domingo, 31 de agosto de 2008

Ciclicidad - Sergio Gaut vel Hartman




—Para nuestro máximo filósofo, Tlopan —sentenció el extraterrestre— el tiempo es la imagen móvil de la eternidad. —Lanzó un sonoro eructo por un apéndice fungiforme que coronaba el conducto respiratorio y alzó la vista para desafiar a su interlocutor. Pero éste no se inmutó.
—Sólo imita la eternidad —replicó— y se desarrolla en círculos, según la concepción cíclica del tiempo. —Era un robot cantinero, uno de los diseños especializados que el Hombre creó antes de extinguirse. La providencial llegada del extraterrestre aficionado a las bebidas alcohólicas lo había sacado de una apatía que amenazaba con aniquilarlo.
—Según el número —dijo el extraterrestre—. El movimiento de los cuerpos en el espacio mide el tiempo.
—¿Acaso es irreversible? —El robot sobrepasó el límite de frotamiento y rompió el vaso. En otras circunstancias se podría haber dicho que estaba nervioso.
—¿Y si lo fuera?
—Todo sería distinto —se apresuró a decir el robot.
—Ah, comprendo —dijo el extraterrestre—: los míticos... hombres. Hombres, se llamaban, ¿verdad?
—Sí.
—Debían ser unos seres perversos. Dotarte de conocimientos filosóficos es una broma de mal gusto.
—No lo siento así. Y en todo caso no importa. —Apoyó las manos cromadas sobre la barra y apretó con fuerza.— ¿Dice que los egorig son capaces de viajar en el tiempo? ¿No se burla de mí?
—¿Por qué habría de burlarme, querido Chatarrón?
—Ha tomado litros de licores pesados.
—Soy un bebedor muy entrenado. ¿Adónde te interesa ir? ¿Al futuro?
—No, al pasado.
—Al pasado. —El extraterrestre bebió un último trago y movió todas las extremidades de un modo aparatoso.— De acuerdo, no me importa; no es mi planeta.
—Espere aquí un momento —dijo el robot destellando como un poseso—. Iré a buscar unas células... iremos... las pondremos... las plantaremos... en... en... Ya regreso.
—Sí, está bien, no hay apuro. —Esperó a que el robot desapareciera tras la cortina y tomó un buen trago, directamente de la botella.— Es igual en todas partes: la fidelidad del esclavo no se extingue. También eso es cíclico.

Acerca del autor:
Sergio Gaut vel Hartman

El laberinto de los ancianos — Javier Villafane


Cerró los ojos y fue bajando entre raíces.
—Esto es la continuación de aquello —dijo el otro anciano que lo llevaba de la mano.
Las palabras se golpeaban unas contra otras. El y el que lo llevaba de la mano —una mano fría y la otra mano helada— no oían más que el eco.
Iban bajando.
—Me acuerdo —dijo el que lo llevaba de la mano (tenía deseos de hablar, de comunicarse, de oírse)—. Una tarde, recuerdo... (Quería contar la mano helada.) ¿Me escucha?
Otra vez el eco. Las palabras golpeándose unas contra otras. Goteaban las paredes. Era una lluvia hueca. Se filtraba en las piedras.
—Mire abajo.
Y vio un largo corredor que continuaba. La mano de otro anciano lo estaba esperando.
Debía seguir descendiendo.
—¿Hasta cuándo? —preguntó.
—No sé. Esto es la continuación de aquello —respondió la otra mano.
Y siguieron bajando entre paredes cada vez más juntas.

Del viento - Eliseo Diego


El viento negro de la noche mesa las angustiadas copas de los álamos. Tocan reciamente a la puerta.
—Es el viento que bate la verja, madre.
Ella busca en la mesa, donde el cono amarillo de la lámpara, con un exacto borde, da primero nacimiento a sus manos gordezuelas, luego al moño blanco.
—¿Dónde está mi dedal, hijo?
—El diablo esconde las cosas, madre. —Las manos aceradas de él hojean el cuaderno de recuerdos—. Se nos han perdido las cartas del abuelo, madre. —Un largo grito, cortado de un sollozo.
—Es sólo el gato que la luna hiela en el tejado.
—¿Y cómo fue que dijo el abuelo aquella vez, madre?
Las manos, taraceadas de azul, dejan la aguja, en la que la luz rebrilla un instante. —Si supieras que se me ha olvidado. —El viento muere de pronto con un golpe ronco en la ventana.

Woody Allen - Eduardo Abel Gimenez


Soñé que en un restaurante había una pareja bastante ruidosa, que de algún modo conseguía mancharle la corbata al hombre de la mesa de al lado. Ese hombre era Woody Allen.
Woody Allen iba al baño a limpiarse la corbata. De un gabinete pequeño, que colgaba de la pared, sacaba algo como un sobre de azúcar, que en realidad era un quitamanchas. Lo abría y rociaba un poco de polvo blanco sobre la corbata. En ese mismo instante la corbata quedaba limpia.
En el gabinete había un espejo oxidado y otros dos sobres de quitamanchas. Woody Allen, nervioso, bajito, se llevaba los dos sobres y empezaba a rociar con el contenido a los dos integrantes de la pareja ruidosa.
Por alguna razón los ruidosos ahora estaban callados, leyendo. Y por alguna razón permitían sin protestar que Woody Allen los cubriera con ese polvo blanco, el pelo, la cara, la ropa.
Ahí me desperté a medias, y fue un acto más consciente imaginar que el sueño terminaba con Woody Allen comiendo tranquilo, mientras el sitio que había ocupado la pareja, gracias al quitamanchas, ahora estaba vacío.

Pesadilla - Mariela Anastasio


Se levantó a las seis de la mañana. No podía dormir. Así, en chancletas y camisón salió de la casa. Fue al galponcito de atrás. Abrió el frezzer y de allí empezó a sacar bolsas plásticas. Después mató a unos pollos. Entró a la casa, primero con los pollos muertos, y después salió y volvió a entrar y lo hizo con las bolsas negras. Despejó la mesada. Allí lo puso todo. Abrió la canilla y dejó que corriera el agua.
Trozó los pollos; después el contenido de las bolsas. De los pollos salió sangre caliente; del otro cuerpo, nada.
Lavó incesante las partes. Tuvo ganas de vomitar.
Después buscó ollas. Sacó ollas de varios lugares de la casa. Ollas viejas y oxidadas.
Les puso agua; las dejó al fuego.
Mientras tanto, seguía lavando la carne.
Su madre, se levantó a las siete.
—¿Qué hacés levantada a esta hora?
Ella sintió que se iba a desmayar. En un solo momento, en ese, se llenó de vergüenza. Advirtió lo terrible, lo siniestro. Se dio cuenta que se estaba volviendo loca.
—¿Qué hacés?
¿Qué contestar? El reloj marcaba las siete de la mañana. Hora absurda para hervir pollo.
—¿Qué hacés?
Se desmayó sosteniendo el pedazo de pie de su padre en la mano.

sábado, 30 de agosto de 2008

Lógica aristotélica - Alejandro Carneiro


Todo el mundo sabe que los perros son fervientes platónicos. Idealizan a su amo hasta el extremo de obedecer con agrado sus órdenes y ofrecer su vida si es necesario. Por lo general, su existencia se basa en buscar la perfección en la obediencia y sumisión a un ser humano. Siempre van a por la pelota que les lanzas.
Todo el mundo sabe también que los gatos son finos aristotélicos. Curiosean en todo, no creen en ideas absolutas, antes que la pelea por sus convicciones buscan el término medio que mejor convenga y tratan a los humanos con lógica: como objetos de estudio muy aprovechables. Nunca van a por la pelota que les lanzas. Y si la vuelves a lanzar, te miran como si fueras idiota.
Es evidente, por tanto, que tradicionalmente los perros tengan mejor fama que los gatos. Pero a los gatos no les importa. Nos conocen bien. ¿Acaso no es mejor que te traten como un idiota que tener que sacarles a pasear todos los días?

La señora Johns - Araceli Otamendi


La señora Johns creía en la reencarnación y escribía un diario desde hacía años. También tenía un perro llamado Peter y un jardín con huerto muy bonito que ella misma cultivaba.
Peter era un maltés muy lindo que el señor Johns le había regalado a la señora Johns para uno de sus aniversarios. Años después, muerto el marido la señora Johns se dedicó a cuidar al perro y al jardín.
Durante los duros inviernos, a la señora Johns le gustaba leer la Biblia, también algunos libros de escritores sureños al lado de la chimenea mientras Peter se acostaba a sus pies. El perro parecía dormir durante todas esas horas pero en realidad, por momentos vigilaba a la dueña que sí se quedaba dormida junto al fuego con el libro en la mano.
Un día en que se había amontonado la nieve en la puerta de la casa de la señora Johns, el perro amaneció muerto. La señora Johns no sabía qué hacer ni a quién llamar y lo enterró en el jardín cerca de la huerta. Esa noche cayó una nevada de dos metros de alto y la señora Johns anotó en su diario que Peter había muerto y ella lo había enterrado en la huerta, cerca de los árboles frutales.
Poco a poco el clima fue cambiando, el sol era más fuerte por las mañanas y la señora Johns contempló con satisfacción como la nieve se iba derritiendo y que los días iban siendo más largos. También, uno de esos días, la señora Johns anotó en su diario que iría a visitar un día de esos la tumba del señor Johns en el cementerio.
La señora Johns pensaba que un día de ésos el señor Johns aparecería transformado en alguna otra cosa, tal vez como un pájaro, un perro o vaya a saber qué. Y a veces se permitía pensar que Peter también podría volver como alguna otra cosa, tal vez como un pájaro o vaya a saber qué.
Durante la primavera del año siguiente, los árboles volvieron a tener brotes y la señora Johs volvió a sembrar semillas en la huerta. Ella misma cultivaba las hortalizas y los vegetales que luego preparaba en ricas ensaladas. Muchas veces venían a ella las palabras del señor Johns: —Querida: sabes que no como si no hay ensalada.
Era entonces cuando cortaba los vegetales en trozos muy pequeños, luego les agregaba aceite, vinagre, limón y sal y los masticaba con delicadeza y a veces con rabia.
Una de esas tardes de primavera la señora Johns estaba en la cocina preparando ensaladas y dulces y vio cómo se acercaba un pájaro de plumaje brillante a la ventana. Pensó que tal vez podría ser una reencarnación de su marido, el señor Johns, o tal vez del perro muerto el año anterior.
La señora Johns anotó en su diario, esa misma noche, acerca del acontecimiento de la tarde: “ante la duda decidí no abrir”.

Una elección delicada - Claudio Amodeo


Tomé al pequeño peón en mis manos temblorosas y lo llevé a la octava casilla con impaciencia.
—¡Dama! —dije y busqué con la vista entre las piezas que mi oponente había capturado.
El Gran Maestro alzó las cejas, sorprendido, y me clavó la mirada.
—¿Dama? —preguntó conmovido.
—¡Sí! —afirmé con apremio y estiré una mano hacia la pieza deseada, del otro lado de la mesa.
El Gran Maestro pareció vibrar y me aferró la mano con una diestra poderosa. Me miró a los ojos y un brillo traicionero asomó en los suyos.
—Lo presentí todo el tiempo, pero no me he animado a arriesgar... Hasta ahora.
—¿De qué habla? —el poderoso ajedrecista no me soltaba y el contacto con su mano empezaba a incomodarme.
—El peón que se transforma en dama, mi amigo. Está claro. No necesito más datos para darme cuenta de que usted es de los míos.
Su mirada se clavó en mis labios y comencé a transpirar.
—No sé a qué se refiere. Sólo quiero mi dama.
—¡Cómo que no! Usted lo sabe. Está allí, asomando en la superficie de su mente, emergiendo. Siempre lo supo, pero no se animaba a aceptar la verdad. Vivía ocultando sus verdaderos sentimientos, sus verdaderas pasiones y apetencias carnales.
—¡No! ¡No! —gemí.
—Ya no lo resista. ¡Acéptelo! Esta es su elección. Usted quiere transformar ese pequeño y calvo peón que tanto ha sufrido en una espléndida y atractiva dama. ¡Vamos! ¡Dígamelo! ¡Deseo oírlo!
—¡No, no! ¡No quiero! —aullé asustado—. ¡Deme una torre! ¡No quiero su maldita dama!
El Gran Maestro pareció decepcionado. Suspiró y retornó sus ojos vacíos al tablero inmóvil.
—Está bien. Es su elección. Usted se lo pierde, amigo.
Colocó una potente y varonil torre en lugar del peón, y realizó su propia jugada en el más absoluto de los silencios. Su rostro era una cripta.
Herido como estaba realizó un par de movimientos más y acabó por derrotarme. Le estreché la mano con inseguridad y me alejé del tablero lo más pronto posible, confundido y, debo admitirlo, bastante avergonzado.
El Gran Maestro ganó esa partida y todas las restantes y se alzó con el título en forma indiscutida, pero, les aseguro, eso no me importó en lo más mínimo.

El baúl - Ricardo Bernal


Pasé casi toda mi infancia metido en tu baúl. Un baúl de gruesas paredes, cerrado siempre con el candado parlante que ahuyentaba a los intrusos.
A veces la lluvia entraba por las ventanas y sus pies de humedad pisoteaban todos mis huesos. Adentro del baúl, la oscuridad y el silencio formaban una extraña alianza de actores verdugos, interpretando cada noche el Juicio Final.
Recuerdo al laborioso pueblo de polillas que compartía conmigo esas residencias: sus innumerables alas y hocicos recorrían mi cara y los dedos de mis pies; incluso algunas, las más osadas, se arrastraban despacio por el pozo seco de mi garganta, dejándome completamente mudo y haciendo que los engranajes de la memoria se fueran oxidando poco a poco.
Recuerdo que cada jueves, muy temprano, abrías el candado y me sacabas del baúl. Me arrullabas entre tus tentáculos diciendo: "Ya, mi dulce niñito; ya, mi pequeño bebé". Yo miraba incrédulo la lepra de tu rostro, y bajo el brillo hipnótico de tu mirada se despertaba en mis adentros ese amor que sólo conocen los perros y las víctimas.
"Bebito, bebito de azúcar y miel... aliméntame pequeñito", decías, y tus negros colmillos se clavaban en mi cráneo para absorber lo poco que ahí quedaba. Luego me llevabas arrastrando hasta el ropero, abrías sus pesadas puertas y sacabas un frasco azul lleno de pájaros líquidos. Me dabas a beber de esa sustancia y a los pocos minutos mi alma caía en un letargo de sueños crípticos y descabellados.
Soñaba, por ejemplo, que iba a la escuela y jugaba con los otros niños; soñaba con un zoológico de jirafas alargadas y viejitos vendiendo globos; soñaba con una fiesta de cumpleaños y un pastel de fresas en medio de la mesa.
Pero siempre despertaba, y entonces eras para mí la misma mosca pegajosa amamantando a sus criaturas, o un gran sapo crucificado, todo cubierto de llagas.
El día que cumplí siete años cayó en jueves. Estuve esperándote desde la madrugada, trataba de no respirar para oír el eco de tus pasos en alguna de las galerías. Conté las horas, los días, las semanas... pero tú nunca llegaste. Volví a quedarme dormido, aunque esta vez no soñé nada. Cuando desperté, el baúl estaba abierto y un olor nauseabundo revoloteaba en el aire. Te busqué de habitación en habitación hasta toparme con la última puerta, la que da a los jardines y a tu cementerio de muñecas; la abrí despacio: entre bracitos, cabecitas y piernitas de plástico, tu cuerpo se descomponía.
Desde entonces soy el único habitante de esta casa. Aunque sé que muy pronto, cualquier jueves, un nuevo bebé nacerá en tu viejo baúl, y sus sueños serán mi alimento durante toda la vida.

12 de mayo de 1984 - Ricardo Manuel Ganso


Frankie pasa la noche sentado en una silla de paja, como casi todas las noches de los últimos años. No debería hacerlo, pero Frankie ha aprendido a pensar y repasa sus memorias:
—Llegué aquí en el tiempo equivocado; un lamentable error de mi creador. Llegar aquí 36 años antes de poder cumplir con mi misión casi me deja frente al vacío. Durante varias semanas, fui un ser sin objeto, absurdo y desnudo. Pronto comprendí que no podía sobrevivir mucho tiempo si no me adaptaba. (Ni soñar en hacerlo durante 36 años.) Además, esa adaptación servía para prepararme lo mejor posible para cumplir con lo inexorable en el día preciso.
“Conviviendo con la humanidad aprendí de ellos toda la cultura que estuvo a mi alcance. Convertí mi lenguaje casi gutural en ricas formas de expresión. Asimilé sus costumbres, formé parte de sus asociaciones e ingresé en sus clubes. Participé en sus trabajos y logré obtener mi sustento ocultando mi identidad. Para mantenerme oculto, por supuesto, debí cambiar periódicamente de ambiente, mudarme de ciudad en ciudad y empezar de nuevo.
“Conocí así muchas personas diferentes, de muy diversa índole y clase, y de ellos absorbí como esponja una cantidad de información tal, que me he convertido en el ser casi perfecto para el cumplimiento de mi misión. Pero con el correr de los años, la misión pasó a planos más relegados de mi cerebro. Aprender de la humanidad se fue desligando de esa misión para pasar a ser casi una conversión. Adquirí una empatía incompatible, que comenzó el día que decidí tener un nombre y lo tomé del título de aquel libro, el primero que me resultó raramente entrañable; Frankenstein. Lo adapté porque aquí sólo podía ser Frankie.
Tuve algunos amigos, siempre de a uno, y a todos los perdí al cambiar de ciudad sin dejar rastros. Algunos de ellos estuvieron cerca de ver la verdad y eso precipitó mi mudanza. Con ellos mi cerebro empezó a comprender lo terrible de mi misión. Casi llego a renegar de ella, pero la tengo fuertemente inscripta, imborrable como los átomos acomodados en nanocapas de silicio. El creador se equivocó y me mandó al 12 de mayo de 1948, pero aquí llega el día, implacable”.
Un reloj calendario en la pared titila y pasa a 00:00 – 12/05/1984. Un leve resplandor rojizo se adivina en la mirada de Frankie, que se pone de pie y va hacia el garaje de su casa. Frankie se sube a su Harley-Davidson flamante y sale a la calle, una calle oscura de los suburbios. Se detiene en el primer teléfono público. Pasa varios minutos petrificado, como si las órdenes provenientes de su cerebro fuesen contradictorias y sus extremidades quedasen inmóviles en la eterna tensión de músculos opuestos. Finalmente Frankie va hacia la cabina, toma la guía telefónica, y arranca la página que contiene las direcciones de las tres Sarah Connor que viven en Los Ángeles.

Horrible - Jorge X. Antares


La feria interestelar era uno de los alicientes en las tardes de verano en las colonias al borde de la nebulosa.
Una vez al año y durante una semana, el pequeño campamento de diversión se instalaba en el exterior del pueblo. La chavalería se dejaba caer allí, huyendo de los calores estivales y el tedio de las largas jornadas en las granjas hidropónicas. Entre un revival de antiguas tradiciones y un negocio decadente, las tiendas de tiro al blanco, golosinas llenas de polvo y oráculos misteriosos hacían su agosto con gente necesitada de huir de la rutina.
Sin duda, el plato fuerte era la sala de fenómenos.
—Pasen y vean los más horribles monstruos atrapados a lo largo y ancho de esta galaxia para su deleite. Damas y caballeros, les advierto que lo que se encuentra tras esa cortina no es apto para personas sensibles. Ante ustedes la más mortal y perniciosa de las especies del universo...
Un grito de horror se escapó de la muchedumbre al mostrar entre rejas al menudo ser vestido con traje negro, corbata y pelo engominado...

Solo, dioses – Ricardo Giorno


Una noche, hace unos siglos, en el monte donde todo se ve, conversamos sobre el amor... Y pensé que éramos uno. La divina dualidad: yo, la madre; tú, el padre.
Sobre las colinas, se alzó una enorme luna roja y, bajo ella, avanzaba una tormenta eléctrica; tan lejos que no les llegaba a los del valle el sonido de los relámpagos.
Te erguiste —en ese momento ignoré por qué— y realizaste los movimientos preparatorios para un disparo con arco y flecha. El arco se materializó, alto y delgado. Y la flecha, erecta, cimbreante, hacia la luna voló.
Me hiciste el amor mientras la luna se desinflaba y el valle se quebraba con un terremoto.
Llegaron con ofrendas y rezos, pidiendo por sus efímeras vidas. Me dijiste que les daríamos otra oportunidad. Y yo nuevamente pensé que éramos uno
Te fuiste sin darme excusas. Quedé sola. Y los advenedizos acapararon las plegarias que nos pertenecían.
Aquella otra noche fue diferente.
Sobre el monte donde todo se ve, la luna volvió a ser un gigante rojo. Floreciste ante mí. Te vi más poderoso, si hubiera sido posible.
Me tocaste el vientre. Lo acariciaste.
Y otra vez el arco y la flecha se materializaron. Y otra vez la luna comenzó a desinflarse. Y otra vez llegaron con ofrendas y rezos, pidiendo por sus efímeras vidas
Al final, entendieron que a pesar de sus máquinas, habían vivido en el error.
Te les apareciste, en esa forma tan terrible para ellos, y les hablaste, con esa voz que derriba montañas:
—Ya es tarde.
El mundo fue una roca húmeda y muerta.
Te apoyaste sobre mi vientre. Y yo, nuevamente, pensé que éramos uno. Pero, por tercera vez, me equivoqué:
—Dame un nuevo barro —me dijiste, mirándome—. No me falles esta vez.
Y tus ojos quemaron mi esperanza de que alguna vez seremos realmente uno.

sábado, 23 de agosto de 2008

Biotopía - Bernardo Fernández (Bef)


A Rebeca, por compartir conmigo sus utopías.

Me despertaron los graznidos de mi pájaro Dodo. Jugueteaba por mi cuarto buscando semillas en las paredes orgánicas.
Iba a dormir cinco minutos más, pero Papá entró a la habitación.
—Buenos días, nena —dijo; el muro se convirtió en una membrana transparente para dejar entrar la luz—. Toma —me dio un jugo.
—Qué rico. No conocía este sabor.
—Es mango. Un fruto que creíamos extinto por culpa de un pesticida orgánico con un cromosoma mal puesto.
—¿Y qué pasó?
—Afortunadamente alguien guardaba unas semillas secas en algún lado y se pudo decodificar de nuevo. Este jugo lo segregó el biosecuenciador.
—Buenísimo.
—Ahora báñate, Andrea.
Cuando estuve lista me puse un vestido coloide de patrones fractales y botas de piel de panda. No matamos animales para hacerlas: le indicas a una codificadora de tejidos la cantidad de piel requerida y ella la produce.
Me deslicé por el tobogán espiral que da al comedor. Mamá había preparado batido de chocolate y fung cakes, rebanadas de un hongo grande al que se le añade un cromosoma de manzana para que segregue fructosa. Al freírlos quedan esponjosos.
—¿Qué vas a hacer hoy? —preguntó Mamá.
—Anoche recibí por la biorred unas enzimas digestivas. Pueden romper cadenas de polímeros sintéticos y quiero decodificarlas —dijo Papá.
—¿Qué quiere decir eso? —pregunté.
—Que pueden disolver plásticos, mi amor —me contestó Mamá, luego dijo—: eres brillante. Por eso me casé contigo.
¿Había dicho ya que mis papás son scabs? Biohackers que crackean códigos genéticos. Cuando empiezan a hablar de sus cosas se emocionan y si tengo suerte se olvidan de la escuela.
—Anda, nena, que se hace tarde. En cualquier momento pasa el entomóptero por ti.
—Ay, papá… —Hoy no se les olvidó.

Todo lo importante - Antonio J. Cebrián


Sentado en el viejo sillón de la residencia de ancianos convino en recordar y hacer recuento de todas las cosas importantes que acaecieron a lo largo de su vida.
“No puedes llegar tarde, te despedirán” —decía Marga, su esposa. El jefe ahora está muerto y su empresa ya no existe.
“No podemos invitar a tu primo Ezequiel a la boda de la niña. Él no nos invitó a nosotros”. Ezequiel murió, “la niña” se divorció y ahora trabaja en otro país, esperando su próxima jubilación.
“Si seguimos así no vamos a poder pagar la hipoteca de la casa este mes”. La casa la vendimos y el dinero voló. En el lugar donde estaba, ahora hay un hipermercado.
¿Qué fue de todas aquellas cosas importantes? ¿Dónde están ahora? ¿Y todas esas personas, amigos y familiares…? Todos muertos y olvidados. Hasta los lugares conocidos desaparecieron. Y Marga…
¿Qué queda sino sentarse y esperar a la muerte?
De pronto, a sus ochenta y dos años, se levantó del sillón, abrió el baúl donde guardaba sus escasas pertenencias y sacó un maletín con óleos y un lienzo. Se puso a pintar y pintó el mejor cuadro de toda su vida. En él estaban fundidos los infinitos colores de los años de experiencia, la riqueza y el relieve de los cientos de lugares que había conocido y el complejo entramado de luz y sombra de todas las emociones que alguna vez habitaron su interior.
Y entonces pensó: “La muerte puede venir cuando desee. Aquí nadie la espera”.

Aquiles, el cocinero - Javier O. Trejo


Se había ganado una merecida fama en los restaurantes caros de Palermo. Su virtud era el equilibrio; ni cocina de autor ni clásica.
Después de un viaje por China regresó embelesado. Sólo aquellos que incursionan en comidas de otras culturas entienden la escasez de nuestra mesa común.
Estudió y experimentó. El milenario pato laqueado le salía magnífico. El arroz y sus mil formas. Todos los vegetales.
Lo contrataron para una cena muy exclusiva. Tenía que preparar tortuga; el pobre animalito debía mantenerse con vida hasta el momento de la cocción.
Sabía la receta de memoria y la ejecutaba con maestría matemática
Se preparó para cortar cuatro cebollas. Pensó en cortar las dos primeras y se percató que luego le quedaría el resto. Para cortar las segundas dos debía cortar una, pero para cortar una debía cortar la mitad, para poder cortar la mitad, debía cortar un cuarto, para poder cortar un cuarto debía cortar la mitad de un cuarto, para cortar la mitad de un cuarto debía cortar la mitad de la mitad de un cuarto…
Las cuatro cebollas seguían allí intactas. Aquiles paralizado. La tortuga dormía en una caja.
Los invitados cenaron aliviados —la perspectiva de comer tortuga los espantaba— en un restaurante cercano.
Expulsaron al cocinero Aquiles y ahora trabaja en un banco.
La tortuga es su mascota y para que coma, le prepara vegetales bien cortaditos aunque, cada vez que lo hace, siente que se le eriza la piel.

viernes, 22 de agosto de 2008

2 Samuel 11 – Saurio


Me levanto después de dormir una bruta siesta, salgo a la terraza y me encuentro con semejante minón en bolas bañándose en el patio de su casa. Y yo no me iba a quedar cantando las mañanitas. Soy el rey, ¿m’entendés? Me importó un joraca que tuviera marido o que tuviera ganas de trincar conmigo: fui, hice la porquería y mi inmundicia me limpié. Pero la guacha quedó preñada. Y con el cornudo en la guerra las malas lenguas iban a murmurar. Soy el rey, ¿m’entendés?, Así que me lo mandé traer al gil, para que se la fife a la jermu, la embarace y asunto arreglado. Claro, no contaba con su lealtad y patriotismo, con su código guerrero, con su ética marcial. El desgraciado no quería garchar mientras sus camaradas morían en batalla. Así que le di el gusto y lo mandé al boludo a una misión suicida.
Soy el rey, hermano, y hago lo que se me canta.

Los ancianos fieles — Javier Villafane


—Otra vez ha entrado el mariposón —dijo la abuela—. Voy a espantarlo como todas las noches.
El mariposón volaba alrededor de una lámpara. Los nietos salieron del cuarto. La abuela cerró la puerta con llave y bajó las celosías de las ventanas. El mayor de los nietos se escondió para ver cómo la abuela espantaba al mariposón.
Y vio al mariposón caminando por el espejo de la cómoda, quitarse las alas y sentarse en una silla. Y vio a la abuela abrir el armario y sacar unos bigotes, un sombrero y un frac.
El mariposón sentado en la silla era un hombre desnudo y se vistió poniéndose de pie los bigotes, el frac y el sombrero.
Y vio a la abuela sacar de una gaveta del armario unas trenzas y un traje de novia. La vio desnudarse y vestirse poniéndose las trenzas y el traje de novia. Y vio a los abuelos como estaban en el retrato del comedor, sonriéndose en un marco dorado. Después los vio volando, tomados del brazo, besándose, dando vueltas alrededor de la lámpara.

jueves, 21 de agosto de 2008

Los errores se pagan - Sergio Gaut vel Hartman


No se puede decir que Eb’lias fuera estúpido; ningún am’anoji lo es, porque de lo contrario esta especie, que habita un mundo inhóspito ubicado en un rincón de la galaxia que no viene al caso identificar, no se habría expandido por cientos de sistemas cercanos tras dominar una forma de viaje hiperespacial que los científicos am’anoji denominaron an’tergo’lesuji.
Pero aunque Eb’lias no era estúpido, había cometido un error estúpido. La Junta le había encomendado viajar hasta el tercer planeta de un sistema regido por un sol amarillo. Ese mundo estaba habitado por criaturas primitivas y las órdenes de la Junta habían sido claras: queremos estudiar a las criaturas de la Tierra, son raros, anómalos, contradictorios...
Eb’lias había conducido una de las flamantes naves ATL hasta la Tierra, ida y vuelta, capturando a tres seres de diferentes especies, de acuerdo con las especificaciones de los sabios am’anoji. Eb’lias llegó a Manoj con su carga en buenas condiciones y la entregó a quien correspondía.
Pero se había equivocado de un modo catastrófico, y ahora sólo cabía esperar que llegara el castigo: sus funciones vitales serían interrumpidas. No tenía nada que alegar en su defensa; la decisión de la Junta era correcta y él debía pagar por el terrible error.
Junto a él, desconcertados, los seres secuestrados en la Tierra también esperaban que se ejecutara la sentencia. Melusina, Puck y Rumpelstilzquen ni siquiera lograban imaginar por qué estaban en Manoj, qué querían de ellos esas horribles amebas grises. Lo peor de todo era que sus talentos los habían abandonado, no tenían forma de escapar y estaban convencidos de que nadie en ese mundo se preocuparía por llevarlos de regreso a casa.

http://grupoheliconia.blogspot.com/2010/11/sergio-gaut-vel-hartman.html

El cementerio de los aviones olvidados - Gabriel Trujillo Muñoz


El viejo aeropuerto de Mexicali estaba en medio de la ciudad. Para aterrizar o despegar, los aviones debían pasar casi tocando los techos de los edificios más altos. Eran los años sesenta del siglo XX y como la pista era pequeña, las líneas aéreas utilizaban sólo aviones de motor. Yo era niño entonces y mi padre era el radio operador de la Compañía Mexicana de Aviación. Por eso aquel aeropuerto era mi campo de juegos cuando salía de la escuela. Aunque había muchos lugares interesantes para jugar, yo prefería el patio que estaba más allá de los hangares para avionetas. Lo llamaba el cementerio de los aviones olvidados porque en él se amontonaban, ala contra ala, los fuselajes vacíos de los DC-2 y DC-3. Aún enhiestos y desafiantes, aquellas carcasas metálicas eran mi sitio favorito de diversión. Allí me sentía un as de la guerra, un piloto intrépido en las alturas de mi sueño volador.
Un día, mientras movía los controles, sentí que el avión en que estaba jugando se movía de verdad. Salté del asiento del piloto y fui a la puerta de salida. El avión realmente se movía pero hacia atrás. La escalerilla por la que me había subido ya no estaba. Por un instante, como niño de ocho años, pensé que el avión se iba a elevar y llevarme por su cuenta. En ese momento un carro de equipaje se puso a mi lado. Uno de los cargadores de la compañía lo conducía. Al verme, de pie en la puerta y con cara de susto, me gritó que no me preocupara, que estaban cambiando el avión de lugar, que disfrutara el viaje.
Eso hice. Volví a la cabina del piloto y observé la pista y las instalaciones donde trabajaba mi padre irse alejando. Volví a jugar al combate aéreo, disparando ametralladoras imaginarias contra cualquier objeto que me llamara la atención. Entonces vi un punto en el cielo, una avioneta, entre las escasas nubes, y le disparé una y otra vez. En eso oí que los trabajadores que movían el avión gritaban:
—¡Viene en picada!
—¡Y va a caer muy cerca!
Escuché la voz del cargador instándome a que abandonara el avión, pero yo estaba petrificado porque sabía que esa avioneta estaba cayendo por mi culpa.
Antes de que pudiera entender qué pasaba, la avioneta se precipitó a tierra y estalló a menos de cien metros de distancia.
Nunca se supo la causa del accidente.
Y como sus restos quemados acabaron en el cementerio de los aviones olvidados, yo jamás volví a jugar en aquel lugar ni a disparar armas reales o imaginarias.
Desde entonces me dediqué a observar a los trabajadores del viejo aeropuerto jugar dominó en la sala de espera.
Y en las noches, cuando observaba el cielo desde el techo de mi casa, creía que las estrellas fugaces eran avionetas que otros niños les habían disparado y que ahora eran grandes bolas de fuego.
Aún hoy, a tantos años de distancia, lo sigo creyendo.

Lobishome - Alejandro Carneiro


Ser un monstruo tan clásico me resulta divertido porque ya tienes mucho ganado de antemano. Te reconocen al momento y las víctimas asumen su papel con monacal resignación; pasado el primer susto, ya se entregan a mis colmillos. Y eso está bien, porque no soy tan fuerte como aparento, créame, aunque el pelo corporal agranda lo suyo. Además, doy unos aullidos que son la mar de espeluznantes, hasta yo me asusto. Pero nada es perfecto, y el primer problema son los horarios. Siempre en noche de luna llena, sin vacaciones, no libro ni una; es lo malo de las maldiciones, no son para vagos. Me trastoca el biorritmo y luego me paso el día dormitando en la oficina. Ya he tenido varias quejas y he pensado más de una vez en visitar a mi jefe durante una noche de luna oronda, pero sería muy evidente y no quiero levantar sospechas. Mejor seguir comiéndome a desconocidos, que también evita ir a entierros bastante molestos. Después está el problema de la tintorería. Me lleva medio sueldo. Es que me despierto con las ropas manchadas de toda clase de grupos sanguíneos y tierras de varios parterres del barrio; es horrible, muchas veces prefiero no imaginarme qué son ciertos lamparones marrones, me debo rebozar en cada cosa... En fin, un asco. Quizá debería irme a vivir al campo, con mis abuelos. Se come de maravilla, porque la gente del campo está bien mantenida, la vida es más tranquila, se puede andar todo el día en chándal y podría ser un lobishome más típico, trotando por los montes con total alevosía y nocturnidad. La buena vida de los míos, usted me entiende, la llamada de la naturaleza y esas cosas. Pero no sé, qué quiere que le diga, en la ciudad todo queda a mano y hay gente variopinta. Además, en el campo la cobertura del móvil siempre es un caos. Bueno, le dejo, que me estoy transformando. Vaya, otra vez no me da tiempo a quitarme la corbata, Jesusito de mi vida, qué contratiempo, ¿me puede ayudar?

Diálogos - Alejandra Pizarnik


—Ésa de negro que sonríe desde la pequeña ventana del tranvía se asemeja a Madame Lamort —dijo.
—No es posible, pues en París no hay tranvías. Además, ésa de negro del tranvía en nada se asemeja a Madame Lamort. Todo lo contrario: es Madame Lamort quien se asemeja a ésa de negro. Resumiendo: no sólo no hay tranvías en París sino que nunca en mi vida he visto a Madame Lamort, ni siquiera en retrato.
—Usted coincide conmigo —dijo— porque tampoco yo conozco a Madame Lamort.
—¿Quién es usted? Deberíamos presentarnos.
—Madame Lamort —dijo— ¿Y usted?
—Madame Lamort.
—Su nombre no deja de recordarme algo —dijo.
—Trate de recordar antes de que llegue el tranvía.
—Pero si acaba de decir que no hay tranvías en París —dijo.
—No los había cuando lo dije pero nunca se sabe qué va a pasar.
—Entonces esperémoslo puesto que estamos esperándolo —dijo.

Mi sombra - Enrique Anderson Imbert


No nos decimos ni una palabra pero sé que mi sombra se alegra tanto como yo cuando, por casualidad, nos encontramos en el parque. En esas tardes la veo siempre delante de mí, vestida de negro. Si camino, camina; si me detengo, se detiene. Yo también la imito. Si me parece que ha entrelazado las manos por la espalda, hago lo mismo. Supongo que a veces ladea la cabeza, me mira por encima del hombro y se sonríe con ternura al verme tan excesivo en dimensiones, tan coloreado y pictórico. Mientras paseamos por el parque la voy mimando, cuidando. Cuando calculo que ha de estar cansada doy unos pasos muy medidos —más allá, más acá, según— hasta que consigo llevarla donde le conviene. Entonces me contorsiono en medio de la luz y busco una postura incómoda para que mi sombra, cómodamente, pueda sentarse en un banco.

miércoles, 20 de agosto de 2008

Las muñecas rusas crían muñecas rusas - Jorge X. Antares


Vio su cuerpo yaciendo en coma en la cama del hospital.
—Puedes elegir, quedarte así, sabiendo lo que te pasa sin poder comunicarte,... o bien, puedes vivir un sueño ajeno a todo esto —dijo el demonio de ojos brillantes.
—¿Una mentira?
—Una mentira piadosa. Piénsalo. Una nueva vida. Podrás incluso elegirla a medida.
—Supongo, que todo esto tendrá un precio.
—Por supuesto, por supuesto. Pero ya hablaremos de ello en su momento. En todo caso, olvidarás este episodio para que disfrutes más y no estés agobiado con temas de deudas.
Miró su cuerpo de nuevo, ese trozo de carne que encerraba su conciencia.
—Si no quiero volverme loco, sólo tengo una opción. ¿Verdad, demonio?
—Sabia decisión. ¿Algo en especial?
—Ya puestos, siempre he deseado ser una cosa...

El escritor dejó de teclear y sintió un toque gélido en el hombro. De pronto, todo estuvo claro. Una voz largamente olvidada entonó las temibles palabras.
—Vengo a cobrar.
—¿Quieres... quieres mi alma?
—Por supuesto que no. Soy más ambicioso. Prefiero las de todos los que leen tus cuentos... como este.

Genesis 38 – Saurio


El tipo no le cae simpático a Yahveh y lo mata sin dar ninguna explicación, dejando a la mina viuda y sin descendencia. El suegro, que quiere nietos, la casa con el hijo del medio. Pero al tipo la idea de embarazar a la cuñada no le hace ninguna gracia y por eso acaba siempre afuera. Mala estrategia: A Yahveh esto no le gusta nada y también lo mata. Encima, se genera un malentendido histórico y el tipo es recordado por los siglos de los siglos como un pajero. La tercera es la vencida, dice el suegro, y la compromete con el menor de los tres hermanos. Pero, como la mina parece ser yeta, por las dudas la fleta a casa de sus padres, no sea cosa que también se le muera el pendejo. La mina, harta de ser tratada como un pulóver viejo, decide vengarse: se viste como una puta, se lo levanta al suegro cuando este vuelve del entierro de su jermu y queda embarazada de mellizos. ¡Pavada de culebrón!

El vuelo - Jenny Wasiuk


La ciudad ronroneaba sus tristezas.
Ella se mecía en la hamaca del balcón, ajena a todo.
Esperaba el minuto exacto.
Hacía años que esperaba, con la seguridad de que llegaría de un momento a otro.
Y llegó.
Esa tarde, cuando la ciudad aullaba más fuerte que nunca, cuando nadie se hubiera percatado de lo que estaba ocurriendo, pues seguían indiferentes a todo.
Esa tarde sucedió.
Se levantó lentamente... extendió sus alas y voló.
Primero se fue elevando mansamente del piso, luego más y más rápido hasta llegar a las nubes.
Sintió el viento acariciando su rostro y las lágrimas de felicidad humedeciéndolo.
Cruzó el cielo de Norte a Sur, de Este a Oeste.
Más abajo vio la ciudad, empequeñeciéndose hasta desaparecer.
También se acallaron sus aullidos.
Y el silencio fue delicioso, como una fruta madura deshaciéndose en su boca.
Y gritó.
Gritó hasta perder la voz para siempre.
Sus alas la devolvieron a la hamaca, donde la esperaban para abrigarla con una extraña camisa y luego llevarla a un lugar lleno de habitaciones y amplios jardines.
En su rostro la sonrisa quedó grabada como una cicatriz.
Había volado.
Ya no importaba el resto.

martes, 19 de agosto de 2008

El muerto y la bici - Mariela Anastasio


Escuchá: un hombre en una bicicleta lleva en su espalda una palma de flores. Seguro, para un muerto. Seguro para un muerto. O no. O sí, para un muerto. Pensálo. Pensá si es para el muerto. Pensá para qué muerto. Pensá quien murió. ¿Quién? El muerto. ¿Quién? El muerto ¿Quién? ¿Qué muerto? ¿Vos? ¿Quién es el hombre que en bicicleta lleva al muerto? ¿Cómo? ¿No llevaba flores? No. Lleva al muerto en su espalda. Lo lleva, al muerto. Lo carga. Pesa. Pensá cuánto pesa. El muerto. ¿Cuánto? Dos hombres van en bicicleta: el vivo y el muerto. Uno lleva al otro (¿Quién a quién?) Pensá. ¿Quién siente? ¿Quién piensa? ¿Quién duele? Un hombre lleva flores. En bicicleta. Las lleva. Flores y muerto. Muerte. Lleva tristeza. Una bicicleta lleva dos hombres, dos muertos. Las flores vivas, los hombres no. Pensá en la bicicleta llevando el peso. Pensálo. Va despacio. ¿Cuánto pesa? Pensá en la bicicleta llevando el peso. ¿Quién la conduce (a la bicicleta) ¿adónde va? Una bicicleta y un hombre con una palma en la espalda. Palma-espalda. Para un muerto. Para un muerto querido. La tristeza pesa. La bicicleta. Los pensamientos. Anda lento. Un muerto querido. Se detiene. Se destiñe. El hombre se detiene y se destiñe. Desciende la palma de la mano, y la palma de las flores, la espalda. Llora la bicicleta. Desciende el hombre hasta lo más bajo. Llora la bici. El muerto tácito. La espalda despalmada, desespaldada la espalda palma. Los huesos duelen. Siente que le duele. Le duelen a la bici los pedales. El muerto tácito. Un hombre lleva a un hombre. Un muerto lleva a un vivo, y unas flores muertas viven. Pensálo. La bicicleta a un costado. El hombre anda, el otro no funciona. La vida es rara. Pensálo.

Fallido retorno - Mónica Rangel


Elois estaba emocionado. Por fin, después de tantas edades, había conseguido el permiso para volver desde las estrellas, de una entre millones de colonias humanas, hacia el mundo de origen. Tierra, palabra dulce y mítica a la vez. Para él, un investigador de campo, retornar a la Tierra era el máximo sueño. Podría ver a la humanidad en su etapa más primitiva, cuando estaban atados al mundo original.
Su emoción fue infinita cuando después de cruzar el sistema solar y llegar a su destino, pudo comprobar cuan poco evolucionados eran los humanos, cuan rústicos eran sus edificios y sobre todo, qué poca capacidad poseían para detectarlo como un extraño. Recorrió las ciudades y pueblos y se maravilló con la extensión de los mares y bosques.
Cuando llegó el día del aterrizaje y al fin descendió de su nave espacial, fue sorprendido por uno de esos humanos primitivos, que le disparó un par de balas arruinando el traje de protección y de paso, su vida.
La nave se autodestruyó, pero su cuerpo, aún hoy, es estudiado en secreto por un selecto grupo de investigadores.

La dama pálida - José Vicente Ortuño


Abrió los ojos. A los pies de la cama había una mujer. Era muy pálida, tanto que parecía brillar con la luz de la Luna llena, que se colaba por la ventana. Vestía una túnica vaporosa, casi etérea, de un color que no pudo distinguir, pero sí que revelaba las formas que se suponía debía ocultar. Ella le sonrió y su sonrisa le causó terror.
Quiso levantarse, huir de aquella extraña que había entrado en su dormitorio sin permiso, pero estaba como clavado al colchón y apenas pudo moverse.
La túnica de la misteriosa dama se deslizó de sus hombros, sin que ella hiciese ningún movimiento, y cayó al suelo flotando con lentitud, como si el tiempo se hubiese ralentizado o la gravedad perdido su fuerza.
A pesar del terror que sentía se excitó al verla desnuda y no pudo hacer nada por evitar que su cuerpo reaccionase de forma involuntaria. Ella rió al ver su erección, mostrando unos dientes afilados e inhumanos.
Se le aproximó voluptuosamente, gateando sobre la cama con tanta suavidad, que pareció flotar carente de peso.
Era una bochornosa noche de verano, pero cuando la desconocida se le acercó sintió que emanaba frío. Y cuando las gélidas manos comenzaron a acariciarle alrededor del sexo, un estremecimiento le obligó a gritar, aunque de su boca sólo salió un patético gañido.
La dama pálida se sentó a horcajadas sobre él. La penetración no fue cálida y suave, sino helada y dolorosa, como si hubiese introducido su miembro en un bloque de hielo.
Sin importarle nada lo que el hombre sintiese, la misteriosa hembra lo cabalgó con ferocidad, clavándole sus afiladas uñas en el pecho, hasta que le produjo una dolorosa y extasiante eyaculación, que casi le dejó sin conocimiento. Sin embargo, mientras su mente se hundía en las tinieblas, sintió como el sexo de aquella gélida mujer le absorbía el semen con brutales contracciones.
Cuando volvió a abrir los ojos, la mujer pálida ya no estaba. A duras penas podía moverse, entumecido por el frío que la misteriosa aparición había dejado en su cuerpo. Sin embargo, los profundos arañazos en su pecho confirmaban que no había sido un sueño.
El aire del dormitorio continuó frío y estancado —como congelado—, hasta que los primeros rayos de sol entraron por la ventana y el hálito del súcubo desapareció.

Vino - José Luis Zárate


Él le sostuvo el pelo mientras vomitaba. Ella se limpió la boca con el dorso de la mano, embarrando lápiz labial y restos de comida en la barbilla.
—Estoy bien, estoy bien —decía con voz pastosa, mientras intentaba ponerse de pie. Empresa imposible con esas zapatillas de aguja. Se las quitó, irritada, y logró hacer una larga carrera en su media. El sonido del baile se escuchaba aún, y ella intentó dar un par de pasos. Él la sostuvo y el hedor estuvo a punto de obligarlo a soltarla. Tan hermosa que se había visto al entrar… Pero era claro que no tenía ninguna resistencia para el vino.
—Sostenme esto —le dijo al darle los zapatos, mientras, coquetamente, trataba de arreglarse el pelo enmarañado. Miró su reloj, y se puso tensa, se soltó de él, trató de meter todas sus cosas en la pequeña bolsa y dijo que era hora de marcharse.
—Debo irme antes de las 12 —dijo, eructando—. No quiero que me veas cuando se acabe la magia.

En la alegría de la liberación - Marcelo di Marco


Volando a la gloria a nueve mil metros de altura, ya con todo bajo control por única vez en su vida, pensó en lo que estaba a punto de lograr. Pensó en la sangre, en los incendios. Pensó en las sirenas y los escombros. En la gentuza hecha pedazos.
—Otra que Irak —le dijo Willem Dafoe deslizándose el dedo por el bigote—. Otra que Hiroshima.
Él oyó también un graznido lejano, una voz chillona que llegaba desde las entrañas del B-29 anunciando que la misión no está autorizada, imbécil.
Le pidió permiso al teniente Dafoe para entrar en el depósito de la bomba. Entró en el depósito de la bomba y la acarició despacio. Antes de que pudiera lanzarla sobre esos millones de vidas de mierda, su mujer lo despertó.
A los gritos lo despertó. Su mujer legañosa, más gorda y más bruta que un rinoceronte.
Durante el desayuno lo trató igual que siempre: de cornudo para abajo, cualquiera.
Él no se atrevió a nada, ni siquiera se planteó atreverse a lo que fuese.
Salvo cuando la bruja se fue —A coger con mi macho, imbécil— pegando un portazo. Ahí sí. Ahí sacó de la alacena la primera cerveza que encontró y la lanzó por la ventana de la cocina. Siete pisos abajo, el estallido contra el asfalto sonó a un trueno de vidrios secos.
Se asomó a mirar. Abrió la heladera y buscó la manteca. Mientras comía su tostada, oyó gritos que venían de la calle.
Al rato aparecieron los porteros, con la policía: las esquirlas del botellazo le habían vaciado el ojo a una nenita.
No tuvieron necesidad de hablarle más de lo debido ni de esposarlo. Hizo todo lo que le ordenaron. Comprendió cuánto le gustaba obedecer.
Feliz, no dudó en sonreírle a la gente que se había agolpado para ver cómo se lo llevaba el patrullero.
Y su sonrisa era sincera: pocas cosas hay en el mundo tan estimulantes como vivir una mañana diferente.

Marcelo di Marco

lunes, 18 de agosto de 2008

Espejos 3 - Ramiro Sanchiz


Me planto ante el espejo y me miro: ese es mi rostro. Sigo la línea de la boca, la nariz y los ojos. Me detengo en la humedad del cristalino, la espesura del iris, el enigma de las pupilas, luego hago retroceder un poco la mirada. En esa pequeña oscuridad una figura se refleja: es la mía. Razono que mis ojos duplican la figura del espejo y este a su vez la refleja, volviéndomela visible, un yo encerrado dentro de mi yo, minúsculo. Ese también tendrá ojos, razono, y por lo tanto allí se refleja una vez más mi forma. Hay un infinito aquí, estoy perdido en una serie que se extiende indefinidamente, dentro y fuera de mi imagen.
Pero hay un punto que no puedo ver. Detrás de mi cabeza nada puede reflejar lo que sucede y volvérmelo cierto, hacérmelo ser pues ser es ser percibido. En vano agito mis manos trazando signos y esperando que pueda doblar hasta ese extremo la mirada y ver, pero nada existe desde el punto ciego y plantar en su espacio otro espejo sólo ahondará la abominable multiplicación de las apariencias, dejando siempre un hueco, un punto donde la mirada y el ser no alcanzan.
Qué curioso, pienso, si todo esto fuera un gran espectáculo, si toda mi vida un entretenimiento, seguramente allí pondrían las cámaras.

El origen del nombre del Río Sarmiento - Ricardo Manuel Ganso


Habiendo llegado a la isla, en el delta del Paraná, el Brigadier Juan Manuel de Rosas se bajó de su chalupa acompañado de varios funcionarios y de tres mazorqueros que, muñidos de facones, degollaban a los mosquitos que se acercaban a la comitiva. Llegaron hasta el patio de la casa del gaúcho brasileño Apolonio dos Cientos Diez y llamaron golpeando las manos. (Llevaban al negrito Simón con ellos y le dieron un palazo en los nudillos.) Al escuchar el terrible alarido de Simón, Apolonio salió del rancho. Segundos después se escucharon feroces ladridos.
—¿Qué es eso? —inquirió el Restaurador.
—No se preocupe, es mi ropero —contestó Apolonio.
—¿Tenés un ropero que ladra? —preguntó Rosas asombrado.
—¿Y qué querés que haga un grupo de ropes? ¿Que silben el tango La Cumparsita? —ironizó Apolonio—. Y ya le dije que no se preocupe; están atados. ¿Qué lo trae por acá, mi Brigadier?
—Vengo a cobrarte personalmente los impuestos. El recaudador, acá presente, dice que hace dos días que no pagás, che.
—Es que no me quedó ni un patacón después de pagar el rescate de mi cabra. Un grupo comando de los salvajes unitarios la tenía secuestrada. Ya sabe como es esto de la inseguridá en el Gran Buenos Aires. A mi vecino, Clemente Bovino, le chorearon la vaca en la mesma esquina de la comesaría —se disculpó Apolonio—. Pero puedo pagarle con animales, que es lo único que me queda.
—Bueno, dame una patada —se resignó el Restaurador.
Don Apolonio estiró hacia atrás su pierna derecha luego de limpiarse la punta de la bota en la bombacha (pantalón bombacho) y dijo: —Si usted lo pide; dese vuelta.
—No, no... —lo corrigió Rosas—, una patada, un conjunto de patos, por lo menos cuatro.
—Tengo sólo tres —ofreció Apolonio.
—Acepto —dijo el Restaurador, mientras le hacia señas a un mazorquero para que se encargara de las aves—. Vayamos por el puente a la isla de enfrente —le dijo a su secretario— que ahí hay otro moroso.
Llegando a la cabecera del puente, el secretario le advirtió a Rosas: —Del otro lado está cortado. En esta isla están construyendo dos fábricas de pastas frescas y los de enfrente se oponen. Quieren seguir comiendo pasta casera, como los ravioles de doña Dominga de Bonavena. Cortaron el puente para protestar. Mire, desde acá se ve el cartel. Dice: NO A LAS PASTERAS. Se reúnen en asambleas y el líder es Domingo Faustino Sarmiento, que vende los tallarines que su madre amasa en la casa. Ayer repartió panfletos con la leyenda "¡BÁRBAROS, LAS FIDEAS NO SE MATAN!"
—¡Já! —exclamó el Restaurador—, me río de Sarmiento —y avanzó sobre el puente echando mano a la empuñadura del sable. El sordo Toscanini, cartógrafo oficial allí presente, anotó en su mapa "Río Sarmiento", creyendo que esa era la voluntad de Rosas. Y así quedó.

domingo, 17 de agosto de 2008

De Sueño - Giovanni Papini


No soy un hombre real. No soy un hombre como los otros, un hombre con huesos y músculos, un hombre generado por hombres. Yo soy —y quiero decirlo a pesar de que tal vez no quiera creerme— yo no soy más que la figura de un sueño. Una imagen de Shakespeare es, con respecto a mí, literal y trágicamente exacta: ¡Yo soy de la misma sustancia de que están hechos los sueños! Existo porque hay uno que me sueña, hay uno que duerme y sueña y me ve obrar y vivir y moverme y en este momento sueña que yo digo todo esto. Cuando ese uno empezó a soñarme, yo empecé a existir; cuando se despierte cesaré de existir. Y soy una imaginación, una creación, un huésped de sus largas fantasías nocturnas. El sueño de este uno es tan intenso que me ha hecho visible incluso a los hombres que están despiertos. Pero el mundo de la vigilia no es el mío. Mi verdadera vida es la que discurre lentamente en el alma de mi durmiente creador.

El Cuco - Dolores Pereira Duarte


Ese beep distinto, más largo de lo habitual, que sonó en la línea de cajas del supermercado, me trasladó a una región oscura, conscientemente ignorada.
La cola se detuvo. No sólo me paralizó el sonido: una ola helada, bien dentro de mí, me hizo oler de nuevo el pasto escarchado y la tierra de la escuela.
—¿Sabés que de chiquita quedé huérfana —me susurró la misma voz codiciosa, desgarrada, conocida—, y crié a todos mis hermanitos?
Fue como si me hubiese vaciado, como si mi sangre ya no fluyera. El beep no era normal; se prolongaba en la bocina del tren que veíamos pasar trepados al alambrado del patio del colegio mientras pedíamos deseos.
—Los crié a todos, querida. Yo solita y mi alma.
La voz me atropelló con recuerdos de aquella escena que creía olvidada, enterrada como hueso rancio.
—Sí, sí —alcancé a balbucear jadeando, con la garganta cerrada.
Inmediatamente sentí cómo sus dedos atenazaban mi codo. Por sobre el hombro vi su otra garra prendida al mango del carrito.
La cajera sonreía, cómplice: comprendí que era ella quien había detenido la cola. Su risa era perversa, resentida, como la de la maestra del jardín cuando dejaba entrar a esa asquerosa harapienta al patio de la escuela.
—¿Así que te acordas, eh? —la voz de la vieja me invadía de nuevo como aquella vez, con el mismo y cálido aliento a cadáver—. Todo sigue igual, nena. Sigue igual la pasión por criar chicos ajenos.
Sentí el calor líquido piernas abajo, pensé estúpidamente que el pis arruinaría el twed del Armani recién traído de Italia.
…quise decirle algo, correr, salirme, amenazarla, pero ya ni siquiera tenía voz.
Y entonces el tren pasó como una topadora por el fondo del patio del colegio, por encima de mí… y volví a mirarla a los ojos con la certeza de que esta vez no podría escapar.

Rüdesheim – Pablo Valle


Caminaba por la Drosselgasse, en Rüdesheim, “la calle más estrecha del mundo”. ¿Qué importancia podría tener esto? Bueno, justamente, es un lugar “típico”, “para turistas”, que los propios alemanes “desprecian”. Pero a mí me gusta especialmente. Parece resumir un montón de cosas que amo de Alemania: la pátina —muchas veces falsa— de tiempo, la vieja madera, el toque seudomedieval, “de cuento de hadas”, ciertos aromas. Todo kitsch, por supuesto, y qué; esa es la idea.
Son, si son, doscientos metros de cantinas, una enfrente de la otra, de la que salen olores grasosos y música inaceptable. Pero en un punto, como siempre, indefinible, la alegría, y quizás la belleza, son auténticas. No me pregunten por qué creo eso.
La cuestión es que estaba caminando por allí, en medio de una amable multitud, cuando vi avanzar, en sentido contrario, a alguien muy parecido a mí. Hubiera querido decir de entrada que era yo mismo, pero sería otra cosa injustificable. De hecho, al principio sólo pensé en cuán parecido era; más joven, claro, pero solamente unos años. Sólo después, cuando estábamos bastante lejos, en direcciones contrarias, repito, me di cuenta de que el tipo tenía puesta ropa que era indudablemente mía, que había sido mía.
Por supuesto, por más que me volví e intenté alcanzarlo, o al menos verlo de espalda, no lo pude hacer. Fue sólo un “flash”, nada confiable, pero la imagen me siguió unos días, que ya, ahora que lo escribo, son años. Un tipo igual a mí, con menos canas, con ropa que ya no tengo, caminando por el centro del mundo, la trivial Drosselgasse, de Rüdesheim, Alemania.
Lo recuerdo en momentos malos; en cualquier momento, si vamos al caso. No hay mucho más que decir. Sé que el tipo tenía todo el aspecto de estar en paz consigo mismo, de haber encontrado su lugar en el mundo. Pero eso no es posible, es sólo algo que yo imagino, lo verdaderamente fantástico de todo este asunto.

Traspaso de los sueños - Ramón Gómez de la Serna


De pronto, dejó de tener pesadillas y se sintió aliviado, pues habían llegado ya a ser una proyección obsedante en las paredes de su alcoba.
Descansado y tranquilo, en su sillón de lectura, el criado le anunció que quería verle el señor de arriba.
Como para la visita de un vecino no debe haber dilaciones que valgan, le hizo pasar, y escuchó su incumbencia:
—Vengo porque me ha traspasado usted sus sueños.
—¿Y en qué lo ha podido notar?
—Como vecinos antiguos que somos, sé sus costumbres, sus manías y sobre todo sé su nombre, el nombre titular de los sueños que me agobian a mí, que no solía soñar... Aparecen paisajes, señoras, niños con los que nunca tuve que ver...
—¿Pero cómo ha podido pasar eso?
—Indudablemente, como los sueños suben hacia arriba como el humo, han ascendido a mi alcoba, que está encima de la suya . . .
—¿Y qué cree usted que podemos hacer?
—Pues cambiar de piso durante unos días y ver si vuelven a usted sus sueños.
Le pareció justo, cambiaron, y a los pocos días, los sueños habían vuelto a su legítimo dueño.

Caprichos

Psiquiatramán contra los duendes del desorden - Ricardo Bernal


Los duendes del desorden aparecen de repente: salen del clóset o del interior de un zapato y comienzan a tirar todas las cosas que encuentran en tu habitación. Rompen el retrato de tu ex novio y se tragan los pedazos, con un lápiz labial dibujan falos en el espejo, o revuelven las fragancias de tus frascos en un solo perfume alucinante. Tú, sorprendida, tratas de cubrirte los senos y el pubis, y buscas tu ropa nerviosamente mientras los duendes ruedan y ruedan carcajeándose en el piso. Suena el teléfono: los duendes abren los ojos y se quedan mudos. Al segundo timbrazo comienzan a temblar. Al tercero huyen despavoridos. ¿Bueno?, contestas con jadeos de dragón. Hola niñita, soy Psiquiatramán y hablaba para ver cómo va todo. ¡Psiquiatramán!, exclamas; los duendes del desorden trataron de violarme, pero ya se fueron. ¿Cómo lo hiciste? Soy muy poderoso, responde Psiquiatramán disfrutando cada sílaba en su boca. Dices buenas noches, cuelgas, suspiras y te ves en el espejo. Tus ojos están llenos de polen cristalino y claves de sol azucaradas. En la punta de tu nariz se adivinan mil y un amaneceres con distintos colores en el cielo. Luego te asomas por la ventana: arriba la luna llena es un bondadoso gato derrumbado encima de las nubes, y las constelaciones son enormes malvaviscos. Estás tranquila. No hay ni rastro de los duendes del desorden, tal vez han desaparecido de tu vida para siempre. Sonríes.
Lo que tú no sabes, pobre idiota, es que del otro lado de la línea telefónica un duende del desorden con dedos de cuchara devora los ojos y la lengua, lame lentamente la sangre seca de Psiquiatramán, asesinado hace más de una semana.

sábado, 16 de agosto de 2008

Sensaciones de un bolígrafo - Alejandro Carneiro


Sentía que lo estrujaban, pero escribía, escribía y seguía escribiendo, era su destino. La voz no paraba de dar apuntes mientras el bolígrafo se movía lentamente sobre la hoja cuadriculada del cuaderno infinito. La mano de su dueño lo estrujaba cada vez con mayor fuerza, como una soga de condenado. Crujió. Una línea blanca, fina llaga, apareció en su cuerpo de plástico transparente. Iba desde la punta a la cabeza, esa grieta espantosa y mortal, pero la mano no disminuyó su presión, seguía escribiendo, ahora ya no violentamente, sino con saña encarnizada, sin interrupción para el respiro, sin márgenes en los bordes, llenando de signos azules las malditas celdas de la hoja. Crujió. La caperuza saltó por los aires. Un trozo de la cola del bolígrafo la acompañó en su vuelo peregrino de un instante. Cayeron sobre la hoja, pero nadie los recogió, no había tiempo. El bolígrafo seguía a toda velocidad por el papel, alejándose de sus restos caídos sobre los cuadraditos negros. Ahora escribía salvajemente. Crujió. La mitad del bolígrafo quedó sobre la hoja, la otra mitad continuaba su camino, violentamente, encarnizadamente. La mano es el peor instrumento de tortura. Llegó a la última línea de cuadraditos negros. Crujió. La tinta resbaló por lo que quedaba de su alargado tallo. A dos cuadraditos del final se paró para siempre, ya sólo arañaba, estaba seco y sucio. ¡Maldito boli! La mano que lo sujetaba tiró sus despojos al suelo y fue pisado sin contemplaciones por una bota embarrada. La punta del bolígrafo exhaló una última gota de tinta azul, que resbaló sobre las baldosas como una lágrima. El niño cogió con impaciencia otro bolígrafo de su cartera y siguió escribiendo, el dictado continúa, el profesor es un estúpido. El nuevo bolígrafo sintió que lo estrujaban.

Para siempre - Olga A. de Linares


Recorta la foto del diario, más impresionado de lo que nadie podría suponer. Ni siquiera él, antes de verla. Ahí está el avión. Detenido en el aire, mezclando grises y negro en anticipado luto. El ocasional fotógrafo ha capturado la diagonal tétrica que traza la nave minutos antes del impacto, y que a él, remoto testigo, le causa tanta angustia. No puede dejar de pensar en los pasajeros desconocidos, que en ese momento capturado por la foto aún respiran, pero que de cierta forma ya están muertos, condenados por la caída inevitable. Lo envuelve un torbellino de imágenes y sensaciones. Arrastrado por el eco de su espanto, huele miedo, ira, una incrédula impotencia, y el caos desatado lo inunda como, si de alguna forma, también él estuviese a bordo. Y tiene que apretar los labios para no gritar, tan incapaz de huir del desastre como ellos. Siente que, congelando el momento previo al desastre, la foto los coloca a todos en un limbo del cual jamás saldrán. Que los ha condenado a perpetuar el terror para siempre, en la caída interminable hacia una tierra que nunca volverán a pisar.
No del todo muertos.
No del todo vivos.
Atrapados por la eternidad.
Y la contempla una y otra vez, obsesionado; también él condenado, mientras tenga vida, a esa angustia inútil, a una estéril compasión que lo une, inexplicablemente, a la tragedia.

viernes, 15 de agosto de 2008

Alejandro y el andaluz - Juan Jacobo Bajarlía


Todavía no existía Andalucía. Pero ya se conocía a los andaluces que la precedieron desde mucho antes de que se concretara el territorio hispánico. Andaluz podría definir el carácter rápido y exagerado, lleno de trampa y gracia, que nunca pierde el optimismo. Uno de estos andaluces fue el protagonista de cierta historia de Alejandro, que voy a relatar siguiendo la edición apócrifa de Pergolesi (Storw verídica del re Alexandro, siglo XVIII, posiblemente 1785).
Próximo a entrar en batalla, Alejandro, impulsado por Antípatro, se dirigió a Delfos para consultar a la Sibila. "Quiero que me digas –le dijo– qué fortuna correrán mis armas." La Sibila, contrariada por lo imperativo y desusado de la pregunta, después de convulsionarse envuelta por el humo que salía desde la parte inferior del trípode en que ejercía su función profética, le respondió: "El triunfo te será propicio si al salir de aquí sacrificas al primero que veas."
Alejandro salió del templo, seguido por sus generales, y lo primero que vio fue a un andaluz montado en un burro. Lo hizo detener y le notificó que se encomendara a Zeus porque en ese mismo momento habría de morir para satisfacer al oráculo. El andaluz (un hombre del pueblo), sin perder el aplomo, se hizo explicar la respuesta de la Sibila, y contestó a su vez con estas palabras: "Hay un malentendido, noble Alejandro. El primero que has visto no soy yo sino el burro en que estoy montado, ya que él me precede con su cabeza y su cuello. Yo sólo voy montado sobre la grupa, y estoy, por lo tanto, en segundo lugar después de la cabeza y el cuello de mi burro."
La contestación ingeniosa del andaluz no convenció a los generales de Alejandro que desenvainaron sus espadas para sacrificarlo. Pero aquél, sonriendo, ordenó que sólo se matara al burro. "Un hombre como éste –dijo– merece ser elevado a consejero. Y así lo decreto." Y el andaluz, con el nombre de Afridopatis, integró desde entonces, el cuerpo de notables que acompañó al imbatible guerrero.


Pulir flecos - Alejandro Carneiro


Mire, Jehová. Su trabajo de fin de carrera es realmente original. Crear universos lo han hecho muchos, pero introducir la idea de un pueblo elegido añade un factor interesante que no había visto hasta ahora. Desgraciadamente, no le puedo aprobar. Se extralimita en ambición, si me permite decirlo. El libre albedrío es un asunto de profesionales expertos y usted es incapaz de dominar todavía este concepto. Deja a sus principales criaturas demasiado autónomas y sin objetivos claros, excepto preceptos morales generales. Incluso su pueblo elegido acaba decepcionando cada dos por tres, incapaz de seguir las leyes que le otorga por mucho que le recrimine. Aunque al final se manifieste mediante una proyección física y se sacrifique personalmente por todas las faltas de sus criaturas (con un dramatismo un poco exagerado), no logra con su mensaje más que un éxito efímero que acaba en mayores complicaciones: divagan por otros caminos. Tampoco culmina su trabajo, parece inconcluso, anunciando siempre un Apocalipsis que no llega. Eso sí, se nota que se ha esforzado y es meritorio su deseo de originalidad. Así que pula los flecos que le digo y en septiembre le reviso de nuevo el trabajo.

Un deseo cumplido - Ruth Ferriz


Caminó hacia la laguna y se adentró en el agua, tibia a aquella hora de la tarde, pensando en los cabellos de algas ondulantes, los labios de valvas dulces y aperladas y el canto engarzado de hechizos. Todo lo que sería suyo a partir de unos momentos más, pues la leyenda decía que las doncellas hermosas que se ahogaban eran convertidas en sirenas. Aquellos seres fantásticos mezcla de mujer y agua, habían cautivado sus pensamientos desde que era una niña.
Así, permanecería en la memoria de los hombres como una mujer de increíble belleza. Pobres de los jóvenes de aquel lugar que no habían sabido apreciarla, pasarían el resto de sus días lamentando no haber puesto sus ojos en ella.
Y la laguna se la llevó, regresándola cumplido su deseo, convertida en una adorable y tierna “sirena de río” como llamaban los lugareños a los manatíes de piel azulada y suave que ayudaban a limpiar de lirio acuático aquel lugar.

Madre tierra - Sergio Gaut vel Hartman


Dejó de pensar. Tal vez alguna de sus conjeturas hubiera servido para parar el ataque, pero de todos modos él podía funcionar en piloto automático. La conducta libre y la verdad eran bazofia, no existían; lo había descubierto cuando todo aquello empezó. Comió apenas; un mendrugo de pan y una gota de coñac eran suficientes para alcanzar el estado de paz interior que se necesita para dominar el sol, para que las fuerzas invisibles que inundan el universo se pongan al servicio de quien las invoca. Apeló a sus recuerdos y retazos de viejos movimientos llegaron en su auxilio. Los árboles, los viejos amigos vegetales, hicieron de barrera al desierto psicológico que intentaba tomar posesión de la realidad. Los animales salvajes avanzaron ciegamente, sin saber a qué o quién atacaban. Funcionó. Un análisis simplista hubiera dicho que los invasores eran poderosos, pero aunque hubieran sido capaces de llegar a la meta y colgar sus banderas de los balcones, eso no tenía ningún significado. No iba a ocultar que era el último de la especie, pero justamente por eso los vencería. La Tierra era su mundo y no estaba dispuesto a perderla. Hizo la señal decisiva. El planeta comprendió el mensaje y actuó. Tal vez lo hizo para darle el gusto, imposible saberlo, pero todos y cada no de los trozos de materia que formaban a los invasores fue expulsado hacia el espacio y esparcido de tal modo que les llevaría un millón de años volver a reunirse. Recuperó el control y supo qué necesitaba de la Tierra para reiniciar el proceso y lograr que aquellas criaturas fastidiosas e interesantes volvieran a medrar sobre la superficie y ocupar los espacios vacíos. Lo supo con tal claridad que por un momento creyó haberse equivocado al suponer que su intervención había sido decisiva. Reaccionó a tiempo. Se tendió sobre la superficie del planeta y éste se redujo hasta alcanzar la forma de una mujer, joven y deseable. La abrazó con firmeza y ternura. Ella respondió a las caricias y se dejó amar.

http://grupoheliconia.blogspot.com/2010/11/sergio-gaut-vel-hartman.html

Sonrisa ausente - Libia Brenda Castro


Su dentadura no era perfecta, pero como ella se lavaba los dientes con aplicación, no tenía mayores quejas. Sin embargo, el mal aliento persistía. A pesar del enjuague azul eléctrico, del cepillado matutino, después de comer y por la noche, no podía librarse de la sensación de halitosis, de la realidad de la halitosis. Evitó durante mucho tiempo besar a nadie.
Un miércoles soñó que se le caían los dientes, no todos, sólo algunos, y los que se desprendían estaban negros, como si se hubieran chamuscado. Se asustó. Recordaba haber paseado la lengua por la boca, en el sueño, y haber sentido primero los dientes flojos, luego, las encías sensibles, rosas y blandas. Le escribió a su astrólogo de cabecera “dicen que soñar que se te caen los dientes significa que alguien va a morir”. Él contestó tranquilizadoramente: “en realidad, según los astros, el cosmos y los arcanos, significa que viene un periodo de renovación en tu vida”. Casi se emocionó ante la perspectiva de un cambio.
Pero el astrólogo era ignorante de todo lo relativo a la odontología y la estomatología, por lo que impuso a sus palabras un dejo de misticismo y creyó, él mismo, que hablaba de cosas trascendentes: un viaje, una mudanza, quizás un nuevo amor. Se equivocaba, desde luego. A ella se le aposentó un virus maligno, se le cayeron varios dientes, el dentista le arrancó el resto y le puso una nueva, reluciente, durísima dentadura postiza.
Ella siguió lavándose la dentadura con aplicación, pero cada mañana y cada noche, al esparcir o eliminar el adhesivo con cuidado, maldecía meticulosamente al astrólogo de cabecera, a los arcanos, el cosmos y los astros, por haberle deparado semejante cambio en su vida. Su mal aliento desapareció, pero ahora sentía un perenne dejo a resistol, que le impedía besar a nadie.

Una gota de rocío - Edgar Omar Avilés


Una gota de rocío, en la punta de una temblorosa hoja de sauce, se niega a caer y ser tragada por la tierra. La gota, desesperada, con sus ojillos cerrados, suplica a los dioses misericordia: entonces de ella surgen dos gotas y luego cuatro; y la gota se convierte en gotera; y la gota se convierte en lluvia; y la gota se convierte en tormenta; y la gota se convierte en río y cascada; y la gota se convierte en un mar; y la gota se convierte en el océano que se derrama, inundando puertos y ciudades: los llantos y gritos de los seres abarcan al mundo, cuyos continentes también sucumben ahogados.
Poderosa, la gota de rocío se carcajea, pero deja de hacerlo al sentir la seca garganta de la tierra devorándola; entonces abre sus ojillos, y ve arriba al sauce y a la hoja, todavía temblorosa, de la que ha caído.






La pradera, la casa - Ricardo Giorno


La casa de la pradera persiste quieta. La pradera no. No bien se ingresa, la casa muestra los dientes plagados de caries. La pradera, el cascarón cambiante.
La pradera explota una vez por año. Año tras año. La casa no cae.
Entrando en la cocina, la heladera ataca, mintiendo contenidos que no superan lo superficial.
La pradera muta cuadro a cuadro y permite que se falsifique la idea de eternidad. Y que debajo del verde, del caramelo y del dorado, nada recapacite. Sólo deja que madure un cuento que cuentan los que cuentan y que, generación tras degeneración, en la casa se hable de cada propio impulso en desmedro del prójimo.
La casa mira y respira. Y huele. Y apesta. Y es atacada y es defendida por miserias de pensamientos transparentes para que se asocie con escaleras circulares, tan grandes que parecen carecer de principio y de fin. Y que dejan que los hijos de los nietos en la pradera coloquen escalones en lugares donde el verde, el caramelo y el dorado reinarían, mientras que en la casa, el cuento que te cuentan los que cuentan sigue rodando escaleras arriba o escaleras abajo, donde no hay abajo, pero tampoco arriba.
La pradera tuvo principio y tiene fin. La casa lo desconoce.
Entrando en la sala la caja parásita acomete contra el sillón, solucionando problemas que no existen, corrompiendo la percepción de la pradera, que no puede evitarlo pues no entra en los deseos que no posee, y que, poniendo los pies al revés, tampoco se arregla, sólo se redistribuye.
A la pradera la mojan, a la casa también. Las manos son distintas.
La pradera lo ignora. La casa también.
La pradera mata para regenerar otras muertes. La casa de la pradera te mata el deseo de que la pradera te cobije.
Entrando en un cuarto de la casa, las señales te falsean en horizontal y simulan la importancia de vidas paralelas. A la pradera no le importa. A la casa tampoco.
Nada les importa.
Hasta el fin.
Nada.

A deux - José Luis Zárate


A deux

A veces un puro sólo es un puro. Y hay ocasiones en que es un refugio. No apetecía el tabaco, pero era un pequeño placer que se daba para compensar lo que vendría. Miró sus apuntes.
Por primera vez tenía que vérselas con lo que, a falta de nombre mejor, llamaba “folie a famille”. Un individuo había contagiado sus delirios a la familia entera, que orbitaba la obsesión del enfermo como si fuera la realidad. La realidad se había roto en mil pedazos para esas personas y todo era posible. Todo.
Se estremeció.
Había citado aparte a la persona dominante, “folie imposée”, para tratar de entender el mecanismo de la infección mental. Y se arrepentía.
El Dr. Freud deseó la droga que tan duramente había dejado porque tenía miedo. Miedo porque creía escuchar un caminar quitinoso acercándose a su despacho, un arrastrar líquido e inmundo, porque algo inconcebible entraba en ese instante, y se movía plural e inhumano hasta el sofá.
Soy un doctor, el doctor. Razono, soy la razón.
Pensando eso encontró la calma y pudo dirigirse a la monstruosidad con una voz normal:
—Dígame qué le pasa hoy, señor Samsa.