domingo, 30 de noviembre de 2008

Desamor - Sergio Gaut vel Hartman


A Soledad Murúa Muñoz, que me dio la idea

—¡Maldito teléfono! —El sonido de un martillo de bronce repiqueteando sobre una máscara de cristal la extirpó de su goloso chateo con un poeta etíope—. ¿Quién habla?
—Yo —dijo una voz impostada.
—Yo es lo mismo que nadie —replicó la mujer irritada, aunque perfilando la estrategia para zafar del inoportuno desconocido—. Diga su nombre o corto ya mismo.
—Soy el teléfono, idiota. —Ahora la voz era dura, y contenía un tono de reproche nada velado que amenazaba convertirse en agresión.
—¡Absurdo!
—Para nada. ¿Ya olvidaste cuando me acunabas entre el oído y la boca y la saliva de tus dulces palabras mojaba mi cuerpo? Extraño esas caricias. ¿Por qué me abandonaste? ¿Acaso ese oscuro poeta es algo más que una señal en tu pantalla? ¡Yo soy real!
La mujer separó el tubo de su oreja, como si de pronto se hubiera convertido en una inmunda alimaña. —¡Estoy soñando! ¡No puede ser!
—¡No me dejes, por favor! —suplicó el teléfono, cambiando radicalmente el tono.
Intrigada, aunque recelosa, ella volvió a acercar el auricular. Fue suficiente. El sonido más agudo posible, una astilla de diamante, le atravesó el tímpano y se llevó consigo la mitad del cerebro antes de salir por el otro lado.

A mil la tre globa a mil - Saurio


Eternamente ronco podría decirse si no fuera porque eternamente es demasiado tiempo incluso para alguien que se emperra en una descripción por años y años y años, vendiendo globos semisentado en una baranda junto a las vías en la estación 9 de Julio de la línea D, con un omnipresente pucho en la comisura de sus labios colgando a punto de apagarse, contrabajeando con la pasión de una pizza mojada por la lluvia una letanía que tras varios días de escucha atenta puede ser interpretada como “A mil la tre globa a mil” aunque uno nunca sabe y quizás está diciendo otra cosa, quizás invoca a un demonio subterráneo y entonces los globos sostenidos inflados entre los dedos, la mirada amarilla y tal vez tuerta, la indolencia contra la boca del túnel y la eternidad de la presencia no sean más que un camuflaje, una cortina de humo para tapar su satánica misión, o quizás su frase sea “A mil la tre bomba a mil” y eso signifique una clave para cómplices en acciones terroristas disimulados entre la multitud que cada cinco minutos vomitan los trenes, lo cierto es que los mil a los que se refiere pertenecen a una unidad monetaria que ya hace demasiados años que no existe pero que la costumbre mantiene en uso, como inevitabilidad del karma de vivir en medio de un torbellino semiótico donde nunca nada significa siempre lo mismo o parecido.
Y con la misma fatalidad en que uno descubre que se ha tragado un diente encontrar el hueco de aire y entonces pensar en el final inevitable, ya que con sólo reclinarse un poco hacia atrás bastaba para viajar unos metros en la parte de afuera del subte y terminar convertido en un desparramo de sangre, tripas y basura, posibilidad que se mantiene en vilo y en el olvido hasta que es a la vez refutada y confirmada varios años más tarde al encontrarlo sin piernas ni un brazo en Constitución solicitando con su bramante rallador un poco de piedad monetaria de quienes siguen pasando sin mirarlo ya sea que venda globos o mutilación.

Viuda - Mónica Sánchez Escuer


La oscuridad de la finca se prolonga por el bosque y le ensombrece el sueño. Las delgadas cortinas no pueden contener la penumbra que se asoma, tampoco las densas voces de la noche que arañan la ventana. Tiene frío. En el lado izquierdo de la cama, la mujer dobla su cuerpo sobre la huella ausente. Unos débiles rayos salen de la lámpara que no quiere apagar. Hace meses, desde que él se fue, duerme con la luz encendida. 
Cierra los ojos y se cobija bajo el lumínico tacto. 
Dos horas o tres. Un ruido cae en su oído y la despierta. Intenta descifrarlo pero su memoria adormecida apenas reconoce el seco golpear del corazón en su cabeza. Afuera no se escucha nada, sólo el ronco murmullo del aire. La mujer permanece inmóvil unos segundos, luego se atreve: apaga la luz. Su almohada la recibe tibia, le acaricia el cabello. Ella cierra los ojos. No duerme. A los pocos minutos, unos ruidos en el piso de abajo la sorprenden y le arquean la espalda. Mira la tenue raya de luz que se filtra por la puerta cerrada. Escucha el rechinido de la escalera. Se desprende de las sábanas que abrazan su pecho acelerado. Camina. Busca en la cómoda: ahí está, cargada, fría. La duela vieja le anuncia la proximidad de los pasos. El arma sostiene sus dedos nerviosos. La puerta se abre: una bala y dos alaridos estallan. 
El cuerpo del marido cae.

Comienzo de historia - Carolina Di Bella


La luz no entraba al cuarto. Ella posó la taza en la mesa y miró. Dejó que una brisa de aire rodeara su cuello. La sintió, permitió el roce y suspiró. Era tarde y en silencio. Marga no pensaba. Soñaba. Una línea, una palabra que curara aquel vacío. Pero nada. Las horas eran largas. La vida no. Sabía que la noche y el día casi eran idénticos. Sólo era una cuestión de luz. Sabía de sus años y sus recelos. Marga intentaba poder recordar. Pero no podía. Hasta sus recuerdos le eran ajenos. Apilaba imágenes huecas, espacios que bien podrían pertenecer a cualquier otra. Hurgaba en la memoria por algún retazo olvidado. Frotaba su sien, miraba hacia abajo sin dirección aparente, sin buscar. Agónica se levantó y comenzó a caminar. El cuarto era amplio en la soledad. Las paredes giraban, los papeles vibraban al ritmo de sus pasos. Descalza, sentía el frío del piso de madera. Un paso, otro. Quizá sea mejor girar en círculos concéntricos para llegar. Quizá rodear los zócalos con pisadas cortas. Quizá detener la marcha, y en el impulso contenido cazar una imagen. El más allá estaba lejos, y lo inmediato era la misma sensación repetida de cada noche en esa misma habitación. Pasaban los minutos. Observó un instante el reloj despertador. Contemplaba sus colores, dibujaba nuevas formas. Cansada de dar vueltas retomó la silla. El respaldo duro casi le quebró los huesos delgados de la espalda. No había comido en todo el día. Ya no importaba. Tomó el lápiz, abrió el cuaderno y anotó…

sábado, 29 de noviembre de 2008

Narcovolatil grageas - Jacinto Deleble Garea


TRATAMIENTO.
Narcovolatil grageas es un alucinógeno recomendado para el tratamiento del estrés agudo post-laboral o post-familiar. Las alucinaciones sonoras generadas transforman los cotidianos ruidos urbanos o domésticos (tráfico, gritos, llanto infantil, ecos de construcción, etc.) en canto de pájaro.
Narcovolatil se presenta en estuches conteniendo 20 grageas de distinto tamaño y coloración, en correspondencia con cinco variedades distintas de canto.

POSOLOGÍA.
Adultos y adolescentes mayores de quince años.
La dosis habitual es de una cápsula tres veces por día. En pacientes con antecedentes de desequilibrio emocional deberán evitarse las dosis elevadas.

ATENCIÓN: Narcovolatil puede resultar adictivo. Se recomienda no administrar junto con alcohol ni manejar maquinaria bajo sus efectos.
En caso de duda consulte con su médico o farmacéutico.

EFECTOS ADVERSOS.
Pudieran observarse síntomas de comportamiento anormal, como una acentuada necesidad de frecuentar parques y zoos; tendencia a llenar de macetas los balcones, evitar el uso de vehículo motorizado y el consumo de carne.
La sobredosis puede provocar alteraciones anímicas, euforia y alucinaciones visuales, así como una propensión a recolectar ramas, tela y cualquier otro objeto susceptible de utilizarse para formar un nido.
En cualquiera de los casos deberá suspenderse el tratamiento.

NARCOVOLATIL es un producto de Virtuoquímica S.A.

Creer o reventar - Juan Torchiaro


Carlos Pietrasantelli se había quedado remoloneando entre las sábanas hasta pasadas las diez. Total es domingo y además no conviene ir a votar a primera hora porque todo el mundo quiere ser primero, pensó justificándose. Escuchó un poco Italianísima en el radio despertador, se levantó, se vistió, tomó su libreta de enrolamiento y avisó que iba a votar.
Camino de la escuela donde debería sufragar como lo había hecho siempre, recordó a su padre. Su primer voto, la primera vez, tan nervioso y tan convencido de decidir lo mejor, acompañado de su viejo, pobre papá, siempre tan oficialista. Habían llegado temprano y habían sido los primeros. Así le gustaba a papá.
Llegó y vio poco movimiento. Subió al primer piso. Ya sabía de memoria el número de su mesa. Dijo buen día y entregó apurado el documento.
—Pietrasantelli, Carlos —dijo el presidente de mesa, extendiéndole un sobre, mientras los fiscales buscaron su nombre en las planillas y pusieron una cruz en el margen derecho.
Husmeó dentro del aula que servía de cuarto oscuro, tanteó la cantidad de boletas de los distintos partidos. Uy, como afanan éstos, se dijo, frente a un fajo desordenado de boletas, aunque finalmente optó por una de otra pila, la dobló, la metió en el sobre y pasó la lengua por el borde engomado para cerrarlo. Ya está, ésta es la mejor hora, pensó y recordó a su padre, la última vez que lo vio votar. Entonces lo había tenido que traer con el auto porque sólo caminaba unos pocos pasos, los suficientes para entrar y salir del cuarto oscuro.
Salió, cerró la puerta del aula y fue a introducir el sobre en la ranura de la urna.
—Sirvasé, Pietrasantelli, su libreta —dijo el presidente de mesa. Entonces vio de casualidad, en la planilla, su apellido repetido, con las cruces en ambos casilleros. Volvió a mirar, sin ocultar su asombro. Antonio Pietrasantelli y debajo Carlos Pietrasantelli, ambos figuraban con voto emitido.
—¿Mi papá votó? ¿Cómo es eso? —preguntó confundido.
—Así es, si aquí lo dice —le respondió el presidente mirándolo a los ojos.
—¿Y cuándo vino? ¿Y cómo?
—Temprano, como de costumbre. Pase el siguiente —dijo el presidente con irritación.
Carlos Pietrasantelli tomó su libreta de enrolamiento y bajó lentamente las escaleras. Salió preocupado. Luego tendría que pasar por la iglesia a dar testimonio del milagro.

Las putas más viejas del mundo - Claudia Suberbordes


Tamarindo es un pueblo de putas. Desde tiempos inmemoriales, sólo han vivido en él las más bellas mujeres, dedicadas al noble arte de servir al prójimo, motivo por el cual la fama de Tamarindo se fue extendiendo por todas partes, de modo que no sólo llegaban a él clientes de los pueblos cercanos, sino también de la Capital, y hasta de los países limítrofes, tanta era la hermosura de las mujeres que vivían en Tamarindo.
También llegaban al pueblo muchas jóvenes que deseaban probar fortuna, pues cuando una niña era muy bella, y tenía vocación de servicio, sus allegados le aconsejaban: “Deberías irte a vivir a Tamarindo”. Y fue así como el pueblo de Tamarindo se fue convirtiendo en un gran burdel, lleno de hermosas samaritanas dispuestas a alegrar la vida de los hombres tristes.
Durante mucho tiempo, aquel pueblo prodigioso alimentó las fantasías y calentó los corazones de todos los hombres de los alrededores.
Pero los buenos tiempos de Tamarindo han pasado. Ya no llegan jóvenes en busca de un futuro promisorio, y las pocas putas que aún quedan en el pueblo son ya muy viejitas, todas usan gruesos lentes y dentaduras postizas, y caminan lentamente dando pequeños pasitos y ayudándose con sus bastones. Nadie sabe cuántos años tienen las putas de Tamarindo, puesto que hace muchos, muchísimos años que han dejado de llegar a él muchachas jóvenes. Los ancianos más memoriosos de los pueblos vecinos narran que sus abuelos alguna vez pasaron una noche de juerga en Tamarindo, y aún recuerdan los nombres de las chicas que los acompañaron. 
Las viejitas se reúnen por las tardes en la plaza del pueblo a tomar mate y a hablar de mejores tiempos, cuando todo el pueblo era una fiesta de amor, y las luces de las casas quedaban encendidas hasta altas horas de la madrugada, y había baile y se bebía y se amaba al prójimo.
Pero como la mayoría de ellas ya ha perdido la memoria, los relatos son en general inventados, de modo que la historia del pueblo se va enriqueciendo cada vez más con fantásticos relatos sobre reyes y príncipes famosos que alguna vez pasaron por allí.
Como ya ninguna de ellas puede trabajar, porque apenas sí pueden con sus vidas, los vecinos de los otros pueblos les llevan de vez en cuando canastas con alimentos y bebidas, y así sobreviven las pobrecitas. Cada vez que ven llegar a uno de sus vecinos ellas creen que se trata de un nuevo cliente que viene a verlas, y le brindan toda clase de honores, disputándose el privilegio de atenderlo.
Con todo, Tamarindo sigue siendo el pueblo más divertido de los alrededores, y vale la pena ir a llevarles algo de comer a las viejitas para escuchar aquellas fabulosas historias sobre las épocas doradas del pueblo de las putas.

Intento fallido por conquistar una escalera - Adriana Med


Amén de mucho entrenamiento, para conquistar una escalera (porque conquistar un país es mucho y conquistar un continente es demasiado), probé suerte primero conquistando un corazón con la intención de practicar el arte de la conquista. Pronto me di cuenta de que practicar con algo así no sólo era atrevido, sino ingenuo, y además de todo, inmoral. ¿Cómo conquistar un corazón? Supongo que sin catapultas y sin flechas. Elegí de entre muchos corazones a uno que me pareció especialmente rojo,famoso por ser enamoradizo, creyéndolo presa fácil. Creí mal. Mi práctica pronto se convirtió se un martirio y una lección de vida, pues sin catapultas y sin flechas, la conquistada acabé siendo yo. Me pregunto qué pensaría el Mio Cid de todo esto. Soy una vergüenza. Mi conejillo de indias conquistó mi corazón y yo no he logrado conquistar ni un escalón. La escalera está lejos, estoy sola, y no soy una conquistadora. Será que conquistar es más difícil que bailar. Bailemos, entonces.

viernes, 28 de noviembre de 2008

Sabiduría de Layo - Cristian Mitelman


A diferencia de las versiones más tradicionales del mito, Layo era  un hombre conocedor de todo su destino. Sabía que matar a Edipo era imposible y que, por uno de esos artilugios de la divinidad, el hijo volvería para trazarle el fin en su propia carne.
Con los años enviudó y volvió a casarse con una muchacha a la que obligó a llevar el nombre de la antigua esposa. 
Le hizo creer a Tiresias que la primera Yocasta seguía viva, de modo que el ciego fue ignorante de que se hallaba frente a otra mujer. (Para eso —como es claro— Layo le ordenó a la joven que permaneciera siempre alejada de ese ciego fabulador, cuyo único don era anticipar historias amargas.)
Luego le comunicó al anciano el temor de que lo asesinaran y que un hijo perdido en la noche se desposara con su mujer.
En un cruce de caminos Layo perdió la vida; Edipo se dirigió a la ciudad, al gobierno  y al supuesto lecho de la madre, en tanto que Tiresias acuñó un falso secreto que fue proferido mucho más tarde, en medio de la peste.
Para Layo era evidente que su asesino —en medio de una revelación tan cruel como falsa— se arrancaría los ojos y marcharía a un exilio ruinoso. Pero debía vengarse, porque era la única forma de poder restaurar el orden del universo.

Los Borg no están preparados – Ricardo Giorno


Luego de sólo tres intentos desde el cubo, 9 de 9 inmovilizó con facilidad a aquella nave mediante el rayo tractor. 
Sin embargo, la nave seguía emitiendo mensajes incomprensibles:
—No tenés chance, mamasa. Somo lo mejore.
—Tomatelá porque no te queremo lastimar, no te queremo.
O cuando, al principio, esquivaban el rayo:
—Oooleee… oooleee.
9 de 9 abordó esa nave de tan extrañas criaturas.
—La resistencia es fútil —anunció.
Igual ellos no le creyeron.
—Resistime ésta —le dijeron, tocándose la entrepierna. O: —Con éshte futil te parto al medio, te parto.
A pesar de todo, la asimilación fue sencilla. Mucho más fácil que con otras especies aparentemente menos agresivas. Parecía que todo el poder de resistencia de aquellos seres morara sólo en sus bocas.
Pronto, y de un modo misterioso, la colmena no fue la misma. Nunca se supo cómo comenzó, pero se formaron sindicatos clasistas y combativos entre los drones antiguos, los nuevos y los no tanto. Los colores de piel influyeron al formarse las jerarquías. Se declaró que cualquier dron era un dron-trabajador, y como tal, tenía derechos adquiridos. La excelencia del control del poder científico, la búsqueda de nuevas tecnologías, pasó a segundo plano, substituida por la reestructuración de los escalafones.
Acusaron a la Reina Borg de imperialista, explotadora de la pobre clase trabajadora. Y levantando las banderas del proletariado, se repartieron entre ellos la generación de la energía del cubo, acusando de ineficiente a la gestión reinante. Entre otras cosas, pusieron retenciones a las asimilaciones: no era lo mismo un planeta agrícola que uno tecnológico, dijeron los sindicatos. Un carguero que una astronave de combate, acotaron los obsecuentes. 

Al fin, el cubo fue separado del colectivo y enviado a zonas con rutas no comerciales, aunque ricas en materias primas. Se lo desestimó para concretar asimilaciones constructivas y sólo fue consultado para asuntos de poca monta. 
Ellos ni se inmutaron. Sus sindicalistas les aseguraban a los drones-proletarios que el cubo estaba en orden y que llegaba la etapa de mirarse el ombligo. Que ellos eran los mejores y el resto del colectivo sólo les tenía envidia.

La brevedad del tiempo - Francisco Costantini


El personaje, los hombros caídos y la mirada extraviada, permanecía sentado frente al escritorio. Mientras, el médico observaba los resultados de los diversos estudios que le había encomendado. Por fin, luego de varios minutos, metió los papeles dentro del sobre y se sentó de cara a su paciente. Los envolvió un silencio insoportable, hasta que uno de los dos se animó a hablar.
—¿Y, doctor? —preguntó el personaje—, ¿qué es lo que tengo?
El otro apretó los labios y entrelazó los dedos de sus manos. Buscó las palabras adecuadas; entendió que las mismas no existían. No tuvo más remedio que revelar la cruda realidad. 
—Lo suyo es grave —soltó—. Le queda muy poco tiempo de vida. 
El paciente meneó la cabeza y sus ojos se humedecieron. Un suspiro desgarrador escapó de su alma. 
—¿Cuánto? —interrogó, con la voz quebrada. 
El médico lo estudió detenidamente, con la boca abierta, sin decidirse a contestar.
—¿¡Cuánto!? —gritó el ser ficticio, ya con las lágrimas rodando por sus mejillas.  
Entonces, el doctor no tuvo más alternativa:
—Sólo quince palabras más. —Realizó una pausa deliberada, y agregó—: A partir de ahora. 
—¿Sólo quince?
—Doce.
—¿Qué?
—Lo que oye: siete.
—¡Espere!
—Lo siento, se acabó. 
—¡No!
—Fin. 

Empotrando - Sergio Gaut vel Hartman


—¿Puede correr el día?
—¿Hacia dónde quiere que lo corra?
—¿Ayer? ¿Puede hacer que hoy sea ayer?
—Puedo; esto es un cuento, no hay restricciones.
—A las tres de la tarde, en Las Violetas de Rivadavia y Medrano. Dejé plantado al señor Robles.
—Muy vegetal lo suyo —sonreí. Corrí el viernes hasta empotrarlo en el jueves. Jacinto Robles estaba, en efecto, plantado, como ella lo había dejado.
—¡Ay, señor Robles, qué mala fui! Lo dejé plantado.
—No es nada —dijo Jacinto—. No hay mal que por bien no venga: mire, florecí.
—¿Floreció? —La muchacha estaba perpleja.
—Fructifiqué, en rigor a la verdad. —Robles sacudió las ramas, de las que colgaban voluptuosos racimos de uvas.
—¿Uvas?
—Si algunos les piden peras a los olmos no veo nada de malo en que los Robles demos uvas; ¿no le parece, señor...? 
—Boj, Narciso Boj. –Estuve a punto de extender la mano para estrechársela; me detuve a tiempo.
—¿Y ahora? —dijo la muchacha, decepcionada.
—¿Cómo se llama usted?
—Paola.
—¡Perfecto! —corrí el viernes y lo empotré en el sábado 8 de julio de 2014, donde estaba seguro de que mi mujer no me encontraría. En ese tiempo, Paola y yo vivimos un tórrido romance cuyos pormenores no pienso describir en este momento... y seguramente nunca lo haré.

Mercado Retiro - Saurio


Cubiertos con unas sábanas blancas manchadas de sangre descargan medias reses de un camión y entran a la carrera, cegados por la inercia del peso del cadáver. La sierra mecánica aúlla y el aire se corta (la carne lo imita, para no ser menos). Los verduleros acomodan los colores vegetales, alcanzando sin proponérselo geometrías que aún hoy intrigan a los matemáticos. Las escobas van y vienen para que el piso no intranquilice la conciencia de los inspectores de salubridad. Entran y salen carros y cajones, botellas de gaseosas, cartones de leche, bandejas de yogures, paquetes de galletitas. Prestan juramento de fidelidad las balanzas. Un cuchillo rasga el envoltorio plástico y el queso disfruta los breves instantes de libertad antes de acabar en fetas. El carnicero afila su cuchilla en una barra de hierro y sonríe. Una vecina madrugadora espera con sus bolsas vacías a que salga el último baldazo espumoso. Las persianas metálicas se alzan. El mercado saluda a una angosta calle San Martín repleta de autos.

Y luego vienen gobiernos con fiebres neoliberales y del mercado no queda más nada.

La sombra - Martín Cagliani


Son extrañas las sombras, ¿no? Cuando uno las ve durante el día no les presta demasiada atención. Ni siquiera a la de uno mismo. Pero de noche es otra cosa. Adquieren matices que por lo general inspiran miedo; nos da escozor en la piel cuando vemos una que cambia rápidamente en un ambiente con poca luz.
La cuadra de mi casa está muy poco iluminada por las noches. Me pasó, hace un tiempo ya, que al salir de mi casa vi una sombra que se movía rápido bajo mis pies. Enseguida pensé en un gato y ya lo iba a patear, pero vi que era sólo una sombra, y que no era la mía. Se movía mucho y yo estaba quieto. La piel se me erizó por completo, pero cuando enfoqué la atención, pude ver que no era otra que mi sombra, creada por el alto y poco efectivo farol de la calle. Me reí del miedo que sentí, y seguí mi camino.
Pero esto no termino ahí. La Sombra volvió a aparecer. Creo, no recuerdo bien, que pasaron varios días hasta que volví a tener una experiencia similar.
Esta vez la vi cuando venía cruzando por una plaza; volvía de una fiesta. Fue un instante. Durante unos segundos, vi en los límites de mi campo visual que una sombra se escurría por debajo mío. Me dio un gran susto, miré enseguida hacia abajo pero sólo vi mi sombra que permanecía quieta.
Como la primera vez, en esta ocasión no le presté demasiada atención al episodio. Recién la tercera vez que la Sombra movediza hizo su aparición recordé las otras dos situaciones y las relacioné.
Es que esta tercera vez, la Sombra se mostró ante mí durante el día. Fue durante la hora del almuerzo en el trabajo. Cuando iba caminando por la peatonal, más que ver, sentí una sombra moviéndose bajo mis pies. Cuando miré, esta vez la sorprendí en movimiento. Era una sombra y no era la mía. Miré hacia arriba, y en todas las direcciones buscando algo que la causara, una bandera, algo. Pero no había nada. Caminé y seguía moviéndose debajo mío. Era una sombra sin forma definida. Mi miedo inicial ahora se había transformado en curiosidad científica.
Caminé en todas direcciones, salté, corrí y la Sombra seguía ahí, moviéndose como siempre. Al notar que la gente me estaba observando, decidí no llamar la atención y seguí caminando. Mi mirada estaba clavada en el suelo, siguiendo los movimientos de la Sombra. Ahí fue que el miedo volvió, y mi piel se erizó. El terror se apoderó de mí al darme cuenta de que mi propia sombra había desaparecido.
Esta Sombra movediza me había quitado a mi sombra, desplazándola. Miré a los pies de todas las personas que caminaban por Lavalle y nadie tenía una sombra movediza. Es más, nadie se fijaba en la que estaba debajo de mí. Pero bueno, es normal que la gente no preste atención a nada. Me distraje un momento, dejando el miedo de lado, y al volver a mirar hacia abajo la Sombra ya no estaba. Pero mi terror llegó a su máximo cuando me percaté de que no sólo faltaba la Sombra movediza, tampoco estaba mi propia sombra.
Otra vez miré para todos lados, buscando alguna causa. El sol en lo alto, era pleno mediodía y el cielo totalmente azul; y las demás personas todas tenían sus sombras. Al único al que le faltaba era a mí. La Sombra movediza me la había robado. Lo había intentado dos veces y por alguna razón no había podido, pero en esta ocasión logró llevársela.
Es el día de hoy que sigo sin mi sombra. La busqué por todos lados, pero jamás volví a ver a la Sombra movediza. Leí mucha información sobre el tema, y encontré varias leyendas. En todas dicen que cuando alguien pierde su sombra es porque el demonio (quien sea en cada religión y mitología) le robó el alma. Temo que esto sea cierto. Un hombre no puede andar por ahí sin sombra, sin alma. Voy a averiguar que pasó, y la única forma que me queda para hacerlo es quitándome la vida.
Por eso dejo estas notas, explicando la causa del abandono de mi cuerpo, que ya no tiene mucho sentido conservar si no tengo alma. Espero poder hacerles saber por algún medio qué pasó con mi sombra.

Paisaje - Mónica Sánchez Escuer


Llamo a la puerta. Alguien se asoma por una ventana y me dice que estás muerto, que me vaya. Yo insisto. Nadie abre, sólo se escuchan voces que no quieren salir a hablar conmigo, aunque yo sé que hablan de mí. De mí y de ti. Me desprecian: para ellos soy el hombre pervertido que les arrancó tu inocencia y sus sueños de familia decente. Vuelvo a tocar. Los nudillos duelen menos que esta sombra que me oprime. Una mujer abre la puerta de la cochera y me hace una seña. Sin comprender ni preguntar, la sigo. Soy la prima, aclara, mientras me lleva por el patio lateral hasta su habitación. En silencio, me entrega las cartas cerradas que te escribí cuando saliste del hospital y te trajeron de nuevo a este territorio donde yo nunca fui admitido. La joven no espera que las abra: me toma del brazo y me conduce por un angosto pasillo hacia la cocina. Al otro lado del muro se escuchan gemidos y el llanto opaco de una mujer. Entramos a tu estudio, que alguna vez fue el cuarto de lavado y ahora alberga tus libros y papeles. El aire cargado de tu aroma sorprende a mis sentidos: cierro los ojos, respiro hondo, entras y besas mis pulmones, mis huesos. La mano de tu prima acaricia mi hombro. No hablamos. Abre la cortina sólo unos centímetros. Me asomo. Por la ventana se ve otra ventana que tiene tu cuerpo tendido como paisaje: pareces dormido en esa cama que nunca fue nuestra, tu cama adolescente, esa que tú decías inhibida por tus sueños, la cama que resistió más que tú el peso de la única mujer que tu sexo exploró torpemente. No me dijiste mucho, ni siquiera su nombre. No sé por qué ahora que te miro allí me dan celos: no concibo que te lleves en la piel otras huellas que no sean las mías. 
Dentro del saco, las cartas que nunca llegaron a tus manos retienen mis latidos impotentes. Una gota moja mi zapato. Tu prima llora. Ahora sé que fue ella. Por su dolor me doy cuenta de que mentiste: fue tuya muchas veces. La abrazo. Su cuerpo delgado, sin formas precisas, me recuerda el tuyo. Las ondas de su cabello oscuro. La ciño aún más. Algo de ella huele a ti.

jueves, 27 de noviembre de 2008

La persecución - Ramiro Sanchiz


Esto no terminará nunca. Estoy corriendo por un callejón en ruinas, cerca de la rambla; todavía me persigue. Aprieto el paso, giro para confundirlo y trato de perderlo de vista entrando a un edificio. Subo las escaleras corriendo. Por un momento estoy a salvo; me recuesto contra una pared para recuperar el aliento y entonces llega a mis oídos el ruido de la puerta: ha entrado, y son múltiples ahora los pasos, por lo que cabe pensar que ya son más. Esto ha sucedido antes. La última vez estuve a punto de ser atrapado; quisiera recordar cómo logré evadirme, si fue también dividiéndome de todas formas ahora no podría, me tomaría siglos o si encontré un buen lugar para esconderme. Pero no lo recuerdo. Ha pasado demasiado tiempo. Ahora he encontrado la escalera de servicio. Creo que dio resultado; no escucho que estén acercándose. Bajo cuatro pisos pensando en escaparme por alguna salida lateral; un hombre que no conozco se me acerca y me tiende su mano, yo puedo ayudarte, dice, puedo mostrarte la salida. Lo sigo. Está conduciéndome por pasillos llenos de oficinas. Afuera ha salido el sol. Me detengo un instante frente a una ventana; él parece impaciente, me señala el ascensor. Algo no está funcionando. Seguramente va a traicionarme. Lo golpeo con todas mis fuerzas y huyo, buscando una vez más la escalera de servicio. Estuve a punto de caer en sus manos. No puedo ser tan crédulo, pienso mientras corro hacia la salida del edificio. Parece que los he dejado atrás. Estoy en un barrio lleno de antiguas mansiones; es posible que encuentre aquí un lugar para esconderme. Porque esa es la única idea en que puedo pensar, replegarme, rodearme de mil paredes y trampas y esperar... pero, ¿y si los enfrentara? ¿Y si urdiera un plan para detenerlos? Lo he intentado antes, sin éxito, pero el fracaso se debió a mi fuerza entonces reducida, a mi inexperiencia. Ahora podría ser diferente; sólo tengo que definirlo, concentrarme en una forma totalmente diferente de actuar. Sé que no hay manera de agotarlos; están persiguiéndome, a veces uno, a veces muchos, desde que tengo memoria. No sé cómo, cuándo o por qué comenzó, pero está claro que no abandonarán su misión. A veces alguno de ellos parece resignarse, buscar una vida, levantar una casa o formar una familia, pero, tarde o temprano, vuelve a buscarme. No pueden evitarlo, y por eso está claro que ellos también sufren la persecución. Han debido entregar su tiempo y sus días a buscarme sin pausa por estos laberintos: Acaso sea su castigo: el nuestro; son, quizá, mis víctimas. Ahora no están cerca, pero pronto lo estarán. Me detengo en el fondo de una de las mansiones y descanso contra un árbol. El terreno se pierde en la distancia, un bosque flanqueado por murallas. Retomo la marcha. El avance es difícil en este terreno; deberé buscar otro camino. Y ahí están sus pasos una vez más. No hay salida, esto no terminará nunca, pero he hecho de sus vidas un infierno. Quizá pronto encuentre yo alguien a quién perseguir, y ese alguien y mis perseguidores, de alguna infinita, tortuosa manera, podrán ser los mismos. Quizá un día decida que la última salida es plantarme ante ellos y entregarme, dar fin a todo lo que han hecho sobre este mundo y asi borrarlos y borrarme y descansar. Pero no todavía. Ahora sólo puedo seguir.

Como siempre a horario - Juan Torchiaro


Antonio vio venir el colectivo y calculó que no respetaría la parada. No podía permitirse perderlo, así que corrió con su brazo en alto y pudo alcanzarlo gracias al semáforo en rojo. Se trepó totalmente sofocado y pidió un boleto hasta Centenera al tres mil. Buscó monedas en sus bolsillos y no encontró ninguna.
—¿Qué hacemos, viejo? —le dijo el chofer sin mirarlo, con intolerancia en la voz.
Antonio pareció no escucharlo y mientras seguía palpando los bolsillos recorrió con la vista el interior del vehículo con la esperanza de hallar un asiento.
—¿Y viejo, qué pasa. Pagás o te bajás? —amenazó el chofer.
Antonio miró la hora en el reloj del colectivo y se estremeció. Llegaría tarde otra vez. Lo suspenderían.
—Por favor —dijo—, no tengo plata. Lléveme por esta vez. No puedo llegar tarde a la fábrica.
El chofer lo miró irritado por el espejo y no dijo nada. Un pasajero le tocó el brazo para cederle el asiento. —Venga abuelo, siéntese que se puede caer —le dijo.
Desde el asiento no dejó de mirar el reloj y contar las paradas. Aún no había amanecido. Había salido tan apurado que llevaba puesto el pantalón pijama y sentía frío en las piernas. 
—¡Centenera al tres mil! —le gritó el chofer. Antonio se incorporó temblando, se tomó de un pasajero, llegó hasta la puerta y descendió vacilante.
—Estos viejos. ¿Qué andarán haciendo solos y tan temprano? —refunfuñó el colectivero.
Ya en la acera Antonio se detuvo para acomodarse el saco. Miró el frente de la fábrica. El portón estaba cerrado. Los vidrios de los ventanales rotos. Parecía abandonada. Recordó la cama fría, la humedad de la pieza, las otras camas. Desde el limbo de su arterioesclerosis, comprendió que había vuelto a escaparse del geriátrico.

Bisnes ar bisnes - Daniel Frini


Estoy felizmente casado con Analía; tenemos dos hijas: Luciana, de diez y Marisa que el fin de semana pasado cumplió quince años. Analía es abogada, muy buena ¿eh? Trabaja en el centro, en un estudio del cual es socia; especializado en casos de derechos humanos.
Es una época, qué sé yo, interesante. Tiene mucho trabajo, no nos podemos quejar y ella se hizo bastante conocida. Apareció en la tele con Chiche, con el otro ese que sabe armar quilombos al aire… Antes era más difícil, pero ahora hasta el gobierno los apoya. Y es brava, ¿sabe? No la van a pasar por arriba así nomás. ¿Se acuerda cuando el despelote con el fiscal Lopéz? Bueno, fue ella la que sacó las papas del fuego cuando encontró los folios perdidos. Se metió de prepo en el despacho del doctor Saravia, y los sacó de su escritorio. Saravia no dijo nada porque no podía explicar por qué los tenía él…
¿Qué hago yo? Yo…, en fin, tengo una concesionaria de autos importados sobre Libetador, en Olivos, pero en realidad mi verdadero trabajo es, bueno, matar. Si, matar gente, personas. Y es un trabajo muy bien pagado. Y hay mucho, no crea…
Con la concesionaria tapamos las apariencias, pero los capos saben cómo es la cosa. Soy casi, casi oficial.
¡Uh! Hace rato que trabajo de esto. Desde los diecisiete. Claro que empecé por casualidad; y con un poco de suerte nunca caí, y fui aprendiendo el oficio. No sé, ya perdí la cuenta, pero deben ir como doscientos. ¿Se acuerda del caso Barrentes? Bueno, ahí estuve yo. También con el caso de los hermanos Zalazar, el del joyero del Once, el de Ventimiglia; sólo por nombrarle los últimos más conocidos… Y, hay que tener poca sangre, porque si uno piensa qué son … Yo me los imagino como muñecos, y listo. 
Hace unos días recibí un encargo curioso. Debí hacer un trabajito para amedrentar a mi propia esposa. Parece que con un caso que están llevando en el estudio asustaron a un pajarito de la vieja guardia que no debe caer porque sabe mucho de cómo está organizada la cosa.
Dijeron que se había contemplado la posibilidad de anular a Analía, pero desistieron porque sería muy evidente y levantaría mucha polvareda. Entonces, se acordaron de mí, y me dieron el contrato. Me pagaron bien.
Lo ejecuté el sábado, en el cumpleaños de la nena. Desde un teléfono robado de esos que venden en la estación, le dejé un mensaje en el celular a mi mujer, que decía “cuidate vos a partir de ahora”. 
Después, antes del brindis puse dietilglicol en la copa de la cumpleañera. Mi hija murió dos horas después en los brazos de su madre. 
En este trabajo no se puede decir que no.
Bisnes ar bisnes, como dice mi amigo, el yanqui.
Lástima que las tres cuartas partes de lo que gané se me fueron en pagar la fiesta y en el tratamiento de Analía. 

El llavero - Juan Arellano


Los hechos sobrenaturales siempre me han generado tan sólo una sonrisa y eso, si los veía en películas, no en la vida real. Pero ayer, 31, sucedió algo que me dejó pensando. Temprano por la mañana vino N. y me trajo un regalito, una pequeña zapatillita para mi llavero. Era bonita y de inmediato la puse en mi manojo de llaves junto con otros tres llaveros de adorno que poco a poco habían encontrado su lugar ahí. Pasaron las horas y al mediodía, al sacar las llaves de mi bolsillo cayó uno de los llaveros antiguos, lo recogí y guardé pues me dio flojera colocarlo de nuevo en su lugar. En la tarde mientras abría la puerta de la casa, otro de los llaveros de adorno se deslizó al suelo. Admito que no me pareció extraño, pensé que era una simple casualidad o maltrato al manojo de llaves por parte mía. Sin embargo, en la noche mientras cerraba todo para salir a ver a N. me di cuenta que el último de los antiguos llaveros se había quedado en mi bolsillo. En mi mano estaban las llaves con un único llavero: la zapatillita que N me había regalado tan sólo unas horas antes. Una extraña desazón recorrió mi cuerpo, pero rápidamente la desestimé. Llegué a casa de N. y olvidé todo al verla y sentir sus besos. Momentos antes de despedirme cogí de su mesa de noche una revista doblada en la página de los horóscopos. Por curiosidad leí el de ella: "Dominante y posesiva. No soportas no ser la única en el corazón del ser que amas." Entonces, mientras en la iglesia cercana tañían las campanas de la medianoche, recordé la zapatillita y los otros llaveros descartados. Al levantar la vista ví en el espejo que N. me miraba dulcemente desde el quicio de la entrada de su cuarto mientras lentamente cerraba la puerta.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Taza de té - Adriana Med


Taza de té - Adriana Med

La mañana de ayer parecía igual a todas las mañanas: fría, desafiante, maldita. Me había levantado de mi cama tratando de recordar la pesadilla que tuve esa noche —por razones que no preciso explicar ahora— un tanto confundida, un tanto somnolienta. Había pensado, había tosido, había pronunciado palabras que no lograban enlazarse entre sí para formar frases coherentes. Había escupido sobre la televisión, no sin pocas razones, que por ahora omitiré. Había llorado internamente. Entonces, bostecé. 
Y de pronto yo estaba ahí: sentada en la solitaria cocina de esa cosa llamada hogar, mirando mi, muy bella, taza de té. Esa taza de té que aún teniendo 17 cucharadas de azúcar desprendía ese sabor amargo y pálido que tienen todos los tés. Pocas personas lo saben, pero cada vez que tomo una taza de té siento la incontrolable necesidad de patear un bote de basura. Miré a mis alrededores; atrás del refrigerador, junto a la puerta de la cocina, junto a la puerta principal, junto al retrete, en el jardín... no encontré ninguno. 
Salí a la avenida principal en busca de algún cesto y al fracasar en tal búsqueda, extendí ésta por toda la colonia, el municipio y la ciudad. Toqué puertas, exploré centros comerciales, escruté las azoteas de los edificios y pegué un letrero de "Se busca" en el bar ilegal de la calle Goethe. Nada pasó. 
Atravesé el océano pacífico, viaje a Gran Bretaña, anduve por Penny Lane, conocí la Torre Eiffel. Encontré roedores, mucha gente, y encontré el amor. Pero no encontré ningún bote de basura. 
Hoy estoy aquí, junto a una nueva taza de té, reflexionando entre ambiguos recuerdos y vagos pensamientos. Mis piernas y mis pies poco contentos están con mi persona, con las personas, con el gobierno —ese gobierno tan infantil como mi propia existencia— y al asimilar toda esta situación, la pregunta es inevitable: ¿Dónde están los botes de basura cuando se les necesita?

Para que se abra el pórtico - Cristian Mitelman


Un hombre muere. En todos sus años no ha sentido curiosidades religiosas. No es que hubiera sido ateo; simplemente creía en algo indefinido a lo que llamaba Dios y que en realidad no representaba nada.
Había votado a gobiernos conservadores para terminar decepcionándose de ellos;  le temía a los cambios profundos; le gustaba el orden y, por qué no, cierta mano dura en caso de que fuera necesario.
Se casó. Engaño a su esposa cinco o seis veces. Sintió algo de remordimiento al comienzo. Luego terminó disculpándose a sí mismo, de modo que dejó de pensar en el tema.
Los gobiernos militares lo sorprendieron en una actitud pasiva.
Hablaba pestes de la corrupción. 
En la época del dinero fácil viajó a Miami y a Florida. Cumplió el sueño de sus hijos: los llevó a Disneyworld. No comprendió (o no quiso comprender) el significado cabal de esos hechos.
Ahora se sorprende. Dios existe y lo está juzgando. (Le parece un buen gesto que se le aparezca sólo como una voz... Un rostro hubiera sido demasiado para sus nervios de novato en cuestiones de juicios más o menos trascendentes.)
La voz le muestra los resultados atroces de su tibieza. Debajo ve el rosario de cadáveres, de desempleados, de indiferentes y de cínicos. Luego le da dos opciones. Cierto purgatorio que dure un día menos que la eternidad o el mismísimo infierno.
 
Por primera vez el hombre tiene el gesto de grandeza que no conoció en vida. Elige el infierno.
Por fin se abre el pórtico.

Ultimátum a la Tierra - José Ramón Vila (Txerra)


—Su Excelencia, tenemos la información que habías solicitado.
—Magnífico, Consejero, magnífico. Hazme un resumen.
—Como ordene, Su Excelencia. Siguiendo el plan, previo a la invasión el planeta llamado Tierra para esclavizar a todos los seres que lo habitan, era necesario conocer su idioma para transmitirles nuestro ultimátum. 
—Al grano, Consejero, al grano.
—Sí, Excelencia, disculpad. Hemos descubierto que ese planeta alberga muchos y variados idiomas, pero hay tres que se utilizan masivamente: inglés, chino y español. Este último es el mejor constituido y completo, pues lo organiza una tal Real Academia Española. De hecho, he aprendido mucho de ese idioma y sólo me resta mejorar la estructura de las frases. En poco tiempo podría dominarlo por completo.
—Bien, perfecto. Continúa.
—Sí, Su Excelencia. Ocurre que la RAE es demasiado sofisticada y con un vocabulario inmenso. No obstante hemos dado con una solución que acortaría el tiempo de aprendizaje; hace poco hemos detectado una organización llamada Taller 7.
—¿Ah, sí? ¿En qué consiste?
—Se trata de un grupo humano que mueve un enorme volumen de información a través de lo que dan por llamar Internet. En síntesis, por lo que he podido entender, Taller 7 enseña a escribir y presentar textos de forma correcta. En poco tiempo podríamos dominar el idioma y formular el escrito del ultimátum meridianamente claro.
—Magnífico. Proceded.

Transcurridas cuatro semanas...
—Su Excelencia, debo informaros que el plan ha fracasado por completo.
—¡Cómo! ¡Qué ha sucedido!
—Después de pasar por una humillante selección, logré ser admitido en ese grupo hermético. 
—¿Y dónde está el problema?
—El problema, Su Excelencia, es que el numeroso grupo de humanos del Taller 7 estaba conducido por un equipo tan terrible como eficaz. Lo dirige con mano férrea SGvH, y se llaman a sí mismos los Moderadores.
—Pues moderador no entra en mi vocabulario pero, hasta donde yo sé, no es una palabra ni terrorífica, ni beligerante. Explícate.
—Envié mi primer borrador. Al poco me lo devolvieron porque no había comentado escritos de los compañeros. Volví a mandarlo de nuevo y un tal J. V. me envió el siguiente mensaje:
"Esto es una burla. No te has molestado en repasar nada, ni en leer las normas, ni los mensajes que envío al Taller. Estoy cansado de que gente como tú me haga perder el tiempo, pero voy a hacerte una lista:
1.- Tu nombre no figura en el nombre del archivo.
2.- Tampoco figura el número del ejercicio.
3.- Los guiones de diálogo son incorrectos y están mal utilizados.
4.- El tema del relato no corresponde a la consigna, que tampoco has leído.

Sugerencias:
1.- Aprende ortografía
2.- Lee las normas del Taller y la consigna del ejercicio.
Es el último aviso.

J.V.O. 

—¿Y qué hiciste ante tal magna afrenta, mi fiel Consejero?
—Harto de la situación, les envié directamente el ultimátum, para que firmaran su rendición sin condiciones.
—¡Bien hecho! Ya se han rendido, ¿no?
—No, Su Excelencia. Lo han rechazado porque estaba mal redactado, y al mismo tiempo cumplieron con el formulado por ellos: me han echado a patadas del Taller 7.
—¡Insolentes!

Drummer - Héctor Ranea


Estaba sentado frente a la batería como un camionero se sienta al comando de su enorme Scania y anda orgulloso por las rutas de la Patagonia. Era un Titán manejando un animal bestial enfrentándose a los dioses de los peores abismos, un semidiós con su cohorte de tambores, sonajeros y platillos. 
Había en el conjunto un par de platos de bronce bruñidos con martillos diminutos que tenía el aspecto de ser de piel de lagarto overo y que sonaba como deberían sonar los pies de Sayhueke cuando bailaba frente a sus amigos rogando que la nueva cacería fuera abundante. 
Tenía otros dos platillos enormes que centelleaban de colores por sus innumerables círculos arados sobre el cobre por una pluma de acero sacada, parecía, del ala de un ángel guerrero. Y diez platillos más que, como decenas de campanas con voces que convocaban a un amor salvaje, sonaban en el puente como un coro de niños de gargantas de bronce.
Los seis tambores, los redoblantes, el cuerno de metales preciosos, los cocos, las diferentes sonajeros del conjunto, todo se presentaba en esa discordante armonía que tiene la percusión.
En sus mejores momentos, el baterista parecía tener cien manos, doscientos pies, muchas cabezas. Gritaba como loco pero nadie podía oírlo de tan fuerte que resonaban los parches de Kevlar, los tímpanos de ónix, de lapislázuli, de orejas de diosas. 
Y así andaba el baterista, montado sobre esa máquina que hacía de motor en el espacio inerte, tocando piezas memorables como Moby Dick, esa suite para batería y voz del admirado y más grande de los bateristas. 
Viajaba acompañándose con su batería y su fervor, mientras tenía frente a sí el visor gigante donde se veía el cielo desde su puesto de comando. Él había pedido la batería, casi como una condición, para ir sólo en el primer viaje a Júpiter.

Fugaz - Sergio Gaut vel Hartman


Hacía tres semanas que me alojaba en ese hotel, al borde del desierto, y todo parecía indicar que me habían estafado. Rosy, la mesera del bar, se sentó frente a mí y sirvió café, aunque no se lo había pedido. Parecía ser la clase de mujer que vive cinco vidas completas mientras imbéciles como yo apenas logran sostener una.
—Se lo dije el primer día: lo que busca no existe. —Entornó los ojos—. Por lo menos no en este lugar. —Preferí ignorar el comentario; era demasiado doloroso, no sólo por el dinero. Mi orgullo empezaba a parecerse a una de esas flores que se marchitan entre las hojas de un libro y nadie recuerda por qué están allí.
—Me lo dijo claramente —señalé remarcando cada sílaba—, que una vez cada sesenta y seis años, cuando Júpiter...
—¡Por favor! —exclamó Rosy con tal intensidad que volteó la jarra, derramando el café sobre la mesa y mis pantalones. Retrocedí por instinto y ella se agachó a limpiar el desastre que había hecho. En ese mismo momento lo vi. Fue fugaz, un relámpago, pero lo vi. Cuando Rosy se incorporó tenía las mejillas encarnadas y el cabello revuelto, pero aquel que yo estaba esperando ya se había ido y no regresará hasta dentro de sesenta y seis años.

Dios trabaja de maneras misteriosas 1 – Saurio


Salir una noche de invierno por Corrientes, repitiendo el repetido acto de revolver bateas de libros usados, desempolvando autores que con el tiempo y la lectura podrán convertirse en influencias o antiinfluencias o ni siquiera eso, pagando por acumulaciones de pesadillas y laberintos ajenos que si uno fuera sensato rechazaría con la convicción de un fanático y gastaría su poco dinero en banalidades más útiles, aunque para saber que el conocimiento es dolor hay que conocer el conocimiento y por lo tanto la paradoja o la falacia o el más vicioso de todos los círculos.
Tras lo cual vagar entre catervas de consumidores de teatros o cines o trovas cubanas, esquivando volantes para obras vocacionales o pizzerías en oferta, leyendo salteado y en tránsito viajes al fin de la noche o libros del desasosiego o crucifixiones rosadas, hasta que el tropezar se hace intolerable y entonces terminar en el caldoso aire de un bar, apoyado con la espalda en la pared y el brazo izquierdo en el respaldo, calculando los lustros de permanencia en estante de hispanos jereces y cajas de whisky con ilustraciones psicodélicas o construyendo figuras geométricas con el escaqueado blancoinegro del gastado piso, repitiendo discipularmente gestos henrymillerianos en un cuaderno naranja, anotando transcurrires y situaciones que con el tiempo mutarán hasta convertirse en cuentos o poemas o capítulos o basura.
Y con la casual conveniencia en que llega todo al que espera lo inesperado o inespera lo esperable o que simplemente presta demasiada atención a cada modesto átomo un pibe vendiendo curitas se le acerca a uno, le tira de la barba y exclama categórico pese a que la realidad lo refuta “A vos te cortaron una pierna” para luego perderse nuevamente entre las mesas y la caridad de los presentes, ausentes de la patafísica manifestación de lo divino que lo deja a uno pensando hasta que años después escriba un metafórico poema sobre crueldades y paranoias y un ojo de la tormenta, dios inquisidor, que no te atrapará, no te atrapará.

martes, 25 de noviembre de 2008

Instinto - Driana Sing


Premonición. Un despertar violento. Silencio. La oscuridad del sueño depositada, entera, en la vigilia. Los pasos, cada vez más cerca. De nuevo la cabeza a la almohada. Instinto. El ejercicio apremiante de otorgarle un ritmo suave al tropel de caballos de mi respiración. Inmóvil, lo miro de reojo. Una sombra se mueve en la habitación. Sé lo que busca. No hay demora en la oportunidad. El brillo de una hoja platinada enciende de nuevo el motor de mis pulmones. Ignición. Dos pasos y la sombra empuña la navaja. Cierro los ojos. El abandono también es seducción. Instinto. El hombre se detiene. Voltea hacia la puerta. Un hombre idéntico a él, lo mira. Lo último que recuerdo es el sonido de la navaja estallando sobre la cerámica del piso. Ahora, cuando camino por la habitación, procuro no molestar. Un hombre desarmado sólo es una sombra de lo que fue.
Siempre lo supe: el miedo ata.

La confesión de un verdadero crímen bibliográfico - Selva Hernández


Una historia que nadie me cree

Una vez, cuando estábamos a la cacería de ex libris en las librerías de Donceles, Mercurio y yo encontramos un ex libris debajo de un ex libris debajo de un ex libris debajo de un ex libris debajo de un ex libris. Cada uno de los dueños de esa colección de libros —no tome la ficha, pero eran enormes tratados de arquitectura italiana del siglo XVIII, profusamente ilustrados con grabados calcográficos— puso su sello para desautorizar al propietario anterior. 

No puedo saber si alguno de los cuatro propietarios que pegaron su marca sobre otra pensó en que en el futuro, una vez perdida la propiedad del ejemplar —muerte, robo, venta, quién puede saber—, un nuevo propietario pondría su orgulloso sello y que éste sería nuevamente tapado. Y que, finalmente un par de coleccionistas sin escrúpulos despegaran cada una de las marcas hasta llegar a la última, fuertemente adherida sobre una hermosa guarda del dieciocho italiano.

Salsa de tomate en las veredas - María Cristina Rolnik


Tenía rasgos amables, cortados a cuchillo, y ojos verdes. Su local de comida vegetariana era pequeño. Él atendía y despachaba, la mujer batik, cobraba. Entré para comprar semillas de sésamo. Elegí sésamo blanco. Cuando estaba por pagarle a la señora batik, entraron tres hombres grandes; por eso no sé si eran cuatro. El dueño no dijo hola; dijo: sólo tenemos comida vegetariana. Sí, ya sabemos, dijo uno de los hombres. Es que nos ves cara de carnívoros, vos, dijo otro. Sus amigos rieron. Uno de ellos me miró a los ojos, creo que para determinar si el diálogo era creíble, normal. Y no, no me parecía, pero amagué una sonrisa. La señora batik se olvidó que yo estaba ahí y yo me olvidé que estaba ahí. Ellos ocuparon todo el pequeño local, eran tres o cuatro. Tenemos canelones, pizza de verdura y berenjenas en escabeche, dijo el dueño sin respirar y sin soplar. Había más cosas, pero no las mencionó. Lo que no había era buen aire, parecía que habían encendido un espiral Buda: el centro eran los hombres grandes; desde allí el aire lento y pesado giraba, nos separaba de ellos, nos aplastaba contra la pared. ¿Y usted qué recomienda, maestro?, dijo uno. El reclamado maestro tragó saliva, su nuez de adán subió y bajó. Los canelones están muy buenos, pero son de ver-du-ra, separó en sílabas pero sin mala intención. Era pura enseñanza gramatical. Dos de los hombres se agacharon para ver las joyas envueltas en la vitrina. Los otros (o el otro), apenas se movieron. Extendí mi mano hacia la señora rogándole con el gesto que se apurara. Ya, ya, cóbreme. Ella me dio el vuelto. Había mutado a una apariencia de mártir resignada. Dijo gracias. Gracias, respondió mi espalda y salí rápido del negocio. Corrí. Me detuve en la esquina. Apreté los párpados y esperé los ruidos.

¿Te gusta el picante? - Ricardo Giorno


Nasarala le levanta un párpado a Rossi, le pincha el ojo. Rossi abre la boca, inflama la garganta: las venas negras sobre la piel blanca.
Gritaba, seguramente. ¿Qué grito le estará ofreciendo? Sordo de nacimiento, Nasarala no puede degustar ese grito.
Tendrá que traducirlo a alguno de los otros sentidos. El tacto no, lo descartó hace tiempo. El olfato tampoco, no cuaja “un grito de mal aliento”.
Tiene grabado de cuando probó el ají picante. El chile. Ahí, Nasarala también gritó. Un grito de desesperación, de impotencia. Sólo se dio cuenta de que gritaba al ver las caras de sus compañeros de Orfanato. Los ojos encendidos, las bocas abiertas, el calor enrojecido de la piel, el estertor violento de sus pechos. Ello gritaban, pero de risa. Se enteró después.
El pecho a Nasarala, igual que a los otros, se le convulsionó cuando mató al primero. Recuerda muy bien que abrió la boca y lloró. Lloró la risa más hermosa de todas: la de la venganza.
Después de despachar al segundo empezó a saborear la comida sazonada, los diferentes grados de dolor en el paladar. Sí, debe comparar el grito de Rossi —el cabecilla, el último— con el sentido del gusto.
Le levanta el otro párpado y le pincha el ojo. Rossi trepida, rechina los dientes y vuelve a abrir la boca. Nasarala mete un dedo en la órbita. Rossi abre aún más la boca, si eso es posible. 
¿Qué grito le estará ofreciendo?

Destiempo - Rosana Poe


Para Y.

Al Candil le hubiera perdonado cualquier cosa, menos eso. Hubiera matado por él, hubiera muerto por él, pero uno no puede perdonar lo imperdonable. Eso jamás.
Nos conocimos en una cantina. Él se entendió con Clarita, que en paz descanse, y yo, con Carmela, la hermana, así que los cuatro nos fuimos juntos esa noche. Primero pasamos por Garibaldi, donde estuvimos cantando corridos durante un rato, con distintos mariachis, y luego nos fuimos a un hotel. No encontramos dos habitaciones libres, de modo que los cuatro nos quedamos en la misma. Fue entonces cuando el Candil y yo supimos que seríamos buenos amigos. En ese momento no supimos por qué, pero todo salió como si lo tuviéramos planeado. Nos entendimos como si nos hubiéramos conocido de toda la vida.
A partir de entonces no hubo un solo día en el que no nos viéramos. Desde agarrar chambitas juntos hasta emborracharnos. Desde ver el box hasta caminar a Chalma. Desde ir a misa con su familia o con la mía hasta compartir viejas. Nunca tuvimos un desacuerdo, nunca nos faltamos al respeto, nunca nos tuvimos envidia ni nos ofendimos. Un domingo comíamos en su casa con toda su familia, y el otro, en la mía. Lo suyo era mío y lo mío era suyo. Mi jefa decía que éramos almas gemelas, porque parecía como si todo lo viéramos con los mismos ojos o lo pensáramos con la misma cabeza: si jugábamos futbol, si nos agarrábamos a golpes con alguna banda, si salíamos con chavas, si nos tocaba lavar los platos. Ni una fricción, ni un pleito, ni un malentendido, ni mucho menos una traición... hasta aquel día.
Habíamos estado tomando en casa de Rubén y a eso de las tres de la mañana decidimos caminar hasta mi casa, que estaba un poco más cerca que la suya. Cuando llegamos, preparamos un café y nos sentamos en la cocina a platicar. Estábamos ya un poco crudos y medio dormidos. Recuerdo que su voz como que se patinaba.
—Max —me dijo—, tengo que confesarte algo que tal vez hará que termine nuestra amistad.
Yo me reí. Después de unas copas, el Candil se ponía profundo.
—¿Tanto así? —le pregunté bromeando.
Tardó un rato en volver a hablar.
—Max... a mí no sólo me gustan las mujeres —logró confesar, sin despegar la mirada del piso.
Tragué saliva. Durante unos minutos sólo se escuchó el canto de un grillo a lo lejos. Luego, el Candil se levantó y con un “mejor me voy” que apenas se escuchó, desapareció por el patio. Esa fue la única vez que tuvimos miedo de mirarnos a los ojos.
No pude dormir. Cientos de voces distintas me retumbaban en la cabeza. Cuando mi hermana me llamó para desayunar, no quise levantarme; tenía el estómago y el pecho revueltos. Decidí ir a buscarlo. Su mamá me dijo que no había llegado; ella creía que estaba conmigo. Le dije que no se preocupara y corrí a casa de Rubén. La puerta estaba abierta. Llegué hasta la recámara, entré y sentí que el corazón se me detenía.
Lo había visto con docenas de mujeres: feas, guapas, flacas, gordas, jóvenes, viejas, putas, no putas... pero con otro hombre... ¿por qué con otro?, ¿por qué, si yo hubiera dado mi vida por él?
—¡Eres mío! —grité fuera de mí, mientras lo sacaba de la cama y lo sacudía con fuerza.
Sólo yo sabía del accidente. Sólo yo sabía de la fragilidad de sus costillas del lado izquierdo. Bastó con lanzarlo sobre la cómoda... Ay, Candil..., ¿por qué con otro?

lunes, 24 de noviembre de 2008

La zena - Amélie Olaiz


Estoi organizando una zena de gran pompa para mis amigos eskritores, por eso e decidido kitar algunas letras del texto, las tengo ke usar para poner la mesa, diskulparan la falta de ellas. Les explikaré:
Las “H” las usé komo galletitas para acer los kanapés, por eso no aparecen. En realidad la ausencia de esta letra no me preokupa por ke a fin de kuentas no suena, es muda.
También e kitado las “Q” , las usaremos komo platos. Pensaran: bueno i ¿por ke no eligió las “O”, ke son más adekuadas? el problema es ke no las puedo sustituir por otra letra, en kambio las “Q” sí.
Necesitaremos kopas para bino tinto i blanko, por eso no ben “Y” ni “y” en el texto. Las selekcioné kuando me dí kuenta ke era fácil sustituirlas por “i” o por “ll”. La bentaja es ke el menú no tiene especialidades japonesas o chinas por lo tanto no necesitaremos palitos.
La “h” minúskulas sirben komo tenedores, kreo ke tienen la forma adekuada. Sólo e dejado akellas ke se usan para el sonido “ch”.
Todas las “V” i “v” funcionan komo basos, se ke se be feo el texto, pero el sonido ke se desprende al pronunciar la palabra no baría mucho, por lo tanto me tomé esa libertad. No son mui estables por eso okupé las “W” i “w”, para sostenerlos, komo base de los basos, total ke esta letra kasi ni la usamos.
E tomado también las “C”, si las bolteamos tantito nos sirben komo platos para sopa i las minúskulas komo tazas para el kafé, no e kitado todas las “C” algunas si se necesitan, sólo usaremos akellas ke tienen el mismo sonido ke la “K”. Me ubiera enkantado kitar más “c” por ke las puedo sustituir por “s” pero los españoles tendrían problemas para pronunciar, para ellos son totalmente diferentes, aunke para muchos otros eskritores de abla ispana suenen igual.
Me preokupa un poko la ausencia de kuchillos en la mesa, pero les aseguro ke si toman prestadas las “l” minúskulas i las regresan rápidamente a su lugar no abrá problema.
Las “q” minúskulas las bamos a usar komo kucharas. Las “u” ke kité al usar la “k” en lugar de la “q” serán las kopitas para el tekila, espero ke sean suficientes.
Komo mantel i serbilletas usaré el papel así ke este texto nunka podrá imprimirse, a menos ke tengamos papel de sobra.
Usen con toda confianza los acentos, los puntos i las komas para aderezar la komida.
No pueden faltar flores, ke tal si usamos los signos de admiración.
Señoras, señores la mesa está puesta:

¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡
HHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH
qqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqqq
hhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh
QQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQQ
VVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVVV
vvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvvv
YYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYY
WWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWWW
yyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy
wwwwwwwwwwwwwwwwwwwwwwwwwwwwwwwwwwwwwwwwwwwwwwwwwwww
CCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCCC
cccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccccc
uuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu

Komo kasi puedo asegurar ke este texto ba a ser la komidilla, por las barbaridades ke me atrebí a eskribir, lla no e tenido ke kocinar nada. Ke lo disfruten, buen probecho.

Es, fue y será - Cristian Mitelman


La mujer se presentó en el pueblo proclamando un don único. Decía que no podía adivinar el futuro, porque ese territorio sólo era de Dios. En cambio, era capaz de profetizar en forma absoluta el pasado de cualquier persona, decir exactamente lo que le había ocurrido años atrás con precisión astronómica, de modo que cualquier hijo del vecino pudiera recuperar algún hecho escondido en la bruma del tiempo, algún engaño que nunca logró salir a la luz, cierta palabra no escuchada y que pudo haber sido importante; en definitiva, las más lejanas galerías cerradas a la memoria.
La cuestión fue que la vidente tenía la costumbre de equivocarse y comenzó a errar en la mayoría de sus predicciones inversas, por lo que mucha gente se enteró de cuestiones inexistentes.
Y es así que más de uno lamentó haber vivido años con una esposa infiel, siendo que la mujer en realidad había sido un aburrido compendio de virtudes.
Otro lloraba su condición de adoptado, sin querer notar que los rasgos que lo unía a sus padres eran irrefutables.
El de más allá se quejaba de no haber elegido cierto número de la lotería que tuvo entre manos, obviando el hecho de que jamás en la vida había hecho una apuesta.
Los ciudadanos que creían recordar el pasado comenzaron a quebrantar el verdadero destino, como si las palabras de la mujer necesitaran crear mundos alternativos para poder justificarse.
 
Los adoptados se despertaron un día y comprobaron que los padres de siempre se habían evaporado. El supuesto engañado halló en su cama a otra mujer que, efectivamente, en un tiempo paralelo le había hecho crecer una frondosa cornamenta. El apostador tenía entre manos el número de la fortuna, aunque desconocía todas las deudas que había acumulado a lo largo de tantas décadas en juegos oficiales y clandestinos, de modo que ese golpe de suerte no cubría ni la mitad de su derrumbe.
La vidente, entretanto, se dedicaba a ramificar universos, y a su vez estos se multiplicaban como lenguas babélicas, al punto que un mismo hombre ya no sabía cuál realidad habitaba.
Y el mismo autor de esta crónica, a la par que escribe estas palabras, contempla cómo una dama entra en la habitación con una lustrosa Baretta y le apunta serenamente, con la suave condescendencia de las viejas heroínas de las películas en blanco y negro. Tal vez todo cambie y una nueva realidad lo salve (me salve) justo a tiempo, aunque parece que es tarde, porque ella martilla el revólver y ya es el fogonazo.

La verdadera historia del Génesis - José Ramón Vila (Txerra)


En el principio creó Dios los cielos y la tierra.
—Háganse los infiernos y cúbranse de incombustibles llamas —añadió de forma inesperada el demonio frotándose las manos de forma perversa.
Dios le miró por encima del hombro, no obstante, se encogió de hombros y prosiguió.
—¡Sea la luz! —exclamó con Su Divina voz.
Y fue la luz.
—Y sean también las tinieblas —terció una vez más el maligno.
Esforzándose por hacer caso omiso de la nueva intromisión, Dios continuó:
—Haya expansión en medio de las aguas, y sepárense las aguas de las aguas. Y a la expansión la llamaré Cielo —sonrió hondamente satisfecho—. Y produzca la tierra hierba verde y árboles frutales.
—Y surjan también los desiertos, los volcanes y terremotos, el hambre y la sed... —metió nuevamente baza el demonio. 
—Produzcan las aguas seres vivientes —dijo Dios con atronadora voz intentando evidenciar una vez más Su suprema voluntad—,  y aves que vuelen sobre la tierra.
—Y con ellos aparezcan mosquitos, chinches y garrapatas, sanguijuelas, pirañas, tiburones, murciélagos y ¡virus! ¡Muchos virus!... —añadió con gran sorna el demonio.
El Creador, contemplaba con honda preocupación cómo su obra se desvirtuaba por momentos. Entonces dijo Dios visiblemente enojado: 
—Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza;  y señoree en todo animal que haya sobre la tierra. 
—Y de una costilla del hombre, hagamos también una mujer y...
—Esto, ¿no crees que te pasaste un poco? —interrumpió Dios con gran hartazgo—. No entiendo por qué demonios te he creado.
—¡Epa! Que yo no me he metido con lo tuyo. Además, ¿no fue a la inversa?
Dios dudó un instante. Por fin suspiró dándose por vencido. 
—Está bien, está bien —¿Lo dejamos en tablas? —terció el Todopoderoso.
—Si jugamos otra mañana...
—Por mí, de acuerdo. Pero la próxima vez me toca a mi tirar los dados, ¿eh? —advirtió el Creador alzando una ceja, ofreciéndole su semblante más desconfiado.

domingo, 23 de noviembre de 2008

Desfaciendo entuertos I - Olga A. de Linares


El delito había sido cometido, y los alumnos de Taller 7, víctimas de las malas artes de Gevidal y Pato, no daban pie con bola. Mejor dicho, dedo en tecla. 
Babeantes, con la mirada perdida, vagaban por los pasillos del establecimiento,  balbuceando incoherencias y argumentos trillados, en tanto que inadmisibles errores ortográficos y guiones fantasmales les mordían los nudillos. Los seguía de cerca el horripilante espectro de la Página en Blanco, pesadilla de cualquier escritor o aspirante a ídem. Pero, como ninguno recordaba que lo era (o lo había sido), solo asustaba por su parecido con los espantos normalitos de cualquier estofado de terror. 
Lejos de allí,  los villanos se regodeaban con su mal habido premio, seguros de que fama y fortuna serían, de ahí en más, únicamente para ellos.
Así las cosas, regresó al lugar la alumna Olga. De puro obsecuente y sorbe calcetines, se había ido a buscar manzanas a Río Negro, a fin de obsequiar a los sabios (e irascibles) tutores del taller. No pudo, por lo tanto, asistir al siniestro banquete y zafó de milagro de sus terribles consecuencias.  
Entró arrastrando la bolsa de fruta y vio de inmediato el desfile de zombis en que se había convertido la querida escuelita. Un escalofrío le corrió por el cuerpo, y escapó luego a toda velocidad hacia mejores sitios.
—¡Tanya! ¡Cristián! ¡José Luis! —gritó aterrada, al ver a sus preclaros compañeros sentados frente al televisor. En pantalla Tin-Elli, el payaso maldito, les lavaba el cerebro (lo que les quedaba en uso después del hechizo, claro).
Una triple carcajada idiota fue la única respuesta. Consternada, continuó su recorrido, prometiéndose volver para liberar a los pobres cautivos. Primero, debía dilucidar qué estaba pasando. 
En un aula encontró a Francisquito, el prometedor benjamín, muy concentrado en arrancar las páginas de un ejemplar de Ubik autografiado. Ante semejante escena, nuestra insufrible heroína contuvo a duras penas un alarido de horror.
—Algo huele mal en Dinamarca —se dijo, haciéndose la culta.
Del  fondo, a la izquierda, surgió una voz doliente:
—¡No es en Dinamarca, tarada! ¿No tenés unas pastillas de carbón por ahí? 
—¿Saurito? ¿Sos vos?
—No, el Papa Delfín, marmota. ¡Claro que soy yo! O lo que resta de mí después de que esos dos... (por decoro no se reproducen los exabruptos vertidos por el personaje.)
—¿Quiénes hicieron qué? —Olga no podía dar crédito a sus oídos (ni a nadie, a decir verdad; desde que se difundió una receta suya era “persona non grata” en todas las editoriales.)
—¡Y eso! ¿O no oís vos?  Te dije que Pato y Gev... perá que enseguida vuelvo —masculló Saurio, y entró de nuevo  al baño. 
Aprovechando el paréntesis, Olga corrió como tortuga hacia la enfermería. 
Allí encontró a Rasputila haciéndole un exorcismo a su PC, infectada por una misteriosa enfermedad. 
—¡Pastillas de carbón, urgente!
—¿Otra vez colocando mal los guiones, alumna? ¡Me tienen hasta el copete, harto, harto, harto! —chilló el Maestro, arrancándose los pelos en un paroxismo de furia.
—¡Luego hablamos de eso, jefecito! Ahora, ¡las pastillas de carbón, please!
—¡No hay bastantes en el mundo para solucionar todas vuestras cagadas, niña! No tienen remedio, no tienen vergüenza, no tienen consideración, no tienen...
Olga lo apartó de un respetuoso empellón, manoteó el botiquín y salió, veloz cual liebre artrítica, para auxiliar al pobre Saurito.
Once pastillas de carbón y una buena hidratación cervecera más tarde, el recuperado compañero pudo dar una versión más o menos coherente de los hechos (se trataba de Saurio, no olvidar). 
—Lo que esos no saben es que mi bola de cristal es mejor que un GPS para detectar prófugos saboteadores —dijo Olga
—¡Uy, parece un Palantir! —exclamó Saurio
—¡Calláte, chabón! Que si Hartmanovich te escucha se va a dar cuenta de que soy una fana del Señor de los Anillos y me va a bajar la nota...
—Ufa, vos siempre la misma Lisa Simpson...
—¡Andá, acomodado! 
—Si entre ustedes pelean, los devoran los de ajuera... —resonó una voz folclórica.
—¡El espíritu de Martín Fierro! —exclamó Saurio.
—¡No, el de Inodoro Pereyra! ¿No ves al Mendieta? —aclaró la insoportable.
—¡No me hables de inodoros! —gimió su compañero
—Bueno, entonces déjame sintonizar esto. ¡Qué lo tiró! Tenemos un problema, Houston... quiero decir Saurio... Acá me dice  “continuará”
—¿Justo ahora? ¿Tanta cháchara para no arreglar nada?
—Pero es que se nos acabaron las palabr...

Ataque por el flanco – Sergio Gaut vel Hartman



Akiba era uno de tantos judíos prisioneros en Treblinka. Antes, en la época en que podía considerarse a sí mismo como un ser humano, había sido un gran ajedrecista que vivía en Varsovia y participaba en torneos, pero en Treblinka el ajedrez era un recuerdo banal, una confusa mancha de figuras locas que danzaban entre las sombras y el hambre. ¿Cómo conservar la cordura?, se decía Akiba diariamente. Piensa como ajedrecista, se respondía; elabora una estrategia, planifica, permanece atento al posible golpe táctico.
Para llevar a la práctica esa idea, aunque sin esperanzas de ganar la partida, Akiba empezó a construir un juego de ajedrez; no me pregunten cómo lo hizo o si tal cosa es posible. Todo es posible cuando uno está en un campo. ¿Treblinka es posible? Si Treblinka existió, todo es posible. 
Para construir su juego de ajedrez, Akiba utilizó cuanto elemento poseyera cualidades adhesivas y fuera capaz de aglutinarse: barro, moco, saliva, excrementos. Formaba una pasta y la modelaba. Nacieron reyes y damas, alfiles y torres, caballos y peones. Y mientras construía su juego, Akiba adelgazaba, se reducía, menguaba, amenazando convertirse, él mismo, en una pieza más de su bizarro juego de ajedrez. Tanto que cuando terminó su tarea era tan pequeño como un peón y gracias a eso tuvo suerte de que no lo descubrieran. Cuando Pavel Matuzenko, el kapo de la barraca, encontró el juego en la inmunda bolsa que Akiba había usado para esconderlo, estaba completo.
Matuzenko se apropió del juego con la intención de usarlo en su favor, de obtener alguna ventaja, y se lo entregó a Kurt Franz, el comandante del campo. Franz, que no sabía jugar al ajedrez, lo envió a Reinhard Heydrich, que sí sabía, y este, frunciendo la nariz, colocó las figuras en una caja de ébano, decorada con una corona de marfil. El plan que se había formado en su mente de improviso le pareció brillante, un plan ganador: enviarle la caja a Sonja Graf, la mejor ajedrecista de Alemania, a quién siempre había admirado en secreto. Pero Sonja era judía, una cerda judía que había quedado fuera de su alcance. Como el Sturmbannführer era un hombre extremadamente inteligente, capaz de urdir estructuradas estrategias para obtener resultados a largo plazo, y sabía que Sonja se acababa de radicar en los Estados Unidos, tras una breve temporada en Argentina, hacia allí envió la caja de ébano y marfil conteniendo una burla cruel, la clase de burla que un hombre con corazón de hierro podía permitirse y disfrutar por anticipado el momento en que Sonja tuviera en sus manos una masa pegajosa y maloliente.

Sonja también era astuta e inteligente, por lo que sospechó desde un primer momento que esa caja contenía algo más que un juego de ajedrez. En tiempos de guerra, el viaje había sido indirecto y complicado y sólo un propósito siniestro podía animar a Heydrich a la hora de hacerle aquel regalo. Pero la mente ajedrecista suele girar sobre sí misma. ¿Y si no es sí y sí es no? ¿Por qué no pensar que la mentira envuelve una verdad que envuelve una mentira que envuelve una verdad esencial, invisible y fatal?
Sonja abrió la caja con infinito cuidado, como si se tratara de una auténtica caja de sorpresas. No tenía miedo: el Sturmbannführer, que era un patán, estaba tratando de mostrarse refinado y sobrio. Abrió la caja y vio el juego de ajedrez de Akiba. Olió las piezas y leyó el mensaje oculto en ese revoltijo de figuras negras y apenas menos negras que habían mantenido su forma milagrosamente. Tomó su tablero, lo abrió y dispuso las piezas. Tardó cinco segundos en descubrir a Akiba, acurrucado en el rincón más alejado de la caja.
—Sé quien eres —dijo Sonja.
—Faltará un peón negro —dijo Akiba. Era la primera vez que hablaba en mucho tiempo—. El juego está incompleto.
—No importa —dijo Sonja sacando un peón negro de madera del bolsillo—. Este servirá. Ahora juguemos nuestra partida.