonia en tono peyorativo.
—La magia y la medicina van de la mano, el médico y la fe también —respondió Mauna—. Déjame ayudarlo —dijo mirando a Pierre que gemía —su alma está escapando.
—¡Váyase de aquí o llamaré a la policía! —gritó exasperada. Como Mauna no se movía de su lugar, Sonia salió de la habitación dispuesta a cumplir lo anunciado. La calle estaba oscura. No vio venir el golpe que la desvaneció...
Despertó, aturdida, en su habitación. Le costó ordenar las ideas. Ni se acordó de Pierre. Tomó el teléfono y llamó un taxi que la condujo al aeropuerto. Sacó el boleto y se sentó a esperar. Su mente estaba en blanco. Jugueteando con su cabello, notó que le faltaba un mechón de pelo, justo en su impecable flequillo. Se extrañó, pero decidió no darle importancia. Sólo quería irse de allí. Abordó el vuelo y suspiró aliviada al acomodarse en la butaca de primera clase. Cerró los ojos. Apenas el avión empezó a carretear, sintió en su pecho la primera punzada de dolor...
En la habitación del hotel, Pierre descorre las cortinas, abre los ventanales y aspira una bocanada de aire. Se siente mejor que nunca. No recuerda nada de lo sucedido. Una amplia sonrisa se dibuja en su rostro. La vida es hermosa —piensa—, es hora de buscar a Sonia.